DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA III


D.R.G

Llegamos al hotel y todos subimos a nuestras respectivas habitaciones, para ducharnos y cambiarnos de ropa antes de cenar. Aprovecho para escribir una rápida crónica introductoria que mandaré después de la cena. Resulta curioso que todas las guerras tengan diferencia horaria con el país de origen del periodista. No suelo cantar mientras me ducho, no hay muchos motivos para hacerlo. Me limito a repasar los datos a utilizar en una crónica fría, supuestamente objetiva y aséptica. Un reportero de guerra no debe mencionar nunca que siente cosquillas en la nuca o que le tiemblan las piernas ni siquiera que una lagrimita rebelde se junta a las gotas de agua que resbalan por su cuerpo intentando no pensar en la esposa que quedó llorando por las esquinas de la casa ni en el bebé que puede muy bien no llegar a conocer a su papá. Estos datos son personales e intransferibles. Y las personas, lo que se dice personas, no interesan mucho en una guerra. Al lector le interesan cosas como si han caído doscientas bombas o doscientas mil sobre la ciudad de… Puedes mencionar que hay seis muertos civiles y una docena de heridos pero no se pueden dar nombres, ni  apellidos, ni mencionar la familia, ni contar nada de sus vidas tronchadas como el tallo de una flor. En las guerras los muertos no tienen nombres, son estadísticas, números que se hinchan o deshinchan según interese a las partes en conflicto. Nos disculpamos diciendo que una guerra tiene demasiados datos y ajetreo para buscar cosas tan peregrinas como nombre y apellidos que nadie conoce o vidas que han desaparecido ya y a nadie interesan pero en el fondo es un escamoteo sobre el que se llega a un pacto tácito entre lectores o espectadores y editores o empresarios del mundo de la comunicación. La base de tus informaciones suele ser el comunicado oficial que recibes de los estados mayores de ambos bandos. Tachas esto o aquello o matizas o insertas información personal que a veces tiene bastante de rumor no confirmado. No interesa saber por ejemplo que el general… tiene una hija drogadicta o que al soldado Ryan su mujer le ha puesto los cuernos al segundo siguiente de haber puesto los pies en el avión. Ni que la mujer muerta en un bombardeo tenía seis hijos menores que quedarán en manos de un tío pedófilo pongamos por caso. Y no es que estos datos sean imposibles de conseguir. La prueba está que en nuestros civilizados países donde nunca hay guerra los paparazzi podrían conseguirlos en menos que canta un gallo. Lo que ocurre es que no interesa hurgar en la herida, concretar en seres humanos con una biografía lo que no es sino un conflicto abstracto donde intereses económicos, políticos o ideológicos se ventilan tratando de que el conflicto termine cuanto antes y con la menor publicidad posible. Los reporteros de guerra estamos para eso, para que no se convierta en algo abstracto, para dar nombres y apellidos a las personas y a los acontecimientos, pero muchas veces debes limitarte a llorar amargas lágrimas en la ducha por la muerte de la persona y el nacimiento del número estadístico. Luego sales de la ducha, uno se seca con la toalla, se cambia de ropa y escribe una aséptica crónica y baja a cenar con sus amigos Antonio, Estefanía y Jean Claude.

 

La cena transcurrió con el nerviosismo propio en estos casos que intentamos disimular hablando mucho, muchas anécdotas sobre todo las más divertidas, y mucha bebida. La comida no era mala pero supongo que la angustia se te pone en el estómago y no te deja tragar a gusto porque ninguno de los cuatro dimos buena cuenta de los platos que un camarero solícito iba poniendo delante en cuanto nos descuidábamos. Bebí con moderación porque me gusta estar despierto en el trabajo, si tengo que morir quiero hacerlo con la consciencia clara. Me dediqué a estudiar a mis compañeros. Jean-Claude es amable, gentil, aparentemente tranquilo solo se le nota el nerviosismo en un ligero temblor de la mano al coger el vaso. Le gusta escucharnos y de vez en cuando mete baza con un comentario profundo o un chiste muy francés que debo rumiar unos segundos para cogerle la gracia. Estefanía no cesa de mirarme, creo que está preocupada por mi nueva condición de padre y esposo. Las mujeres no pueden evitar sentirse maternales en estos casos. Por otra parte hace tiempo que noté un afecto especial de su parte. Nos caemos bien y creo que nos gustamos físicamente pero no nos hemos visto sino en guerras y uno no está para muchos trotes cuando el estrépito de las bombas te sacude al menor descuido. La relación con la que hoy es mi mujer y antes la eterna novia o compañera siempre fue muy “sui géneris”. Ella soportaba todo de mí porque estaba enamorada pero yo nunca quise comprometerme, esta no es una profesión de compromisos precisamente. Me gustaba que me recibiera con esa pasión desbordante que ella pone en todo, me gustaba que me cuidara y mimara como una madre, vivir juntos una temporada y hacerme a la idea de que no estaba solo, pero eso no duraba mucho. Vuelta a viajar, vuelta a las mismas historias, sino es una guerra es un reportaje para el periódico en unas elecciones en Sudamérica o una conferencia de paz en cualquier sitio o una estancia en Israel como corresponsal. Ella entonces estaba lejos y yo buscaba consuelo en brazos de otras mujeres que no significaban mucho. Estefanía es soltera y tampoco quiere comprometerse, un poco de calor aquí y allá y la amistad como meta en las relaciones hombre-mujer. Hace algún tiempo me invitó a su casa en Roma pero no encontré tiempo. Supongo que ella deseaba unas largas y amorosas vacaciones, algo de lo que rara vez puede disfrutar un corresponsal.

Creo que ha bebido más de la cuenta y le pide a Javier que cuente algún chiste verde, éste se pone colorado y me mira como interrogándome. Saco a relucir una vieja historia de un viejo conflicto africano. Aunque parezca un estúpido juego de palabras tiene mucho humor negro. Para los desheredados del tercer mundo la muerte no es algo tan terrible, se vive y se muere como se puede y mientras nos dejan. La expectativa de vida es muy corta y nadie tiene tiempo de pensar en cuándo llegará la hora. Cuando acabo nos reímos un poco histéricos. El humor negro no templa los nervios precisamente. Nueva ronda de bebidas y al final me veo forzado a acompañar a Estefanía a su cuarto. Está demasiado borracha para ir sola. Por el camino me suplica entre hipidos que deje este maldito trabajo ahora que tengo mujer y un hijo. Si yo fuera tu mujer no permitiría que me dejaras ni un segundo aunque para ello tuviera que estar haciéndote el amor día y noche. Porque yo te quiero, te he querido siempre. Lo sabes, ¿verdad?. ¡Hip!. Casi se derrumba en mis brazos. La dejo vestida sobre la cama. No me atrevo a desnudarla.

Vuelvo a mi habitación escribo una carta a mi esposa antes de darme una nueva ducha y quedarme dormido tumbado en calzoncillos sobre la cama. Hace mucho calor. Tengo sueños extraños hasta que el cansancio me sumerge en un sueño profundo. De pronto oigo el retumbar de nudillos en la puerta y me despierto. Es Estefanía que me avisa que el general ha puesto en marcha la columna. Ha estado tomándose medio litro de café puro. Está despejada y fresca como una rosa.

El hecho de ser reportero de guerra no impide que tu naturaleza humana siga su curso habitual. Sientes ganas de evacuar, a veces estás soñoliento, maldices que un general te despierte en lo mejor del sueño porque ha dado la orden intempestiva de que la división se ponga en marcha. El reportero se acostumbra a dominar a la naturaleza, evacua rápidamente y cuando puede, duerme con el ojo del subconsciente abierto esperando la sorpresa, come a salto de mata lo que tiene a mano y maldice cuando está a gusto y algún imbécil aunque sea general interrumpe el plácido discurrir de tus noches.

Estefanía había llamado a la puerta en plena noche por lo que tuve que hacerlo todo muy deprisa y maldiciendo de las risitas que oía al otro lado de la puerta. Ella sabe cómo me molesta que interrumpan mi sueño, o la comida o el discurrir plácido del tiempo cuando no sucede nada.

-Siempre serás el mismo. Un día una bomba te va a limpiar el trasero como te descuides.

Abajo nos esperaban Antonio y Jean Claude con el conductor del jeep, traductor y guía que ha contratado este último, un experto en estas tareas siempre molestas. El alquiler del jeep es casi tan alto como la compra, nadie espera que vuelva indemne de la guerra. El guía también se aprovecha, tiene que alimentar una familia numerosa. La guerra viene bien a algunos y mal a muchos. Es ley de vida. A una sugerencia de Jean-Claude el conductor acelera al máximo, pronto nos encontramos en la carretera detrás de la columna motorizada. Nos situamos en retaguardia y adaptamos el paso al de los monstruos de acero.

D.R.G2

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