Mes: noviembre 2017

LA PRINCESITA SARA I


 

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NOTA/ De vez en cuando encuentro algún relato o serie de relatos que tengo perdido por ahí, en alguna parte del ordenador. En este caso se trata de una serie iniciada hace ya muchos años y en la que convertí en personaje a mi hija Sara, entonces una niña. Casualidades de la vida, el primer juego con el que decide entretenerse esta simpática pandilla de niños es el de la independencia, ahora tan de moda. Creo que será muy interesante ver qué piensan los niños de los juegos de adultos.

NARRATIVA.- Relato con niños aunque no creo que sea estrictamente infantil. Ni el estilo ni el tema es muy propio de un cuento para niños. Relato independiente de una serie en la que utilizo como personaje a mi hija Sara que es simplemente el catalizador de situaciones que permiten al autor analizar desde el punto de vista de un niño todos los temas y situaciones conflictivos en nuestra sociedad.

LA PRINCESITA SARA

El día que da comienzo a esta historia, elegido al azar en un tiempo y un espacio ficticios, encontramos a nuestros pequeños protagonistas en un campo pelado, salpicado con matojos de hierba seca, sucio de escombros y montones de basura donde acostumbran a reunirse todas las tardes al salir del colegio, los que van, los otros, los más, suelen estar esperándoles cansados de dar vueltas por el barrio a la busca de alguna nueva sensación. El narrador es consciente de lo extraño que resulta situar a unos niños en otro lugar que no sea pegados a la televisión como mejillones adheridos a las rocas de la costa, pero esto no les sorprendería si supieran lo mucho que el narrador odia esa realidad cotidiana manipulada por las grandes empresas del ocio infantil y lo mucho que ama esa facultad perdida en estos duros tiempos y que tan feliz le hizo en su infancia: la imaginación.

A la caída de la tarde, cuando el calor va declinando, se reúnen en ese lugar solitario descrito con tan solo dos pinceladas, no se necesitan más en la paleta para pintar un entorno tan sucio y gris. Ciertamente sería inútil buscar el lugar elegido en cualquier mapa que no esté dibujado en la imaginación del lector. Los protagonistas de esta modesta historia son los niños de un barrio suburbial de cualquiera de nuestras ciudades, niños un tanto especiales a los que gusta inventar juegos en los que la violencia no tenga mucha razón de ser a pesar de que cualquiera que se acerque un momento por allí podrá mascarla en el ambiente, de hecho alguna vez se dejan contaminar por ella. Puede que el narrador sea un ingenuo al pensar que semejante historia pueda estar sucediendo en alguna de nuestras ciudades pero en su condición de niño grande le gustaría que fuera disculpado por este alarde de imaginación.

* * *

Entre los habituales a estas reuniones destaca un niño gordito, de cara llena como una hogaza de pan blanco, piernas cortas, flequillo abundante sempiternamente caído sobre sus redondas gafitas metálicas. Todos le llamaban “Empollón” porque las cosas no le van mal en el cole, algo tan infrecuente que sus colegas no saben si asombrarse o echarse a llorar por su mala suerte. Suele vérsele siempre en compañía de una niña repipi, delgadita, muy aseada y con expresión casi amorosa en unos ojitos medio bizcos que intentan tener siempre a “Empollón” en su campo de visión.

Cuando “Empollón” llega seguido muy de cerca por “Niña Repipi” se les acerca un grupo de niños de diversas edades y caras aburridas que se saludan con simpatía. Enseguida interrogan a gafitas por el juego que se le había ocurrido para hoy. Este, ante la sorpresa de todos, dice que está cansado de ver todos los días en la televisión las mismas historias de países, fronteras, guerras por la independencia y todas esas tonterías incomprensibles que le ponen de mal humor. Así que ha decidido inventarse un juego al que llamarán el juego de la independencia, de esta forma espera que todos lo pasen bien mientras intenta comprender los extraños comportamientos de los adultos.

PRINCESITASARA

EL JUEGO DE LA INDEPENDENCIA

Uno de los niños presentes pregunta ingenuamente por qué los países se declaran independientes. Entonces todos ponen caras serias, de pensar, alguno hasta se chupa disimuladamente un dedo y finalmente una niña que tiene fama de lista porque sabe muchas cosas raras, levanta la mano y dice:

-Creo que es porque hablan lenguas distintas.

-Claro, dice otro, si no hablan la misma lengua no se pueden entender y es mejor que formen un nuevo país.

-Cierto, dice un tercero, pero nosotros hablamos igual y nos entendemos de maravilla. No sé cómo vamos a jugar a ese juego.

Se hizo un gran silencio y todos comenzaron a discurrir cómo harían para comenzar el juego. “Empollón” toma la palabra y propone la creación de una nueva lengua, se modificará ligeramente la vocal “a” que se pronunciaría ligeramente oscurecida como intentando parecerse a una “o” y lo mismo con otras vocales y consonantes; claro que sin abusar porque a algunos niños les resulta muy difícil pronunciar esas modificaciones y ponen caras muy raras que dan risa, de esta manera descartan las modificaciones más peliagudas de pronunciar y se aprueba la nueva lengua por unanimidad batiendo palmas de contento.

El jolgorio dura un buen rato pero va decayendo hasta que todos quedan silenciosos como preguntándose ” y ahora qué”. “Empollón” toma la palabra de nuevo y dice que siente aguarles la fiesta pero pensando en ello se acaba de dar cuenta de que algunos países tienen la misma lengua y sin embargo son independientes unos de otros. La “Niña Repipi” que no se ha despegado de él en todo el rato intenta ayudarle con una frase que ha oído no sabe dónde.

-A veces los países se declaran independientes por motivos económicos.

-¿Qué es eso?- preguntan a coro un numeroso grupo de oyentes.

-Quiere decir que si tú por ejemplo, Luisito, tuvieras el bolso lleno de canicas –que no lo tienes porque ayer te las gané casi todas- y te vieras obligado a repartirlas con Juanito, que nunca tiene ninguna, por la tonta razón de que formáis un solo país, supongo que a ti te interesaría declararte independiente- “Empollón” se había visto obligado a intervenir para sacar del apuro a su amiga que hubiera sido incapaz de explicar la frase que acababa de repetir como un lorito.

-Ya lo creo –dijo Luisito que dio la vuelta a sus bolsillos para contar las canicas que le quedaban. Todos se rieron alborotando alegres, deseosos de que el juego tuviera más momentos de humor y alegría que de desconcierto y bronca.

-Pero ¿qué tenemos nosotros? –dijo un niño modosito que casi nunca decía nada pero a quien este juego empezaba a interesar tanto que se vio obligado a cerrar la boca, abierta durante toda la charla, para poder hablar una vez que se apercibió que con ella abierta no salen las palabras. ¡Qué curioso!, pensó, nunca lo hubiera creído.

-Nosotros podemos tener lo que queramos –dijo un niño fuertote con fama de matoncito y perdonavidas- por ejemplo aquella colina que veis allí donde dicen que hay mucho wilfrimio.

-¿Qué es eso?- preguntaron todos a coro.

-No lo sé –contestó matón- pero eso he oído comentar a unos amigos. Con el mineral que hay debajo de ella se podría comprar el mundo.

-No te creo –dijo un niño al que todos apodaban “El amargado” – si fuera así los adultos ya habrían destripado la colina hace tiempo, lo hacen con todo lo que puede darles dinero, pronto acabaran con los animales, los bosques, la naturaleza, con todo- no pudo contener la emoción y se echo a llorar amargamente, algunos niños cercanos tuvieron que consolarle-.

Cuando se hizo la calma “Empollón” quiso hacerse con las riendas del juego que parecía a punto de terminar de mala manera. Quiso dejar fuera de combate a “Amargado” por el que sentía una gran antipatía, la palabra odio no entraba en su vocabulario, sino la habría empleado.

-Ya, pero da la casualidad que ahora todos los adultos están muy ocupados con un juego que llaman “sexo”, listillo.

Se produjo un silencio embarazoso porque todos tenían un mal concepto de ese “sexo” del que antes oían hablar muy poco pero desde que en la televisión salía un programa en el que los adultos salían desnudos, todo había cambiado, ahora se pasaban el día riéndose en voz alta de cosas que nadie entendía y esperando el programa que echaban muy tarde, a las dos de la noche les habían dicho sus papás al llevarles a la cama a las nueve. El silencio se rompió cuando una niña que se las daba de sabirilonda a pesar de que lo ignoraba casi todo decidió intervenir para que se fijaran en ella.

-Yo sé qué es eso –dijo entusiasmada- sirve para traer niños al mundo. Me lo dijo una vez mi papá que estaba despistado pensando en sus cosas y no debió darse cuenta de lo que preguntaba.

“Empollón” estaba cogiendo miedo a que el protagonismo se le fuera de entre las manos como el puñado de sucia arena con el que estaba jugando desde hacía un rato.

-Si seguimos así no acabaremos nunca. Ya tenemos lengua, si nos apoderamos de la colina tendremos economía.

-¿Cómo lo hacemos?- dijo “Modosito”.

-¿Hacer qué?- contestó “Empollón” que no había entendido la pregunta reflexionando sobre manera de ponerles a todos en marcha.

-Apoderarnos de la colina – “Modosito” estaba de pie deseoso de acción, los demás llevaban un rato sentados, un tanto aburridos del nuevo juego.

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-Muy bien, chaval, ya que estás de pie, haz una bandera y plántala encima de la colina. Ahora ya tenemos bandera, otra cosa que se nos olvidaba- dijo “Empollón” dispuesto a empezar de una vez el juego.

-¿Cómo lo hago?- preguntó modosito.

-Muy fácil, pareces tonto, coge un palo, busca un trapo viejo por ahí, lo atas al palo con una cuerda y ya está.

-¿Puedo acompañarle? –preguntó una niña bajita que estaba por los huesos de “Modosito” pero a la que éste no hacía ningún caso, ella no estaba segura si por despiste o porque era más tímido que una patata, siempre parecía estar escondido bajo tierra.

-Claro – contestó “Empollón” hinchado como un globo ahora que nadie parecía contradecir su liderazgo -¿qué más nos falta? – preguntó dirigiéndose a los demás mientras “Modosito” y su novia corrían por el campo en busca de la bandera.

-Nos falta la cultura, colegas –era un niño sentado en la última fila del corro que se había formado alrededor de “Empollón”, tenía fama de estrambótico por su vestimenta y por haberse puesto un pendiente en la oreja izquierda.

-¿Y qué es eso, si puede saberse?, payaso – respondió “Empollón” encolerizado y muy herido en su orgullo.

-Colegas, la cultura es algo muy raro que sirve para que todos los países puedan decir: “Tenemos una cultura de siglos que mola mogollón, así nadie nos puede llamar advenedizos”. Colegas, si tenemos cultura tendremos prestigio internacional y las diplomacias nos reconocerán en menos que me pongo este tatuaje –había sacado una pegatina y la estaba humedeciendo con saliva, luego se la puso en el brazo izquierdo y la alisó con la palma de la mano.

Nadie conocía palabras como “advenedizo”, “prestigio”, “diplomacia” y suponían que tampoco él, aunque como era un niño tan raro y estrambótico se podía esperar cualquier cosa, hasta que fuera listo. Algunos niños asombrados por el lenguaje utilizado por “Estrambótico” empezaron a repetir en voz alta mientras daban un codazo al que tenían a su lado: “Colega, mola mogollón”. Todos terminaron riéndose a carcajadas hasta que “Empollón” consiguió imponer de nuevo el orden.

-Muy bien, necesitamos cultura –dijo cansinamente- pero ¿cómo la hacemos?

La “Niña Repipi” que sentada al lado de “Empollón”, el único que permanecía de pie, se comportaba ya como si fuera su pareja oficial, título que había adquirido tan subrepticiamente que nadie se había dado cuenta, intervino par sugerir:

-¿No será eso de los libros, la música y todas esas cosas aburridas? Mis papás a veces me dicen, cuando salen de casa con su mejor ropa y bostezando: “niña, vamos a un concierto, hoy día si no tienes un poco de cultura no eres nadie; cuando seas adulta te verás obligada a culturizarte, ahora puedes seguir viendo la televisión un ratito antes de irte a la cama”.

-Eso, eso –dijo un niño que estaba ojeando un cómic como con miedo a que se lo vieran- un día mi mamá me dijo: “Niño, deja ya de adquirir cultura y vete a jugar, ya tendrás tiempo de mayor cuando tengas que buscar trabajo y necesites rellanar impresos”. Creo que cultura es escribir libros o ir a conciertos, cosas así.

-Bien –dijo “Empollón”- veo que a ti te gustan los libros, aprovechando eso te vas a tu casa, coges un cuaderno y escribes un cuento. Serás nuestro primer escritor, y procura utilizar la nueva lengua que hemos inventado, sino no vale.

-¿Cómo lo hago? –preguntó el niño exhibiendo ahora su cómic a los cuatro puntos cardinales sin ningún temor.

-Pues muy fácil, cuando vayas a escribir la “A”, escribes “ao” que es como se pronuncia ahora, y así con todas las letras.

Daba gusto verle caminando hacia su casa por el pasillo que, respetuosos y admirados, le hicieron los otros niños, iba exhibiendo su cómic con un orgullo que hinchaba sus carrillos.

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-Colegas –dijo el niño estrambótico cuando la audiencia recuperó la atención luego que el niño-comic se perdiera en el horizonte camino de su casa –tengo una guitarra con la que podría hacer un par de canciones.

-Claro –exclamaron todos- sin himno no hay país.

-Quedas nombrado músico –dijo “Empollón”- y vas a componer el himno oficial de este país. Por cierto, tanto hablar de independencia y aún no le hemos puesto nombre al nuevo país.

Todos sugirieron alguno, desde los más pomposos a los más prácticos, pasando por los humorísticos, los onomatopéyicos y personales tales como país de Luis, etc.

-¿Qué os parece “El país sin fronteras”? –dijo entusiasmada una niña a la que nadie hacía caso porque tenía fama de tonta.

-Calla tonta –respondió inmediatamente la “Niña Repipi”- si no tiene fronteras ¿cómo va a ser un país?, no podemos declararnos independientes sin trazar unas fronteras.

Finalmente después de muchas discusiones lo terminaron llamando el país de “Nunca Jamás”, expresión que todos recordaban haber oído en algún cuento infantil. Ninguno era consciente de su significativa rotundidad, pero sonaba tan bien que fue adoptado sin oposición. Entonces vieron volver a “Modosito” y su novia que traían un largo palo seco del que colgaba un trapo sucio y roto, de un color indefinido. Fueron recibidos con vítores que duraron largo tiempo, éstos amainaron y “Empollón” comentó que un país con bandera necesita un jefe, un rey o algo por el estilo y un Presidente que es el que más manda. Recalcaba esto pensando que nadie se opondría a su elección como Presidente, si salía otro competidor se le podría nombrar jefe o lo que fuera.

Propuso una votación para elegir al jefe que no manda, dando a entender que a él no le interesaba para nada que le nombraran para el cargo, si alguien lo hacía se enfadaría mucho. Todos permanecieron en silencio, pensativos, hasta que una niña se levantó y propuso a Sara como princesita del país de “Nunca Jamás”. En el cole todos la llamaban así porque su papá la había escrito un cuento titulado “La princesita Sara” que ella llevaba siempre sobre su pecho debajo de su vestidito. Sara era una niña tímida, poco habladora y tan dulce que en el cole todos querían jugar con ella, aunque cuando proponía sus juegos, tan imaginativos, acababan por abandonarla porque preferían los viejos juegos que todos conocían. La imaginación de Sara generaba en ellos un sentimiento extraño, algo así como un miedo ancestral a la noche existente más allá del fuego prendido en la cueva. En sus cabecitas la palabra imaginación iba unida a monstruos innombrables y pesadillas nocturnas.

“Empollón” preguntó a la niña qué razones tenía para proponer este nombramiento y qué méritos alegaba para que los demás votaran a aquella niña que pocos conocían, no hacía mucho que se había instalado en el barrio. La niña dijo que las princesitas eran jefas de países y sin embargo no mandaban nada, era una buena razón, en cuanto a los méritos Sara, podía leer el cuento que le había escrito su papá y de esta manera cada uno juzgaría de sus méritos.

La niña llamada Sara se puso muy colorada, se sentía avergonzada del rumbo que iban tomando las cosas pero no le quedó otro remedio que desabrocharse un botón del vestido y sacar un papel muy doblado, viejo y arrugado que alisó con mucho miramiento y se dispuso a leerlo con la cabecita muy baja, la barbilla pegada al pecho. “Empollón” la autorizó a que comenzara la lectura y la niña que la había propuesto como princesita la dio un empollón cariñoso y volvió a sentarse en su sitio.

Sara comenzó a leer el cuento, balbuciente de timidez, aunque poco a poco se fue reponiendo y aunque a veces se cortaba por haberse pasado de línea acabo por leerlo con gran seguridad y emoción. El cuento decía así:

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MISIÓN EN URANTIA II


VIDA PRIMERA

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CAPÍTULO II

 

Todo empezó, si es que alguna vez hubo algún comienzo en esta historia, cuando me sorprendí dudando de mi memoria, aunque aún no de mi cordura, puesto que a lo largo de mi vida siempre me habían considerado un loco y sin embargo yo era un hombre perfectamente normal, según los parámetros que utilizaba para diferenciar a un demente de quien no lo era. Aunque parezca extraño me consideraba un hombre con suerte, puesto que toda mi tragedia personal había consistido en una prolongada estancia en un psiquiátrico, en mis años juveniles. Teniendo en cuenta lo que la gente pensaba de mí y lo que me estaba pasando, eso era lo mínimo que me podía haber ocurrido.

 

¿O hasta eso era un recuerdo falso, inducido? El simple hecho de que esté dudando me parece grave, muy grave. Hace unos días inicié un cuaderno que había comprado siguiendo un impulso. Comencé a poner por escrito todos los recuerdos dudosos en las hojas impares y aquellos de los que estoy convencido en las pares. Las terceras hojas las he dejado en blanco, para anotar las pruebas irrebatibles que vayan surgiendo sobre mi existencia y mi pasado.

 

La soledad es muy mala, la peor enfermedad que pueda sufrir un ser humano. No mata, lo que sería un consuelo, pero te deja incapacitado de por vida. En cerrado en mi piso a cal y canto, no es de extrañar que algunas veces se apoderen de mí ideas delirantes, que no soportan la confrontación con lo que pensaría una persona normal y con las que no podría mantener una conversación con cualquier persona sin que me tildara de loco. Soy consciente de que debería relacionarme, charlar con la gente, con cualquiera que me encontrara en mi camino. Eso me ayudaría a poner las cosas en su sitio, a engranar cada tuerca en el correspondiente mecanismo. Sin embargo no soy capaz de hacerlo. Me lo propongo todos los días y hago un gran esfuerzo de voluntad, pero es inútil.  Solo de pensar en la posibilidad de relacionarme, de crear vínculos, me pongo enfermo.

No he descartado la idea de acudir a un psiquiatra, al fin y al cabo tuve mucho contacto con estos profesionales durante una etapa de mi vida. Me he preguntado si me atrevería siquiera a contarle la más pequeña anécdota de lo que me está sucediendo, la idea más tonta que ha pasado estos días por mi cabeza. No, no lo haría, temeroso de que me diagnosticara una psicosis, paranoia o cualquier patología igualmente terrible. Y si no estoy dispuesto a contarle nada…¿para qué ir a un psiquiatra?

 

Mi decisión de ponerlo todo por escrito será para mí una prueba irrefutable de que en algún momento he pensado lo que pienso, de que me han sucedido las cosas que me están sucediendo o al menos he llegado a pensar que eran reales y no delirios de mi mente.

 

Me he obsesionado con lo que considero un clavo ardiendo, al que aferrarme antes de que la locura se apodere definitivamente de mi mente. He vuelto a la librería y he comprado un montón de cuadernos. La dependienta, una chica guapa, pero muy desagradable, me ha mirado con extrañeza, como si pensara que estoy loco, aunque esto pudiera ser solo una exageración, ya que estoy excesivamente sensible en estos temas. Los he etiquetado todos con diferentes títulos: “cuaderno de la mala suerte” (para anotar los sucesos poco probables de que ocurran un día sí y otro también a cualquier persona, incluso a mí); “cuaderno de mi pasado” (para anotar los recuerdos que pueda probar), y de esta guisa todos los demás. Aún no me he atrevido a iniciar las anotaciones. Creo que voy a necesitar un tiempo para la reflexión.

 

Me he observado, aterrorizado, en un espejo de la papelería, disimulando para que la empleada no llegara a pensar que me ocurría algo grave.  He comentado, como quien no quiere la cosa, que había decidido escribir una novela, y que sería muy larga, de ahí los cuadernos. La dependienta ha intentado esbozar una sonrisita que no le ha salido, en su lugar observé un desagradable rictus. Me despachó deprisa y corriendo, como si quisiera librarse de mí cuanto antes.

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He pasado el día entero buscando en las carpetas donde guardo todos mis papeles documentos que me permitan constatar de forma indubitable cuestiones tan vitales como éstas: Que yo estuve internado en un psiquiátrico y qué doctor me atendió y si hay algún informe de mi patología; un certificado de nacimiento que juraría yo había pedido para algo y que nunca necesité utilizar, tendría que haber estado en la carpeta; la escritura de propiedad de este piso, porque hasta que encontré un contrato de alquiler hubiera jurado que era mío y muy mío; acta de posesión de un puesto en la administración; recetas sin fecha de lo que parece una medicación para un enfermo mental, tal vez psicóticos y antidepresivos…

 

De pronto he recordado que  guardaba un álbum de fotos en algún cajón. No lo he encontrado. ¿Y las fotos de mis padres? Juraría que al menos tenía un portarretratos con su foto en el salón. Tampoco lo he visto. He rebuscado en mi cartera, donde acostumbro a guardar alguna foto mía y de la familia, pero no hay ninguna.

 

He buscado el cuaderno de mi pasado para cerciorarme de que tuve o tengo padres, de que no soy huérfano, para encontrar algún detalle sobre su físico que me pueda ayudar a hacerme una idea de cómo eran. Tal vez eso me ayude a recordar dónde he puesto las fotos. No lo encuentro, Ni siquiera la agenda donde he anotado los datos esenciales sobre mi vida.

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Esta mañana, cuando fui al Registro civil para sacar una partida de nacimiento no encontraba el libro de familia, a pesar de estar absolutamente seguro de haberlo metido en el bolsillo interior de la americana antes de salir. Tampoco encontraba el papel con la anotación del tomo y la página de la inscripción de mi nacimiento. Le he dicho al funcionario que solo podía darle mi fecha de nacimiento. He mencionado la fecha que antes de hacerlo consideraba como la de mi cumpleaños. Ha buscado en el ordenador. Nada. ¿Está seguro de que nació aquí?  Mencioné el hospital. Eso no significa nada, puede que sus padres vivieran en un pueblo de los alrededores y le registraran allí.

 

Me ha mirado raro. Me he puesto nervioso. No se preocupe. Buscaré el libro de familia. Y he salido casi corriendo.

 

Ya en casa me he puesto a pensar desesperadamente sino tenía que haber ido a trabajar.  Pero no recordaba dónde trabajo. Me he tumbado en la cama y he repasado todos los trabajos posibles. ¿Soy funcionario? ¿Trabajo en una cadena de montaje de laguna fábrica? No podía recordarlo. ¿Me estaré volviendo amnésico? Debería ir al médico.

 

Intenté calmarme. Dormiré un rato. Tal vez lo recuerde todo si puedo echar un sueñecito. No pude dormir, ni tampoco relajarme. Me levanté histérico y me puso a buscar la cartilla del seguro. No la encontré.

Al menos tendré algo para comer en la nevera. La abrí y he anotado en un cuaderno lo que allí había.

 

Esta noche, antes de cenar, repasé las anotaciones. Faltaban un par de cosas. ¿Las había utilizado para comer?  No podía recordar si había comido. Tampoco tenía mucha hambre. Calenté leche y bebí un tazón con algo de bollería. Lo anoté en el cuaderno.

 

¿Qué me estaba sucediendo? Encendí el televisor. Las noticias no me decían nada. No encajaban con mis recuerdos más próximos del día anterior. Hice zapping. No recordaba esos programas.

 

Me fui a la cama. ¿A qué hora tenía que levantarme para ir a trabajar? Seguía sin recordar dónde trabajaba. Puse el despertador a las siete, por si el recuerdo regresaba el despertarme.

 

Tardé en dormirme. Tuve un sueño muy extraño.  Me desperté a las cuatro de la mañana. Anoté lo poco que recordaba.

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Urantia, libro de … Planeta… Seragfinton, ciudad.

 

Quise consultarlo en Google y busqué desesperadamente el portátil. No lo encontré. Me obsesioné con ello y  me pasé dos horas buscándolo por  toda la casa. Nada. ¿No tenía yo un ordenador?

 

Conseguí volver a dormirme. Tuve una pesadilla horrible. Me desperté bruscamente el despertador y no pude recordar la pesadilla. Tampoco dónde trabajaba. Decidí afeitarme y vestirme, dando tiempo al recuerdo. Decidí desayunar. Abrí el frigorífico y estaba vacío. ¿No había anotado su contenido en un cuaderno? Decidí buscarlo. ¿Dónde lo había puesto?

 

Recorrí el pasillo hasta el salón. No era el que yo recordaba. En aquel había cuadros de París, La Torre Eiffiel, Notre Dame. Los había comprado, muy baratos, en una tiendecita, lo recordaba perfectamente. Ahora eran cuadernos de flores, bodegones.

 

Y el pasillo… el pasillo más largo de lo que yo recordaba. El salón estaba a la derecha, al fondo. Abrí la puerta.  Era un dormitorio con una cama que no era la mía. Y en ella había un bulto.

 

Encendí la luz.

 

-¿Qué buscas? ¿Es que no puedes dormir de una vez? Y cuando lo haces no paras de roncas. Eres imposible. No sé qué vería en ti para casarme contigo.

 

Era una mujer. Echó la ropa hacia atrás y se puso en pie. Estaba desnuda. Sentí cómo la libido se apoderaba de mí. ¿Por qué no aprovechar la ocasión? Bien podía ser un delirio…(pero mientras dure el tiempo suficiente…)

Ella se comportaba con tanta naturalidad que no me atreví a proponerle que regresara a la cama mientras yo me desnudaba.

 

-Vamos, dime qué buscas o te pasarás una hora haciendo ruido.

 

-Unos cuadernos. He anotado en ellos una cosa importante y no los encuentro.

 

Si era mi esposa yo no lo recordaba. ¡Y actuaba con tanta naturalidad! Como si me conociera muy bien. No podía proponerle echar un polvo así como así. Seguramente se burlaría de mi. Eso suelen hacer las esposas cuando les proponen hacer el amor nada más despertar. ¿Te pasa algo? Eso sería lo más suave que me diría. Las esposas no aceptan esas rarezas. Con naturalidad. Pero  cómo podía saber yo cómo actúan las esposas. No estaba casado. O al menos no lo recordaba.

 

-¿Cuadernos? ¿Cuándo has comprado tú cuadernos? ¿Para qué ibas a necesitarlos? Tu no escribes nunca. ¿Te pasa algo?

 

-No. Ha debido de ser un sueño.

 

-¿Por qué no vienes a la cama?

 

¿Era una proposición indecente? No lo parecía.

 

-Tengo que ir a trabajar.

 

-¿A trabajar? Pero si es domingo. Has debido de tener un sueño muy raro.

 

-Creo que ha sido eso. Aprovecho para hacer un pis.

 

-No me despiertes cuando vuelvas, que son… las siete y media. Y no te arrimes. Que  a ti te entran las ganas cuando menos se lo espera una.

 

-¿Qué podía hacer? Busqué el servicio. Pero no lo encontré. No estaba donde yo lo recordaba. Abrí todas las puertas, con suavidad, para no despertarla. Por fin apareció tras una puerta. Entré. Me miré al espejo. ¿Era yo un enfermo de Alzeimer? Me lo habría dicho ella… O tal vez disimulaba para que yo no me enfadara.

 

Me miré al espejo. Tenía la misma cara que yo recordaba. Y no parecía estar enfermo. Me senté en el retrete y cerré los ojos. Tal vez así remitiera la pesadilla.

RETRETE

 

 

 

DICCIONARIO POR AUTORES LITERARIOS I


NOTA/ Siguiendo con todos los diccionarios que iniciara allá por el año 1995 ( cuando me compré mi primer ordenador, pero aún no estaba conectado a Internet, lo que tardaría en hacer por un miedo supersticioso o tabú de una generación que tuvo que asimilar la informática como nuestros abuelos la llegada del hombre a la luna) ha llegado el momento de conocer las “palabrejas” que fui anotando de mis lecturas literarias, por autor, como si cada autor tuviera un vocabulario propio, lo que no deja de ser cierto en algunos casos. Aún quedan más diccionarios que sería una pena que se perdieran tras un trabajo ímprobo generado por la fascinación de las posibilidades de mi primer ordenador. Algunos diccionarios están más avanzados que otros, como en este caso, pero todos fueron concebidos como ayuda o herramienta para escritores aficionados, algo que espero al fin pueda servir de algo, tras muchos años durmiendo el sueño de los justos en los cedés, discos duros externos y pendrives, porque eso sí, mi obsesión por conservarlo todo y no perder nada por el camino fue realmente patológica en alguna etapa de mi vida.

https://books.google.es/books?id=32EnfNqCb9EC&pg=PA85&lpg=PA85&dq=cercioro+en+Tirano+Banderas&source=bl&ots=kDDTNgtwcb&sig=U6br_2w0F5WfK9RaYtO6HIojzK4&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjVsoLi1crXAhUF0RQKHcjQDqUQ6AEISTAH#v=onepage&q=cercioro%20en%20Tirano%20Banderas&f=false

VALLE INCLÁN/TIRANO BANDERAS

42 CHARRASCO Charrasca/Arma arrastradiza por lo común sable/Navaja de muelles
charrasca
Voz onomat.
1. f. fest. coloq. Arma arrastradiza, por lo común el sable.
2. f. coloq. Navaja de muelles.
3. f. Ven. Pequeño instrumento musical de percusión, de forma cilíndrica, hecho de metal o madera y provisto de ranuras que producen sonidos broncos al ser frotadas con una barrita metálica, un clavo, etc.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

43 COIME Del arb. Qaim el que se encarga de algo / el que cuida del garito y presta con usura a los jugadores/

coime
De or. inc.
1. m. Hombre que cuida del garito y presta con usura a los jugadores.
2. m. Mozo de billar.
3. m. despect. Col. camarero (‖ persona que sirve en restaurantes o bares).
4. m. germ. dios. Grande, sagrado coime.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

44 CHUPALLA Planta bromeliácea que tiene las hojas en forma de roseta y cuyo jugo se emplea en medicina casera
Chile sombrero de paja hecho con tirillas de las hojas de esta planta

RAE

chupalla
De achupalla.
1. f. Chile. Planta bromeliácea que tiene las hojas en forma de roseta y cuyo jugo se emplea en la medicina casera.
2. f. Chile. Sombrero de paja hecho con tirillas de las hojas de chupalla.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

45 HUIPIL

RAE

huipil
Tb. güipil en acep. 1, El Salv., Guat., Hond. y Nic.
Del náhuatl huipilli.
1. m. El Salv., Guat., Hond. y Méx. Especie de blusa adornada propia de los trajes indígenas.
2. m. El Salv. Enagua o falda que usan las mujeres indígenas.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

46 MAGÜEY

RAE

maguey
Voz antillana.
1. m. Am. pita (‖ planta amarilidácea).
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

pita1
De or. inc.
1. f. Planta vivaz, oriunda de México, de la familia de las amarilidáceas, con hojas o pencas radicales, carnosas, en pirámide triangular, con espinas en el margen y en la punta, color verde claro, de 15 a 20 cm de anchura en la base y de hasta 3 m de longitud; flores amarillentas, en ramilletes, sobre un bohordo central que no se desarrolla hasta pasados varios años, pero entonces se eleva en pocos días a la altura de 6 o 7 m. Se ha naturalizado en las costas del Mediterráneo. De las hojas se saca buena hilaza, y una variedad de esta planta produce, por incisiones en su tronco, un líquido azucarado de que se hace el pulque.
2. f. Hilo que se hace de las hojas de pita.
3. f. Bol. Cordel de cáñamo.
Real Academia Española © Todos los derechos reservado

47 MÉDANO

RAE

médano
Del ár. hisp. máydan, y este del ár. clás. maydān ‘explanada [de arena]’; cf. port. médão.
1. m. duna.
2. m. Montón de arena casi a flor de agua, en un paraje en que el mar tiene poco fondo.
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48 ASEÑAR

RAE

señar Conjugar el verbo señar
De seña.
1. tr. Arg., Par. y Ur. Dar una cantidad de dinero del total del precio de algo como adelanto a su reserva o compra.
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DICCIONARIO DE ENTORNO Y PAISAJE II


ENTRELIÑO

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla.

RAE

entreliño
1. m. Espacio de tierra que en las viñas u olivares se deja entre liño y liño.
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liño
De liña.
1. m. Línea de árboles u otras plantas.
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BESANA

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla.

RAE

besana
Der. del lat. versāre ‘volver’.
1. f. Labor de surcos paralelos que se hace con el arado.
2. f. Primer surco que se abre en la tierra cuando se empieza a arar.
3. f. Medida agraria usada en Cataluña, equivalente a 2187 m2.
4. f. haza (‖ porción de tierra labrantía).
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LAMA
Alfredo Grosso,de su novela Guarnición de silla

RAE

lama1
Del lat. lama.
1. f. Cieno blando, suelto y pegajoso, de color oscuro, que se halla en algunos lugares del fondo del mar o de los ríos, y en el de los recipientes o lugares en donde hay o ha habido agua largo tiempo.
2. f. Prado, pradería.
3. f. Alga u ova de los lamedales o charcales.
4. f. Ingen. En minería, lodo de mineral muy molido, que se deposita en el fondo de los canales por donde corren las aguas que salen de los aparatos de trituración de las menas.
5. f. And. Arena muy menuda y suave que sirve para mezclar con la cal.
6. f. Chile, Col., Hond., Méx. y P. Rico. musgo (‖ planta).
7. f. Chile, Col., Hond. y Méx. Capa de plantas criptógamas que se cría en las aguas dulces.
8. f. Col. y Méx. moho (‖ capa que se forma en un cuerpo metálico).

COLADA

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla

RAE

colada1
1. f. Acción y efecto de colar2.
2. f. Lejía en que se cuela la ropa.
3. f. Ropa colada.
4. f. Lavado de ropa sucia de una casa.
5. f. Ropa lavada.
6. f. Faja de terreno por donde pueden transitar los ganados para ir de unos a otros pastos, bien en campos libres, adehesados o eriales, bien en los de propiedad particular, después de levantadas las cosechas.
7. f. Paso o garganta entre montañas difícil de cruzar por su angostura y mal suelo.
8. f. Dep. internada.
9. f. Geol. Masa de lava que se desplaza, hasta que se solidifica, por la ladera de un volcán.
10. f. Ingen. Sangría que se hace en los altos hornos para que salga el hierro fundido.
11. f. Taurom. Situación en la que el toro toma mal el engaño y pasa muy cerca del torero o lo golpea.
12. f. Tecnol. Vertido del metal fundido en un molde o recipiente.
13. f. Col. y Ec. Especie de mazamorra hecha con harina y agua o leche, a la que, en algunos sitios, se añade sal y, en otros, azúcar.

ALCOR

Alfonso Grosso, de su novela Guarnición de silla

RAE

colada1
1. f. Acción y efecto de colar2.
2. f. Lejía en que se cuela la ropa.
3. f. Ropa colada.
4. f. Lavado de ropa sucia de una casa.
5. f. Ropa lavada.
6. f. Faja de terreno por donde pueden transitar los ganados para ir de unos a otros pastos, bien en campos libres, adehesados o eriales, bien en los de propiedad particular, después de levantadas las cosechas.
7. f. Paso o garganta entre montañas difícil de cruzar por su angostura y mal suelo.
8. f. Dep. internada.
9. f. Geol. Masa de lava que se desplaza, hasta que se solidifica, por la ladera de un volcán.
10. f. Ingen. Sangría que se hace en los altos hornos para que salga el hierro fundido.
11. f. Taurom. Situación en la que el toro toma mal el engaño y pasa muy cerca del torero o lo golpea.
12. f. Tecnol. Vertido del metal fundido en un molde o recipiente.
13. f. Col. y Ec. Especie de mazamorra hecha con harina y agua o leche, a la que, en algunos sitios, se añade sal y, en otros, azúcar.

EL SILENCIO VIII


 

XiTWFY6

El día transcurrió en un silencio que habría calificado de dulce y acogedor sino fuera por el drama soterrado que su mujer y él estaban viviendo. Volvió a quedarse dormido y a despertarse en medio de una fuerte pesadilla que no quiso recordar. Hacía frío en la habitación; se levantó y a través de la rendija de la puerta pudo ver el fuego agonizante. No se oía nada, asomó la cabeza, sin ver a su mujer, estaría en la cama, puso la oreja en el tabique un momento, luego pensó en lo ridículo que resultaba y haciendo más ruido del necesario volvió al salón, atizó el fuego quedándose de pie muy cerca hasta entrar en calor. Miró el reloj de pulsera, eran casi las dos de la tarde, por la ventana pudo ver el cielo cerrado y la blancura del paisaje, había cesado de nevar. Sin saber lo que hacía empezó a rezar mecánicamente porque volviera a nevar. Deseaba ardientemente que su mujer no pudiera salir de allí en varios días. Entonces recordó el pequeño transistor encima de la repisa de la cocina, buscó una emisora donde estuvieran dando noticias y puso al máximo el volumen esperando que eso hiciera reaccionar a su mujer. Oyó el parte metereológico, nieve en las montañas. Dejó al fuego una gran lata de fabada y decidió dar una vuelta antes de comer, recordando que había visto unas raquetas para la nieve en el sótano bajó y las cogió quedándose un rato haciendo inventario de todo lo que había por allí por si necesitaba algo más adelante.

En el porche se calzó las raquetas y con mucho cuidado pisó la nieve hasta acostumbrarse a ellas, nunca había tenido que utilizarlas antes. Caminó por la nieve intentando disfrutar, recordó las alegrías infantiles, los días de nieve cuando su madre le ponía el abriguito, la bufanda y las botas de goma. En el parque se juntaba con otros niños lanzándose bolas y haciendo muñecos de nieve.Cogí un pedazo apretándolo hasta hacer una prieta pelota y la lanzó contra el columpio fallando por mucho. Las manos se pusieron rojas de frío y tuvo que meterlas en los bolsillos. Se quedó allí de pie, mirando el valle. A lo lejos el pueblo, en la falda de estribación montañosa, parecía dormido, observó largo rato hasta ver alguna chimenea humeando. Pensó en aquella gente refugiada junto al cálido fuego, la mujer preparando la comida, el marido arreglando algo que había dejado para el largo invierno, cuando el tiempo se estira como una goma y los recuerdos de toda una vida fluyen mansamente. Los niños estarían viendo la televisión- ¿habría escuela en el pueblo?- porque televisión sí tenían, ahora veía las antenas sobre los tejados.

Volvió a la casa notando que la tristeza  se apoderaba de él. Si todo se arreglaba se prometió volver con las niñas para que disfrutaran del paisaje, su amigo no le negaría otra visita. Su mujer seguía en la habitación mientras el transistor sonaba a todo volumen, se había olvidado de apagarlo o no había querido hacerlo, todo se confundía en su cabeza. Cuando se abandona la vieja y conocida rutina cotidiana la mente parece querer vengarse por verse obligada a dejar la comodidad del deslizamiento por el monorail de la conciencia y trastorna emociones, pensamiento, todo lo que encuentra a su paso. Uno acaba sintiéndose más perdido que un aldeano de la desértica meseta en la selva del Amazonas: teme a todo, se preocupa por las cosas más nimias, le angustia dar la vuelta a un árbol por si puede perderse, acaba subido a cualquier sitio temblando mientras espera un imposible y ridículo rescate.

Comprendiendo que sus pensamientos no conducían a nada se dispuso a comer. Se sentía tan enrabietado por la situación que no pensó para nada en su mujer. Se hizo una sopa, comió fabada hasta reventar y lo que sobró lo dejó en dos pequeños potes sobre la tarima, ni siquiera se tomó la molestia de poner los cacharros en el fregadero o limpiar la mesa. Se sirvió un whisky abundante y poniéndose su cazadora de invierno, de cuero forrada por dentro, salió hasta el porche, donde permaneció fumando y bebiendo hasta que el frío se hizo insoportable, había vuelto a nevar con fuerza y a pesar de la belleza del espectáculo decidió volver dentro, atizar la chimenea echando los restantes troncos que quedaban en el capazo y permanecer junto al fuego. Trajo el transistor desde la cocina y elevó el volumen al máximo. Su mujer no iba a salir de la habitación para comer. El silencio era absoluto, ni el más mínimo ruido.

La copiosa comida y el alcohol le habían abotargado pero como siempre que comía y bebía copiosamente los nervios se retorcían y una intensa cólera se apoderaba de él. Esta vez no tendría el detalle de refugiarse en su habitación para que ella pudiera comer a gusto sin ver su cara. Aún eran marido y mujer, estaban allí juntos, retenidos por la nieve y no iba a consentir que le ignorase como a un mueble viejo.

elsilencio

UN CADÁVER EN LA CARRETERA X


CADAV

-Tenemos una botella de whisky y unos benjamines en la nevera. Nos vendrá bien un trago. ¿Qué prefieres?

El no dijo nada. Ella le sirvió un largo trago en un vaso y echó unos cubitos. Se sirvió uno triple para ella.

-Bebe, pichón. Esto te animará.

Él lo apuró de un trago. A ella le pareció muy bien que empezara a reaccionar. Ella le ayudó a acostarse, le desvistió con cuidado y le dejó desnudo sobre la cama, la venda tenía manchas de sangre en su pierna izquierda. El cerró los ojos. Ella le obligó a abrirlos. Puso la radio y buscó una emisora con música de baile. Hizo el mejor streap-tease de su vida pero él no reaccionó.

Ella le chupó la polla con sabiduría de prostituta. El no quería pero la naturaleza cumplió con las leyes no escritas. Ella le violó muy dulcemente, con mucha pasión, con ternura, con un romanticismo enfermo.

Al fin se quedó dormido. Ella se movió desnuda por la habitación como una pantera enjaulada. Susurraba en voz baja. “La mejor solución, la única, todo ha terminado, un gilipollas se lo tragaría sin hacer preguntas y este cretino lo va a echar todo a perder. Creí que tenía más huevos. Puede que aún sea capaz de hacerle reaccionar, está muy encoñado”.

Ella se dio una ducha mientras él dormía, puso la pistola bajo la almohada y se tendió desnuda a su lado. Le contempló en silencio, luego empezó a acariciarle suavemente el cuerpo, jugueteó con su sexo dormido.
Ella tardó en dormirse, al fin lo consiguió pensando que mañana sería otro día.

OCTAVA MAÑANA

 

Él se despertó al olor del desayuno. Ella estaba desnuda, sentada en la cama, con una repleta bandeja a su lado. El no quería comer, pero ella le obligó a tragar unos trozos de tostada y a beberse un trago de café fuerte. Ella dejó la bandeja en el suelo y trabajó de nuevo su pajarito dormido. El dijo que quería morirse.

-No, no te morirás, pichoncito. En todo caso de amor. Porque te voy a matar a polvos.

Ella le violó de nuevo, muy suave y largamente. El no opuso resistencia. Ella le oyó gemir dulcemente y se sintió feliz. Por fin él reaccionaba. Aceleró su movimiento para terminar en un orgasmo muy largo, muy frenético.

Ella pensaba. “Ha sido el mejor polvo de mi vida, quién me lo iba a decir”. El pensaba “quiero morir, no puedo seguir viviendo”, pero en el fondo sabía que era un pelele en sus manos. Su sexo tenía atrapada su alma, con forma de pene, para siempre. Ella le besó sobre un universo sin tiempo, antes de dejarse caer a su lado. El miraba el techo de la habitación como si en el pudiera encontrar la solución a su tragedia.

Ella esperó a que la respiración de él se calmara y luego habló.

-¿Sabes?, no es tan difícil matar. Únicamente nos retiene el miedo al castigo. Pero a nosotros no nos pillarán nunca. Buscaremos un sitio apartado y esperaremos un poco. Con el tiempo tú pondrás la empresa en buenas manos y nos iremos fuera. Haremos un crucero por todo el mundo. Seremos muy felices, pichoncito. Te prometo que no volveré a matar. Empezaremos de cero, como dos tortolitos que se acabaran de conocer. Seremos los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él.

Ella se rió con ganas. El pudo al fin hablar.

-¿Cómo puedes decir eso? El próximo que te estorbe en tu camino recibirá un tiro en la nuca.

-Aún estás nervioso pero se te pasará. Ya lo verás. Dentro de unos días no te acordarás de nada.

Ella le ayudó a vestirse y recogió todo con esmero. El se dejó llevar hasta el coche.

PERDIDO EN EL TIEMPO XVIII


PERDIDO EN EL TIEMPO XVIII
Sinfonía n.º 9, Beethoven, Primer Movimiento-Allegro ma non troppo, un poco maestoso.

Algo me despierta, como un sonido lejano, como la intuición de algo que está ocurriendo cerca de mí y que aún no soy capaz de captar. Mi cuerpo está incómodo, noto la sucia rugosidad del asfalto bajo mí, un lecho infernal para una vida infernal. Sí, porque estoy empezando a recordar. ¡Ojala no pudiera recordar nunca! ¡Ojala me atrapara el olvido para siempre!

El golpe, sí en efecto, el golpe. He debido desmayarme. Tardo en captar todo su significado. Parece que en mi nueva vida no puedo dormir y olvidar, pero por lo visto se me ha concedido la gracia de los condenados a muerte, con un fuerte golpe en la cabeza puedo quebrar la lúcida tortura de permanecer siempre despierto, dando vueltas y más vueltas a esta autopista infernal. Es un consuelo saber que cuando ya no pueda más, cuando necesite olvidar, puedo lanzarme de cabeza contra el coche, o contra el guardarraíl y quedar inconsciente. ¿Cuánto tiempo he permanecido así? Soy incapaz de calcularlo. Tal vez si no hubiera puesto el reproductor en modo aleatorio lo podría saber por el número de piezas reproducidas desde el momento en que estaba consciente hasta el despertar, todo sería cuestión de calcular el tiempo que aproximadamente dura cada pieza. La imposibilidad de calcular el tiempo, ya que se han parado todos los relojes a mi disposición, el del coche, el reloj de pulsera, el del móvil, sería un gran incordio si tuviera algo más que hacer que dar vueltas y vueltas en la noche a una carretera que nunca me llevará a parte alguna.

Con dificultad deduzco que el sonido que me está llegando viene del coche, el reproductor sigue haciéndome escuchar pieza tras pieza, como el único norte de mi brújula, como el único placer de mi vida. Por fin logro saber qué pieza toca ahora. Me ha costado un poco, bastante, más de lo normal en un estado de vigilia. Es el primer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. El extraño sonido de los primeros compases me pareció al principio como la llamada de la polilla de Castaneda. ¿Por qué me viene ahora a la cabeza Castaneda y sus libros? No lo sé. Todo es muy extraño. Me siento como si hubiera transcurrido un día y despertara al siguiente tras una noche de sueño profundo. Pero no es así. Noto la palpitación en el lugar del cráneo donde recibiera el golpe. Me hago consciente del terrible dolor de cabeza que estoy sintiendo. Intento moverme, pero no lo consigo, el cuerpo parece haber quedado paralizado. Tampoco tengo prisa alguna, no me esperan en ninguna parte. Pero es un poco molesto estar aquí, tumbado sobre el incómodo y rugoso asfalto.

La música es la apropiada, como escogida por el dedo feroz de un destino encolerizado. Estoy naciendo a un nuevo mundo que me golpea dentro del cráneo, en el corazón que parece empezar a latir tras una parada cardiaca, su ritmo es lento, tímido, como pidiendo permiso para hacer notar su presencia. Pero de pronto se desboca, y con un golpe seco inicia una galopada. Sí, en efecto, estoy en un nuevo mundo y la música es la apropiada para comenzar la nueva andadura. Un mundo nocturno, oscuro, sin forma, sin perspectiva, sin dimensiones, sin alba y sin ocaso, sin comida y sin bebida, sin naturaleza, sin tiempo y sin espacio. Un mundo solitario donde nadie puede aparecer de repente ante mis ojos y presentarse. Un mundo sin habitar, inexplorado, y donde nada puede ser hallado porque toda la luz de que dispongo son los faros de un coche embrujado, con un depósito en el que la gasolina se renueva antes incluso de ser quemada, como contagiada por el castigo de Sísifo.

Es un mundo sin principio ni fin, donde puedo estar quieto y no sucederá nada, donde puedo dar vueltas y vueltas a esta carretera infernal sin ir a parte alguna, donde no se puede dormir, ni comer, ni beber, sin embargo parece que sí puedo fumar y hasta es posible que se renueve también la cajetilla de tabaco, como la gasolina en el depósito. Parece la broma macabra de un dios con un sentido del humor demoniaco. Sé que no puedo morir, porque las heridas infligidas a mi cuerpo se curan por sí mismas. No sé si puedo comer porque no tengo alimento, pero sí sé que no tengo hambre, ni sed. No necesito excretar, no necesito descansar, no necesito estirar o encoger músculos. Aún sé muy pocas cosas de este nuevo mundo, pero lo que sí sé es que nunca saldré de él. Es una intuición, una corazonada, un vacío en el bajo vientre, en el estómago, en el corazón, en el cerebro. De tanto desearlo un dios malévolo me ha concedido el deseo. Estar solo, solo para siempre, lejos de los seres humanos, de la humanidad, solo en un lugar desierto, en una noche perpetua, sin necesidades físicas, sin deseos, sin esperanza, sin metas, sin emociones, sin pensamientos. Bueno, tal vez esto último no entre en el pack de regalo. Los pensamientos bullen en el interior de mi cráneo, como gusanos taladrando un lugar donde poner los huevos. No puedo evitarlo. Lo que aún no sé tampoco es si soy capaz de sentir emociones o si he perdido mi mundo emocional para siempre, algo que agradecería, pero no estoy seguro. Sé que pensar en una tortilla de patata y en un porrón de vino no es un deseo, al menos no un deseo acuciante e incontrolable, es más bien una nostalgia, un recuerdo que se acerca, como una niebla deshilachada. Sé que el deseo de dormir es solo la necesidad de parar el mecanismo de mi mente, que como un molesto motor sigue ahí, al fondo, impidiéndome concentrarme, no sé en qué, pero debería concentrarme en algo. Sé que el deseo de fumarme un pitillo es algo más que un deseo, es como una rebeldía frente a algo, frente a todo. Es como gritar en voz alta: soy libre, lo seré siempre, aunque solo sea para fumarme un maldito pitillo, porque está prohibido, porque no quiero que me salven de nada, que cuiden de mi salud, que me digan que es muy malo morir de cáncer de pulmón y muy bueno morir de soledad, con muy buena salud, a los ciento cincuenta años.

En todo este discurso mental me va acompañando la música del genial sordo, del genial malhumorado, del genial y colérico Titán de la vida y de la libertad. Sí, es como si hubieran puesto música al nacimiento de este nuevo mundo, de este distorsionado y delirante universo. Intento levantarme de nuevo, pero el esfuerzo me hace pensar que estoy bien así, al menos durante un tiempo, si es que pasa el tiempo. Sin poder evitarlo dejo que mi mente recapitule, haga un somero inventario de la situación. Estoy solo, en una dimensión desconocida, que se parece a aquella en la que estaba en que mi cuerpo físico parece seguir siendo el mismo, aunque al parecer no necesita alimentarse, ni comer ni beber, ni dormir ni descansar. Aún es pronto para tener alguna seguridad al cien por cien, pero dado el tiempo transcurrido lo que es seguro es que algo ha ocurrido, y como parece que nada en este universo es reversible, tendré que acostumbrarme a la nueva situación. No parece que me canse, ni de estar en pie ni de estar sentado, ni de correr ni de saltar. El tiempo se ha detenido, al menos el tiempo que marcan los relojes, porque yo sé que las piezas de música han estado sonado todo el tiempo y que su duración sigue siendo la misma. Determinadas leyes físicas se han modificado o desaparecido. La ley de la gravedad parece seguir funcionando, pero no conozco ninguna ley física que permita a un motor de combustión ir quemando la gasolina y que ésta se vaya renovando, como si tal cosa. Lo que es seguro es que estoy solo en este pequeño universo, aunque tal vez sea grande, pero no pienso explorarlo. Lo que es seguro es que no necesito comer ni beber, aunque si lograra, por un milagro, encontrar algo de comida o de bebida, tal vez sí pudiera comer y beber, solo para disfrutar, sin necesidad de hacerlo para sobrevivir. Me pregunto si tendría que excretar si comiera, si tendría que mear si bebiera. Me imagino cagando en medio de la carretera y me entra tal ataque de risa que se me cierra el esfínter. Esto no tiene ni pies ni cabeza, lo que no me sorprende, porque nada de lo que ocurría en mi mundo de procedencia tenía el menor sentido, no hubiera sido lógico que simplemente por trasladarme a un mundo nocturno y delirante todo comenzara a cobrar sentido por primera vez.

Sigue la música y me pregunto si el universo de Beethoven era también un universo solitario. El necesitaba a la humanidad, pero huía de ella, él necesitaba el cariño y la proximidad de un ser querido, pero le gritaba encolerizado si se aproximaba demasiado. No termino de hacer el inventario. Tal vez, con el tiempo, si es que existe, debiera salir de la autopista y explorar en la oscuridad. Tal vez la linterna del maletero sea también incombustible y eterna. Necesito saber si estoy realmente solo, si han desaparecido las gasolineras, los restaurantes, los moteles, los edificios, si todo, excepto mi coche y yo, se quedaron en la otra dimensión mientras nosotros saltábamos. ¿Necesito? Me temo que no necesito ya nada, pero siento curiosidad por saber si al otro lado de la autopista hay árboles, vegetación, naturaleza, si hay arroyos de agua cristalina de los que pueda beber, aunque solo sea por placer puro y simple. Siento curiosidad por saber si aquí hay animales, tal vez pueda hacerme con una buena mascota que me haga compañía. ¿Realmente siento curiosidad por algo? Creo que no.

Al fin consigo levantarme, regreso al interior del coche, busco con ansiedad la cajetilla de tabaco y enciendo un pitillo. Fumo como si encontrara placer en ello, o como si el humo pudiera abrir un boquete en la oscuridad y ver el cielo azul y el sol en lo alto. Justo cuando termino el pitillo acaba la música. Aunque sé que vendrá otra pieza, aleatoria, y que tal vez me sorprenda, y que a ésta seguirá otra y otra y otra, porque aquí nada parece desgastarse, estropearse, lo que tienes lo tienes para siempre y lo que no tienes nunca lo conseguirás. Enciendo otro pitillo, como deseoso de que se termine la cajetilla para ver si se renovará como la gasolina en el depósito. Siento curiosidad por saber hasta dónde llega el humor de los dioses. Me proyecto hacia el futuro, ¿encenderé el motor y seguiré dando vueltas, o me quedaré aquí, un sitio tan bueno como cualquier otro? Me entra la risa tonta. ¿Pensar en el futuro, proyectar mi mente hacia el futuro? Lo que sí sería un alivio es el vacío en mi mente, la ausencia de pensamientos. Entonces recuerdo mis técnicas de yoga mental y sigo carcajeándome. En este nuevo mundo que acaba de nacer al compás de la música del sordo genial tal vez solo ellas me sirvan de algo, porque está claro que no he podido dejar la mente al otro lado de la línea dimensional. Donde va la mente va la angustia y los problemas y el hacer el idiota en un bucle perpetuo. Sí, menos mal que me he traído esas dichosas técnicas. Recuerdo a Castaneda y su guerrero impecable. Está claro que vayamos donde vayamos y suceda lo que suceda siempre nos acompañará la mente, como una cabra loca que siempre tira al monte, a la oscuridad, más allá de esta onírica y corta iluminación de los faros.
Termino el pitillo y enciendo el motor del coche. Seguiremos dando vueltas y vueltas, puesto que no hay nada mejor que hacer.