UN CADÁVER EN LA CARRETERA VI


TERCERA MAÑANA

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Madrugaron. Ella dejó temblando al conserje, a él no se le ocurrió otra cosa que hacer una pregunta sin sentido.

-¿Puedo preguntarte algo?

-Claro, pichoncito.

-La primera noche me obligaste a usar condones y anoche me la chupaste como una niña haría con su primera piruleta. ¿Qué ha cambiado?

-La primera tenía miedo a coger el Sida, tu eres un donjuanito muy mono, pero no me fio de que seas tan meticuloso poniéndote el condón como chupando pezones.

-¿Te gusta mi técnica chupapezones?

-Eres único, pero no he contestado a la segunda parte. Anoche no me importó coger el Sida porque no vamos a vivir mucho, pichoncito

-¿Tienes miedo de Pulgarcito?

-No lo conoces, es peor que una víbora e infinitamente más traicionero. Si acabo con él los grandes jefazos mandarán al séptimo de caballería. Sabrán que no se enfrentan a una muñequita. Vamos a tener que correr mucho, amor, seguro que hasta perdemos el culo en un descuido.

-Sería una verdadera pena, tienes el mejor culo que he visto desde…cómo se llamaba aquella actriz?

-Me alegra que te lo tomes con humor. ¿Sabes que te estoy cogiendo verdadero cariño?

-¿Antes no?

-Antes eras un muñequito agradable. Ahora eres un hombre que luchará por esta mujer que tienes frente a ti, a dentelladas. Puede que no esté muy lejos el día en que te diga “te quiero”. ¿Sabes que solo lo he dicho una vez en mi vida?

-¿Y qué paso?

-Tal vez algún día te lo cuente. Busquemos un lugar agradable.

Ella encontró un lugar agradable y escondido, desde donde vigilar la carretera que conducía al motel. Él mientras tanto, la oyó hablar de su vida antes de decidir que el dinero era imprescindible para vivir el único tipo de vida que le gustaba. Entonces supo que ella tenía miedo a morir y que de alguna manera le hubiera gustado conocerlo antes de tomar esa decisión. Ella hablaba sin quitar ojo de la carretera y él escuchaba pensando que tal vez mañana volvería a ser libre, pero ahora ya no le decía nada esa posibilidad.

CUARTA NOCHE

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Ella le dejó en el coche, en un bosquecillo cercano a la carretera. Comprobó sus armas, tenía dos pistolas –él se preguntó dónde las habría guardado- y antes de marchar a esconderse, era de noche, le dio el beso más largo y apasionado que había recibido en toda su vida de donjuan. Ella esperó sin miedo a la muerte y él esperó con miedo a perderla.

Fue una espera larga y tensa. El deseó tener una pistola, ella apareció tambaleándose a la entrada del bosquecillo. El encendió los faros y corrió a buscarla. Ella se derrumbó entre sus brazos.
Ella se despertó y le dijo que la habían herido, pensaba que no de gravedad. Frankestein y Pulgarcito estaban mirando frente a sí como idiotas, en un coche agujereado que comenzaba a arder. El gimió de desesperación y ella le consoló, solo era una herida en un hombro. Pero tendrían que buscar un lugar tranquilo, la policía no tardaría en llegar. Ella le pidió la vendara con una de sus camisas y él lo hizo con mimo, siguiendo sus instrucciones.

Noche avanzada llegaron a una especie de chalet solitario, ni una rendija de luz, parecía deshabitado. Ella le pidió que parara el coche y se bajó a investigar. El quiso sostenerla, parecía incapaz de dar un paso. Ella le hizo un gesto y se perdió en las sombras. Regresó con los dientes apretados y un sudor frío en su frente.

-Está abandonado. He desconectado la alarma, no hay perros, ni peligro alguno. Entraremos y me sacarás la bala.

-Tu estás loca. Necesitas un auténtico doctor y no un manazas que puede desangrarte.

-No quiero ir a la cárcel, aún no. No antes de que me haya cansado de ti.

-¿Será pronto?

-Si tenemos suerte será tarde, muy tarde. Si la suerte se vuelca con nosotros puede que te de un bastonazo cuando sea una abuela gruñona.

-¡Dios mío!, por qué no te habré conocido antes.

-Puede que el destino esté trazado pero los dos vamos a luchar como jabatos.

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Entraron en la casa por una ventana. El entró primero y luego la cogió en brazos para introducirla por la puerta, que forzó sin ninguna consideración. Ella estaba casi desmayada, pero tuvo fuerzas para sonreír y decirle muy bajito, con un hilo de voz:

-Esta es nuestra noche de bodas. Lástima que no tenga fuerzas para enderezar tu pistola, forastero.

Y se rio como un ángel, como un demonio, como una esposa. El la llevó a un lecho. Ella estuvo desmayada un buen rato, luego despertó.

-No perdamos el tiempo, pichoncito, vas a seguir mis instrucciones sin temblar, ¿verdad cariño?

Ella le dio instrucciones con voz firme. El las siguió apretando los dientes. Cuando ambos terminaron ella volvió a desmayarse y él se bebió media botella de güisqui en el salón. La noche fue larga, ella tuvo fiebre, él la cuidó como a una niña, dándole antibióticos que encontró en el botiquín. Ella tuvo pesadillas, él rezó en silencio mientras tomaba la fiebre cada media hora

CUARTA MAÑANA

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Ella despertó sonriente, haciéndose la buena; él la miró preocupado, tenía mala cara.

-Es preciso que nos pongamos en camino, aquí no estamos seguros.

-No estás para viajar.

-Puede que tengas razón. Nos quedaremos todo el día y nos iremos en cuanto se haga de noche. ¿Dónde están mis pistolas? Por cierto, pichoncito, ya nunca dudaré de ti. Has podido entregarme a la bofia y en cambio te has pasado la noche cuidándome. Te quiero, pichoncito.

-He rezado a Dios para que pudieras decírmelo. Es el momento más feliz de mi vida. No me importa lo que nos suceda de ahora en adelante. Si nos aguarda la muerte, moriré en paz a tu lado.

-Y también el mío. No te dejaré morir -puedes creerme- hasta que me des todo lo que necesito y necesito mucho.

Ella aceptó comer cualquier cosa, él le preparó un caldo de sobre y una tortilla francesa, con unos huevos que quedaban en el refrigerador. No quiso decirle nada, temiendo que se pasara el resto del día con las pistolas en la mano. Los residentes lo habían dejado conectado, lo que significaba que no tardarían en volver. No se separó de su lado en toda la mañana. De vez en cuando tomaba su mano y la miraba con arrobo de enamorado. Ella se hacía la dormida, esperando el beso robado, que por fin llegó. Finalmente entró en un sueño profundo que puso en marcha los mecanismos defensivos de su duro organismo de superviviente.

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