UN ESCRITOR FRUSTRADO V


 

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CAPÍTULO III

            Córcoles terminó de leer con un sabor agridulce en el corazón. Por un lado nunca agradecería bastante a “Gordito mala leche” –como era conocido entre sus víctimas- el interés que había manifestado por él desde sus comienzos, las buenas o simplemente compresivas críticas recibidas; pero últimamente se estaba pasando varios pueblos como diría un castizo. Lo que nunca le perdonaría era haber sacado a la luz confidencias vertidas sobre sus grandes orejas en un prostíbulo de altos vuelos, ciegos de alcohol y de sexo. El había conservado sus confidencias en su agenda negra, eso era cierto, pero nunca la había utilizado. Algún día acabaría pagando su deuda, no tenía prisa.

Recordaba aquella noche como una de las más vergonzosas de su vida y eso que no eran pocas. Se habían encontrado en la presentación de un libro. Córcoles aceptó tomar una copa con él en un lugar tranquilo, quería mantener una larga conversación, estaba muy interesado en su futuro como escritor. No hubiera aceptado de haber podido escabullirse sin problemas, pero le debía mucho y temía que su corrosiva pluma se pusiera en su contra. Hablaron, tomaron unas copas que cambiaron a color de rosa su visión del mundo y decidieron prolongar la noche. Córcoles le invitó a cenar en un reputado restaurante –era muy conocida la fama de gourmet de Gordito- donde la buena mesa y el buen vino les hicieron íntimos. Gordito insistió en que le acompañara a una exclusiva casa de alterne recién abierta y Córcoles pillado con el cebo al que no podía resistirse, picó en el anzuelo. Compartieron una lujosa suite y el mejor champagne con una mulata brasileña y una exquisita chinita. Hubo tiempo para todo, incluidas las confidencias, tiempo después Córcoles comprendió el engaño, las confesiones íntimas de Gordito eran tan solo una excelente novela que él hubiera firmado sin dudar. En cambio las suyas eran tan reales como la vida misma. Esperó un chantaje pero Gordito tenía una pasión mucho más intensa que el dinero, se consideraba el prototipo del nuevo mecenas literario moderno, le brillaban los ojos cuando aludía a ello, nunca perdonaba al escritor joven que él encumbrara, su fracaso tenía como consecuencia la más ruin de las venganzas.

 En su caso, como en el de otros, llegó a través de una revista cultural de prestigio que dirigía Gordito. En ella colaboraba con un apunte biográfico que titulaba muy acertadamente: Pequeña biografía cínica de un prestigioso escritor. Quienes aparecen allí recibían un duro golpe del que algunos ni se recuperaban.

A él le dolía sobre todo el ruin uso de confidencias muy íntimas, afectaban a otros aunque indudablemente él fuera el protagonista. Si merecía un severo, lo aceptaba, el que tuvieran que sufrir las consecuencias su esposa o la secretaria de su padre, entre otros, le sacaba de quicio. A pocos se les había ocurrido demandar a Gordito, menos aún eran los que habían conseguido ganar el pleito y más les hubiera valido perderlo porque su prestigio como escritores sufrió un duro revés luego de la campaña emprendida por la revista de Gordito.

Así terminaba el artículo de su mentor –Córcoles recordó la confidencia que le había hecho en una fiesta en la que los dos terminaron debajo de la mesa de un conocido pub de famosos, cocidos en alcohol, luego de íntimas confidencias que ambos supusieron ninguno recordaría- el primero en ensalzarle y darle a conocer. Ahora le flagelaba con látigo de siete puntas, aunque él sabía que no era sino el último intento para intentar revivirlo de un descubridor de jóvenes talentos que no soportaba que alguien pudiera poner en duda su olfato de sabueso literario.

 Córcoles se levantó tambaleándose y tal como estaba decidió bajar al jardín pensando que era el mejor lugar para reflexionar sobre su vida. Bajó las escaleras sin dar la luz, fantaseando sobre la posibilidad de encontrarse con una luz lechosa procedente de un clásico fantasma. Tal vez un encuentro así le ayudara a escribir una buena historia de terror o misterio, nada como un buen susto para salir del aburrido carril de la realidad cotidiana, un carril donde nunca se encuentran buenas historias y que es abandonado por todo escritor que se precie tan pronto se le presenta la ocasión.

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 El jardín estaba tenuemente iluminado por una bombillita de poca potencia escondida en un farolito de plástico colgado del techo del porche; más allá la oscuridad apenas aparecía punteada por alguna que otra estrella en un cielo claro pero ralo como sopa de pobre. Córcoles se dejó caer como pudo en la tumbona situada debajo de un sauce llorón y conforme el fresco de la noche le fue despejando se sintió tan llorón como el sauce cuyas hojas susurraban a su conciencia al ritmo suave de la brisa nocturna.

 Siempre que leía aquella biografía cínica sentía el impulso de tomar entre sus manos el cuello mantecoso de “Gordito mala leche” y estrujarlo hasta alcanzar su frágil sostén como la raspa de una sardina. Entonces podría romper esas vértebras de chicle y ese malnacido dejaría de existir.

Era su primer impulso que acababa muriendo entre mordiscos de su laxa pero acechante conciencia. No es que se arrepintiera de haber seducido a la secretaria de su padre aprovechándose de ella sin ningún escrúpulo para dejarla luego tirada como un trapo. Una mujer tan ingenua como ella necesitaba una buena lección que nunca llegaría a poder pagar ni con un premio en la lotería. Por otra parte él siempre había sido un amante capaz de satisfacer a una mujer, con gran seguridad no volverían a encontrar otro que la satisficiera tanto pero al menos él había acabado con sus tabúes respecto al sexo, una vez desbrozado el camino es fácil que cualquiera lo atraviese. Pesados los beneficios de ambas partes con una balanza de precisión era fácil que ella saliera ganando y si no era así nadie es tan imbécil para ofrecer su cuerpo a otro pensando recibir a cambio un paraíso romántico. Ella no era tan tonta como parecía y su comportamiento posterior lo demostraba, sin embargo la sinceridad de su enamoramiento le cosquilleaba muy adentro. Al menos debería haber sido mal delicado, más tierno.

 Tampoco le molestaba que “Gordito” escribiera tan cínicamente respecto a su cónyuge legal, al fin y al cabo su matrimonio había sido un pacto tácito entre ambos en el que se había logrado por las partes contratantes lo que se buscaba. El hecho de que se contara con tanto cinismo ambos episodios no era sino consecuencia de un error suyo del que no podía responsabilizar a nadie. Tal vez si hubiera frecuentado el trato con otros colegas le hubiera llegado algún rumor sobre la mala baba de “Gordito” pero eso ya no tenía remedio.

También era otro error suyo aceptar cualquier coñito que se le presentara en bandeja de plata. En algunos casos ni siquiera merecían la pena: tan fríos como recién salidos del refrigerador e incluso con dientes afilados que se hincaban en su miembro sin consideración, mientras su propietaria iba logrando lo que se había propuesto. El placer era tan vago que sólo un idiota aceptaría ese intercambio. Eso era él –un idiota. Lo repitió en voz alta regodeándose: I…D…I…O…T…A.

Nada de lo que había hecho tenía suficiente entidad para que su conciencia fuera capaz de revolverse en la tumba donde lo había enterrado tiempo atrás. Era esa sensación de ingenuidad infantiloide, de estupidez de malo de película de serie Z, lo que apretaba con fuerza sus mandíbulas hasta hacerse daño. Encendió otro cigarrillo para controlar ese movimiento reflejo y balanceó ligeramente la hamaca. Con un poco más de ropa, la noche sería espléndida para dejarse llevar por las olas de la fantasía; pero no se levantó para volver a la casa. El frío le hacía bien, le ayudaba a analizar el camino recorrido con objetividad tomando las decisiones necesarias.

Córcoles no era un hombre al que cualquier acontecimiento vital pudiera afectar durante mucho tiempo y muy traumáticamente. Disculpaba a todo el mundo, tal vez porque era muy consciente de su buena estrella. La vida le regalaba a manos llenas lo que necesitaba a cada momento, e incluso en ciertas ocasiones se complacía en hacerle regalos muy especiales, que nadie merece y mucho menos él. Por eso procuraba no mostrarse desagradecido con la vida, el destino o lo que fuera que le amamantaba a sus pechos como un hijo predilecto, sin ni siquiera ser hijo natural. Porque él, Luis Domingos Córcoles, era un auténtico “hijo de puta”. De eso no tenía la menor duda, ni sentía remordimiento alguno. La vida era demasiado dura como para ponerse a elucubrar sobre lo que uno podría llegar a ser si no estuviera constantemente preocupado en sobrevivir. 

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