UN CADÁVER EN LA CARRETERA VIII


SEXTA NOCHE

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Antes de cenar él volvió a colocar el termómetro bajo su sobaco. No tenía fiebre. Ella se encontraba bien y quiso cenar a la mesa, con las correspondientes velas y en un ambiente romántico. El sentía curiosidad por conocer mejor a su amante y quiso saber sus aficiones, si le gustaba el cine, qué tipo de música escuchaba habitualmente. Ella contestó con buen humor, antes de cada respuesta exigía un beso.

Ella quiso hacer el amor y él aceptó a regañadientes temiendo que la herida volviera a abrirse. Ella puso pasión, aunque tuvo que refrenarse, porque la herida le molestaba mucho. El actuó como el amante más delicado del mundo. Satisfechos y felices, ella le pidió un cigarrillo y él se lo ofreció con reparos, semejaba una madre cuidando de su hija enferma. Ella se rió tiernamente y se lo dijo así, los dos rieron con ganas.

Siguieron charlando. De repente ella quiso escuchar las noticias y él trajo el televisor a la habitación.  Nada nuevo, la policía parecía perdida, dijo la locutora, muy mona y sonriente.

Ella le preguntó si le gustaba la locutora. El dijo que estando a su lado a una mujer como ella, todas las demás le parecían feas.

-Dime la verdad. ¿Te has enamorado alguna vez?

-No, algunas mujeres me han gustado más que otras; he pasado más tiempo con ellas, he sido más feliz, pero siempre he terminado cansado y aburrido. No buscaré disculpas para este comportamiento; ni odio a las mujeres – ninguna me ha hecho más daño del habitual- ni estoy esperando a la princesa de mis sueños, no me interesan las princesas. Me gustan todas y con todas me lo paso bien… Perdóname cariño, quiero decir que me gustaban, ahora solo me gustas tú.

-Vaya, vaya con el pichoncito. Menudo lapsus mentalis.

-¿Sabes latín?

-¿No te he contado que estudié varias carreras universitarias?

-Creo que sí, pero antes no te creí.

-Puedes creerme, soy una mujer muy inteligente, además de atractiva; habría podido conseguir lo que me propusiera. Pero para todo se necesita tiempo. Quería una vida regalada y la quería ya.

-Por eso te dejaste enredar con malas compañías.

-No existen las malas compañías, solo malas metas. Creo que lo leí en alguna parte. ¿Y tú, pichoncito? ¿No te has enredado en malas compañías?

-No, siempre buenas, muy buenas. Bellas mujeres,
más bellas mujeres…tengo algún amigo, aunque nos vemos poco.

-O sea que yo soy la peor compañía con la que has andado nunca. ¿Verdad, pichoncito?

-Nunca sermoneo a nadie. Bastante tengo con mis problemas, aunque pienso que llevas un mal camino. Ni siquiera la suerte podría salvarte, si continúas en esa dirección.

-¿Y qué me ofreces tú, cariño?

-Sabes…es la primera vez que lo pienso y la primera que se lo voy a decir a una mujer, pero no me arrepentiré nunca de hacerlo. Te ofrezco ser mi compañera, mi esposa, mi amante, lo que prefieras. Cuidaremos juntos de la empresa, viajaremos mucho, ampliaremos horizontes cuando lo deseemos. Disfrutaremos de la vida, en una palabra.

-¿Sabes, pichoncito? Estoy a punto de aceptar. Soy hay un problema.

-¿Cuál?

-Tenemos que deshacernos de esos sabuesos que ahora mismo están husmeando nuestro rastro.

-¿Tienes algún plan?

-Puede, puede que sí… puede que no.

El se sentía muy feliz, pensaba que tal vez ella encontraría la solución al problema. Ella pensaba que tal vez tuviera la solución, aunque eso cavara la tumba de ambos. Ella quiso olvidar en brazos de su amante. El quiso recordar una forma de hacer el amor que no olvidaría nunca.

 

SEPTIMA MAÑANA
CADÁVER CA

Despertaron juntos en el lecho, estrechamente abrazados. El se retiró rápidamente.

-Ya no me duele, mi amor, puedes abrazarme fuerte.

El la abrazó muy fuerte. Hicieron otra vez el amor. Ella gimió tan fuerte que él detuvo su movimiento amoroso para saber si le estaba haciendo daño. Ella contestó con una alegre risa. Esa fue toda su respuesta.

Desayunaron copiosamente, los dos estaban desesperadamente hambrientos. Al terminar ella puso la radio. Fue un acierto no haberlo hecho antes, porque se les hubiera indigestado el desayuno. El conserje del motel estaba en el hospital como consecuencia de una descomunal paliza. Los matones querían saber de una chica. El se resistió y le molieron a palos. Los matones sabían de la chica y de su acompañante, del coche que les había llevado por toda la costa en alas del viento. No existían muchas posibilidades de continuar vivo, para aquel ingenuo mozo que había corrido detrás de una mariposa multicolor, sin saber que en sus frágiles lomos cabalgaba la muerte. Sufría graves lesiones en órganos internos, aunque aún así los médicos no le daban por perdido. Nunca lo hacen, a pesar de que la alegre Parca siempre termina por triunfar.

-Hay que prepararse, no tardarán en dar con nosotros. Te enseñaré a disparar en el bosquecillo.

-¿No haremos demasiado ruido?

-No, tengo un buen silenciador. Solo dispararemos unas cuantas veces, las suficientes para que aprendas lo más elemental y le pierdas el miedo a la pistola.

Ella le enseñó a disparar como lo haría una fría asesina: no dudes, dispara a matar, eres tú o el otro. El aprendió a hacerlo como un tímido cordero, que no olvida su condición, a pesar de que los lobos andan ya muy cerca. Regresaron a la casa y ella decidió que era mejor seguir camino cuanto antes. Esa noche volarían lejos del fuego que ya sentían quemar sus traseros, cuanto más lejos mejor. Ella tenía un plan. El no lo sabía o no quería saberlo.

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