PERDIDO EN EL TIEMPO XX


PERDIDO EN EL TIEMPO

HECTOR BERLIOZ

SINFONÍA FANTÁSTICA

MARCHA AL SUPLICIO

De pronto he decidido suicidarme…si puedo…si me lo permiten…si es posible. Estoy harto de esta historia. Es una mierda. Es inútil seguir fugándome de la realidad. Esto no es un delirio, una alucinación, un extravío de mi mente, estoy aquí, en una dimensión ignota, solo, y no regresaré nunca a la realidad que conozco, en la que he vivido hasta ahora. Seguir dando vueltas y más vueltas a esta autovía infernal no es precisamente un aliciente, además de noche, en una noche perpetua, eterna, solo con mi mente, que es lo único que me queda porque el cuerpo físico es solo un remedo de lo que fue, no puedo comer, ni beber, ni dormir, ni excretar… Puede parecer una mejora, ¿pero lo es?, no tengo hambre pero he perdido el placer de disfrutar de la comida, no tengo sed, pero beber también es un placer, no tengo necesidad de dormir, pero mi mente necesita evadirse unas horas al día. Puede que no muera, es algo que voy a probar, pero vivir, sin alicientes, solo, no es un don, es un castigo.

No es la música que yo hubiera elegido para acompañar un suicidio, mejor la novena de Beethoven, mucho mejor, o el réquiem de Mozart o el de Fauré, o… tantas otras, pero es la música aleatoria que me ha traído el destino y tal vez no sea la mejor pero sí armoniza con mi estado de ánimo. Es una marcha al suplicio, al cadalso, a la guillotina, pero sin llegar nunca a ella. Una marcha sarcástica, cínica, tambaleante, pomposa, majestuosa, estúpida, delirante, inconmovible, testaruda, digna, lúcida, segura de sí misma, indubitable. La marcha de quien no teme nada porque la desesperación le hace grande, poderoso, gigante, verdugo, víctima, espectador, actor, bufón y rey, real y mental. Todo es mental, todo es fantasía, puedo hacer lo que quiera porque soy un dios, puedo reír y llorar, puedo recordar y olvidar.

Toto tototó toto tototó torotototó torotototó tutu tututú etc Tatatá tataratatatatá etc etc Tata tataratatá etc

Grande Berlioz, me pudo ver en el futuro, yendo al cadalso en plena oscuridad, en plena noche eterna, por una autovía infernal, apretando el acelerador, observando cómo la aguja del cuentakilómetros sube y sube, veinte, cuarenta, sesenta, ochenta, cien, ciento veinte… Me pudo ver yendo al suplicio, el pie en el acelerador, los dientes apretados, la mirada al frente, los faros trepanando la noche. Ya no me importa comprobar si estoy o no realmente solo. Me había planteado explorar, sí, salir del coche con una linterna, trepar el quitamiedos y caminar siguiendo la luz de los faros, hasta donde llegaran y más allá, saltando arbustos, rodeando arbolitos, tropezando en piedras, buscando, siempre buscando, una gasolinera, aunque estuviera abandonada, un muro, derruido, las viejas ruinas de una civilización, algo, cualquier cosa que me indicara que una vez hubo algo, convertido en arqueólogo en paleontólogo, buscando un hueso humano, una tibia, un peroné. Buscando un arroyo donde pudiera beber incluso sin tener sed, un manzano silvestre del que pudiera comer, aunque no tuviera hambre. Buscando más allá, tras el montículo y la colina, una luz en la oscuridad, artificial, lunar, lo que fuera. Una huella de pies en el suelo, una huella de animal, algo, lo que sea. Sí, quería hacerlo, no rendirme hasta saber la verdad, hasta descubrir si estoy realmente solo. Pero ahora sigo oprimiendo el acelerador, guiado por esta música infernal, divina, delirante. ¿Qué haría si ahora mismo apareciera un ser humano caminando sobre el asfalto? Cuando vivía entre los humanos, huía de ellos y me refugiaba en mi pequeño apartamento como en un búnker, ahora daría cualquier cosa por ver un ser humano, el que fuera, niño, joven, adulto, anciano, mujer, hombre, caminando por esta autovía. No importa que no quisiera hablar conmigo, que me despreciara, que se burlara de mí, o que comenzara a charlar sobre el tiempo, hoy hace un día estupendo, el sol es maravilloso, estamos en primavera, en verano, hoy hace un día infernal, llueve a cántaros, jarrea, el cielo se desploma, los relámpagos hienden el cielo y la tierra, los truenos son las trompetas del apocalipsis, la nieve cae en copos gigantescos, nos va a enterrar, el frío es insufrible, me corta los dedos, quema mis orejas… No importa de qué quisiera hablar el otro humano conmigo, al menos escucharía el sonido humano. Tenía previsto jubilarme pronto, irme a la montaña, una casita con jardín y huerto, un perrito y un gatito. Ya no oiré el ladrido de un perrito cariñoso ni el maullidito de un gatito zalamero. Adoro a estas personitas, tan pequeñas, tan encantadoras. No hablan el lenguaje humano sino el perruno o el gatuno. Tampoco yo hablo el ruso, el chino, el extraterrestre y sin embargo soy inteligente, consciente, humano.

Tata tatatá…

Ahora podría saltarme a la torera lo políticamente correcto, despotricar de esto o de aquello, decir lo que realmente pienso y no lo que me obligan a pensar. Podría hacer lo que quiero y no lo que me han obligado a hacer desde la cuna. Pero ya no quiero hacer nada porque estoy solo, nadie me ve, porque yo no necesito hacer nada, pensar nada, sentir nada, porque no quiero convencerme de nada. Los demás eran espejos en los que me miraba para poder verme. Ahora que estoy solo no necesito mirarme, ni verme, ni siquiera necesito existir.

Podría pasarme el resto del tiempo, si es que existe, de la eternidad, recapitulando lo que fue mi vida en el otro lado. ¿Para qué? No necesito recordar nada, justificar nada, lamentar nada, angustiarme por nada. Solo lo hacemos para que los espejos que son los otros sigan ahí y nos permitan mirarnos en ellos y encontrar nuestra imagen. Porque no tenemos imagen alguna, somos fantasmas en medio de la noche, en mitad del Cosmos. Ya no tengo que reparar daños, reconstruir jarrones rotos, ni buscar la reconciliación, ni buscar nuevos horizontes. Estoy solo y todo lo que antes me parecía importante ahora ni siquiera existe. No soportaría que mi mente se pasara los días y las noches, y el día-noche eterno recordando siempre lo mismo, una y otra vez, como si no hubiera otra cosa, intentando delimitar lo que fue realmente real y lo que añadió mi fantasía. ¿Qué importa lo que ocurrió realmente fuera de mí o lo que añadí dentro de mí? Lo real y lo irreal son una misma cosa. No soportaría dejar que mi mente me atormentara una y otra vez con los mismos recuerdos. Y sin embargo es lo que hacía cuando estaba al otro lado, con los otros, me pasaba más tiempo recordando el pasado que buscando el futuro, que caminando en el presente. El pasado lo era todo, me movía hacia atrás, como los cangrejos. Caminaba de culo y no lo sabía.

Tata tatatá

Ciento treinta, ciento cincuenta. Estoy buscando desesperadamente la muerte. Sé que el dolor será inevitable, como me ocurrió cuando me golpeé la cabeza y me desmayé, pero espero desesperadamente que sea un dolor breve, luego la nada, la ausencia de dolor, de recuerdos. ¿Y si resucito? Espero que no, que el coche estalle, que se calcine, que mi cuerpo se convierta en ceniza. ¿Pero y si resucito? ¡Maldita sea, aunque así fuera, tengo que comprobarlo!

Doscientos, doscientos diez…

El volante tiembla, cualquier pequeño movimiento en falso y chocaré con el quitamiedos, el coche dará una vuelta de campana, saltará la mediana, dará tantas vueltas de campana que terminaré fuera de la autovía entre los matojos, en plena oscuridad, los faros se apagarán y mi recuerdo desaparecerá para siempre. Nada de lo que fui es real. Tengo estos recuerdos como podría tener otros. Los recuerdos persisten porque siempre hay alguien que nos ha acompañado un trecho del camino y que ha visto lo que nosotros hemos visto, que ha vivido lo que nosotros hemos vivido, porque vemos algo en el espejo creemos que es real. Pero ahora que no hay espejos, ahora que estoy solo lo mismo podría inventarme recuerdos completamente diferentes, una existencia absolutamente distinta. Si viniera ahora mismo un extraterrestre y me abdujera podría contarle una vida nueva, diferente y él se lo creería porque no me ha visto, no me ha acompañado en el camino, no sabe cómo soy realmente, cómo fui, no sabe nada de mí. Recordamos porque están los otros, sino fuera así no necesitaríamos recordar, podríamos fantasear.
Doscientos cincuenta, doscientos sesenta

El volante trepida, no puedo controlarlo. De pronto el coche se va, colisiona con la mediana, da una vuelta de campana, otra, parece una pelota loca, el volante se rompe entre mis manos. Noto que algo se clava en mi vientre, debe ser un trozo de volante. El dolor es terrible, espantoso. No es así como quería morir, no con este dolor. No puedo soportarlo. El coche se ha detenido, no sé dónde, no sé cuándo. Puedo que ahora explote y el fuego me calcine, también será doloroso, pero más rápido. Mientras llega ese momento debo disminuir el dolor que me atenaza, intento moverme hacia atrás, tal vez el trozo de volante que tengo en la barriga salga y el dolor disminuya. A la de una a la de dos, a la de…

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