Categoría: RELATOS INFANTILES

CUENTO PARA UNA PRINCESITA


DEDICADO A MI HIJA SARA, CUYO CUMPLEAÑOS FUE HACE UNOS DÍAS

CUENTO PARA UNA PRINCESITA

Despertó a la consciencia sintiendo un intenso placer. Sus deditos, en un acto reflejo, se aferraron a algo indefinible. Flotaba en un pequeño mar, balanceándose dulcemente, como una barca arrullada por un oleaje rítmico y acariciador. En su cabecita algo vibraba por primera vez. Un sonido lleno de ternura pronunció su nombre. Desde siempre supo que era una princesita de cuento de hadas, al menos eso le dijeron antes de pasar por aquella extraña puerta de luz. Pero solo entonces, al oír silabear aquella palabra, recordó a los extraños seres luminosos. Le habían suplicado dejar su mundo feliz para ser la princesita de un cuento de hadas que estaban escribiendo para ella. Alguien que no conocía la llamó y ella no pudo resistirse al amor que vibraba en aquella voz. Aceptó ser princesita en un reino desconocido donde elegiría entre infinitas variantes que estaba manejando febrilmente en su cabeza aquel cuentista desconocido y un poco absurdo. ¿Por qué dejar aquel mundo feliz para formar parte de un incierto relato en el que ni siquiera se había pensado un final?

No podía recordar nada más. Ahora estaba allí, en aquel diminuto mar, dentro de un ignoto castillo, y ese era todo su mundo, toda su vida. Quizá eran sus paredes esa dureza que tocara por primera vez con sus deditos. Ni siquiera ahora podía recordar aquel nombre. Deseó que la vibración se repitiera para que el placer pudiera extenderse, atravesándola, inundando el acogedor elemento en cuyo interior flotaba moviéndose en todas las direcciones.

Se revolvió inquieta, algo se infiltraba en su cuerpecito, una nueva energía la impelía a mover brazos y piernas, agitando el líquido envolvente. Abrió los ojos unos instantes para percibir una rosácea oscuridad, teñida acá y allá por diminutos puntos de luz. Era agradable vivir en aquel mundo, lleno de paz, donde los sueños eran un arrullo constante.

Pronto sintió un dulce sopor, al que no quiso resistirse. Se quedó dormida, extraviada en singulares sueños. A sus oídos llegaba el rumor de una catarata. Sin poder evitarlo cayó desde una enorme altura, mientras el vértigo se apoderaba de su cabecita. Un ruido ensordecedor la fue engullendo sin compasión, mientras una luz vivísima golpeó sus ojos que se abrieron estremecidos de miedo.

Recorría un túnel estrecho, casi infinito, hacia un punto de luz que se iba aproximando con extremada lentitud. Extrañas voces la animaban a caer sobre aquel mundo que intuía ruidoso, agresivo, doloroso.

Movía sus manitas nerviosamente, parpadeaba excitada y temerosa, abría su boca respirando ansiosamente. Dulces gemidos se arrancaban de su tierna garganta. No le gustaba aquella aventura, era una inconsciente al aceptar la sugerencia de los seres luminosos. No entendía los manejos del cuentista al que habían sometido su destino.

Se lo imaginaba sentado en un oscuro y tétrico desván con telarañas en techos y paredes, repleto de objetos curiosos y extravagantes. No sabía muy bien porqué, pero siempre lo veía como a un anciano de cabellos canosos, vestido con hábito de monje, encorvado sobre tomos viejos mientras escribía misteriosos signos en las innumerables páginas en blanco del libro. Sabía que si era capaz de descifrarlos podría conocer cada detalla de la vida de la princesita, e incluso modificar la historia si convencía al cuentista- esta era su máxima ilusión -.

El movimiento se fue haciendo cada vez más rápido y violento. De pronto despertó de su sueño. Un virulento terremoto se estaba produciendo en su mundo, notaba las paredes estiradas hasta el límite, sacudidas a intervalos regulares por rígidos y terribles espasmos. Sintió el miedo como nunca lo había sentido antes, su reino iba a desaparecer en el caos. La angustia sacudió su cuerpecito y sollozó mientras era absorbida por un pequeño túnel que oprimió su cabeza con suavidad. Cerró los ojos dejándose conducir sumisamente.

Al finalizar el túnel aterrizó en un hermoso y curioso mundo luminoso. Su amplitud desenfocaba los ojos, la intensidad y solidez de su luz producían el efecto de un golpe en los ojos, como chocar con una pared de finísimo cristal. Se movió temerosa, manos y pies apenas eran capaces de sostener su cuerpecito y obedecer las órdenes dictadas por sus más vivos deseos. Se sentía prisionera en una jaula de cristal.

De repente aparecieron varios rostros sonrientes a su alrededor. En un principio sintió miedo, no podía diferenciar los sentimientos que se agitaban a su alrededor; tan solo era capaz de percibir movimientos en las caras, lo que la inquietaba extremadamente. Oyó un sonido estridente: los rostros se acercaron y abrieron sus bocas rítmicamente. El sonido musical ahogó la estridencia. Se sintió mas calmada, pudo sonreír levemente emitiendo un ligero gritito de alegría.

A su alrededor las caras se animaban convulsivamente, la zarabanda de sonidos la asustó, no podía evitar ponerse seria. Sin embargo poco a poco fue aprendiendo a diferenciar gestos y sonidos, intuitivamente sabia la diferencia entre unos y otros. Algunos la calmaban, otros la excitaban o asustaban, mientras la mayoría de ellos formaban un fondo de oscura e informe realidad.

Era un mundo extraño, hermoso y terrible a la vez. Lleno de secretos, de escondidos mecanismos, de seres incomprensibles. La princesita iba comprendiendo que aquel reino no podía ser el suyo: era desmesuradamente amplio y demasiado enigmático. Sentía una insaciable curiosidad por todo; deseaba ver, oír, sentir cada elemento que lo componía, pero sus sentidos no llegaban tan lejos como su deseo. La cansaba el esfuerzo que suponía acercarse a aquella multiforme realidad, por eso se refugiaba constantemente en el sueño; en él podía rememorar los vastos horizontes de su universo de luz, donde no era princesita, tan solo una más entre las multitudes que lo habitaban, pero merecía la pena disfrutar de forma anónima de aquellos hermosos jardines, de la música dulce y penetrante de las esferas.

Nunca olvidaría el encuentro con el cuentista. Gateaba por las escaleras del desván cuando percibió una puerta que llamó su atención, la abrió y allí estaba el anciano, sentado frente a su polvorienta mesa de madera, encorvado sobre sus libros, con la blanca barba rozando cada página que sus rugosos dedos no dejaban de acariciar al pasar.

Princesita gateó por el carcomido suelo y llegando junto al anciano tiró de su negro hábito con su diminuta manita. El anciano volvió su cara serena, pero antigua como el mundo y al ver el rostro sonrosado que le miraba con intensa curiosidad, sin el menor rastro de miedo, sonrió paternalmente.

La levantó del suelo y poniéndola en su regazo la acarició el pelo ensortijado, el rostro mofletudo, el cuerpecito regordete. La niña sonrió contenta y recordando sus sueños le preguntó sobre aquel cuento que estaba escribiendo. El anciano la acarició con mayor ternura mientras le contaba la historia, cómo le habían encargado escribir el cuento de su vida. Ella quiso saber quiénes se habían atrevido a pedirle tal cosa, pero el anciano se mostró remiso a desvelar su secreto, sólo cuando princesita acarició su hirsuta barba con sus manecitas, besándole el arrugado rostro, se ablandó su corazón y meciéndola en sus rodillas trató de disuadirla, anunciándola grandes dolores si le desvelaba el único misterio que ningún humano debería conocer.

Despertó al sentir golpear su cuerpo. Abrió los ojos, la extrema claridad la deslumbró, nuevamente, los sollozos sacudieron su cuerpo. Su cuerpecito necesitaba sentir el calor, la suave penumbra, la ternura de las vibraciones de su reino. Se sentía desvalida, perdida en aquel caos de impresiones. Solo cuando se atenuó aquella deslumbrante claridad y fue recogida en el seno cálido y tierno de un curioso ser que la sonreía pudo recuperar la calma, quedándose poco a poco dormida dulcemente.

Sus sueños habían cambiado, junto a los dulces y reposados recuerdos de su pequeño reino tenía extrañas pesadillas, pobladas de misteriosos y estrambóticos monstruos con los rostros distorsionados que rodeaban con frecuencia su cuna. Descubrió el lenguaje del llanto y lo utilizaba a menudo; ahora sabia que los seres que la acogieran en aquel nuevo reino acudían a su llamada y la consolaban de su miedo y desamparo.

Al despertar el pequeño alcance de su mirada- acostumbrada a dimensiones mas reducidas- se extraviaba con los enormes horizontes que se abrían a su visión. Era poco lo que podía explorar con su mirada, pero su fino oído percibía variados sonidos que se entretenía en analizar, disfrutando de una diversión que hacía dudar de las cosas y olvidar sus temores.

El llanto era un instrumento maravilloso para que se cumplieran su reducido número de deseos; pero pronto descubrió sus límites, ya no era la princesita a quien todos obedecían en su diminuto reino, ahora los seres que la acompañaban tenían extraños caprichos: lo mismo podían festejarla hasta la saciedad y rendirse a sus pies que la dejaban a solas con sus temores hasta que conseguía quedarse dormida.

Los sueños formaban un mundo más absorbente que el reducido abanico de posibilidades que le ofrecía la luz y el sonido. Casi había olvidado al anciano cuentista cuando volvió a verle en un sueño estremecedor. De nuevo se acercó gateando hasta sus pies y allí se quedó hasta que el anciano la alzó a sus rodillas. Con su lenguaje balbuceante volvió a pedirle le desvelara el misterio del cuento de su vida. Esta vez el anciano no dijo nada, la elevó hasta el gran libro abierto sobre su mesa y fue pasando las páginas una a una. Las letras cobraban vida y se acercaban en forma de imágenes hasta los bizqueantes ojos de princesita. Esta pudo ver como crecía, se ampliaba su mundo con nuevos objetos y personajes, y discurrían los días uno a uno hasta que su carita de princesa se convirtió en una máscara arrugada. El sufrimiento era tan intenso que con sollozantes grititos le pidió al cuentista que cerrara el libro. Este sonrió compasivamente y de un golpe seco apagó las imágenes, quedando el libro sellado con un pequeño candado metálico, luminoso y descorazonador. El anciano colgó la llave de su cuello y acariciando con sus dedos fríos los azules ojos de princesita espantó todos los recuerdos que revoloteaban alrededor de su cabecita. El último y más terrible lo disolvió con un soplo de luz de su boca.

Princesita durmió y durmió, tan intensamente que los días fueron pasando como suspiros. Pronto se encontró gateando por aquella enorme estancia entre las carcajadas de aquellos seres, tan familiares ya para ella que hasta sabía sus nombres, papá, mamá, hermanito. Con el tiempo pudo llegar hasta el límite del nuevo reino, aún ignoraba los numerosos mundos que iría descubriendo con el tiempo fuera de aquel hogar acogedor.

Olvidó al cuentista y el terrible sueño, cada día era un nuevo descubrimiento, una hermosa aventura. Pronto ya no fue capaz ni de rememorar los recuerdos de los seres luminosos, ni el cataclismo que la había expulsado de su maravilloso y diminuto reino.

Princesita llegaría a descubrir que el misterio de la vida, algo sobre lo que siempre se estaría preguntando y buscaría con tesón, estaba oculto en aquellos sueños olvidados para siempre. Quizás era mucho mejor así, los misterios siempre llevan oculta una dosis de sufrimiento que pocos humanos pueden soportar.

Un día, no muy lejano, perdió su condición de princesita y se convirtió en otra ciudadana mas de aquel nuevo reino donde los reyes no llevan corona sino tarjetas de crédito en sus repletas carteras y las princesitas no existen sino para aparecer en portadas de revistas que ella ojea alguna vez con cierta repugnancia. A pesar del tiempo transcurrido nunca olvida que un día fue la más hermosa princesita de cualquier reino conocido o por conocer y que allí en el fondo de su ser podrá volver a transformarse en aquel ser aquel diminuto y maravilloso, un ente de luz, que alguna vez fue en un sueño extraño. No importaba nada, no importaba que nadie fuera capaz de ver mas allá de sus narices, en el fondo de su ser era la princesita que el cuentista había trazado con amor en las páginas de aquel libro.

El anciano, rodeado de libros, seguía escribiendo en su desván, particularmente en uno cerrado con un candado metálico luminoso y descorazonador. Por un momento dejó la pluma y de sus ojos fueron cayendo dulces lágrimas que secó con el extremo de la manga de su hábito, después sonrió y su rostro se iluminó como si fuera un nuevo sol nacido en una galaxia recién creada, un sol en plenitud de fuerza y energía.
FIN

Para mi hija Sara, princesita Sara, que estaba en la barriguita de su mamá el día en que el autor, que entonces aún no era Slictik (¡hay que ver cómo le degenera a uno la vida!) escribió este cuento. Entonces aún no sabía si sería princesita o principito pero alguien le decía a la oreja que no se iba a equivocar… y no se equivocó.

Slictik

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