UN VIAJE SIN RETORNO VIII


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VI

Al despertar se encuentra  atado a una camilla que rueda por un pasillo del que solo puede ver el techo. Le introducen en un ascensor que baja a los sótanos, allí, en un despacho acolchado le descubren el pecho, le colocan unos cables, varios brazos le sujetan con fuerza durante toda la operación; cierra los ojos intentando ahuyentar el dolor que caerá sobre él pero unas manos forcejean con sus mandíbulas apretadas con rabia hasta lograr introducir algo entre sus dientes con textura de goma. Una voz dice algo sobre voltios,  todo está listo y de repente una espantosa sacudida quiebra su cuerpo, rígido, que se rebela contra aquella fuerza demoniaca, se cree a punto de romperse en mil pedazos, luego nada…

Despierta en una habitación desconocida, ni siquiera sabe quién es el que se encuentra tumbado sobre la cama. Un vago recuerdo insistente le obliga a buscar su nombre en aquella cáscara hueca que es su cabeza. Solo puede encontrar dos o tres nombres comunes que a pesar de repetirlos una y otra vez no encajan en el molde invisible que los rechaza. No importaría la ausencia de nombres o de un pasado con el que contrastar sus vivencias actuales si una insoportable angustia que asciende desde el fondo de su ombligo y escarba en su cerebro no le obligase a buscar  las necesarias respuestas.

Cuando alguien se despierta repentinamente sin ese pasado que conforma nuestra identidad siente una sensación parecida a haber sido descerebrado, un cráneo vacío no es nada, por eso se ve obligado a encontrar respuestas o a inventarlas. La otra alternativa es la angustia infinita y la locura. Eso es lo que ese joven desconocido, que ayer era una identidad perfectamente definida, tiene que hacer para mantener a raya la locura que acecha al otro lado de una estrecha línea pintada con yeso en el suelo. No encuentra una respuesta lógica a aquel vacío en su recuerdo, nadie le ha explicado las consecuencias de un electroshock ni persona alguna se encuentra a su lado cerca de la cama esperando su despertar para tranquilizarle. Más tarde comprenderá que el abismo que separa a los seres humanos es insondable. Solo si fuéramos capaces de vivir y sentir la vida de los otros podríamos conseguirlo algún lejano día. Solo la inconsciencia nos hace malvados, él no ignorará nunca a otro ser humano, nunca, lo promete…

Buscando respuestas deduce que sólo una terrible razón puede haberle sumido en esa oscuridad. Por un momento imagina que su pasado está lleno de crímenes horrendos, tal vez le han quitado la memoria para que no siga matando; son muy amables por hacer eso en lugar de matarlo a él y acabar con la causa del mal, de todos los males. Esta idea no se mantiene mucho tiempo en su cabeza, palpando su cuerpo comprende que es demasiado joven para ser ya un asesino con tantos crímenes a sus espaldas. Es una idea ridícula. Pero inmediatamente surge otra. El desconcierto que sufre podría ser perfectamente explicable si acabara de morir y el trauma  hubiera borrado toda su vida pasada. Se pellizca el brazo, se toca el rostro, es evidente que está vivo a no ser que la muerte permita una sensibilidad para con la materia parecida a la que se tiene dentro de un cuerpo. Se levanta rápidamente y golpea la pared con el puño, éste no puede penetrarla. Tiene que descartar también esa idea y lo hace con una extraordinaria euforia. Saber que aún sigue vivo le consuela de la angustiosa situación por la que está pasando. Por un momento piensa en que la posibilidad de morir, conocer el más allá y regresar para contárselo a todo el mundo sería algo tan extraordinariamente milagroso que le convertiría en el ser más importante de la creación. La certeza de que con la muerte no se termina todo transformaría la vida de la humanidad. La historia le recordaría como a un dios. Pero si nadie ha regresado de la muerte, no ve razón convincente por la que él sí pudiera conseguirlo. Aquello no es sino una estúpida fantasía que no le llevará a  parte alguna.

Finalmente decide que lo más fácil es pensar en un accidente, un golpe en la cabeza con la consecuente pérdida de memoria. Se toca el cráneo pero no tiene ningún vendaje, solo una cicatriz debajo del cuero cabelludo. Se dice que tal vez ha pasado mucho tiempo, tanto que la herida ha cicatrizado. Desea gritar llamar a alguien para que le de explicaciones, pero le contiene no saber dónde se encuentra; si está en un hospital puede organizar un buen alboroto para nada. Esperará la llegada de alguna enfermera.

Pero quien llega es un hombre gigantesco vestido de azul. No reconoce al celador, es  la primera vez que lo ve. La angustia que siente es tanta que no duda en preguntarle cómo se llama, dónde se encuentra y si ha tenido algún accidente que le ha privado de la memoria. El hombre se ríe amablemente, pone su manaza en su hombro y se lo explica todo. Siente un alivio infinito. La memoria volverá y con ella el pasado. Solo tiene que esperar pacientemente.

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Durante días recibe el amable tratamiento de choque. No sabe si los efectos se hacen más suaves con el tiempo o es su cerebro el que se fortalece, lo importante es que cada vez necesita menos tiempo para recordar. Por una parte se siente exultante ante el hecho de que ya no siente fobia alguna ante los cristales, no los contempla como un muro que es preciso reventar para alcanzar la libertad. En el interior de su cabeza se está abriendo una brecha que incluso puede notar físicamente debido a los fuertes chasquidos que se producen en el cráneo de vez en cuando, como si se tratara de una puerta hacia otra forma de vida. Por otra parte echa de menos el ser capaz de descargar la cólera represada en su interior. Caminando por los pasillos intenta encontrar otra forma de desahogarse que no tenga las nefastas consecuencias de acabar rompiendo cristales. Dejando resbalar  sus pies por el suelo ha encontrado alguna protuberancia o desnivel del suelo y cae hacia delante a plomo. En un acto reflejo alarga los brazos como le obligaban a hacer en el instituto en clase de gimnasia y para el golpe doblando el codo. Suena como si hubiera pateado el suelo y pronto tiene a su lado a un celador preguntándole qué ha hecho. No acepta su respuesta, es amenazado con las correas. La falta  de confianza que demuestra el celador le lleva a adoptar esta estrambótica forma de protesta por cualquier frustración. Se deja caer bruscamente hacia delante en cualquier lugar o momento, de forma inesperada se inclina hacia adelante como un árbol sin raíces, en el último momento impulsa sus brazos  y en lugar de doblar el codo lo mantiene rígido con lo que el golpe se hace  terrible. El celador primero, luego la monja y finalmente el doctor le recriminan un comportamiento que podría acabar en la rotura de un brazo o en algo peor, pero ni las amenazas de atarle ni los razonamientos logran terminar con este comportamiento. Al contrario cuanto más se le recrimina más lo repite, incluso llega a buscar otras formas de protesta, tales como dejar caer la jarra de cristal o los vasos en el comedor. Luego de repetir estas actuaciones varias veces se ven obligados a cambiar las jarras, los vasos e incluso los tazones del desayuno por otros recipientes de plástico.

La terapia de choque finaliza, el doctor considera que seguir con la terapia podría resultar peligroso por lo que la cambia a una sicoterapia de grupo. Le obliga a acudir todas las mañanas a su despacho donde junto con otros seis pacientes con enfermedades que les permiten cierta lucidez – tales como alcoholismo, depresión, toxicomanías- pasan una hora escuchando tétricas historias. Oye las conversaciones de los otros pero no consiguen sacarle una sola palabra, deja que su mirada se pierda en las paredes y cuando las recriminaciones suben de tono se levanta de la silla y se deja caer a plomo ante las miradas compasivas de todos que deciden no recriminarle nada para evitar ese espectáculo tan deprimente.

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El tiempo transcurre con la lentitud e inexorabilidad de una gota de agua cayendo de un grifo mal cerrado. Apenas recuerda la llegada a aquel lugar, podría hacer un mes o menos o tal vez mucho más. Los días no tiene aliciente alguno y su mente se pierde en extraños mundos donde nadie llegó nunca o al menos él lo cree así. Su cerebro está tan aturdido por la medicación que es incapaz de seguir dos pensamientos seguidos con algún sentido. Es consciente de que el tiempo no es nada si no va rellenando su oscuro pellejo de hechos, de acontecimientos, de sensaciones o emociones. El tiempo vacío  es la eternidad, la nada, un diosecillo de tres al cuarto. Se pregunta si Dios, en caso de existir, podría verse libre de la condena del tiempo o en otro caso permanecería para siempre perdido en un pensamiento sin sentido. Semejante posibilidad le abruma y encoleriza tanto que sus caídas se van haciendo más aparatosas cada día, el celador se ve obligado a atarle de nuevo a la cama.

Cuando el gigantón comienza su turno le hace una visita para saber cómo se encuentra. Lamenta que haya vuelto a recaer después de unos días de prometedora normalidad. Le habla del transistor que han  dejado sus padres al marcharse y que él ha guardado en el cajón de su mesita. Le pregunta si se lo han dicho, ante su respuesta negativa lo busca, lo saca de su cajita de cartón y  lo pone en marcha dejándolo en una emisora al azar. Lo deja sobre la almohada, al alcance de su mano. Las voces de los locutores acarician dulcemente sus oídos. Como un soplo de aire fresco en aquella oscura cueva reaviva sus pulmones haciéndole creer de nuevo en la libertad.

El resto del día  transcurre  plácido oyendo música, entrevistas, informativos. El mundo de la normalidad entra de nuevo en su vida. Antes de dormirse lo apaga y entonces, en medio del silencio, no puede evitar preguntarse cuál  será la pieza que falta en su mecanismo, la razón por la que su mente no sigue el mismo carril que los otros cogen con tanta facilidad. Reflexiona que en el fondo la normalidad no es sino una hipocresía, la tela con la que todo el mundo se tapa los ojos para no ver la verdadera realidad. De una forma u otra todos estamos locos, la normalidad se limita a la vida pública, en privado todos hacemos y pensamos las mismas estupideces más propias de locos que de personas normales y hablamos en voz alta como hacen los locos por la calle. La locura no es otra cosa que hacer en público las cosas que todo el mundo piensa se deben hacer en privado. Esta frase le sorprende, como impropia de su inteligencia. Durante unos segundos reflexiona sobre la posibilidad de que los electroshocks hayan agudizado su inteligencia, luego su cabeza cae sobre la almohada y se duerme profundamente

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