PERDIDO EN EL TIEMPO XXI


PERDIDO EN EL TIEMPO

BEETHOVEN
NOVENA SINFONÍA
ADAGIO MOLTO E CANTABILE

Me siento plenamente feliz. Una apacible corriente de bienestar recorre lentamente mi cuerpo. He surgido de la oscuridad como la llamita de una cerilla. Sé que tengo piernas porque un cosquilleo agradable me dice que están ahí. La consciencia se limita a un pequeño espacio que intuyo es todo mi cuerpo. Más allá puede que haya algo pero no lo sé ni quiero saberlo. Mi memoria duerme relajadamente, ni siquiera con sobresaltos. Intuyo un pasado, recuerdos, pero todo está dormido y no quiero despertarlo, sea lo que sea.

Es una sensación inexplicable, me viene a la cabeza la imagen de un feto en el vientre de su madre, tendría que hacer un esfuerzo para saber lo que eso significa y no lo voy a hacer. El dolor es un concepto lejano que algún día recordaré. Ni una mínima molestia, ni la menor sensación de desagrado. Todo está bien, todo es perfecto. Cómo ese sonido armonioso que llega desde alguna parte, desde no sé dónde. Puede que sepa lo que es la tristeza, pero no lo recuerdo. Tal vez esté sumergido en un baño de melancolía, aunque en realidad se trata de un concepto que se me escapa. Podría decir que es un momento perfecto que no quiero romper, por eso no digo nada. También el habla es una idea confusa, posiblemente agradable, aunque no lo sé con certeza. Entiendo lo que debe ser el movimiento, tal vez como un paisaje, como un horizonte sin concretar. No siento ninguna necesidad de moverme, de pensar, de hablar, de recordar, estoy bien, muy bien, y eso es suficiente. No entiendo el tiempo, porque nada fluye, tan solo una idea muy vaga de que algo así debe existir, de que yo una vez me deslicé con el tiempo. Algo, lo que sea, se mueve como el aire libre, por todo mi cuerpo, desde los pies a la cabeza y desde la cabeza a los pies. En su camino no encuentra ningún obstáculo y eso es algo que podría ser raro si pudiera hacerme una idea de un mundo diferente, de una consciencia distinta.

Una palabra me viene a la cabeza: música. Sí eso debe ser, debo estar escuchando música. Un sonido, armonioso. Oídos. Como una gota de agua sobre mi cabeza. No significa nada, pero sigue la segunda y la tercera, y ahora sé que está lloviendo. Lluvia. Una nueva palabra, nuevas palabras, nuevos conceptos, tal vez recuerdos de algo, sí de algo, ¿pero de qué? Algo me dice que pronto sabré y entonces esta beatitud, esta felicidad aérea que recorre mi consciencia, lo que soy, se escindirá y tendré que luchar para que no se acabe. Quiero permanecer así para siempre. Soy, para siempre, escisión. Las gotas menudean sobre mi cabeza, pronto serán un diluvio. Las palabras y los conceptos resbalan de mi cráneo, luego llegarán los sentimientos, lo que más temo, y no sé por qué. La música se intensifica, mis oídos se están abriendo. Música, oídos. Algo está llegando hasta mí desde alguna parte, y no quiero que llegue. La aérea armonía que circula por lo que soy dejará de fluir con suavidad, comenzará a buscar algo, se aturullará, se bloqueará y entonces llegará el dolor. Soy, dolor. No quiero ser, no quiero sufrir.

Me dejo llevar por la divina armonía, estoy en estado de beatitud. Estoy, soy. ¿Qué es ser y qué estar? No quiero ser nada, no quiero estar en parte alguna. Solo esta felicidad, suave y tranquila, circulando sin prisas, sin obstáculos. Nunca viví nada parecido. Nunca, siempre. Cada gota de agua es un concepto, un pensamiento, una palabra. Son confusas, pero al unirse parecen aclararse, transparentarse. El chaparrón, la tormenta, el diluvio. Antes de que lleguen me alcanza un paisaje idílico, árboles, un bosque, un arroyo cantarían. La sexta sinfonía de Beethoven, la pastoral. Beethoven, Beethoven, Beethoven… Y entonces estalla un trueno, y un relámpago ilumina la oscuridad. No sabía que estaba en tinieblas, ni qué era la luz. Ahora sé que la escisión se ha producido: luz, oscuridad, felicidad, dolor, recuerdo, olvido, fui, soy y seré, todo tiene su contraparte. Vida y muerte, recuerdo y olvido, recuerdo y olvido, recuerdo y olvido.

Quiero olvidar antes de recordar, quiero estar vivo y muerto, quiero permanecer en esta beatitud para siempre, que la aérea armonía circule hacia parte alguna, me recorra sin prisas, desde los pies a la cabeza, desde la cabeza a los pies, por los brazos, por la piel, por el exterior, por el interior, cada órgano, cada célula, cada milímetro de consciencia. Consciencia, pies, cabeza, mente, recuerdos, olvido, brazos, órganos. Soy consciencia y estoy en un cuerpo. Sí, eso era lo que se me escapaba, lo que me recorre, recorre un cuerpo. Cada parte de ese cuerpo es feliz, cada célula está en armonía, no hay obstáculos en el riego sanguíneo, no hay obstáculos para el prana, para la bienaventuranza. Prana, consciencia, cuerpo, armonía, felicidad, bienaventuranza. Me encojo, me protejo. Encogerse, protegerse. El diluvio me está calando con infinitas gotas que son palabras, conceptos, pensamientos, y lo peor de todo, emociones, sentimientos. No quiero regresar a lo que fui, sea lo que sea. Soy un feto flotando en el vientre oceánico de una madre. Feto, vientre, oceánico, madre. No puedo evitarlo, no puedo seguir luchando contra la oscuridad que viene desde alguna parte y me ahoga. ¿Estoy vivo? ¿Estoy muerto? Y algo estalla y algo se rompe y todo se escinde. Creo percibir el brutal comienzo y sé que estoy escuchando el primer movimiento, el segundo, como en surcos paralelos, desde dimensiones paralelas. Como si sonaran en otro tiempo, aún permanece el tercero, la armonía, la beatitud de la felicidad circulando sin obstáculos. Pero no puedo detener la llamada del destino de la quinta. Una puerta se abre, se está abriendo, lo que va a entrar terminará con mi beatitud. Debo luchar, con todas mis fuerzas, hasta el final.

Beethoven, Beethoven y Berlioz, marcha al suplicio. Un vehículo por una autovía infernal, un pie que oprime el acelerador, la velocidad aumenta, choca contra la mediana, da vueltas de campana, salgo volando del asfalto, un ruido ensordecedor, se rompe el volante, se me clava en el vientre, voy a morir…

Pero estoy vivo, lo sé, no soy un fantasma, no estoy en el cielo, no he alcanzado la beatitud. Sigo vivo. No quiero moverme, me niego, no quiero saber si me duele alguna parte del cuerpo, porque no me duele nada, aún circula el prana sin obstáculos. Siento el deseo de mover un dedo, para saber, pero no lo haré, me niego. Quiero mirar hacia abajo, para ver si aún sangro por la herida mortal. Pero no lo haré. Me encojo, me acurruco como un feto en el asiento de un coche. Siento el cinturón de seguridad. ¿Fui capaz de ponérmelo? ¿No quería morir?

Me centro en la circulación de la bienaventuranza, en la placidez de tener un cuerpo feliz, sin molestias, sin bloqueos, sin dolor. En la consciencia, una consciencia vacía de todo recuerdo, de toda angustia. Pero no podré seguir así mucho tiempo. Quiero saber. Quiero saber si la herida se ha cerrado, si el volante se ha recompuesto, si estoy ileso, indemne. Quiero saber si el coche tiene daños, por lo menos eso. No soportaría vivir el mito de Sísifo. Subí la piedra hasta la cima y luego la empujé por la ladera, tiene que estar rota en mil pedazos y haber quebrantado todo a su paso.

Voy a abrir los ojos, ahora sé que los tengo cerrados, es inevitable, pero aún un momento de paz, de placidez, de felicidad. Aún un momento, por favor. Necesito saber que puedo ser feliz, que puedo recobrar el estado de bienaventuranza cuando quiera.

Voy a abrir los ojos, lo sé. Algo se está moviendo, un párpado, una rendija, una ventana a la infernal realidad. El deseo morboso puede más que mi voluntad. Voy a saber lo que ha ocurrido.

Está bien. Me rindo, me rindo, me rindo…

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