DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA Y V


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Apenas he tenido tiempo de echar el primer trago cuando suena un disparo. Todos nos arrojamos al suelo aunque por lo visto ha sido al aire. Oímos gritos frente a nosotros entre las rocas. El chofer nos traduce con la boca casi pegada al suelo. Nos ordenan que pongamos las manos sobre la nuca y que no nos movamos. Estefanía se ha puesto de rodillas y les grita algo. La empujo sin miramientos, la obligo a poner las manos en la nuca y una vez que observo que todos están quietecitos me aprieto contra la arena como si quisiera esconderme en ella.

 

Hemos caído en una trampa y aquí no valen las convenciones de guerra ni ponernos el carnet de periodista en la boca. Todo dependerá de quién esté al mando y de que le caigamos bien o mal. Así de sencillo. No podemos negociar, no podemos suplicar, estamos a su merced y lo único que podemos hacer es rezar. Todo por un maldito pinchazo a destiempo. Te libras de las bombas y no puedes librarte del destino en forma de pinchazo.

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Se acercan. Disimuladamente  doy un rápido vistazo. Son media docena de partisanos provistos de fusiles ametralladores. Puede que entre las rocas haya otros tantos. Tal vez sean desertores o restos de un batallón de fedayines que se han refugiado allí hasta que pase lo peor del combate. Nos registran sin contemplaciones. Nos ordenan ponernos en pie y nos conducen hasta la pared rocosa más cercana. Allí nos hacen extender las piernas a patadas y yo recibo un culatazo en la espalda al intentar mirar en dirección a Estefanía. Oigo sus risas lascivas e intuyo que a la pobre más que registrarla la están metiendo mano con todo descaro. No puedo controlarme a pesar de que soy consciente de que mi conducta sólo empeorará la situación. Puede que ésta sea mi guerra más corta pero no soporto sus risas de hiena, es superior a mis fuerzas. Me vuelvo y les grito que la dejen en paz. Recibo otro culatazo, esta vez en el vientre y me doblo sobre mi mismo echando bilis por la boca.

Nos ordenan que estemos quietos y en silencio o no lo vamos a contar. Nuestro chofer traduce rápidamente y por lo visto les explica que somos periodistas, que no llevamos armas, que no vamos a hacerles daño alguno, que estamos allí para contar la verdad y eso también les beneficia a ellos. Todo esto lo sabemos porque al traducir la respuesta nos explica lo que les ha dicho él antes. Intuyo que atenúa el feroz lenguaje de la respuesta. A pesar de ello nunca había oído algo tan obsceno. Amenazan con darnos por el culo y con violar a Estefanía hasta que reviente. Les digo a todos en voz baja que es mejor no resistirse y esperar que les vaya bajando la adrenalina.

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Nos piden que bajemos los brazos y nos demos la vuelta. Nos contemplan con insolencia. Son una docena, no me había equivocado aunque seguro que han dejado a alguno de guardia sobre las rocas. Podemos darles las gracias, nos dejarán con vida y hasta permitirán que nos quedemos con nuestras cantimploras. Pero se llevarán a Estefanía. Oigo sus risas donde la lujuria pone un tono de bestialidad que me estremece. Intento negociar. Le digo al chofer que traduzca lo más fielmente posible. Comienzo a hablar sin una sola pausa, si me interrumpen sin dejarme llegar al final estamos perdidos. Es como negociar con un ladrón que nos está robando hasta la ropa interior. Solo puedes ofrecer tu vida y eso ya la tiene en sus manos. Les digo que no se lleven a la chica, que me llevan a mi y dejen libres a los demás. Pertenezco a una empresa muy poderosa que pagara un fuerte rescate. Todo es una cochina mentira. Espero que a pesar de ello se lo acaben tragando y la codicia pueda más que la lujuria momentánea. Insisto. La chica no. Un rehén como yo puede solucionarles la vida. Deben pensárselo. La chica no.

 

Se produce un tenso silencio y luego se disparan las risas como estampidos de bala contra mi pecho. No se lo han tragado. Cogen a Estefania y ante su resistencia  intentan llevársela a rastras. La ponen en pie tirando de sus brazos con tanta fuerza que temo vayan a descoyuntarla. Uno de ellos la besa en la boca y las carcajadas resuenan dentro de mi cráneo como un tambor. Estefanía permanece digna, su rostro está contraído por la rabia. Intenta controlarse y mostrarse lo más altiva que pueda, es lo único que acabarán respetando, su orgullo y su falta de miedo. Escupe a los pies del agresor y le mira a los ojos con desprecio.

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Me quedo paralizado por el terror. Soy consciente de que no se puede hacer nada, solo esperar y rezar. Comienzo a rezar un padrenuestro cuando algo me distrae. Antonio se ha lanzado repentinamente contra ellos, golpea con su puño en la cara de quien ha besado a Estefanía. Intenta patear al resto al tiempo que les lanza los peores insultos de nuestra lengua. Ellos se carcajean de él con desprecio. Entonces intenta arrebatarle el fusil al más cercano y recibe un formidable golpe en el pecho que le hace rodar por tierra varios metros. El jefe le dice algo, sus palabras son como el filo cortante de un machete. Nuestro chofer traduce y suplica al mismo tiempo. Debemos dejarles hacer lo que quieran o nos matarán a todos. Observo que Antonio se ha levantado y permanece agazapado a la espera de una oportunidad. Vuelven a arrastrar a Estefanía y Antonio ciego de furor se lanza sobre uno de ellos que ha quedado rezagado dándole la espalda. Luchan por el arma, el otro sale vencedor y le golpea en los genitales. Antonio aúlla de dolor. El jefe que se ha ido acercando con gélida calma se pone tras Antonio que permanece arrodillado con las manos en la bragueta. Eleva la pistola hasta su nuca y dispara sin mover un músculo.

Estefanía se desmaya. Jean-Claude grita y yo sin saber lo que estoy haciendo me lanzo contra el jefe. Recibo un terrible culatazo en el rostro antes de llegar a él de uno de los fedayines. Pierdo la consciencia.

 

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Me despierto en un hospital de campaña. La enfermera, una soldado que se ha puesto una bata sobre el uniforme, me increpa asustada por mis gritos. Cuando me calmo me explica que el culatazo me ha roto la nariz y la mandíbula pero no es grave. Tendrán que hacerme la cirugía estética aunque no me convertiré en un monstruo. Pregunto por mis compañeros y ante su negativa a hablar grito como un energúmeno. Sale diciéndome que buscará al doctor.

El doctor me informa pero es remiso a decirme toda la verdad sobre mis compañeros. Todos muertos, pienso y me pongo a chillar de nuevo. El doctor sale y regresa con Jean-Claude que tiene una venda manchada de sangre rodeando todo su cráneo. Me calma e intenta engañarme hasta que decide que es mejor decirme la verdad. Al menos dejaré de chillar.

Antonio murió instantáneamente del tiro en la nuca. Estefanía fue violada salvajemente y luego acuchillada con saña. El recibió un culatazo en el cráneo y perdió el conocimiento. Al despertar se encontró con los cadáveres de Antonio y Estefanía. El chofer no estaba, supone que so lo llevaron. Yo parecía muerto. Se llevó un buen susto hasta que logró encontrarme el pulso. Hubo suerte porque en mi mochila aún seguía la bengala con forma de payaso que llevo a todas partes como un amuleto. Por la noche la utilizó rezando porque la vieran los nuestros. Una patrulla cercana nos rescató. ¡Maldita guerra! Cuando tienes todos los ases en la bocamanga para salir indemne pierdes la partida con la muerte. Estefanía estuvo muchas veces en manos de la Parca. Esta vez todos guardaban ases en la manga. En la retaguardia del ejército invasor es más fácil que las balas no te alcancen. Pero nunca se sabe donde te aguarda la que tienes destinada.

 

*                   *                     *

 

Han pasado dos días. Estoy de vuelta. Me han internado en un hospital  donde me van a recomponer el rostro. En el televisor estoy viendo una vez más las escenas de los ataúdes de Estefanía y Antonio bajando del avión en dos aeropuertos distintos que a mí me parecen el mismo. No se puede separar a dos hermanos en la muerte. Se interrumpe el reportaje para dar una noticia de última hora. El hotel de la capital donde se encuentran todos nuestros colegas, en territorio enemigo, ha sido bombardeado por un tanque de los nuestros. Al parecer hay al menos un muerto, un cámara español.

Ya no respetan nada los muy cabrones. Empiezo a soltar maldiciones y no paro. Finalmente me obligo a callar porque la mandíbula me duele horrores. Entra mi esposa, apaga el televisor y me besa en la boca. Me duele mucho al devolver el beso pero no importa… Estoy vivo.

 

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