LUIS QUIXOTE Y PACO SANCHO VII


Así continuó hasta que un acontecimiento imprevisto le sacó de sus disquisiciones amorosas. Por la carretera de servicio llegaba un coche, venía muy despacito y con las luces apagadas. Quixote no podía verlo muy bien porque las luces del mesón ya se habían extinguido un buen rato antes y las farolas de la carretera general estaban suficientemente lejos para que todo el terreno entre el mesón y el asfalto permaneciera en una penumbra opaca. La luna no aparecía por ninguna parte y las escasas estrellas apenas eran perceptibles, difuminadas por el alumbrado de la carretera y de la ciudad. A Quixote, completamente metido en su papel de caballero andante le pareció que no podía ser otra cosa que la sombra del mágico vehículo en que se acercaba un mago poderoso y maligno que en su imaginación asoció con Freddy, el uñas largas. Tanto su amigo como él eran adictos a las películas de terror.

Convencido de que la fermosa doncella estaba siendo atacada por gente canalla y ruin se dispuso a defender a la desvalida doncella con la fuerza de su mano y el poder de su lanza que dirigió hacia el extraño objeto en medio de las sombras en que se estaba perpetrando semejante desaguisado y a un trotecillo suave porque su estado físico no le permitía más intensidad atacante se dirigió lanza en ristra contra el canalla que asediaba a la fermosa doncella.
Un fuerte golpe en la luneta trasera, que rajó en forma circular todo el cristal, sobresalto a la pareja que estaba intentando darse parte de su amor a través de sus cuerpos. El se subió los pantalones rápidamente y salió del coche encolerizado pretendiendo dar la medicina correctiva adecuada al infractor de la mínima etiqueta de urbanidad respecto a la intimidad de los amantes. Como no viera nada dio las luces del coche que no había encendido antes temiendo el agresor pudiera ver al desnudo los encantos de su amada.

Ahora sí pudo ver a un extraño esperpento que vestido como de carnaval retrocedía con un palo en ristre pretendiendo sin duda volver a dañar el coche. Era más alto pero su extremada delgadez y la extraña forma de moverse como si estuviera borracho o drogado le hicieron pensar que sería presa fácil.

Se lanzó contra él y arrebatándole el listón que le servía de lanza comenzó a darle tales palos que a otro de constitución mucho más fornida que Quixote le hubiera tundido. A los gritos del caballero acudieron rápidamente que las damas que habían permanecido en la cocina charlando y mirando de vez en cuando por la ventana para ver cómo seguía el caballero que velaba armas. La fermosa doncella se apresuraba en cubrir sus desnudeces pero Quixote aún pudo ver uno de sus pezones erguidos como pececitos que buscaran en el aire nocturno su alimento oxigenado antes de que los puños del fogoso amante cayeran sobre él.

Al ver a la luz de los faros del coche la desigual pelea se apresuraron en salir a socorrer al desgraciado caballero a tiempo de ver cómo el coche-lecho salía de estampida con el amante fogoso al volante el pecho desnudo y los ojos fijos en el asfalto.

Llegaron madre e hija a tiempo de impedir que Quixote en un colérico intento de vengar su ignominia cayese de bruces puesto que se había puesto en pie y se tambaleaba más que un árbol bajo la tormenta.

Entre las dos se las vieron y desearon para llevar al caballero hasta la cocina ya que si su figura magra no suponía gran quebranto para sus fuerzas sí lo era su alta estatura y sus constantes bamboleos. Ninguna de ambas damas deseaba llamar a padre y marido respectivamente ya que solía levantarse de mal humo y no era cuestión ahora de tentar aún más al destino que ya daba amplias muestras de mostrarse poco propicio.

Entreambas le tumbaron en la amplia mesa de cocina donde quedó como momia egipcia sin vendas en un amplio ataúd. La amada de sus sueños que seguramente le estaría cuidando al otro lado de los párpados cerrados por el desmayo el ajetreo del viaje aguzó hasta el límite el dolor de todas sus heridas y ahora también lo hizo a este lado de sus párpados limpiando sangre de nariz y cejas, los puntos más castigados de su anatomía sin desmerecer boca y cejas. Los golpes iban todos a la cabeza con mala saña y aunque alguna se desvió al estómago del caballero lo cierto es que solo la impericia y poca fortaleza del amante frustrado impidieron que la desgracia de Quixote fuera aún mayor.

Limpio de sangre y con un par de aspirinas en el cuerpo Quixote dijo sentirse mejor e intentó ponerse en pie para continuar su velorio de armas pero hubiera caído de la mesa de no haber sido sujetado por las damas que con amenazas lograron la promesa de no moverse de allí al menos en una hora, luego podría sentarse en una hamaca en el exterior ya que nada le impedía a un caballero velar armas en esa postura. Quixote, que solo conocía la obra cervantina a través de la lectura de algunos pocos párrafos de un libro muy resumido que compró de joven por curiosidad compulsiva así como de la visión de películas y series de televisión y dibujos animados, no podía saber de semejantes detalles.

La indefensión del pobre hombre animó a Modesta a conocer un poco más a fondo la causa de su locura e intentar mediante preguntas hacerle comprender la locura que estaba viviendo y la necesidad de ser ingresado en un hospital con el fin de poder ser atendido debidamente durante una temporada. La curiosa conversación siguió a la escasa luz de un flexo que la madre encendió al tiempo que apagaba la luz principal al irse a la cama ya que según ella no estaba el horno para esa clase de bollos.

-¿Se llama usted Luis, ¿no es así?

-Fermosa dama, los caballeros andantes no tenemos nombres sino aquellos que nuestras fazañas nos den, no como los hombres corrientes a quienes se los arrojan a la cabeza al buen tun-tun y luego pujan por ellos como les sucede a los bueyes a quienes bautiza el amo a su libre albedrío y sino obedecen les hunde la quijada en los lomos hasta que lo hacen. Es admirable la sabiduría de los indios americanos que se ponen nombres con las cualidades o defectos más sobresalientes del bautizado que lo es cuando ha hecho méritos tanto para lo uno como para lo otro…

-¿Pero usted cree Luis que existían indios en tiempos de su admirado D. Quijote?

-Siempre han existido indios, fermosa doncella, naturalezas indómitas y salvajes dispuestas a oponerse al aborregamiento general del hombre civilizado que pasta basura en horrendas urbes con igual fruición que los alegres bóvidos lo hacen, vigilados por solícitos pastores, en los campos…

-Vamos, vamos, Luis, ¿pero no comprendes que estos disparates no conducen a ninguna parte?. Ni yo soy fermosa doncella como dices sino una solterona amargada a quien un accidente en la cocina convirtió en un monstruo de feria, ni tú eres un caballero andante aunque tu apellido tenga cierto parecido con el de aquel flaco desgraciado, ni te espera otra cosa que un mundo cruel donde se reirán de tus sandeces mientras intentan aprovecharse de ti como sea, aunque tan solo puedan aprovechar de tu magra figura los huesos para hacer sopas de sobre. Ni…

-Bien fablas, fermosa doncella, pero no siempre el buen fablar indica un buen entendimiento, que muchos hay que dicen versos floridos delante de muladares y aún creen que los dioses les engañan…

-Como los políticos.

-No sé quienes son esos caballeros, fermosa doncella, que bien me gustaría enfrentarme a ellos en caballeresca batalla para saber quién el más valiente caballero de estos tiempos, pero si me ayudas un poco seré capaz de volver a la vela de mis armas sin miedo a que el resto de la noche sea inquietado por esos demonios que dan puñadas a diestra y siniestra sin que pueda verse el rostro demoniaco de quien así ofende.

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