LUIS QUIXOTE Y PACO SANCHO VI


-Mamma mía, este hombre está como un cencerro. No os perdonaré nunca esta bromita pesada.

Hizo ademán de marcharse con viento fresco pero Quixote volvió a prenderse de sus piernas. Su madre, cuidando de no tropezar con el arrodillado caballero la abrazó como a una niña desvalida.

-Hija, no te lo tomes así. Ya conoces a tu padre. Quería que conocieras al mejor amigo que tuvo nunca, Paco Sancho. Ni él ni yo imaginábamos que estuviera tan mal. Quédate, prepararé un poco de café.

Mientras lo hacía, Manitas meditaba sobre la conducta a seguir. Sancho contemplaba la escena con la boca abierta, nunca había visto tan colgado a su amigo y eso que hubo veces de tener que buscarle por las alturas donde se cuelgan los murciélagos. Así pensaba el amigo de Paco Sancho mientras meditaba lo que iba a hacer con aquel loco. Por un momento estuvo a punto de echarlo sin más con una buena patada en el trasero, pero se lo pensó mejor y se dijo que no era cuestión de desperdiciar un divertimento mejor que las parodias de Tip y Coll o de Martes y Trece o Cruz y Raya por poner ejemplos de pares de humoristas célebres pero ninguno a la altura de aquellos dos payasos.

Una vez pensada la conducta a seguir se adelantó y cogiendo a Quixote de los hombros le obligó a levantarse mientras con buenas palabras distraía la atención de aquella fermosa doncella que era su hija.

-Caballero, ha llegado la hora de velar armas y al amanecer…

-¿Porqué me llama caballero si aún no he sido investido como tal?

-Perdóname, amigo, tiene usted toda la razón. Ahora acompáñame que le enseñaré el lugar donde debe velar las armas.

A estas palabras Quixote se desprendió de las piernas de la doncella y siguió como perro apaleado a su dueño. Paco Sancho reaccionó también y siguió a ambos dando grandes suspiros de alivio. La doncella al verse libre de su acoso tomó asiento en una de las sillas y solicitó de su madre el café prometido.

-Puede que tengas razón, madre. No es para tanto e incluso puede que sea divertido.

Mientras tomaba el café a grandes sorbos imaginó alguna broma pesada que gastarle a aquel pirado durante el resto de la larga noche que les aguardaba.

El amigo de Paco Sancho condujo a éste y a su chalado amigo Quixote a un cobertizo cercano donde guardaba las cajas vacías de refrescos cervezas y botellas de vino y allí le hizo permanecer de pie aguardando hasta que trajera las armas a velar ya que el caballero cayó en ese momento en la cuenta de que no tenía lanza ni espada, ni escudo ni ningún aditamento propio de los caballeros andantes.

Paco Sancho en el interín intentó convencer a su amigo de que se dejara de zarandajas y viniera a dormir con él en la habitación de huéspedes que les dejaba su amigo.

-Amigo Sancho, ¡qué poco entiendes de fechos de armas y de fazañas emprendidas con corazón valeroso para conseguir trofeos que poner a los pies de la dama de tus sueños!, ¡qué poco de ceñirse los laureles de la fama y de pasar a la posteridad como caballero ejemplar, desfacedor de entuertos y socorridor de viudas…

-Vamos Luisillo, vamos coleguilla, despierta de una vez de este cuelgue. Ya sé que la hierba te ha debido coger con mal cuerpo y debe ser una mezcla demoniaca para trastornar así los cocos, pero haciendo un esfuerzo seguro que puedes regresar a la realidad. Vamos, viejo amigo.

-No insistas, amigo Sancho, nunca entenderías ni aunque vivieras mil años que los sueños pueden hacer dioses a los hombres.

A pesar de insistir denonadamente, Sancho no pudo convencer a su amigo de que le acompañan a dormir luego de dar un paseo para ver las estrellas y despejar la cabeza. Al regresar Manitas éste entregó a Luis una lanza de madera hecha con uno de los listones de la pancarta que utilizaban los hinchas del equipo local para animar a sus pupilos en los partidos. En uno de los extremos llevaba aún pegado un banderín con la insignia y los colores del equipo que uno de sus hijos pegó un día y que no había podido quitar seguramente por haber utilizado su retoño uno de esos raros pegamentos modernos capaces hasta de pegar una piedra con otra. Así mismo le entregó una especie de espada de madera hecha con dos trozos del otro listón de la pancarta, clavados someramente con un par de puntas, estaba enfundado en una cartuchera de plástico que su hijo menos había utilizado de niño en un carnaval en que se había disfrazado de Zorro, el famoso héroe de los comics. La cartuchera estaba sujeta a uno de sus cinturones que el mismo se cuidó muy mucho de poner con fingido respeto a la cintura de Quixote mientras farfullaba unos ensalmos que de haber oído Paco Sancho se le hubieran puesto de punta los pocos pelos que aún quedaban en su calva, porque lo que salía de la boca de su amigo no era otra cosa que el cutre himno del equipo local compuesto por varios mozos en una borrachera cogida para celebrar el triunfo en la liga regional y su ascenso a segunda división B donde militaba en esos momentos. Le enfundó la negra máscara de plástico como celada –le quedaba perfecta ya que la cabeza de Quixote era más bien pepinuda que sandiuda- y la puso en la mano izquierda un diminuto escudo vikingo de plástico y con ella dio por finalizada la ceremonia. Se despidió no sin antes ofrecerle el lecho ya prometido a Sancho y cuanto necesitara de la cocina, tanto en comida como en bebida Quixote rechazó el múltiple ofrecimiento con dignidad de caballero, no así Sancho que pidió permiso para pasar de refilón por la cocina antes de acercarse a ver cómo seguía su amigo. En su fuero interno pensaba que con la cena pantagruélica que se había metido entre pecho y espalda lo más seguro era que roncara toda la noche. Pero nunca estaba mal prever posibles incidencias y agenciarse un buen condumio por si las moscas.

Antes de retirarse puso la mano en el hombre de su amigo prometiéndole que pasaría a verle al menos un par de veces durante la noche.

-No es necesario amigo Sancho, los caballeros andantes deben estar dispuestos a todo y la soledad no es el menor de los peligros, aún así es preciso que los afronte todos y de todos salga indemne, sino de cuerpo, sí al menos de alma.

Dijo Quixote y se arrodilló delante de su amigo pidiéndole una oración por el buen fin de sus desvelos. A Sancho se le escurrió una lagrimita, farfulló cuatro incoherencias y le dejó llevándose una mano al lacrimal para limpiarse la segunda lágrima que se le escapaba.

Allí quedó Quixote mirando al hermoso cielo estrellado y pensando en la fermosa doncella que sin duda da a convertirse en la dama de sus sueños a pesar de que todavía no había dado su aquiescencia. Al cabo de un rato ya entumecido decidió pasear para estirar las piernas que se le habían quedado dormidas y ya no sentía. La figura esperpéntica que hacía con la lanza en ristre, la espada al cinto, el diminuto escudo a la altura del corazón y la negra máscara sobre sus ojos era digna de su ancestro literario en el que no debía dejar de pensar oyéndole invocar a su dama que desde la cocina atisbaba a través de una rendija en la persiana riéndose entre dientes.

-Dama de mis sueños, fermosa Modesta, estoy seguro de que oís al fluir de mis amorosos pensamientos por ello os suplico que me asistas en este trance que ningún caballero andante de tiempos pretéritos llegó a sufrir nunca con esta intensidad, sino es el maestro Jesús que llegó a sudar lágrimas de sangre de soledad. Aún no llega este aprendiz de caballero a estos extremos pero ciertamente llegará si tú, dulce pensamiento no me sostiene en este amargo trance. Todos mis hermanos humanos me han abandonado dejándome en esta soledad que para el corazón humano es más doloroso que todos los tormentos del infierno de Dante o cualquier otro infierno que imagine cabeza humana.
Dama de mis sueños velad mi angustia que os prefiero a legiones de ángeles puesto que vuestro amoroso corazón me confortara más que lo haría el Santo Grial, si ese bendito….

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