LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XII


LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XII

Fui el último en salir. En el pasillo nos esperaba el padre prefecto que nos había enseñado el “cole” a primera hora. Dio un par de palmadas y nos dijo que los nuevos nos pusiéramos en fila india y le siguiéramos. Eso hicimos mientras los demás caminaban deprisa, sin correr, por la escalera que conducía al sótano. Cuando llegamos los mayorones ya se habían puesto las playeras y unos cuantos salían con unos balones de fútbol de reglamento, como llamábamos a los balones de cuero. Nunca había jugado con uno, los Reyes Magos solo traían balones de plástico que se pinchaban cada dos por tres y había que llevarlos al taller de bicicletas, donde ponían un parche y lo volvían a hinchar. Los balones de plástico no duraban nada, eran muy malos, en cambio los de reglamento parecían ir a durar para siempre.

El padre prefecto nos enseñó los vestuarios, había armarios de metal con puertas de las que colgaban las llaves, servicios y duchas. Sacó un papel con una lista y nos fue nombrando. Cada uno tenía su taquilla. Allí, nos dijo, deberíamos dejar la ropa de deporte, las playeras, el pantalón de deporte, la camiseta de deporte, el chándal y todo lo que fuéramos a utilizar en los recreos. Había perchas para colgar la ropa. Nos dijo que cogiéramos la llave que colgaba de nuestra taquilla y la guardáramos como oro en paño porque si la perdíamos habría que llamar al cerrajero, instalar otra cerradura y eso valía dinero. Nuestros padres no se pondrían muy contentos. A los nuevos que ya tenían las llaves de sus taquillas y sabían cómo funcionaba todo les dijo que se cambiaran de calzado, no era necesario más hasta que empezara el curso. Los zapatos quedarían en las taquillas, lo mismo que cualquier objeto que pudieran perder en el recreo. Se puso muy serio al advertirnos que allí no se consentían los robos, quien fuera pillado robando sería expulsado del colegio sin más. Como sabíamos toda nuestra ropa estaba marcada con las iniciales de nuestro nombre y apellidos. Si perdíamos algo solo teníamos que decirlo, pero ni las playeras ni los zapatos llevaban marcas, algunos sentían la tentación de robar las playeras de los demás, si tenían su número y les servían, porque era lo que más pronto se rompía. Nos dijo que tuviéramos mucho cuidado con dejar las puertas abiertas, luego no podríamos demostrar que nos habían robado. Si alguna taquilla aparecía con la puerta forzada resultaba más fácil creer que nos habían robado, pero si nos despistábamos iba a ser difícil que nos creyeran si denunciábamos un robo. Era mejor hacerlo todo despacio y no olvidarse nunca de cerrar la puerta. La llave tenía un plástico con nuestro número y letra. Debíamos guardarla en el bolsillo del pantalón de deporte o en el del pantalón del chándal, para eso estaban. Quien la perdiera jugando tendría que buscarla por su cuenta. Y que no nos olvidáramos de que Dios lo veía todo. Los que habíamos llegado hoy y no habíamos tenido tiempo de bajar la ropa de deporte y las playeras, podríamos jugar con los zapatos, con mucho cuidado y sin que sirviera de precedente.

Luego se dirigió a un armario, en una esquina, y sacó un par de balones de reglamento. Este armario está siempre cerrado y solo yo tengo la llave, a quien le dé un balón será responsable de entregármelo al acabar el recreo o sino sus padres tendrán que pagarlo. Y ahora seguirme todos en fila india. Así lo hicimos y salimos al patio donde los mayorones ya estaban jugando, unos a baloncesto, otros a balonmano y otros en los campos de fútbol. Eran seis, como los cursos de bachillerato. Cada curso tenía un campo para ellos y no se podía entrar a jugar con los de otros cursos, aunque fueran pocos y nos lo pidieran.

Atravesamos el patio empedrado, luego las canchas de baloncesto y balonmano. Nos dijo que no siempre se formaban equipos para jugar a estos juegos, lo que más gustaba era el fútbol, por eso si alguien quería un balón de baloncesto o de balonmano debería pedirlo expresamente. Nos señaló los campos, cada uno tenía dos porterías a los laterales y estaban separados por rayas blancas sobre unos pequeños surcos. Conforme fue señalando pudimos advertir que el más grande era para los de sexto de bachillerato, luego venían los de quinto, cuarto y sucesivamente, los campos eran cada vez más pequeños y el de primero estaba al fondo y era el más pequeño de todos. A la derecha había tres campos con las porterías laterales de metal y dos porterías enormes de madera. Nos dijo que ese era el campo reglamentario cuando tenía que jugar el equipo del colegio contra otros equipos de la ciudad. Muy ufano nos comentó que éramos los mejores y todos deberíamos aspirar a formar parte del equipo del colegio, tanto en futbol, como en baloncesto y balonmano. También participábamos en atletismo y estábamos entre los mejores. Mens sana in córpore sano. Y tradujo para los que no sabíamos latín. Mente sana en cuerpo sano. Cuando empezara el curso alguien pasaría por nuestras clases para que pudiéramos apuntarnos a los equipos que se iban a formar. Cuatro de primera división y cuatro de segunda. Se podía ascender de categoría sin importar el curso al que perteneciéramos y los que destacáramos podíamos ser fichados por otros equipos, aunque fuéramos de cursos inferiores. El día de la fiesta del colegio se entregaban trofeos a los ganadores.

Aquellas palabras me hicieron soñar y sentí el corazón darme fuertes golpes en el pecho. Yo destacaba jugando al fútbol en el pueblo, en la escuela. Estaba convencido de que aquí sería de los mejores. Y con el tiempo me ficharía el Madrid y podría jugar con Gento y Amancio, si es que seguían jugando para entonces. Me puse muy colorado a pesar de que hacía ya un poco de frío y soplaba un airecillo desagradable. El padre prefecto le entregó los dos balones al que tenía más cerca, recordándole que era él y no otro el que tenía que devolvérselos. Cinco minutos antes de terminar el recreo sonaría la sirena, era el tiempo que teníamos para cambiarnos en los vestuarios y formar en la fila que nos correspondiera en el patio. Quien llegara tarde en cuanto sonara su silbato sería castigado. Echó mano a una raja que tenía en la sotana y que seguramente era para llegar al bolsillo del pantalón y sacó un silbato de metal. Se lo llevó a la boca y silbó dos veces con fuerza, todos nos llevamos las manos a las orejas instintivamente. Me costaba mucho imaginar lo que los curas llevaban debajo de la sotana, pero el padre prefecto lo desveló enseguida. Se remangó la sotana, ató una punta al ancho cinturón de cuero y dejando ver unos zapatos negros y un pantalón del mismo color le pidió un balón al chico que los tenía y lanzándolo al aire le dio una tremenda patada. Todos salimos corriendo tras él. Luego vimos cómo el otro ascendía muy alto y estuvo a punto de caerle en la cabeza a un compañero. Todos nos reímos con ganas.

Para nuestra gran sorpresa el padre prefecto se puso a jugar con nosotros, pero pronto se cansó. Con un gesto rápido y efectivo dejó caer la sotana de nuevo, que le cubría los zapatos y casi arrastraba por el suelo y se fue a buen paso, atravesando los campos de fútbol y baloncesto y desapareciendo en el interior. Yo le seguí todo el tiempo, curioso, hasta que alguien me dio un balonazo y entonces salí corriendo como un tiro. Encontré el balón y le di una buena patada en dirección a una portería. No nos habíamos puesto de acuerdo en quiénes jugaban en un equipo y disparaban a una portería y los otros a la otra. Eso creó una confusión muy divertida, diversión que no me duró mucho porque enseguida fui consciente de que si estropeaba los zapatos mis padres se llevarían un gran disgusto. Era obligatorio que los zapatos fueran de charol y eran caros. Mi madre me había advertido muy seriamente que cuidara muy bien los zapatos. El resto del recreo tuve mucho cuidado en no dar con los zapatos en el suelo y en procurar darle con el tobillo para no ensuciarlos demasiado.

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