CRAZYWORLD XXV


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

CRAZYWORLD

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

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Las dificultades de la penetración fueron para mí más un aliciente que un obstáculo. La conocida como postura del misionero parecía ser la mejor, aunque aquel impedimento que ella tenía entre sus muslos me obligó a tomarla de las piernas, subirla, bajarla, rotar mi pene como un tornillo torcido, buscando el perfecto acoplamiento con la tuerca, actuar con mucha suavidad a la hora de superar por algún hueco aquella berenjena palpitante que no dejaba de crecer conforme la excitación de Castwoman se intensificaba más y más, como la ululante sirena de la ambulancia crece en volumen conforme se acerca al lugar del accidente. Una vez en el interior, más espacioso, pude relajarme un poco de tanto retorcimiento y dejándome caer con mucha dulzura sobre el hermoso cuerpo de Kathy, me acoplé con fuerza, esperando que ningún movimiento brusco por su parte me obligara a iniciar de nuevo un camino tan resbaladizo como infranqueable. Su clítoris rezumaba en grandes cantidades una sustancia muy pegajosa que se adhería a mi pene y testículos como una babosa. Su frescor era reconfortante, teniendo en cuenta el calor que exhalaba mi bajo vientre, muy magullado, el dolor persistente e inquietante de mis testículos, forzados por la excitación “in crescendo” a producir más espermatozoides de los que seguramente había generado en toda su vida útil y sobre todo el posible despellejamiento de mi pene, que aunque no podía verlo, sí notaba la piel como frotada una y otra vez por piedra pómez. El glande acumulaba tanta sangre que de haberme capado en aquel instante hubiera muerto al perder toda la sangre de mi cuerpo “ipso facto”. Estaba tan dolorido que solo aquella excitación incomprensible e inaudita le permitía mantener la cabeza erguida, como un soldado de honor, que antes se dejara cortar la cabeza que arrodillarse.

 

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El olor que se desprendía de la berenjena de Kathy hubiera podido ser catalogado de apestoso, de no ser por sus efectos de pócima mágica. Intentaba cerrar mis conductos nasales porque bastaba una pizca de aquel perfume en mi pituitaria para sufrir una sacudida electromecánica en mis caderas que me obligaba a retroceder a toda prisa y luego a proyectar mi bajo vientre entre sus muslos, como una catapulta tensa hasta el límite a la que el soldado encargado hubiera cortado la cuerda con el filo de su cortante espada. El perfume rascaba mi pituitaria, haciéndome estornudar, y con cada estornudo mis caderas retrocedían bruscamente y luego se lanzaban hacia delante como la piedra de la catapulta. Con cada embestida la berenjena se comprimía y lanzaba un chorrito de líquido pegajoso y hasta tuve la sensación de que también proyectaba un gas que refrescaba mis muslos, el escroto, el pene, subiendo por mi bajo vientre hasta mi ombligo y de allí arrastrándose hasta la garganta que se encogía rítmicamente dejándome sin respiración a veces y luego obligándome a introducir el aire en grandes bocanadas. Junto con el frescor otra sustancia ignota estiraba la piel, abría los poros, tensaba todos los músculos, ablandaba toda carne y la estimulación resultaba tan completa y feroz que hasta los poros de la piel parecían desear abandonar su forma ginecea, vaginal, pistilar, receptiva, para transformarse en pequeños penecitos deseando crecer y penetrar, todos juntos, todos a la vez. Sentía crecer en mí infinidad de penes, todos ansiosos por apoderarse de la Venusberg para ellos solos. Aquella excitación me llevaba al paroxismo y penetraba y penetraba con el único pene que poseía y que ya estaba dentro y salía como un muelle roto. Toda mi preocupación consistía en que el retroceso no fuera total y fatal, para evitarme aquel doloroso y angustioso camino de tornillo torcido buscando la tuerca escondida.

Era imposible tomarse un respiro, las secreciones berenjenales tenían a mi sufrido cuerpo en pie de guerra a cada instante y conforme más penetraba y me sacudía en su interior, la excitación más y más aumentaba, hasta el punto de comenzar a sudar como en una sauna, a pesar del frescor de aquel supuesto gas que me subía hasta la garganta desde los muslos, todo mi cuerpo estaba húmedo y resbaladizo, mis músculos en tensión, mis ojos desorbitados, mi garganta oprimida de donde pugnaban por salir aullidos lobeznos, y mis caderas eran ya totalmente incontrolables, adoptando el ritmo marcado por aquella berenjena infernal que se comprimía para luego expandirse y arrojar más sustancia pegajosa, como un líquido seminal femenino, inextinguible, insaciable, adhiriéndose a la piel de mis muslos y de mi bajo vientre como un rebaño de babosillas buscando la sangre escondida en las venas ocultas. Y conforme el olor aumentaba, apestoso y delicioso al mismo tiempo, el coito se fue haciendo más y más feroz. Kathy chillaba como si la estuviera desollando, yo sudaba y resbalaba, sentía vértigo allá arriba, los ojos me daban vueltas, los oídos parecían haberse bloqueado porque solo podía percibir un persistente zumbido como de un moscardón metálico que ocultaba todo ruido del entorno que no fuera el chillido sopranil y percutiente del gemido de Catwoman, mis jadeos estentóreos y ese grito que pugnaba por salir y se bloqueaba una y otra vez ante la incapacidad de que mi pene explotara de una vez y todo lo que tuviera que salir, saliera como un misil húmedo y pegajoso. Porque la angustia de no ser capaz de eyacular me estaba poniendo frenético. Cada vez que el climas parecía haber llegado a la cúspide, que el miembro había engordado tanto que necesariamente era preciso que explotara, cuando sentía toda la sangre agolpándose en el glande, y los testículos bombeando litros y litros de semen que obligatoriamente deberían salir por el conducto o reventar, entonces la berenjena crecía un poco más, se comprimía un momento y luego arrojaba una nueva y más grande dosis mortífera.

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Quería explotar o morir y al mismo tiempo deseaba que todo aquel infierno de lujuria continuara hasta el fin de los tiempos. Kathy parecía desear lo mismo porque sus piernas se habían cerrado sobre mis caderas, como una tenaza, sus brazos me sujetaban por la espalda como dos cadenas y sus dedos se habían clavado en mi columna vertebral con la agudeza percutiente de las uñas de una gata. Su boca mordía mi pecho con los incisivos afilados de una gata en celo y la sangre resbalaba por mi espalda y por mi pecho, el dolor se unía al placer y ambos se juntaban en un éxtasis feroz que no podía saber cuánto tiempo llevaba estirándose, pero que estaba convencido de que acabaría explotando o saldría disparado como un misil, atravesando techo y tejado, hasta reventar en el aire, en plena estratosfera.

No soy capaz de imaginarme cuántos orgasmos había sufrido Catwoman desde que estábamos enlazados, pero el mío se hacía esperar tanto que mis caderas habían alcanzado el movimiento imperceptible de una cámara rápida al máximo. Por fin algo se rompió allá abajo, creí que mis testículos habían reventado como un pantano al máximo de su capacidad y un torrente de líquido seminal, espermatozoides frenéticos, pugnando por no ahogarse en aquella corriente rápida, infernal, que parecía moverse en cascadas saltarinas, buscando un desagüe, pugnando por ser el primero que fertilizara aquel óvulo extraterrestre que parecía bombear hacia dentro, como un agujero negro. El canal seminal fue incapaz de soportar tanta presión y arrojó todo a la vez hacia el agujerito del glande. El miembro, a punto de reventar, se estiró y estiró y se hinchó aún más, si eso fuera posible y de pronto cuando la primera oleada llegó al agujerito y salió comprimida a niveles cuánticos sentía que todo se rompía en mi interior, el bajo vientre, el alto vientre, el plexo solar, riñones, hígado, toda la parafernalia interna, el sistema circulatorio, respiratorio, los músculos, los tendones, los poros, el cuero cabelludo, las fosas nasales, la garganta, los pulmones, y por último el corazón, que de tanto bombear ya no sabía si la sangre entraba o salía. Mi garganta se desbloqueó de pronto y un grito horrísono, infernal, aullador, imparable llegó hasta mis oídos, los desbloqueó, los taladró y se junto a los aullidos de Kathy y a los del hombre lobo que a lo lejos parecía responder, celoso y envidioso, y al inexpresable sonido de aquella mujer de la que recordaba que ella me había hablado en algún momento de la noche. Al cuarteto operístico se unió el griterío de todos los pacientes de Crazyworld que parecían haberse puesto de acuerdo, junto a las carreras y maldiciones del personal que les perseguía, a los relojes de cuco que alguien, tal vez Jimmy, había puesto en funcionamiento, a la música que se desprendía de los altavoces, también posiblemente causada por El Pecas y a todo lo demás, que era indescifrable en aquella algarabía.

Cuando el torrente terminó de salir y yo de aullar, cuando la Venusberg de Kathy, bien regada, fue haciendo decrecer su clítoris-berenjena y me permitió intentar sacar mi tornillo torcido de la tuerca, comprendí que de no ser por aquel tumulto insufrible que se había formado los aullidos de Catwoman y los míos hubieran provocado algo aún peor. Me pregunté si Kathy lo habría organizado todo, si Jimmy habría colaborado, si esto era normal cuando mi vampira favorita estrenaba a un novato, si Crazyworld era el infierno y yo estaba muerto o era el paraíso para los malos que han sido un poco buenos y se han arrepentido, como era mi caso. Tuve tiempo de reflexionar largo y tendido porque estaba tan agotado que me dejé caer sobre el cuerpo acogedor de Kathy y ésta me dejó hacer hasta que mi peso le resultó insufrible. Entonces me volteó como pudo, me empujó con todas sus fuerzas y yo salí disparado, con tornillo y todo fuera de la cama, quedando espatarrado boca arriba. Lo que ella aprovechó para salir disparada hacia el servicio, cerrar la puerta por dentro y resollar durante largo rato, luego oí la ducha y luego nada más porque mis ojos se cerraron, mi cuerpo se hundió en el suelo y perdí la consciencia de estar entre los vivos.

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