PERDIDO EN EL TIEMPO XV


PERDIDO EN EL TIEMPO XV

BEETHOVEN
SEXTA SINFONÍA-PASTORAL

Siento una necesidad imperiosa de dormir, pero no puedo, algo me lo impide. Debería estar completamente agotado, hambriento, sediento, destrozado de los nervios, desesperado… No siento nada, como si hubiera perdido el cuerpo, solo tengo ganas de llorar. Ni siquiera eso me es concedido, apenas un poco de humedad en los ojos, como rocío mañanero. Desearía aliviarme rezando, pero estoy vacío, tan vacío como el vientre de la nada. Poco a poco voy aceptando mi nueva situación. Estoy perdido en el tiempo, tal vez en el espacio, en alguna dimensión ignota a donde he sido arrojado por mis muchos pecados. He perdido el cuerpo y sus funciones, he sido desterrado de la realidad, tal vez hasta haya perdido el alma, sin enterarme, con la suavidad de quien limpia un cristal que ya estaba limpio y sigue viendo lo mismo que veía antes. Me siento el mismo pero no soy el mismo, mi personalidad, mi individualidad parecen no haber cambiado, sigo poseyendo los mismos recuerdos, sigo embargado por las mismas emociones, pero algo, algo muy sutil ha cambiado para siempre.

Poco a poco voy aceptando que ya nunca más veré la luz del día, el alba y el ocaso han dejado de tener significado. ¡Oh cuánto me gustaría poder echar una cabezadita y olvidarme de todo! ¡Voy a echar de menos tantas cosas! De pronto soy consciente de estar escuchando la sexta sinfonía de Beethoven, la pastoral. Ya nunca más caminaré por los bosques de mi amada montaña, ni pisaré la hierba de los campos, ni escucharé el trino de las aves, ni sentiré la brisa entre las hojas, ni me tumbaré junto a un riachuelo para mirar el cielo azul y el majestuoso sol. Todo me ha sido arrebatado sin preaviso, sin transición. La naturaleza ha dejado de tener significado en esta oscuridad impenetrable. Puede que esté ahí, más allá del quitamiedos o guardarraíl de la autovía, pero no puedo verla y tal vez tampoco pudiera pisarla si me atreviera a salir del coche y caminar en la oscuridad, buscando un árbol perdido en la supuesta llanura, porque no tengo constancia de que todo siga como antes, solo que en la más absoluta oscuridad, ni la gran ciudad que estaba antes allí, en el centro del círculo de circunvalación. No puedo saber si he sido arrebatado a otra dimensión solo con mi coche y esta autopista infernal o si estoy en el mismo mundo en el que estaba, solo que en otra dimensión solitaria y vacía.

Puedo recordar mis paseos por el campo, en primavera, verano, otoño, invierno. Puedo recordar las montañas en el horizonte y el prado verde en el que me siento y el rumor del arroyo cercano y el canto alegre de las avecillas y la sensación de intensa felicidad que me acogía antaño. ¡Puedo recordar tantas cosas! Pero no es lo mismo que vivirlas, el recuerdo es como un mal cuadro, repleto de agujeros, pintado a brochazos, sin la menor delicadeza ni sensibilidad, es como imaginar un bosque a través de un grosero remedo de árbol que es solo una línea torcida en el centro de una tela sucia. De ahora en adelante solo me quedará el recuerdo, la imaginación, la fantasía forzada, será como escuchar una música a lo lejos, muy lejos, ni siquiera sabes si es la música que tu deseas, si la está tocando una buena orquesta, ni siquiera sabes si es música o un ruido confuso un “brohuhaha” francés.

Cierro los ojos, llamando al sueño, que aún no estoy convencido me haya sido arrebatado para siempre. En medio de la autovía vacía y silenciosa, oscura como boca de lobo –he apagado los faros- con el vehículo detenido sin luces de emergencia, sin esperar ya nada, ni que de pronto todo vuelva a la normalidad y sea aplanado por un trailer, aislado del mundo y sus pompas, escucho religiosamente la música del sordo genial, que podía oír el canto de los pájaros, el rumor del arroyo cantarín, el estrépito de la tormenta que se acerca, sin poder oírlas, solo imaginando lo que el cuadro silencioso estaría transmitiendo. Yo ni siquiera tengo un cuadro al que mirar y la imaginación parece una vieja maquinaria mal engrasada.

Me dejo llevar por la música, sin pensar en lo que haré más tarde, si continuaré dando vueltas y más vueltas a esta carretera infernal mirando la aguja del depósito, a ver si se mueve, como un signo de que todo regresa a la normalidad, o si me quedaré aquí, sentado, esperando a Godot, o si me decidiré a salir del coche y caminar fuera de la cinta de asfalto, con esa linterna que se enciende cuando la agito, buscando algo, cualquier cosa, un árbol perdido, una casa abandonada, una ciudad en las sombras, la verde hierba que no podré ver pero sí pisar, el bosque tupido, subiendo y bajando, los árboles que me miran como fantasmas sin alma, el sobresalto de un animal silvestre que me haga pensar en un remedo de vida, de naturaleza. Tal vez encuentre una línea invisible, un abismo sin fondo entre dimensiones, una niebla de Stephen King repleta de monstruos tentaculares que me descuarticen en un pis-pás. Cualquier cosa sería mejor que esta espera inútil, que un tiempo que parece haberse detenido para siempre, a la espera de que yo lo ponga en marcha, como un reloj viejo, con el mecanismo roto.

¡Cuánto agradecería una buena tormenta! Los rayos iluminando el cielo oscuro, el horrísono estrépito del trueno, la lluvia percutiente contra el techo de este vehículo infernal. Sería un gran alivio. Ni siquiera sé con seguridad si el tiemplo climatológico también se ha detenido. Tal vez ya no vuelva a sentir la lluvia en la cara, el frío en el rostro, la blanda nieve sobre la cabeza, el calor asfixiante en la piel. Tal vez todo eso solo sea ya parte de un pasado muerto que tendré que resucitar, célula a célula, a través del recuerdo. Es lo que estoy haciendo ahora, mientras la sinfonía llega a su fin, intentar resucitar aquellos viejos recuerdos de una vida que fue hermosa a pesar de todo. Solo me quedas tú, Beethoven, viejo y entrañable amigo, lo mismo que otros músicos que me acompañarán al infierno por esta carretera demoniaca, que seguirán alegrando mi alma mientras demonios invisibles me susurran malévolos pecados en la oscuridad, pecados que nunca podré ya cometer, porque mi cuerpo está muerto, mi alma está muerta, aquí solo vive un coche con el motor en marcha que reinicia de nuevo su círculo dantesco.

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