UN VIAJE SIN RETORNO VI


 

IV

 

Al despertar entre zarandeos lo primero que puede ver es una nariz en un pan coloradote con dos ojos que le contemplaba fijamente, solo unos segundos más tarde le identifica, es el gigante. Le está hablando pero es incapaz de concentrarse en las palabras. Los tranquilizantes acabarán por reventarle  la cabeza. Desde su llegada al hospital no le ha abandonado la sensación de estar viviendo en una perpetua alucinación, una especie de secuencia cinematográfica en la que él hace el papel de títere sin la menor posibilidad de expresar su voluntad. Incapaz de recuperar su habitual manera de ser y pensar se siente como un poseído por un demonio que le hubiera dejado tan solo  un leve resquicio de consciencia. Se consuela pensando que si su yo normal es quien le ha ocasionado los problemas tal vez el nuevo yo le solucione algunos.

-Vamos deprisa, el doctor quiere verte antes de marcharse.

Le ayuda a vestirse y cogiéndole del brazo le arrastra hasta el despacho del doctor sentándole con el peso de su enorme manaza en el hombro. El doctorcito, así se atrevía ya a llamarle para su coleto, exhibía su sonrisa automática, esa que se pinta en la cara en cuanto sale de casa, tiene la impresión de estar ante un burguesito que les visita para aliviar el enorme tedio que le produce su regalada vida. Se lo imagina volviendo a  ella luego de una ducha fría de dura realidad sin haber perdido ni un momento su sonrisita de conejo que tanto odia ni haber despeinado un solo pelo de su engominada cabellera. A primera vista no puede evitar verle como a  alguien recién salido de la peluquería con su barba exquisitamente cuidada y la raya del pelo en su sitio, da la impresión de que una llamada intempestiva le ha sacado de algún cóctel o una de esas reuniones sociales donde todo el mundo sonríe y guarda las formas aunque por dentro se sientan tan hastiados o rabiosos como el común de los mortales.

-¿Cómo te encuentras? – la pregunta es amable aunque la expresión de su cara le está diciendo claramente que ya sabe lo ocurrido y no le ha  causado gracia precisamente.

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Se lleva la mano a la cabeza donde nota  fuertes palpitaciones debajo del vendaje. Se pregunto por la profundidad y gravedad de la herida, nadie ha tenido el detalle de una palabra de explicación. No responde al doctor, se queda quieto en su silla, sintiendo la boca pastosa y el cráneo vacío, su mente no deja de volar por la habitación sin el menor control. La humillación recibida merece una venganza adecuada, de momento empezará con un silencio despectivo.

-Ya me han contado lo sucedido. Tuvieron que atarte para impedir que te hicieras daño. Aquí eso es algo normal cuando los pacientes se encuentran en la fase aguda de su enfermedad y no se les puede controlar de otra manera. Este ambiente es como un bosque seco, basta una chispa para que todo comience a arder. A ti en cambio parecen atraerte los cristales, tal vez los veas como espejos que muestran un rostro que no deseas ver. ¿Es eso?.

Continua el silencio despectivo. Agradecería alguna pregunta amable sobre sus problemas, un ofrecimiento amistoso de ayuda le animaría aunque aún no está dispuesto a hacer concesiones a cambio de una palabra amable, pero allí nadie quiere ser su amigo, eso está claro y como paciente no les va a dar ninguna facilidad, no se la merecen.

-Está bien, ya veo que sigues en tus trece. Te he llamado para anunciarte la visita de tus padres, han sido localizados por la policía gracias a una denuncia que pusieron por tu desaparición. Cuando mandaron tu descripción al inspector no le cupo ninguna duda de que eras tú. Hablaré con ellos sobre los antecedentes de tu enfermedad ya que no quieres decirme nada, luego te someteremos a una cura de sueño, creo que es el tratamiento más suave que podemos aplicarte en estas circunstancias. Veremos como reaccionas.

Le acompaña hasta la puerta donde le despide con palabras amables que no quieren decir nada. El celador le está esperando.

 

*                           *                           *

 

Al día siguiente, a media mañana, recibe el aviso, sus padres le están esperando en el despacho del doctor. Es una noticia que teme desde el primer minuto de haber salido  de casa, no se librará nunca de ellos sino es en la tumba. Le angustia volver a ver sus rostros compungidos y escuchar sus palabras manidas y mimosas. La lejanía le hace capaz de pensar  en que su vida puede cambiar, pero basta con contemplar una sola vez la expresión de virgen dolorosa de su madre o la cólera de bestia herida en el rostro de su padre para que todas las esperanzas se transformen en humo, más allá del negro e impenetrable muro que le rodea solo existe el vacío.

Al entrar ve a su madre que está hablando con el doctor en ese tono que a él tanto le repugna, se interrumpe, culpable, y se dirige hacia él con apresurado embarazo. Rechaza coléricamente el abrazo que se le ofrece. Ha podido escuchar solo una frase de la conversación, pero para él es como un tratado. “ Este hijo nos va a matar a disgustos, doctor”. Ahora viene melosa a su encuentro deseando estrecharle contra su pecho. “Hipócrita, merecerías estar muerta”, piensa con odio notando cómo un sentimiento incontrolable se apodera de su espina dorsal y sube hasta la cabeza nublándose la vista con aquella venda rojo sangre que tanto teme. Lamenta que no haya ninguna ventana o puerta de cristal contra la que lanzarse. A su padre ni siquiera le mira, de él solo percibe un lamento ronco cercano a las lágrimas.

Su madre es una mujer frágil, menudita, con lengua de serpiente. Acepta su rechazo  con humildad y vuelve a sentarse quejándose al doctor del inútil sufrimiento del parto. Le han dado todo y a cambio solo reciben su desprecio y su odio. Se pone a llorar sin ningún control, hipando de vez en cuando o secándose los mocos con un pañuelo de florecitas que él  la ha visto bordar. Consigue calmarse un poco, para a continuación chillar histéricamente:  “¡Dios mío! ” y luego reanuda su llanto crispante. El doctor no pierde  la compostura, intenta calmarla en un primer momento, pero viendo la inutilidad de sus esfuerzos se limita a esperar la remisión de la crisis con la imperturbabilidad de un Buda. Su padre aprieta los puños y los dientes pero ante la última frase de su mujer – ¡Qué hemos hecho para merecer esto!- explota como un trueno en mitad de la tormenta. Siempre ha perdido el control con mucha facilidad, ahora de su boca salen más obscenidades que de un charco cenagoso saltan sapos al ruido de una piedra. Solo entonces el doctor parece perder su impasibilidad,  su rostro palidece y sin perder un segundo llama por el interfono al celador.

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Pero ya es demasiado tarde, mientras su padre le amenaza con el puño en alto, la venda rojo sangre se apodera completamente de su cerebro. Todo lo que puede hacer es clavarse las uñas en la palma de la mano hasta hacerse sangre. La imagen de un cuchillo volando por encima de su cabeza hasta clavarse en el aparador de la cocina vuelve desde su infancia para poner en marcha el detonador de la bomba que lleva en su interior. En su cabeza el recuerdo explota lanzando metralla y pedazos de sesos a su alrededor. La cólera ciega guía sus pasos hacia su padre, carga contra él, derribándole al suelo como a un saco de patatas, donde queda despatarrado y silencioso. Durante un segundo pasa por su cabeza la idea de cargar también contra el doctor, pero algo  en su interior se lo impide, volviéndose se lanza contra la pared como un toro espoleado por banderillas de fuego. Suena un golpe terrible que hace retumbar todas las paredes, cuando el celador entra lo primero que  ve es al joven que yace en el suelo, el vendaje de la cabeza empapado en sangre y el rostro blanco como el de un cadáver. Por las baldosas se va extendiendo un gran charco de sangre.

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