EL VERDUGO DEL KARMA (RELATOS ESOTÉRICOS) IV


RELATOS ESOTÉRICOS IV

 

LOS DIOSES DEL KARMA II

EL INICIADO/ CONTINUACIÓN

Había decidido gastarle una broma. Los iniciados suelen ser bastante burros para estas cosas de captar cómo funciona todo por aquí. Creen que la realidad pasada no puede modificarse y por lo tanto cuando recuerdan algo de una determinada manera es porque en realidad sucedió así y no de otra manera. No entienden eso de los mundos paralelos, las distintas dimensiones, la posibilidad de que la realidad sea de mil formas diferentes y que cada individuo capte la que más le interese… Ahora que en el mundo de los mortales de carne y hueso ya llevan un tiempo jugando con la física cuántica y sabiendo que en el microcosmos las cosas son y no son y pueden ser de tantas formas que el pensar que lo que uno recuerda de su pasado es lo que realmente sucedió y lo único que pudo haber sucedido, suena a tontería infantil.

Mi broma iba a consistir en hacerle vivir nuestro encuentro de forma distinta y que recordara los dos. ¡A ver por dónde me salía aquel pazguato!

SEGUNDA VERSIÓN DE LA HISTORIA

Los verdugos del karma tenemos formas para servir como cicerones a los nuevos iniciados. Son tan pocos que el turno apenas corre y uno puede pasar años sin que le toque esta tarea, a veces ingrata, y otras muy interesante, y hasta divertida.

Recibí la comunicación y me preparé para enfrentarme al iniciado de turno, sin muchas esperanzas de que esta experiencia me aportara algo nuevo o al menos me hiciera pasar un buen rato. Con los iniciados no valen los trucos que solemos emplear los verdugos del karma con los dormidos, fáciles de manipular, o con los muertos, tan confusos que dan pena. Los iniciados vienen con los ojos bien abiertos y no se dejan tomar el pelo sin oponer una férrea resistencia.

Sabemos la hora y el lugar en que se materializará –es una forma de hablar- su cuerpo astral, pleno de energía y de consciencia. Normalmente los iniciados llevan mucho tiempo apareciendo por estos lares, unas veces completamente dormidos y otras veces con un ojo medio abierto y mucho miedo en el cuerpo. Nos conocemos bien y a veces hasta nos saludamos, a menudo deciden olvidar las experiencias que viven aquí, para no traumatizarse. ¡Ingenuos y tiernos corderitos! ¡Cómo si la vida no traumatizara mil veces más! Y sin embargo bien que abren los ojos cuando el hachazo –estoy hablando en metáforas- del prójimo descarga sobre su cabeza.

La iniciación no es otra cosa que la primera vez que un adepto –que lleva mucho tempo trabajando por describir qué se esconde tras el telón del Gran Teatro del mundo- viene perfectamente consciente y dispuesto a recordar todo lo que le suceda aquí. Suelen sorprenderse mucho de cosas que han visto ya mil veces y se ponen rebeldes y farrucos cuando algo no les gusta. ¡Como si aquí repartiéramos caramelos!

Cuando observé a mi tierno corderito, me santigüé, como si estuviera en una de esas iglesias que los mortales de carne utilizan para intentar llegar a un mezquino acuerdo con los dioses. Aquí, por el contrario, se dicen las verdades del barquero y más vale no llegar a acuerdo porque siempre sales perdiendo, se acuerde lo que se acuerde. Mi iniciado de turno era uno de esos repugnantes cobardes que cuando se van enterando de que ni la vida ni la muerte son como todo el mundo creía que eran (como si la realidad tuviera que adaptarse a lo que piensa uno o un millón) pone el grito en el cielo y clama a grandes voces que le han estafado, mentido y engañado. ¡Que no hay derecho! ¡Que esto va a cambiar de arriba abajo! ¡Que ni los dioses ni los hombres podrán obligarle a hacer lo que no quiera!

¡Bien poco que se quejan cuando en sueños les cae la breva de una experiencia erótica! Entonces lo recuerdan como un sueño muy agradable, y en lugar de hacerse conscientes de cómo son las relaciones sexuales por aquí, en el mundo de los sueños o en el más allá, se limitan a disfrutar sin hacer preguntas. ¡Si yo les contara!

Mi iniciado era especialmente incordión y rebelde, aunque por el contrario poseía hermosas cualidades, tales como una inteligencia muy dispuesta y un sentido del humor raro, pero espléndido cuando estaba en vena.

Me acerqué a él, que tenía los ojos muy abiertos, como platos, dispuesto a afrontar la tarea con esperanza, la esperanza de que el iniciado tuviera un día bueno y no estuviera de un humor de perros.

-Creo que a usted lo conozco.

Me soltó con una ingenuidad que casi me tumba de risa. ¡Cómo que me conocía! Nos veíamos tanto que éramos casi íntimos.

-No se esfuerce, amigo. Seguro que acabará recordándolo todo.

Le había respondido con lo que intenté fuera una ironía disimulada y una burla no demasiado evidente, incluso para un tonto del bote como él.

Y AQUÍ TERMINA LA VERSIÓN SEGUNDA DE LA MISMA HISTORIA

En realidad el muy idota sabía perfectamente que me conocía muy bien, no en vano acababa de vivir el mismo encuentro, solo que en otra versión diferente. Yo sabía muy bien que recordaba las dos versiones, el problema consistía en que no sabía cuál era la real y cuál la ficticia, producto de su imaginación. Las dos eran reales, pero eso no lo admitiría nunca, porque su mundo mental se vendría abajo.

Le ordené de nuevo que cerrara los ojos. Puse mi dedo índice sobre su entrecejo y grité:

-Un, dos, tres…

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