UN CADÁVER EN LA CARRETERA VII


QUINTA NOCHE
Salieron de la casa como dos ladrones, apresurados y suspicaces. Ella iba en los brazos de un donjuan de pacotilla, que se había enamorado hasta las cachas de quien menos le convenía.

Ya en el coche ella señaló un lugar apartado de la costa. Necesitaban unos días de retiro y descanso absoluto para reponerse. Le preguntó si tenía dinero bastante para alquilar una casita apartada. El contestó que no había ningún problema. El coche enfiló la noche siguiendo la línea de asfalto. Ella parecía ensimismada, aunque de vez en cuando hablaba para perfilar un detalle.

-Tenemos que deshacernos de tu coche.

-¿Tú crees? Nadie tiene motivos para sospechar.

UNCADAVER

-Cierto, pero ahora que Pulgarcito ha muerto se iniciará una cacería sin cuartel y ellos tienen buenos sabuesos, no tardarán en descubrir qué coche hemos utilizado. Prométeme que lo cambiarás en un concesionario cualquiera, no facilites tu nombre, ponlo a nombre de tu empresa.

-De acuerdo. ¿Algo más?

-Enciende la radio. Necesitamos saber cómo se mueven los cazadores. ¿Escuchaste las noticias en la casa?

-No, estuve siempre a tu lado.

-Lo imaginaba pichoncito, pero necesitaba oírlo de tu boca. Cada vez me gusta más que me digas cosas bonitas.

Se callaron porque el boletín de noticias hablaba de ellos. No sabían nada, excepto que los cadáveres pertenecían a unos conocidos mafiosos, su muerte se relacionaba con la del capo cuyo cadáver había aparecido unos días antes en la carretera de la costa. Se sospechaba podía tratarse de un ajusto de cuentas entre bandas rivales en el narcotráfico o la trata de blancas. De momento no había pistas, la investigación continuaba por sus cauces habituales.

-Más vale que la policía no sepa nada. Ellos tienen contactos en todas partes.

-¿Quieres dormir un poco?

-De acuerdo, pero despiértame cuando lleguemos

 

QUINTA MAÑANA

Cuando ella despertó él ya se había desprendido del coche deportivo y alquilado una casa modesta y solitaria, a unos kilómetros de la costa, escondida detrás de un bosquecillo de pinos.

-Espero que te gusta. Pensé despertarte, para que dieras tu conformidad, pero dormías como una angelita del cielo y me pareció un pecado hacerlo.

-Hiciste bien. Has elegido estupendamente. Un coche discreto pero con motor potente, lo que necesitamos y una casita muy recogida. Estupendo. Ahora necesito comer algo y descansar, el viaje me ha vuelto a abrir la herida. Tienes que hacerme una cura.

El volvió a tomarla en brazos, pero esta vez no sonrió, le dolía demasiado el hombro para poder hacerlo. Ella le pidió que primero destapara la herida, que le trajera un espejo para poder echar un vistazo. Presentaba mejor aspecto del que ella esperaba, pero aún así quiso que se la limpiara y desinfectara a fondo. El cumplió sus instrucciones, apretando los dientes y ella apretó las mandíbulas con fuerza… aún así no pudo evitar que se le escapara un gemido. El insistió en tomar la temperatura, ella aceptó a regañadientes. No tenía mucha fiebre pero era preocupante que la temperatura no hubiera vuelto a la normalidad. El se ofreció a inyectarla un antibiótico. Ella quiso saber cómo lo había conseguido y él tuvo que explicar que había utilizado el seguro privado de su empresa para que un médico se lo recetara. Ningún problema, no quedarían rastros trás de él. Ella se enfadó mucho. El aguantó el chaparrón y luego la besó larga y dulcemente en la boca. Ella se calmó y pidió de comer. Comieron con apetito e hicieron planes para el futuro. Ella quería irse al extranjero cuando todo se calmara; él estaba de acuerdo, pero necesitaba tiempo para dejar la empresa en buenas manos.

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