LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XIV


LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS XIV

Por si acaso salí caminando, aunque no creía que los castigos sirvieran para la nota hasta que empezara el curso. Me angustiaba que me mandaran a casa por cualquier tontería. Salí al patio, como todos, pero decidí no jugar al fútbol para no estropear los zapatos. No me atreví a subir al dormitorio para ver si estaba abierto y así poder bajar a mi taquilla toda la ropa de deporte, especialmente las playeras. Me daba miedo todo, comprendí que ahora estaría solo y no podría pedir la ayuda de mis padres para cualquier problema que surgiera. Tan solo era un niño, estaba indefenso frente a los mayorones y los curas. A poco se me saltan las lágrimas, por suerte encontré un balón de baloncesto junto a una canasta. Nunca había jugado a baloncesto y sentí curiosidad. Tiré el balón a la cesta y ni siquiera dio en el tablero. Un chico que estaba por allí, creo que de segundo, se acercó y me preguntó si quería jugar a la campana. Le dije que no sabía qué era eso. Claro, contestó, eres uno de los chivinas. Eso me molestó mucho, pero como no parecía mal chico y sentía curiosidad por saber qué era aquello de la campana lo dejé pasar.

No era tan complicado, la campana era el dibujo marcado en el suelo con rayas negras. En el pueblo había visto una vez un partido de baloncesto en el televisor de mi amigo Luisito y los jugadores se ponían allí cuando había falta, uno tiraba desde el centro de un redondel y los otros se colocaban, alternando uno por cada equipo, a un lado y otro, justo en el espacio que marcaban unas rayitas. Pues bien, jugar a la campana era empezar a tirar desde un lado y conforme ibas metiendo canasta pasabas al siguiente, llegabas al círculo de la personal y seguías por el otro lado, cuando terminabas, tenías que meter dos canastas desde la personal y ganabas.

Aquel chico me dio una paliza, no conseguía meter una sola canasta, pero no se rió de mi, al contrario, me enseñó a coger la pelota y a tirarla para que diera en el cuadrado del tablero o directo a la cesta. Era muy divertido y se me pasó el recreo en un momento. Al despedirse el chico me dijo que a él le gustaba más el baloncesto que el fútbol y que si quería podía jugar con él algún recreo. Disfruté mucho volviendo a leer los tebeos, aunque el pensamiento de estar solo me puso un poco triste. Volvimos al comedor para la merienca, un trozo de dulce de membrillo, un currusco y una onza de chocolate que no me gustó , no era con leche sino terroso y duro, no sabía a nada. Otra vez al recreo, no estaba el chico así que me puse a explorar, la piscina estaba cerrada y no se veía nada a través de los setos, a lo lejos había una arboleda y un hombre mayor trabajaba con una azada, supuse que era el huerto.

Al acabar el recreo nos llevaron a la capilla para rezara el rosario. Yo puse cara de buen chico y recé con ganas, por si el prefecto se fijaba en mí. Luego a cenar, otra vez al comedor. Nos dieron puré y de segundo unas empanadillas con sardinas de lata. Me gustó mucho la cena y el repartidor preguntó si queríamos más, así que repetí el primero y el segundo. Los compañeros estuvieron más habladores pero yo no dejaba de pensar en casa y en mis papás y además no les conocía, así que bajé la cabeza al plato y me dediqué a comer con ganas.

Nos dejaron salir otra vez al patio, encendieron las luces y algunos se pusieron a jugar a baloncesto. Yo me busqué un sitio escondido por si se me saltaban las lágrimas y me puse triste, muy triste. Llegó la hora de irse a dormir. El prefecto nos recordó que debíamos lavarnos los dientes, hacer nuestras necesidades y que en cuanto apagaran las luces había que guardar absoluto silencio. Como no estábamos todos no había que hacer cola para los lavabos o los retretes, algunos hablaban en voz baja. Yo me sentía muy cansado por todas las emociones del día, pero tampoco tenía mucho sueño. Vi que todos abrían las puertas de sus armarios y las dejaban así, como una pequeña pared para tener algo de intimidad. Entre puerta y puerta uno podía hacerse la ilusión de tener una habitación para él, aunque no era verdad y se llevaba mal. Los armarios, pegados entre sí por un largo muro de hormigón, parecían nichos de un cementerio y las camas un regalo de los vivos bondadosos para que los muertos descansaran bien. Me di cuenta de que me estaba poniendo lúgubre y me metí enseguida en la cama y me tapé hasta la barbilla. Escuché algunas risas, gritos y lloros. Un mayorón dijo en voz alta que había hecho “la petaca” a unos cuantos y un coro le rió la gracia. Varios chivinas estaban llorando y yo me pregunté qué sería aquello de “la petaca”. Se oyeron unas palmadas, el prefecto pidió silencio con voz destemplada y anunció que apagaría la luz en unos minutos, como así hizo.

Recordé lo bien que estaba en casita, en mi habitación, solo para mí, cómo podía leer sin que nadie me molestara alguno de los libros que mi papá tenía en una maleta de cartón y que yo sustraía a escondidas. Aquí no se podía leer antes de dormir, algo que echaría mucho de menos. Al poco se escucharon unos llantos entrecortados. Seguro que era alguno de los nuevos. Me propuse no llorar y apreté los puños y los dientes, si era preciso me mordería la lengua. Más llantos. Se escuchó una voz desagradable de un mayorón.

-Ya están los chivinas echando de menos a su mamá. Mamá, mamá, ven a buscarme.

Se escucharon risas y luego balidos, bee, bee, beee. Me sentí muy mal. Seguro que ellos también lloraron la primera noche, pero no se acordaban. Eran injustos, eran… Les insulté dentro de mi cabeza y les maldije. Luego me arrepentí y pedí perdón a Dios. Había que perdonar al prójimo. Tenía que ser muy bueno, y no solo para que me dieran sobresaliente en conducta, también para que Dios me llevara al cielo cuando muriera. Y entonces recordé lo mal que lo había pasado siendo más niño cuando fui al cementerio del pueblo y me imaginé a todos los muertos en sus tumbas, los huesos pelados y cómo allí esperarían el juicio final y la resurrección de la carne. Recé un padrenuestro y un avemaría, pero eso no me consoló. Los llantos se hicieron más intensos y la burla de los mayorones más insoportable. Unas lagrimitas cayeron de mis ojos y las limpié con la sábana. Apreté los puños, me puse boca abajo y hundí mi boca en la almohada, si no podía contenerme, así no se notaría. Por suerte apareció el prefecto, dio dos palmadas fuertes y con voz muy enfadada dijo que se callaran o mañana se quedarían sin recreo. Eso hizo mella, los mayorones dejaron de burlarse y los chivinas procuramos llorar en silencio.

DIARIO DEL AUTOR

Hoy me desperté sin saber dónde estaba. Tardé un buen rato en recordar que estaba en una residencia de ancianos. Viendo que mi compañero de cuarto seguía en la cama me fui rápidamente al servicio. No sé qué me haría daño pero estaba diarreico. Estuve echando largo rato, maldiciendo mi suerte. Cuando me puse en pie para limpiarme el culo sentí un terrible tirón. No podía llegar con la mano porque el tirón se repetía, era como si tuviera una hernia. Me sentí fatal. Tuve que buscar una postura, apoyándome en el lavabo, para recobrarme del tirón. Entonces sentí unos golpes en la puerta. Seguro que era mi compañero, un gilipollas de mucho cuidado. Ya voy, ya voy, grité en voz alta. Pero no podía terminar de limpiarme el culo. Me sentí como un idiota, como un abuelete incapaz. Al cabo de unos minutos llegó Bea y llamó a la puerta. ¿Le pasa algo? Tuve que decir que no y decidí buscar una solución rápida. Como pude dejé un buen trozo de papel higiénico, muy doblado, entre mis nalgas y me subí los calzoncillos. Me lavé las manos, me subí el pijama y esbocé una sonrisa de conejo en el espejo del lavabo. Cuando salí ya estaba el botarate del compañero refunfuñando. Bea parecía preocupada.

-¿Se siente mal?

-No solo tengo diarrea. Algo debió hacerme daño anoche.

-No se preocupe, diré en la cocina que le den un yogur natural y algo para la diarrea. Higinio no soporta que ocupe tanto tiempo el servicio. Ya le conoce.

-Sí, le conozco bien.

Bea se marchó y el otro entró en el servicio farfullando algo. No quise preguntarle qué. Estaba hasta la coronilla de aquel idiota, pero no iban a cambiarme de habitación, ya lo había intentado más veces. Me vestí procurando que ningún trozo de papel higiénico saliera del calzoncillo, como si alguien pudiera verlo a través de los pantalones. Nadie tiene rayos X en los ojos, so pánfilo, me dije muy cabreado. Odio no valerme por mí mismo, algo que se está acentuando día a día. No sé qué es peor, si acabar incapacitado o no recordar quién soy ni qué hago aquí.

En el comedor Bea tuvo el detalle de venir a la mesa para ver si me habían servido un desayuno especial. Observé que algunas mujeres de mesas cercanas miraban en nuestra dirección y luego cuchicheaban. Me molestaban sus risitas de conejitas salidas. A Bea también. Me dijo que si quería me esperaba luego en nuestro sitio, que no subiera a por el portátil, ya lo bajaba ella. Pude escuchar un comentario soez de una mujer en una mesa cercana. Algo así como si no habría hombres de su edad para tener que tirarle los tejos a un carcamal como yo. Por un momento pensé que era la vieja cencerro que me había propuesto relaciones sexuales, pero no, era otra, allí todas debían de estar más salidas que gatas en celo. Maldije para mis adentros, ya podían haberlo estado unos años antes, entonces se hubieran enterado de lo que vale un peine y un pepino entre sus piernas. Bueno el mío ni siquiera llegaba a pepino, un pepinillo, pero juguetón. Y casi me troncho de la risa, el yogur que había metido en la boca salió disparado. Una camarera vino a preguntarme si me pasaba algo. No, se me fue por mal lugar. ¿Quiere que le dé una palmadita en la espalda? No gracias. Quiero que me lleves a casa y me des un buen masaje, pensé para mis interioridades. A punto estuve de arrojar de nuevo el yogur. Me enfadé y me levanté con brusquedad, tirando la silla. Nuevos comentarios soeces. De buena gana les hubiera dado de tortas, mejor aún, podía invitarlas a todas a un buen desahogo, pero odiaba andar buscando lugares y oportunidades. Además tal vez no me empalmara, a pesar de mi rijosidad mental.

Bea me esperaba en nuestro sitio, una mesa de madera al final del merendero que utilizábamos en verano para alguna que otra merendola. Me senté frente a ella. Me pasó el portátil. Había días que no recordaba ni tener un portátil ni estar escribiendo una novela.

-Ya está encendido.

-Gracias. No entiendo cómo puede funcionar sin cable.

-Tiene la batería cargada. Todas las noches se lo tengo que recordar, que la ponga a cargar. Y en cuanto a Internet sabe que la residencia tiene wifi y con mucho alcance, eso fue lo que le decidió a quedarse en esta residencia. ¿No lo recuerda?

-Me temo que no.

-Casi se marcha. Tenía muy malas pulgas al principio.

-¿Y ahora no?

-Ahora es un encanto. No soportaba compartir habitación. Incluso le propuso a la directora pagar un suplemento, pero la residencia estaba a tope y además usted tenía la cuenta temblando, cuando pensaba que aún no había gastado lo que le dieron por la casa. ¿No lo recuerda?

-No, odio no recordar, pero no recuerdo nada.

-Pues sí recuerda que está escribiendo una novela sobre su estancia en aquel colegio religioso. ¿O eso no lo recuerda tampoco?

-Hoy sí, creo que tengo una vaga idea de querer terminarla antes de que pierda por completo la memoria. ¿Te he hablado a ti de ello?

-Todos los días. Sé que lo tiene todo escrito en archivos de texto, pero muy desordenado, tiene que copiar de aquí y de allá y luego pegar en el archivo definitivo, ese que pone DEF. También me dijo que a veces se arma un lío y no sabe si faltan párrafos o sobran o están repetidos. Además, por lo visto, tiene varias versiones de la novela, una sobre un niño, un tal Celemín, que lo cuenta en forma de diario, hablando con su amigo Bubú, el osito compañero del oso yogui, pero le pareció muy ñoño y comenzó otra versión en tercera persona que tampoco le gustó porque quería que lo contara en primera persona el niño, pero sin las ñoñoces del pequeño Celemín. Al final, entre unas cosas y otras, no se aclara con lo que está escribiendo. A veces tengo que leerlo y decirle si todo está bien.

-¿Y está todo bien?

-Bueno, yo soy la menos preparada para decirle si su novela está bien o no, pero me resulta interesante y divertida.

-¿En serio?

-Pues claro. Espero que la termine y se la publiquen antes de perder la memoria. No se preocupe, que ya me dio instrucciones por escrito hace tiempo para que me ocupe de la publicación. Hasta me prometió dejarme en el testamento los derechos de autor.

-¿No tengo esposa, ni hijos, ni nada?

-Parece que no, aunque hay días en que cree recordar haber tenido una familia. Bueno, tengo que marcharme, debo seguir con mi trabajo.

-No te preocupes de lo que digan esas guarras, no tienen nada mejor que hacer.

-Si me preocuparan de lo que dicen de mí, hace tiempo que me habría ido. Y usted procure hacerles caso alguna vez, antes de que se olvide de lo que es el sexo.

-Contigo no lo olvidaría nunca.

-Es lo que me dice todos los días. Alguna cosquillita sí debe seguir teniendo, bandido. Bueno, lo dicho, que me voy. Luego volveré a pasar para ver cómo le va la novela.

-Gracias, preciosa, y ya sabes, contigo sí me gustaría tener sexo.

-Jajá. Espero que no se olvide de esto. Puede que olvidarse de los demás no le haga mucho daño, pero no de esto. ¿Me lo promete?

-Te lo prometo, hermosa.

Y se fue, muy consciente de que yo le estaba mirando el culo. He tenido mucha suerte con ella, de otra forma nunca lograría terminar esta novela, me cuesta mucho organizarme y ordenarlo todo bien. Creo recordar que siempre fui así, un caos ambulante. Debo tener más novelas pendientes de rematar, se lo preguntaré cuando vuelva, si me acuerdo. Pero es esta la que debo acabar a toda costa. Alguien dijo que somos lo que fuimos en nuestra infancia y adolescencia. Me gustaría saber cómo fui realmente, antes de perder por completo la memoria. Debo darme prisa, puede que no me quede mucho tiempo.

ENLACE PARA BAJAR EL LIBRO PRIMERO DE LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS EN PDF

https://drive.google.com/open?id=1aYVBI-F-YaD2TSAs8IEs-V9faIW9Jfj7

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