OBRA COMPLETA DE SLICTIK IX


NOCTURNOS

-IV-


prisionero
del
silencio

yo
en aullidos
renunciado


vaciado
en
un
calvario

yo
asceta
inhabitado


peregrino
de
amapolas

yo
trashumante
de sagrarios

desencuentros
encontrados

MAPAS DEL SER

 

 

Aun a pesar de que el infierno es el hogar de Hipo-Mefisto, siempre lo ha sido y siempre lo será, éste no se encuentra a sus anchas en un lugar tan tenebroso. Aquí, privados de la luz natural, cada cual duerme a su gusto, cuando quiere o cuando puede.

Hipo ha despertado de su sueño de Gary Cooper con las piernas dormidas por postura tan incómoda adoptada durante la ensoñación. Mira a su alrededor por si pleyadiano pudiera aportar su generosa ayuda pero no lo encuentra. No hay nadie en el lóbrego pasadizo. Se pone en pie apoyándose contra la húmeda pared y reposa unos minutos hasta que sus piernas van recobrando la consciencia célula a célula. Entonces para desentumecerse totalmente comienza una extraña danza que hubiera envidiado la mismísima Maia Plisevskaia y plagiado sin rubor para el Lago de los cines, pongamos por caso. Eleva ambas rodillas siguiendo un ritmo apoplético, se acuclilla hasta dar con su barriga en el frio suelo, se eleva sobre la punta de sus pies y camina de puntillas con grave peligro de descoyuntarse para finalmente echar una carrerilla por el lóbrego pasadizo. Regresa otra vez sobre la punta de sus pies y eleva las manos en un gesto “balletiano” realmente encantador. ¿Qué hubieran dado ambas gemelas por presenciar esta iniciación a la danza?. Hasta venderían su alma a Hipo-Mefisto.

¡Abril y Kentilucha! ¿Cómo ha podido olvidarse de ellas?. Se lanza en tromba por la puerta de la biblioteca. Virgilio y el fantasma de las letras que continuaban parloteando muy amigablemente se levantan sobresaltados. A ambos les ha sido denegado el abrazo de Morfeo y deben ocupar el tiempo concedido a los mortales para el sueño en sabrosos coloquios literarios. Ambos a duo le recriminan su ímpetu. Hipo suspira con tal fuerza que la biblioteca tiembla como sacudida por un huracán. Ha debido despertarlas piensa Hipo compungido y una lagrimita se desliza de su inmenso lacrimal.

Kentilucha y Abril salen asustadas. El miedo aún habita en su generoso corazón. Nadie se libra de este plato que todo humano debe probar, frio o caliente, como aperitivo en cualquier refrigerio vital.  Hipo se arrodilla y pide perdón por haberlas despertado. Estas sonríen y le comunican que el sueño huye de sus párpados en esta lobreguez. Se encontraban, como quien no quiere la cosa, examinando el mapa geodésico que devela la topografía de su ser.

Hipo es invitado a participar de esta maravilla y para no molestar a Virgilio y al fantasma de las letras que han reanudado el coloquio es invitado a su cuarto donde los tres se sientan a una mesa de roble sobre la que está desplegado un gran mapa. Arrullados por los ronquidos de pleyadiano que dormita en un cuarto adyacente las hermanas explican a Hipo la compleja y hermosa geografía de su ser.

Abril señala el septentrión donde habita la abstracción, un país extenso, una inmensa llanura donde residen las ideas, una raza en peligro de extinción que se pasa la vida esperando, anhelando, ser visitadas y seducidas por los hijos de los hombres. Kentilucha pone el dedo sobre otro país señalado en rojo, el país de la concreción y la estimulación donde las ideas brillan por su ausencia y los bípedos televisores caminan por las calles enseñando el vacío de sus cráneos a través de la pantalla. Los reality-shows exhiben en las esquinas sus vergüenzas con absoluta falta de pudor. Los hijos de los hombres se tumban en las aceras dejándose llevar por lo concreto.

Abril pone una cruz con un rotulador azulen el centro donde moran los tinos, los equilibrios y las discapacidades, unas señoritas solteronas y ya un poco mayores que no cesan de lamentarse a todas horas de su desgracia. Los tinos son señoritos muy peripuestos que siempre atinan con la palabra elegante para la dama en cuestión o se quitan el sombrero de copa al paso de los buenos ciudadanos. Los tinos son los petimetres del país del austro. Los equilibrios en cambio son los saltimbanquis del circo de la sociedad. Se pasan la vida haciendo equilibrios sobre la cuerda floja, realizando saltos en el trapecio de la economía o intentando sostenerse en la bicicleta de una sola rueda. Son divertidos y arriesgados. Son la muestra viviente de que uno puede sobrevivir si se lo propone.

Abril acaricia con la yema de su dedo el saliente poblado con sus inquietudes y certezas. Ambas son las damas más respetadas en el país de la vida. Las inquietudes son las feministas que quieren la revolución del hombre nuevo y todo lo ponen en solfa hasta la terca melodía del statu quo. Las certezas son viejas matronas que han vivido mucho, por eso comprenden casi todo y se ruborizan cuando algún petimetre las llama guapas. Las certezas suelen tener arrugas en el rostro producidas por el dolor de una búsqueda sin cuartel.

Kentilucha deja caer su trenza sobre poniente donde habitan la circunstancia y el sino, matrimonio bien avenido en el que una utiliza al uno y el uno a la otra para cortar las trenzas de las luchadoras natas. Abril deja caer sentimientos y razones sobre el centro donde está el eje de sus polos que permanece asentado firmemente y bien instalado en algún lugar invisible entre su corazón y su cabeza, en una montaña, Timoto Cuica, en la que hay un campanario recoleto que da las horas de la paz en un presente perpetuo.

Justo desde una choza que bordea el eje de sus polos consigue la expresión nocturna o la diurna, las letrillas o el requiem. Desde ella su voz dulce de poetisa llega a inundar el mundo como una campana que repica en un campanario recoleto de una montaña llamada Timoto Cuida.

Abril y Kentilucha se sobresaltan porque Hipo-Mefisto se ha encaramado sobre la banqueta de roble en la que estaba sentado y extendiendo su negra capa mefistofélica pretende lanzarse de cabeza sobre el mapa. Se lo impide la muralla china de la individualidad que a todos nos rodea. Hipo gime y patalea y está a punto de caerse de su frágil sustento. Lo impiden las dos hermanas que cogiéndole cada una de una mano lo depositan en el suelo húmedo y frio, hacen una reverencia cortesana y le invitan a un banquete y a una danza en un lugar al que asisten los mortales y desde el que ya suena un rigodón invitando al brindis.

 

 

-V-

ahogados

la niña en el silencio
el soliloquio en afanes
los anhelos en ausencias
el navegante en sombras
la isla en el viento
los movimientos en fugas
las risas infantiles en ceremonias adultas
las certezas en las mentiras
el perfil en la noche
la inquietud en flancos desguarnecidos
los recuerdos en extravíos
los deseos en los volcanes

náufragos

naufragan
en sí mismos

-VI-

por ti

yo ni pecador
ni confeso
voy aullando

en la reserva
bienamando

y aúllo
y te voy cuidando

en mi desierto
te voy siguiendo

en los tropiezos
me voy guardando

desde el silencio
yo pecador
lo confieso

estoy muriendo
en un destierro

por llevar
tu huella en mí

 

NOCTURNO  3

 

AHOGADOS

Hipo-Mefisto pide a Virgilio que les acompañe a los infiernos haciendo de gentil guía. Extendiendo su capa mefistofélica sobre la comitiva Mefis consigue situarles a la puerta del Hades en un santiamén. Un letrero tiznado anuncia: Lleva a la muerte. Abril y Kentia, mujeres valerosas donde las haya siguen a Virgilio hacia el interior. Hipo se queda rezagado, aunque conoce muy bien sus moradas no le gusta nada el infierno.

Caminando a buen paso “Mefis” logra seguirles gracias a los poderes de su capa, como un nuevo supermán de pacotilla) se acercan a la laguna Estigia donde están todos los condenados al ahogamiento. Abril seña con lágrimas en los ojos a una niña que se está ahogando en el silencio al tiempo que bracea desesperadamente sin producir el menor sonido.

Más allá Kentia señala un soliloquio que se asfixia en afanes. Habla en voz alta y sus propias palabras silenciosas le ahogan. Hipo-Mefis se duele de los anhelos, dulces efebos que son despreciados hasta por las tercas ausencias. En el centro de la laguna un navegante rema con sombras y su barquichuelo es zarandeado por tormentas de sombras hacia una isla donde soplan todos los vientos. Está plagada de movimiento como gusanos que se dan a la fuga. Se oyen en el aire voces infantiles y cuando Virgilio les va a sugerir descansen en un parque infantil cercano salen de esta parque unos adultos malhumorados que les recriminan su ociosidad. Detrás de los adultos vienen unas brujas, las certezas ponen en labios de los adultos las mentiras ahogándoles sin la menor compasión.

El enfermero perfil del que Hipo siente envidia se pierde en la noche tras los adultos enfermos de angustia. Es entonces cuando la comitiva se da cuenta que tiene los flancos desguarnecidos y los recuerdos extraviados, no en vano están en el Hades donde los deseos se transforman en volcanes destructivos y caóticos. Todos se arrojan al agua para apagar el fuego que consume sus túnicas y de esta manera se convierten en náufragos, náufragos de sí mismos.

 

ENTRE  EL CIELO  Y  EL  INFIERNO  (PURGATORIO)

 

Todos acaban siendo rescatados por un poeta en el que Hipo-Mefis cree reconocer a pleyadiano aunque no sabe nada de su aspecto físico. Abril y Kentia le saludan efusivamente como hacen con todos los poetas pero sin dar muestras de reconocerle explícitamente ni hacen signos de querer estrecharle contra su corazón por lo que Hipo deduce que es un poeta cualquiera (los poetas aparecen en cualquier parte cuando menos se les espera). Virgilio llora desconsoladamente. El también es poeta y de los buenos pero nadie le hace caso. El tiempo no pasa en vano. ¿Quién lee hoy a Homero?

 

 

El poeta anónimo les invita a todos a acercarse a un fuego donde secan sus túnicas, primero poniéndose de espaldas y luego de cara. El poeta aprovecha para explicar que el guapo mancebo que se está quemando en esa específica caldera de Pedro Botero es un pésimo poeta anónimo de ripios infectos sin el menor corazón. Virgilio dice saber su nombre pero todos le hacen callar. ¡Pobre Virgilio!.

El poeta rescatador, no el torturado, les explica que él mora en el purgatorio sufriendo a veces y otras siendo muy feliz, escribiendo versos que nadie lee. Aburrido decidió darse un paseo por el infierno (siempre un lugar divertido). Así llegó a tiempo de rescatarles.

Kentia que es más habladora que Abril le pregunta. Poeta en esta vida…¿qué es verdad?, ¿qué es mentira?. ¿Relatos, ensueños con palabras tuyas-mías?.

Aquí Mefisto interrumpe para explicar que el verbo es propiedad exclusiva de la Mente Universal por lo que quienes aceptan el copyright son unos ladrones. El, Mefisto, ha sido quien ha establecido la propiedad privada para que todos se peleen por un copyright más o menos y la vida se transforme así en un infierno. Nadie puede decir nada porque otro lo ha dicho antes. Llevado al extremo los derechos de autor quedan en poder de los clásicos y sus herederos. Va a seguir pero Kentia pone un dedo en sus labios. Hipo calla.

-¿Inventas tus días desde una casta rutina o desde un cielo solo y seco?

Y si la vida es esto dime porqué escribes poesía.

-Para susurrarte en escritura, para saber qué vamos a hacer con las cenizas de las huellas en nuestras pieles de tus letras entre las mías, para tener trasnoches y madrugadas de ayunos oscurecidos. Para saber si habrá tristeza cuando amanezca, si habrá vergüenza al rememorar, si soñaremos desencantados, si…

Kentia entusiasmada responde: Suéñalo poeta, dímelo, madrugaremos esperanzados.

Hipo cree que el anónimo poeta está intentando seducir a Kentia y le da un tremendo coscorrón en el cráneo. El poeta sale aullando endecasílabos. Si pierde en el aire de regreso al purgatorio.

Kentia y Abril reprochan ácidamente a Hipo sus celos infundados y éste cae en el mutismo.

Virgilio quiere enseñarles de una vez el infierno pero Mefisto les vaporiza a todos y aparecen en un rincón del cielo donde a la entrada de un iglú vemos a pleyadiano, Rafael…, hilvanando verso tras verso sin levantar la cabeza. Sobre la entrada del iglú puede leerse “y mi alma con la rienda corta, pronta a desbocarse”.

Todos se saludan efusivamente, luego que Abril haya tocado en el hombro de pleyadiano para sacarle de sus ensueños. Este se levanta y en carne y hueso se enfrenta y les invita a compartir su iglú donde todos son recibidos con licores, elixires, refrigerio morigerado y mucho cariño, mucha amistad, la palabra sigue al mutismo provocado por las viandas y allí se produce un aquí, un ahora, los afueras, los adentros y el trajinar de los sueños de todos. El labio deshabitado recolecta besos amistosos de almas que se quieren

Todos se llevan muy bien en carne y hueso, hasta Virgilio que ha recuperado un semblante alegre. La jornada transcurre entre memorias y olvido, presencia y reposo. El silencio acontecido al final de la jornada cuando el cansancio se hace presente se fragua en anarquía, orden de los aliados, de los contrarios y todos se van a reposar en diferentes habitaciones adecentadas por el propio pleyadiano feliz de charlar con viejos amigos. En el sueño cada uno libra sus propias batallas del alma, lidiando en rienda corta resuelta a desbocarse con el caballo galopante de la pasión. Hipo-Mefisto tienta en sueños a pleyadiano para que suelte la rienda corta y se desboque. ¿Dónde vas a ir tú, alma cándida, que ya estás en el cielo?. Desbócate pleyadiano. Abril y Kentia, en sueños, vienen a ayudar a pleyadiano como dos ángeles de la guarda y arrojan al demonio Hipo-Mefisto al Hades donde pasa la noche de caldera en caldera, sufriendo como en él es habitual.

Virgilio ronca apaciblemente.

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