EL SILENCIO IV


SILENCIO

Le dolía el cuello, la espalda, el trasero, pero no se atrevía a moverse por miedo a que fuera interpretado por su marido como un gesto de comunicación, un permiso para iniciar el diálogo. Finalmente, agotada, se estiró, reclinó el asiento y cerró los ojos como si el sueño se estuviese apoderando de ella.

Pero eso era lo más lejano a la actividad desenfrenada de su fantasía, que le mostraba una y otra vez la misma escena. Su marido en la puerta de la habitación del hotel vestido tan solo con su slip, ni siquiera había tenido la decencia de vestirse para recibir a la presunta camarera que insistía en entregar un falso pedido. Seguramente no pensaba abrir la puerta del todo, su intención sería despedirla cuanto antes y volver a la cama donde le esperaba aquella repugnante mujer, su secretaria. Se quedó tan sorprendido que apenas protestó cuando la puerta, que ella abrió con brusquedad, le golpeó en la cara. Entró como una furia del averno hasta el fondo del cuarto donde estaba el lecho y apenas tapada por una sábana el cuerpo desnudo de la amante. Comprobar que era un hermoso cuerpo la enfureció aún más.

Paró el discurso del recuerdo, una intensa emoción la oprimía el pecho como una bola de fuego, quemando los pulmones e impidiéndole respirar. Abrió la boca intentando que el aire entrara a bocanadas; un intenso pánico se estaba apoderando de ella; tenía miedo de morir. Sabía lo que era una enfermedad psicosomática y su imaginación trabajaba a velocidad vertiginosa. Era como si se estuviera viendo muerta sobre el asiento del coche, de un ataque de asma. Quizás ya lo estaba porque por un momento se sintió elevada sobre el coche, contemplándolo todo desde lo alto. El terror la obligó a abrir los ojos, su marido se aferraba al volante con la vista fija en la carretera; una canción melancólica acompañaba el sonido de la lluvia repiqueteando sobre el metal de la carrocería y la luneta delantera. Quiso dar un grito pero nada salió de su garganta, intentó coger el brazo de su marido pero sus manos no se movieron.

Fue consciente de que volvía a respirar en cortos jadeos, poco a poco se calmó. Durante un tiempo permaneció con los ojos muy abiertos fijos en la cortina de agua que oscurecía la carretera delante del coche, sintiendo un miedo terrible a cerrar los ojos y revivir de nuevo la experiencia. Deseó que su marido hablara, la mirara un segundo, pero éste estaba muy ocupado vigilando la conducción, había encendido las luces y sus ojos escudriñaban frente a sí. Respiró profundamente buscando la calma, la respiración adquirió un ritmo lento y continuo, al cabo de un rato todo volvió a la normalidad.

silencio 2

CAPITULO II

La tormenta se hizo tan intensa que le obligó a detenerse en el arcén y dar las luces de avería, por si a algún coche se le ocurría seguir circulando. Volvió la mirada hacia su mujer que tenía los ojos cerrados y respiraba suavemente, parecía dormida. Con la vista clavada frente a sí, en  la cortina de granizo que golpeaba el coche con un ruido fuerte que hacía temer por la integridad de los cristales, recordó lo sucedido aquella mañana.

Tan pronto su mujer aceptó la proposición llamó a su amigo al trabajo y quedaron en encontrarse en la placita situada frente al moderno edificio donde tenía su despacho. Sacó el coche del garaje  y tomó la carretera general hacia el centro de la ciudad con un temblor en las manos y en todo el cuerpo que le obligó a detenerse varias veces en el arcén para intentar calmarse. Al llegar aparcó donde pudo sin preocuparse de la posible multa, llegaba con cinco minutos de retraso y temía que su amigo no le hubiese esperado. Pero allí estaba él sentado en un banco del parque donde jugaban algunos niños bajo la atenta mirada de jóvenes mamás a quienes en otro momento sin duda hubiera contemplado con placer pero ahora hurtó la mirada como si su mujer estuviese vigilándole escondida detrás de cualquier seto.

El día era triste y no sólo por los negros nubarrones que oscurecían el cielo ocultando la primavera que aquel año se había exhibido, días atrás, con sus mejores galas. Su amigo, un hombre bajo, fuerte, con grandes entradas en la frente y rostro bonachón, pasaba de la cuarentena y ésta era la primera vez que se veían en meses. Su amistad se fue diluyendo poco a poco al preocuparse más de sus respectivos matrimonios que de conservar la vieja camaradería de compañeros de calaveradas en la universidad. A pesar de ello aquellos deliciosos años aún pesaban mucho en el recuerdo de cada uno lo que les llevaba a citarse de vez en cuando para tomar unas copas y rememorar viejos tiempos. Sus respectivas no se llevaban muy bien por lo que se veían a escondidas con cualquier disculpa.

Se estrecharon la mano y el amigo le recriminó cariñosamente la estúpida idea de ir a pasar unos días en la alta montaña en aquella época del año, perder más de tres horas en el viaje para encontrarse con el frío , la lluvia y tal vez la nieve, no era una idea muy  acertada. Se sentó a su lado –había permanecido en pie durante el sermón de su amigo- y apretándole el brazo le explicó entrecortadamente la situación. Su matrimonio se hundía irremisiblemente, como el Titanic, su mujer le había sorprendido con la secretaria y aquella era posiblemente la última oportunidad de salvar una relación que había durado quince años. Su amigo tardó un poco en hablar, sorprendido por la noticia. En sus años universitarios las habían armado pardas, su fama de mujeriegos y gamberros precedía sus pasos, pero el matrimonio les había calmado y ninguno conocía que el otro hubiera sido infiel.

-Espero que al menos lo hayas hecho por una mujer que mereciera la pena. Sería estúpido tirar a la basura tantos años por un loro, una cotorra o cualquier otro pajarraco –utilizaba el viejo lenguaje acuñado por ellos en la universidad al hablar de las mujeres-.

-Era un cisne desvergonzado, pero no puedo entretenerme más, necesito la llave, quiero salir cuanto antes.

-Toma. ¿Tan mal iban las cosas? La última vez que os vi juntos, parecíais muy cariñosos.

-Ya sabes cómo son estas cosas, la convivencia se va pudriendo en el subsuelo y cuando al final brotan las ortigas uno comienza a darse cuenta de que el jardín llevaba mucho tiempo sin recibir los oportunos cuidados.

-Bueno, suerte. Ya me las devolverás cuando te parezca, no corre prisa.

-Hasta pronto. Te llamare a la vuelta.

Se abrazaron con un ligero titubeo por parte de ambos y se alejaron sin volver la cabeza. Ya en el coche reclinó el asiento y permaneció unos minutos con la mirada extraviada  como un hombre que se está jugando todo, incluso la vida, a una sola carta. Cuando arrancó caían algunas gotas, condujo de vuelta imaginando a su mujer con las maletas hechas,  esperando cualquier disculpa para anular la oportunidad que tanto le había costado darle.

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La tormenta fue disminuyendo en intensidad, un pequeño claro iluminó el asfalto mojado. Apagó las luces dándose cuenta de la fuerza con que aferraba el volante. Se relajó un poco y miró a su mujer, tenía los ojos muy abiertos y respiraba con el ritmo del sueño. Esto lo dedujo de la suavidad con que se elevaba su pecho a intervalos porque el sonido de la radio le hubiera impedido apercibirse de cualquier otro ruido. ”Bien, si ella se negaba a hablar buscaría el sonido de otras voces”. Cambió de emisora hasta encontrar un magazine de la tarde en una cadena de emisoras, en ese momento entrevistaban a un escritor .Cuando terminó la entrevista las primeras estribaciones del macizo montañoso aparecían a lo lejos, en menos de diez minutos estarían trepando por la estrecha y ondulante carretera de montaña. El cielo se iba despejando poco a poco, algunos retazos de oscuras nubes parecían volar sobre las montañas. El sol primaveral calentaba agradablemente el rostro y allá sobre un pueblo de tejas rojas cercano a las primeras colinas un hermoso arco iris resplandecía aún mojado por las últimas gotas de la tormenta. Miró a su mujer, dormida, recostada sobre el asiento y la cabeza desmadejada entre el reposacabezas y la ventanilla. ”Mejor así, se dijo, no soporto su mirada de hierro clavada en ninguna parte”.

Buscó en el pequeño hueco debajo del volante, siempre guardaba allí algunas casetes, revolvió hasta encontrar la música country de un cantante que le gustaba, especialmente sus canciones sobre la montaña. La introdujo en el radiocasete y se dispuso a disfrutar de la última parte del viaje. Las peñas mojadas relucían al sol a uno y otro lado de la carretera, los árboles presentaban un fuerte color verde en sus hojas húmedas, la primavera era una hermosa estación por allí; bueno, todas lo eran… Durante su infancia había pasado muchos veranos con sus abuelos en un pueblecito cercano al lugar donde se dirigían.  A veces cuando cerraba los ojos por las noches y buscaba una imagen relajante podía ver las mariposas multicolores volando silenciosamente entre las flores del camino de tierra que conducía a las fincas; el color negro y sabor dulcísimo de los arándanos llamándole a un festín inacabable; el rojo de los agavanzos, el verde de la hierba, el amarillo de las flores de las escobas quedaría para siempre en su retina como los colores de la felicidad. Si se concentraba un poco aún podía sentir los fuertes olores del estiércol de vaca, la hierba recién cortada y las flores y frutos pudriéndose en el mantillo del bosque. Aquellas sensaciones siempre quedarían unidas en su recuerdo a los momentos más felices y placenteros de su vida.

La tormenta disminuyó poco a poco de intensidad hasta terminar en  un suave repiqueteo de gotas sobre el cristal, paró el limpiaparabrisas y apagó las luces. Un pequeño claro se iba aproximando a su izquierda. Se relajó un poco en la conducción y miró a su mujer, tenía los ojos fijos en el asfalto y respiraba con el ritmo suave de quien duerme con los ojos abiertos. “Bien, si quería hacerse la dormida allá ella, buscaría la compañía de otras voces. Buscó  otra emisora y se decidió por un programa de tarde donde en ese momento entrevistaban a un escritor conocido. Escuchó sus sesudas opiniones con la alegría de quien ha estado solo varios días en la naturaleza y de pronto encuentra un pastor con ganas de charlar. Cuando terminó la entrevista las primeras estribaciones del macizo montañoso al que se dirigían aparecieron después de una curva. En menos de diez minutos estarían trepando por la estrecha y ondulante carretera de alta montaña. El cielo iba despejando poco a poco, algunos retazos de nubes parecían volar sobre las montañas impulsadas por un fuerte viento. El sol primaveral enseñaba su cara recién lavada calentando agradablemente el cuerpo. Sobre los tejados rojos del pequeño pueblo encogido al pie del desfiladero un  hermoso arco iris resplandecía, parecía un puente de cristal rezumando agua.

 

*                     *                    *

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