EL VERDUGO DEL KARMA (RELATOS ESOTÉRICOS) X


RELATOS ESOTÉRICOS

EL VERDUGO DEL KARMA LIBRO II

LOS JUICIOS KÁRMICOS

Me hubiera gustado descansar, incluso echar un buen sueñecito, pero tras lo ocurrido me dije que lo mejor que podría hacer, sino quería terminar el día, la noche, el mes, el año, o lo que fuera recibiendo un severo castigo de los dioses del karma, era mantener todo lo entretenido que me fuera posible al iniciado, aquella pesada carga que me habían puesto sobre los hombros por mis muchos pecados.

No tuve que estrujarme mucho las meninges. Había algo que lo mantendría entretenido y haciendo preguntas sin parar, al menos hasta que se le acabara olvidando todo lo ocurrido. Como aquí no pasa el tiempo, no se puede esperar que el tiempo todo lo cure, pero sí es cierto que manteniendo la mente ocupada hasta que las emociones se desactiven, uno puede esperar, razonablemente que si ayer –es un decir- estabas dispuesto a enfrentarte a los dioses del karma y morir en el intento, hoy –es otro decir- bien podrías haberte olvidado de ellos y estar dispuesto a pasar un buen rato en el circo romano.
Sí, porque si hay algo que se parezca un poco en la historia humana a los juicios kármicos son los espectáculos romanos circenses. Con pan y circo el pueblo se olvida de manifestarse y dar la lata o la cacerolada en todas partes. Aquí no hay pan, salvo que uno se sugestione que tiene hambre y su mente perversa genere una buena hogaza, pero lo que es circo, tenemos de sobra.

No perdí más tiempo. Al iniciado se le iban a pasar los efectos del síndrome de estrés postraumático en cualquier momento y lo mejor era estar lejos de allí y lo más cerca posible del nuevo entretenimiento. Lo tomé del bracete, le susurré una sugerencia hipnótica para se dejara llevar como un corderito, y recorrí los corredores y complejos laberintos que nos separaban de la sección denominada “Palacio de justicia kármico”, y una vez llegado allí, anulé la orden hipnótica y me puse a hablar como un sacamuelas, intentando que mi verborrea le hiciera olvidar su intenso dolor de muelas.

“Como puedes ver, querido amigo, aquí también hay palacio de justicia, con todos los aditamentos indispensables. Aquí se celebran juicios muy entretenidos y absolutamente justos, no en vano son supervisados en apelación por un tribunal de tres dioses kármicos de guardia y a ningún juez inferior le hace la menor gracia que le revoquen sentencias, porque eso podría traer nefastas consecuencias para él.

-¿Y no podría ver algún juicio?

-Pues claro, querido amigo, ¿qué juicio te gustaría especialmente presenciar de cabo a rabo?

-Ya sé que Hitler murió hace ya muchos años, pero si fuera posible, me gustaría al menos ver una grabación de su juicio.

-Jajá. ¿Una grabación? Pero buen hombre, aquí no hay tiempo, no es como allá abajo que el tiempo todo lo corrompe y hasta los actos más bondadosos acaban oliendo mal y con el paso de los siglos hasta los héroes se convierten en villanos y los villanos en buenas personas. Aquí no hay grabaciones, eso queda para los archivos akásicos, donde los interesados pueden reproducir hasta el agotamiento los episodios de su vida. Aquí podemos entrar en una sala y ver en directo lo que está ocurriendo.

-¿Y cómo puede ser que yo pueda ver ahora el juicio a Hitler que debió de ocurrir justo después de su fallecimiento?

Eso estaba muy bien, cuando un iniciado comienzo a disparar sus preguntas como una metralleta bien engrasada es que todo va bien. Es lo que se espera de un iniciado y es lo que esperaba yo, que se olvidara de los dioses del karma y se entretuviera con el juicio kármico a Hitler y los suyos. No es un juicio que me apasione especialmente, ni me entretiene demasiado, todo sea dicho, pero me consta, por experiencia, que a todos los iniciados se les cae la baba con el juicio kármico más espectacular de todos los tiempos. Los iniciados están convencidos de que aquí arriba, o al otro lado, o donde se quiera situar esta dimensión, se dispensa toda la justicia que no se dispensó abajo, hasta el extremo de que la balanza de la señora ciega justicia queda equilibrada hasta la millonésima de micra. No podrían soportar ver que los más malos entre los malos se fueran de rositas, incluso en el más allá. Es por lo que los juicios kármicos tienen tanto éxito entre los iniciados y visitantes varios con los que tengo que hacer el mismo recorrido una y otra vez, haciendo de anfitrión serio, a veces irónico, a veces bufonesco, lo que se tercie a cada momento. No me gusta el juicio kármico a Hitler y los suyos, aunque tenga momentos divertidos, es todo como una tragedia griega de los pies a la cabeza. Mientras que en otros juicios kármicos de personajes históricos, más o menos históricos y hasta anónimos, los testigos son limitados, las canalladas tienen un límite y el karma no deja de ser algo que podría ser quemado o anulado con el tiempo, en el juicio kármico a Hitler y los suyos hay tantos testigos, tanto sufrimiento, tanto genocidio, tanta bestialidad, tanta maldad, tanto demonio suelto, tanto de todo lo malo que uno se pueda imaginar, que uno acaba saturado, deseando que alguien pase la cinta del juicio a toda velocidad y la pare durante la lectura del fallo en audiencia pública. Todos queremos saber el castigo kármico que los justísimos e implacables dioses del karma les impondrán en el fallo de la sentencia, lo demás es algo bastante repugnante e insoportable y pocos iniciados son capaces de aguantar el testimonio de los testigos de principio a fin y desde el primero de la lista hasta el último. Eso era lo que yo esperaba de mi iniciado particular para esta ocasión, que se entretuviera de tal manera con el juicio que olvidara lo que acababa de ocurrir y que una vez se olvidara de ello el juicio comenzara a hacérsele insoportable y me pidiera que le llevara a otra sala distinta, más entretenida, o bien que siguiéramos el paseo turístico por el resto de dependencias que yo debía mostrarle, tanto a él como a todos aquellos visitantes que se me encomendaran.

-Pues verás, amigo, toda la sala está dentro de una burbuja energética que impide el paso de todo lo exterior, incluidas ráfagas temporales perdidas. Como no podría ser menos, porque el juicio kármico debe de ser absolutamente estricto, nada ni nadie puede interferir en el juicio o cambiar, siquiera un ápice su desarrollo y sentencia.

-¿Todos los difuntos tienen derecho a juicio?

-Por supuesto, la presunción de inocencia es una ley básica, y todo difunto tiene derecho a un juicio justo. Pero son muy pocos los que se emperran en pasar por el correspondiente juicio y sentencia. Habitualmente basta con unas sesiones con el verdugo del karma para que asuman su culpabilidad, su responsabilidad y acepten cualquier sugerencia para quemar su carga kármica que les hagan los dioses del karma. Incluso llegan a agradecer con lágrimas en los ojos todas las penitencias que les pongan sus víctimas, por muy duras que sean. Solo unos cuantos recalcitrantes se niegan a asumir las consecuencias de sus actos y piden ser llevados a juicio, como es el caso de Hitler y los suyos.

-¿Debo permanecer en silencio durante todo el juicio?

-¡Oh, no! Curioso amigo, como ya te he dicho, la sala está aislada por una burbuja energética y aunque los visitantes podamos entrar y sentarnos en los bancos destinados al público y ver y escuchar todo lo que suceda en la sala, no nos pueden ver ni escuchar ni podemos interferir en nada de lo que ocurra. Y ahora, si te parece bien, vamos a entrar con total naturalidad. Como ves ésta es la sala A, con una puerta muy normalita que no hace sospechar que aquí se celebran los juicios kármicos más complejos, a los acusados de los crímenes más demoniacos imaginables.

Y sin decir nada más, empujé con suavidad al iniciado a través de la puerta que ya había abierto bajando el picaporte y tirando hacia fuera.

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