DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA II


D.R.G

 

Aterrizamos en la capital de un país fronterizo con la zona de conflicto. Esta vez me dejé convencer para no estar con los vencidos hasta que llegaran los vencedores. Es algo mucho más arriesgado que ir con la caravana de los vencedores a la conquista del territorio. Aunque en una guerra nunca estás seguro en parte alguna. Un misil que hierra el blanco y cae donde no debería haber caído, una bala perdida en el sitio más inesperado. Nunca sabes dónde te espera la muerte.

No puedo evitar reírme al pasar la aduana. Como si para ir al encuentro de la muerte tuvieras que enseñar el equipaje a todo el mundo no sea que cueles una china de hachís para colocar a la Parca o algo estrictamente prohibido en el más allá.

Hay cola para enseñar los pasaportes y abrir los equipajes. Cuando se va a la guerra estos trámites burocráticos se toman con mucha calma. No es lo mismo que ir de vacaciones al Caribe. Se me acerca un colega al que conozco de vista de otras guerras. No tuvimos mucho tiempo para intimar, caían muchas bombas, pero nos caímos bien, uno sobre otro al oír una explosión cercana. No obstante me saluda muy efusivamente, como si fuéramos viejos amigos. En las guerras se aprende a hacer amigos o enemigos rápidamente, no sobra tiempo precisamente. Me dice que lleva ya un buen rato y lo que le queda. Me invita a tomar un trago en la cafetería. Acepto y se nos unen tres o cuatro más al olor del trago prometido. No acostumbro a beber mientras trabajo, disminuye los reflejos, pero aún no ha empezado el baile y me vendrá bien calmar el gusanillo del miedo que me reconcome por dentro. Se produce una agradable polémica. Analizamos la situación política y militar. En parte se está de acuerdo y en parte en desacuerdo con los razonamientos de los otros. Nos viene bien polemizar un poco así se evita hablar de la familia, algo que agradezco muy especialmente porque no quiero contarles que me he casado y acabo de ser papá. Alguien nos avisa que la cola está en las últimas. Invito yo sin más explicaciones. Pasamos la aduana y nos despedimos, no coincido con ellos en el hotel que me ha correspondido.

Esperando un taxi alguien me golpea la espalda. Me vuelvo y veo a Antonio, un joven reportero televisivo. Me estrecha la mano con fuerza y después me abraza en silencio.

-Me habían comentado que venías pero no quise creerlo por si a última hora te echabas para atrás.

Nos reímos con ganas. No conozco a ningún reportero de guerra veterano que se haya echado para atrás. Cuando te jubilas lo haces definitivamente. Ir a una guerra sí y a otra no es algo que no entra en nuestros planes. Mi caso tiene algo de excepcional pero yo no anuncié a bombo y platillo que me jubilaba, tan solo se lo prometí en voz baja a mi compañera antes de casarnos.

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-Sabía que acabarías apuntándote. Esta maldita profesión tiene su gusanillo. ¿No crees? Te confieso que estuve a punto de echarme para atrás. Anoche tuve una pesadilla terrible. Un grupo de desertores paraban nuestro jeep en el desierto. A mí me llevaron detrás de una roca. Me lanzaron una ráfaga y me remataron con el tiro de gracia. Lo curioso es que lo estaba viendo todo desde lo alto con una tranquilidad pasmosa, como si fuera otra persona. Me desperté empapado en sudor. Supongo que eso nos pasa a todos. ¿Te suele ocurrir a ti?.

-No en mi caso es un molesto cosquilleo en la nuca que no me deja estar tranquilo. Es muy desagradable.

-Estoy con Estefanía y Jean -Claude. ¿Dónde te hospedas tú?.

-Creo que estamos en el mismo hotel. Me gustaría saludarles.

-Pues aquí los tienes.

Acababan de surgir de un grupo. Iban muy cargados de equipaje así que ambos nos apresuramos a echarles una mano.

Ya en el taxi bromeamos sobre viejas anécdotas mil veces contadas y recontadas. Lo bueno que tiene el pasado es que aunque te pueda hacer sufrir nunca te mata. Es preferible charlar sobre viejas guerras que sobre lo que se nos viene encima. Todos somos conscientes de que algo flota en el aire y no era precisamente agradable. Los cadáveres te amargan la vida aunque estén lejos y no huelas su fetidez. Basta imaginar que a unos cuantos kilómetros el suelo está sembrado de ellos para que se te estropee el día. En la guerra los cadáveres están siempre en tu pensamiento pero no es conveniente pasarlos por la lengua o empiezas a notar que te falta el resuello. No se puede trabajar ni pensar en la vuelta a casa con cadáveres en tu pensamiento.

Por eso se acostumbra a bromear sobre todo lo divino y lo humano. El humor negro no llama la atención en exceso. Cualquier cosa que te haga reír sirve. Miré a Estefanía y la encontré más guapa que nunca. Se lo dije y ella soltó la carcajada mientras Jean-Claude me tomaba el pelo a su exquisita manera francesa. En las guerras con tanto olor a cadáver flotando en el aire las glándulas sexuales parecen hincharse, se revuelven inquietas. La adrenalina te inunda de pies a cabeza, te sacude hasta detrás de las orejas, tal vez por eso las hormonas sexuales se excitan, como para buscar un equilibrio en tu cuerpo. El ying y el yang, la adrenalina y las hormonas sexuales suben y bajan, se entrelazan y se repelen buscando la unión de los opuestos, el equilibrio cósmico.

Todos conocemos estas peculiares sensaciones aunque no guste hablar del tema. Tampoco se habla mucho, casi nada, de las violaciones en las guerras. Es una de las caras más salvajes de un conflicto pero tiene su lógica, como una respuesta biológica al instinto de supervivencia exacerbado hasta el paroxismo. El cuerpo parece decirnos: si no puedes sobrevivir al menos dejan descendencia para que tus genes no se pierdan, y cuanta más mejor. A los soldados se les hinchan las glándulas en cuanto les llega a la nariz la fetidez de cadáveres. No es fácil que un reportero vea escenas de este tipo y si llega a verlas no podrá contarlas. Es un tema tabú aunque siempre te llega algún rumor sobre desmanes sexuales en la guerra. Cuando la muerte de muerde el culo las glándulas revientan y lo paga la primera víctima que se encuentre cerca ya sea mujer niño o hasta anciano. Puede que la violación sea el daño colateral más repugnante de una guerra pero no suele pasar a las estadísticas. Tantos muertos, tantos heridos pero nunca se habla de las mujeres o los niños violados.

La violación parece ser cosa de las guerras del pasado. Las actuales, tan burocráticas y tecnificadas parecen estar a salvo de ese salvajismo ramplón, pero nada más lejos de la realidad. Cuando a un soldado se le hinchan las pelotas lo mismo puede violar que disparar un cañonazo a la primera sombra que se mueve. Son los daños colaterales. No se les puede pedir a soldados que se juegan la vida que tengan sangre de horchata.

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