LA PRINCESITA SARA II


LA PRINCESITA SARA

“Erase una vez un mundo imaginario donde la realidad no tenía otra función que servir de decorado de bambalinas a la vida de sus habitantes. Como toda realidad que se precie aquel mundo también estaba sometido a inmutables leyes físicas, así por ejemplo se podía pisar el suelo sin miedo a hundirse salvo que los ayuntamientos en un despiste disculpable hubieran dejado algún socavón sin señalizar. Las paredes así mismo eran impenetrables aún cuando algunos de sus habitantes más imaginativos chocaban con ellas al intentar atravesarlas en un momento de desbordantes fantasía percibiendo espacios abiertos allí donde los demás solo ven un espacio bien delimitado por piedras y ladrillos. Aparte de estas y algunas otras leyes físicas inmutables, este mundo se plegaba con dulzura a la imaginación de sus habitantes.

La princesita Sara nació en este mundo donde el sol pedía permiso para despertar a sus dormilones habitantes, donde la luna enseñaba su redonda carita a cualquier hora del día para que cada habitante pudiera tener su noche cuando él quisiera sin necesidad de utilizar trucos tales como encender las luces de neón en pleno día. Nació en un mundo donde los árboles crecían en cualquier sitio con la condición de que alguien invocase su presencia, surgían en medio de las habitaciones, rompían techos y permanecían en el centro de las casas con sus ramas repletas de pequeños y hermosísimos pajarillos cantores; horadaban el asfalto de las calles y los coches rodeaban sus troncos saludándoles alegremente con sus cláxones. En este mundo los niños se dedicaban a la política y los adultos jugaban en los parques, subiéndose a los columpios y peleándose por un quítame allá esa paja. Las miradas eran tan limpias que las niñas podían hacer pis en las esquinas con las faldas levantadas mientras seguían cantando el corro de la patata, ningún niño se acercaba para reírse de ellas, despreocupados seguían jugando como si tal cosa.

Nació en un mundo donde a lo largo de su historia la sangre siempre circuló mansamente por las venas de sus habitantes sin que en momento alguno hubiera empapado la tierra ni derramada por las calles. Era un mundo bello donde todos reían por las calles sin avergonzarse por ello ni mirar de reojo por si molestaban a alguien y cuando alguno de sus habitantes sentía ganas de llorar no se escondía en esquinas solitarias para hacerlo, se limitaba a interrumpir su risa para llorar mientras los demás que le veían seguían riéndose hasta que conseguían contagiarle de nuevo. El cielo era azul los días alegres y gris los días tristes. Si alguien necesitaba contemplar el azul del cielo utilizaba sus ojos límpidos para taladrar las nubes y empaparse de azul, si deseaba el color gris de la melancolía pintaba nubes en el cielo hasta oscurecer el sol. Nadie se ocultaba de nadie y todos caminaban por las calles dejando que sus ojos miraran a donde quisieran sin miedo a tropezarse con una persona no deseada. Los que se caían mal procuraban encontrarse de vez en cuando para invitarse a comer. Se compartían los alimentos sin miedo a que los huéspedes pudieran pasar hambre al día siguiente porque seguro que recibirían alguna invitación solo con salir de casa. Los acreedores procuraban no utilizar la usura ni la amenaza con sus deudores por miedo a la sentencia implacable de sus propios hijos.

Los niños un día habían hecho la revolución y ahora ocupaban los estamentos del poder, el parlamento, las judicaturas, el ejército, etc., mientras los papás se dedicaban a sus extrañas y divertidas actividades. Todos los niños procuraba ser buenos porque a las primeras de cambio recibían unos azotitos en el culo. Las campañas electorales eran ruidosas, llenas de risas y juegos donde todos los niños procuraban ir bien vestidos con sus mejores trajecitos, peinados con mimo por sus mamás y lavados y restregados hasta la extenuación para que sus caritas relucieran al sol. Al encontrarse por las calles se miraban unos a otros y se encontraban guapísimos, se estrechaban las manos y caminaban juntos a la busca de mítines. En una esquina un candidato a Presidente intentaba en vano hacer un juego de magia, los espectadores se burlaban del candidato que acababa llorando y suplicando le votaran porque el mando de un país es mucho más fácil, con seguridad lo haría mejor que el juego de manos que intentaba una y otra vez sin éxito.

Como todos los bebés la Sara nació a la vida llorando pero pronto fue calmada con un chupete que quitó de su boca al ver tanta gente a su alrededor y saludó a la vida diciendo: Gu…Gu… Saludar a todo el mundo era lo que más le gustaba, al levantarse nunca se olvidaba de una palabra cariñosa para cada una de sus cincuenta muñequitos de peluche. Conforme fue creciendo y comenzó a salir a la calle –se escapaba cuantas veces podía, en una ocasión salió con el orinal de plástico en la cabeza como un sombrero- recogía cuantos animalitos encontraba, se empeñaba en llevárselos a casa para cuidarlos y si se le negaba este deseo lloraba desconsoladamente sobre la dulce cabecita del animalillo.

Un día que se cortó con un cuchillo comprobó que su sangre era roja como la de todo el mundo pero como había oído hablar de la sangre azul de las princesitas decidió pintársela y a punto estuvo de desangrarse para cambiar su color con la pintura que su madre compró para pintar su habitación.

Amaba la música porque podía cantar lindas canciones con su hermosa vocecita que encandilaba a los gorriones. Pero más que nada amaba la vida en sí misma, nunca se detenía a mirar las cosas malas, su rostro estaba siempre alegre y sonriente.
Aprender a gatear fue una hermosa experiencia, descubrió mundos que los adultos jamas imaginaron. Imitar sonidos atrajo sobre ella el amor de todos que la colmaron de mimos y caricias. En su casa era la princesita y pronto sería conocida por tal en todas partes in que a nadie le pareciese mal. Era tan alegre, simpática y dicharachera que todo el mundo la quería; caminaba por las calles saludando a perritos, gatitos y toda clase de animales que encontraba a su paso.

Amaba la belleza porque ésta hacía cosquillas a su alma y amaba la fealdad porque todo tenía siempre sentido. Amaba la risa y la sonrisa pero no le avergonzaba el llanto cuando se pinchaba con las espinas al intentar recoger las rosas de su jardín. Nunca despreciaría la vida porque era el mejor regalo que nunca recibiera.

Creció como una sólida planta, se hizo arbolito, árbol gigantesco de cuya copa brotaban hermosas rosas multicolores. Su mirada se clavaba en el cielo aguardando la lluvia, esperando el sol, contemplando la nube, jugando con la nieve, contando las estrellas, taladrando el horizonte.

Nació en un mundo donde la envidia servía para abonar los campos. Las cosechas siempre llegaban a todas las bocas y las hambres del alma nunca se satisfacían. Como princesita tenía el privilegio de amar a todo el mundo sin que nadie se sintiera ofendido. Nunca llegó a reina porque odiaba la corona sobre su cabecita, pero dejó que su sangre pintada de azul inundara los ríos y los mares para que todos la bebieran y se transformaran en príncipes azules si no estaban conformes con el color de su sangre..

Antes de que el fin de los tiempos llegara decidió que su mente almacenara todas las bellezas de su mundo. Se hizo pintora y cada día se la veía en un sitio distinto con su pequeño caballete de madera y su hermoso estuche repleto de pinturas y pinceles, un regalo de los Reyes Magos en una desapacible noche del invierno pasado. En el parque pintaba los columpios de madera o los caballitos o a un niño riendo al bajar por un tobogán. Todos sus personajes exhibían una gran sonrisa de oreja a oreja tenían los ojos grandes y alegres y vestían ropas de gran colorido.

En cualquier rinconcito de la alegre ciudad podía contemplarse a una preciosa niña de largas coletas recogidas con una cintita azul de terciopelo que observaba con seria atención todo su entorno para inclinarse seguidamente sobre la lámina bien sujeta al caballete. Cada noche reunía las láminas, las numeraba, fechaba y guardaba en una hermosa carpeta de cuero, en cuya tapa se apreciaba un gran escudo nobiliario. Era también un regalo de Reyes Magos aunque éstos nunca le dijeron que lo habían conseguido en unos grandes almacenes de todo a sonrisa la pieza.

-Bueno, bueno, con esto tenemos bastante –interrumpió empollón ansioso por despachar el cargo de princesita y centrarse de una vez en el de presidente que era lo que más le interesaba.

-Es el cuento más bonito que he oído nunca –dijo la amiga de Sara- ya quisiera que mi papá me escribiera algo tan bonito.

-Bueno, si su papá escribe tan bien, nos podría escribir el himno de este país. ¿Se lo pedirás?

Sara inclinó la cabecita asintiendo, estaba muy orgullosa de su papá pero le costaba hablar de ello, su timidez la convertía en una niña silenciosa pero si hubiera sido capaz de expresar todo lo que tenía dentro de su cabecita les hubiera dejado asombrados a todos.

-Ahora –dijo empollón- comencemos con las votaciones para presidente. Propongo mi candidatura. ¿Alguno mas?

Dijo esto con voz tan poderosa y retumbante que nadie se atrevió a oponerse, tal vez el hecho de que no supieran qué era aquella palabra tan rara influyera en ello. Se produjo la votación a mano alzada, las manos se fueron elevando poco a poco, unas por inercia y otras deseosas de terminar las prolegómenos y comenzar el juego.

-Ahora propongo que juguemos a la guerra- dijo un niño muy conocido por su afición a la batalla con piedras, su cara llena de moretones así lo atestiguaba.

-De acuerdo –empollón que ya había conseguido lo que se había propuesto desde el principio pensó que una distracción no le vendría mal, no fuera que alguien empezara a cuestionar su liderato.-

-Pero es el jefe quien declara la guerra –propuso el niño de la guerra- así que la Princesita Sara debe decirnos que estamos en guerra.

-Eso está bien, pero contra quién se hace la guerra, no puede existir si no tenemos enemigos- dijo el niño melenas con recochineo y todos se echaron a reír.

-Está bien –pidió calma empollón- primero que la Princesita Sara se ponga aquí de pie delante de todos y declare la guerra. Necesitamos voluntarios para ser el enemigo.

Princesita Sara fue empujada hasta donde se encontraba empollón que se había subido sobre una caja vacía que se había utilizado para almacenar fruta. Mientras tanto el melenas se pone de pie y dice:

-Yo seré el general enemigo. Quien no sea un cobardica que me siga.

Sale del grupo portando un pañuelo blanco clavado en un palo y se va alejando de la reunión en dirección hacia un grupo de mustios árboles. Mueve la bandera en el aire reclamando voluntarios. Algunos niños se han levantado dubitativos y le siguen mirando hacia atrás meditando si su decisión habrá sido la buena. Una niña cuya simpatía hacia melenas nunca ha confesado ni siquiera a sí misma se levanta y empieza a caminar pero al ser consciente de que va a exhibir públicamente sus sentimientos más íntimos se vuelve a sentar.

La princesita se encoge tímidamente incapaz de dar ninguna orden pero ante el resentido empujón de empollón se revuelve con los morritos muy juntos como si fuera a echarse a llorar y grita:

-No me gusta la guerra. No quiero declarar ninguna guerra. Me voy.

Se aleja corriendo y todos se quedan mirando interrogativos a empollón.

-Está bien, a falta de princesita, el presidente es el que manda. Declaro la guerra al país enemigo. No le hemos puesto nombre así que le llamaremos el país de la bandera blanca. Todos en pie y a prepararse, coged piedras y llenaos los bolsillos.
-¿Y las niñas? –pregunta la niña repipi que perdido todo protagonismo no quiere que se olviden de ella.

-Las niñas que se remanguen las faldas y las llenen de piedras, serán nuestro transporte de municiones. Te nombro sargento de transportes- dice empollón y toca en un hombro a la niña con un palito del que se ha provisto como bastón de mando.

-Gracias, gracias – la niña no puede resistir su alegría y besa a empollón en la boca. Este escupe con repugnancia y todos se ríen alborozados.

La guerra comenzó de la misma forma que se inician todas, una piedra perdida que golpea a alguien, o tal vez un insulto o un reto no desoído. El caso es que pronto una lluvia de piedras, pequeñas, grandes, de todos los tamaños, vuelan en una y otra dirección. Ambos bandos se refugian donde pueden y ocupados en esconderse abandonan por un momento el ataque. La algarabía disminuye lo suficiente para que comience a oírse el llanto desconsolado de un niño, que tumbado sobre la hierba tiene las manos en la cabeza de donde sangra como un cerdito. Empollón ordena el cese de las hostilidades y se acerca a examinar al herido. La herida es tan aparatosa y el aspecto de las ropas, empapadas en sangre, tan lastimoso que asustado por las consecuencias sale corriendo sin esperar a nadie, ni siquiera a la niñita repipi que corre detrás de él sin poder alcanzarle llamándole a grandes voces para que le espere.

El resto se va acercando y la mayoría sigue el ejemplo de Empollón. , solo el hippie y otro tienen la sangre fría de colocarle un pañuelo sucio sobre la herida y ayudarle a ponerse en pie. El herido es conducido a su casa y la reunión termina por aquella tarde.

El solar queda silencioso. La ciudad, allá al fondo sigue su ajetreado ritmo, en el que cada habitante participa según su propio humor, hay quienes pierden el culo por conseguir más y más dinero, otros prefieren sentarse en una terraza y contemplar cómo la gente se afana como hormiguitas individuales trabajando cada una para su casita de papel; los niños prefieren perder el tiempo viendo la televisión y si no les dejan sollozan clamando que se aburren hasta que aburren a sus padres. En las casas de nuestros amigos todo ha vuelto a su ritmo normal, cada uno de ellos se ha metido la imaginación en el bolsillo y se comportan como un niño de este tiempo debe comportarse. Mañana volverán al solar el único lugar del mundo en el que pueden sacar la imaginación del bolsillo y dejarla que corretee entre los escombros. No todos podrán asistir a esa cita tácita, habrá quienes tengan que quedarse en casa, castigados, quejándose de que se aburren hasta que les dejen ver la televisión.

FIN

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