UN VIAJE SIN RETORNO IV


 

VIAJE SIN

III

Hay un edificio en construcción, alguien le está mostrando lo que será su lujoso piso cuando esté terminado. Tiene la sensación de que a su lado se encuentra una mujer, tal vez su novia, le está hablando aunque no entiende lo que dice, ocupado  como está en evitar caerse de la estrecha viga a la que se ha encaramado. Mira hacia abajo, a través de sus pies puede ver la calle, allá abajo, a una distancia de vértigo. Sufre un mareo y a pesar del esfuerzo no puede evitar la caída. Lo hace a cámara lenta. Nota cómo el estómago se encoge. A pesar de ello consigue darse la vuelta, ahora puede observarlo todo mientras continúa cayendo. Percibe la realidad con una extraña precisión como si tuviera prismáticos en los ojos. No siente miedo a morir, solo le preocupa la posibilidad de caer sobre una  chica que está hablando con otra al lado de un coche aparcado. Piensa que si pudiera desviarse un poco caería sobre el techo del vehículo o en el capó y no sobre la cabeza de las chicas. Desea evitar su muerte, no tiene sentido que mueran todos. Cuando está convencido de que va a lograrlo se produce un brutal choque contra el coche, el dolor es tan terrible que cree haber muerto.

Se despierta angustiado, empapado en sudor. Tarda largo rato en darse cuenta de la situación. Le cuesta admitir que aún está vivo. A pesar de ello la realidad le parece más dura que la pesadilla. Está rodeado de locos y con pocas posibilidades de que la aventura termine bien. Le pesa la cabeza, el cuerpo parece de hierro, no puede moverse a pesar del gran esfuerzo de voluntad que está haciendo. Le duele todo el cuerpo como si le acabaran de dar una formidable paliza, puede ser el efecto del tranquilizante. Tiene hambre, mucha hambre, se pregunta por la hora, pero no tiene reloj, se deshizo de él  antes de salir de casa, entonces el discurrir del tiempo carecía de sentido. Era un buen reloj, regalo de sus padres  por Navidad. Intentaron hacerle creer que los Reyes Magos lo habían escondido debajo de la almohada. Esto le asqueó, está harto de ser tratado como un niño. El cariño que le dan es tan grosero que le produce náuseas.  Se pasaban el tiempo insistiendo en que reconociera su bondad al facilitarle tantas cosas materiales: la comida y cuatro duros para salir los domingos. Debería sentirse feliz y no pasarse el día maldiciendo de todo, le dicen una y otra vez. Se da cuenta con sorpresa de que está pensando en ellos en pasado como si ya estuvieran muertos.

VIAJESIN2

El tiempo va pasando. Le asombra la elasticidad  de las agujas de los relojes, su tictac parece siempre el mismo pero en realidad se estira y encoge como un chicle manipulado por una mano caprichosa. Ahora esa mano peluda lo está alargando hasta el infinito. Por fin se abre la puerta, alguien enciende la luz y  puede ver  cómo el gigantón aparece con una bandeja en sus musculosos brazos, parece un juguete, una agradable sonrisa distiende su rostro. Deja la bandeja en la mesita y se dirige a la ventana, sube la persiana y la grisácea luz de un día tormentoso de verano llega hasta su cama donde él está ya mirando el contenido de los platos. Antes de que se marche le pregunta por la hora, de alguna manera desea agradecerle su amabilidad intentando entablar una conversación imposible.

-La una del mediodía pero del día siguiente. Has dormido más de veinticuatro horas. Ahora están todos comiendo. No te preocupes, mañana ya empezarás a hacer vida normal.

Se sorprende de  haber dormido tantas horas, esto le asusta un poco aunque siempre le han dicho que el sueño no es malo. Lo que le preocupa es la facilidad con que un ser humano puede ser manipulado sin posibilidad de oponerse. Incluso podrían llegar a dañar de forma irreversible su cerebro sin que él se enterara.  Jura portarse bien, tiene que hacerlo si quiere salir de allí sin sufrir graves daños. Comienza a comer la sopa, poco más que un poco de agua sucia donde flotan algunos fideos. Después un trozo de pescado congelado en salsa verde, insípido y muy pasado. De postre una manzana verde. No es capaz de engañar a su estómago que se queda protestado.

Tarda en levantarse y al hacerlo se siente mareado su cabeza es  una pelota rodando por una pendiente sin fin. Decide pasar el resto de la tarde caminando pasillo arriba y abajo para intentar librarse del torpor insufrible que siente en todo el cuerpo, que le impide percibir la realidad en su forma habitual. Finalmente acaba por sentarse en una silla del comedor donde varios abuelos están dormitando como vegetales,  un hilillo de baba rebosa de la comisura de sus bocas. No puede descansar mucho rato porque pronto llega otro celador, un hombre mayor, de pelo cano y modales secos que le obliga a levantarse y seguir caminando, alega que eso es bueno para contrarrestar los efectos de la medicación.

Se siente raro, muy raro, como si otra mente se hubiese apoderado de la suya, no es capaz de controlar los pensamientos que se adhieren como ventosas a su consciencia, que erosionan implacablemente su voluntad;  ésta se debate intentando no ahogarse al ser arrastrada  por corrientes invisibles. Se sorprende intentando dar órdenes a los músculos de las piernas pero estos no responden, parecen moverse espasmódicamente. Su cuerpo es pura gelatina desparramándose en el aire.

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