DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA IV


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El sol termina de ocultarse y viene la noche, el calor deja de ser agobiante y se agradece un ligero fresco que pronto se transformará en el famoso frío nocturno del desierto. Mis compañeros se dan prisa por empezar a montar la tienda de campaña. Jean-Claude me mira sonriente pero con un gesto de reproche. Arrojo la colilla a la arena y me dispongo a echar una mano. No sé por qué se me ocurre machacar el clavo. Inicio la conversación hablando de Bogart y sus pitillos en las escenas de casi todas sus películas. Resulta curioso lo que cambia la vida cuando la ciencia dice su última palabra y lo que era una hipótesis de trabajo se convierte en dogma científico. Me pregunto en voz alta si dentro de unos años no se suprimirán los pitillos de las películas clásicas o se suprimirán las escenas en que alguien enciende un cigarrillo. Creo que se han suprimido escenas de películas en las que aparecen las Torres gemelas antes del atentando. A nuestra hipócrita sociedad le interesa suprimir todo lo que molesta. Me pregunto cuándo suprimirán en las películas bélicas los cañones. Desde luego parecen hacer menos daño que los pitillos.

 

Estefanía me mira y mueve la cabeza. Debe estar pensando algo parecido a “ya está otra vez con su manía de ponerlo todo patas arriba”. Esto me pica aún más. Salto al tema del racismo. En Hollywood estaban prohibidos los besos entre actores de raza blanca y raza negra. Algún listillo debió pensar que el color de la piel se podía contagiar a través del beso como dos prendas de distinto color en la lavadora. Me revienta esta hipocresía social. Es vomitiva. Todos me miran dejando por un momento su faena y sonríen y se ríen descaradamente como hace el chofer que permanece tranquilamente sentado en el jeep y fumando. No se le ha pagado por montar la tienda de campaña. La sociedad es como una modelo vestida con ropa de abrigo de los pies a la cabeza paseando por una pasarela en un salón repleto de gente desnuda, completamente desnuda. La modelo no puede desnudarse porque va a ser vista por muchos ojos que en cambio si pueden estar en cuerpos desnudos porque ellos no se contonean en la pasarela.

 

Estefanía me manda callar. La imagen no es mala, de un surrealismo atroz, pero ella sabe muy bien que cuando me pongo así, termino por ser insoportable para todo el mundo. Intento controlarme pero no puedo parar. Sigo hablando de los reality shows, de la economía, de los contratos basura, del racismo, de todo lo que se me ocurre. Les digo irónicamente que eso es muy bueno para el desarrollo de la sensibilidad humana. La columna que está vivaqueando está allí precisamente para defender a cañonazos esos valores.

 

La dulce italiana no aguanta más viene hacia mí y me manda callar con dureza. Me pone otro cigarrillo en la boca y me pide que la ayude con la cena. Hoy habrá un plato caliente. Habrá que aprovechar antes de que sean las bombas las que calienten los platos fríos que nos esperan el resto de la guerra.

 

El resto se lo pueden ustedes imaginar. Es curioso cómo tira esta maldita profesión. Un psiquiatra amigo me dijo una vez que nos acostumbramos tanto a los subidones de adrenalina que ya no somos capaces de permanecer más de un par de minutos con las manos a la espalda contemplando un hormiguero en el campo. Y mucho menos si las hormigas no son de la raza caníbal sino unas simples acaparadoras de comida para el invierno. Necesitas el sabor ácido de la adrenalina en la boca, necesitas vivir el riesgo, el peligro acechante en la mirada de cuantos te rodean.

 

Tal vez esto sea verdad aunque sin duda no se trata de toda la verdad. En mí aún quedan viejos resabios de idealismo trasnochado, de estúpido romanticismo de siglos atrás cuando en las guerras podías insultar al enemigo que corría hacia ti con la lengua fuera. Aún soy capaz de pensar que la humanidad puede tener remedio, que no todo está perdido, que si consigo poner en el plato del ciudadano normal un cadáver que hieda lo suficientemente fuerte tal vez el cristal estalle en mil pedazos, ese cristal incoloro, inodoro e insípido que el televisor pone delante de nuestros ojos para que la realidad no pueda ser tocada ni sentida con demasiada intensidad.

 

Estos pensamientos me hacen gracia pero no puedo evitarlos. Aún recuerdo la última cena en casa con un par de viejos amigos. Bromeábamos viendo en el televisor escenas de conflictos lejanos, pero luego, en el jardín, fumando un buen habano y trasegando coñac francés se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo.

 

Al despedirme de Elena al tiempo que besaba sus lágrimas no dejaba de jurar y perjurar que éste sería mi último trabajo. Ella no me creyó. Ahora, mirando esta bazofia de plástico en plato de plástico, me pregunto si algún día encontraré redaños suficientes para cumplir lo prometido. Estoy intentando ver algo atractivo en esta comida que reposa en el plato de plástico que aún no he tocado. Tengo el tenedor de plástico en la mano y pienso que cuando esté allí la echaré de menos. Un conocido cosquilleo me recorre la nuca, hace temblar mis piernas contra el asiento delantero. Es por el miedo y por algo más que no me atrevo a definir. Clavo el tenedor de plástico en el bistec de plástico al tiempo que repaso si me he dejado algo, si en mi magro equipaje falta algo esencial para retratar la guerra.

El sol termina de ocultarse y viene la noche, el calor deja de ser agobiante y se agradece un ligero fresco que pronto se transformará en el famoso frío nocturno del desierto. Mis compañeros se dan prisa por empezar a montar la tienda de campaña. Jean-Claude me mira sonriente pero con un gesto de reproche. Arrojo la colilla a la arena y me dispongo a echar una mano. No sé por qué se me ocurre machacar el clavo. Inicio la conversación hablando de Bogart y sus pitillos en las escenas de casi todas sus películas. Resulta curioso lo que cambia la vida cuando la ciencia dice su última palabra y lo que era una hipótesis de trabajo se convierte en dogma científico. Me pregunto en voz alta si dentro de unos años no se suprimirán los pitillos de las películas clásicas o se suprimirán las escenas en que alguien enciende un cigarrillo. Creo que se han suprimido escenas de películas en las que aparecen las Torres gemelas antes del atentando. A nuestra hipócrita sociedad le interesa suprimir todo lo que molesta. Me pregunto cuándo suprimirán en las películas bélicas los cañones. Desde luego parecen hacer menos daño que los pitillos.

Estefanía me mira y mueve la cabeza. Debe estar pensando algo parecido a “ya está otra vez con su manía de ponerlo todo patas arriba”. Esto me pica aún más. Salto al tema del racismo. En Hollywood estaban prohibidos los besos entre actores de raza blanca y raza negra. Algún listillo debió pensar que el color de la piel se podía contagiar a través del beso como dos prendas de distinto color en la lavadora. Me revienta esta hipocresía social. Es vomitiva. Todos me miran dejando por un momento su faena y sonríen y se ríen descaradamente como hace el chofer que permanece tranquilamente sentado en el jeep y fumando. No se le ha pagado por montar la tienda de campaña. La sociedad es como una modelo vestida con ropa de abrigo de los pies a la cabeza paseando por una pasarela en un salón repleto de gente desnuda, completamente desnuda. La modelo no puede desnudarse porque va a ser vista por muchos ojos que en cambio si pueden estar en cuerpos desnudos porque ellos no se contonean en la pasarela.

 

Estefanía me manda callar. La imagen no es mala, de un surrealismo atroz, pero ella sabe muy bien que cuando me pongo así, termino por ser insoportable para todo el mundo. Intento controlarme pero no puedo parar. Sigo hablando de los reality shows, de la economía, de los contratos basura, del racismo, de todo lo que se me ocurre. Les digo irónicamente que eso es muy bueno para el desarrollo de la sensibilidad humana. La columna que está vivaqueando está allí precisamente para defender a cañonazos esos valores.

La dulce italiana no aguanta más viene hacia mí y me manda callar con dureza. Me pone otro cigarrillo en la boca y me pide que la ayude con la cena. Hoy habrá un plato caliente. Habrá que aprovechar antes de que sean las bombas las que calienten los platos fríos que nos esperan el resto de la guerra.

El resto se lo pueden ustedes imaginar. Es curioso cómo tira esta maldita profesión. Un psiquiatra amigo me dijo una vez que nos acostumbramos tanto a los subidones de adrenalina que ya no somos capaces de permanecer más de un par de minutos con las manos a la espalda contemplando un hormiguero en el campo. Y mucho menos si las hormigas no son de la raza caníbal sino unas simples acaparadoras de comida para el invierno. Necesitas el sabor ácido de la adrenalina en la boca, necesitas vivir el riesgo, el peligro acechante en la mirada de cuantos te rodean.

Tal vez esto sea verdad aunque sin duda no se trata de toda la verdad. En mí aún quedan viejos resabios de idealismo trasnochado, de estúpido romanticismo de siglos atrás cuando en las guerras podías insultar al enemigo que corría hacia ti con la lengua fuera. Aún soy capaz de pensar que la humanidad puede tener remedio, que no todo está perdido, que si consigo poner en el plato del ciudadano normal un cadáver que hieda lo suficientemente fuerte tal vez el cristal estalle en mil pedazos, ese cristal incoloro, inodoro e insípido que el televisor pone delante de nuestros ojos para que la realidad no pueda ser tocada ni sentida con demasiada intensidad.

Estos pensamientos me hacen gracia pero no puedo evitarlos. Aún recuerdo la última cena en casa con un par de viejos amigos. Bromeábamos viendo en el televisor escenas de conflictos lejanos, pero luego, en el jardín, fumando un buen habano y trasegando coñac francés se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo.

Al despedirme de Elena al tiempo que besaba sus lágrimas no dejaba de jurar y perjurar que éste sería mi último trabajo. Ella no me creyó. Ahora, mirando esta bazofia de plástico en plato de plástico, me pregunto si algún día encontraré redaños suficientes para cumplir lo prometido. Estoy intentando ver algo atractivo en esta comida que reposa en el plato de plástico que aún no he tocado. Tengo el tenedor de plástico en la mano y pienso que cuando esté allí la echaré de menos. Un conocido cosquilleo me recorre la nuca, hace temblar mis piernas contra el asiento delantero. Es por el miedo y por algo más que no me atrevo a definir. Clavo el tenedor de plástico en el bistec de plástico al tiempo que repaso si me he dejado algo, si en mi magro equipaje falta algo esencial para retratar la guerra.

Aquella noche sufriríamos una pequeña sorpresa. En la guerra las grandes sorpresas tienen que ver con el estallido de la paz no de las bombas. Durante la cena Estefanía se pegó a mí, temerosa de que continuara mi ácido discurso sobre cómo el primer mundo ha conseguido la paz en casa generando guerras fuera. Desde la segunda guerra mundial parece haberse convenido que las guerras en casa deben ser evitadas a toda costa porque la economía se resiente mucho, en cambio las guerras lejanas ayudan a la industria armamentística, después a la industria reconstructora y deja el miedo en el cuerpo a los ciudadanos-electores. Una tripleta de razones que aconsejan no preocuparse demasiado de los conflictos lejanos. A veces se monta una trifulca en el porche como es el caso de Yugoslavia o Chechenia, hasta se oyen los disparos pero lo más que llegan a producir las balas en alguna que otra rotura de cristales en nuestras ventanas. Estefanía logró derivar la conversación hacia temas menos conflictivos. Nos habló de su último amante, un atractivo joven, prometedor actor de la gran pantalla a quien a su vuelta de la última guerra encontró encamado en su propio lecho con una pechugona actriz de reparto (le había dejado las llaves y el encargo de cuidar del gato).

-Los hombres sois todos iguales, por eso me hice reportera de guerra. Para que los amantes me duraran justo el tiempo entre un conflicto y otro. Tan solo unos días.
Nos reímos con ganas aunque en el fondo todos sabemos que la bella italiana es una romántica, en el amor y en la guerra. Jean-Claude nos contó los últimos chismes del mundo del famoseo francés. Más risas y justo cuando Antonio iba a rematar con los últimos chistes de guerra que le había contado no sé quién se produjo la sorpresita.

La aviación aliada pasó sobre nuestras cabezas como un trueno de la tormenta que amenazaba descargar no muy lejos de allí. Nadie se movió. A los enemigos ya no les queda aviación, no podían ser ellos. El cielo no tardó en iluminarse en una mancha rojiza sobre el horizonte. Bombardeaban la ciudad que debería tomar mañana nuestra división. Se supone que allí nos encontraríamos con la avanzadilla del enemigo. Mejor bombardear y luego preguntar. Así habrá menos posibilidades de que muera alguno de nuestros soldados cuando vayan a pisar las ruinas. Los muertos civiles son daños colaterales inevitables en toda guerra. La culpa la tienen ellos que no abandonan su país cuando estallan las guerras. El hecho de que no sepan a donde ir no es disculpa, siempre pueden arrojarse al mar, una preocupación menos para los mandos militares del ejército invasor. Terminado el bombardeo llegan algunos colegas que comparten la botellita de licor escondida cuidadosamente en la mochila. Un traguito y se disparan las últimas noticias.

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Se bombardea la capital, se bombardean las ciudades más importantes, todos son objetivos militares, por supuesto. Nuestros colegas que están con el enemigo han sido llevado a punta de fusill a ver los destrozos civiles de las bombas borrachas que han perdido el norte. Nos vamos a dormir. Mañana hay que madrugar. Se prevee un día duro. Los primeros contactos con el enemigo lo son siempre, aún no han muerto suficientes de ellos para que el avance se convierta en un paseo militar.

Amanece en el desierto y la hermosura de los primeros rayos besando la arena nos pilla ya en marcha. Nada en nuestro entorno ni en nuestros pensamientos nos hace pensar que este puede ser un día aciago. No hay malos augürios. Estefanía dormita sobre mis rodillas, Jean -claude habla con el chofer y Antonio permanece muy serio mirando el horizone. Miro la arena que comienza a calentarse y me imagino que no tendrá un color diferente cuando las primeras gotas de sangre se derramen. Al mediodía se producen las primeras escaramuzas. Nos ponemos a retaguardia quedando un poco rezagados. Esperamos acontecimientos. De pronto un inesperado pinchazo nos distancia de la columna y del resto de colegas que continúa su lento avance. No nos preocupamos, los alcanzaremos pronto. Reanudamos la marcha dejándonos llevar por el ruido del combate al otro lado de la zona de dunas. Pero el combate parece estar por todas partes y tras dar un par de vueltas en círculo el chofer detiene el vehículo para consultar un viejo mapa que saca de la guantera. Observa que hacia el noroeste debería encontrarse según el mapa y sus cálculos una formación rocosa. Cree que sería conveniente echar un vistazo con los prismáticos desde la altura para hacerse una idea de lo que está pasando y saber hacia qué lado se dirigen los nuestros. Estamos de acuerdo. Es mejor perderse que recibir metralla en las narices. Más tarde encontraremos su rastro, una división no se volatiliza así como así, ni siquiera en el desierto. Hacia allí nos dirigimos con mucha precaución. De pronto se me revuelven las tripas. Creo haber visto un reflejo metálico sobre una roca. Lo comento con los demás. Alguien mira un buen rato a través de los prismáticos y dice que puede ser un reflejo del sol en la piedra.

Continuamos aún con mayor precaución. Al llegar a las primeras rocas el chofer detiene el vehículo. Aunque parece ser una falsa alarma no las tiene todas consigo. Me ofrezco voluntario para explorar a pie. Si hubiera algo anormal les daré una voz y deben salir corriendo. No creo que me abandonen a mi suerte pero insisto en ello tercamente. Me introduzco por un pequeño pasadizo hasta llegar a un anfiteatro rocoso. Miro largo rato alrededor sin observar el menor indicio de presencia humana. Antes de llamarles espero y espero como si de esta forma creyera que los supuestos emboscados pudieran perder la paciencia y darse a conocer. Oigo la voz de Jean-Claude preguntando si va todo bien. Grito que no hay peligro y que pueden venir. Se acercan todos, el chofer no ha querido quedarse solo al volante, por lo visto cree que de venir peligro vendrá más del desierto que de aquella formación rocosa. Antonio me ofrece su cantimplora en un gesto en el que intuyo su necesidad de espantar el miedo acercándose al veterano. Va listo porque tengo las tripas tan revueltas que estoy rezando porque no me vea en la necesidad de descargar, tendría que hacerlo a la vista de todos y aunque en el campo de batalla se pierden casi todas las inhibiciones de naturaleza íntima no es el momento de dar el espectáculo.

 

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