EL SILENCIO VI


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Hizo la cama rabiosamente, de cualquier manera, deshizo su maleta, sacando un pijama y los útiles de aseo .Se acercó a la cocina y colocó la comida en los estantes, si ella quería irse él se quedaría, que se llevara el coche, cuando necesitara marcharse llamaría a un taxi o se arreglaría de cualquier otra manera. Si todo había terminado no tenía gran interés en nada, ni siquiera en conservar su trabajo, se quedaría allí y pensaría en ello, si permanecía solo iba a tener mucho tiempo.

Oyó a su mujer moverse en su habitación, seguramente no saldría ni para cenar; nunca parecía disfrutar de mucho apetito y los disgustos lo hacían desaparecer por completo – luego se resarcía premiándose con un buen surtido de productos de repostería-;así que no esperaba nada de esa noche, mañana se vería, si había algo que ver.

Cuando terminó salió al porche. El ocaso iba cayendo sobre las cumbres de las montañas, no quedaba mucho para la noche; el sol ,como recién fregado, lanzaba sus últimos rayos antes de acostarse. Parte del cielo era de un hermoso azul brillante pero a su derecha, en dirección al centro de la cordillera se veían algunas nubes que no presagiaban nada bueno.

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Era una hermosa puesta de sol aunque por el norte podían verse  algunos retazos de nubes, de un color más bien negruzco. Permaneció de pie contemplando la montaña: los altos picachos graníticos, el estrecho valle allá abajo con praderas verdes donde pacían algunas vacas; el cielo como recién lavado y sintiendo en la cara la cortante brisa que anunciaba una noche fría. Dio una vuelta alrededor de la casa observándolo todo con interés y entusiasmo, a pesar de ser hombre de metrópoli, nacido y criado allí, y de donde apenas había salido, fuera de las vacaciones en la playa o alguna navidad a esquiar en la montaña, su entusiasmo por la montaña a veces resultaba gracioso, dado su escaso conocimiento del entorno.

Allá a lo lejos, al fondo del valle se podía ver un pequeño pueblo con casas de piedra y tejados rojizos, durante unos minutos lo observó atentamente deteniéndose especialmente en el detalle de que aparentemente parecía incomunicado, no se veía carretera o camino que llegara hasta él. Por fin pudo ver un trozo de asfalto donde reflejaba el sol, a la salida del pueblo, dirigiéndose hacia unas laderas que parecían juntarse allí. Seguramente se trataba de una falsa impresión puesto que si pasaba la carretera tenía que existir una garganta o algo parecido. Al otro lado del pueblo pudo observar varios caminos que salían del pueblo en diferentes direcciones. Uno bordeaba las laderas de varias montañas hacia donde él se encontraba, aunque en un primer momento no pudo ver ningún camino por allí cerca, luego observó detrás de la casa uno de cabras que se encontraba con otro de tierra que parecía venir de aquella dirección.

El frío se estaba haciendo más intenso, notaba una fuerte sensación de hambre en el estómago, pensó en algo para comer y los jugos gástricos empezaron a trabajar con entusiasmo. Entró en la casa y se dirigió a la pequeña cocina separada por un tabique de madera y cristal del salón. Revolvió entre las bolsas con comida que había dejado allí al entrar y sacó unas costillas de cerdo, un par de chorizos y una morcilla. Pensó en algo caliente para entonarse y se decidió por una sopa de fideos de sobre. Busco recipientes por los armarios y encontró lo que necesitaba, un pequeño cazo para la sopa y una parrilla para asar las costillas y el chorizo. Intentaría hacer la morcilla aunque la comía pocas veces y no sabía cómo prepararla. Le gustaba cocinar de vez en cuando, hacer algunos platos que le gustaban, especialmente los fines de semana cuando la empleada, que también hacía de cocinera, se toma su descanso.

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Preparó todo con calma, sobre la tarima de la cocina encontró un pequeño transistor, buscó una emisora que pudiera escucharse sin demasiadas interferencias y trató de hacerse la ilusión de estar pasando un día de agradable descanso. Su mujer permanecía en la habitación, donde no se oía ruido alguno. Se dijo que el detalle de preguntarle si quería comer podría ayudar un poco. Llamó a la puerta cerrada con los nudillos y espero, no recibió contestación. Abrió la puerta, su mujer se había acostado y estaba leyendo con la luz de la lámpara de la mesita encendida. La pregunto con dulzura si quería cenar y al no recibir contestación volvió a cerrar suavemente.

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Cenó con apetito voraz, le gustó especialmente la morcilla que preparó en la parrilla. Cuando terminó puso los platos sobre el fregadero, apagó la radio y poniéndose un jersey de invierno en su habitación salió al porche donde encendió un cigarrillo. Era ya de noche, las primeras estrellas asomaban sus cabecitas de alfiler sobre el oscuro tejo del cielo. De vez en cuando una nube ocultaba el pequeño trozo de luna que asomaba a su derecha como un gajo blanco de alguna fruta exótica.

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Terminó el cigarrillo y fue a sentarse en el columpio de madera. Después de la sustanciosa cena se sentía más animado, la actitud de su mujer ya no le parecía tan trágica e irremediable. Encendió otro pitillo, pensando en lo bien que le vendría algo de licor. Volvió a la cocina y buscó por los estantes y armarios, encontró una botella de whisky, se sirvió un vaso colmado y volvió a salir al porche. Empezaba a hacer verdadero frío, la temperatura estaba bajando bruscamente. Bebió un largo trago notando cómo  el líquido le quemaba la garganta, después un agradable calorcillo le reanimó.

Pensó en sus dos mujercitas, tenían dos hijas de diez y seis años, a las que quería con verdadera pasión. Se habían quedado con los abuelos maternos, las imaginó en la cama pegadas a sus ositos de peluche idénticos; los irremediables celos les obligaban a comprar todo por duplicado. Una lágrima furtiva corrió por su cara, se la secó rabioso con la palma de la mano y bebió dos tragos largos de licor. No utilizaría a sus pequeñas como chantaje si el matrimonio seguía adelante tendría que ser por sí mismo. Apuró el vaso notándose mareado. El alcohol siempre le afectaba más de lo normal por eso no le gustaba beber habitualmente. El frío era ahora cortante, tendría que ir a por la cazadora de piel si quería quedarse más tiempo. Caminó hacia la casa dando algún traspiés. Ya en la cocina se sirvió el resto de la botella y decidió acostarse. Buscó otra manta en el armario y la puso encima del edredón, sería una noche gélida. Antes de introducirse en el lecho recordó que su amigo le había dicho que la casa tenía calefacción de gasóleo, regresó a la cocina y buscó los mandos, puso el termostato a veinte grados y regresó a la habitación.

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Buscó en la maleta una novela de Jim Thompson, 1280 almas, que había escogido de su colección de novela negra, pensando que su historia armonizaría con la oscuridad de su alma;  se desvistió, poniéndose el pijama de invierno que había traído ex profeso. Sumergido bajo el peso de mantas y edredones apuró un nuevo trago de whisky y se dispuso a paladear la novela de Thompson como si de un añejo licor se tratara. Al principio no fue capaz de centrarse en la lectura, se veía obligado a  releer páginas enteras antes de captar el sentido. Su mente se empeñaba en poner ante sí  tétricos cuadros, en los que aparecían su mujer, en la habitación de al lado, y sus niñas, en la de sus abuelos, superponiéndose en diferentes planos espacio-temporales, cada vez más trágicos y angustiosos. Por fin se sumergió en la lectura con intenso apasionamiento, incluso se sorprendió riéndose silenciosamente de las peripecias de aquel divertido canalla. Al cabo de un tiempo tuvo que despojarse de la manta y el edredón, la calefacción debía de estar funcionando porque el calorcillo en el aire de la habitación era una sensación muy agradable. Al fin se quedó dormido, con la botella de whisky vacía sobre la mesilla de noche, la lámpara encendida y el libro en la mano.

*                          *                        *

 

Esperó hasta que en la habitación de al lado se hizo el silencio, luego se levantó con cuidado y antes de dirigirse a la cocina se acercó a la puerta de la habitación de su marido.  Estaba entornada, la ligera luz de la lamparilla de mesa dejaba una pequeña luminosidad en el oscuro suelo del salón. Con precaución para que no rechinara la corrió unos centímetros, así pudo verle con los ojos cerrados y el libro sobre su regazo. Su rostro presentaba el dulce aspecto de los cuerpos cuyo espíritu se encuentra viajando. Un sentimiento maternal pugnó por salir a la superficie pero lo rechazó con disgusto, aquel ya no era un niño indefenso ni siquiera el hombre con el que había compartido el amor en el lecho y tantos buenos momentos que ahora se le aparecían tan lejanos, tan diluidos en la memoria como el azúcar en el café caliente del desayuno, aquel era un hombre que pronto dejaría su vida para siempre.

Ya en la cocina encendió la lámpara situada debajo de la campana extractora- el amigo de su marido no podía prescindir de las comodidades modernas, ni en una cabaña perdida en la montaña, lo más cercano al fin del mundo para ella- rebuscó aquí y allá, encontró un cartón de leche sin abrir en el frigorífico desconectado y una bolsa de galletas, ya rancias, abierta. Comió sin ganas, deseosa de calmar su estómago quejoso, después apagó la luz, se dirigió a su habitación ayudada por la luz de su lámpara de mesita y se metió en la cama. Intentó leer las revistas pero se sintió incapaz. Finalmente apagó la luz e intentó dormir.

Las imágenes de su marido durmiendo en la habitación de al lado y las de su cuerpo bien cuidado, en eslip en la habitación del hotel, se superponían y entremezclaban dolorosamente. El calor agradable de la habitación le ayudó a pasar el umbral del sueño.

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