VICTORIA


RELATOS AUTOBIOGRÁFICOS
ALGUNAS HISTORIAS DE MUJERES

VICTORIA

Durante mi juventud padecí una fascinación irresistible hacia la mujer…también ahora, aunque de otra manera y de forma menos irresistible. A mis veintiuno o veintidós años, estrenar trabajo y encontrarme con una linda jovencita de compañera, mesa con mesa, debería producir necesariamente, siguiendo la lógica más elemental, determinados efectos. Si además añadimos que el joven acababa prácticamente de salir del cascarón religioso, que estaba lejos de su familia, que carecía de amigos y que para él, encontrar el amor de su vida era un objetivo prioritario, el enamoramiento era unaria cantada, compuesta por Mozart o Rossini, vital, divertida y alegre, muy alegre.

La timidez tal vez sea una barrera que la plaza de toros de la vida pone a disposición de los novilleros para no cometer más locuras de las necesarias y poder refugiarse en ella cuando el toro bravo embiste, con cuernos afilados. No es mala cosa, aunque para un joven que debe contemplar a una jovencita durante todo el horario de trabajo esa es una tortura para experimentar e imposible de describir. Ella también estaba lejos de casa, sin familia, pero sí con amigos. Los fines de semana regresaba al hogar, dulce hogar, y el resto de los día tenía su propia vida, íntima e inaccesible al compañero, que cada vez que levantaba la vista de la máquina de escribir, se enfrentaba a un rostro aniñado, atractivo y muy dulce. En la oficina trabajaban más hombres, pero todos mayores, casados y con familia. Había también algunas chicas, jóvenes y solteras, sin embargo a él solo le interesaba una.

Ella se llamaba Victoria y era delgadita, como las modelos de pasarela actuales. Estatura media, morena y la mirada de sus ojos, suave, vivaracha y alegre. Todo el monte es orégano, debió de haber pensado el jovencito, aunque existían dos obstáculos, la joven tenía novio y un hombre cuarentón, que visitaba la oficina una vez a la semana, por motivos profesionales, la piropeaba discretamente y hablaba con ella siempre que podía.

El hombre llegaría a ser famoso, adquiriendo cierta relevancia social. Estaba casado y tal vez tuviera hijos. No obstante una perita en dulce siempre es una perita en dulce. El hombre era alto, bien parecido, poseía una labia un tanto desagradable para el joven, aunque tal vez no para ella y para el resto de los mortales. Los pensamientos del enamorado discurrían en silencio, durante meses no dijo esta boca es mía.

Hasta que un día escribió un poema, que le dedicó a Victoria. Poema que se ha perdido y del que solo recuerda el comienzo.“Victoria, tu belleza vence dulcemente, en cada batalla de la vida”. O algo así, porque a pesar de hacer una copia y conservarla, el poema terminó en el fuego, en uno de sus arrebatos de baja autoestima. Tras largas reflexiones pasó los versos a un folio, manuscritos, con letra de molde.

La dedicatoria decía algo así: “A Victoria, cuya belleza vence dulcemente en cada batalla de la vida”.

Introdujo el folio en un sobre, lo cerró con saliva y puso su nombre. Dobló éste con cuidado, guardándolo en el bolsillo del vaquero. No me atreveré nunca, pensaba. Finalmente surgió la ocasión. Todos se habían marchado y Victoria se quedó para terminar algo urgente. El aguardó también y al salir la alcanzó en la acera.-¡Victoria! Tengo algo para ti. Le entregó el sobre doblado y salió de estampida.

Victoria se quedó con cara de susto y la boca abierta. No tiene tiempo ni de preguntarle de qué va la cosa. Pasa el tiempo. No sucede nada. Un día nota cuchicheos y risitas entre las compañeras. El futuro famoso y actual piropeador de Victoria le toma el pelo al joven con frases hirientes. Antes le caía mal, ahora le odia, intensa, satánicamente. Lo que él temía se ha producido. No que ella le desdeñara, estaba previsto y aceptado, sino que no se resistiera a comentárselo a alguien. Secreto de dos, secreto de todos.

Lo que no hemos contado es que nuestro personaje está deprimido, muy deprimido. Sufre ciclos depresivos, muy profundos. Se interna en una clínica para seguir una terapia de sueño. Consiste en dormir, día y noche, y otro día y otra noche y otro… Te despiertan para comer y te vuelven a dormir, con medicación disuelta en suero y administrada por vía intravenosa. Sueños y más sueños, despiertas y recuerdas algo, y luego vuelves a dormir y a soñar…Salió mejor de lo que entró. La terapia daba resultado.

Regresa al trabajo y… no sucede nada. Todo parece haberse calmado. Se han olvidado de él, ya no le toman el pelo; el olvido corre su velo sobre el espantoso ridículo que acaba de hacer. Al fin de vuelta a la rutina. ¡Uff! Todo pasa, todo llega…
Cuando Victoria le dice en un aparte que desea hablar con él, citándole en una cafetería, él no acepta, sabiendo de antemano cuál será el tema de la conversación. Imagina lo que ella tiene que decirle y se asusta. Teme derrumbarse en público. Ella insiste, hasta le propone ir a su piso. El acepta porque la esperanza es lo último que se pierde. ¿Y si la respuesta fuera sí?

Mientras caminan juntos el joven siente renacer la esperanza. Se deja llevar en alas de la fantasía, aunque la lógica es aplastante: Victoria no caería en sus brazos, ni aunque la empujaran.

El piso es viejo, lo comparte con otro que no estará, porque trabaja hasta muy tarde. Hay un viejo sofá, completamente deteriorado y dos sillas desvencijadas. Allí no puede sentarse una dama. Solo queda la cama, deshecha, con la ropa revuelta (el joven suele hacerla una vez a la semana). Ante su sorpresa Victoria no se asusta y acepta sentarse sobre aquel revoltijo de sábanas. El joven se sienta a su lado, temblando de miedo y de deseo. Un gesto y su brazo rodeará su hombro. Otro gesto y su cabeza se inclinará hasta que sus labios toquen la boca femenina.

Pero Victoria no lo hace y él permanece a su lado, con tanto miedo que hasta le tiemblan las piernas. Su excitación es tanta que nota su miembro viril ponerse duro como un palo .Así escucha a la joven. Habla con voz dulce, aunque muy serena y con una espantosa seguridad en sí misma. Le dice que el poema se le ha gustado mucho, que se siente feliz de que haya pensado en ella de esa manera. Cualquier mujer se sentiría feliz de despertar semejantes sentimientos en un hombre. Pero…
Pero ella tiene novio y está enamorada de él y piensan casarse en cuanto ella consiga el traslado. Está allí de paso. Regresará con su familia en cuanto le sea posible. Lo suyo no tendría el menor futuro. No es que le parezca poco atractivo o feo, al contrario, el joven posee un físico agradable. Tampoco es mala persona, al contrario, su sensibilidad al escribir esos versos lo demuestra. Victoria se atreve incluso a dar un paso más. Le dice, con una sonrisa, que a él le parece sincera, aunque tal vez su mirada lo desmienta –el joven es demasiado inexperto para estar seguro- Victoria le dice que si no tuviera novio hasta se le entregaría ahora, sobre este lecho sucio y revuelto.

Reconoce que el poema la ha trastornado. La excitación que siente el pollito es tal que le aterra no poder controlarse, explotar sobre el calzoncillo y que los restos se muestren al exterior en la bragueta del pantalón. Piensa que arriesgarse tal vez merezca la pena, al fin y al cabo no tiene nada que perder. Si ella no se opone terminantemente seguirá adelante y sea lo que Dios quiera. ¡A la mierda su novio! ¡A la mierda todo! Daría ese paso sin pensárselo dos veces. Ella merece la pena. Ha encontrado el amor de su vida. ¿Por qué titubear ahora?

Pero no lo hace. Le aterra la posibilidad de que ella le rechace, con palabras duras, hirientes. Con el alma resbalando de sus ojos hacia el suelo él responde que lo comprende. Que se quede con el poema que ella intenta devolverle. Es suyo, solo suyo y para siempre. Ella le ofrece su amistad. Para eso no hay dificultad alguna. Pero él sabe que solo son palabras. ¿Qué clase de amistad podría existir entre ellos después de esta escena? Un resentimiento feroz se apodera del joven enamorado. No sabe de dónde procede. Ignora qué le impulsa a odiarla. Al fin y al cabo ella se ha comportado con una delicadeza y sinceridad digna de elogio. Pero es así. La odia, porque con sus palabras le está arrebatando la vida. No habrá otras mujeres. Para él es todo o nada, ahora o nunca.

Se levanta y la acompaña a la puerta. Victoria se marcha y él se queda. Un paso más y el infierno se acerca a grandes pasos. A la semana de esta patética escena el pobre cuitado oye cómo el futuro famoso, casado y con familia, rijoso y seductor de jovencitas, le propone a Victoria que cene con él ese fin de semana. Ella mira al joven y no acepta, porque pasa todos los fines de semana con su familia (todos los fines de semana, insiste, pero el dolido espectador nota que no dice nada de su novio).El burgués rijoso insiste, propone fechas alternativas, da vueltas alrededor de Victoria como una polilla alrededor de una bombilla encendida. Victoria resiste, pero el joven nota que hay menos fuerza cada vez en sus negativas. Una idea pasa por su cabeza, en la que están bullendo todas las calderas del infierno. Ella va a ceder, piensa, se va a acostar con ese imbécil, solo porque es rico y poderoso y alto y guapo y no le ha escrito un poema, simplemente se lo ha planteado como un pasatiempo sin importancia. No está enamorado de ella. No dejará a su familia por Victoria. Lo pasarán bien una noche, tal vez más noches si ella consiente y no crea problemas y luego se olvidará para siempre de alguien a quien el joven ama más que a su propia vida.

El resentido enamorado mataría al burgués ahora mismo y también la mataría a ella, a Victoria. Sus sentimientos le superan. Nunca creyó que la naturaleza humana pudiera ser tan demoníaca. Poco a poco se va calmando. Al fin y al cabo ella no es suya, no es su propietario, su cuerpo es suyo y solo suyo y de nadie más. Puede entregarlo a quien quiera. ¡Qué importa que el otro no la ame y que el compañero que está a punto de soltar un sollozo la ame con amor romántico, pasional, como un personaje del romanticismo literario! Además suya fue la culpa. Fue él quien escribió el poema y se lo entregó y le dijo todo lo que sentía. La culpa es suya y solo suya. ¿Por qué culpar a quien nunca le dio la menor ocasión para ilusionarse?

Nunca supo si Victoria cedió o no, si llegó a acostarse con aquel maldito burgués rijoso o si aquello quedó en un simple rifirrafe entre un Don Juan de pacotilla y una jovencita que era bastante más madura de lo que indicaban sus años. El joven espiaba sus gestos cada día. Nada objetivo le dijo que sí, que ella había entregado su cuerpo desnudo a un cabrón sin escrúpulos. Pero algo en su interior, muy dentro de su carne, en el fondo de su alma, le gritó que sí, que ella había cedido, que lo que tanto le repugnaba había tenido lugar.

Victoria acabó por obtener el traslado a su ciudad natal. Nunca supo si se casó con su novio, aunque todo parece indicar que fue una buena esposa y una buena madre. En cuanto al burgués rijoso, alto, guapo, casado, con familia y muy creído de sí mismo, llegaría a ser famoso por circunstancias de un tipo y de otro. El no tan joven le vería en la televisión, hablando con aquella repugnante voz de pijo, engolado, narcisista, como un dios al que la vida debería rendírsele sin rechistar y al que todas las mujeres deberían desear. Porque él era un hombre al que los dioses machos mearon desde el Olimpo y al que las diosas hembras amamantaron a sus pechos.

Cuando el hombre que llegó a ser el joven encendía el televisor y oía aquella voz repugnante y veía aquel rostro miserable, arrancaba el cable del enchufe y sentía deseos de tirar el televisor por la ventana. Pero antes de que el futuro diera la vuelta a la esquina el joven enamorado y resentido cayó en una profunda depresión. Puede que sus fantasías no fueran ciertas y que sus sentimientos se acercaran al delirio de un demente, pero algo sí era verdad: un pollito recién salido del cascarón está a merced de cualquier depredador o de cualquier inclemencia de la vida.

Pasó el tiempo. Durante muchas noches oyó en sueños reírse a Victoria, a sus compañeras y sobre todo a aquel macho insolente. Nunca supo si fue esa la razón más poderosa que le impulsó a intentar el suicidio. Sobre una montaña, en mitad de un bosque, alzó hasta la sien una pistola, que nunca confesaría de dónde obtuvo. Vio a la muerte acercarse sobre el césped húmedo, en el que aún quedaban ligeras capas de nieve. Supo que nadie le libraría de ella. Porque Dios estaba muy lejos, tanto que nadie le había visto nunca.

Apretó el gatillo deseando hundirse en la nada y olvidar para siempre que una vez fue un ser vivo, un fetillo monstruoso, un error de la naturaleza y…

No ocurrió nada. Alguien, no sabía quién, le había regalado una nueva vida. El muy idiota ni siquiera sabía distinguir una bala de verdad de una de fogueo. La pistola era de verdad, o al menos lo parecía, por su peso, por sus dimensiones, por su mecanismo. El cargador también parecía bueno, las balas eran grandes y nada en ellas hacía pensar que estuvieran huecas o pesaran menos de la cuenta. Entonces …

¿Qué había ocurrido? Lo dedujo inmediatamente. La pistola estaba cargada con balas de fogueo. Ni siquiera probó el resto. Puede que alguna fuera buena. Le habían regalado una nueva vida y eso era suficiente para él. Un nombre en una agenda, un poema perdido o quemado. Algo que ocurrió en algún tiempo, en algún lugar y que ya nadie recuerda. Una realidad constatable y palpable, una fantasía delirante que nunca pudo ser comprobada y que llegó a ser más real para un joven romántico que cualquier pared contra la que se hubiera golpeado la cabeza.

Una historia más, arrastrada por el río de la vida. Una pesadilla que nunca debió haber sido recordada. Una mujer más en la vida de un hombre, que llegaría a enamorarse de otras muchas mujeres. La parte femenina del universo se pasea por una pasarela de modelos. Va tomando la forma de una mujer y de otra y de otra…

La historia es un río de mujeres que pasan ante los ojos muy abierto de un joven romántico que cree que él solo merece su amor, que está convencido de que algún día la parte femenina del universo y su parte masculina se unirán para siempre y él será un buda, un imperturbable dios, que recordará todo sin miedo y sin vergüenza. El destino es inescrutable y marca sus cartas con signos que sólo él puede ver. Victoria no era la mujer de su vida. Solo él sabe por qué razón. El destino es un fullero, siempre hace trampas…

De vez en cuando alguien le resulta simpático y decide ponerle un as en la bocamanga con el que ganará la partida. El afortunado no lo sabe y pasa el tiempo y el dolor se vuelve irrespirable y cuando todo está perdido el as cae de su manga, con un movimiento ligero, cuando otros más bruscos no le desplazaron. El as tiene rostro de mujer, cuerpo de mujer, nombre de mujer… y le está sonriendo al hombre desesperado. Pero tal vez el destino tenga otras cartas guardadas en su ajustada bocamanga. Tal vez todo vuelva a empezar de nuevo y la muerte se acerque a grandes pasos, con una pistola en la mano. Uno vive una vida como si fuera única, aunque en realidad está viviendo su milésima vida y cometiendo su milésimo error.
Nunca aprendes, nunca escarmientas, nunca te rindes. Porque algo te impulsa a seguir. El buda imperturbable que serás está sonriendo mientras te contempla, fuera del tiempo y el espacio. ¿Pero cuánto queda para llegar hasta él?

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