Mes: agosto 2017

REQUIEM DE LIGETI


RELATOS MUSICALES

REQUIEM de LIGETI

El silencio infinito…, pero no el silencio imaginado un segundo antes de la creación del universo, de la explosión primigenia, sino un silencio ominoso, pavoroso, tan brutalmente potente que ninguna criatura real o imaginaria, ni siquiera las huestes angélicas podrían percibirlo sin sumergirse voluntariamente en la nada absoluta.

De pronto el grito horrísono de las criaturas humanas perdidas en un punto azul en mitad de un universo vacío. El grito de las víctimas… las víctimas del terror, del odio más puro y frío, aquel donde no hay la menor mezcla contaminante de emociones o sentimientos; las víctimas del hermano asesino, de la espada degolladora, de la maza aplastante de vísceras, de la pez hirviendo sobre desnudas cabezas, del potro de tortura descoyuntando huesos, de la sal en las heridas sangrantes, de la bala asesina, de la mano estranguladora, de los dientes afilados, de los cañones estruendosos, de los misiles silenciosos, de los aviones rugientes, de las botas claveteadas, de las miradas rencorosas, de los machetes afilados, de los insultos obscenos, de las amenazas sibilantes, de la limpia bomba de neutrones, del hongo infernal.

Las víctimas… las víctimas son mujeres indefensas violadas con sadismo, niños inocentes masacrados, sin respuesta a su ingenua pregunta, campesinos honrados inclinados sobre la tierra arisca, hombres buenos huyendo de la violencia con mirada de infinita tristeza, bebés inocentes balbuceando la súplica de una caricia, parturientas dolientes aterrorizadas ante la posibilidad de traer nuevas vidas para la muerte infame.

Las víctimas… las víctimas son las consciencias, las emociones más puras, las esperanzas más anhelantes, el amor más hermoso.

Los asesinos…los asesinos son nuestros propios hermanos, nuestros padres, nuestras madres, nuestros hijos queridos, nuestros vecinos de atractiva sonrisa, nuestros amigos de la infancia. Los asesinos… los asesinos tienen rostro humano, utilizan palabras humanas, su sonrisa es agradable, su corazón tan caliente y su sangre tan roja como la de sus víctimas, pero a pesar de ello siegan nuestras gargantas con sus cuchillos afilados, perforan nuestra piel con sus suaves dedos engatillados, corrompen nuestras entrañas con ciegos bacilos, virus y toda clase de invisibles bichitos manipulados por manos enguantadas que no tiemblan.

Los asesino…los asesinos están aquí y están allí; a este lado de la línea que se ve en el mapa y más allá de todas las líneas blancas, azules o rojas. Los asesinos no creen en el hombre, no creen en Dios, no creen en nada. Los asesinos odian, matan, violan, torturan, masacran, pisotean, escupen, escarban, blasfeman, maldicen… Los asesinos…los asesinos son fríos, se creen omniscientes; no tiemblan, no aman, no comen, como sus hermanos, el alimento cotidiano, ni beben el dulce vino del olvido; sus dientes están manchados con la sangre caliente de las vísceras de sus víctimas mordidas a dentelladas; son caníbales implacables, no hacen el amor, no perdonan, no acarician a los niños, no besan a sus madres, no duermen, no sueñan…

Los asesinos…los asesinos solo son capaces de odiar y el odio que nace en sus entrañas va corrompiendo sus corazones, se expande a través de su sangre y llega a sus diminutos cerebros donde bloquea sus pocas neuronas activas; sus ojos se tiñen de rojo sangrante coloreando todo su alrededor. Temen la aparición en sus frentes de la marca de Caín; el sarpullido infecto que va apareciendo en su piel sin que puedan evitarlo, son los únicos signos visibles de su odio invisible. Cuando éste les ha consumido por dentro deciden suicidarse pilotando aviones asesinos, se atan a bombas, cabalgan en fríos misiles metálicos, se empequeñecen hasta convertirse en bacterias o hacerse balas de sus propias pistolas, si todo les falla, en el clímax de su furor asesino intentan matar a cabezazos a todo hermano que encuentren a la vuelta de la esquina.

Los asesinos… los asesinos no respetan la vida, no dignifican la muerte, no se hacen pan para el hambre de sus hermanos, no creen en la inocencia de los niños, no sonríen nunca. Viven como bestias y mueren como bestias, incapaces de alcanzar otra evolución que unas uñas más afiladas, colmillos más desgarradores o corazones más pétreos.

Los asesinos…los asesinos no nacen, se hacen día a día en el fragor del odio constante. Los asesinos somos todos, cuando no tendemos la mano a nuestros hermanos dolientes, cuando escupimos en su hambre, en su frío, en su impotencia, en su desesperanza, en su sonrisa resignada, en su cálido perdón.

Una misa de réquiem para las víctimas. Una oración por los asesinos… Luego nada… después el silencio… finalmente… el vacío más absoluto.

¿Es eso lo que deseamos para la raza humana?.

El futuro está doblando la esquina. Su rostro está siendo moldeado en nuestras manos.

PARA TODAS LAS VICTIMAS DE LA VIOLENCIA

Descubrí a György Ligeti, compositor húngaro, nacido en 1923 y dedicado especialmente a la música electrónica y a las variantes de la música aleatoria, al ver por primera vez 2001, odisea del espacio de Kubrik. Creo que a lo largo de la película se utilizaban dos de sus obras, una era su requiem. Su música me estremeció, porque el futuro de la raza humana que yo capté en aquellos sonidos cósmicos, no era muy agradable que digamos. Ahora vivimos en el terror y el futuro está ahí, a la vuelta de la esquina. Nos queda poco tiempo para enmendar los pasos perdidos.

IN MEMORIAM VÍCTIMAS DE LOS ATENTADOS DE CATALUÑA

NO TENEMOS MIEDO

SENTIMOS UNA PROFUNDA SOLIDARIDAD ESPIRITUAL POR EL DOLOR DE LAS VIDAS TRUNCADAS

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PERDIDO EN EL TIEMPO XVI


JOAN BAEZ

LLEGÓ CON TRES HERIDAS

BOB DYLAN Y JOAN BAEZ

“Blowing in the Wind”

Blowin’ In The Wind

How many roads must a man walk down
Before you call him a man?
Yes, ‘n’ how many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand?
Yes, ‘n’ how many times must the cannon balls fly
Before they’re forever banned?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many years can a mountain exist
Before it’s washed to the sea?
Yes, ‘n’ how many years can some people exist
Before they’re allowed to be free?
Yes, ‘n’ how many times can a man turn his head,
Pretending he just doesn’t see?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

How many times must a man look up
Before he can see the sky?
Yes, ‘n’ how many ears must one man have
Before he can hear people cry?
Yes, ‘n’ how many deaths will it take till he knows
That too many people have died?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.
Soplando en el viento

Cuantos caminos una persona debe de caminar
Antes de que lo llames un hombre?
Cuantos mares una paloma blanca debe de navegar
Antes de que duerma en la arena?
Cuanto tiempo tienen que volar las balas de cañon
Antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantos años puede existir una montaña
Antes de que este descolorida por el mar?
Cuantos años puede la gente existir
Antes de que se les sea permitida la libertad?
/> Cuantas veces un hombre puede voltear la cabeza
Pretendiendo que el no ve?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento

Cuantas veces un hombre debe de alzar la vista
Antes de que pueda ver el cielo?
Cuantos oidos debe tener un hombre
Antes de que pueda escuhcar a la gente llorar?
Cuantas muertes tendran que pasar hasta que el sepa
Que mucha gente ha muerto?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento.

BUMBURY
EL JINETE

He recordado que tal vez me quede en el maletero un trozo de tortilla, tal vez no la terminara en la merienda, y puede incluso que en el táper encuentre alguna raja de cecina, de jamón o un trozo de queso, incluso un trozo de pan duro me serviría. No sé por qué siento la imperiosa necesidad de saber lo que me queda de la vida. ¿Puedo comer, puedo beber, puedo reír? Es como si necesitara probarme y saber con qué puedo contar en este largo viaje alrededor del infierno. Sé que decidí no traer el libro electrónico, cargado de libros digitales escogidos, por miedo a perderlo. Sé que el libro que tenía en el asiento de atrás, Los pilares de la sabiduría de Lawrence de Arabia, lo subí al apartamento. Ningún cuaderno ni bolígrafo, iba a ser un viaje tranquilo, sin incidencias. La botella de agua la acabé con la merienda, en la gasolinera, y decidí no comprar otra, porque me quedaba muy poco para llegar a casa. Era un viaje improvisado, corto, no necesitaba ni siquiera lo imprescindible.

He decidido mirar. He parado el coche, sin poner las luces de avería, y me he bajado sin el chaleco reflectante. No espero intrusos, no espero nada. He abierto el maletero y mirado a fondo. El táper está vacío, no queda tortilla, ni cecina, ni jamón, ni un trozo de queso duro, ni un currusco de pan incomible, ni una gota de agua. No queda nada. Pero algo ha llamado mi atención. Dentro del táper he visto la navaja multiusos, un capricho que me concedí hace años y que tantos servicios me ha hecho en mis excursiones a la naturaleza. La he tomado entre mis dedos y la he observado largamente. Una idea macabra se va formando en el interior de mi cráneo. No le voy a dar al destino ni la más mínima oportunidad. No me queda nada, aparte de un pendrive con mucha y buena música y la posibilidad de escuchar -si las ondas no salen huyendo- alguna emisora de radio de algún tiempo y lugar, aunque nunca estaré seguro de qué tiempo.

Quiero saber si soy inmortal, si puedo abrirme las carnes y morir. La navaja multiusos me viene de perlas, está bien afilada, puedo apretar el filo contra mi muñeca y ver si aún soy capaz de sentir dolor, si aún tengo sangre en mi interior, si las fuerzas poderosas me van a dejar morir, aquí, en medio de la nada, en la oscuridad de la noche eterna, en el vacío asfaltado de la carretera del infierno. Quiero saber si me han dejado la única opción que le queda al prisionero del tiempo, al esclavo de la aleatoriedad, al títere del destino. Puedo elegir entre vivir o morir. O al menos eso creo. Voy a probarlo. Voy a retar a las fuerzas poderosas. Alzo mi navaja hacia el cielo oscuro, la pongo sobre la palma de mi mano derecha, sostengo la muñeca con la mano izquierda y comienzo a rotar sobre mi mismo en una danza llamando a la muerte, en un ritual blasfemo, desafiando a cualquiera que esté sobre mí, que tenga el más mínimo poder sobre mí. Soy libre, digo en voz alta, al menos me queda eso. Nadie, ni vosotros, podréis arrebatarme esa libertad, aunque todos los futuros estén escritos yo siempre podré elegir entre la vida y la muerte.

De pronto me encuentro saltando alrededor del coche. Comienza la canción de Joan Baez y acoplo mis movimientos a ese ritmo. Es un maravilloso desatino controlado. ¡Lástima que nadie pueda verme! Pero no lo lamento. Creo que este es el supremo desatino controlado, hacer algo que nadie puede ver, solo porque quiero hacerlo, porque soy libre. Intento cantar con Joan pero desisto ante mi ridícula voz. Decido recitar.

Aquí estoy, con tres heridas,
ciegas fuerzas poderosas.
Me habéis herido con el amor,
con la vida, con la muerte.

Sangro por tres heridas,
la de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Son las únicas que matan
la del amor, la de la muerte,
la de la vida.

Pero sigo siendo libre de elegir,
puedo escoger la vida o la muerte
puedo escoger el amor.

Escoja lo que escoja
por alguna de las tres heridas
me desangraré hasta la muerte.
La de la vida, la del amor,
la de la muerte.

Me he dejado caer a plomo sobre el asiento. He colocado el filo de la navaja sobre mi piel. No he buscado una toalla o un trapo para evitar que la sangre salpique el cuero. He apretado un poco, duele, he apretado más fuerte, duele más, al menos sé que sigo vivo, porque a ningún muerto le duele nada. La sangre comienza a brotar lentamente. ¿He conseguido alcanzar la vena? Creo que no. Decido apretar más fuerte, con rabia, apretando los dientes. El filo se va deslizando poco a poco. Miro la muñeca, comienzo a tener una herida. ¿Es la vida? ¿Es el amor? ¿Es la muerte?

La sangre va goteando sobre mis muslos. Necesito más sangre, más. Necesito más heridas, más. No importa el dolor, es solo el camino que nos conduce a través de la vida y el amor hacia la muerte. Aprieto más los dientes, clavo más hondo el filo de la navaja, grito de dolor y maldigo. Miro la herida, no me parece bastante profunda. Inspiro profundamente. Busco otro lugar en la muñeca, palpo hasta encontrar la vena y cuando voy a aplicar el filo cortante, me detengo. No puedo creer lo que estoy viendo. La primera herida ha dejado de sangrar, pero no es solo eso, se está cerrando. Al cabo de unos segundos ya no puedo ni ver la cicatriz. No puedo morir, pero sí puedo sentir dolor. Las fuerzas poderosas son sádicas. Las reto, las maldigo. Con rabia infinita abro una nueva herida y corto como si fuera un filete muerto. Luego decido infligirme una tercera. El dolor es terrible, pero todas cicatrizan. Arrojo la navaja contra el cristal, rebota y cae al suelo, bajo el asiento. Bueno, al menos ya sé con lo que puedo contar. Enciendo un pitillo mientras suena la canción de Bob Dylan.

Salgo al exterior, camino alrededor del coche, cuando empieza la canción del jinete acompaso mis movimientos a la música, pronto me doy cuenta de que estoy en un entierro, es como si llevara el ataúd, me muevo al ritmo de una marcha fúnebre.

Algo ha ocurrido porque se inicia otra vez la canción de las tres heridas, no creo que la aleatoriedad me gaste esta broma, tal vez la copiara dos veces. Comienzo a correr, como loco, alrededor del coche, como si buscara algo, como si buscara la vida, el amor, la muerte. Me quedo sin aliento, siento un golpe en las sienes y me desplomo.


EL SILENCIO VI


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Hizo la cama rabiosamente, de cualquier manera, deshizo su maleta, sacando un pijama y los útiles de aseo .Se acercó a la cocina y colocó la comida en los estantes, si ella quería irse él se quedaría, que se llevara el coche, cuando necesitara marcharse llamaría a un taxi o se arreglaría de cualquier otra manera. Si todo había terminado no tenía gran interés en nada, ni siquiera en conservar su trabajo, se quedaría allí y pensaría en ello, si permanecía solo iba a tener mucho tiempo.

Oyó a su mujer moverse en su habitación, seguramente no saldría ni para cenar; nunca parecía disfrutar de mucho apetito y los disgustos lo hacían desaparecer por completo – luego se resarcía premiándose con un buen surtido de productos de repostería-;así que no esperaba nada de esa noche, mañana se vería, si había algo que ver.

Cuando terminó salió al porche. El ocaso iba cayendo sobre las cumbres de las montañas, no quedaba mucho para la noche; el sol ,como recién fregado, lanzaba sus últimos rayos antes de acostarse. Parte del cielo era de un hermoso azul brillante pero a su derecha, en dirección al centro de la cordillera se veían algunas nubes que no presagiaban nada bueno.

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Era una hermosa puesta de sol aunque por el norte podían verse  algunos retazos de nubes, de un color más bien negruzco. Permaneció de pie contemplando la montaña: los altos picachos graníticos, el estrecho valle allá abajo con praderas verdes donde pacían algunas vacas; el cielo como recién lavado y sintiendo en la cara la cortante brisa que anunciaba una noche fría. Dio una vuelta alrededor de la casa observándolo todo con interés y entusiasmo, a pesar de ser hombre de metrópoli, nacido y criado allí, y de donde apenas había salido, fuera de las vacaciones en la playa o alguna navidad a esquiar en la montaña, su entusiasmo por la montaña a veces resultaba gracioso, dado su escaso conocimiento del entorno.

Allá a lo lejos, al fondo del valle se podía ver un pequeño pueblo con casas de piedra y tejados rojizos, durante unos minutos lo observó atentamente deteniéndose especialmente en el detalle de que aparentemente parecía incomunicado, no se veía carretera o camino que llegara hasta él. Por fin pudo ver un trozo de asfalto donde reflejaba el sol, a la salida del pueblo, dirigiéndose hacia unas laderas que parecían juntarse allí. Seguramente se trataba de una falsa impresión puesto que si pasaba la carretera tenía que existir una garganta o algo parecido. Al otro lado del pueblo pudo observar varios caminos que salían del pueblo en diferentes direcciones. Uno bordeaba las laderas de varias montañas hacia donde él se encontraba, aunque en un primer momento no pudo ver ningún camino por allí cerca, luego observó detrás de la casa uno de cabras que se encontraba con otro de tierra que parecía venir de aquella dirección.

El frío se estaba haciendo más intenso, notaba una fuerte sensación de hambre en el estómago, pensó en algo para comer y los jugos gástricos empezaron a trabajar con entusiasmo. Entró en la casa y se dirigió a la pequeña cocina separada por un tabique de madera y cristal del salón. Revolvió entre las bolsas con comida que había dejado allí al entrar y sacó unas costillas de cerdo, un par de chorizos y una morcilla. Pensó en algo caliente para entonarse y se decidió por una sopa de fideos de sobre. Busco recipientes por los armarios y encontró lo que necesitaba, un pequeño cazo para la sopa y una parrilla para asar las costillas y el chorizo. Intentaría hacer la morcilla aunque la comía pocas veces y no sabía cómo prepararla. Le gustaba cocinar de vez en cuando, hacer algunos platos que le gustaban, especialmente los fines de semana cuando la empleada, que también hacía de cocinera, se toma su descanso.

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Preparó todo con calma, sobre la tarima de la cocina encontró un pequeño transistor, buscó una emisora que pudiera escucharse sin demasiadas interferencias y trató de hacerse la ilusión de estar pasando un día de agradable descanso. Su mujer permanecía en la habitación, donde no se oía ruido alguno. Se dijo que el detalle de preguntarle si quería comer podría ayudar un poco. Llamó a la puerta cerrada con los nudillos y espero, no recibió contestación. Abrió la puerta, su mujer se había acostado y estaba leyendo con la luz de la lámpara de la mesita encendida. La pregunto con dulzura si quería cenar y al no recibir contestación volvió a cerrar suavemente.

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Cenó con apetito voraz, le gustó especialmente la morcilla que preparó en la parrilla. Cuando terminó puso los platos sobre el fregadero, apagó la radio y poniéndose un jersey de invierno en su habitación salió al porche donde encendió un cigarrillo. Era ya de noche, las primeras estrellas asomaban sus cabecitas de alfiler sobre el oscuro tejo del cielo. De vez en cuando una nube ocultaba el pequeño trozo de luna que asomaba a su derecha como un gajo blanco de alguna fruta exótica.

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Terminó el cigarrillo y fue a sentarse en el columpio de madera. Después de la sustanciosa cena se sentía más animado, la actitud de su mujer ya no le parecía tan trágica e irremediable. Encendió otro pitillo, pensando en lo bien que le vendría algo de licor. Volvió a la cocina y buscó por los estantes y armarios, encontró una botella de whisky, se sirvió un vaso colmado y volvió a salir al porche. Empezaba a hacer verdadero frío, la temperatura estaba bajando bruscamente. Bebió un largo trago notando cómo  el líquido le quemaba la garganta, después un agradable calorcillo le reanimó.

Pensó en sus dos mujercitas, tenían dos hijas de diez y seis años, a las que quería con verdadera pasión. Se habían quedado con los abuelos maternos, las imaginó en la cama pegadas a sus ositos de peluche idénticos; los irremediables celos les obligaban a comprar todo por duplicado. Una lágrima furtiva corrió por su cara, se la secó rabioso con la palma de la mano y bebió dos tragos largos de licor. No utilizaría a sus pequeñas como chantaje si el matrimonio seguía adelante tendría que ser por sí mismo. Apuró el vaso notándose mareado. El alcohol siempre le afectaba más de lo normal por eso no le gustaba beber habitualmente. El frío era ahora cortante, tendría que ir a por la cazadora de piel si quería quedarse más tiempo. Caminó hacia la casa dando algún traspiés. Ya en la cocina se sirvió el resto de la botella y decidió acostarse. Buscó otra manta en el armario y la puso encima del edredón, sería una noche gélida. Antes de introducirse en el lecho recordó que su amigo le había dicho que la casa tenía calefacción de gasóleo, regresó a la cocina y buscó los mandos, puso el termostato a veinte grados y regresó a la habitación.

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Buscó en la maleta una novela de Jim Thompson, 1280 almas, que había escogido de su colección de novela negra, pensando que su historia armonizaría con la oscuridad de su alma;  se desvistió, poniéndose el pijama de invierno que había traído ex profeso. Sumergido bajo el peso de mantas y edredones apuró un nuevo trago de whisky y se dispuso a paladear la novela de Thompson como si de un añejo licor se tratara. Al principio no fue capaz de centrarse en la lectura, se veía obligado a  releer páginas enteras antes de captar el sentido. Su mente se empeñaba en poner ante sí  tétricos cuadros, en los que aparecían su mujer, en la habitación de al lado, y sus niñas, en la de sus abuelos, superponiéndose en diferentes planos espacio-temporales, cada vez más trágicos y angustiosos. Por fin se sumergió en la lectura con intenso apasionamiento, incluso se sorprendió riéndose silenciosamente de las peripecias de aquel divertido canalla. Al cabo de un tiempo tuvo que despojarse de la manta y el edredón, la calefacción debía de estar funcionando porque el calorcillo en el aire de la habitación era una sensación muy agradable. Al fin se quedó dormido, con la botella de whisky vacía sobre la mesilla de noche, la lámpara encendida y el libro en la mano.

*                          *                        *

 

Esperó hasta que en la habitación de al lado se hizo el silencio, luego se levantó con cuidado y antes de dirigirse a la cocina se acercó a la puerta de la habitación de su marido.  Estaba entornada, la ligera luz de la lamparilla de mesa dejaba una pequeña luminosidad en el oscuro suelo del salón. Con precaución para que no rechinara la corrió unos centímetros, así pudo verle con los ojos cerrados y el libro sobre su regazo. Su rostro presentaba el dulce aspecto de los cuerpos cuyo espíritu se encuentra viajando. Un sentimiento maternal pugnó por salir a la superficie pero lo rechazó con disgusto, aquel ya no era un niño indefenso ni siquiera el hombre con el que había compartido el amor en el lecho y tantos buenos momentos que ahora se le aparecían tan lejanos, tan diluidos en la memoria como el azúcar en el café caliente del desayuno, aquel era un hombre que pronto dejaría su vida para siempre.

Ya en la cocina encendió la lámpara situada debajo de la campana extractora- el amigo de su marido no podía prescindir de las comodidades modernas, ni en una cabaña perdida en la montaña, lo más cercano al fin del mundo para ella- rebuscó aquí y allá, encontró un cartón de leche sin abrir en el frigorífico desconectado y una bolsa de galletas, ya rancias, abierta. Comió sin ganas, deseosa de calmar su estómago quejoso, después apagó la luz, se dirigió a su habitación ayudada por la luz de su lámpara de mesita y se metió en la cama. Intentó leer las revistas pero se sintió incapaz. Finalmente apagó la luz e intentó dormir.

Las imágenes de su marido durmiendo en la habitación de al lado y las de su cuerpo bien cuidado, en eslip en la habitación del hotel, se superponían y entremezclaban dolorosamente. El calor agradable de la habitación le ayudó a pasar el umbral del sueño.

UN VIAJE SIN RETORNO VIII


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VI

Al despertar se encuentra  atado a una camilla que rueda por un pasillo del que solo puede ver el techo. Le introducen en un ascensor que baja a los sótanos, allí, en un despacho acolchado le descubren el pecho, le colocan unos cables, varios brazos le sujetan con fuerza durante toda la operación; cierra los ojos intentando ahuyentar el dolor que caerá sobre él pero unas manos forcejean con sus mandíbulas apretadas con rabia hasta lograr introducir algo entre sus dientes con textura de goma. Una voz dice algo sobre voltios,  todo está listo y de repente una espantosa sacudida quiebra su cuerpo, rígido, que se rebela contra aquella fuerza demoniaca, se cree a punto de romperse en mil pedazos, luego nada…

Despierta en una habitación desconocida, ni siquiera sabe quién es el que se encuentra tumbado sobre la cama. Un vago recuerdo insistente le obliga a buscar su nombre en aquella cáscara hueca que es su cabeza. Solo puede encontrar dos o tres nombres comunes que a pesar de repetirlos una y otra vez no encajan en el molde invisible que los rechaza. No importaría la ausencia de nombres o de un pasado con el que contrastar sus vivencias actuales si una insoportable angustia que asciende desde el fondo de su ombligo y escarba en su cerebro no le obligase a buscar  las necesarias respuestas.

Cuando alguien se despierta repentinamente sin ese pasado que conforma nuestra identidad siente una sensación parecida a haber sido descerebrado, un cráneo vacío no es nada, por eso se ve obligado a encontrar respuestas o a inventarlas. La otra alternativa es la angustia infinita y la locura. Eso es lo que ese joven desconocido, que ayer era una identidad perfectamente definida, tiene que hacer para mantener a raya la locura que acecha al otro lado de una estrecha línea pintada con yeso en el suelo. No encuentra una respuesta lógica a aquel vacío en su recuerdo, nadie le ha explicado las consecuencias de un electroshock ni persona alguna se encuentra a su lado cerca de la cama esperando su despertar para tranquilizarle. Más tarde comprenderá que el abismo que separa a los seres humanos es insondable. Solo si fuéramos capaces de vivir y sentir la vida de los otros podríamos conseguirlo algún lejano día. Solo la inconsciencia nos hace malvados, él no ignorará nunca a otro ser humano, nunca, lo promete…

Buscando respuestas deduce que sólo una terrible razón puede haberle sumido en esa oscuridad. Por un momento imagina que su pasado está lleno de crímenes horrendos, tal vez le han quitado la memoria para que no siga matando; son muy amables por hacer eso en lugar de matarlo a él y acabar con la causa del mal, de todos los males. Esta idea no se mantiene mucho tiempo en su cabeza, palpando su cuerpo comprende que es demasiado joven para ser ya un asesino con tantos crímenes a sus espaldas. Es una idea ridícula. Pero inmediatamente surge otra. El desconcierto que sufre podría ser perfectamente explicable si acabara de morir y el trauma  hubiera borrado toda su vida pasada. Se pellizca el brazo, se toca el rostro, es evidente que está vivo a no ser que la muerte permita una sensibilidad para con la materia parecida a la que se tiene dentro de un cuerpo. Se levanta rápidamente y golpea la pared con el puño, éste no puede penetrarla. Tiene que descartar también esa idea y lo hace con una extraordinaria euforia. Saber que aún sigue vivo le consuela de la angustiosa situación por la que está pasando. Por un momento piensa en que la posibilidad de morir, conocer el más allá y regresar para contárselo a todo el mundo sería algo tan extraordinariamente milagroso que le convertiría en el ser más importante de la creación. La certeza de que con la muerte no se termina todo transformaría la vida de la humanidad. La historia le recordaría como a un dios. Pero si nadie ha regresado de la muerte, no ve razón convincente por la que él sí pudiera conseguirlo. Aquello no es sino una estúpida fantasía que no le llevará a  parte alguna.

Finalmente decide que lo más fácil es pensar en un accidente, un golpe en la cabeza con la consecuente pérdida de memoria. Se toca el cráneo pero no tiene ningún vendaje, solo una cicatriz debajo del cuero cabelludo. Se dice que tal vez ha pasado mucho tiempo, tanto que la herida ha cicatrizado. Desea gritar llamar a alguien para que le de explicaciones, pero le contiene no saber dónde se encuentra; si está en un hospital puede organizar un buen alboroto para nada. Esperará la llegada de alguna enfermera.

Pero quien llega es un hombre gigantesco vestido de azul. No reconoce al celador, es  la primera vez que lo ve. La angustia que siente es tanta que no duda en preguntarle cómo se llama, dónde se encuentra y si ha tenido algún accidente que le ha privado de la memoria. El hombre se ríe amablemente, pone su manaza en su hombro y se lo explica todo. Siente un alivio infinito. La memoria volverá y con ella el pasado. Solo tiene que esperar pacientemente.

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Durante días recibe el amable tratamiento de choque. No sabe si los efectos se hacen más suaves con el tiempo o es su cerebro el que se fortalece, lo importante es que cada vez necesita menos tiempo para recordar. Por una parte se siente exultante ante el hecho de que ya no siente fobia alguna ante los cristales, no los contempla como un muro que es preciso reventar para alcanzar la libertad. En el interior de su cabeza se está abriendo una brecha que incluso puede notar físicamente debido a los fuertes chasquidos que se producen en el cráneo de vez en cuando, como si se tratara de una puerta hacia otra forma de vida. Por otra parte echa de menos el ser capaz de descargar la cólera represada en su interior. Caminando por los pasillos intenta encontrar otra forma de desahogarse que no tenga las nefastas consecuencias de acabar rompiendo cristales. Dejando resbalar  sus pies por el suelo ha encontrado alguna protuberancia o desnivel del suelo y cae hacia delante a plomo. En un acto reflejo alarga los brazos como le obligaban a hacer en el instituto en clase de gimnasia y para el golpe doblando el codo. Suena como si hubiera pateado el suelo y pronto tiene a su lado a un celador preguntándole qué ha hecho. No acepta su respuesta, es amenazado con las correas. La falta  de confianza que demuestra el celador le lleva a adoptar esta estrambótica forma de protesta por cualquier frustración. Se deja caer bruscamente hacia delante en cualquier lugar o momento, de forma inesperada se inclina hacia adelante como un árbol sin raíces, en el último momento impulsa sus brazos  y en lugar de doblar el codo lo mantiene rígido con lo que el golpe se hace  terrible. El celador primero, luego la monja y finalmente el doctor le recriminan un comportamiento que podría acabar en la rotura de un brazo o en algo peor, pero ni las amenazas de atarle ni los razonamientos logran terminar con este comportamiento. Al contrario cuanto más se le recrimina más lo repite, incluso llega a buscar otras formas de protesta, tales como dejar caer la jarra de cristal o los vasos en el comedor. Luego de repetir estas actuaciones varias veces se ven obligados a cambiar las jarras, los vasos e incluso los tazones del desayuno por otros recipientes de plástico.

La terapia de choque finaliza, el doctor considera que seguir con la terapia podría resultar peligroso por lo que la cambia a una sicoterapia de grupo. Le obliga a acudir todas las mañanas a su despacho donde junto con otros seis pacientes con enfermedades que les permiten cierta lucidez – tales como alcoholismo, depresión, toxicomanías- pasan una hora escuchando tétricas historias. Oye las conversaciones de los otros pero no consiguen sacarle una sola palabra, deja que su mirada se pierda en las paredes y cuando las recriminaciones suben de tono se levanta de la silla y se deja caer a plomo ante las miradas compasivas de todos que deciden no recriminarle nada para evitar ese espectáculo tan deprimente.

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El tiempo transcurre con la lentitud e inexorabilidad de una gota de agua cayendo de un grifo mal cerrado. Apenas recuerda la llegada a aquel lugar, podría hacer un mes o menos o tal vez mucho más. Los días no tiene aliciente alguno y su mente se pierde en extraños mundos donde nadie llegó nunca o al menos él lo cree así. Su cerebro está tan aturdido por la medicación que es incapaz de seguir dos pensamientos seguidos con algún sentido. Es consciente de que el tiempo no es nada si no va rellenando su oscuro pellejo de hechos, de acontecimientos, de sensaciones o emociones. El tiempo vacío  es la eternidad, la nada, un diosecillo de tres al cuarto. Se pregunta si Dios, en caso de existir, podría verse libre de la condena del tiempo o en otro caso permanecería para siempre perdido en un pensamiento sin sentido. Semejante posibilidad le abruma y encoleriza tanto que sus caídas se van haciendo más aparatosas cada día, el celador se ve obligado a atarle de nuevo a la cama.

Cuando el gigantón comienza su turno le hace una visita para saber cómo se encuentra. Lamenta que haya vuelto a recaer después de unos días de prometedora normalidad. Le habla del transistor que han  dejado sus padres al marcharse y que él ha guardado en el cajón de su mesita. Le pregunta si se lo han dicho, ante su respuesta negativa lo busca, lo saca de su cajita de cartón y  lo pone en marcha dejándolo en una emisora al azar. Lo deja sobre la almohada, al alcance de su mano. Las voces de los locutores acarician dulcemente sus oídos. Como un soplo de aire fresco en aquella oscura cueva reaviva sus pulmones haciéndole creer de nuevo en la libertad.

El resto del día  transcurre  plácido oyendo música, entrevistas, informativos. El mundo de la normalidad entra de nuevo en su vida. Antes de dormirse lo apaga y entonces, en medio del silencio, no puede evitar preguntarse cuál  será la pieza que falta en su mecanismo, la razón por la que su mente no sigue el mismo carril que los otros cogen con tanta facilidad. Reflexiona que en el fondo la normalidad no es sino una hipocresía, la tela con la que todo el mundo se tapa los ojos para no ver la verdadera realidad. De una forma u otra todos estamos locos, la normalidad se limita a la vida pública, en privado todos hacemos y pensamos las mismas estupideces más propias de locos que de personas normales y hablamos en voz alta como hacen los locos por la calle. La locura no es otra cosa que hacer en público las cosas que todo el mundo piensa se deben hacer en privado. Esta frase le sorprende, como impropia de su inteligencia. Durante unos segundos reflexiona sobre la posibilidad de que los electroshocks hayan agudizado su inteligencia, luego su cabeza cae sobre la almohada y se duerme profundamente

DICCIONARIO DE DESCRIPCIÓN FÍSICA PERSONAJES II


DICCIONARIO PARA ESCRITORES SOBRE DESCRIPCIÓN FÍSICA DE PERSONAJES II

FORNIDO

fornido, da.
Del part. de fornir.

1. adj. Robusto y de mucho hueso.

2. adj. Dicho de una cosa: Recia, fuerte.

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ES SINÓNIMOS PARA FORNIDO

1 Significado: robusto [a] fuerte {m}, forzudo, membrudo, poderoso, corpulento {m}, fornido
2 Significado: musculoso [a] robusto, recio, nervudo, acérrimo, fortachón, fornido, pujante, forzudo
3 Significado: mozallón [a] mozancón, gigantesco, alto {m}, grande, fornido, crecido, grandullón
4 Significado: fuerte [a] robusto, fornido, saludable, sano, terne
5 Significado: mozancón [n] grandullón, alto {m}, grande, fornido, gigantesco, chicarrón, mozallón
6 Significado: corpulento [a] musculoso, fornido, poderoso, membrudo, nervudo, hercúleo, robusto
7 Significado: hércules [n] fornido, musculoso, titánico, forzudo, gigantesco, sansón.

ENJUTO

enjuto, ta.
Del lat. exsuctus, part. de exsugĕre ‘chupar’.

1. adj. Delgado, seco o de pocas carnes.

2. adj. Seco o carente de humedad. Tierras enjutas.

3. adj. desus. Parco y escaso, tanto en obras como en palabras.

4. m. pl. Entre pastores y labradores especialmente, tascos y palos secos, pequeños y delgados como sarmientos, que sirven de yesca para encender lumbre.

5. m. pl. Bollitos u otros bocados ligeros que excitan la gana de beber.

6. f. Arq. Triángulo o espacio que deja en un cuadrado el círculo inscrito en él.

7. f. Arq. albanega (‖ espacio triangular).

8. f. Arq. pechina (‖ triángulo curvilíneo).

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enjuto

delgado, flaco, enteco, magro, seco, demacrado, consumido, chupado
Antónimos: gordo, grueso, rollizo

‘enjuto’ aparece también en las siguientes entradas:
abultado – apergaminado – carnal – cenceño – chupado – consumido – huesudo – corpulento – delgado – descarnado – encanijado – enflaquecido – escuálido – esquelético – flaco – fofo – orondo – seco

AJADO/MARCHITO

marchito, ta.
Del mozár. *marčiṭ[o], y este del lat. vulg. *marcītus, der. del lat. marcēre ‘marchitarse’.

1. adj. Ajado, falto de vigor y lozanía.

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ajar

marchitar, mustiar, amustiar, deslucir, deteriorar, estropear, chafar, maltratar, envejecer, avejentar, gastar, sobar, manosear, resecar, arrugar, desflorar, desgraciar, hollar
Antónimos: remozar, rejuvenecer, arreglar

‘ajado’ aparece también en las siguientes entradas:
apergaminado – arrugado – atrabajado – atrasado – avejentado – cascado – viejo – decolorado – decrépito – desgastado – deslucido – envejecido – fané – fresco – gastado – macilento – manoseado – marchito – mustio – pasado – pelado – raído – reseco – seco – sobado – tronado – usado – visto

CETRINO

cetrino, na.
Del lat. mediev. citrinus ‘del color del limón’, y este der. del lat. citrus ‘cidro’.

1. adj. Dicho de un color: Amarillo verdoso. U. t. c. s. m.

2. adj. De color cetrino.

3. adj. Compuesto con cidra o que participa de sus cualidades.

4. adj. Melancólico y adusto.

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cetrino

amarillento, verdoso
melancólico, taciturno, adusto, malhumorado, serio, triste, huraño
Antónimos: alegre, contento

‘cetrino’ aparece también en las siguientes entradas:
aceitunado – atezado – verde

ARREBOLADO/A TEZ

arrebol1.
De arrebolar.

1. m. poét. Color rojo, especialmente el de las nubes iluminadas por los rayos del sol o el del rostro.

2. m. colorete (‖ cosmético).

3. m. pl. arrebolada.

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http://www.wordreference.com/sinonimos/arrebolado

arrebolado

sonrojado, avergonzado, azorado, encendido, arrebatado
Antónimos: desvergonzado

‘arrebolado’ aparece también en las siguientes entradas:
arrebatado – encendido

DICCIONARIO DE VESTUARIO Y DECORACIÓN III


DICCIONARIO DE VESTUARIO Y DECORACIÓN PARA NOVELISTAS/ CONTINUACIÓN

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SUETER (GUARNICIÓN DE SILLA DE ALFONSO GROSSO)

DEFINICIÓN:

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Del ingl. jersey.

1. m. Prenda de vestir de puntocerrada y con mangasque cubre desde el cuello hasta la cintura aproximadamente.

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No se descarta que la R.A.G.E. pueda darle otra acepción al término en su diccionario humorístico.

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Un suéter (del inglés sweater, ‘para sudar’) es una prenda de vestir de punto, frecuentemente de lanaalgodón o telas sintéticas, la cual cubre el tronco y extremidades superiores. Por su grueso tejido es usado normalmente como prenda de abrigo. Una prenda similar es la sudadera o buzo, deportiva y de malla fina.

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BOTINES (IDEM ALFONSO GROSSO)

Botín1.

De bota2.

1. m. Calzado de cueropaño o lienzoque cubre la parte superior del pie y parte de la piernaa la cual se ajusta conbotoneshebillas o correas.

2. m. Calzado antiguo de cueroque cubría todo el pie y parte de la pierna.

3. m. Arg., Bol., Chile, Ec., Hond., Méx., Nic., Pan., Par. y R. Dom. Calzado de material resistente quepor lo generalnocubre el tobillo y se usa para la práctica de ciertos deportesBotín de fútbol.

zapato botín

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Un botín es un tipo de calzado que tiene la forma de una bota con la caña baja que no llega a cubrir la pierna , sino tan solo el pie y el tobillo.

BOTINES

BISELES DE LOS RELOJES (IDEM ALFONSO GROSSO)

bisel.

Del fr. dialect. bisel, fr. biseau.

1. m. Corte oblicuo en el borde o en la extremidad de una lámina o planchacomo en el filo de una herramientaen el contornode un cristal labradoetc.

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Un bisel es un borde que está cortado oblicuamente (al bies), no en ángulo recto.

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ESTAMEÑA (IDEM ALFONSO GROSSO)

estameña.

Del lat. staminea ‘de estambre’.

1. f. Tejido de lanasencillo y ordinarioque tiene la urdimbre y la trama de estambre.

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La estameña, tradicionalmente, era una especie de tejido, de lana, sencillo y ordinario (del latín staminea, de estambre, por ser de estambre, la urdimbre y trama de esta tela). También se conoce como «lana de estambre».1

En la actualidad, la estameña o etamina (del francés, étamine) es un tejido poco tupido de hilos gruesos, con aspecto rústico, como si estuviera trabajado de forma artesanal.2​ Sin embargo, presenta un tacto rígido propio de las telas con «cuerpo» debido a la alta torsión de las fibras que lo componen.1

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