LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XI


Amazing_Fantasy_15_Spiderman

 

Bajé los ojos hacia el TBO de Spiderman y me aislé de todo lo que ocurría a mi alrededor en la clase. Con gran facilidad era capaz de meterme en la viñeta, como si fuera una pantalla de cine con una puerta por la que se pudiera pasar al otro lado, donde estaba ocurriendo todo. Yo era Spiderman y podía atravesar las calles de Nueva York colgándome de las telas de araña que iba pegando en las paredes de los edificios. Bajo aquel traje mágico mi identidad quedaba preservada, nadie podía saber quién era yo, solo me transformaba cuando había que salvar a alguien. Era apasionante. Se me ocurrían otras historias diferentes a las que allí se contaba. Tenía que leer rápido porque de otra forma no me daría tiempo a terminar todos los tebeos que estaban sobre la mesa del profesor, todos muy interesantes, no me quería perder ninguno. Me sentía angustiado ante la posibilidad de que no lograra leerlos todos y ya nunca más pudiera saber cómo eran los otros. Intentaba leer rápido, pero eso me impedía disfrutar de la historia con todo el placer que me brotaba a raudales por los poros. Estaba sudando aunque no hiciera calor. El corazón me palpitaba con mucha fuerza, podía sentir su toc-toc-toc en mi pecho. Era imposible leer rápido y disfrutar al mismo tiempo, tenía que escoger, pero no podía. Me fui poniendo cada vez más nervioso hasta que decidí disfrutar de lo que pudiera mientras pudiera. Si no podía leerlos todos, pues mala suerte.

Fue una mañana apasionante, mágica. Cuando terminaba un tebeo me levantaba del pupitre procurando no hacer ruido y casi de puntillas iba hasta la mesa del profesor. El mayorón me miraba y me señalaba un montón donde había que colocar los tebeos leídos. Luego me ponía a rebuscar en los otros montones hasta que encontraba los tebeos americanos que eran difíciles de conseguir en el quiosco y además eran muy caros, dejaba para lo último los tebeos españoles que se podían encontrar en los quioscos o se podían cambiar con otros chicos.

Marvel

Los que más me gustaban eran los que ponían Marvel. Los superhéroes eran mis favoritos, Supermán, Capitán América, Los Vengadores, Iron Man… Cuando no encontraba alguno en el montón, porque los tenían otros chicos, aprovechaba para leer al Jabato o el Capitán trueno, en casa tenía muy pocos. También me gustaba Pulgarcito o DDT, Roberto Alcazar y Pedrín, Olé, Tio Vivo y todos aquellos personajes tan divertidos que me hacían reír y me tenía que tapar la boca para que nadie me oyera. Estaban Carpanta, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el botones Sacarino, Rompetechos, Las hermanas Gilda, La rue del percebe, la familia Cebolleta, Doña Urraca… Estaban todos. También me gustaban los de Hazañas bélicas o los del Oeste. Miré a ver si había alguno del Coyote que había leído en casa porque mi padre conservaba algunos en su maleta de cartón, pero no encontré ninguno, tampoco del Zorro.

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Recordé los pocos tebeos que tenía en casa, en cuanto me daban la propina los domingos me iba directo al quiosco y hacía cuentas para ver cuántos podía comprarme, solo uno, a veces dos, alguna vez tres. Renunciaba al paquete de pipas, al regaliz, a las pastillas de leche de burra y a tangas golosinas como poblaban aquel quiosco para poder aumentar mi colección de tebeos que luego podría cambiar con otros chicos, cuantos más tenías más fácil era encontrar alguno que no hubieras leído, podías incluso ofrecer dos o tres a cambio de aquella joya. No siempre era así, a veces caía en la tentación de comprar pipas, aceitunas o cualquier golosina que me llamara la atención. Entonces me pasaba la semana releyendo los que ya tenía, a no ser que pudiera cambiar alguno.

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Allí, en una sola clase había muchos más tebeos que en el quiosco, muchos más, la mesa del profesor estaba llena, montones tan grandes que había que tener cuidado para que no se cayeran al suelo cuando los ibas pasando uno a uno, buscando tu preferido. Si en las demás clases había tantos como en aquella, y era lógico que así fuera, porque todos los niños teníamos los mismos derechos a leer tebeos, no podía imaginarme cuánto dinero se habían gastado los frailes solo para que pudiéramos leer mientras comenzaban las clases. Me ponía a sumar lo que costaba un tebeo en el quiosco, con todos los que había en aquella clase y en todas las clases, y se me iba la cabeza. ¿Cuánto dinero tenían aquellos curas? Ellos decían que eran pobres, que habían hecho el voto de pobreza, ¿entonces de dónde salían los tebeos?

Era un chico con suerte. Los chicos de la escuela, del pueblo, sentirían tanta envidia que se pondrían verdes cuando yo les contara todos los tebeos que había en el cole. Tenía que leer muchos, todos, para poder contarles muchas historias. Me iba poniendo cada vez más nervioso, casi no podía ni respirar, tenía que abrir la boca y respirar fuerte para que entrara un poco de aire en los pulmones. Me puse tan malito que por un momento temí que me diera algo y me cayera al suelo desmayado. Trate de calmarme como pude y miré alrededor, por si alguien se había dado cuenta. Recordé entonces que yo era un niño muy tímido y que en el pueblo no me atrevería a contar nada de aquello, incluso dudaba de que pudiera hablar con ellos, había oído que cuando volviéramos de vacaciones teníamos que presentarnos al cura del pueblo y ayudarle a decir misa.

Me sobresaltó el ruido del timbre. No sabía por qué lo estaban tocando. Era una especie de campanilla de metal contra la que chocaba un trozo de acero. Hacía un ruido de mil demonios. El mayorón se levantó de la mesa y nos dijo que era la hora del recreo. Todos fuera. Nos hicimos los remolones, allí estábamos muy a gusto. Nos dio dos voces y nos dijo que dejáramos los tebeos en la mesa, volveríamos luego.

eljabato

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