Mes: octubre 2017

LA POESÍA DEL TIEMPO IV


CAPÍTULO IV

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AMORES POR CORRESPONDENCIA

 

Acababa de abandonar el colegio religioso donde estudiaba para cura. Tenía dieciocho años y enraizado en la médula el miedo que me habían inculcado al mundo, el demonio y la carne. Sobre todo me asustaba la carne, la carne prieta de las chicas que caminaban por las aceras de mi ciudad. Nunca había visto un demonio y el mundo para mí no iba más allá del entorno donde residía. Pero las mujeres sí me asustaban, me aterrorizaban, por eso procuraba bajar la mirada cada vez que alguna venía a mi encuentro por la misma acera.

 

En aquellos tiempos no existía Internet, ni se le esperaba, los inventos que nos trajo el tiempo revolucionarían nuestras vidas, pero para algunos llegaron demasiado tarde. Aún así mi creatividad e inventiva, que me acompañaron desde niño, me permitieron aprovechar lo poco de que podía disponer. Mi madre gustaba de leer algunas revistas del corazón de la época y las dejaba en la mesa del salón o en cualquier parte que le viniera bien. Para un intelectual tan pagado de sí mismo, como yo era entonces, las revistas del corazón eran pura basurilla, no obstante tenían algo que sí me gustaba mucho, las mujeres de sus portadas y fotografías. Un día eché un vistazo a una de estas revistas, tal vez Diez Minutos, no puedo recordarlo con exactitud. Al final había una sección de correspondencia en la que los lectores pedían amistad o lo que fuera, que no era mucho, porque la época no lo permitía. No había muchas cartas, aunque sí las suficientes para hacerme una idea de lo que podría pasar si yo escribía a la revista, pidiendo amigos.

 

Me costó decidirme, pero al final lo hice. Fue una carta breve pidiendo amistad, especialmente amigas, y poniendo de manifiesto mi soledad y torpeza para relacionarme. Lo que no podía esperar fue lo que pasó. El tiempo me enseñaría que de alguna manera debo tener una cierta facilidad innata para expresarme con la palabra escrita, porque por entonces había escrito muy poco, así que no puedo atribuir esta facilidad a escribir folios y folios, como hago ahora. Debí de conmover con mi prosa escueta, o tal vez fuera sencillamente que había muchos en mi misma condición, solo que no se atrevían a pregonarlo en una revista.

 

No esperaba nada, o más bien muy poco, porque la esperanza nunca se pierde. La gran sorpresa me la dio el cartero, o más bien mi madre, que aquella mañana subió un montón de cartas diciéndome que el cartero preguntaba qué era aquello y si iba a ser así todos los días. Me quedé pálido, o tal vez pasara del rojo al pálido a tal velocidad que ni me enteré de lo avergonzado que me sentía. No dije nada y me llevé las cartas a mi habitación. Allí las manoseé, miré sus remites, pasmado de que el milagro hubiera ocurrido. Por fin las clasifiqué de una forma muy simple, mujeres y hombres. Éstas últimas las dejé para el final, dudando si arrojarlas directamente a la basura o leerlas antes, porque yo lo que realmente quería, enmascarando sexo y amor con amistad, era conocer mujeres, cuantas más mejor y cuanto más jóvenes mucho mejor, de mi edad, porque las adolescentes de aquella época eran realmente unas crías, o al menos eso pensaba yo.

 

Aún en estos tiempos resulta insólito recibir más de quinientas respuestas a un texto subido a Internet. Recibir más de quinientas cartas a una cartita dirigida a la sección de correspondencia de una revista del corazón, a mí me pareció casi un milagro, aunque no puedo saber si mi caso fue especial o les sucedía a todos los que mandaban una carta a la revista. El cartero se cabreó seriamente, hasta el punto de que mi madre, a la hora en que solía pasar por la calle, se asomaba a la ventana del piso y en cuanto lo veía aparecer, bajaba corriendo las escaleras, desde un tercero, para que el cabreado cartero no tuviera que echarlas al buzón, en el que no cabían todas, y se las diera en mano. Mi madre se reía, cuando me contaba los denuestos y reniegos del cartero, y no cesaba de preguntarme qué había hecho. Imagino que a pesar de mi vergüenza debí contarle que había escrito a una revista solicitando amigos, no le dije cuál, de eso estoy seguro, me daba mucha vergüenza que supiera que ojeaba sus revistas del corazón. Me pidió que fuera yo el que bajara y aguantara al cartero, pero no lo hice, era tan tímido y tenía tanto miedo –el huevo de la serpiente llamada fobia social- que habría preferido quedarme sin más correspondencia que verle la cara a aquel señor, tan enfadado con razón, que durante un tiempo salía huyendo de él cada vez que lo veía por la calle, como si pudiera conocerme.

 

Recuerdo que guardaba las cartas en cajas de zapatos, de cartón, clasificándolas de la siguiente manera: cartas con foto de chicas o mujeres, cartas sin foto de chicas que prometían, cartas sin foto de mujeres maduritas, cartas de chicos. Las cartas con foto estaban clasificadas según me gustaran más o menos, las últimas las de mujeres maduritas ya que para mí en aquel tiempo era inimaginable tener una relación sexual con una mujer madura, no porque no me gustaran, sino porque parecía fuera de lugar y hasta pecaminoso. Recuerdo que aquella avalancha de correspondencia coincidió con el tiempo que tuve que esperar desde que aprobara la oposición hasta que me adjudicaran una plaza y pudiera tomar posesión, tal vez más de un año. Todo aquel tiempo de que disponía lo empleaba para contestar una carta tras otra, por orden de interés para mí, claro. Lo hice de forma manuscrita, a pesar de tener una máquina portátil de escribir. Aquel, sin duda, fue el comienzo del fin de mi letra, que hasta entonces era tan mona y tan legible, el fin llegaría años más tarde cuando me puse a escribir en libretas y cuadernos mis esbozos de novelas, relatos, poemas, ensayos, anotaciones de sueños y de todo tipo. Hoy en día ni yo mismo entiendo mi propia letra y dudo de que exista letra de médico –famosa por su ilegibilidad- peor que la mía.

 

Según el tono de la carta mi respuesta se adaptaba a lo que se podía esperar de cada chica o mujer, amistad, una pizca más que amistad, posibilidad de una historia romántica, aceptación del riesgo de atreverme a iniciar el camino hacia una relación sexual –un milagro que había que buscar, a Dios rogando y con el mazo dando- y por último las respuestas de cortesía, dando las gracias, diciendo que no podía mantener correspondencia habitual con todo el mundo después de aquel aluvión de correspondencia. Esta correspondencia de pura cortesía estaba dedicada a los pocos chicos que me contestaron y a las chicas o mujeres de las que no podía esperar gran cosa, maduritas maternales que solo querían animarme un poco, porque me notaban muy desesperado, hablándome de sus hijos que también habían tenido problemas para relacionarse y chicas con foto que parecían tan feas que solo una gran cultura y madurez intelectual o emocional me hubieran decidido a seguir con la correspondencia.

 

Me hubiera avergonzado comentar con alguien que las primeras de la fila eran las más guapas, según las fotos que me enviaban, por suerte no tenía a nadie para comentarlo, salvo mi madre que seguía preguntándome curiosa y a la que yo decía cualquier cosa para que me dejara en paz. Claro que tampoco había muchas chicas con un nivel intelectual o unos gustos culturales parecidos a los míos, salvo un par de maestras con las que inicié una correspondencia habitual, a las que escribiría sendos poemas y a las que conocería en persona en un viaje por toda España conociendo a chicas que me habían escrito y que querían conocerme.

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Como este es un relato sobre los poemas que he escrito a lo largo de toda mi vida y las circunstancias en que fueron escritos, debo dejar de lado, sin mencionar, a aquellas mujeres que solo recibieron mis cartas, sin más. Algunos de estos poemas se han perdido y los que conservo no puedo recordar a qué extraña casualidad se debió. Fue un error el escribir poemas manuscritos y mandar a la interfecta la única copia disponible del poema. Así, que recuerde, he perdido el poema que le escribí a M. (utilizaré solo iniciales, porque aunque muchas de ellas eran mayores que yo y ya deben ser abuelitas, como lo soy yo, con Internet nunca se sabe y hasta podría tener un disgusto por hablar de alguien sin su permiso). M. era una mujer rubia, de unos treinta años, puesto que ya tenía dos hijos, uno de ellos casi los diez, si mi memoria no falla. Su historia la cuento en la serie de Relatos titulada “Algunas historias sórdidas”, aunque aún no está subida a Internet. Recuerdo que su carta era breve y plagada de faltas de ortografía, pero lo que más me importaba era su foto y su sinceridad sensible y acogedora. Luego me enviaría otras dos más, estas en color, en una playa. Así se inició una correspondencia que duraría hasta que nos conocimos en persona, cuando viajé  a Madrid para tomar posesión de mi plaza. El resto de la historia se cuenta en el relato antes mencionado, así que no la voy a repetir aquí. Aunque el poema se perdiera tengo un vago recuerdo de su temática, la exaltación de su belleza es una temática segura, porque lo hice con todas las mujeres que me mandaron foto y a las que escribí un poema, también creo recordar algo sobre el mar, las olas, etc. Conscientemente le mandé el original y no me quedé con copia alguna, era un regalo especial, solo para ella. Con el tiempo enmendaría este error pasando a máquina los poemas manuscritos originales, de esta forma yo me quedaba siempre con una copia, así he podido rescatar alguno de aquellos poemas. También creo recordar haber escrito un poema para P. una mujer madura que residía en París –aún continuaba el periodo de emigración, aunque remitiendo- y que estaba soltera o tal vez divorciada, que me había escrito una carta muy maternal, pero que yo intentaba sacarle punta romántica o esperanza de “graduado” sin graduar. Es posible también que le escribiera otro poema a M.A. una preciosa chica, hija de un alto cargo del ejército, que residía por aquel entonces en Ceuta o Melilla. O puede que me contuviera precisamente el cargo de su padre y me mostrara más discreto y prudente. No lo creo, porque en aquellos tiempos, aparte de la timidez, primaba el romanticismo, el erotismo teñido de lirismo, porque hacía muy poco que abandonara el colegio religioso y la represión sexual aún presidía mi vida afectiva, aunque no la intelectual, que estaba apartando a machetazo todos los conceptos dogmáticos que me habían imbuido, entre ellos el sexo como el más vil y despreciable de los pecados, también el más poderoso, puesto que nos hundiría en el infierno con una facilidad pasmosa. También está perdido el poema enviado a una chica andaluza, que me había escrito con foto, y que, en respuesta a aquel romántico y “atrevido” poema, se sintió obligada confesarme que era lesbiana, algo tan insólito en aquellos tiempos, que solo mi apertura mental, que me acompañaría el resto de mi vida, hizo que mi respuesta fuera comprensiva, amable y generosa, tal vez una pizca de paternalista y estúpida. Todos aquellos poemas, incluidos los que acabaron en la hoguera, fueron hojas al viento, hoy hojas otoñales, pero en aquel tiempo hojas primaverales y románticas.  Todas aquellas cartas que recibiera durante quince días, y que sumarían más de quinientas, fueron quemadas. Las desechadas, aquellas a las que solo contesté con una respuesta cortés, anunciando que no podría mantener una correspondencia habitual, primero, luego las cartas de las que esperaba muy poca cosa, y luego, finalmente, todas ellas, tal vez en Madrid, durante mi etapa negra. Habrían sido de gran ayuda ahora, en esta recapitulación, junto con los cuadernos manuscritos de aquel diario que llevé en aquellos años oscuros, o aquel suplemento dominical de aquel periódico que documentó la etapa más miserable de mi vida.

 

Resulta curioso que en toda mi vida paupérrima de poeta, en ningún momento me planteara el ser un poeta con rima, es decir buscar en el soneto, el endecasílabo, y todas las formas poéticas clásicas, la belleza de la poesía. Para mí, entonces y ahora, la definición de poesía era la de Becquer, “poesía eres tú”, y soy yo –la oscura poesía del ego vanidoso y atormentado- y es el tiempo que pasa, que huye, y el recuerdo podado e idealizado, y la necesidad ególatra de que tu obra no haya sido en vano, de que tu sufrimiento no haya sido inútil, de que tu pasado no haya sido una pérdida de tiempo. Me pregunto qué sentido tiene ahora –para un guerrero impecable- dejarse llevar por estas vanidades (vanidad de vanidades y todo es vanidad), intentando que nada se pierda en una vida que no ha sido otra cosa que una lucha inútil, intentando que  todo permanezca para siempre. Tal vez me impulse a ello la necesidad de recobrar el tiempo perdido de Proust, o la esperanza de que no todo en mi vida ha sido inútil, o la de actuar de acuerdo a aquella filosofía vital que aún sigue presidiendo mis actos, la de que nada hay oculto que no haya de ser descubierto, ni nada secreto que no acabe saliendo a la luz, ni intimidad que no acabe siendo de dominio público, puesto que como digo en la Ceremonia del amor, el que amó una vez en el tiempo amó para siempre en la Eternidad, o dicho de otra manera, el que vivió una vez en el tiempo sigue viviendo para siempre en la Eternidad. Fueren cuales fueren las razones, si es que hay alguna, he decidido dejarme llevar por la poesía del tiempo y rematar esta historia de mi vida poética, ahora que estoy jubilado y solo, con mucho tiempo y pocas ganas de hacer nada, como un acto de voluntad, como un intento de guerrero.

 

Para todas aquellas mujeres, cuyos poemas se han perdido, va este homenaje a su belleza, un homenaje tan romántico y lírico, como oscuro y atormentado. Tal vez Proust tenga razón y el tiempo pueda ser recobrado, lo que es seguro es que nunca se perdió, puesto que está enraizado en nuestra personalidad actual. La personalidad es un 98% de memoria y el resto habría que buscarlo. Como dijo aquel que nunca recuerdo y al que parafraseo constantemente cuando toco estos temas. Intentando recobrar aquella parte de mi personalidad que permanece en rincones oscuros, e intentando recapitular al estilo Castaneda aquellos hilos energéticos que fui dejando en el camino, seguiré recopilando poemas que por su calidad poética deberían haber sido quemados pero que por su calidad humana son parte de mi vida de guerrero sobre la tierra.
BELLEZA DE MUJER
Mayte

Belleza de mujer,
fugitiva y eterna,
un solo instante en nuestros brazos;
un breve aleteo en nuestros ojos
y la amaremos para siempre,
aunque el tiempo la entierre,
cruel, en el recuerdo:
un triste esqueleto de duros huesos,
cuencas vacías mirando la noche,
hedor de podredumbre.

Su cadáver pasará a nuestro lado
y las entrañas devolverán
entre arcadas repugnantes
el dolor de lo perdido,
pero nadie podrá quitarnos
el recuerdo, el perfume de su belleza.
Mayte2

¿Quién me arrebatará el deseo
infinito y dulce de tu cuerpo de diosa?
¿Quién podrá destruir la esperanza de tu amor,
despertarme de mi sueño mientras suspiramos
juntos y felices en el lecho?
¿Cómo borrar la imagen de mis besos
en tus labios, tu sonrisa adorable
llamándome al placer?

Aunque estés lejos, en el vacío de lo imposible,
siempre te tendré cálida, acurrucada en mis brazos;
aunque no seas mía, me pertenecerá siempre
la esencia de tu dulce recuerdo.
M.A.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN POEMARIO NEGRO XV


DONDE HABITE EL OLVIDO

A LUIS CERNUDA, UN COMPAÑERO DE VIAJE AL OLVIDO

Donde habite el olvido,
Allí estarás tu.
No quiero, no quiero,
Ni puedo recordar.
Ni siquiera el pasado,
Ni el amargo presente,
Ni el futuro que vendrá.
Los recuerdos me acechan
Como lobos hambrientos.
Deseando devorarme,
Deseando hincar el diente
al magro plato de mi felicidad.

Allí donde habite el olvido,
Allí…allí estarás tú.
Escondido en la sombra
Agazapado en el silencio,
donde nadie te encuentre
Ni siquiera el recuerdo.

Te hirió el sufrimiento,
Te asesinó el remordimiento.
Te hicieron mucho daño
Pero lo peor es el recuerdo.
No es tan duro el desamor
Lo peor es la remembranza.
Duele mucho la soledad
Pero duelen más los amigos,
Perdidos, abandonados, heridos,
Traicionados, sepultados.

Donde habite el olvido,
allí estarás tú.
En una fosa sin nombre,
Apartada de cualquier sendero,
Para que nadie te pise
y pueda tal ver recordarte.

Donde habite el olvido,
Allí estarás tu,
Tu cuerpo, tu mente,
Tu alma, tu destino.

El recuerdo es amargo
Como un pésimo vino.
El recuerdo aún es camino
No dulce y apacible descanso.
El recuerdo es dolor
El recuerdo es desamor.

Allí, allí, donde habite el olvido,
Allí, allí está tu destino.

La vida es recuerdo
del odio clavado como
estandarte de pecado;
de la inútil tristeza
que nunca, nunca ceja,
de la angustia sin esperanza
royendo las vísceras del alma.
Donde habite el olvido
Allí estarás tú,
Tu cuerpo, tu mente,
Tu alma, tu destino.

El insomnio no cesa
Ni con el fin de la noche
Y el recuerdo corrompe
La anhelante mirada.
Recuerdo el presente
Recuerdo el pasado,
Hasta el invisible futuro
Asoma a mi recuerdo.

Allí donde habite el olvido,
Allí…allí está tu destino.
Recuerdo hasta el momento
De mi pecaminoso nacimiento.
Solo el pecado puede
Hacernos nacer a un mundo
Donde recordar es llorar.

Recuerdo cada paso
Cada instante, cada sueño.
Tengo la cabeza vuelta
Hacia el camino recorrido.
Me tambaleo hacia delante
Pero quiero volver atrás
Para vivir la misma vida
Para enmendar los errores
Para cambiar mi destino.

Es un sueño insensato
Repetiría la misma jornada
El instinto asesino
No permite el descanso
La libertad es una burla
Cuando manda tu cuerpo.
Donde habite el olvido
Allí estarás tu,
Tu cuerpo, tu mente,
Tu alma, tu destino.

Quiero la memoria del pez
Vivir siempre el presente
Olvidarme del pasado,
No saber que existe futuro.
El recuerdo hace a la persona
La persona recuerda el dolor
El dolor se prolonga en el tiempo.
No es posible la felicidad
Cuando recuerdas tus errores
Cuando revives tus amores
Cuando nada puedes cambiar.

Ni el odio de tu hermano
Ni el perdón de tu enemigo.

En la noche del olvido
Quisiera poder permanecer.
El recuerdo es una luz deslumbrante
Que ahoga toda esperanza.
El silencio no recuerda
ni el grito ni el gemido
No le llega la voz parlanchina
Hecha de puro recuerdo
El silencio es olvido
Hermano de la muerte.
Allí donde habite el olvido
Allí…allí está tu destino.

OBRA COMPLETA DE SLICTIK XI


NOCTURNOSK

 

NOCTURNOS V-  UN FANTASMA

Amanece en el infierno, la rosada aurora expande sus alas sobre la rosácea brasa de los fuegos que alimentan a las calderas del gran Pedro Botero. En las calderas los condenados se toman un respiro. Hipo, con la aquiescencia de sus demonios guardianes, amiguetes donde los haya, saca su orondo trasero de la caldera, se lava en el agua azufrosa de un arroyo cercano y envolviéndose en la capa de Mefisto regresa al cielo donde pleyadiano, insomne, contempla las estrellas a través de la venta y escribe algún que otro verso a la luz de las velas. Abril y Kentia duermen juntas como dos hermanas que se quieren fraternalmente. Los ronquidos de Virgilio semejan el canto de un dragón enronquecido.

Pleyadiano observa la llegada de Hipo-Mefisto con una sonrisa condescendiente. Sabe de sus extravagancias y las acepta con la bondad que le caracteriza. Le ofrece un suculento desayuno y ambos se ponen a cocinar unos huevos fritos con jamón serrano, unas tostadas con mantequilla y mermelada y un mazapán que pleyadiano hace muy jugoso, relleno de trufas.

Antes de desayunar tienen la delicadeza de llamar a las dos hermanas que agradecen gentilmente con versos encendidos la bondad de sus amigos. A Virgilio es preciso despertarle a toque de trompeta.

Mientras desayunan comentan la próxima jornada. Pleyadiano se ofrece a formar parte de la comitiva. Las hermanas le aconsejan descanso en lugar de someter su corazón biónico a los ajetreos de un viaje imprevisible. Hipo insiste y ante su cabezonería, cerril y colérica, pleyadiano es aceptado. Virgilio no dice nada. Come con apetito los huevos con jamón. De vez en vez mira a Hipo con miedo, como si temiera alguna desgracia inconcreta. Se decide salir del cielo por una escalera trasera y visitar el purgatorio. Un lugar extraño donde los haya donde esperan nuevas aventuras a nuestros valientes, casi intrépidos personajes.

Se ponen en marcha. Virgilio delante, detrás las dos hermanas, pleyadiano e Hipo charlando como cotorras de todos los temas habidos y algún otro que habrá. La entrada al purgatorio es gótica, fantasmal, de un romanticismo trasnochado. Telarañas en las bóvedas al otro lado de las puertas de hierro colado, ataúdes que rechinan al fondo.

Virgilio les conduce a la biblioteca donde suele pasar sus horas muertas revisando a los clásicos que ahora nadie lee. Allí les dice para estremecimiento de todos:

-Hay un fantasma entre estas letras que me acosa, persigue, abate, desde cuencas y vacíos se desangra.

Abril entra en trance y exclama:

-Con líneas perversas entrelaza y me llena y me enloquece y me arrebata. Hay un fantasma entre esas letras que me clama.

Kentia, su hermana, la abraza y la consuela de su pesadilla. Pleyadiano pide a Hipo que guarde silencio porque resuenan el canto trocado, el baile apagado. Virgilio comenta que es raro porque solo al final de la noche suceden estas cosas, sin embargo el ambiente es tan lóbrego allí que los fantasmas pierden la noción del tiempo y bailan cuando no deberían y cantan cuando deberían callar.

Salen de la biblioteca y se dirigen hacia donde se oye el alboroto. Por el camino se encuentran miradas perdidas que se han transformado en fantasmas por falta de generosidad y de amor al prójimo. Las lunas desvanecidas en cambio parecen simpáticas y se desmayan en brazos de Hipo que no tiene manos suficientes para “sostenellas y consolallas”. Pleyadiano le da una voz. Que se deje de tonterías y cuide de las hermanas que están tristes y afectadas.

Caminando bajo bóvedas donde no llega la luz observa a los lados puertas con candados donde las llaves de hierro, enormes, permanecen herrumbrosas en las cerraduras. Virgilio comenta que tras las puertas purgan sus pecados media humanidad por su insensibilidad al verso, a la poesía, a los sueños y a la fantasía.

Llegan a un patio empedrado con un pozo en su centro de donde salen sonidos chirriantes, son los hipócritas que siguen escondiéndose en el subsuelo, han dejado sus disfraces en el tendedero y sus sombras en el suelo son un “continuum” de alas de buitre planeando sobre los cadáveres de los señalados con el dedo.

Virgilio les hace pasar a un salón donde se proyectan películas continuadas. Hipo-Mefisto convence a la comitiva de que se sienten en los bancos de piedra y disfruten del espectáculo. Hipo adora el cine y poniendo los ojos como platos se deja llevar. Abril y Kentilucha protestan de esta sesión de cine en medio de la noche y con un fantasma clamando entre las letras, allá atrás en la biblioteca que han dejado abandonada. Ambas sienten en sus carnes el clamar de ese fantasma de las letras y manifiestan su deseo de volver, deseo que ratifica pleyadiano que huele a café recién servido. Hipo cede porque la película que ahora se proyecta es un bodrio. De otra forma le hubiera costado ser cortés.

Vuelven al patio. Virgilio les hace pasar ahora por otra puerta para regresar dando un pequeño rodeo. En los muros, húmedos de sangre, aparecen trozos de carne recién cortada. Este trato especial se reserva a los materialistas que no han tenido un solo pensamiento sobre el espíritu a lo largo de su vida. Se ven labios enrojecidos y se renuevan los lamentos a su paso, lamentos de quienes ahora confiesan, demasiado tarde, que el espíritu existe, vaya si existe, y su carne, en trozos que pronto serán mojama sobre paredes frías y húmedas, tan sólo era un disfraz de sombra.

Según van llegando a la biblioteca donde clama el fantasma entre las letras despunta el alba. Abril estremecida jura delatar este mundo subterráneo en nocturnos.

En algún lugar doblan las campanas. ¿Por quién doblan las campanas?

En el próximo episodio de nocturnos, titulado precisamente así, encontraremos a Abril en el papel de Ingrid Bergman con Pleyadiano en el papel de un republicano e Hipo en el de Gary Cooper que le queda pequeño no se sabe cómo se introducirá en él. Y por supuestos numerosos secundarios de lujo. No se pierdan este nuevo episodio de “Nocturnos”, guión, dirección e interpretación, troceamiento y montaje de Hipo.

UN ESCRITOR FRUSTRADO IV


 

ESCRITORF

Esta segunda estancia fue extraordinariamente provechosa. Perdido en los lugares más apartados de la serranía se encontró con una musa nueva y atractiva a la que nunca antes había visto el pelo. Allí esbozó ideas de una originalidad pasmosa, para relatos breves. Su mirada podía posarse en los caminos más trillados, que siempre encontraba algo nuevo que decir, hasta la huella de un caminante que había pasado completamente desapercibida para otros. Se aplicó a mejorar su estilo, como un escultor en madera consigue la perfección en su talla, viruta a viruta. Terminó un excelente libro de relatos y se aplicó con entusiasmo a esbozar su segunda novela pero su mujer no pudo soportar durante más tiempo aquel aislamiento que le crispaba los nervios- siempre fue ciudadana del ruido y de la prisa-  y decidió volver a la capital para celebrarlo, dejando bien claro que no solo no admitiría opinión contraria, sino que estaría dispuesta a llegar hasta donde fuera preciso.

Córcoles no puso ningún reparo, sorprendido de que su joven y vivaracha esposa hubiera podido aguantar tanto tiempo recluida en aquel convento, adorando a la diosa naturaleza. Volvieron, reanudaron la vida social con entusiasmo y él aprovechó para entregar el manuscrito del libro de relatos a su editor quien buscó un título adecuado a la gran variedad de temas y tratamientos narrativos de los relatos. Se tituló “Arcoiris” y tuvo un gran éxito de crítica, aunque su lector habitual se sintió defraudado por las dificultades que se ponían en un camino, habitualmente llano y previsible. Se celebró la madurez del joven escritor y recibió incluso reconocimientos oficiales. Su mujer rebosaba satisfacción, se sentía encantada de salir en la prensa del corazón con su retoño en brazos, recibiendo el beso cariñoso de u famoso marido. Recibía constantes visitas de amigas y conocidas que la habían echado mucho de menos, según ellas decían con un mohín que expresaba todos sus sentidos reproches.

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Todo iba sobre ruedas. Córcoles reanudó su vida donjuanesca con una exquisita discreción, mientras su mujer apenas tenía tiempo para atender a todos sus compromisos. Entonces recibió la visita de un conocido editor que en una conversación, sincera hasta la grosería, durante una exquisita comida, le ofreció entrar a formar parte de su reducida cuadra de caballos de primera categoría, únicamente aquellos que despiertan pasiones en todos los hipódromos a los que acuden.

Su próxima novela se presentaría al más prestigioso de los premios y lo ganaría con facilidad; su calidad contrastada y la madurez como escritor, que ya habían sido reconocida por todo el mundo haría que nadie se sorprendiera y si la calidad era mínima le catapultaría definitivamente a la fama.

“Córcoles no sintió ningún escrúpulo moral al aceptar el trato, la desfachatez de la propuesta no le pareció tan grave, al fin y al cabo él era un buen escritor y con toda seguridad su novela, si no la mejor de las que se presentaran al concurso, sí estaría entre las mejores. Se lo comentó a su esposa, quien aceptó encantada que se recluyera en la finca, mientras ella aprovechaba las dulces sensaciones que le producía estar en la cresta de la ola. Pero esta vez la musa le resultó esquiva; coqueta como era por naturaleza, seguramente habría decidido otorgar sus favores a cualquier otro que hallara en su errático camino. Se bloqueó y sufrió el tormento de verse obligado a crear unos personajes que se le escapaban de la mano y sumergidos en una trama que no era mucho más que una pequeña bañera para que un bebé jugara con patitos de goma. Su detective no encajaba en aquel entorno de barrio proletario, plagado de delincuencia y de droga. Así fue como en un intento desesperado que él creyó muy alejado de la inspiración de la musa decidió crear un nuevo detective. Un hombre cincuentón, gordo, seboso, sucio, con menos escrúpulos morales que un león hambriento ante su presa. Este personaje se encontraba como en un guante hecho a medida dentro de aquel entorno, se fue haciendo con la trama y decidiendo las situaciones. Tuvo dificultades para terminar la novela aantes de la fecha límite de presentación al famoso premio. No quedó muy satisfecho del resultado, hasta el punto de que estuvo a punto de no presentarla, pero se dijo que era tontería desaprovechar un premio que se le servía en bandeja.

Por supuesto que el resultado fue el esperado y durante una temporada Córcoles fue el nuevo diosecillo del Parnaso literario. Su grosero personaje le salvó de la crítica, a pesar de que todos estaban de acuerdo en que su estilo era titubeante y la trama se deslizaba entre los dedos del narrador. El detective había calado en críticos y lectores, los primeros alabaron la idea de diseccionar, sin temor a las consecuencias, una situación social ante la que la buena gente pasaba de puntillas, como temerosa de contaminarse. Aquel detective grosero y zafio ponía delante de las narices de todo el mundo la mierda que todos intentaban ocultar con los más caros perfumes.

 

Tal vez por eso decidió dedicarse al relato corto, intentando contar irónicamente sus experiencias eróticas. Se presentó a un concurso de prestigio y otra vez tuvo la suerte como aliada. Si sus poemas eran buenos, algunos excelentes, en cambio su prosa no lo era tanto. Según rumores, el jurado parece que estaba dispuesto a declarar el premio desierto, dada la baja calidad de los originales presentados, pero fue presionado por el editor para que un premio tan prestigioso no quedara sin adjudicatario. Su relato era uno de los menos malos, tenía sexo, pasión y una cierta originalidad aunque indudablemente su estilo era inmaduro, muy mejorable.

Envanecido por el éxito dejó de escribir, ocupando su tiempo en disfrutar de las jovencitas que se pusieron a su alcance, quienes ordeñaron sin compasión su líquido seminal y le arrebataron de manos de la musa, quien asustada de las mariposillas multicolores que revoloteaban a su alrededor solo le hizo alguna que otra visita ocasional de cortesía. No es fácil libar alguna gota de exquisita poesía del placer sexual, los mejores poemas nacen en los momentos más trágicos de nuestra vida, cuando la soledad nos desgarra por dentro, cuando la muerte visita a nuestros seres queridos, cuando la desesperanza y el vacío nos hacen ver el abismo infranqueable que es la vida. 

En vez de saturarse de tragedias ajenas, ya que su buena estrella le impedía sufrirlas, y escribir como un forzado, entró en el juego de las exclusivas porque su economía no flotaba como él hubiera deseado, contando tan solo con los adelantos de la editorial o las colaboraciones en prensa, radio y esporádicamente en televisión. Una vez que uno se acostumbra a la buena vida, hasta la comodidad del burgués le parece tan sólo unas sobras en el gran banquete de la vida. En cuanto su economía declinaba, utilizaba el fácil refugio de las exclusivas, un trabajo cómodo y bien remunerado, en el que bastaba con aparcar la ética o la finura de espíritu unos instantes a cambio de recibir el sustancioso salario de la traición o mala baba. No le gustaba comportarse como un hombre sin escrúpulos, a pesar de quedarle pocos, porque era consciente de la importancia de una buena imagen social, pero no era capaz de librarse del acoso del rebaño de hermosos cuerpos femeninos, que suelen acompañar a los famosos (con una sonrisa encantadora y la disculpa de hurgar en su bragueta, suelen terminar metiendo mano a la cartera, lo que convierte a cualquier economía doméstica en algo tan azaroso como la vidade un ama de casa, incapaz de llegar a fin de mes y siempre al borde de un ataque de nervios). Los dinerillos de las exclusivas los malgastaba con amantes, con hermosos cuerpos, pero sin ningún interés humano y mucho y protuberante morro.

Continuamente se prometía, mientras levantaba el teléfono y marcaba el número de una revista del corazón, que pronto pondría coto al asedio de las vividoras que diluían su economía como un azucarillo en el café. No obstante en cuanto un cuerpo femenino, especialmente adecuado para despertar su lujuria y libidinosidad, se cruzaba en su camino, caía una y otra vez en el blando abismo del sexo, donde se olvidan los propósitos más elevados. Durante un tiempo le preocupó la acción más cobarde, rastrera y vil de su vida, pero en cuanto superó sus efectos notó con alivio que los últimos escrúpulos de su lasa conciencia se habían diluido por alguna tubería de desagüe. Recordaba ya con un vago dolor su comportamiento con la secretaria de su padre, lo que fue óbice para que fuera capaz de venderla a una revista del corazón por una jugosa cantidad, que le ayudó a superar un declive económico particularmente resbaladizo, después de llenar la ávida boca de su última amante durante unos meses. La ingenua joven fue cazada por un paparazzi a la puerta de su domicilio y a cambio de tantas buenas cosas como le había dado, incluidos sexo y amor, se vio en las portadas de las revistas como la mujer despreciada por aquel atractivo calavera, que se iba haciendo un huequecito en el mundo de la literatura y un amplio espacio en el rebaño de los famosos.

Al leer en la entrevista las respuestas del joven calavera, éstas aparecían, a primera vista, como una confesión dolorosa de su pecado, aunque en realidad la que quedaba como un trapo sucio era la pobre mujer, una ingenua y estúpida víctima de aquel mujeriego simpático por el que empezaban a suspirar muchas lectoras de revistas del corazón. El reportaje tuvo su continuación para relatar el intento de suicidio de la joven que se tragó un montón de pastillas en su piso donde luchaba a solas con su dolor. Fue rescatada en el último momento, como en una escena de serial, por una amiga, a la que había plantado en una cita para cenar y a la que casualmente había dejado un juego de llaves de su piso. La familia más allegada de la desesperada joven residía en un pueblecito, en una provincia muy alejada de la capital. Un tercer reportaje cerró la serie. En él se hablaba de la reconciliación de ambos, mientras cenaban en un conocido restaurante. “AHORA SOMOS BUENOS AMIGOS”, decía un titular.

A los treinta años era carne de cañón para las revistas del corazón. Con el tiempo fue aprendiendo el difícil o fácil arte de las exclusivas – yo no puedo juzgarlo por falta de experiencia- y ello ayudó a poner remiendos a su economía que como un gigantesco Titanic amenazaba con hundirse a cada iceberg con forma femenina que aparecía en el horizonte. La preocupación por la volatilidad de la fama, por un futuro que siempre estaba en manos de otros, se notaba en su rostro pálido, el entrecejo fruncido en un gesto de dolorosa preocupación; su cuerpo, poco curtido en el deporte y bastante fofo, gracias al disfrute de la gastronomía, amenazaba con la ruina, algo que no le preocupaba mucho; no obstante por las noches oía el rechinar de la maquinaría y el miedo a la enfermedad poblaba sus sueños de extraños monstruos con cuerpo de mujer.

Aquel episodio lo tuvo preocupado durante una temporada no muy larga, su editorial, aprovechando el tirón popular le propuso escribir un bestseller que sería lanzado con todos los medios a su alcance. Le sugirió mezclar el thriller policiaco, tan de moda, con la corrupción política, su dosis aceptable de sexo y una descripción suavemente crítica de la gente bien, los famosos y famosetes que viven de las exclusivas en las revistas del corazón y cualquier otro ingrediente que se le ocurriera. Allí precisamente, debajo de un castaño, se le ocurrió la genial idea de utilizar un escándalo político de corrupción -nacían como hongos en aquellos momentos- bien enmascarado como una trama policiaca y de espionaje, salpicada oportunamente de asesinatos, amoríos adulterinos y sobre todo la invención de un personaje detectivesco muy atractivo, gran mujeriego y aficionado a la literatura -se habló de una fotocopia apenas enmascarada del narrador- que encantó a la crítica, pero sobre todo a los lectores que hicieron de su primera novela un bestseller, en el que apenas se notó su estilo descuidado y la poca profundidad psicológica de sus personajes. Córcoles se hinchó como un globo conectado a un gran depósito de gas.

Entonces el destino decidió actuar poniendo al alcance de sus manos a una jovencita de buena familia, quien, harta del dinero y falso oropel de su familia, se dedicaba a la busca de un príncipe intelectual de prestigioso cerebro, físico agraciado y bolsillos vacíos, a quien exhibir en las frívolas reuniones sociales, dándoles un toque de glamour que ninguna lengua viperina podía conseguir, puesto que para ello se necesitaba un intelectual con suficiente cultura y espiritualidad – solo él podría paliar el hastío de aquellas vidas sin norte-. Ella se adjudicó el papel de musa, de tierna amante a la espera de la santificación del matrimonio; a cambio dejaría caer en los bolsillos del elegido algún que otro napoleón de oro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS III


ALGUNAS

El psiquiatra estaba pensando en darme el alta. Una mañana apareció por allí A.. Entró en mi habitación sonriente y me dijo que preparara mis cosas. Había hablado con el doctor y le había convencido de que si yo aceptaba vivir en su piso superaría mucho mejor las dificultades del regreso a la normalidad después de dos años encerrado. Le había convencido. Tenía el alta sobre la mesa del despacho. Me acompañó sonriente y dicharachero. Me despedí con cortesía de aquel psiquiatra al que había llegado a odiar. Al salir nos encontramos con P.. A. bromeó sabiendo muy bien, porque yo se lo había confesado, que aquella chica me gustaba mucho. Incluso le pidió que me dejara darle un beso, algo que yo no hubiera hecho por mi propia voluntad. Me puse muy colorado y la chica, sonriente y amable, me ofreció su mejilla. A. me jaleó, incitándome a besarla en la boca y burlándose de mi timidez. ¿A que no te importaría? Le preguntó, y ella sonrió de manera encantadora mientras se despedía rápidamente, lo sentía mucho, pero tenía prisa.

Tuve que despedirme también de la monjita, porque A. estaba exultante y no pensaba ahorrarme ningún mal trago. Con el tiempo sabría que aquel comportamiento era un claro síntoma de que había bebido. Lo disimulaba muy bien. Se trataba de un hombre alto, tal vez cercano al uno noventa, y muy fuerte, ancho de espaldas y de hombros. Su corpulencia era la de un oso. Un oso bonachón. Le gustaba dejarse perilla y conservaba todo su pelo, una larga melena. Podía resultar muy simpático a la gente, cuando no se ponía demasiado pesado.

ALGUNASH

Al fin salimos de allí. Solo me lo creí cuando atravesamos la puerta después de enseñarle el alta al vigilante. Estaba tan eufórico, tras dos años de encierro, que todo me parecía bien. Que el viejo utilitario de A., un Ford Fiesta, se quedara en la carretera y tuviera que empujarlo hasta conseguir que arrancara de nuevo o que A. me confesara, a preguntas cada vez más acuciantes, que había vendido mi libro de Shakespeare para comprarse una botella de ron Bacardí. Al principio intentó mentirme con total desvergüenza. Que si lo tenía en casa, que si ya lo vería, que no me preocupara, él era un hombre de palabra…Ante la expresión de incredulidad que yo no podía disimular a cada una de sus mentiras, al final confesó que se había quedado sin dinero, viéndose obligado a venderlo en una librería de lance.

Sentí un disgusto terrible y le pedí que me dejara en cualquier parte. No importaba que tuviera que recorrerme todo Madrid andando. Se enfadó mucho. Se puso agresivo, violento. Temí que fuera a pegarme. Poco a poco se fue calmando e intentó hacerme razonar. Me compraría el libro, si eso era lo que yo deseaba. No tenía que preocuparme. ¿Le perdonaba? Íbamos a vivir como reyes, los dos solos en el piso. No tendría que pagarle nada. Eso por supuesto. Se enfadaría mucho si intentaba darle dinero. Éramos amigos y los amigos están para eso. Además me pasaría alguna de sus amigas de vez en cuando. Yo era un chico muy tímido. Ya se había dado cuenta de mis dificultades con las mujeres. ¿Era virgen?

Me molestó mucho aquella incursión en mis secretos más íntimos. ¡Qué demonios le importaba si yo era virgen o no! ¡Payaso! No insistió. Se limitó a sonreír y a decirme que eso sería un aliciente para alguna de sus amigas. No le creí. ¿Qué amigas? El era un alcohólico. No se le levantaba, como me había confesado. Además yo sabía muy bien que muy poca gente podría soportar sus cambios de humor, sus desplantes, su agresividad. Me estaba mintiendo otra vez. Con el tiempo llegaría a saber muy bien que la mentira forma parte de la naturaleza más irreductible de un alcohólico.

Si alguna vez cumplía su palabra daría por bien perdido aquel libro en el que yo había puesto tanta ilusión y tanto dinero. A mi edad perder la virginidad con una chica que se prestara a ello, sin tener que sufrir el tormento de una aproximación y un cortejo para el que no estaba preparado, sería un favor inolvidable. ¡A la mierda Shakespeare!

ALGUNAS1

Así iniciamos una amistad que duraría tres años. Me felicité de la suerte que suponía no tener que buscarme un piso de alquiler, dado el miserable sueldo que cobrábamos entonces los funcionarios, y no tener que compartirlo con desconocidos. Lo que yo ignoraba entonces era que en realidad él estaba haciendo un gran negocio. Comprarle todos los días una botella de ron Bacardí y una coca-cola de litro iba a suponer un desembolso mayor que si me hubiera pedido un alquiler.

Nunca fui un hombre mezquino para estas cosas. El dinero no deja de ser un papel para intercambiar favores y pesar en la balanza los favores que unos y otros se hacen, es propio de jugadores de bolsa, de seres sin corazón y sin entrañas. Nada me hubiera costado llevar las cuentas. Este mes tantas botellas de ron Bacardí, tantas de cocacola de dos litros, a tanto cada una, hacen un total de… Descontando lo que me costaría un alquiler por la misma zona y en un piso de características semejantes… este mes salgo perdiendo… o salgo ganando…

Acepté su oferta de ir a vivir a su piso con todas las consecuencias. Sabía cómo era A., intuía el tipo de convivencia que tendría con él y lo que me deparara el futuro no me pillaría de sorpresa. Cierto que en aquella etapa de mi vida muy pocas cosas me importaban lo suficiente como para analizarlas y tomarme la molestia de calibrar si una decisión sería o no mejor que otra. Intentaba sobrevivir como fuera, vivir otro día más a cualquier precio. Recuerdo muy bien un pensamiento que se formaba una y otra vez en mi cabeza: “ si consiguiera vivir hasta los cincuenta años sería un auténtico milagro, lo celebraría con el mismo entusiasmo que si llegara a vivir quinientos años, cinco siglos, en plenitud de facultades”.

Ideas de este tipo pasaban por mi mente con mucha frecuencia durante aquellos años de juventud desesperada. No es de extrañar que aceptara con aquella “pachorra” vivir con A. en su piso, gastarme lo que fuera para que adicción al alcohol no le pusiera violento y todo lo demás que viniera en el paquete, en el “pack” vital que el destino me entregara al iniciar el camino.

El piso no era gran cosa. Un bajo en un barrio de las afueras de Madrid. Creo que estaba por la zona de Peñagrande, al noroeste de Madrid, por la carretera de La Coruña  y cercano al Pardo. Al menos esa es la idea que se quedó en mi cabeza, al cabo de los años. No sabría decir la distancia desde el piso hasta el palacio del Pardo, donde aquel Generalísimo de los ejércitos, tan canijo y tan ninguneado por mí (nunca me tomé excesivas molestias en pensar en su persona) residía habitualmente. Lo que sí puedo decir fue lo que comí en los bares de aquel pueblo -¿era El Pardo un pueblo?- a los que me invitó A. para celebrar que ahora vivíamos los dos en su piso, como dos buenos colegas. Recuerdo que me llevó en su Ford Fiesta ( que resultó ser un coche mucho más sólido de lo que yo pensé al quedarnos tirados en la carretera la primera vez que monté en él, al salir del psiquiátrico) a visitar el Pardo. Pude ver la entrada al palacio y la zona donde el dictador, que había poblado mi infancia de alguna que otra pesadilla, residiera hasta no hacía muchos años. Si mi memoria no me flaquea mi entrada al piso de A. debió de ocurrir allá por el año 1978 o 1979, en plena transición tras la muerte del dictador.