Mes: mayo 2017

ANTOLOGÍA POÉTICA II


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ARTHUR RIMBAUD

Jean Nicolas Arthur Rimbaud (Charleville, 20 de octubre de 1854 – Marsella, 10 de noviembre de 1891). Escribió sus poemas a los quince años y dejó para siempre la literatura a los veinte. Es uno de mis poetas favoritos. Os dejo el enlace a la Wikipedia para que podáis leer más sobre su biografía.

http://es.wikipedia.org/wiki/Arthur_Rimbaud

“UNE SAISON EN ENFER” (UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO)

“JADIS…”

“Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin oú s`ouvraien tous les coeurs, oú tous les vins coulaient.
Un soir, j`ai assis la Beauté sur mes genoux. Et je l`ai trouvée amér. Et je l`ai injuriée.

ANTIGUAMENTE

“Antiguamente, si yo me acuerdo bien, mi vida era un festín donde se abrían los corazones, dónde todos los vinos corrían.
Una tarde, yo senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.

Nota: La traducción del francés es mía. Pido disculpas si no es perfecta.


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ANTOLOGÍA POÉTICA I


ÁNGEL GONZALEZ

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Nacido en Oviedo en 1925. Pertenece a la generación poética del 50. Premio Príncipe de Asturias en 1985. Premio Reina Sofía de poesía Iberoamericana 1996. Miembro de la Real academia de la Lengua española.

Lo descubrí viendo un documental de la 2 de tve.titulado “Esta es mi tierra” donde se hacía un recorrido por la vida y la obra de escritores y poetas españoles. Me llamó la atención que fuera asturiano, como es mi caso, que no hubiera oído hablar de él hasta ese momento y que en el documental aparecieran paisajes de Nuevo México, concretamente de Alburquerque, donde al parecer estuvo dando clases de literatura española al tener que escoger el exilio tras la guerra civil española. Me serví de estos paisajes e hice un homenaje personal a su figura al introducirlo como personaje, Alfredo, en mi thriller “Todos estamos solos al caer la tarde” que se desarrolla en un paisaje muy parecido al de nuevo México.

Estos son los fragmentos de su prosa poética que he escogido. Me encanta su forma de distorsionar el tiempo y que nos permite una perspectiva nueva y original de la vida.

Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
Se puso casi lunes…

Del poema “Ayer” de su libro “Sin esperanza con convencimiento”.

Ya desde muy temprano
ayer fue tarde.

Del poema “No tuvo ayer su día” de su libro “Prosemas o menos”.

No hay nadie que no sepa
que es domingo,
domingo.
Tu presencia de espuma lava,
eleva,
hace flotar las cosas y los seres
en un nítido cielo que no era
-el lunes- de verdad:
apenas
desteñido papel, vidrio
olvidado
polvo tedioso sobre las aceras.

Del poema Domingo, de su libro “Sin esperanza”.

LA VIDA VISTA POR LOS ESCRITORES XIV


LA VIDA Y LA RELIGIÓN

GEORGE BERNANOS

DIARIO DE UN CURA RURAL

-La gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse, pero si todo el orgullo muriera en nosotros…

-¿Por qué inquietarme? ¿Por qué tratar de prever lo que ocurrirá? Si tengo miedo, diré tengo miedo…. sin sentir por ello ninguna vergüenza. ¡Que la primera mirada del Señor cuando se me aparezca su Santa Faz sea una mirada tranquilizadora!

-El tedio lo devora todo ante nuestra vista y nos sentimos incapaces de hacer nada. Acaso algún día nos alcance el contagio, y descubramos en nosotros mismos el cáncer. Es posible vivir mucho tiempo teniéndolo latente en el interior.

-El aburrimiento es algo semejante al polvo. Vamos y venimos sin verlo, respirándolo, comiéndolo y bebiéndolo. Es tan fino, tan tenue, que ni siquiera cruje al ser masticado. Sin embargo, basta detenerse unos instantes para que recubra el rostro, el cuerpo, las manos. Hay que moverse sin cesar para sacudir esa lluvia de ceniza y quizá sea esta la causa de que el mundo esté agitado.

-¿Calcular nuestras oportunidades? ¿Para qué? No se juega contra Dios.

-Inventamos la vida en vez de vivirla.

-Pero desgraciadamente nuestra sociedad está conformada de una manera que la felicidad parece siempre sospechosa.

-Tienes la vocación de la amistad. Cuida que no se transforme en pasión. De todas, es la única que no se puede curar.

-Bendito sea aquel que preservó de la desesperación un corazón infantil.

-Una miseria que ha olvidado hasta su nombre.

-¡La palabra de Dios es un hierro candente! Y usted, que la enseña, desearía asirla con pinzas, por miedo a quemarse, no la cogería a puñados, ¿verdad?

-Pretendo simplemente que cuando el señor saca de mí, por azar, una palabra útil a las almas, la conozca por el daño que me hace.

-La palabra se hace pequeña con los pequeños.

-Nosotros calculamos demasiado, ese es el mal.

-La piedad es como un animal, un animal al que puede pedirse mucho, pero no todo. El mejor perro puede volverse rabioso. La piedad es poderosa y voraz. No se por qué la representan siempre un poco llorosa, un poco tonta. Pero en realidad es una de las mayores pasiones del hombre.

-Pero a Dios no le gusta que toques su justicia y su cólera es demasiado fuerte para nosotros, pobres diablos.

-No la mires más que el tiempo justo y no lo hagas nunca sin rezar (SOBRE LA INJUSTICIA).

-Dios no desprecia nada.

-El demonio de la lujuria es un demonio mudo.

-¡Está siempre tan cerca lo ridículo de lo sublime!

-Se dan casos de reblandecimiento del cerebro. El del corazón es mucho peor…

-¿Qué sabemos del pecado? Los geólogos nos enseñan que el suelo, que nos parece tan firme, no es realmente mas que una delgada película sobre un océano de fuego líquido y siempre hirviente, como la capa que se forma sobre la leche pronta a hervir… ¿Qué espesor tiene el pecado? ¿Hasta qué profundidad habría que cavar para hallar la veta de azur?

-Pero una cosa es sufrir la injusticia y otra aceptarla voluntariamente.

-Un alma débil no puede escapar a sus tentaciones.

-Su mirada un poco vaga, huidiza, tiene esa expresión tan emocionante para mí de los seres habituados a la incomprensión.

-¡Qué poco sabemos lo que es en realidad una vida humana! Ni siquiera la nuestra. Juzgarnos por lo que llamamos nuestros actos es acaso tan vano como juzgarnos por nuestros sueños…

-La curiosidad feroz de los demonios, su espantosa solicitud por el hombre es mucho más misteriosa…¡Ay, si pudiéramos ver con los ojos del ángel, a estas criaturas mutiladas!

-La experiencia, ¡ay!, nos enseña que existen desesperaciones infantiles. Y el demonio de la angustia, según creo, es un demonio impuro…

EL ESCRIBIR VITO PORLOS ESCRITORES XXIII


VISTA POR VARGAS LLOSA

LA ORGÍA PERPETUA

-Algunos sostienen que madame Bovary es una novela donde no ocurre nada, salvo el lenguaje. No es así, en madame Bovary ocurren tantas cosas como en una novela de aventuras, matrimonios, adulterios, bodas, viajes, paseos, estafas, enfermedades, espectáculos, un suicidio, solo que se trata en general de aventuras mezquinas.

-Hechos narrados desede la emoción o el recuerdo del personaje/ El estilo materialista de Flaubert hace que la realidad subjetiva en madame Bovary tiene consistencia y peso físico como lo objetiva.

-El tratamiento de lo sexual en la narrativa es uno de los más delicados, tal vez el más arduo, junto con lo político. Como en ambosasuntos existe para el autor y para el lector una carga tan fuerte de prevenciones y convicciones, es dificilísimo fingir la naturalidad, “inventar” esas materias, darles autonomía, invenciblemente se tiende a tomar partido por o contra algo, a demostrar en vez de mostrar. Asi como, según ciertos teólogos, por la bragueta se suelen ir más hombres al infierno, gran número de novelas se precipitan a la incalidad por el mismo sitio. En ningún otro tema es tan patente la maestría de Flaubert como en la dosificación y distribución de lo erótico en madame Bovary.

-La presencia del sexo en una novela no me interesa como a un frío observador, para estudiarlo prefiero un manual.

-En mi caso ninguna novela me produce gran entusiasmo, hechizo, plenitud, si no hace las veces, siquiera en una dosis mínima, de estimulante erótico.

-He comprobado que la excitación es más profunda en la medida en que lo sexual no es exclusivo ni predominante sino se complementa con otras matereias, se halla integrado en un contexto vital complejo y diverso, como ocurre en la realidad: me excita menos un libro de Sade donde el monotema desvitaliza el sexo y lo convierte en algo mental, que por ejemplo los episodios eróticos (muy escasos” de Esplendores y miserias de las cortesanas de Balzac (recuerdo sobre todo los roces de unas rodillas en un carruaje) o los que salpican las mil y una noches en la versión del doctor Madran.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VII


Celemínv

Lo cierto fue que ocurriera lo que ocurriera aquel fue el verano más decisivo de mi vida y uno de los más angustiosos. La visita del cura coincidió con el fin del curso, si no terminó aquel día no pasaría más de una semana para que saliéramos por la puerta de la escuela dando gritos con una alegría salvaje. Las vacaciones de verano, que duraban tanto como la estación, era el periodo más feliz en la vida de un niño. Tres meses sin estudiar, sin pisar la escuela, sin deberes, jugando todos los días, sin pensar en nada que no fuera divertirse. El paraíso de los niños deber ser algo muy parecido a unas vacaciones escolares.

Llegaba a casa de jugar a las chapas o a las canicas o de darme una vuelta por las montañas cercanas y siempre encontraba a mi madre en la cocina, bordando en la ropa mis iniciales. Eran solo dos letras pero aquella mujer debió pensar que me iba al Vaticano, con el Papa, porque cada prenda llevaba en una esquina o en el cuello una verdadera obra de arte. Las iniciales eran muy bonitas. Yo me quedaba embobado mirándolas. Pronto el remordimiento de exigir un sacrificio tan grande a mis padres me llevaba a refugiarme en mi habitación. Allí no podía evitar que mi mente me representara todo lo que me esperaba en aquel colegio. Los campos de futbol eran el pastel y la convivencia con los curas y con los demás niños el plato de comida podrida que no podría tirar por el retrete.

Ya me veía fichado por el equipo de mis amores, el Real Madrid. Miraba el album de cromos de futbol que tanto me había costado completar y la fantasía me ponía delante de los ojos lo que yo sería dentro de unos años. El más famoso y el más adorado de los futbolistas. Me tumbaba en la cama dejando que la mente volara y volara. De pronto, en lo mejor de la aventura, algo oscuro despertaba en mí. Yo era un niño muy tímido, muy sensible, todo me hacía daño, todo me entristecía, ¿cómo iba a pasarme un año entero en aquel enorme colegio, lejos de mis padres y hermanos, soportando las bromas crueles de los compañeros?

La angustia se apoderaba de mí. Incapaz de permanecer más tiempo en la cama, con aquel dolor de tripa que me producían los nervios, salía otra vez de casa y me iba a dar un paseo por la montaña. Al menos el movimiento me calmaba un poco. No mucho, porque enseguida pensaba en mi padre en el fondo de la mina y en mi madre, bordando y bordando todo el día, y casi deseaba morir para no enfrentarme a la vergüenza de haber levantado la mano un día mientras pensaba en los campos de futbol.

Mi madre sonreía orgullosa cuando me enseñaba las iniciales en la ropa. Lo hacía cada vez que llegaba a casa. No entendía que yo pusiera mala cara y me encerrara en la habitación. Aquel era un vestuario más adecuado al hijo de un rico que al de un minero. Cuadro juegos de ropa de cama, de quita y pon, como decían. Pantalones cortos, pantalones largos, pantalón de deporte, albornoz, toallas de baño y toallas normales. Un trajecito preciso con chaqueta y pantalón corto que me hizo el sastre del pueblo. Zapatitos de charol, brillantes. Camisas blancas para las fiestas, corbata… Ni un ministro tenía tanta ropa, como decía mi padre.

La empatía que sentía hacia aquel enorme sacrificio económico que suponía comprarme tanta ropa me angustiaba hasta límites insufribles. Mis padres debieron notarlo en mi cara porque no cesaban de recriminarme la ingratitud que demostraba. En vez de estar alegre y agradecido por lo que estaban haciendo por mí, yo ponía cara de sepulturero. Este niño no tiene remedio, decían, no merece lo que estamos haciendo por él. Incapaces de comprender la terrible lucha que libraba en mi interior lo achacaban todo a mi insensibilidad. Aquello recrudecía aún más mi angustia, hasta el punto de que cuando los compañeros de juegos golpeaban la ventana de la cocina mientras comíamos para preguntarme si saldría luego a jugar yo buscaba mil escusas para no hacerlo. En lugar de ello salía a escondidas de casa y me iba al monte. Allí trepaba y trepaba hasta agotarme. Me sentaba en una piedra y le daba mil vueltas al mismo problema. Era un niño idiota que había levantado la mano en un gesto compulsivo, sin saber lo que hacía, y eso había puesto a mis padres en una situación insostenible. Les diría que no, que no quería ir al colegio. Pero luego me imaginaba unos años más tarde, saliendo de la mina con la cara ennegrecida por el polvo del carbón, como un auténtico negro, y recordaba los reniegos de mi padre, quejándose de la humedad, de aquellos chorros de agua fría que caían del techo de la galería y que le obligaban a permanecer con la ropa empapada toda la jornada mientras ponía las vías para las vagonetas, y aquel futuro me parecía tan espantoso que casi prefería sufrir el tormento de la vergüenza.

Yo era un niño debilucho, enclenque, pequeñajo y con las patas de alambre, tan tímido, tan sensible, que nunca podría soportar aquel tipo de vida. No existía una alternativa aceptable a la decisión que tomaba a cada minuto de abandonar aquella estùpida aventura. Y los días pasaban con lentitud. A veces, incapaz de soportar la soledad, aceptaba salir a jugar a las canicas y me dejaba ganar las mejores, las de acero que me traía mi padre de los rodamientos de las máquinas o las de cristal de colores que compraba en el quiosco de las pipas, solo para que los niños dejaran de molestarme con aquellas expresiones de que yo creía ser un rico  y más listo que nadie porque ya no quería jugar con ellos. Eran crueles. Tampoco ellos comprendían que era la vergüenza y la angustia las que me obligaban a huir de ellos. Hasta Luisito, mi mejor amigo, se enfadaba muchísimo cuando yo me negaba a ir a su casa, los sábados por la tarde para ver en su „tele“ una de las pocas que había en el pueblo, la serie de Viaje al fondo del mar, que tanto me gustaba, o los dibujos de los Picapiedra o del oso Yogui.

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Para mí era un gran sacrificio privarme de aquellas aventuras con el pulpo gigante y el submarino en Viaje al fondo del mar o del oso Yogui. Sentía una gran simpatía por Bubú, aquel pobre niño que era tan bueno y que no soportaba que Yogui hiciera las trastadas que hacía. Me gustaba hablar con él. Era uno de mis „amiguitos“ preferidos. Hablar con mis amigos invisibles era uno de mis grandes placeres que iba perdiendo porque de ahora en adelante yo tendría que ser un „hombrecito“ antes de tiempo.

Pero por fin, después de tanto sufrimiento, llegó el gran día. Todo estaba preparado. Las dos maletas gigantes que mis padres habían tenido también que comprar, a plazos, de fiado, como seguramente hicieron con todo el resto. Toda la ropa bordada con mis iniciales y colocada en su interior. El trajecito que llevaría en el viaje colocado en la silla de la cocina para que no se arrugara. Mi madre no cesaba de recordarme que escribiera, al menos una vez a la semana, que cuidara de que no me robaran la ropa, de que estudiara mucho porque si no sacaba beca no podría continuar los estudios. A pesar del enorme esfuerzo que hacía para controlarme, a veces explotaba y gritaba que me dejara en paz.

Aquella noche dormí muy mal y cuando me levanté me sentí tan cansado que no salí de casa por la mañana. Comimos deprisa y nos fuimos al autobús que nos llevaría a la capital, donde subiríamos al tren que nos llevaría al colegio. Mi madre lloró a moco tendido y no quería dejarme marchar. A mi padre se le humedecieron los ojos, y yo, incapaz de llorar, puse cara de funeral. De esta triste manera se inició mi aventura.

CRAZYWORLD XXIV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY III

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/ CONTINUACIÓN

Con el tiempo llegaría a saber muy bien que esa era una excelente señal. Cuanto más fría, más gélida, más caliente, más excitada, más cachonda estaba la gatita. Mi idea era otra. Una piel volcánica indicaba una cachonda suprema. Pero esa era solo una idea del subconsciente puesto que seguía amnésico perdido, no recordaba haber practicado sexo con ninguna mujer. Aunque el sueño podía indicar lo contrario. ¿Sería yo un auténtico gigoló? En cambio la piel volcánica en Kathy indicaba lo contrario, que no había ni pizca de cachondez en ella y que su cólera sorda podía salir al exterior en forma de iceberg impredecible, capaz de hundir cualquier Titanic. Eso lo llegaría a saber con el tiempo, pero ahora solo sabía que ella estaba helada y que parecía ser yo el candidato ideal para calentarla.

Me mordisqueó una oreja y bajó su mano gélida hasta mi carita asustada. Yo continuaba tan sorprendido que solo pude balbucear.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-Vamos cariño. Eso te lo explicaré luego. Ahora dedícate a la faena.

Se escuchó otra vez el estremecedor aullido de lobo. Se me puso el vello de punta.

-No te asustes. Es solo ese payaso de Kurt. Cuando hay luna llena le da por dar aullidos. Es nuestro hombre lobo.

Mis manos se deslizaron a su culo y lo magrearon con deleite. Kathy se estrechó más contra mí cuerpo y gimió.

-Sigue, sigue. Pensé que nunca llegaría la noche para hacerte una visita. Eres un regalo del cielo. Un bomboncito delicioso.

Continué. Separándola un poco lamí su pezón izquierdo. Ella gimió y exhaló un gritito agradecido.

De pronto escuché de nuevo a la mujer. Parecía estar sufriendo un orgasmo tras otro. Me quedé pasmado.

-No hagas caso, bomboncito, es la estúpida de Mary, una histérica insufrible. En cuanto se monta un poco de jaleo se pone a chillar como si la estuvieran degollando. Luego sufre orgasmo tras orgasmo hasta acabar agotada de tanto chillar. La muy idiota es incapaz de dejar que la toque ningún macho. Se excita con el barullo y el jaleo. Ya le he dicho al subnormal de Jimmy que lse dedique a ella y deje de quejarse de sus periodos e abstinencia. Si consiguiera hacerla gozar una sola vez ella sería suya para siempre.¿Sabes que me respondió ese burro?

-No, Kathy, amor.

-Que era vieja y fea para él y que soltaba ventosidades. Eso es señal de que lo ha intentado y le ha tocado el culo alguna vez. Pero sigamos con lo nuestro. Y no me llames amor, ni gatita. Lo odio. Llámame puta y lo más obsceno que se te ocurra. Eso me pone cachonda.

¡Vaya! Todo en la vida tiene su contrapartida o su opuesto, el día y la noche, lo dulce y lo amargo. Kathy era un bomboncito dulce pero tenía su toque amargo, como estaba comprobando. Me temía que esa no iba a ser la única sorpresa y no lo fue, aunque no adelantemos acontecimientos.

Yo no era un hombre dispuesto a insultar a una mujer, a decirle grosería o incluso a maltratarla, aunque fuera en el acto del amor y porque ella me lo pidiera. Yo era un hombre sensible, dulce, un verdadero pastelito para una mujer. Eso no me iba. Tendría que hacer un esfuerzo desmesurado. De pronto me vino a la cabeza. ¿Qué sabía yo de cómo era realmente? Era un maldito amnésico. No recordaba nada. ¿Habría sido un gigoló? ¿Me las habría tenido que ver con mujeres masoquistas y actuado como un sádico?

Como Kathy insistiera en que yo reparara mi pecado al llamarla amor me vi obligado a soltarle un par de insultos que no quiero citar aquí y unos cuantas groserías sobre su sexo y su persona. A ella le gustó y se restregó contra mí, como una gatita mimosa.

Pude comprobar que cada vez estaba más fría, casi gélida. Eso no me impidió besarla con deleite, como a un polo de fresa. Mi mano hurgó en su entrepierna y acarició su sexo intentando insuflar calor a su congelada tartita de chocolate. Busqué su clítoris y lo manipulé un poco. No mucho, porque algo extraño estaba sucediendo. Me pareció más grande de lo habitual en estos casos. Aunque bien pensado ¡qué sabía yo de lo que era habitual en estos casos! Era como un jovencito virgen, aunque en mi subconsciente debía rendir una sabiduría que iba brotando de forma inconsciente.

Su clítoris estaba creciendo de forma desmesurada y empapándose de un liquidillo lubricante como una esponja, sumergida en la bañera. Estaba rezumando enormes gotas que se convirtieron pronto en un torrente. Un olor fuerte, intenso, acre, llegó a mi nariz. Eso me excitó mucho, sin yo pretenderlo, era como un cóctel de feromonas gatunas le fueran restregadas por el olfato del gato macho. Dejé el clítoris con un estremecimiento.

Kathy, que debía haberlo previsto, se echó a reír.

-No te asustes, bomboncito de licor, mi clítoris es un poco raro. Con la excitación crece y crece hasta transformarse en una berenjena. Eso es buena señal. Significa que me has puesto muy cachonda.

-¿Es eso normal?

-Tu deberías saberlo…Perdona. Olvidaba que eres amnésico. Pues no, no lo es. Me han visto un montón de especialistas que se han quedado pasmados. Me hicieron un montón de pruebas. Me dijeron que era un caso único, jeje. Es un poco molesto para el amante de turno. Cuando se convierte en una berenjena sale al exterior y obstruye la vagina. Por eso me gusta que la tengan pequeña, así tienen menos dificultades para penetrarme y me hacen menos daño.

Kathy echó mano a mi miembro que estaba en plena fase de excitación.

-Tú la tienes grande. Tendrás que andar con cuidado y seguir mis instrucciones.

No pude evitar echar mano a su entrepierna. El clítoris continuaba creciendo y asomándose al extremo. Lo acaricié un poco para hacerme con sus textura . Kathy, gimió y exhaló un gritito. El clítoris estaba muy resbaladizo, empapado. Busqué su raja. Era complicado hasta para un dedo penetrar con semejante obstáculo. Kathy chilló de placer y sus caderas dieron un bote. Llevé mi mano a la nariz, curioso. El olor era tan intenso que casi me desmayo. Me puso frenético, las hormonas parecían lo suficientemente fuertes como para tumbar a un elefante.

-Reconozco que es un poco molesto, pero tiene sus compensaciones. Yo disfruto un trescientos por cien más que una mujer normal. Eso me dijeron es la causa de que sea una ninfómana perdida, según ellos. Nadie puede resistirse a semejante placer. Es adictivo. Los hombres también disfrutan más, por lo visto mi clítoris es un almacén de hormonas, algunas desconocidas. Los machos se vuelven frenéticos y eso ayuda a prolongar la erección. El lado negativo es que penetrarme requiere cierta técnica y tiene sus dificultades.

No podía creerlo. Aquella mujer parecía una máquina sexual. No me sorprendía ya que fuera capaz de trepar como una gata hasta el tejado. Yo también lo haría para alcanzar un orgasmo múltiple y tan intenso. que me ponía el vello de punta con solo imaginarlo.

Kathy restregaba su clítoris que iba alcanzando el tamaño de una berenjena contra mi miembro y a cada restregón gemía, chillaba y se sacudía como un pelele. Yo estaba un poco asustado, pero decidí aprovechar y disfrutar de su cuerpo todo lo que pudiera.

Me centré en sus pechos, los mordisqueé, lamí sus pezones y me deleité con aquel manjar suave, prieto, delicioso. Entre los restregones y mi trabajo en sus pechos Kathy perdió el control y se puso a chillar como una energúmena.

Entonces el hombre lobo volvió a las andadas. Su aullido fue horrísono y lúgubre, como contagiado del frenesí de Kathy. Era para reírse pero no lo hice, muy ocupado en disfrutar de lo que prometía ser una noche memorable y el mejor momento de mi estancia en aquel frenopático infernal. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas y ni siquiera podía estar seguro de que el próximo día no fuera el último de mi vida, o de que el chalado del doctor Sun no me encerrara en las celdas de aislamiento, como parecía haber hecho con todos aquella noche, exceptuándonos a mi gatita y a mí. Si todo iba bien –que casi nunca va bien, según la ley de Murphy que acababa de asaltar mi cabeza- mi estancia en Crazyworld prometía mucho, muchas mujeres hermosas dispuestas a darme cariño, mucho camino que recorrer en el tren del placer, pero algo así requería un complot de circunstancias favorables, y allí lo más fácil era que todo se aliara para hacerte la vida imposible, las cariñosas mujeres podrían sufrir un colapso mental y transformarse en mis torturadoras; John Smith, el asesino en serie, bien podría despertar de su letargo o del sueño eterno y hacer una carnicería en menos tiempo del que Kathy alcanzaba un orgasmo, o el Sr. Múltiple Personalidad bien podría sacar a pasear a todas sus personalidades a la vez convirtiendo a Crazyworld en la carrera de aquellos chalados en sus locos cacharros. Nada, que era mejor aprovechar lo que se me ofrecía esta noche que pensar en un futuro incierto. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Eso pensaba, sin duda, mi gatita, quien se apoderó del mío como de un pastelito de nata y nueces, disfrutando de cada nuez y cada grano de nata. Dejé de hacerme preguntas sobre el clítoris de Kathy, la berenjena mágica, y de intentar imaginarme su triste historia, de elucubrar sobre aquel sorprendente fenómeno, único en los anales de la medicina, y me dejé llevar hacia el paraíso terrenal, entre las piernas de Catwoman, la Venusberg habitada por una dragona de fuego inextinguible.

CRAZYWORLD XXIII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY II

Pero me costó mucho dormirme. Un montón de imágenes pasaban raudas por mi cabeza. Por si eso fuera poco de pronto se oyó un formidable aullido de lobo. Uuuuuu Era impresionante. Claro que con aquella luna llena sanguinolenta todo era posible. Tardé en comprender que el aullido seguramente procedía de un paciente licántropo o que padeciera alguna rara enfermedad de la que yo nunca hubiera oído hablar. De nuevo fui consciente de mi amnesia, muy curiosa porque algunos conceptos o datos surgían de mi memoria con absoluta naturalidad, pero no podía engarzarlos en vivencias personales y cronológicas. ¿Por qué conocía algunos términos de ciertas enfermedades y otros no? Era un misterio. Me pregunté quién sería el hombre lobo, Jimmy no me había dicho nada, tendría que preguntárselo. Se oyeron voces, carreras, golpes en las puertas…. De pronto una mujer chilló como si la estuvieran degollando durante un minuto y luego al siguiente cambió, parecía estar sufriendo un orgasmo tan terrible que era lógico que sacara al exterior todo el placer que recibía. Me puse la almohada por encima, me tapé los oídos como pude e intenté relajarme. Creo que fue el agotamiento el que me durmió.

EL SUEÑO

Una habitación lujosa. Yo estoy en la cama, desnudo. Es solo una sensación, porque no puedo verme. Acabo de hacer el amor con una dama muy atractiva y exquisita. Ésta se levanta de la cama y se dirige al servicio. Puedo ver su culito con toda claridad. Prieto, hermoso, una joya. Desaparece en el retrete. De pronto sé que soy un gigoló y que aquella señora es una de mis muchas clientas. Mi patrona me está felicitando. Se parece a Joan Collins. Nos hemos acostado muchas veces, aunque no soy capaz de recordarlas todas. Un barullo de imágenes, mujeres desnudas, altas, bajas, feas, atractivas, gordas, delgadas… Todos gimen como en pleno orgasmo y me dicen: sigue…sigue… no te pares.

La mujer regresó del servicio y se quedó parada en el centro de la habitación, frente al lecho. Me levanté un poco en la cama y con las dos manos hice el gesto de enfocarla con una supuesta cámara que tuviera en mis manos y disparar. El rostro, dulce y suave, los pechos, firmes y agresivos, el pubis, un suave triángulo de rizado vello sedoso. Ella se rió.

-¿Te gustaría sacarme alguna foto?

-¡Oh sí, me gustaría conservar este momento para la posteridad!

De pronto estaba junto a la ventana, apretó un botón y la persiana estaba arriba. La luz esplendorosa del sol penetró en el cuarto.

-Ven, tengo un regalo para ti. ¿No te habrás olvidado de que hoy es tu cumpleaños?

-¿En serio? ¿Y cuántos cumplo?

-Jajá. No tienes remedio.

-En serio. No me acuerdo.

Las ropas volaron. Ella debió quitarlas de la cama, no sé cómo. Noté el miembro erecto. No recordaba tampoco haber hecho el amor con ella.

De pronto estuve en la ventana, mirando el exterior. Ella estaba a mi lado, acariciando mi sexo. La tomé por la cintura y mi mano se deslizó a su culo sin darme cuenta.

Algo pude ver, un deportivo rojo. ¿Era un Ferrari? Lo era. De pronto ella estaba en el centro de la habitación. Me ofreció unas llaves. Estaba desnuda. ¿De dónde las había sacado? No se había acercado al bolso.

-Vístete y pruébalo. Sin prisa. Necesito dormir unas horas. Cuando vuelvas despiértame. Como tú sabes.

Estaba en la acera. Vestido. Subí al coche, arranqué y salí disparado. En la ventana ella me hacía un gesto de despedida. ¿Cómo podía verla de espaldas? Atravesé ciudad como un cohete. El deportivo rugía como un león joven, a punto de lanzarse sobre su presa.

Salí a la autopista. Aceleré. Era una sensación extraña. Como si yo estuviera por encima del coche y éste no se moviera. Paisajes. Carreteras desconocidas. Se hizo de noche. Encendí las luces. Un bosque tupido. Una carretera estrecha. Me acordé de pronto de la mujer, esperando que yo la despertara. Me había olvidado de ella. Quise frenar, pero no encontraba el freno. Di un volantazo. El deportivo se me fue. Choqué brúscamente contra un árbol, la cabeza golpeó contra el volante. Sentí un sordo dolor. Quise salir del coche, pero estaba paralizado. Lo intenté una y otra vez. De pronto estuve en lo alto, levitando. Pude ver mi cuerpo, abajo, paralizado sobre el volante. Un charco de sangre salía de mi cabeza. Volé sobre las copas de los árboles. Pasé una cerca. Me encontré de pie, golpeando una puerta de cristal. Nadie me escuchaba. Golpeé con más fuerza una y otra vez… ¿Estaba muerto?

De pronto me desperté. No, no estaba muerto, y aquello no era el estado intermedio budista. Tardé en comprender que alguien golpeaba la ventana. ¿Cómo era posible? Un tercer piso y muy alto.

Escuché. Efectivamente, alguien golpeaba el cristal. Estaba despierto. El cristal retembló. Salté de la cama. Asustado. Abrí la ventana de golpe. ¿Quién estaba allí? ¿Catwoman?

Efectivamente. Una mujer enfundada en un traje ajustado de neopreno, como una buceadora. Una capucha ajustada a su cabeza. Un antifaz. Negro como la noche. Iluminada por la luna. Su mano izquierda se aferraba al alfeizar y la derecha al tubo de desague. No podía ver sus pies.

La mujer gritó.

-Ya era hora. Déjame entrar o acabaré esmochándome.

Instintivamente me puse a un lado. La mujer saltó al interior como una gata. Cayó en cuclillas. Se puso en pie y me miró.

-¿No me reconoces?

-No. No caigo. ¿Catwoman?

-Jajá.

Entonces me di cuenta de que estaba desnudo. Me apresuré a colocar mis manos sobre mis partes pudendas. Ella se rió con más ganas.

-Déjame ver lo que he venido a buscar.

Tardé en comprender. Con vergüenza aparté mis manos del sexo.

-¿Está desnudo mi nene? No me extraña. Se habrá llevado un buen susto.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Quieres decir cómo he trepado hasta aquí?

-Esa es solo una de mis habilidades. Las otras las conocerás en un instante.

-¿Cómo…? ¿Cómo es posible…?

-Durante un tiempo fui acróbata de circo.

Sabía que me estaba mintiendo, que me estaba tomando el pelo. ¿Aún continuaba soñando?

No. Catwoman caminó hacia mí y al llegar acarició mi sexo. Todo era muy real, ya lo creo. Aquello no podía ser un sueño.

-Vamos a la cama, cariño.

Me empujó. Me introduje en el lecho, bajo las sábanas, tapando mis vergüenzas. Ella se bajo la cremallera del traje, por delante y se quitó la capucha. Pude ver su rostro y su melena al viento. Era…era…era…

-¡Kathy! ¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Cómo es posible? Ahora verás de lo que soy capaz.

Pude ver sus tetas balanceándose. Estaba desnuda bajo el traje. Se desprendió de él rápidamente. Pude ver su pubis, sus caderas, sus piernas, toda ella. Era realmente preciosa.

-A la luz de la luna no me verás muy bien. Enciende la lamparita.

Lo hice. Me quedé pasmado contemplándola. De pronto recordé el consejo de Jimmy. Sobre la mesita de noche había una toalla doblada, la desdoblé y la coloqué rápidamente sobre la lámpara. Salté de la cama y busqué en el baño. Encontré otra toalla. La puse sobre la lámpara del techo. Luego casi corriendo me acerqué a la mesita y hurgué bajo la toalla. Descubrí un artilugio en el soporte. Tanteé hasta encontrar el interruptor de que me había hablado el Pecas.

Me metí en la cama de un salto. Kathy permanecía de pie, desnuda, en el centro del cuarto, observando risueña mis movimientos.

-¿Qué haces?… ¡Ah, sí! Ese maldito pecoso te habrá hablado de las cámaras y el micrófono. No importa. El doctor Sun podría ver lo que vamos a hacer. No me importa. ¡Que rabie ese cabrón! Quita las toallas.

-No.

Negué al mismo tiempo con la cabeza.

Vale. Como quieras.

Se dirigió contoneándose y muy despacio hacia el lecho, dejando que yo la viera en toda su plenitud.

-¿Te gusta lo que ves?

-Mucho, muchísimo.

Balbuceé aturullado. ¿Sería el sueño un recuerdo de mi pasado? ¿En verdad era yo un gigoló que había terminado en aquel frenopático onírico, surrealista, por casualidades del destino? Entonces recordé mi imagen, que aún no había asimilado. Aquel amnésico que era yo poseía un hermoso cuerpo, ya lo creo. Muy alto, tal vez como un escolta de la NBA, cercano a los dos metros. Musculoso, músculo de gimnasio, piel suave de gigoló, de metrosexual con una estantería de potingues. Rostro duro como un Steve MacQueen de película acción después de haber recibido unos cuantos puñetazos, la nariz algo torcida y la cara como ligeramente hinchada. Toda una reinona de Hollywood. Casi me da la risa. Aún no me sentía vinculado a un cuerpo que desconocía, como si no fuera mío, lo mismo que mi carácter y mi pasado. Pero ahora al menos podía comprender un poco la sensación que estaba causando entre las bellezas de aquel espantable infierno dantesco. No era solo la suerte del novato, no, con un cuerpo como aquel uno podía permitirse guiñar un ojito a la mismísima Ava Gadner. No era extraño que Jimmy, El Pecas, se hubiera pegado a mí como una lapa. Alguna migaja recogería. ¡El muy ladino!

-Pues más te gustará cuando lo cates.

Alzó las ropas que me cubrían -yo me había introducido en el lecho de nuevo, a toda prisa, y tapado mis vergüenzas con toda la ropa a mi disposición- y sonrió como una Catwoman mortífera. Habría preferido un tiempecito para asimilar lo que me estaba pasando… que yo era en realidad un gigoló con un cuerpo espléndido, que el accidente se había producido al pasarme de rosca con un ferrari regalo de una clienta o de mi madame, o de quien fuera, que yo conocía muy bien a la mujer que seguiría esperándome, preocupada, que poco a poco iría recordando mi pasado y que éste parecía tan bueno que salir de allí volvía a ser mi prioridad. Pero antes, antes podría disfrutar de Kathy y de Alices y de Heather y de… Bueno, bueno, no solo el miembro estaba resucitando, también mi supuesta libido insaciable. Pero Catwoman, no me dejó. La también mortífera señorita Ruth tenía razón, Kathy encontraría el modo de acceder a mi dormitorio y de catarme como era debido, lo que no imaginaba es que sería vestida de Catwoman y trepando unos cuantos metros de pared desnuda. Esta mujer era toda una joya, e imprevisible como un rayo.

-Vaya veo que el nene está despertando. Je,je.

Y se introdujo rápidamente en el lecho, restregándose contra mi piel como una gatita mimosa. Noté su piel fría, casi gélida. ¿Tanto frío hacía fuera?