IN MEMORIAM 11M/SEGUNDA PARTE


VÍCTIMAS DEL 11-M SEGUNDA PARTE

LA NOVELISTA

A pesar de su juventud llevaba tiempo escribiendo una novela. La escondía en el fondo de un cajón, para que no lo supiera ni su novio, con el que convivía desde hacía unos meses. Tampoco sus padres estaban enterados de esta afición. Tal vez se avergonzara un poco de que otros supieran que pasaba tanto tiempo en el universo de la ficción. La realidad es lo único que cuenta, parecían decir las conductas de la gente de su entorno.

Dos días antes, al pasar frente al escaparate de una librería, le llamó la atención un libro. Lo estuvo contemplando un tiempo con una extraña aprensión en la boca del estómago. Era de Ernesto Sábato y se titulaba “Abbadón el exterminador”. Finalmente se decidió y entró para comprarlo.

Aquella mañana, en el tren, con el libro de Sábato en el regazo, recordó las delirantes ideas que no dejaban de acosarla constantemente desde que comprara el libro. Alguien la estaba avisando de la trama demoníaca que se entretejía alrededor de su vida. No encontró una respuesta lógica a aquella aprensión. Sin embargo ficción y realidad se fusionaron una décima de segundo después de oír la explosión. Supo, cuando ya era demasiado tarde, que su subconsciente había empleado el truco de la novela de Sábato para darle el último aviso de su vida. Desgraciadamente llevaba algún tiempo intentando no dejarse llevar por la imaginación, no perder pie en la sólida realidad. De otra manera hubiera encontrado la respuesta que necesitaba para salvarse. A veces el destino intenta avisarnos, pero estamos demasiado anclados en la realidad para decidirnos a escuchar su voz.

EL JOVEN ÁRABE

Había nacido en un país árabe. El nacimiento es una elección del destino en la que no tenemos parte. Habida cuenta de lo que iba a suceder, lo mismo hubiera podido nacer en Madrid, donde ahora estaba residiendo.

Sus padres emigraron buscando una salida, igual que hacemos todos, emigrantes en una tierra que no nos pertenece. Él se debatía entre la ancestral cultura de sus padres y la nueva sociedad que le ofrecía tantas cosas agradables. Sentía pasión por los coches deportivos, la velocidad le atraía como atrae a muchos jóvenes que aún no han comprendido que la gran ilusión de los adultos es ralentizar el tiempo.

Quien puso la bomba y él tenían la misma piel, pero no los mismos sentimientos. Por eso no se salvó aquel día, porque los sentimientos son los que unen y no las pieles. El odio no conoce fraternidad alguna, ni de pieles, ni de emociones. El odio terrorista no perdona porque al mirarse en el espejo es incapaz de aceptar la fragilidad de la condición humana. Solo quien se acepta como es, puede comprender debilidades ajenas.

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EL DROGADICTO

Quiso huir de una realidad que no le gustaba y cayó en la droga, la más dura de las realidades. De ahí a la delincuencia, a la cárcel, al desprecio de los otros y a la amargura de una vida sin esperanza solo había un paso.

A pesar de su juventud llegó un momento en el que abandonó toda esperanza o más bien fue ella quien le abandonó a él. Se lamentaba pensando que había tirado su vida a la basura. Dios aprieta, pero no ahoga. Una chica dulce y sin prejuicios le escogió para entregarle su corazón. Le ayudó a salir del infierno y comenzaron a trabajar juntos por un futuro mejor.

Ella, la buena samaritana, viajaba en uno de los trenes de la muerte. El recibió la noticia como el último golpe del destino y se hundió en el más profundo de los abismos. Ahora sí, ahora todo estaba perdido.

Puso la radio y oyó a los padres de su novia, en una entrevista: “Hemos perdido una hija pero ganamos un hijo”. Las lágrimas acudieron a sus ojos, secos como un desierto. Aún queda gente buena, pensó, aunque haya que buscarla durante toda una vida.

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LA MONTAÑERA

En el tiempo fue una jovencita adorable que apenas había cumplido los dieciocho años. Le gustaba mucho la montaña por lo que no se perdía ni uno solo de los programas de “Al Filo de lo imposible”, en los que montañeros españoles trepaban al Everest, al K-2 y al resto de los ocho-miles. Ahora es un ángel, un ser invisible, que nos contempla desde alguna cumbre.

Es posible que hubiera escalado alguna que otra vez hasta lo alto de una montaña, para ver la puesta de sol enrojeciendo la cordillera. Desde allí todo es hermoso y abajo, en el valle, los hombres semejan hormiguitas hacendosas, ocupados en mil niñerías.

Allí, en la cima, el cielo parece muy cercano, casi se podría tocar con los dedos. La paz te inunda y la vida es muy hermosa. A veces surge un cántico de alegre acción de gracias de la garganta del montañero.

El paso de ser una jovencita adorable a ser un ángel atraviesa un abismo de odio donde explotan bombas en trenes. No se está mal contemplando desde todas las cumbres a los que se quedan. Pero ella también deseaba quedarse. Aún era muy joven y la vida le ofrecía mucho, sobre todo a sus seres queridos. Aunque el sufrimiento sea cosa del pasado, no puede olvidar a los que amó y por los que fue amada. Tampoco olvida a los hermanos que siguen su camino, en medio de la noche.

Sonríe mientras sus padres le cuentan al entrevistador radiofónico sus aficiones. Algún día los montes elevarán sus picos hasta las estrellas y los más aguerridos de entre los hombres treparán por ellos hasta tocar su mano tendida desde una estrella.

Los hermanos invisibles están ahí, alargándonos la mano. Ellos nos elevarán hasta las estrellas que parpadean en las noches solitarias, haciéndonos una mueca de esperanza. Nada es para siempre, pero el siempre no es la nada.

Queda pendiente una ascensión al k-2. No nos costará mucho, con nuestros cuerpos de aire. Será un placer conocerte, adorable jovencita.

IN MEMORIAM VICTIMAS 11-M.

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LOS QUE SE QUEDAN

Pude verlo en la pequeña pantalla, en un programa televisivo rememorando el 11-M a los seis meses de la tragedia. Las imágenes lo mostraban en el salón de su casa, un hogar de clase media que desprendía calidez. A su lado sus padres pugnando por mantenerse serenos.

Se encontraba en una silla de ruedas, delgaducho y con la cabeza vendada. Aguardaba el injerto de medio cráneo, que le había volado un terrorista con nombre y apellidos. No costaba imaginarse su viacrucis.

En contraposición a los familiares que clamaban un minuto antes por el olvido, como la única forma de poder seguir viviendo, él, no puedo recordar su nombre, lamentaba el olvido en que estaban sumidas las víctimas unos meses después. Era estudiante y esperaba continuar su carrera en cuanto le taparan ese enorme agujero que le habían dejado en la cabeza.

Intenté ponerme en su lugar. Imaginé el sofá, donde estaba sentado, como una silla de ruedas y toqué mi cráneo, duro, con mis dedos, como si la mitad de mi cabeza estuviera al aire. Los sesos, donde se refugian nuestros pensamientos y emociones, bajo la venda, tan frágiles que el filo de una uña los hubiera perforado. Me sentí mal, con ganas de vomitar, pero continué la visualización. ¿Qué puede esperar de la vida un joven cuando te han arrebatado el futuro de entre tus manos? Puede que éste hubiera sido bueno, regular, malo, muy bueno y hasta muy malo. Pero era su futuro y se lo arrebataron con la facilidad con la que se corta el tallo de una planta.

Somos tan frágiles que damos pena, pero aún así estamos vivos y tenemos derecho a caminar hasta el fin, sea este el que sea. Se puede amar a cualquier persona, pero un hombre con medio cráneo tiene menos posibilidades de ser amado. Somos así de materialistas. Su alma es hermosa pero el futuro que le espera clavado en una silla y con los sesos al aire no es muy atractivo. Tal vez pueda recuperarse y llevar una vida relativamente normal. Sin embargo algo quedará podrido en su alma para siempre. No será fácil confiar en el hermano.

Lo peor del terrorista no es que nos arrebate la vida, sino que hace desaparecer la confianza que tenemos en el otro, en el desconocido. Sin ella la soledad se transforma en un rostro horrible, que nos mira con los dientes afilados.

Va por ti, querido amigo, y por todos los que se quedan, después de la explosión de ese odio infinito, que ni siquiera el terrorista será capaz de comprender si algún día es capaz de plantearse la pregunta.

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EL MEDICO ILEGAL

Un hombre sin papeles está en los sitios porque así lo quiere el destino. Su libertad solo tiene una dirección: la huida. No importa su nacionalidad ni lo que hacía en la estación de Atocha. Oyó la explosión y supo que su presencia era necesaria. Años antes había hecho el juramento hipocrático de intentar salvar vidas humanas allí donde estuviera. Por un segundo dudó si acudir o no. Pronto aquello estaría lleno de policías y un hombre sin papeles sabe que debe de estar siempre muy lejos de cualquier uniforme.

La duda apenas duró un microsegundo. Se lanzó hacia los andenes buscando dónde era más necesario. El espectáculo dantesco le revolvió el alma. Apestaba a pólvora quemada, a sangre vertida y los gritos y gemidos hacían pensar que el tiempo era más que oro, era vida. Apoyado en una columna encontró un guardia de seguridad, se estaba desangrando, su rostro estaba lívido como el de un cadáver, pero mantenía la serenidad a pesar de todo.

Se inclinó sobre él y como médico acostumbrado al diagnóstico rápido supo encontrar la herida y taponarla con lo que tenía a mano. Nunca olvidaría la mirada de agradecimiento de aquel hombre. Pronto llegó el Samur y se hizo cargo del herido. El médico ilegal, al que nadie le preguntó por sus papeles, continuó atendiendo heridos en los andenes. Cuando todo acabó regresó a la estación, recuperó su mochila y en los servicios se lavó y se cambió la ropa manchada de sangre.

Tiempo después, cuando todo el mundo parecía haber recuperado la calma, intentó encontrar al guardia de seguridad que le había dirigido aquella mirada que aún tenía clavada en el alma. Le costó pero pudo dar con él. Se abrazaron como dos almas gemelas e hicieron un tácito pacto de sangre. Serían amigos de por vida.

No sabemos si el médico ilegal obtuvo los papeles. No era familiar de los fallecidos, no entraba en las condiciones legales que se pusieron para que los sin papeles pudieran obtenerlos. Los que ayudaron en aquella tragedia son héroes, menos los sin papeles que siguen siendo anónimos a la busca de un documento que certifique que son personas. Ayuda pensar que tal vez hicieran una excepción con el médico ilegal o que el guardia de seguridad, que le debía la vida, pudiera obtener documentos para su amigo insistiendo aquí y allá. La tragedia de los sin papeles es que no pueden traspasar fronteras con lo puesto, su cuerpo; necesitan papeles que certifiquen que son personas, que comen y beben, que piensan y sienten, sin ellos la economía no puede funcionar, sin ellos el primer mundo perdería sus privilegios económicos y el tercer mundo entraría hasta las puertas de nuestras casas. Por suerte para nosotros siguen siendo personas y los médicos ilegales nos pueden tender una mano cuando nos estamos desangrando.

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LOS PADRES

Estaban desayunando cuando por la radio oyeron la noticia. Al principio no la dieron demasiada importancia. Tal vez se trate de otra de esas bombas fallidas que dejan algún herido y poco más. Pero conforme los datos fueron llegando comprendieron la magnitud de la tragedia y lo que era peor, su único hijo podía estar en uno de esos trenes.

No pudieron terminar el desayuno. Intentaron llamar por teléfono para confirmar si el tren de su hijo estaba implicado. Las líneas telefónicas estaban bloqueadas y todo era un gigantesco caos. Decidieron utilizar su propio coche a pesar del bloqueo en que estaría sumida la ciudad. Se pasaron media mañana de acá para allá intentando encontrar alguien que pudiera informarles. La angustia se hizo irrespirable. Solo les mantenía en pie la esperanza de que su hijo estuviera vivo.

Por la radio oyeron que en los hospitales empezaban a sacar listas de heridos y de fallecidos. Se dirigieron al más cercano. Allí fueron recibidos por una psicóloga, una jovencita que seguramente haría muy poco que habría terminado la carrera. En una sala de espera se derrumbaron y la psicóloga no pudo hacer otra cosa que pasarles el brazo por los hombros y compartir su dolor. Al cabo de un rato les trajo un vaso de agua y un tranquilizante. Les dijo que pidieran todo lo que necesitaran. Ellos respondieron que solo necesitaban una: saber si su hijo estaba vivo.

La jovencita salió a buscar una lista y cuando volvió tenía el rostro pálido y temblaba. Los padres habían facilitado su nombre y apellidos al entrar al hospital, por eso la psicóloga sabía que el nombre de uno de los fallecidos bien podría ser su hijo. No sabía cómo darles la noticia. La madre la intuyó cuando vio lágrimas en sus ojos. Con mano temblorosa puso la lista en una mano firme. Y entonces presenció una escena que no olvidaría el resto de su vida. La madre no tuvo dudas que se trataba de su hijo y compartió su seguridad con su marido. Los padres, en vez de ponerse a llorar o a gritar histéricamente, entraron en un estado catatónico del que tardaron en sacarles varios días.

La jovencita acostumbra a visitarles con frecuencia. Los padres la reciben con cariño, preparan un café y charlan de cosas intrascendentes. La psicóloga cree que acabarán por superar la tragedia, lo que no sabe es que el estado catatónico de su cuerpo se ha trasladado a su alma. Ahora apenas son algo más que robots que siguen haciendo las mismas cosas que hacían antes. La vida no es hacer cosas, sino sentirlas. Por eso aquellos padres no están vivos por mucho que se empeñe la jovencita, que les ha tomado un cariño muy especial.

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UNA MADRE DEL 11-M

La mujer enlutada se sentó, acercó el micrófono y colocó los folios escritos tras la plaquita de invitada en la Comisión investigadora del 11-M. Tomó un sorbo de agua del vaso que tenía a su derecha y se dispuso a leer un texto que había escrito con su corazón de madre. Las frases políticamente correctas se las había llevado la descarnada muerte, en una carpeta negra que sostenía con su deshuesada mano izquierda, mientras que con la derecha empujaba cariñosamente a su hijo hacia el más allá, de donde nadie vuelve.

La mujer enlutada se llama Pilar Manjón y se ha jurado no desmoronarse hasta que de nuevo se encuentre tras la puerta de su casa, donde no hay cámaras de televisión y el dolor es íntimo, no manipulable por unos o por otros.

Yo soy un espectador que está viendo las imágenes en el telediario nocturno y que luego leerá en la prensa un resumen de su intervención. A lo largo del día escucharé su voz en los boletines horarios de las diferentes emisoras de radio. Puedo intentar comprender su dolor, pero no he perdido a ningún ser querido en la tragedia del 11-M. La diferencia ser un espectador del dolor ajeno y sentir el corazón en la boca es el abismo que me separa de Pilar Manjón.

Su voz se le quiebra en varios momentos de su intervención. El espectáculo de algunos políticos que se arrojan los muertos a la cabeza, que jalean, protestan o aplauden, según el muerto esté en boca de estos o de aquellos, es un espectáculo tan poco edificante que puedo notar la santa cólera de esta mujer entre las astillas de su voz.

Los medios que utilizan las imágenes más morbosas para subir su imprescindible cuota de pantalla, también reciben su amargo merecido. Nadie podrá devolverles a sus seres queridos, pero ellos necesitan saber, saber que se ha hecho todo lo posible para que algo así no vuelva a suceder nunca.

Pilar Manjón termina su intervención y todos tenemos un nudo en la garganta. El tiempo transcurre inexorable y hoy, primer aniversario del 11-M, la sensación de que la sangre de las víctimas ha sido derramada en vano, es más fuerte que nunca. Sí, porque lo queramos o no, están condenadas al olvido, como les ha sucedido a todos los muertos a lo largo de la historia. Si ellos nos están contemplando, desde la imperturbable certeza que da estar del otro lado, donde ya no se puede volver a morir, ya saben que la injusticia de una salvaje muerte temprana está a punto de ser tapada por el velo de la fría estadística. Los millones de muertos del holocausto nazi se les unen, con el rostro inhumanamente matemático del número.

Es la ley de los vivos, que discuten sobre si algunas víctimas han merecido más atención que otras o sobre si los errores de estos fueron mayores que los de los otros. Las voces de los muertos no pueden zumbar en nuestros oídos su lamento, ni consolar, con caricias, a quienes alguna vez les quisieron. No pueden votar en unas elecciones ni contribuir a la economía globalizada. Los muertos del presente son lo mismo que seremos todos mañana: la certeza de que la condición humana no puede llegar más allá de un corto viaje en el tiempo. En el que cada cual ha cumplido su papel: unos de víctimas y otros de verdugos.

Imagino a Pilar Manjón llorando, este primer aniversario, sobre la foto de su hijo. Imagino a todos los seres queridos de las víctimas del 11-M llorando sobre las fotos de sus seres queridos. Imagino a todos los seres queridos de las víctimas de la violencia llorando sobre las tumbas de sus muertos. Imagino cómo sería la humanidad si los verdugos aceptaran que una vida, segada por sus manos, no puede servir de moneda de cambio para comprar otra cosa que no sea el demoniaco rostro del odio.

Imagino que algún día las voces de los muertos nos hablarán y entonces todos sabremos que, aunque el dolor estará siempre agazapado en algún recoveco de la memoria, la esperanza de una evolución espiritual de la especie humana confortará nuestros corazones. Imagino que habrá que instituir un Portavoz de los muertos, como ahora hay un defensor del pueblo o del menor. El Portavoz de los muertos sería una especie de sacerdote que uniría el abismo que separa el más allá del más acá. Un puente que nos elevaría hacia una nueva consciencia planetaria.

Mientras esto llega las voces de los muertos solo pueden ser oídas por almas sensibles que esconden la antorcha del amor en sus corazones, para que todos, vivos y muertos, tengamos un poco de luz en nuestro camino a través de la noche, donde las huellas de nuestros pasos solo pueden ser vistas por quien todo lo ve.

IN MEMORIAM VICTIMAS 11-M. PRIMER ANIVERSARIO.
QUE VUESTRA SANGRE NO HAYA SIDO DERRAMADA EN VANO.

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11-M, DÉCIMO ANIVERSARIO

Todo lo que he subido hasta ahora está escrito hace ya muchos años, por eso quisiera escribir algo actual y retomar, si me es posible, aquella serie de relatos que me vi obligado a dejar porque el dolor era demasiado intenso.

Nada me gustaría más que poder volver atrás y convertir aquella tragedia en una simple pesadilla de la que podría despertarme en cualquier momento, o en una repugnante película violenta que olvidas al salir del cine o en una ficción creada para conmover al lector sensible y que ambos, autor y lector, olvidan después de haberla escrito o leído. Nada me gustaría más que subir ahora al desván, poner música y hacer los ejercicios de energetización de Yogananda y olvidarme de todo, pero no es posible.

He subido al desván y he buscado la carpeta donde hace diez años guardé los recortes de los periódicos con los datos del 11-M, especialmente los referentes a fallecidos, heridos y familiares. La enorme conmoción de aquella brutalidad demoniaca despertó la chispa divina que reside en mi interior, como en todos, en palabras de Milarepa, se agitó muy dentro, como las hojas de un árbol bajo el huracán, y me impulsó a hacer una promesa, casi un juramento, de escribir tantos relatos como personas brutalmente asesinadas.

Me puse a ello llorando, e intentando intensificar mi empatía, hasta conseguir ponerme en su piel y sufrir lo que ellos sufrieron. Al cabo de un tiempo lo dejé porque el sufrimiento era tan intenso que decidí darme un respiro. En el primer aniversario escribí el último relato y desde entonces he dejado pasar el tiempo, consciente de que el tiempo es solo el velo de Maya que nos oculta la Totalidad, porque somos incapaces de percibir y sentir la infinitud. El tiempo es un don concedido a los mortales para que puedan ir ampliando y extendiendo su consciencia poco a poco. Somos tan finitos y limitados que la infinitud, entrando abruptamente en nuestras frágiles vasijas de barro, a nuestra personalidad e individualidad nos rompería en infinitos pedazos. Por eso no podemos percibir y sentir a Dios, porque nuestras limitadas vasijas no contendrían tanta infinitud y bondad, y como consecuencia la desesperación nos llevaría a desear el regreso a la nada, de la que nos sacó la Infinita Bondad.

Se nos ha concedido el tiempo, se nos ha transformado en viajeros del tiempo, para que podamos ir asimilando toda la infinitud de la existencia, poco a poco, porque de otra forma la visión personal y física de Dios nos llevaría al suicidio y al deseo de la nada. La divinidad no se nos oculta porque no nos ame o porque quiera hacernos sufrir inútilmente, lo hace porque no puede mostrarnos su rostro sin hundirnos en la nada.

El mal, su existencia en un universo bello, hermoso, maravilloso, creado por el amor, es uno de los misterios más profundos e inextricables de la existencia. Nuestras mentes y corazones finitos no pueden comprenderlo. Tal vez sea la causa más clara y poderosa para que personas buenas, bondadosas, espirituales, no sean capaces de aceptar la posibilidad de la existencia de Dios, de un ser infinito y bondadoso. Si Dios existe, y es infinitamente bondadoso, amoroso y poderoso, ¿Por qué no acaba con el mal, por qué nos hace sufrir tanto? Es una pregunta que no he dejado de hacerme desde que adquirí el uso de la razón en la infancia, desde que la chispa divina se uniera al cuerpo animal que se me concedió. No he encontrado la respuesta, pero sí un atisbo de la verdad.

Si el tiempo es imprescindible para que nuestra consciencia pueda ir expandiéndose hasta la fusión con la divinidad, con el Todo, también parece imprescindible que de él brote el mal, como de una fruta podrida. Al fin y al cabo el tiempo es el límite y todo límite nos priva de disfrutar de toda la bondad y felicidad a la que hemos sido destinados. Sin límites no existiría el tiempo y con los límites nace la mortalidad, la ignorancia, el odio, el apego al yo, y de alguna forma misteriosa también nace la libertad. De alguna manera no podríamos ser libres con una consciencia infinita, con un conocimiento absoluto y total. De alguna manera Dios tuvo que hacernos limitados y situarnos en el tiempo, con todo el dolor que eso supone, para que fuéramos libres y pudiéramos libremente elegir fusionarnos con Él.

Esto no explica el misterio del mal, pero de alguna manera nos facilita una razón, una lógica, para que podamos mirar el misterio y no rebelarnos en un grito de absoluta desesperación.

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No somos capaces de contener la bondad infinita y tampoco el dolor y el mal absolutos, por eso se nos permite disfrutar a pequeños sorbos de la felicidad y sufrir a traguitos amargos el dolor.

Por eso renuncié a seguir escribiendo sobre el 11-M y por eso retomo mi promesa donde la dejé. Mirando en los recortes de periódicos los rostros vivos de los que luego serían vilmente asesinados, mi fantasía, la imaginación, que es el otro rostro de la empatía y la solidaridad, me permite “ver” a esas personas, contemplándome desde la otra orilla, desde el más allá, como diciéndome:

“César, tienes que sufrir un poco más por nosotros, no porque nuestra limitada personalidad merezca más lágrimas, sino porque la chispa divina que sigue habitando en nosotros, lo exige. Como personas con defectos tal vez no merezcamos tu atención y tu sufrimiento, no formamos en su día parte de tu primer círculo de seres queridos, no estuvimos vinculados, ni siquiera nos llegamos a conocer, pero la chispa divina que habita en nuestro interior, gemela de la chispa divina que habita en tu interior, exige un esfuerzo más.

“Antes o después, en el momento de la fusión con la divinidad, que tanto anhelas, también tendrás que fusionarte con nuestras chispas divinas y entonces seremos tus padres, tus hijos, tus hermanos, tus amantes, esas personas que tú más quieres. Antes o después, al fusionarte con nosotros, en la gran fusión, nos conocerás íntegramente, tal como somos y tendrás que vivir nuestra muerte como parte que fue de nuestras vidas. Dios te lo va a exigir antes de fusionarte para siempre con Él. Por eso te pedimos un esfuerzo más. Tus lágrimas nos lavarán como nos lavó la sangre del cordero. Sabes que el olvido es solo un instinto de supervivencia, pero nosotros necesitamos que se nos recuerde, para que nuestra sangre no haya sido derramada en vano.

“Comprendemos tu miedo al dolor y a tus más bajos instinto animales. Sabemos que el apego a tu ego te pondrá delante fantasías mezquinas y miserables. Sabemos que no deseas utilizarnos para alcanzar metas materiales, tristes y paupérrimas. Siempre has querido ser un escritor, conocido, profesional, consagrado, y no quieres que algo así pudiera ser alcanzado comerciando con nuestra sangre. Pero recuerda que tus errores y debilidades también forma parte de tu naturaleza, de tu existencia. Que el reconocerlos no significa que seas malo, que claudiques ante el mal, no puede controlar tu mente ni tus sentimientos pero sigues siendo libre para decidir y nunca decidirás comerciar con la sangre de los corderos.

“Solo tienes que dejar que la chispa divina que habita en tu interior se muestre y guíe tu vida. Tal vez no puedas vernos a todos sin sufrir en exceso, tampoco te pedimos que escribas sobre todas las víctimas, las del 11-S, las de los atentados de Londres, las víctimas de ETA, las víctimas de todos los atentados terroristas, las víctimas del genocidio nazi, las víctimas del hambre y la insolidaridad humana, las víctimas de las pateras y las alambradas, las víctimas que han regado de sangre el planeta Tierra desde su primer alba. Pero nosotros estamos ahora ante ti, fuimos españoles como tú, residíamos cerca de ti, estuvimos más cerca que otros y como bien sabes el mandato de amar al prójimo es en realidad el mandato de amar al próximo. Tú también pudiste haber subido a aquellos trenes el 11-M. Hubiera bastado una circunstancia nimia que te hubiera llevado a Madrid en aquel momento. Nosotros fuimos elegidos como corderos para que nuestra sangre fuera derramada para abrir vuestros corazones a la luz, pero pudieron haber sido otros. Hubiera bastando con que los terroristas cambiaran el día o la hora o la ciudad, con que hubieran elegido aviones en lugar de trenes o la terminal de un aeropuerto, o un estadio de fútbol. En realidad hubiera bastado el movimiento de una hoja, porque lo mismo que no hay hoja que caiga al suelo sin que nuestro Padre lo permita, también pudo haber permitido tu muerte o la de tus seres queridos. No es que Dios elija degollar a unos para que otros vean la luz, simplemente unos eligen el mal y su elección genera consecuencias.

“Los terroristas no juzgan y ejecutan, los terroristas dejan caer su odio demoniaco sobre cualquier cabeza que esté a su alcance, el 11-M fuimos nosotros, el 11-S nuestros hermanos y mañana podrías ser tú o tus seres queridos, no hay límites para la maldad y el odio. No puedes olvidar y pensar que aquel día no te tocó y ya no te va a tocar nunca, porque la lotería solo toca una vez. Olvidar y callar es comprar boletos para el sorteo, puede que hoy no te toque, pero mañana está en el aire y quien mira para otro lado cuando la sangre de su hermano le salpica ha comprado ya demasiados boletos para el sorteo. Nosotros dimos nuestra sangre, a ti solo te pedimos unas palabras”

Puedo “ver” sus rostros sonrientes, en esos cuerpos de luz, flotando por encima de mi, contemplándome desde otra dimensión, puedo escuchar sus palabras, y soy consciente de que les hice una promesa, un juramento. Tengo una deuda con ellos y con sus seres queridos.

Mientras las lágrimas brotan de mis ojos, mirando esos rostros en el papel soy consciente de que el dolor se intensifica, de que el olvido sería un buen calmante para la angustia, de que escribir una historia divertida, erótica, un thriller, cualquiera de mis historias sería mucho más fácil y divertido, pero a veces hay que hacer lo más difícil para que el olvido no entierre otra vez a las víctimas, para que la humanidad por fin de un pasito hacia adelante en su evolución espiritual, en el reconocimiento de esa fraternidad espiritual que nos vincula a todos. Si nadie recuerda, si nadie da un paso al frente, no podremos esperar que estas tragedias se sigan repitiendo, habrá nuevas bombas, nuevas guerras, seguirán las muertes por hambre e insolidaridad. El mundo no puede ser mejor si todos no somos mejores, si alguien no da el primer paso y dice lo que tiene que decir, aunque eso le haga sufrir. El maestro Jesús se dejó clavar en la cruz, nosotros no estamos preparados para dar ese paso, para la redención y la expiación, pero sí lo estamos para decir una palabra, que es el primer paso, decir dos es el segundo, luego vendrá hacer algo, aunque sea poco, y luego habrá que hacer más, mucho más, porque el camino es largo y doloroso.

El planeta Tierra no puede ser establecido en la luz, en la bondad y el amor si alguien, uno, el primero, no dice la primera palabras. Mientras observo esos rostros en el papel me digo que ellos dieron su sangre, el que yo entregue una palabra no es tanto, es solo una palabra, ellos dieron sus vidas, su sangre su infinito sufrimiento, que gracias a Dios solo duró un instante en el tiempo. Por eso se estableció el tiempo, para que si no podemos disfrutar de la felicidad infinita y absoluta al menos tampoco tengamos que sufrir infinita y absolutamente.

Si no hablas, si nos callas, si nos olvidas, los demonios se harán fuertes y el mal, la oscuridad avanzará unos centímetros, los suficientes para que otros vuelvan a sufrir, tal vez no hoy, pero mañana puede tocarnos a nosotros y a nuestros seres queridos. Los demonios no cejan de tramar sus laberínticas maldades. Siguen en la sombra, acechantes. Todos los ejércitos del mundo no serán suficientes para sacarlos de sus cubiles, ni los programas espías más sofisticados serán útiles para descubrir la maldad oculta que late en sus corazones. No podemos dejar que e instaure el Gran Hermano entre nosotros, no podemos dejar que nos arrebaten la libertad y la dignidad en nombre de las víctimas, de su sangre derramada. Porque ellas no quieren eso. Al menos no es eso lo que me han dicho a mí.

Todos podemos hablar, podemos decirles a estos demonios que su tiempo acabará, antes o después, que ya no pueden esconderse tras disculpas políticas, ideológicas, tras supuestas metas aparentemente muy aceptables, que el tiempo de que el fin justifica los medios ha terminado para siempre. No hay disculpa para la violencia y el terror, para la maldad, no haremos un mundo mejor destrozando cuerpos, angustiando almas, privando del pan cotidiano a nuestros semejantes, refugiándonos en la idea cobarde de que un mundo mejor es imposible, porque solo es imposible lo que no queremos o no nos atrevemos a hacer.

No existe un camino visible ante nuestros ojos, que nos lleve a un mañana mejor, no existe una receta mágica, somos ciegos tanteando en el tiempo. No hay recetas mágicas para evitar las crisis económicas, la desigualdad, la injusticia, para conseguir la felicidad para todos, la solidaridad humana, el amor espiritual, la luz infinita que aleje para siempre la oscuridad. De existir una fórmula esta sería la del amor, pero el amor se manifiesta de mil formas, a veces contradictorias, a veces el amor hace sufrir y se tambalea como un ciego en la oscuridad, como un beodo.

No existe un único camino, ni un camino fácil, no existe el pase mágico que eleve por encima de la maldad y nos haga salir del túnel de la oscuridad. Pero algo hay que hacer, hay que dar un paso al frente, hay que amar ahora, aquí, o mañana explotará otra bomba en un tren o en un avión, o alguien se pondrá a nuestro lado, nos mirará con odio y hará explotar la bomba que llega pegada a su piel.

Mientras escribo estas palabras y miro los rostros den el papel soy consciente de que no soy yo quien las ha escrito, yo no podría escribir algo así. Milarepa ha guiado mi mano y me sonríe mientras trazo los últimos rasgos.

Soy el último entre los últimos, pero hasta el último puede dar el primer paso al frente.

QUE LA PAZ PROFUNDA ESTÉ CON TODOS NOSOTROS

QUE VUESTRA SANGRE NO HAYA SIDO DERRAMADA EN VANO.

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