Categoría: CIEN MUJERES EN LA VIDA DE UN GIGOLÓ

CIEN MUJERES EN LA VIDA DE UN GIGOLÓ I


CIEN MUJERES EN LA VIDA DE UN GIGOLÓ II

NOTA INTRODUCTORIA

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Los hombres solemos hablar más de la cuenta de aquellas mujeres que han formado parte de nuestras vidas, de nuestras amantes o de las mujeres que hemos conseguido “tirarnos” (una frase machista y repugnante que yo nunca empleo, entre otras razones poderosas porque son ellas las que “se me tiran”).

Todos los maestros de la seducción saben muy bien que nunca podrán dilucidar con absoluta seguridad sin han sido ellos los que han seducido o en realidad lo que ha ocurrido es que ellas les han seducido a ellos. Lo único importante es que ambos, seducidos, seducidas, seductores y seductoras, han terminado en posición horizontal.

Mientras ellas acostumbran a ser tan discretas en este tema que cuesta llegar siguiera a intuir cómo ha sido en realidad la vida sexual de nuestras amantes, nosotros, los hombres, tenemos la boca tan grande que de lo que nos contamos unos a otros habría que hacer una poda de al menos el cincuenta por ciento y a partir de ahí recabar detalles para saber cuándo nos están mintiendo desvergonzadamente y cuándo hay visos de que lo narrado sea verídico, al menos en una pequeña parte.

En mi loca juventud universitaria quise saber si yo era un caso excepcional o el resto de los mortales llevaban una vida sexual tan rica como la mía. Eso me llevó a escuchar con agrado las confidencias de mis amigos o de cualquier hombre que abriera la boca en mi entorno para desvelar sus supuestas o reales conquistas. Fui anotando en una agenda todos los datos que iba obteniendo. DE ahí pasé a recortar las declaraciones de personajes famosos que hablaban, como fantoches de tres al cuarto, del elevado número de sus conquistas. Me hice con un álbum de recortes, bastante surrealista y esperpéntico. Un famoso actor de Hollywood cifraba el número de sus conquistas en una cifra tan elevada que haciendo cuentas y descontando los años de su infancia y dando por supuesto que se había iniciado muy pronto en las mieles del sexo, venía a salir, teniendo en cuenta su edad, a una media de mujer por día.

Habida cuenta que en la vida de un hombre, de una mujer, de cualquier persona, hay etapas y etapas, era preciso concluir que algunos o muchos días de su ajetreada vida este amante compulsivo había copulado con varias mujeres, tres, cuatro, tal vez más. De otra manera no salían las cuentas. Me costaba imaginarlo durmiendo, comiendo o trabajando alguna hora al día. Toda hora perdida era un obstáculo serio para que a cualquier matemático de medio pelo le cuadraran las cuentas.

El hecho de que estuviera tan seguro de con cuántas mujeres se había acostado me hacía pensar en que seguramente tendría una agenda con nombres, fechas y algún que otro dato de sus amantes que mi curiosidad morbosa hubiera pagado muy bien.

Otro cantante famoso redondeaba la cifra y aún saliendo a una media menor que la del actor no era difícil imaginarse una cola de damitas de todas las edades y condiciones esperando delante de su puerta para ser “pasadas por la piedra” en expresión muy plástica y dura que a veces empleaba mi progenitor cuando su lujuria le brotaba de la boca como un enorme sapo o había bebido más de la cuenta o las dos cosas a la vez.

Es una expresión muy machista y tan machista como exagerada. El pene es un trozo de carne que a veces y no sin cierta dificultad, en más de una ocasión, consigue ponerse recto. Pero de ahí a llegar a la dureza de la piedra va un abismo que las mujeres conocen muy bien. Por cierto que esta expresión ni siquiera llegué a escuchársela a Pichabrava, el semental más deslenguado y grosero de la cuadra de mi patrona, la hermosa y generosa Lily.

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Es difícil imaginarse un pedrusco bajo cada bragueta masculina. No es mi caso. Incluso con mujeres tan sensuales como Lily a veces me veía precisado a servirme de la imaginación para lograr una erección mínimamente aceptable.

Los hombres somos unos bocazas, lo que no es óbice para que también y al mismo tiempo seamos muy crédulos e ingenuos a la hora de fantasear sobre las vidas sexuales de los demás. Es cierto que el millonario que se puede permitir el lujo de regalar un diamante a cada una de sus amantes, sin que su fortuna sufra un colapso mortal, podría muy bien disfrutar de cuantas mujeres le viniera en gana. Solo tendría que descolgar el aparato, el telefónico, y contratar a las más bellas y desenfrenadas profesionales del mundo o a las más sutiles celestinas, capaces de convencer a las más bellas y recatadas de que un diamante bien vale un polvo. En cuanto al resto de los mortales, y salvo en el caso de los profesionales como Johnny, las mujeres no son precisamente conejos cojos a los que podría disparar sin fallar hasta la escopeta más vieja y desmantelada.

No vamos a negar que algunos tienen más “razones” que otros para presumir de sus conquistas. Así el famoso de turno, con un físico aceptable, bien puede llegar a disfrutar de un aceptable club de fans, formado por jovencitas medio histéricas y más que dispuestas. El guaperas irresistible, capaz de hacer brillar la chispa de la lujuria en los ojos de las mujeres más opacas a la luz, también puede convencernos de que su agenda no es un invento delirante. El hombre cínico, con mucha labia, que ha dedicado la mayor parte de su vida a la seducción de la mujer, al sexo en cualquier tiempo y forma, aceptando todas las posibilidades que las circunstancias han puesto al alcance de su glande, éste también merece una cierta credibilidad.

Hagamos una estadística y seguramente nos encontraremos con que la proporción de estos hombres promiscuos, con buena estrella, desvergonzados, ricos, famosos, etc, son una horquilla bastante ridícula dentro de la mayoría gris, anónima y muy ocupada para pensar todo el día en el sexo o muy desocupada para que aunque se pasaran el día pensando en el sexo tuvieran alguna posibilidad de pagarle un café a la primera señorita que diera la vuelta a la manzana.

El común de los mortales lleva una vida sexual más que normalita, yo diría que bastante pobre y muy poco interesante.

Mi caso, el de Johnny el gigoló, es un tanto especial. Los profesionales del sexo vivimos de acostarnos con mujeres y nuestras estadísticas nada tienen que ver con las que conforman o engloban al común de los mortales. Si bien dependen mucho de nuestro atractivo físico, de nuestro glamour personal o del encanto o profesionalidad de la “madame” de turno, lo cierto es que nuestros números aún siguen estando muy lejos del actor o cantante de turno, citados con anterioridad.

Seguramente mi vida sexual es más rica en números y prestaciones que la del común de los mortales. Sin duda las mujeres que me pusieron o a las que puse en posición horizontal son más de cien. Nunca llevé estadística alguna, si bien podría consultar mis agendas, mis notas, y los álbumes de fotos que fui coleccionando y podría aproximarme a un número de mujeres y de prestaciones que sin duda superaría el de las cien mujeres que aquí presento.

Muchas de las mujeres que pasaron por mi vida, o más bien por mi lecho, no dejaron huella alguna en mí o apenas un tiznón al que la memoria no es capaz de dar un nombre. Por esta razón no aparecen en esta sección de mi diario. Si no puedo recordar sus nombres ni sus cuerpos desnudos, ni siquiera un momento de ternura, es que no han existido. Tal vez si rebuscara en la colección de grabaciones de Lily pudiera encontrar más de estas cien mujeres, sin embargo no merece la pena hacerlo, puesto que si no están en mi memoria tampoco lo están en mi corazón, ni siquiera en el pálpito de mi bajo vientre.

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Entre estas cien mujeres hay algunas que dejaron huella, más o menos duradera. Forman parte de mi memoria profesional o vital.

La mayoría son clientas que pagaron un precio por poseer mi cuerpo desnudo. Otras, las menos, fueron conquistas que sobrevinieron con el ritmo oscuro de los días y brotaron de los ciegos muslos del azar.

Alguna hubo que la fortuna puso a mi alcance y su belleza y personalidad me resultaron tan atractivas que puse en juego todas mis dotes de seducción, muchas, pocas o algunas, para lograr seducirlas. Me deslumbraron sus cuerpos, sus almas, sus vidas y en alguna rara ocasión hasta sus encantos espirituales.

 

En esta sección no aparecen aquellas que rechazaron mis encantos, aunque parezca extraño son muchas, más que de las que a mí me gustaría. Incluso en el terreno profesional no fueron pocas las que miraron para otro lado, por ejemplo en dirección a “Pichabrava”.

Aunque uno se mire al espejo y consiga verse muy guapo, lo cierto es que las mujeres tienen su personalidad, su criterio y sus exigencias. Johnny no dio la talla en muchas ocasiones o el momento no le fue propicio. Algunos seguramente aparecerán como puntos negros en esta crónica rosa, las demás entraron en el olvido, como les sucede a la mayoría de nuestros recuerdos, que son absorbidos por el agujero negro de la frágil memoria, una vez pasado el filtro, a veces tan aleatorio como desconcertante.

 

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No he establecido una cronología clara. Me he limitado a ir escribiendo conforme el recuerdo iba aflorando. Así, por ejemplo, María fue la primera. Tendría yo entonces catorce o quince años. A esas edad los meses no son importantes y sí las experiencias.

Ella me desvirgó y nunca le estaré bastante agradecido, aunque nuestra historia acabara mal, debido sobre todo a la intervención de mis padres.

La última, y espero que definitiva, es la escritora.

Entre ellas todo un ramillete de bellas mujeres, muchas de ellas muy hermosas físicamente, otras solo hermosas para la mirada espiritual de este gigoló y algunas más bellas por dentro que por fuera, mientras las menos eran feas por dentro y no tan bellas por fuera como se veían.

Si fuera solo mi corazón el que hablara y fuera colocando ordenadamente a estas mujeres, la primera sería la escritora, porque forma parte de mi presente y porque he puesto grandes esperanzas en ella.  La amo con la madurez de un hombre que ha vivido mucho y sabe que aunque todo sea fugaz solo los vínculos profundos, que nacen en las capas más profundas de nuestros corazones y de nuestra personalidad espiritual son más duraderos que los otros y tienen aspiración de eternidad, porque nada, nada, absolutamente nada es eterno.

La segunda sería Marta, una mujer que me encandiló para siempre, por su gran belleza física, su personalidad dulce (aunque muy escondida a veces) y otras cualidades indubitables. Espiritualmente puede que no diera la talla o yo en estos momentos sería el hombre de su vida.

El tercer puesto estaría ocupado por varias candidatas. Me resultaría complicado establecer una preferencia clara. Dividiría mi corazón entre Anabél, la mejor amiga que tuve nunca, uno de los mejores cuerpos que pude acariciar, la más apasionada y la posibilidad más clara de vida monogámica y feliz que tuve nunca. Por desgracia ambos éramos profesionales y eso fue un obstáculo insalvable.

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Amako sería la segunda, la dulce japonesita, la más espiritual de todas, sin la menor duda y no por ello la menos bella. Me enseñó un mundo nuevo y con ella inicié mi búsqueda espiritual a través del yoga y la profundización en el sexo a través del Tantra.

 

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La tercera, por supuesto, sería Lily, la patrona, la madame, la más dura y frágil de todas, tal vez la más experta en la cama y puede que la más maternal.

Quizás haya alguna más que merezca formar parte de este triángulo. Eso lo descubrirán a lo largo de esta historia.

El resto forman parte de diferentes categorías sexuales y vitales. Ambos aspectos se mezclan en alguna de ellas y en otras nada tiene que ver un aspecto con el otro.

Alguna dejó huella en mi vida y otras solo en los recuerdos más íntimos de mi bajo vientre.

En cuanto a la cronología ya la irán deduciendo conforme avancen en la historia

Si María fue la primera, su amiga del alma, con la que compartía todo o casi todo, Susana, fue la segunda. Con las dos llegaría a formar un trío del que aún sigo guardando un cálido recuerdo. Entonces llegué a considerarme el más pervertido de los hombres. ¡Qué poco sabía de la vida y cuánto me quedaba aún por descubrir!

Nerea forma parte importante de mi juventud universitaria, antes de ser contactado y fichado por Lily. Su presencia en mi lecho fue tan importante como inquietante y dio origen y lugar a toda una serie de extrañas y estrambóticas aventuras que relataré en su momento.

En cuanto a Sofía de Hannover fue una de mis aventuras menos atractivas físicamente hablando, aunque sexualmente resultó algo tan excitante como novedoso. Sin embargo su huella permanece y permanecerá en mi vida para siempre. Aquella soprano que yo tanto admiraba, tan alegre y vital, se apegó a mi corazón y durante algunos años nos veríamos de forma intermitente aunque muy intensa.

En cuanto a edades, categorías sociales y características físicas, el abanico es tan amplio como variopinto. Desde una adolescente desgraciada a la que conocí durante el secuestro de Lily, y que es el recuerdo más triste de mi vida, hasta la pianista, una sesentona en silla de ruedas.

Y sobre todo Palmirita Fernandez, casi una abuelita, tan modificada que era difícil encontrar algo realmente suyo en su cuerpo, millonaria, coleccionista de modelitos y de toda clase de exquisiteces solo al alcance de los más afortunados en la vida.

Una horquilla importante la forman las “maduritas” , entre los cuarenta y cincuenta, muchas con cuerpos muy bien cuidados, otras con el que les permitió la erosión de la vida y los excesos de todas clases. Alguna hubo con cuerpo y rostro de jovencita, como si guardara el secreto de haber descubierto y tomado el famoso elixir de la eterna juventud. Nunca supe qué habían ofrecido a cambio, creo que recibieron un regalo inexplicable y que ni ellas mismas fueron capaces de encontrar un motivo razonable a semejante dádiva.

Las jóvenes son menos, aunque casi todas muy vitales e interesantes. Muchas de ellas nunca fueron clientas. En cuanto a la posición social Lily era muy precavida y sus mejores clientas tenían un saneado estatus económico y una posición social más que envidiable. Muchas estaban casadas, con hombres que hacían sus vidas aparte de ellas. A otras se las podría calificar como solteras de oro, que no se fiaban ni un pelo de los hombres y que recurrían a los servicios de gigolós porque sabían muy bien que así las cosas quedaban muy claras, ellas recibían placer y ellos su dinero.

Proletarias o amas de casa sin incursión alguna en otro campo  profesional  (alguna hubo que se gastó buena parte de sus ahorros en dar un gusto a su cuerpo, visitando a Lily para que rebajara el precio, pero ésta exigía el pago en efectivo y por anticipado, alguna me eligió a mí, y se lo agradezco mucho). Hay alguna aventurilla fuera de mi vida profesional que forma parte, con sobrada razón, de estas “Cien mujeres”.

En cuanto a cultura el abanico es también muy amplio, desde la escritora, la mujer más culta que he conocido, hasta el caso de analfabetas, dentro y fuera del terreno profesional. Las profesiones son tan variadas como interesantes. Desde amas de casa a floreros de hombres de fortuna. Profesiones tan interesantes como directoras de cine, actrices, psicólogas o psiquiatras, escritoras, directoras de museos, políticas, ejecutivas, banqueras, miembros del stuff de grandes multinacionales. Algunas formaban parte de profesiones liberales, abogadas, empresarias, otras en cambio eran funcionarias o azafatas de vuelto, etc.

Son estereotipos profesionales o sociales, aunque sus psicologías eran siempre individuales e intransferibles.

Me enseñaron mucho. Algunas me dieron mucho y otras menos. Algunas recibieron todo lo que fue capaz de darles y otras apenas un polvo mínimamente aceptable.

Estas son mis cien mujeres, guapas, feas, maduritas, jovencitas, altas, bajas, delgadas, obesas, listas, tontas, espirituales o tan materialistas y cínicas como cualquier hombre o mucho más. Eso sí, su condición de mujeres hizo que apreciara en toda su intensidad y profundidad ese universo femenino tan profundo, desconcertante, ignoto e infinitamente seductor para mí al que me he dedicado con acendrada pasión durante toda mi vida y aún dedicaría muchas más vidas si eso fuera posible.

 

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