Mes: mayo 2017

UN CADÁVER EN LA CARRETERA VI


TERCERA MAÑANA

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Madrugaron. Ella dejó temblando al conserje, a él no se le ocurrió otra cosa que hacer una pregunta sin sentido.

-¿Puedo preguntarte algo?

-Claro, pichoncito.

-La primera noche me obligaste a usar condones y anoche me la chupaste como una niña haría con su primera piruleta. ¿Qué ha cambiado?

-La primera tenía miedo a coger el Sida, tu eres un donjuanito muy mono, pero no me fio de que seas tan meticuloso poniéndote el condón como chupando pezones.

-¿Te gusta mi técnica chupapezones?

-Eres único, pero no he contestado a la segunda parte. Anoche no me importó coger el Sida porque no vamos a vivir mucho, pichoncito

-¿Tienes miedo de Pulgarcito?

-No lo conoces, es peor que una víbora e infinitamente más traicionero. Si acabo con él los grandes jefazos mandarán al séptimo de caballería. Sabrán que no se enfrentan a una muñequita. Vamos a tener que correr mucho, amor, seguro que hasta perdemos el culo en un descuido.

-Sería una verdadera pena, tienes el mejor culo que he visto desde…cómo se llamaba aquella actriz?

-Me alegra que te lo tomes con humor. ¿Sabes que te estoy cogiendo verdadero cariño?

-¿Antes no?

-Antes eras un muñequito agradable. Ahora eres un hombre que luchará por esta mujer que tienes frente a ti, a dentelladas. Puede que no esté muy lejos el día en que te diga “te quiero”. ¿Sabes que solo lo he dicho una vez en mi vida?

-¿Y qué paso?

-Tal vez algún día te lo cuente. Busquemos un lugar agradable.

Ella encontró un lugar agradable y escondido, desde donde vigilar la carretera que conducía al motel. Él mientras tanto, la oyó hablar de su vida antes de decidir que el dinero era imprescindible para vivir el único tipo de vida que le gustaba. Entonces supo que ella tenía miedo a morir y que de alguna manera le hubiera gustado conocerlo antes de tomar esa decisión. Ella hablaba sin quitar ojo de la carretera y él escuchaba pensando que tal vez mañana volvería a ser libre, pero ahora ya no le decía nada esa posibilidad.

CUARTA NOCHE

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Ella le dejó en el coche, en un bosquecillo cercano a la carretera. Comprobó sus armas, tenía dos pistolas –él se preguntó dónde las habría guardado- y antes de marchar a esconderse, era de noche, le dio el beso más largo y apasionado que había recibido en toda su vida de donjuan. Ella esperó sin miedo a la muerte y él esperó con miedo a perderla.

Fue una espera larga y tensa. El deseó tener una pistola, ella apareció tambaleándose a la entrada del bosquecillo. El encendió los faros y corrió a buscarla. Ella se derrumbó entre sus brazos.
Ella se despertó y le dijo que la habían herido, pensaba que no de gravedad. Frankestein y Pulgarcito estaban mirando frente a sí como idiotas, en un coche agujereado que comenzaba a arder. El gimió de desesperación y ella le consoló, solo era una herida en un hombro. Pero tendrían que buscar un lugar tranquilo, la policía no tardaría en llegar. Ella le pidió la vendara con una de sus camisas y él lo hizo con mimo, siguiendo sus instrucciones.

Noche avanzada llegaron a una especie de chalet solitario, ni una rendija de luz, parecía deshabitado. Ella le pidió que parara el coche y se bajó a investigar. El quiso sostenerla, parecía incapaz de dar un paso. Ella le hizo un gesto y se perdió en las sombras. Regresó con los dientes apretados y un sudor frío en su frente.

-Está abandonado. He desconectado la alarma, no hay perros, ni peligro alguno. Entraremos y me sacarás la bala.

-Tu estás loca. Necesitas un auténtico doctor y no un manazas que puede desangrarte.

-No quiero ir a la cárcel, aún no. No antes de que me haya cansado de ti.

-¿Será pronto?

-Si tenemos suerte será tarde, muy tarde. Si la suerte se vuelca con nosotros puede que te de un bastonazo cuando sea una abuela gruñona.

-¡Dios mío!, por qué no te habré conocido antes.

-Puede que el destino esté trazado pero los dos vamos a luchar como jabatos.

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Entraron en la casa por una ventana. El entró primero y luego la cogió en brazos para introducirla por la puerta, que forzó sin ninguna consideración. Ella estaba casi desmayada, pero tuvo fuerzas para sonreír y decirle muy bajito, con un hilo de voz:

-Esta es nuestra noche de bodas. Lástima que no tenga fuerzas para enderezar tu pistola, forastero.

Y se rio como un ángel, como un demonio, como una esposa. El la llevó a un lecho. Ella estuvo desmayada un buen rato, luego despertó.

-No perdamos el tiempo, pichoncito, vas a seguir mis instrucciones sin temblar, ¿verdad cariño?

Ella le dio instrucciones con voz firme. El las siguió apretando los dientes. Cuando ambos terminaron ella volvió a desmayarse y él se bebió media botella de güisqui en el salón. La noche fue larga, ella tuvo fiebre, él la cuidó como a una niña, dándole antibióticos que encontró en el botiquín. Ella tuvo pesadillas, él rezó en silencio mientras tomaba la fiebre cada media hora

CUARTA MAÑANA

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Ella despertó sonriente, haciéndose la buena; él la miró preocupado, tenía mala cara.

-Es preciso que nos pongamos en camino, aquí no estamos seguros.

-No estás para viajar.

-Puede que tengas razón. Nos quedaremos todo el día y nos iremos en cuanto se haga de noche. ¿Dónde están mis pistolas? Por cierto, pichoncito, ya nunca dudaré de ti. Has podido entregarme a la bofia y en cambio te has pasado la noche cuidándome. Te quiero, pichoncito.

-He rezado a Dios para que pudieras decírmelo. Es el momento más feliz de mi vida. No me importa lo que nos suceda de ahora en adelante. Si nos aguarda la muerte, moriré en paz a tu lado.

-Y también el mío. No te dejaré morir -puedes creerme- hasta que me des todo lo que necesito y necesito mucho.

Ella aceptó comer cualquier cosa, él le preparó un caldo de sobre y una tortilla francesa, con unos huevos que quedaban en el refrigerador. No quiso decirle nada, temiendo que se pasara el resto del día con las pistolas en la mano. Los residentes lo habían dejado conectado, lo que significaba que no tardarían en volver. No se separó de su lado en toda la mañana. De vez en cuando tomaba su mano y la miraba con arrobo de enamorado. Ella se hacía la dormida, esperando el beso robado, que por fin llegó. Finalmente entró en un sueño profundo que puso en marcha los mecanismos defensivos de su duro organismo de superviviente.

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PERDIDO EN EL TIEMPO XV


PERDIDO EN EL TIEMPO XV

BEETHOVEN
SEXTA SINFONÍA-PASTORAL

Siento una necesidad imperiosa de dormir, pero no puedo, algo me lo impide. Debería estar completamente agotado, hambriento, sediento, destrozado de los nervios, desesperado… No siento nada, como si hubiera perdido el cuerpo, solo tengo ganas de llorar. Ni siquiera eso me es concedido, apenas un poco de humedad en los ojos, como rocío mañanero. Desearía aliviarme rezando, pero estoy vacío, tan vacío como el vientre de la nada. Poco a poco voy aceptando mi nueva situación. Estoy perdido en el tiempo, tal vez en el espacio, en alguna dimensión ignota a donde he sido arrojado por mis muchos pecados. He perdido el cuerpo y sus funciones, he sido desterrado de la realidad, tal vez hasta haya perdido el alma, sin enterarme, con la suavidad de quien limpia un cristal que ya estaba limpio y sigue viendo lo mismo que veía antes. Me siento el mismo pero no soy el mismo, mi personalidad, mi individualidad parecen no haber cambiado, sigo poseyendo los mismos recuerdos, sigo embargado por las mismas emociones, pero algo, algo muy sutil ha cambiado para siempre.

Poco a poco voy aceptando que ya nunca más veré la luz del día, el alba y el ocaso han dejado de tener significado. ¡Oh cuánto me gustaría poder echar una cabezadita y olvidarme de todo! ¡Voy a echar de menos tantas cosas! De pronto soy consciente de estar escuchando la sexta sinfonía de Beethoven, la pastoral. Ya nunca más caminaré por los bosques de mi amada montaña, ni pisaré la hierba de los campos, ni escucharé el trino de las aves, ni sentiré la brisa entre las hojas, ni me tumbaré junto a un riachuelo para mirar el cielo azul y el majestuoso sol. Todo me ha sido arrebatado sin preaviso, sin transición. La naturaleza ha dejado de tener significado en esta oscuridad impenetrable. Puede que esté ahí, más allá del quitamiedos o guardarraíl de la autovía, pero no puedo verla y tal vez tampoco pudiera pisarla si me atreviera a salir del coche y caminar en la oscuridad, buscando un árbol perdido en la supuesta llanura, porque no tengo constancia de que todo siga como antes, solo que en la más absoluta oscuridad, ni la gran ciudad que estaba antes allí, en el centro del círculo de circunvalación. No puedo saber si he sido arrebatado a otra dimensión solo con mi coche y esta autopista infernal o si estoy en el mismo mundo en el que estaba, solo que en otra dimensión solitaria y vacía.

Puedo recordar mis paseos por el campo, en primavera, verano, otoño, invierno. Puedo recordar las montañas en el horizonte y el prado verde en el que me siento y el rumor del arroyo cercano y el canto alegre de las avecillas y la sensación de intensa felicidad que me acogía antaño. ¡Puedo recordar tantas cosas! Pero no es lo mismo que vivirlas, el recuerdo es como un mal cuadro, repleto de agujeros, pintado a brochazos, sin la menor delicadeza ni sensibilidad, es como imaginar un bosque a través de un grosero remedo de árbol que es solo una línea torcida en el centro de una tela sucia. De ahora en adelante solo me quedará el recuerdo, la imaginación, la fantasía forzada, será como escuchar una música a lo lejos, muy lejos, ni siquiera sabes si es la música que tu deseas, si la está tocando una buena orquesta, ni siquiera sabes si es música o un ruido confuso un “brohuhaha” francés.

Cierro los ojos, llamando al sueño, que aún no estoy convencido me haya sido arrebatado para siempre. En medio de la autovía vacía y silenciosa, oscura como boca de lobo –he apagado los faros- con el vehículo detenido sin luces de emergencia, sin esperar ya nada, ni que de pronto todo vuelva a la normalidad y sea aplanado por un trailer, aislado del mundo y sus pompas, escucho religiosamente la música del sordo genial, que podía oír el canto de los pájaros, el rumor del arroyo cantarín, el estrépito de la tormenta que se acerca, sin poder oírlas, solo imaginando lo que el cuadro silencioso estaría transmitiendo. Yo ni siquiera tengo un cuadro al que mirar y la imaginación parece una vieja maquinaria mal engrasada.

Me dejo llevar por la música, sin pensar en lo que haré más tarde, si continuaré dando vueltas y más vueltas a esta carretera infernal mirando la aguja del depósito, a ver si se mueve, como un signo de que todo regresa a la normalidad, o si me quedaré aquí, sentado, esperando a Godot, o si me decidiré a salir del coche y caminar fuera de la cinta de asfalto, con esa linterna que se enciende cuando la agito, buscando algo, cualquier cosa, un árbol perdido, una casa abandonada, una ciudad en las sombras, la verde hierba que no podré ver pero sí pisar, el bosque tupido, subiendo y bajando, los árboles que me miran como fantasmas sin alma, el sobresalto de un animal silvestre que me haga pensar en un remedo de vida, de naturaleza. Tal vez encuentre una línea invisible, un abismo sin fondo entre dimensiones, una niebla de Stephen King repleta de monstruos tentaculares que me descuarticen en un pis-pás. Cualquier cosa sería mejor que esta espera inútil, que un tiempo que parece haberse detenido para siempre, a la espera de que yo lo ponga en marcha, como un reloj viejo, con el mecanismo roto.

¡Cuánto agradecería una buena tormenta! Los rayos iluminando el cielo oscuro, el horrísono estrépito del trueno, la lluvia percutiente contra el techo de este vehículo infernal. Sería un gran alivio. Ni siquiera sé con seguridad si el tiemplo climatológico también se ha detenido. Tal vez ya no vuelva a sentir la lluvia en la cara, el frío en el rostro, la blanda nieve sobre la cabeza, el calor asfixiante en la piel. Tal vez todo eso solo sea ya parte de un pasado muerto que tendré que resucitar, célula a célula, a través del recuerdo. Es lo que estoy haciendo ahora, mientras la sinfonía llega a su fin, intentar resucitar aquellos viejos recuerdos de una vida que fue hermosa a pesar de todo. Solo me quedas tú, Beethoven, viejo y entrañable amigo, lo mismo que otros músicos que me acompañarán al infierno por esta carretera demoniaca, que seguirán alegrando mi alma mientras demonios invisibles me susurran malévolos pecados en la oscuridad, pecados que nunca podré ya cometer, porque mi cuerpo está muerto, mi alma está muerta, aquí solo vive un coche con el motor en marcha que reinicia de nuevo su círculo dantesco.