LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VII


Celemínv

Lo cierto fue que ocurriera lo que ocurriera aquel fue el verano más decisivo de mi vida y uno de los más angustiosos. La visita del cura coincidió con el fin del curso, si no terminó aquel día no pasaría más de una semana para que saliéramos por la puerta de la escuela dando gritos con una alegría salvaje. Las vacaciones de verano, que duraban tanto como la estación, era el periodo más feliz en la vida de un niño. Tres meses sin estudiar, sin pisar la escuela, sin deberes, jugando todos los días, sin pensar en nada que no fuera divertirse. El paraíso de los niños deber ser algo muy parecido a unas vacaciones escolares.

Llegaba a casa de jugar a las chapas o a las canicas o de darme una vuelta por las montañas cercanas y siempre encontraba a mi madre en la cocina, bordando en la ropa mis iniciales. Eran solo dos letras pero aquella mujer debió pensar que me iba al Vaticano, con el Papa, porque cada prenda llevaba en una esquina o en el cuello una verdadera obra de arte. Las iniciales eran muy bonitas. Yo me quedaba embobado mirándolas. Pronto el remordimiento de exigir un sacrificio tan grande a mis padres me llevaba a refugiarme en mi habitación. Allí no podía evitar que mi mente me representara todo lo que me esperaba en aquel colegio. Los campos de futbol eran el pastel y la convivencia con los curas y con los demás niños el plato de comida podrida que no podría tirar por el retrete.

Ya me veía fichado por el equipo de mis amores, el Real Madrid. Miraba el album de cromos de futbol que tanto me había costado completar y la fantasía me ponía delante de los ojos lo que yo sería dentro de unos años. El más famoso y el más adorado de los futbolistas. Me tumbaba en la cama dejando que la mente volara y volara. De pronto, en lo mejor de la aventura, algo oscuro despertaba en mí. Yo era un niño muy tímido, muy sensible, todo me hacía daño, todo me entristecía, ¿cómo iba a pasarme un año entero en aquel enorme colegio, lejos de mis padres y hermanos, soportando las bromas crueles de los compañeros?

La angustia se apoderaba de mí. Incapaz de permanecer más tiempo en la cama, con aquel dolor de tripa que me producían los nervios, salía otra vez de casa y me iba a dar un paseo por la montaña. Al menos el movimiento me calmaba un poco. No mucho, porque enseguida pensaba en mi padre en el fondo de la mina y en mi madre, bordando y bordando todo el día, y casi deseaba morir para no enfrentarme a la vergüenza de haber levantado la mano un día mientras pensaba en los campos de futbol.

Mi madre sonreía orgullosa cuando me enseñaba las iniciales en la ropa. Lo hacía cada vez que llegaba a casa. No entendía que yo pusiera mala cara y me encerrara en la habitación. Aquel era un vestuario más adecuado al hijo de un rico que al de un minero. Cuadro juegos de ropa de cama, de quita y pon, como decían. Pantalones cortos, pantalones largos, pantalón de deporte, albornoz, toallas de baño y toallas normales. Un trajecito preciso con chaqueta y pantalón corto que me hizo el sastre del pueblo. Zapatitos de charol, brillantes. Camisas blancas para las fiestas, corbata… Ni un ministro tenía tanta ropa, como decía mi padre.

La empatía que sentía hacia aquel enorme sacrificio económico que suponía comprarme tanta ropa me angustiaba hasta límites insufribles. Mis padres debieron notarlo en mi cara porque no cesaban de recriminarme la ingratitud que demostraba. En vez de estar alegre y agradecido por lo que estaban haciendo por mí, yo ponía cara de sepulturero. Este niño no tiene remedio, decían, no merece lo que estamos haciendo por él. Incapaces de comprender la terrible lucha que libraba en mi interior lo achacaban todo a mi insensibilidad. Aquello recrudecía aún más mi angustia, hasta el punto de que cuando los compañeros de juegos golpeaban la ventana de la cocina mientras comíamos para preguntarme si saldría luego a jugar yo buscaba mil escusas para no hacerlo. En lugar de ello salía a escondidas de casa y me iba al monte. Allí trepaba y trepaba hasta agotarme. Me sentaba en una piedra y le daba mil vueltas al mismo problema. Era un niño idiota que había levantado la mano en un gesto compulsivo, sin saber lo que hacía, y eso había puesto a mis padres en una situación insostenible. Les diría que no, que no quería ir al colegio. Pero luego me imaginaba unos años más tarde, saliendo de la mina con la cara ennegrecida por el polvo del carbón, como un auténtico negro, y recordaba los reniegos de mi padre, quejándose de la humedad, de aquellos chorros de agua fría que caían del techo de la galería y que le obligaban a permanecer con la ropa empapada toda la jornada mientras ponía las vías para las vagonetas, y aquel futuro me parecía tan espantoso que casi prefería sufrir el tormento de la vergüenza.

Yo era un niño debilucho, enclenque, pequeñajo y con las patas de alambre, tan tímido, tan sensible, que nunca podría soportar aquel tipo de vida. No existía una alternativa aceptable a la decisión que tomaba a cada minuto de abandonar aquella estùpida aventura. Y los días pasaban con lentitud. A veces, incapaz de soportar la soledad, aceptaba salir a jugar a las canicas y me dejaba ganar las mejores, las de acero que me traía mi padre de los rodamientos de las máquinas o las de cristal de colores que compraba en el quiosco de las pipas, solo para que los niños dejaran de molestarme con aquellas expresiones de que yo creía ser un rico  y más listo que nadie porque ya no quería jugar con ellos. Eran crueles. Tampoco ellos comprendían que era la vergüenza y la angustia las que me obligaban a huir de ellos. Hasta Luisito, mi mejor amigo, se enfadaba muchísimo cuando yo me negaba a ir a su casa, los sábados por la tarde para ver en su „tele“ una de las pocas que había en el pueblo, la serie de Viaje al fondo del mar, que tanto me gustaba, o los dibujos de los Picapiedra o del oso Yogui.

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Para mí era un gran sacrificio privarme de aquellas aventuras con el pulpo gigante y el submarino en Viaje al fondo del mar o del oso Yogui. Sentía una gran simpatía por Bubú, aquel pobre niño que era tan bueno y que no soportaba que Yogui hiciera las trastadas que hacía. Me gustaba hablar con él. Era uno de mis „amiguitos“ preferidos. Hablar con mis amigos invisibles era uno de mis grandes placeres que iba perdiendo porque de ahora en adelante yo tendría que ser un „hombrecito“ antes de tiempo.

Pero por fin, después de tanto sufrimiento, llegó el gran día. Todo estaba preparado. Las dos maletas gigantes que mis padres habían tenido también que comprar, a plazos, de fiado, como seguramente hicieron con todo el resto. Toda la ropa bordada con mis iniciales y colocada en su interior. El trajecito que llevaría en el viaje colocado en la silla de la cocina para que no se arrugara. Mi madre no cesaba de recordarme que escribiera, al menos una vez a la semana, que cuidara de que no me robaran la ropa, de que estudiara mucho porque si no sacaba beca no podría continuar los estudios. A pesar del enorme esfuerzo que hacía para controlarme, a veces explotaba y gritaba que me dejara en paz.

Aquella noche dormí muy mal y cuando me levanté me sentí tan cansado que no salí de casa por la mañana. Comimos deprisa y nos fuimos al autobús que nos llevaría a la capital, donde subiríamos al tren que nos llevaría al colegio. Mi madre lloró a moco tendido y no quería dejarme marchar. A mi padre se le humedecieron los ojos, y yo, incapaz de llorar, puse cara de funeral. De esta triste manera se inició mi aventura.

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