UN ESCRITOR FRUSTRADO I


UN ESCRITOR FRUSTRADO

NOVELA

NOTA INTRODUCTORIA/ Comencé a escribir esta novela hace ya bastantes años y la abandoné cuando ya había escrito buena parte de ella, incluso el final, tal vez debido a que en ningún momento encontré un tono global, totalizador. La inicié como una caricatura de escritor burgués, que escribe como un diletante que solo busca darse una pose de intelectual, por motivos espurios, en este caso para seducir damas, como una especie de don Juan de pacotilla. Incluso el personaje de Sebastián, una especie de divertido factótum, me recuerda un poco a Leporello, el personaje de la conocida obra. He comenzado a leer el don Juan de Gonzalo Torrente Ballester, lo que me da una perspectiva adecuada de lo fallido de mi intento. Luego la historia tomó otro tono, erótico, que se me fue de las manos, si bien el humor siempre acude a mi rescate en estos casos y me salvó de una debacle absoluta. De pronto, sin yo buscarlo, la trama fue adquiriendo un tono dramático que me recordó un poco al realismo brutal de La familia de Pascual Duarte, de Cela, en la historia de Sisebuto, si bien teñido por un extraño realismo mágico con la casa de la mujer fantasma. Al final la historia se encarriló hacia una trama de novela negra muy peculiar. Eran demasiados tonos y perdí el compás. Ahora, ya jubilado, me he dicho que podría ser divertido rematar la novela, intentando armonizar tonos. Será difícil que lo consiga pero al menos la diversión está asegurada. Creo haber mejorado un poco como escritor por lo que supongo me veré obligado a una reescritura final, mejorando el estilo, puliendo párrafos y mejorando lo que pueda ser mejorado. No quiero renunciar al tono delirante y humorístico de buena parte de la obra, que me recuerda un poco a Crazyworld, aunque va a ser complicado mantener un cierto tono realista sin perder esa coloratura delirante que tiene toda la novela.

CAPÍTULO I

Luis Domingos Córcoles abrió la puerta y se hizo a un lado para que pasara Sebastián, su chofer y factotum, cargado con todas las maletas. El vestíbulo estaba oscuro, como boca de lobo, por lo que Córcoles  se vio obligado a utilizar una pequeña linterna para iluminar  la pared, a la izquierda de la puerta, buscando el cuadro de luces. Manipuló a tientas y de pronto la luz se hizo en la lámpara del  techo; el amplio vestíbulo quedó brillantemente iluminado. La decoración rústica desentonaba con el interior moderno, sobre el suelo de relucientes baldosas un par de arcones, comprados en el pueblo y convenientemente restaurados, hacían pensar en un anticuario que por falta de sitio en su almacén los hubiera dejado de cualquier manera en el hall de su lujoso chalet; por lo que se refiere a un armarito y varios butacones, sólidos y de sobriedad espartana, solo seducirían a un labriego cansado.

Cuadros de gran tamaño, describiendo escenas campestres, adquiridos por Córcoles a un desconocido pintor -que a su juicio prometía, y seguiría haciéndolo incansable, hasta Dios sabe cuándo-  tapaban las paredes. Sebastián recibió  la orden de subir el equipaje. Después de pensarlo se puso a ello, con cara malhumorada y refunfuñando entre dientes.

Al quedarse solo contempló con delectación el vestíbulo, pero acuciado por el hambre pasó a  la cocina situada a la izquierda, abriendo una puerta de gruesa madera de pino. Esta era muy amplia como el resto de habitaciones de la casa, le gustaba la amplitud por encima de cualquier otra consideración, y no se habían escatimado en su mueblaje todas las comodidades de una cocina moderna. Encendió las luces y se acercó al gran refrigerador para comprobar que Obdulia (una vecina del pueblo que cuidaba la casa en su ausencia) no se había olvidado de dejar algo para la cena. Rebosaba de frutas, hortalizas y verduras; en los huecos de la puerta cartones de leche, zumos de frutas y un par de botellas de vino, blanco y rosado. La parte superior estaba repleta con varias fiambreras de plástico que sacó y colocó sobre la amplia mesa de madera, destapándolas olió su contenido con aprobación: una ensalada campera hecha recientemente como a él le gustaba con patatas y huevos cocidos, una lata de sardinas, lechuga, tomate y pepino, regado abundantemente con aceite y vinagre; una gran tortilla de patata de la que se desprendía un apetitoso olor a cebolla y chorizo y una docena de chuletas de cordero.

Sacó  platos de la alacena,  cubiertos del cajón de la mesa y buscó desesperadamente una copa, ansiaba un buen trago de vino fresco. Destapó la botella de rosado de la tierra, aunque hubiera preferido un buen tinto, pero sintió pereza de bajar a la bodega,  y se escanció un trago, que degustó sin prisas. En el centro de la mesa le esperaba una gran hogaza de pan hecho por la propia Obdulia y al lado un gran frutero de cristal con toda clase de frutas de temporada. Sin esperar a Sebastián se sirvió un buen plato de ensalada y comenzó a comer con gran apetito.

Al cabo de unos minutos bajó su chofer, que le miró comer con desaprobación. Córcoles alzó la cabeza y con un gesto le invitó a sentarse a la mesa, le llenó la copa de vino que el otro apuró de un trago y siguió comiendo sin hacerle el menor caso. Terminó  un gran trozo de tortilla que acompañó con una buena rodaja de pan y después de haber apurado un par de copas de vino se sintió menos acuciado por el hambre y animado para dirigirse a su criado.

-Parece que Obdulia se ha esmerado especialmente, la tortilla está exquisita y no ha escatimado huevos ni patatas. Se podría alimentar a una docena de aldeanos hambrientos.

-Me temo, señor, que con dos bocas como las nuestras no quedará mucho de ella –  respondió Sebastián que ya estaba comiendo con voraz apetito. Para hacerlo se vio obligado a hacer una pausa,  hasta que pudo engullir lo que tenía en la boca, su amo era muy puntilloso en cuestiones de educación y buena crianza.

Córcoles no había gozado nunca de buen apetito pero le bastaba respirar el aire de la serranía para comenzara a ingerir alimentos como si no hubiera comido hasta ese momento. Tenía fama de gourmet y la cuidaba con mimo aprendiendo recetas en libros de alta cocina y buscando detalles curiosos en guías de restaurantes con estrellas o haciendo negligentes preguntas a sus amigos, auténticos gourmets, que disfrutaban de la buena cocina, como un montañero de la alta montaña. De esta forma consiguió una aceptable cultura gastronómica que a veces se veía obligado a poner de manifiesto aceptando invitaciones de amigos y conocidos a restaurantes exquisitos, donde llegaba a sentirse como  una nariz privilegiada cansada de respirar sutiles perfumes que terminan por producir terribles jaquecas. La comida casera preparada por Obdulia y los aires de la sierra habían transformado drásticamente su concepto de la comida como simple combustible, indispensable para que el motor biológico siguiera impulsando su cuerpo. Pisar la casa y sentir necesidad de disfrutar comiendo era todo uno.

No volvieron a hablar hasta dar buena cuenta de la cena, tan solo quedaron  algunas sobras en los platos. Córcoles dejó que su chofer recogiera la mesa y salió al porche con un escocés, escanciado de una botella que tenía especialmente reservada para él en el mueble bar del salón. Allí encendió un cigarrillo con el mechero de oro, regalo de cumpleaños de su esposa que solía tener detalles de este tipo, y permaneció largo rato contemplando un estrellado cielo  de un cálido mes de agosto sobre la serranía, más allá del jardín, de la carretera comarcal y del hermoso valle que atravesaba un riachuelo casi seco, pero que, según Obdulia, en invierno se desbordaba debido al salvaje caudal de agua. No quería pensar en ello, aunque sin poder evitarlo el argumento de la novela que tendría que presentar dentro de unos meses al más importante premio literario del país volvió a su cabeza. El acuerdo con el editor era muy bueno, el premio estaba dado a poco que su novela alcanzase un mínimo nivel. La editorial quería lanzarlo como el caballo más importante de su cuadra y no estaba dispuesto a decepcionarles. La meta era tan importante que no le importaba renunciar a su agradable vida mundana para encerrarse allí como en un monasterio dispuesto a dar a luz la gran obra de su vida que le consagraría definitivamente.

Iban a ser unos meses duros, no podría pasarse sin un bello cuerpo femenino que contemplar algunas horas al día; no se olvidaría de encargarle a Obdulia contratar una chica atractiva de la zona con el pretexto de descargarla de la limpieza de la casa. Seguramente tendría que escuchar algún comentario subido de tono; Obdulia no se mordía la lengua, no lo haría ni aunque del sueldo mensual, que recibían tanto ella como su marido, hubiera dependido su subsistencia. No era así, tenían la hacienda más rica del pueblo, sus hijos cuidaban de la numerosa ganadería y de cultivar las mejores tierras de la zona. Ellos hubieran podido dejar todo en sus manos y dedicarse a disfrutar de lo adquirido a lo largo de duros años de trabajo, pero como era proverbial entre los campesinos nunca tenían bastante, incapaces de imaginarse mano sobre mano viendo crecer la hierba.

Sebastián salió al porche con intención  de hacer compañía a su amo, charlar un rato y  respirar la brisa nocturna. Aún vestía su uniforme gris con gorra de plato y se desabrochaba los botones de la chaqueta, con cara de alivio porque el día había sido muy caluroso, típico del mes de agosto que estaba comenzando. Córcoles se sentía eufórico,  convencido de que la novela no se le atragantaría y de que Obdulia le conseguiría la moza más garrida de aquellos contornos, iban a ser unos meses muy agradables sin duda. Por muy huraña que fuera no se le resistiría mucho tiempo, era cuestión de paciencia poder llegar a disfrutar de sus encantos. Sin una sexualidad satisfecha y templada no sería capaz de escribir a gusto, un escritor que no puede concentrarse totalmente en su obra está perdido.

-Sebastián, puedes servirte un trago de la botella del salón. Celebremos la llegada al paraíso.

Antes de que pudiera terminar la frase su chofer había salido disparado. Era un hombre cercano a la sesentena, alto, guapo mozo, con el pelo canoso y un rostro agraciado, tenía mucho éxito con las mujeres  o al menos así lo pregonaba siempre que tenía ocasión, de las que gustaba disfrutar lo mismo que de una buena comida o de un buen licor. Su mujer al casarse le había contado todos los secretos de Sebastián, especialmente su fama de vividor. Siendo muy joven había entrado al servicio de la familia como mozo para todo, jardinero y finalmente chofer. Sus suegros se habían desprendido de él haciéndole pasar a su servicio con una cierta tristeza como quien se desprende de una valiosa antigüedad familiar. Ella le había hablado de los  muchos defectos de Sebastián pero exaltando sus cualidades de trabajador honrado que nunca ponía la menor pega mientras se le dejase al menos un día libre a la semana para dedicarse a sus mujeres. Nada más verse se habían comprendido con una mirada, Sebastián fue consciente de que su nuevo amo era tan mujeriego como él y que podría sacar buenos beneficios de todo ello si mantenía la boca cerrada, algo que no le supuso gran esfuerzo ya que siempre había sido muy discreto. Por otro lado Córcoles comprendió que subirle el sueldo y darle más días libres siempre que fuera posible haría que Sebastián terminara comiendo en su mano, como así había sucedido. Le había acompañado en alguna de sus cacerías como él las llamaba, con notable éxito, lo que les había unido más de lo que lo hubieran hecho lazos de sangre. Sin perderle el respeto cuando estaban solos le trataba más como un viejo amigo que como al amo que cuidaba de su subsistencia.

Este volvió con un doble de escocés y se colocó a su lado. Córcoles le ofreció un cigarrillo que Sebastián aceptó encantado no privándole del placer de encenderlo con su mechero de oro. Fueron a sentarse al jardín en unas tumbonas situadas debajo de un emparrado que servía para apagar los rigores del sol durante el día. Córcoles  estaba ansioso por hablar de mujeres y quiso saber de las últimas aventuras amorosas de Sebastián; éste, ayudado por  el licor que iba bajando por su garganta a rápidos tragos, no se mordió la lengua. Le habló del verano anterior, acababan de inaugurar un puticlub en la carretera que subía a la sierra y él no había podido resistir la tentación de estrenarlo. Comentaban que detrás de aquel negocio estaba una fuerte mafia de la costa  necesitada de un lugar discreto y retirado de la circulación para esconder allí a las chicas que por un motivo u otro tenían problemas para permanecer en sus salas de fiestas de la costa. Algunas por menores, otras por extranjeras sin papeles y hasta algunas que habían sido raptadas y violentadas, todas tenían que ser retiradas de la circulación y qué mejor lugar que una zona abandonada de la mano de Dios donde era fácil comprar a media docena de guardias civiles de un puesto aburrido y poco controlado por los jefes; el negocio de la trata de blancas era brutal, no existía más consideración que la ganancia fácil y rápida.

Allí conoció a una escultural brasileña que habían reclutado con la promesa de un trabajo seguro pero que al llegar aquí se había encontrado en las garras de mafiosos a los que no preocupaba una muerte más o menos por lo que no le quedó otro remedio que acomodarse. Disfrutaba del sexo y era alegre, una auténtica joya. No sabía si continuaba allí, mañana iría a visitar el puticlub. Si tenía suerte podrían compartirla porque seguro que el señor no aguantaría tantos meses sin echar una cana al aire. Córcoles no se atrevió a preguntarle con qué dinero iba a pagarla porque conocía bien la forma que Sebastián tenía de liarlas. Una forma de actuar a veces muy peligrosa pero él siempre se las arreglaba para salir bien parado de las aventuras.

Córcoles se rió de la salida y le prometió ir a conocer a aquella fogosa brasileña. Le pidió que fuera a por la botella y entre trago y trago y cigarro y cigarro se contaron sus últimas aventuras. La mujer, no solo el sexo sino todo lo que conllevaba el cortejo y luego el disfrute del amor, era para ellos el mayor placer que podía ofrecerles la vida, pero era preciso tener la precaución de no dejarse enredar en sus sutiles hilos emocionales. Cuando la botella se vació  ambos tenían la lengua estropajosa y apenas eran capaces de ponerse en pie, ayudándose mutuamente volvieron a la casa y buscaron sus respectivas habitaciones. Córcoles decidió echar un vistazo al despacho antes de acostarse.

Era una habitación amplia que comunicaba con su dormitorio por una puerta acristalada. Repleta de estanterías construidas con maderas nobles, hermosos libros llenaban todos sus estantes; en el centro una amplia mesa de despacho de madera noble adquirida de importación, un mueble bar, encima  un buen equipo de música y  sólidas cortinas en las ventanas que impedían el paso del sol. Se sentó a la mesa y sacó folios de un cajón;  de un excelente juego de escritorio cogió una pluma estilográfica de oro, otro regalo de cumpleaños de su esposa, y escribió el título de la novela: “Un detective en apuros”. No fue más allá, se quedó con la mirada fija en las estanterías, dejó la pluma sobre la mesa y encendió un cigarrillo. Buscó la carpeta de cuero donde conservaba las críticas y artículos elogiosos – las  negativas eran guardadas en una carpeta de simple cartón, de vez en cuando quemaba alguna  para calentar sus momentos bajos. La casita de campo, si así podía llamarse a una sólida construcción de piedra de forma rectangular y con dos pisos de altura y desván situada sobre una extensa finca en una serranía de una de las provincias norteñas más montañosas, estaba situada cerca de la carretera comarcal que atravesaba el cercano puerto de Los Pedregales de no excesiva altura pero que siempre se cerraba en invierno debido a las grandes nevadas que caían sobre la zona y al mal estado de la carretera muy descuidada por las autoridades correspondientes a las que no preocupaba mucho una zona poco habitada, agreste y poco visitada por el turismo. Córcoles la había escogido precisamente por la dificultad de su acceso, no quería ser molestado por nadie – el trabajo de escritor requiere mucha concentración- y de hecho su  esposa solo había estado allí dos veranos aprovechando sus dos embarazos. Hecha con piedra de la zona tallada artesanalmente según un proyecto de un gran arquitecto con el que Córcoles habia discutido hasta los últimos detalles, la casita como él la llamaba era un palacio de piedra siguiendo en el exterior la forma de los palacetes que la nobleza había construido en el siglo XIX en otras zonas más accesibles de la provincia.

Sin poder evitarlo  cogió la carpeta de la que sacó el recorte de la biografía cínica que había escrito sobre él  su crítico más entusiasta, tal vez el que le había dado el empujón definitivo, el que le  subió al pedestal. Había seguido su carrera desde sus primeros pasos, animándole constantemente aunque no por ello a veces sus críticas no dejaban de ser extremadamente corrosivas sobre todo cuando hablaba de su fama de mujeriego que según él acabaría antes o después con una prometedora carrera literaria. Comenzó a leer aquel artículo que a pesar de  las dosis de ironía y sarcasmo que a veces hacían su lectura muy desagradable le encantaba porque reflejaba muy bien su meteórica ascensión al Olimpo literario.

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