UN VIAJE SIN RETORNO V


vIAJE SIN

Durante la noche se despierta una y otra vez con la angustia inconcreta de un peligro acechando en la oscuridad, dispuesto a devorar su mente al menor descuido. Desde algún lejano lugar del hospital le llegan los gemidos lastimeros de un hombre que se queja a gritos de la desgracia de estar vivo. Poco a poco sus rechinantes quejidos se vuelven monótonos, van decreciendo hasta convertirse en un lejano murmullo adormilante.

Cuando despierta la luz de la habitación  está encendida y en la puerta el gigantón está dando palmas al tiempo que le urge a levantarse con una voz suave de tenor que resulta sorprendente en un cuerpo como el suyo.  Odia levantarse tan temprano, aún no son las ocho de la mañana. En casa sus padres se han cansado de recriminarle una y otra vez ese continuo encamamiento patológico o enfermizo como dicen ellos  nunca antes de las doce podría ser el lema de su vida. “Deberías estar buscando trabajo, vago – le recrimina su padre -, me parto los riñones todos los días para darte de comer y lo agradeces encerrándote en ti mismo como si nos odiaras”. El no le hace caso, odia el mundo adulto, su hipocresía farisaica, la agresiva competencia para todo más propia de bestias de la selva que de seres racionales. Prefiere quedarse a gusto en la cama fantaseando sobre cualquier cosa antes que enfrentarse a lobos hambrientos por un puesto en una sociedad que no le gusta y  le repele a codazos cada vez que se acerca.

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El comedor es un variado muestrario de todos los posibles tipos de locura. Allí, están representadas  las diferentes edades, tipos físicos o caracteres, como si la locura no perdonase a nadie. La pieza estropeada que la genera debe buscarse en lo profundo de la mente no en un físico disminuido. En este submundo no sirve la lógica que utiliza la persona normal en la calle, hasta él  puede ser etiquetado y catalogado como cualquier otro de los desechos humanos que están sentados en sillas de formica tomándose tranquilamente el desayuno. Nadie evitará que se le catalogue como un objeto inservible y se le deposite en cualquier desván. Esto le aterroriza hasta extremos paralizantes.

La monjita de paso marcial que le recibió  el primer día se acerca a servirle el desayuno, llena su tazón de leche y deja un currusco de pan y un pequeño rectángulo de mantequilla envuelta en papel grisáceo sobre la mesa. Parece estar de mejor humor, hasta  le sonríe preguntándole cómo se encuentra. El no quiere contestar, no le apetece ser un diapasón que resuene según el humor de los otros.

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Moja el pan en la leche y por el rabillo del ojo  observa cómo un paciente se levanta de su mesa y se dirige hacia él, le ha estado observando desde que entrara al comedor con extraña atención. Es un hombre joven,  de no más de cuarenta años, impecablemente vestido de traje negro con corbata roja de lunares, zapatos de charol relucientes. Podría pasar perfectamente por un doctor si llevara encima del traje una bata blanca. Intrigado deja de comer y espera acontecimientos. El hombre llega a su lado, coge su barbilla con la mano derecha y se le queda mirando fijamente como si él pudiera ver algo que pasa desapercibido a los demás.

-Hola, me llamo José Luis. Tu debes ser Julio-Cesar, el emperador romano. He visto un retrato en un libro y tú tienes su misma cara.

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-¡Qué Julio-Cesar ni qué leches!, tú estás gagá amigo.

Inmediatamente comprende su error. No ha podido permanecer callado como se propuso hacer mientras le veía aproximarse. La sorprendente salida de aquel hombre no le ha dejado tiempo para reaccionar. Observa cómo la expresión de su rostro se ha modificado de forma aterradora. De ser la de una persona normal que intenta presentarse a otro con simpatía ahora ha pasado a  la de alguien que le odia como al asesino de sus seres más queridos. Aprieta la mandíbula con fuerza tal que él no puede rechazar la imagen de su dentadura saltando en pedazos. Los ojos del sujeto se han puesto rojos como si la sangre estuviera afluyendo a ellos de todo el cuerpo. Lo dicho parece  haber roto el maravilloso mundo de cristal en que el otro estaba viviendo, hasta sería capaz de ver los restos en  el suelo si se atreviera a mirarlo; pero el miedo a una reacción desmesurada de aquel loco le  obliga a mantener fija la mirada en su cara esperando el momento de la explosión. Porque ahora ya no le queda duda alguna de que aquel hombre está completamente loco. Repentinamente, antes de que capte el menor cambio en su expresión, es empujado violentamente sobre la mesa que vuelca cayendo al suelo patas arriba y rompiéndose con estrépito los tazones del desayuno. La leche se desparrama en un gran charco que se va extendiendo por todo el comedor.

Caído de espaldas junto a la mesa  observa perplejo cómo un tranquilo comedor de hospital se transforma en el plató donde alguien ha decidido representar todas las locuras a que la mente humana puede llegar. Mientras el hombre bien vestido es sujetado sin contemplaciones por el celador gigantesco que ha aparecido allí como materializado en el aire  – con una implacable llave de defensa personal que le  inmoviliza por detrás, las gigantescas manos entrelazadas sobre su nuca, los antebrazos en sus sobacos- sus vecinos de mesa han salido de su mutismo y chillan como sopranos histéricas. Más lejos otro se ha subido encima de la mesa y patea los tazones, al tiempo que bajándose los pantalones del pijama se masturba con expresión de querubín. Un tranquilo anciano, antes medio catatónico, golpea una silla contra la pared como intentando hacer un agujero que le lleve a otro lado, tal vez a una nueva dimensión. Algunos resbalan en la leche desparramada dándose una culada de película muda, deciden permanecer sentados en el suelo riéndose de todos y señalándoles con gestos obscenos.

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Los gritos y chillidos horadan los tímpanos, tensan los nervios. El celador ha vuelto para seguir poniendo orden, ha debido llevarse al hombre bien trajeado a algún sitio. Dos hombres con cara de imbéciles se golpean con los puños e intentan patearse con terrible saña. Desde el suelo lo observa todo al tiempo que la venda roja que tanto teme se va colocando sobre sus ojos. El celador vuelve, abofetea con todas sus fuerzas al querubín masturbador, le sube los pantalones y termina sacándolo a rastras del comedor. Ya no puede seguir controlándose, todo se le aparece del  rojo color de la sangre. Se levanta con increible agilidad y cogiendo carrera se lanza contra los ventanales que dan al jardín; se produce una explosión y el rojo sangre pasa bruscamente al negro noche. Luego nada.

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Despierta tumbado en una camilla con la monja a su lado. Enfrente el gigante le está  mirando con preocupación, pregunta a  la monja por la gravedad de las heridas. Esta no contesta, está terminando de vendarle la cabeza con la frialdad y gesto desmañado con que se remendaría un saco. Remata la faena y comienza a limpiarle el rostro salpicado de  sangre con un trapo húmedo, después con más cuidado pasa un algodón empapado en alcohol por las heridas. Grita de dolor. Observa un gesto disimulado de la monja al gigante. Este desaparece. La monja de forma sorpresiva sale de su mutismo malhumorado y comienza a hablarle con enorme prisa, como si temiera que el silencio  descubriera lo que se está tramando; intenta ser simpática pero se nota enseguida que solo es una pose. Hace preguntas sin esperar respuesta. Decide informarle de que todos sus compañeros están ahora tranquilos, como si eso pudiera interesarles a cualquiera de los dos, sumergidos en reconcentrados pensamientos.” Pepe, le comenta  la monja – así debe llamarse el celador-  tiene experiencia en estas explosiones que se producen cuando algún acontecimiento inesperado y violento les saca de  su apatía”

Al cabo de unos minutos vuelve Pepe con otro celador  bajito, delgado y calvo, ambos traen en sus manos unas correas de cuero muy anchas con agujeros y hebillas en sus extremos. Intuye lo que va a pasar, los locos no pueden controlarse solo con medicación, para los locos violentos tienen que emplear métodos más expeditivos. Decide que cualquier oposición no serviría de nada. El gigante se lo explica con tranquilidad y le pide se comporte con calma. Van a llevarle a la habitación y le atarán a la cama, no pueden dejarle libre hasta que le vea el doctor, se ha producido profundas heridas con los cristales, podría haberse matado. Quitan el freno a la camilla y le llevan por el pasillo hasta su habitación, la monja les sigue con su taconeo marcial sin decir nada.

Comienzan a atarle. Cada celador por un lado de la cama le va sujetando las muñecas y los tobillos  a los barrotes con las correas. La monja le pone una inyección en el  brazo y por fin le dejan solo. Piensa que si estuviera en la Edad Media le atarían con cadenas, es la única diferencia que percibe entre esas dos épocas de la humanidad. No debe resultar fácil ser la mano que reduce a un hombre a la impotencia. Sin embargo todos se han marchado con una expresión amable en sus rostros, tal vez intentaban hacerse perdonar un comportamiento impropio de un ser humano. Cerró los ojos e intentó dormir pero el sentimiento de impotencia, de humillación y de vergüenza que le producía verse atado como un animal se lo impedía. Quiere razonar, convencerse de que el comportamiento de los celadores es razonable pero no puede con la intensidad de sus sentimientos, de estar libre sería capaz de  matar a aquellos bastardos o al menos los hubiera atormentado sobre el potro en una mazmorra, torturándoles hasta la muerte, regodeándose en su sufrimiento. Así no se trata a un ser humano aunque sea tan rarillo como él, ningún enfermo o loco se merecen esto. Le han infringido la peor humillación entre todas las posibles, nunca les perdonará. Rumia una y otra vez estos pensamientos hasta que finalmente el tranquilizante hace su efecto y se queda dormido.

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