UN ESCRITOR FRUSTRADO III


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Continuamente se prometía mientras cogía el teléfono y marcaba el número de una revista del corazón, que pronto pondría coto al asedio de las vividoras que diluían su economía  como un azucarillo en el café, pero en cuanto un cuerpo femenino especialmente adecuado para despertar su lujuria y libidinosidad se cruzaba en su camino caía una y otra vez en el blando abismo del sexo donde se olvidan los propósitos más elevados. Durante un tiempo le preocupó la acción más cobarde, rastrera y vil de su vida, pero en cuanto superó sus efectos notó con alivio que los últimos escrúpulos de su lasa conciencia se habían diluido por alguna tubería de desagüe. Recordaba ya con un vago dolor su comportamiento con la secretaria de su padre pero no fue capaz de resistirse a venderla a una revista del corazón por una jugosa cantidad que le ayudó a superar un declive económico particularmente resbaladizo después de llenar la ávida boca de su última amante durante unos meses. La ingenua joven fue cazada por un paparazzi a la puerta de su domicilio y a cambio de tantas buenas cosas como le había dado, incluidos sexo y amor, se vio en las portadas de las revistas como la mujer despreciada por aquel atractivo calavera que se iba haciendo un huequecito en el mundo de la literatura y un amplio espacio en el rebaño de los famosos.

Al leer la entrevista, las respuestas del joven calavera estas aparecían a primera vista como una confesión dolorosa de su pecado pero en realidad la que quedaba como un trapo sucio era la pobre mujer, una ingenua y estúpida víctima de aquel mujeriego simpático por el que empezaban a suspirar muchas lectoras de revistas del corazón. El reportaje tuvo su continuación para relatar el intento de suicidio de la joven que se tragó un montón de pastillas en su piso donde luchaba a solas con su dolor. Fue rescatada en el último momento como una escena de serial por una amiga a la que había plantado en una cita para cenar y a la que casualmente había dejado un juego de llaves de su piso ya que era su amiga más íntima, su familia más allegada residía en un pueblecito  en una provincia muy alejada de la capital. Un tercer reportaje cerró la serie, en él se hablaba de la reconciliación de ambos mientras cenaban en un conocido restaurante -ahora somos buenos amigos- decía un titular.

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A los treinta años era carne de cañón para las revistas del corazón, allí fue aprendiendo el difícil o fácil arte de las exclusivas -no puedo juzgarlo por falta de experiencia- y ello ayudó a poner remiendos a su economía que como un gigantesco Titanic amenazaba con hundirse a cada iceberg con forma femenina que aparecía en el horizonte. La preocupación por la volatilidad de la fama, por un futuro que siempre estaba en manos de otros, se notaba en su rostro pálido, el entrecejo fruncido en un gesto de dolorosa preocupación, su cuerpo, poco curtido en el deporte y un poco fofo gracias al disfrute de la gastronomía amenazaba con quedarse en los huesos, algo que no le preocupaba mucho; no obstante por las noches oía el rechinar de la maquinaría y el miedo a la enfermedad poblaba sus sueños de extraños monstruos con cuerpo de mujer.

Aquel episodio  le tuvo preocupado durante una temporada no muy larga, su editorial, aprovechando el tirón popular le propuso escribir un bestseller que sería lanzado con todos los medios a su alcance. Le sugirió mezclar el thriller policiaco, tan de moda, con la corrupción política, su dosis aceptable de sexo y una descripción suavemente crítica de la gente bien, los famosos y famosetes que viven de las exclusivas en las revistas del corazón y cualquier otro ingrediente que se le ocurriera. Allí precisamente, debajo de un castaño, se le ocurrió la genial idea de utilizar un escándalo político de corrupción, nacían como hongos en aquellos momentos, bien enmascarado como una trama policiaca y de espionaje, salpicada oportunamente de asesinatos, amoríos adulterinos y sobre todo la invención de un personaje detectivesco muy atractivo, gran mujeriego y aficionado a la literatura  -se habló de una fotocopia apenas enmascarada del narrador- que encantó a la crítica, pero sobre todo a los lectores que hicieron de su primera novela un bestseller en el que apenas se notó su estilo descuidado y la poca profundidad psicológica de sus personajes. Córcoles se hinchó como un globo conectado a un gran depósito de gas.

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Entonces el destino decidió actuar poniendo al alcance de sus manos a una jovencita de buena familia, harta del dinero y falso oropel de su familia, se dedicaba a la busca de un príncipe intelectual de prestigioso cerebro, físico agraciado y bolsillos vacíos a quien exhibir en las frívolas reuniones sociales dándoles un toque de glamour que ninguna lengua viperina podía conseguir, para ello se necesitaba un intelectual con suficiente cultura y espiritualidad, solo él podría paliar el hastío de aquellas vidas sin norte. Ella se adjudicó el papel de musa, de tierna amante a la espera de la santificación del matrimonio; a cambio dejaría caer en los bolsillos del elegido algún que otro napoleón de oro.

El aceptó encantado el papel que se le adjudicaba, ella era bella, tenía la riqueza que a él le faltaba y solo tenía que dejarse querer y ser discreto con sus líos de faldas a los que le resultaba tan difícil renunciar. Pero terminó por verse obligado a hacerlo, la jovencita no soportaba que fuera infiel a su musa que disponía de fondos propios y los había utilizado para poner un bonito apartamento a su nombre. Estaba enamorada de él y exigía un reconocimiento, no le pedía matrimonio pero comprendió que renunciar a otras mujeres y depender económicamente de ella era prácticamente lo mismo que estar casados, así que decidió dar el paso. Se casaron con la rimbombancia que la clase social de ella y su fama de intelectual y mujeriego exigían. Durante un tiempo su vida fue agradable tenía el futuro económico solucionado, una preciosa mujer, fiestas, relaciones interesantes; pero un día leyó un artículo en el que se le daba por muerto como escritor.

Una bella mujer y una respetable fortuna pueden terminar con el genio más prometedor, claro que es una bonita forma de acabar con la musa, yo mismo lo haría- así terminaba el artículo de un conocido y reputado escritor que había defendido su valía a capa y espada quizás porque había sido de los primeros en ensalzarle y no acostumbraba a reconocer haberse equivocado. Era más que posible que aquello de tener olfato de sabueso para reconocer a futuras lumbreras en jóvenes promesas era lo que le seguía impulsando a creer en él cuando todo el mundo le daba por muerto para la literatura.

Aquello le hirió profundamente, en lo más visceral de su hombría. No echaba de menos las largas tardes sobre el papel blanco, buscando una idea que se le escapaba o redondear una frase, algo que más se parecía a picar piedra que a dar forma al agua utilizando vasos de diversas formas y tamaños. El hecho de que alguien se hubiera atrevido a llamarle chulo, y que lo que más se destacara de su trayectoria vital fuera que vivía de las mujeres, como un Don Juan de pacotilla, encrespó su orgullo. Iba a escribir una gran obra y muchos tendrían que tragarse sus palabras.

Oyó comentarios sobre una sierra, en un lugar perdido en una provincia del norte. Visitó la zona y le gustó. Enterado de la venta de una finca en un pueblecito cercano a la serranía, decidió comprarla y con la aquiescencia de su esposa, quien no deseaba otra cosa que alejarle de las tentaciones, pasó allí una temporada, dando instrucciones al arquitecto sobre la casa que deseaba en la finca. Aprovechó los tiempos muertos para escribir una novela sobre un detective, calcado de sí mismo, que tuvo un gran éxito, como no podía ser menos. Fue muy complicado encontrar la idea apropiada, pero al fin le vino a visitar la musa, mientras se perdía en los montes cercanos, a caballo (lo primero que hizo fue comprarse un semental y una hermosa yegua y contratar a un experto para que empezara a formar una yeguada de categoría) con una mochila bien surtida de sabrosa comida y una novela policiaca para leer a la sombra de los olmos.

Fue por entonces cuando comenzó a recortar todas las críticas, incluso las malas y las fue coleccionando en un precioso álbum, encargado al efecto en una tienda especializada. El matrimonio regresó a la capital para el parto. Allí Córcoles entregó el manuscrito a su editor y éste se publicó unos meses más tarde, cuando las felicitaciones y visitas por su primer hijo comenzaban a hacerse menos frecuentes. El éxito los lanzó a una constante vorágine social. No cesaban de aparecer en las primeras páginas de las revistas del corazón que, curiosamente, apenas habían mencionado el nacimiento de su primer hijo. Córcoles estaba ya casi olvidado por las revistas a las que había hecho ganar tanto dinero con sus exclusivas cuando su éxito literario le volvió a catapultar a la fama. Después de su matrimonio, que sí fue seguido con grandes medios, el interés que despertaba todo lo suyo para la curiosidad morbosa de sus lectores, decayó rápidamente. Ahora el éxito literario le volvió a abrir las puertas de ese mundillo de par en par. Su casa era un constante trasiego de periodistas gráficos, deseosos de una entrevista en exclusiva, una foto en el sofá con el niño o cualquier otra tontería que pudiera hacer subir la tirada de la revista. Esto llegó a hacerse tan agobiante que Córcoles, aprovechando que el primogénito había nacido enclenque, convenció a la mamá para alejarse de la vida ruidosa de la capital y retirarse al campo, donde el niño podría superar las debilidades con que la naturaleza le había castigado.

 

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