LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XIII


LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XIII

Una estrepitosa alarma, difundida por los altavoces externos nos sobresaltó a todos. Fui el primero en salir corriendo, el cura reclutador había puesto mucho énfasis en que la buena conducta era tan importante como las buenas notas y mi gran meta y mi mayor preocupación era conseguir que me renovaran la beca todos los años, sin ella no podría seguir allí, un lugar maravilloso, de cuento de hadas para quien adoraba el fútbol, le gustaba estudiar y leer y era consciente de que su futuro estaba en aquel colegio y no en cualquier otra parte. Había sido un milagro, estaba muy contento y me puse a rezar un padrenuestro en mi cabeza. Cuando llegué al patio empedrado era el primero, así que me puse a limpiar los zapatos, escupí en la palma de la mano y la pasé por el charol hasta conseguir algo de brillo. Al mirarme las manos comprobé que estaban muy sucias y no tenía pañuelo en el bolsillo, así que restregué las palmas contra la tela, nadie vería la suciedad en el interior del bolsillo.

No sabía dónde ponerme cuando fueron llegando los demás, así que me mantuve atento para ver en qué fila se ponían los nuevos. No hubo necesidad. Llegó el padre prefecto quien dio dos palmadas y nos dijo que hasta que empezara el curso no era necesario formar filas. Regresamos a la clase y esperé a que todos tomaran del montón los tebeos que quisieran. Deseaba pasar desapercibido, no quería enfrentarme con nadie, y además había tantos que seguro que me dejaban alguno de los buenos. Pasó el tiempo en un soplo, me sentía tan alegre por disfrutar en una sola mañana de lo que más me gustaba que recé para dar las gracias y para que no me ocurriera nada malo. Sabía muy bien que cuando me pasaban muchas cosas buenas a la vez, luego ocurría algo muy malo. Nunca había pensado seriamente en por qué ocurrían esas cosas, pero así era.
Ni siquiera fuimos en fila india, caminamos detrás del prefecto, procurando no sobrepasarle ni hablar, aún no conocíamos las normas y nos sentíamos apocados y medrosos. El techo era alto y el pasillo muy ancho, los ventanales muy grandes. En aquel colegio de gigantes había tanto cristal que no fui capaz de imaginar cuánto habría costado, teniendo en cuenta lo que suponía en casa la rotura del cristal de una ventana. La luz entraba a raudales, lo que era maravilloso cuando hacía sol, como ahora, eso ahorraría mucho en electricidad, solo se encenderían las luces cuando era de noche, pero también tenía una pega, te podían ver desde cualquier parte, habría que estar muy atento para no hacer nada malo. Quería sacar un sobresaliente en conducta. Una de las cosas que se me quedaron clavadas cuando el cura y el maestro hablaron con mis padres fue que por muy buenas notas que sacaran los alumnos, si suspendían en conducta durante varios meses serían expulsados sin compasión. No bastaba con ser muy listo, también era preciso ser muy bueno, de otra forma no duraríamos mucho en el colegio.

La puerta a los comedores, porque eran dos había que buscarla en el cristal que tuviera picaporte, porque todo el frontal era puro cristal, colocado en forma de rectángulos. Al otro lado de la puerta había un vestíbulo grande, aunque no suficiente para tantos como éramos, según nos habían dicho aquel año estudiaríamos allí más de quinientos. Un gran mosaico ocupaba la pared desde la mitad para arriba, porque la parte de abajo estaba ocupada por un curioso mueble de madera con muchos huecos que tenían un número y una letra. Pude ver que algunos estaban ya ocupados por botes de colacao y algún que otro paquete.

Desde el comedor de la izquierda nos llegaba un rumor que me hizo pensar que los mayorones ya estaban allí, habían entrado antes que nosotros. Era el comedor de los de cuarto, quinto y sexto de bachillerato. Los de tercero, segundo y los de primero, los nuevos, ocupábamos el comedor de la derecha. Según entrabas, a la izquierda estaba el cubículo del prefecto, allí comía, le pasaban la comida por un torno desde la cocina, y podía vigilarnos a través de la ventana que por fuera era un espejo, como nos enseñara el prefecto a primera hora de la mañana. Fue él quien nos indicó a los nuevos que ocupáramos la primera fila de mesas, sin necesidad de guardar el orden alfabético, como haríamos durante el curso. El segundo curso ocupaba la fila central y el tercero la última, junto a los grandes ventanales por los que se podían ver las canchas de baloncesto y los campos de fútbol. Era el mejor lugar, estaba más lejos del cubículo del prefecto y podían ver el exterior.
Los nuevos éramos los más numerosos, supuse que a los mayorones se les permitía llegar justo el día antes de empezar el curso. Las mesas eran para seis, tres a un lado y otros tres enfrente. Eran las mesas más curiosas y extrañas que había visto en mi vida. Las sillas, consistentes en un respaldo de formica, estaban unidas a la mesa por un tubo metálico. Por debajo había un entramado de tubos y encima el tablero era también de formica y de un grosor que hacía pensar que aunque nos subiéramos a ellas y saltáramos no se romperían. Nos fuimos sentando como nos pareció y uno, antes de sentarse, se le ocurrió quitar un tapón de plástico que tapaba el final del tubo que sobresalía de una especie de escudo que hacía de respaldo. Se sorprendió mucho y nos comentó en voz muy baja que el tubo estaba hueco, algo que nos pareció extraño y creo que todos tomamos nota para no sentarnos muy bruscamente, un tubo hueco se puede doblar y romper.
El padre prefecto dio una palmada y vimos cómo los de segundo y tercero se ponían en pie al lado de los asientos que estaban separados unos de otros por el ancho de una cadera, aunque algunos se ponían detrás del asiento, y llamando a uno de los de la fila central por su nombre le pidió que dirigiera los rezos. Yo observaba muy atentamente todo lo que estaba ocurriendo y tomaba notas mentales para ir aprendiendo cómo se funcionaba en aquel colegio y me dio la impresión de que todos los nuevos hacíamos lo mismo. Con voz monótona el compañero de segundo rezó un padre nuestro y un avemaría que farfullamos todos en voz baja y luego bendijo los alimentos que íbamos a tomar con una frase bastante chusca. Observé que el prefecto ponía mala cara pero no hizo nada, tal vez porque en aquellos días la disciplina estaba un poco más relajada. Otra palmada y nos sentamos mientras el padre nos deseaba buen provecho y se retiraba a su cubículo, autorizándonos expresamente a poder hablar, pero no a gritar.

Cuatro de la fila de segundo, los más cercanos al pasillo central que estaba jalonado por columnas gruesas adornadas por pequeños mosaicos, se dirigieron a toda prisa, pero sin correr hacia las cocinas, cuya puerta estaba al lado del cubículo del prefecto. Seguía haciéndome mucha gracia el que las puertas fueran de madera que no llegaban al suelo ni al dintel, eran como las puertas de los salones de las películas del Oeste. El primero dio un empujón para dentro y los demás las sostuvieron para que no les golpearan. Cuando todos estuvieron dentro las curiosas puertas continuaban moviéndose con fuerza, dentro y fuera, fuera y dentro, haciendo un ruido peculiar. Por un momento imaginé que iba a salir John Wayne sacando el revólver de la cartuchera y disparando. Me hizo gracia y tuve que controlar una risita. Estaba tan serio y asustado por la novedad y por lo que me esperaba que aquello me descontroló y comencé a juguetear con los cubiertos. Por suerte la atención de todo el mundo se centró en los que habían entrado en la cocina, que ahora salían con dos carritos metálicos, muy chulos, en la parte de arriba había varias perolas metálicas con sus correspondientes cazos y a los costados tenían las puertas entreabiertas, dentro en varias baldas podían verse una especie de bandejas de metal basto, diría que de hojalata, con los bordes elevados y una agarradera a cada lado.

Cada uno de los cuatro se hizo con una perola que sujetó con un trapo por el asa metálica, como un caldero, y se pusieron a servir desde el centro las filas de tercero y segundo. Tardaron un buen rato en llegar a la nuestra. Los nuevos nos manteníamos silenciosos, mirándonos a hurtadillas, como si tuviéramos miedo de hablar o de hacer algo que no estuviera permitido. Las perolas humeaban y los que servían se las apañaban a las mil maravillas, con extraordinaria rapidez servían dos gacetadas en cada plato hondo de duralex y pasaban al siguiente, ahora comprendí lo del espacio entre cada asiento, porque les permitía servir sin tener que pedir que nadie se apartara. Lo que servían era una sopa de estrellitas, mucho caldo y pocas estrellitas, de un color como de agua de fregar. Cuando la probé intuí que ese color lo daba la poca carne de que se había hecho el caldo. Por lo visto todos teníamos mucha hambre porque nos dedicamos a la sopa con verdadera ansia, algunos mojaban o migaban parte del pan del currusco que teníamos al lado del plato, yo no lo hice pensando que lo podía necesitar para el segundo plato, como así fue, porque las bandejas del interior de los carritos estaban llenas de huevos fritos con tomate y salchichas Frankfurt, como dijo alguno en mi mesa, porque yo no sabía nada de semejantes salchichas, era la primera vez que las veía, pero me parecieron ricas.

Mientras los mayorones hablaban como si tal cosa, nosotros permanecíamos en silencio, ocupados en comer. Cuando terminamos la sopa ya estaban los repartidores repartiendo los huevos a los de tercero. Esta vez iban de dos en dos porque las bandejas eran grandes y pesadas y cada uno tomaba un asa y servía con una especie de paleta metálica sin agujeros, dos huevos, dos salchichas y dos paletadas de tomate triturado y calentito. Tardaron en llegar hasta nosotros, mis compañeros seguían pizcando del pan. A mí se me hacía la boca agua por los huevos fritos, no así por las salchichas y el tomate que nunca había probado. En casa no se comía tomate porque mis padres decían que no les gustaba y en cuanto a las salchichas ni siquiera sabían que existieran salchichas así. Me dije que allí probaría muchas cosas nuevas y no todas me iban a gustar. Ese era un problema en el que no había pensado. ¿Qué te hacían allí si no te gustaba una cosa y no la comías? Imaginé que nada bueno.

Cuando me sirvieron tomé un trozo de pan y lo mojé en el tomate, no tenía mala pinta pero el sabor no me gustó por lo que separé el tomate de los huevos con una cuchara, el compañero que tenía al lado se atrevió a preguntarme si no me gustaba el tomate y como le dijera que no cogió mi plato sin más y con la cuchara se sirvió todo el tomate en el suyo, lo que agradecí. En cambio las salchichas si me gustaron aunque tenían un sabor raro, muy nuevo para mí. Mojé el pan en la yema y me fui comiendo los huevos, muy ricos, con trocitos de salchicha. Observé que algún mayorón se levantaba con precaución y se servía un nuevo currusco de pan de una cesta de mimbre que había en el interior del carrito, en una esquina, que no había podido ver porque las puertas no estaban del todo abiertas. Otros en cambio le pedían a los repartidores que se lo trajeran y éstos lo hacían o no, según la simpatía o las ganas que tuvieran de acabar de repartir y ponerse a comer. No les envidié lo más mínimo, tenían que repartir a todos y comer los últimos, aunque también había una ventaja, podían servirse las sobras, suponiendo que eso estuviera permitido.

El postre ya lo teníamos en la mesa, una manzana para cada uno. Al cabo de una media hora, tal vez un poco más, salió el padre prefecto de su cubículo, dejando la puerta abierta, por lo que pude ver que no comía lo mismo que nosotros. Se paseó por el comedor, mirando los platos y dando algún que otro coscorrón a los que aún tenían comida en el plato. Habló algo con el chico que había rezado al principio y se volvió a su escondite, cerrando la puerta. Vimos que todos se iban levantando para dejar los platos y cubiertos en los carritos en los que los repartidores habían hecho sitio colocando las bandejas unas encima de otras. Alguien llamó la atención, en voz alta, al chico de los rezos, este dio una palmada y todos se pusieron de pie, nosotros también. El rezo ahora fue tan rápido que tuve miedo de que el prefecto saliera y le diera una bofetada, pero todos salían ya del comedor, andando hasta que pasaban la ventana-espejo del cubículo del prefecto y luego echaban a correr. Supuse que debido a que no había comenzado el curso la disciplina estaba un poco relajada. Los nuevos, en cambio, salimos los últimos, muy modositos, y echando miraditas furtivas a aquel espejo que a todos nos habían enseñado para que supiéramos que por dentro se podía ver. Nunca sabrías si el prefecto te estaba mirando o no, el miedo era mejor guardián que sus ojos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.