EL SILENCIO V


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Se despertó sobresaltada cuando el coche tomó una curva con demasiada brusquedad. Todavía no podía creer que se hubiera dormido después del shock histérico sufrido, pero gracias a Dios el cuerpo tiene más recursos de los que imaginamos, sino fuera así nadie sobreviviría al segundo o tercer disgusto serio que sufriera en la vida. Su marido contemplaba el hermoso paisaje montañoso mientras escuchaba la música country que ella detestaba. Era posible que la hubiera escogido para obligarla a hablar, al menos para pedirle que la quitara, pero no era probable ya que llevaba dormida un buen rato. Aquellos meses pasados como enemigos habían agudizado su susceptibilidad sobre el comportamiento de su marido, todo le parecía mal ,en cualquier detalle buscaba una pequeña venganza, cuando debía reconocer que su comportamiento era extremadamente delicado, necesitaba la reconciliación no lo ocultaba.

El sueño la había sentado bien, se notaba más relajada y tranquila; contempló el paisaje sin preocuparse de que su cuello se volviera hacia su marido, no se sentía con ánimos para charlar sobre ningún tema pero tampoco se iba a negar a hacerlo si él lo intentaba, aunque ahora estaba demasiado ocupado en contemplar el paisaje de su infancia, del que tanto le había hablado como para preocuparse de ella. La tormenta había pasado pero en el cielo, en dirección a la montaña a donde se dirigían, se estaban acumulando negras nubes que formaban un frente tormentoso, algo nada halagüeño sobre el tiempo que iban a encontrar. Al menos si se veían obligados a permanecer en la cabaña todo el tiempo esperaba limar asperezas, aunque no se sentía muy esperanzada al respecto después de su reacción al recordar los nefastos acontecimientos de unos meses atrás.

Ahora con los ojos abiertos contemplaba fijamente el asfalto. No se atrevía a moverse temerosa de que él la notara rebullir, le dolía todo el cuello, la espalda, hasta el trasero, pero siguió así, rígida, tensa como la cuerda de un arco presto al disparo. La negra nube que amenazaba lluvia desde hacía largo rato descargó por fin con aparato eléctrico. Una intensa cortina de lluvia ocultó todo alrededor del coche. Él dio las luces y bajó ostensiblemente la velocidad. Siempre la había gustado la lluvia, permaneció así largo tiempo, contemplando delante de ella y pensando, sin poder evitarlo, en su abuelo y sus extrañas teorías sobre el más allá.

 

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CAPITULO III

Llegaron a la cabaña,situada en lo alto de uno de los puertos de montaña del macizo montañoso,a una hora prudencial,tenían tiempo de instalarse y hacer la cena.Era un lugar demasiado aislado para su gusto;dejaron la carretera general para seguir un sinuoso camino de tierra durante un cuarto de hora hasta alcanzar una finca en la falda de una montaña.En el centro de lo que parecía un prado, allanado y apisonado con tierra, se veía una bonita cabaña de madera, no era muy grande pero sí lo suficiente para un salón con chimenea,una pequeña cocina y tres habitaciones, dos de ellas de pequeño tamaño.Las paredes hechas de troncos de madera sin desbastar encajaban perfectamente,los troncos estaban pintados de negro, seguramente con algún producto aislante,el tejado de teja roja sobre sólidas vigas parecía capaz de aguantar el peso de una buena nevada; la chimenea en ladrillo rojo estaba acompañada de un pararrayos y una antena de televisión. Detrás de la casa un trozo de terreno dedicado a huerta aparecía embarrado y descuidado.Delante habían instalado columpios de madera,una pequeña perrera,una mesa redonda de piedra con un banco circular del mismo material y unos metros más allá un cenador de madera podía servir de atalaya sobre la espléndida vista del valle.El sol luchaba a brazo partido con las nubes,dejándose ver a intervalos que calentaban la ligera brisa anunciadora de una noche fría y desapacible.

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Aquí tienes las sábanas y las mantas. ¿Quieres que te ayude a hacer la cama?

-Ya sé cómo ayudas tú a hacer las camas, cabrón –no esperaba respuesta por lo que aquella explosión de cólera le pilló por sorpresa, pero comprendió inmediatamente que era una buena señal, los psiquiatras saben muy bien que cuando se empieza a hablar de los problemas aunque sea de forma agresiva y violenta estamos en el camino de encontrar alguna solución-.

-Creí que habíamos venido a olvidar el pasado y buscar una reconciliación –habló en tono suave, casi cariñoso.

Ella se le quedó mirando fieramente con los puños apretados, caídos a los costados. Tenía la boca cerrada salvajamente como si pretendiera impedir a algún monstruo de su interior que asomara la cabeza al exterior. Así permaneció unos segundos que se le hicieron interminables, luego como si no pudiera impedir que explotara todo lo que llevaba dentro, su boca se abrió y un torrente de insultos y expresiones soeces le recordó que el pasado era mucho más que una categoría mental. Notó su cara ardiendo mientras la cólera pugnaba por salir al exterior, como un volcán a punto de reventar. De buena gana la hubiera pegado dos buenas bofetadas pero eso habría terminado definitivamente con el intento de reconciliación así que sin pensárselo dos veces dio media vuelta y salió corriendo de la casa.

Ya en el jardín recorrió a buen paso todo el perímetro de la valla hasta llegar a la puerta trasera, allí se detuvo junto al depósito de gasoil para recuperar el resuello. Apretó los dientes hasta hacerse daño luego maldijo de todo lo que se le ocurrió con palabras que salían de su boca como balas. Cuando se calmó se dio cuenta que ni siquiera había insultado a su mujer, en su subconsciente estaba clavada a sangre y fuego la orden de intentar la reconciliación a cualquier precio. Se  encontró detrás de la cabaña junto al depósito metálico, esa noche no pasarían frío, aunque si los sentimientos pudieran influir en el tiempo, la cabaña podría muy bien estar en el norte del Canadá, por poner el primer lugar gélido que se le venía a las mientes.Se entretuvo un rato contemplando el paisaje y luego volvió a la cabaña.

Al verla esforzarse bajo el peso de la caja llena de botes y latas de conserva, hizo un gesto para ayudarla, pero ella le ignoró siguiendo su camino hasta la cocina como si no hubiera nadie más en la casa. El salió hasta el jardincillo donde aún quedaban otras dos cajas y varias bolsas de plástico con comida y sacando un cigarrillo se dispuso a fumarlo mientras contemplaba más detenidamente el paisaje. A la izquierda mirando hacia la puerta de la cerca y el camino de tierra, la valla protegía de la caída por una ladera muy empinada con muchos matojos que terminaba en un amplio valle, encajonado entre dos laderas que iban ensanchándose hasta el fondo del valle, allá a lo lejos, podían apreciarse diminutas casa de teja, así como el cuerpo brillante de una carretera que travesaba el pueblo perdiéndose al otro lado de una estrecha garganta. Por el valle se oían esquilas de vacas y algunas manchas parduzcas moviéndose entre las escobas.

Terminó el cigarro sin que su mujer volviera a aparecer a recoger más bultos, supuso que estaría deshaciendo las maletas. En un par de viajes llevó todo a la cocina, su mujer estaba hurgando en la maleta en su habitación según atisbó a través de la puerta abierta. Empezó a colocar los comestibles en las estanterías y despensa, se dijo que debería hacer algo, mostrarle a su mujer que estaba dispuesto a ser un buen chico, ofrecerse a ayudarla a hacer su cama. Por cierto su amigo le había indicado dónde se encontraban las sábanas y mantas, en un arcón rústico en la habitación, a mano derecha según se entraba al salón; era pues su habitación puesto que su mujer acababa de elegir la otra. Aprovechó para llevar su maleta y echó un vistazo al arcón, no estaba cerrado con llave, en efecto, allí había mantas, eran gruesas y parecían muy cálidas. Cogió dos, un juego de sábanas y haciendo de tripas corazón se dirigió a la habitación de su mujer.

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