CRAZYWORLD XXIX


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY VIII

CRAZYWORLD

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/CONTINUACIÓN

Los hombres creen que para las mujeres el sexo es algo tan repugnante que solo consentimos cuando hay algo tan importante que nos compensa hasta el abrirnos de piernas y sufrir la brutal embestida del macho, ya sea una vida acompañada, un estatus social y económico, un futuro sin riesgos, o nuestro instinto maternal que nos impulsa a tener hijos y cuidar de ellos como si nuestras vidas no tuvieran sentido sin contribuir a la supervivencia de la especie humana. Están convencidos de que solo ellos pueden disfrutar del sexo sin remordimientos, sin responsabilidad, sin justificarse con el sentimiento, con el romanticismo, con la entrega de quien está tan enamorada que puede entregar su cuerpo sin esperar nada a cambio, porque somos tan tontas que nos enamoramos de los que menos se lo merecen, de los canallas, de los maltratadores, de las bestias sin entrañas. Creen que permitimos que nos esclavicen porque no podemos vivir sin el maravilloso amor y si para alcanzarlo tenemos que engañarnos hasta la estupidez más sorprendente, lo hacemos. Ellos, en cambio, pueden disfrutar del sexo sin sentimientos, sin necesidad de engaños, sin la menor responsabilidad, sin enamorarse, sin sentir nada que no sea el placer que buscan con ansia porque dura poco y es aburrido. Por eso necesitan la variedad, la busca del nuevo cuerpo, pescado con el anzuelo de su supuesto irresistible encanto. Los hombres nos desprecian porque creen que renunciamos al sexo si no viene acompañado de algo misterioso, profundo, eterno. Les parece algo tan estúpido como quien esperara a estar enamorado de un menú para comer. El hambre debe ser satisfecha siempre, de cualquier manera, con cualquier cosa, no se puede vivir sin comer, aunque sea rebuscando en los cubos de basura. Por eso no les importa obtener sexo de cualquier manera, rebuscando en la basura, pagando como si se tratara de un menú, más o menos caro, en un bar de carretera o en un restaurante de lujo. Según ellos las mujeres somos idiotas porque nos dejamos engañar por la locura del amor, porque no disfrutamos del placer sin entregar al tiempo nuestras almas, nuestras vidas, todo lo que somos.

Yo también llegué a pensar así, escuchaba a mi madre hablar con el reverendo, con otras mujeres, y me parecía tan obsceno el sexo sin amor que lloraba por las noches, imaginando que nunca encontraría al hombre de mi vida, porque los hombres son todos iguales, miserables que venderían a su madre por introducir su trocito de carne erecta en una cueva diferente cada noche. Pero la monstruosidad genética que me tocó en suerte acabó haciendo que me burlara de todas aquellas estupideces. No necesitaba estar enamorada para que cualquier miembro, incluso los más raquíticos y timoratos, me hiciera llegar al éxtasis. No podía creer en la monogamia romántica porque sabía que cualquier pene que me rozara el sexo sería irresistible para mí. Una monstruosidad genética había cambiado para siempre mi forma de pensar, mi psicología, todo lo que mi santa madre me había inculcado durante años y años. Los hombres se habían aprovechado de una circunstancia concreta que había puesto de relieve las ventajas de su biología, que había hecho más liviana su condición sexual. Se aprovecharon de las circunstancias históricas y de la imperiosa necesidad de la humanidad de sobrevivir, castigando a las mujeres con una carga biológica que no se merecían, mientras ellos disfrutaban del placer y se ahorraban las consecuencias. Nunca comprendí que la naturaleza fuera tan cabrona y si soporté durante un tiempo los experimentos de aquel nazi idiota, el profesor Cabezaprivilegiada, fue porque llegué a pensar, ¡ingenua de mí!, que el destino iba a hacer morder el polvo, iba a vengarse de tanta miserable desvergüenza, haciendo que algún experimento se trastocara y aquellos idiotas acabaran sufriendo un infernal cóctel de hormonas que transformaran sus vientres en receptáculos de los nuevos bebés del futuro. Sí, me abandoné al delirio, pensando que acabarían transformándose en mujeres, en seres hermafroditas, que de alguna manera la naturaleza se vengara de siglos de castigo a las mujeres por algún torpe error genético.

Solo cuando me convencí de que ni la cabeza más privilegiada en la personalidad más mezquina y miserable ni la torpeza infinita de sus adláteres, ni la infinita avaricia y lujuria de Arkadin y los suyos, iban a propiciar una sentencia tan justa, me decidí a utilizar sin la menor vergüenza y sin el más mínimo sentimiento de culpa el arma que la naturaleza, por error u omisión, había puesto entre mis piernas. Diseñé una estrategia y la fui cumpliendo paso a paso. Nunca hubiera podido desactivar las medidas de seguridad por mí misma, así que me fui haciendo poco a poco con las llaves de todas las puertas que me encerraban. Nada más fácil que ir seduciendo, discretamente, a todos los hombres, a todos los machos, que me separaban de la libertad. Primero fueron los celadores que me vigilaban noche y día, dándome de comer en mi celda, observando constantemente que mi cuerpo no traspasara las paredes ni que mi astuta mente no hubiera encontrado la forma de suicidarme a pesar de que sus manazas cacheaban mi cuerpo cada vez que entraba y salía de aquella amplia y lujosa celda, de la que no tengo queja. Seduje al celador de mañana, luego al de tarde y finalmente al de noche. En cuanto sus disparejos miembros viriles entraron en contacto con mi clítoris y fueron atrapados por mi berenjena, se convirtieron en mis esclavos. Podía pedirles cualquier cosa, en cualquier momento, a cambio de unos minutos de sexo, y lo obtenía entre reverencias y baboseos repugnantes. Luego fueron los adláteres del laboratorio, porque antes de fugarme quería destruir aquel laboratorio infernal donde los nuevos nazis pretendían la conquista del planeta, esclavizando a todo el mundo con el irresistible sexo artificial generado por mis hormonas extraterrestres.

Los últimos fueron los informáticos que habían diseñado las medidas de seguridad y las seguían manteniendo con una observación meticulosa día a día. Te ahorraré los sórdidos detalles del proceso de conversión de aquellos especímenes idiotizados en zombis sexuales. Como un pulpo de mil tentáculos podía alcanzarlo todo y solo me quedaba esperar el momento oportuno para fugarme de aquella prisión regentada por el más nazi entre los nazis, cuando el destino me alcanzó como un rayo. Tal vez había esperado demasiado tiempo, teniendo en cuenta la lujuria desenfrenada y el poder brutal de Mr. Arkadin y sus millonarios locos, porque una vez que comprendieron que la genialidad de John Cabezaprivilegiada no sería capaz de alcanzar el éxito, bien porque era una tarea ni siquiera al alcance de la diosa naturaleza o bien porque tal vez la cabeza de John no fuera tan privilegiada como les parecía, decidieron que al menos iban a sacar provecho de aquella inversión condenada a la bancarrota y sin la menor ética, compasión, ni humanidad, me convertí en su esclava sexual. Me trasladaron a una zona que habían construido en secreto, por eso ninguno de mis seducidos pudo darme razón de ello, y que poco tenía que envidiar al palacio de las mil y una noches. Allí me visitaban a cualquier hora del día o de la noche para gozar de mis favores sexuales. El primero fue Mr. Arkadín que se vio sorprendido por la experiencia más celestial o infernal, según se mire, que le fue dado experimentar a macho humano alguno. Lo que él no pudo imaginar fue que el amo se convirtiera en esclavo, la esclava en ama, el violador en violado, el poderoso en indefenso bebé y el portador de las llaves en la cerradura más violada del planeta. Ocurre con los poderosos lo que a los poderosos insectos polinizadores que creen haber encontrado la flor más hermosa y perfecta, más indefensa y al alcance de sus aguijones, sin darse cuenta de que están siendo atrapados por la más sutil y carnívora de las plantas insectívoras. Seguramente Arkadin pensó que podría disfrutar de mi berenjena el tiempo que quisiera, alcanzar el éxtasis, repetir una y otra vez, cuando él quisiera, sin caer en la adicción que sufren todos los que se creyeron poderosos guerreros, capaces de cortar cualquier nudo gordiano que les saliera al paso.

El guerrero que se cree más poderoso es el que acaba siendo abatido más fácilmente. Mr Arkadin acabó comiendo en mi mano, suplicando por una sesión de sexo con mi berenjena, aunque solo fuera un minuto, ofreciéndome sus millones, ofreciéndome el mundo y sus pompas. A duras penas soportaba que me visitaran su rebaño de millonarios, a quienes había prometido gozar de aquella rara flor que la loca naturaleza había ofrecido a los machos en toda la historia humana y que tal vez nunca se repetiría. El laboratorio se transformó en un congreso demoniaco, donde todos perdieron sus formas y las palabras callaron, dando lugar a los hechos más sanguinarios y brutales. Solo me quedaba el profesor, tan puritano, tan nazi él que era capaz de las mayores atrocidades pero incapaz de unos minutos de sexo. Me vi obligada a ordenar a mis esclavos que me lo trajeran al lecho, que lo desnudaran de la forma más desvergonzada y humillante posible, que lo ataran al lecho y que todos formaran un gran círculo a nuestro alrededor. Me monté sobre él y masajeé su endeble apéndice que solo reaccionó cuando dejé el glande al desnudo y lo masajeé sobre mis labios, arriba y abajo, hasta que mi clítoris fue creciendo hasta alcanzar el tamaño de una berenjena que atrapó su erección como una planta insectívora el aguijón del insecto y con gran placer por mi parte lo cabalgué, domeñé y le hice suspirar, gemir, gritar, pedir socorro, hasta que su rostro se desfiguró por el placer y el remordimiento y el santo puritano se transformó en el demoniaco nazi que era y que ocultaba a los demás y así mismo.

Había ordenado una grabación exhaustiva de todo lo ocurrido en aquel dormitorio de las mil y una noches a un informático especialmente esclavizado. Lo quería todo, desde todos los puntos de vista posibles y hasta en panorámica circular con una cámara disimulada en el techo bajo la forma de una discreta lámpara. Elegí las primeras horas del alba, cuando todos dormían, para fugarme de aquella prisión nazi. Desperté al informático baboso y domeñado, le hice entregarme todas las grabaciones en discos duros de varios terabytes y dejar abiertas todas las puertas de las instalaciones y le pedí que se fuera a mi habitación-prisión, se bañara concienzudamente y me esperara despierto y desnudo en la cama. Yo mientras tanto me dirigí al laboratorio, destruí todas las muestras recogidas de la exudación de mi clítoris, dejé libres a todas las cobayas y monos de laboratorio y provoqué varios cortocircuitos, por si alguno fallaba. Sin querer saber nada de las consecuencias me deslicé como un fantasma silencioso hacia la salida, vestida con la ropa de una de las limpiadoras que acostumbraba a dejar en su taquilla del vestuario, como copia de seguridad, porque en aquel maldito laboratorio lo más imprevisible podía ocurrir en cualquier momento.

Decidí tomar un taxi con el metálico que había ido sisando de los millonarios y especialmente de los bolsillos de la bata de Cabezaprivilegiada que acostumbraba a tener llenos y que nunca contaba. En la ciudad más cercana tomé un autobús enrevesado que daba vueltas y más vueltas por todos los pueblos de la zona, sin saber nunca cuál sería el recorrido, porque cada día era distinto. Me apeé donde me pareció oportuno, alquilé un coche y me dirigí en línea recta desde el parking de la empresa hacia el punto cardinal hacia el que miraba el morro del vehículo. Llegué a una gran ciudad de la que no quise saber el nombre, tomé un tren hacia la costa, cualquiera, luego un avión hasta Alaska, donde permanecí un año escondida en una cabaña de madera cerca del monte Denali. De vez en cuando me acercaba a un hotel del parque donde pasaba varios días consultando en Internet todas las noticias referentes al incendio del laboratorio, a Mr. Arkadin, al profesor y a mí. De esta manera supe que el laboratorio había quedado arrasado, sin que nadie pereciera gracias a la intervención rápida de los bomberos, que ocupados en salvar al personal nada pudieron hacer por las instalaciones a pesar de los desaforados gritos de Mr. Arkadin y de las cuantiosas recompensas que ofreció al cuerpo de bomberos y que luego extendió a los cazarrecompensas, a la mafia y a todo aquel que pudiera dar razón de mi paradero. También intervino el FBI, la CIA, la ATF, el Servicio Secreto, la U.S. Border Patrol, los Rangers, los Marshals y la agencia Pinkerton, y eso que yo sepa. Millones de ejemplares de un pasquín con mi foto fueron repartidos hasta en los servicios públicos. Debo decir que al menos Arkadín tuvo el detalle de elegir la foto que más me gustaba.

Continuará… más bien pronto que tarde.

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