LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VIII


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Y allí estaba ahora, contemplando con arrobo las canchas de baloncesto y los campos de balonmano, mientras el cura decía que eran lo mejor de España. Nunca había jugado al baloncesto, en el pueblo no había canastas, pero lo había visto en la „tele“ de Luisito y me gustaba mucho, lo mismo que el balonmano. Estaba deseando que el cura dejara de hablar y nos llevara a galope por el resto del colegio para que cuando nos dejara en paz pudiera salir con un balón de baloncesto e intentar encestar unas canastas. ¿Dónde estarían los balones? No me atreví a preguntarlo. No abría la boca por si algo de lo que dijera pudiera enfadar al cura o a mi padre y aquella maravillosa aventura terminaba antes de empezar.

El cura nos invitó a seguirle para ver de cerca los campos de futbol y la piscina. Por fin había llegado el momento de ver de cerca lo que me llevó en la escuela a levantar el brazo como si de ello dependiera mi vida. No me decepcionaron. Eran seis, tres a un lado y tres al otro, separados por un paseo de tierra con numerosos arbolitos casi recién plantados. Cada campo tenía porterías de metal y en los tres campos de la derecha había dos porterías enormes de madera, con redes. Tardé en comprender su sentido. Los campos pequeños era para que jugaran en ellos los seis cursos de bachillerato, uno por cada curso. El campo grande, de las porterías de madera y las redes era para que jugara el equipo de futbol del colegio. La unión de los tres campos lo hacía enorme. Era de reglamento, tenía las medidas necesarias para que pudiera jugar el equipo del „cole“ que estaba en juveniles. Todo esto nos lo fue explicando el cura con toda clase de gestos y sonrisas.

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Al fondo de los patios aparecía un gran rectángulo con setos muy altos. El cura nos dijo que era la piscina. Yo sentía una gran curiosidad por ver cómo era una piscina. Me pareció enorme. Estaba llena de agua porque aún no había terminado el verano. Me daba miedo porque no sabía nadar. En el pueblo no había piscina y el río apenas cubría las rodillas, salvo en invierno que saltaba el puente cercano a la escuela.

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El cura debió de ver algo en la expresión de mi cara porque enseguida me preguntó si sabía nadar. Negué con la cabeza. No te preocupes tendrás tiempo de aprender. Y nos llevó hacia la izquierda para indicarnos que en aquella parte apenas cubría un metro. Allí podían aprender a nadar los que no supieran sin miedo a que pudieran ahogarse. En cambio en la otra parte cubría más de dos metros. Me gustó el trampolín aunque no podría utilizarlo en mucho tiempo. Tras la piscina pude ver unas extrañas paredes sin ningún sentido. Como me quedara mirándolas fíjamente el cura nos explicó que aquello era un frontón. Los vascos gustaban mucho de jugar a la pelota en el frontón. Se podía hacer con la mano, con una raqueta de madera o cesta punta, al parecer una especie de canalón curvado donde entraba la pelota y luego con el movimiento del brazo salía despedida. En la orden había muchos frailes vascos que gustaban de jugar. Lo más fácil era empezar por la pelota a mano, aunque al principio doliera mucho después salían callos y ni se notaban los golpes a la pelota.

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Todos estábamos con la boca abierta oyendo tantas novedades. El cura nos invitó a regresar al edificio, porque aún quedaba mucho por ver y pronto bajarían los estudiantes a desayunar, ahora mismo se estarían levantando. Regresamos atravesando los campos de fútbol. No dejaba ni un momento de imaginarme lo fantástico que sería jugar allí. Nos hizo entrar por la misma puerta por la que habíamos salido al patio, subir unas escaleras y caminar por aquel larguísimo pasillo en el que se perdía la mirada. Al llegar al final torcimos a la derecha y el cura nos explicó que ahora íbamos a ver la joya del colegio, una iglesia tan grande y moderna que no había otra igual en España.

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La puerta era grande, de madera, con dos jambas. El cura sacó un llavero de l bolsillo de su pantalón, bajo el hábito, y abrió la puerta. Nos invitó a pasar con una sonrisa. Entramos y un asombrado „¡oooh! Salió de nuestras gargantas al mismo tiempo. Era una iglesia enorme, y muy moderna. Se podría decir que habían utilizado uno de los pabellones de tres plantas y con dos clases en cada una, para vaciarlo y construir la iglesia. Solo que el pabellón parecía más grande, más ancho, y sobre todo más alto. Miramos hacia arriba y se nos perdió la vista.

Al fondo había un cuadro, un mosáico, o lo que fuera, que yo no había visto nunca algo parecido. Un altar de piedra ocupaba el centro de una gran plataforma a la que se accedía por escaleras de mármol negro o gris o el color que fuera, que yo no entendía mucho de colores. Las paredes estaban desnudas y parecían un poco como las de un edficio moderno. Me gustaban más las iglesias de los pueblos, con su campanario, o la catedral que me había enseñado mi padre cuando fuimos a la capital a comprar algo que no recuerdo.  La catedral era también de piedra, pero parecía mucho más antigua y más bonita, con sus torres y vidrieras.

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No es que no me gustara aquella iglesia, pero me parecía demasiado moderna, como un edificio de ladrillo solo que distinto. Era muy ancha. Un pasillo central y a los lados dos filas de bancos de madera. Allí podría caber todos los habitantes de nuestro pueblo y aún sobraría sitio. ¿O no? Me sentía incapaz de calcular, aunque si era cierto que seríamos más de quinientos entre los seís cursos, como nos había dicho el cura al enseñarnos los dormitorios, entonces puede que me equivocara, porque mi pueblo tenía más de quinientos habitantes. ¿O no?

Nos enseñó los cuadros del viacrucris que estaban a los lados de los bancos. Eran de madera, pero demasiado modernos, como todo en aquella iglesia. Hasta los confesionarios que había a la entrada y detrás de alguna columna eran demasiado grandes y modernos. Eso sí, de una madera muy sólida.  El cura se persignó después de tomar agua bendita en una de las dos pilas que había a cada lado de la puerta y nosotros hicimos lo mismo. Nos acompañó hasta el altar y nos hizo entrar a la sacristía que estaba en una esquina y que no habíamos podido ver desde la puerta, porque la tapaba un trozo de muro. Salimos otra vez al altar y me quedé mirando con fijeza el cuadro. Dentro de lo que me pareció una especie de diamante azul, muy raro, estaba la Virgen María con el niño y a su alrededor y debajo numerosas figuras que parecían frailes rezando, con las manos juntas, algunos de rodillas. El fraile se acercó y me revolvió un poco el pelo. Me disgustó aquel gesto, que aunque parecía cariñoso, me resultó un poco humillante, como si yo fuera un niño pequeño. También me avergonzaba que aquel cura pensara que yo era muy devoto. Sí, desde la primera comunión rezaba mucho, todos los días, el padre nuestro y el avemaría, antes de dormir y cuando tenía un problema gordo durante el día, y no dejaba de pensar en la salvación de las almas, en el cielo y el infierno y en lo fácil que era pecar y si luego no te confesabas y te arrepentías podías condenarte al fuego eterno por toda la eternidad. Pero aquello no era algo que deseara que los demás supieran. Era algo solo entre Dios, la Virgen María y yo. Supuse que me había delatado la mirada y la postura respetuosa. No odía evitarlo. La mentira era un pecado y yo no quería ir al Infierno, ni siquiera por un pecado tan leve.

El cura se regodeó enseñando la iglesia y explicandolo todo.Cómo era obligatorio confesarse todos los viernes por la tarde y comulgar, al menos una vez por semana. Sentí miedo, porque en aquel lugar tan nuevo me sentía incapaz de no pecar, al menos una vez al día. Y pecar era terrible, incluso los pecadillos más tontos te podían condenar al infierno. Los pecados veniales, acumulados, se convertían en pecados mortales y un solo pecado mortal te condenaba al infierno de todas-todas. No era posible tener la seguridad de que en el último momento ibas a poder confesarte o hacer un acto de profunda contricción para que Dios te perdonara y pudieras ir al cielo. Había que estar muy atento, porque la muerte llegaba en cualquier momento y si te pillaba descuidado, ¡zás!, ya estabas en el infierno. Y eso no era cualquier cosa, toda la eternidad, un día tras otro, un año tras otro, para siempre, allí metido en las calderas de Pedro Botero, quemándote el culo y lo que no es el culo. Es un sufrimiento espantoso que nadie puede soportar. Todo aquello me lo habían enseñado desde el catecismo y lo creía a pies juntillas. Por eso me confesaba al menos una vez a la semana y cada vez que cometía un pecado mortal. No quería ir al infierno, antes cualquier cosa. Pero decir los pecados a un cura, que no dejaba de ser un hombre, aunque con sotana, cada vez se me hacía más cuesta arriba. No soportaba la angustia de hacer un recuento de los pecados y luego una lista para decírsela al cura. Me daba una vergüenza terrible.

En aquella iglesia tan grande me imaginé diciéndole al cura mis pecados todas las semanas y el mundo se me cayó encima. Quería salir de allí cuanto antes y no veía el momento. Por fin el cura se cansó de tanta cháchara y salimos fuera. Ahora, nos dijo, iríamos al salón de actos. De lo mejorcito de España y del mundo. Y sí que lo era, porque nada más entrar me quedé con la boca abierta. Allí cabía mucha gente, pero que mucha, todos sentaditos para ver las películas o las obras de teatro. El cura nos dijo que allí podía verse la televisión, cuando había algún acontecimiento deportivo, o el cine, todos los fines de semana, o alguna obra de teatro, representada por los mayores en las fiestas del colegio. Aquello me entusiasmo, porque yo no había visto aún ninguna obra de teatro y me parecía el espectáculo más maravilloso del mundo.

Nos dejó bajar por aquella cuesta tan empinada y sentarnos en la butaca que más nos gustara. Solo pensar en las películas de Charlot o del Gordo y el Flaco me relamí de gusto. A pesar de estar medio dormido y de que me dolía todo el cuerpo, por las dichosas piedrecitas de la entrada, tanta novedad me empezaba a entusiasmar de tal manera que temí comenzar a dar saltos de alegría.

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