Categoría: RELATOS INFANTILES

LA PRINCESITA SARA I


 

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NOTA/ De vez en cuando encuentro algún relato o serie de relatos que tengo perdido por ahí, en alguna parte del ordenador. En este caso se trata de una serie iniciada hace ya muchos años y en la que convertí en personaje a mi hija Sara, entonces una niña. Casualidades de la vida, el primer juego con el que decide entretenerse esta simpática pandilla de niños es el de la independencia, ahora tan de moda. Creo que será muy interesante ver qué piensan los niños de los juegos de adultos.

NARRATIVA.- Relato con niños aunque no creo que sea estrictamente infantil. Ni el estilo ni el tema es muy propio de un cuento para niños. Relato independiente de una serie en la que utilizo como personaje a mi hija Sara que es simplemente el catalizador de situaciones que permiten al autor analizar desde el punto de vista de un niño todos los temas y situaciones conflictivos en nuestra sociedad.

LA PRINCESITA SARA

El día que da comienzo a esta historia, elegido al azar en un tiempo y un espacio ficticios, encontramos a nuestros pequeños protagonistas en un campo pelado, salpicado con matojos de hierba seca, sucio de escombros y montones de basura donde acostumbran a reunirse todas las tardes al salir del colegio, los que van, los otros, los más, suelen estar esperándoles cansados de dar vueltas por el barrio a la busca de alguna nueva sensación. El narrador es consciente de lo extraño que resulta situar a unos niños en otro lugar que no sea pegados a la televisión como mejillones adheridos a las rocas de la costa, pero esto no les sorprendería si supieran lo mucho que el narrador odia esa realidad cotidiana manipulada por las grandes empresas del ocio infantil y lo mucho que ama esa facultad perdida en estos duros tiempos y que tan feliz le hizo en su infancia: la imaginación.

A la caída de la tarde, cuando el calor va declinando, se reúnen en ese lugar solitario descrito con tan solo dos pinceladas, no se necesitan más en la paleta para pintar un entorno tan sucio y gris. Ciertamente sería inútil buscar el lugar elegido en cualquier mapa que no esté dibujado en la imaginación del lector. Los protagonistas de esta modesta historia son los niños de un barrio suburbial de cualquiera de nuestras ciudades, niños un tanto especiales a los que gusta inventar juegos en los que la violencia no tenga mucha razón de ser a pesar de que cualquiera que se acerque un momento por allí podrá mascarla en el ambiente, de hecho alguna vez se dejan contaminar por ella. Puede que el narrador sea un ingenuo al pensar que semejante historia pueda estar sucediendo en alguna de nuestras ciudades pero en su condición de niño grande le gustaría que fuera disculpado por este alarde de imaginación.

* * *

Entre los habituales a estas reuniones destaca un niño gordito, de cara llena como una hogaza de pan blanco, piernas cortas, flequillo abundante sempiternamente caído sobre sus redondas gafitas metálicas. Todos le llamaban “Empollón” porque las cosas no le van mal en el cole, algo tan infrecuente que sus colegas no saben si asombrarse o echarse a llorar por su mala suerte. Suele vérsele siempre en compañía de una niña repipi, delgadita, muy aseada y con expresión casi amorosa en unos ojitos medio bizcos que intentan tener siempre a “Empollón” en su campo de visión.

Cuando “Empollón” llega seguido muy de cerca por “Niña Repipi” se les acerca un grupo de niños de diversas edades y caras aburridas que se saludan con simpatía. Enseguida interrogan a gafitas por el juego que se le había ocurrido para hoy. Este, ante la sorpresa de todos, dice que está cansado de ver todos los días en la televisión las mismas historias de países, fronteras, guerras por la independencia y todas esas tonterías incomprensibles que le ponen de mal humor. Así que ha decidido inventarse un juego al que llamarán el juego de la independencia, de esta forma espera que todos lo pasen bien mientras intenta comprender los extraños comportamientos de los adultos.

PRINCESITASARA

EL JUEGO DE LA INDEPENDENCIA

Uno de los niños presentes pregunta ingenuamente por qué los países se declaran independientes. Entonces todos ponen caras serias, de pensar, alguno hasta se chupa disimuladamente un dedo y finalmente una niña que tiene fama de lista porque sabe muchas cosas raras, levanta la mano y dice:

-Creo que es porque hablan lenguas distintas.

-Claro, dice otro, si no hablan la misma lengua no se pueden entender y es mejor que formen un nuevo país.

-Cierto, dice un tercero, pero nosotros hablamos igual y nos entendemos de maravilla. No sé cómo vamos a jugar a ese juego.

Se hizo un gran silencio y todos comenzaron a discurrir cómo harían para comenzar el juego. “Empollón” toma la palabra y propone la creación de una nueva lengua, se modificará ligeramente la vocal “a” que se pronunciaría ligeramente oscurecida como intentando parecerse a una “o” y lo mismo con otras vocales y consonantes; claro que sin abusar porque a algunos niños les resulta muy difícil pronunciar esas modificaciones y ponen caras muy raras que dan risa, de esta manera descartan las modificaciones más peliagudas de pronunciar y se aprueba la nueva lengua por unanimidad batiendo palmas de contento.

El jolgorio dura un buen rato pero va decayendo hasta que todos quedan silenciosos como preguntándose ” y ahora qué”. “Empollón” toma la palabra de nuevo y dice que siente aguarles la fiesta pero pensando en ello se acaba de dar cuenta de que algunos países tienen la misma lengua y sin embargo son independientes unos de otros. La “Niña Repipi” que no se ha despegado de él en todo el rato intenta ayudarle con una frase que ha oído no sabe dónde.

-A veces los países se declaran independientes por motivos económicos.

-¿Qué es eso?- preguntan a coro un numeroso grupo de oyentes.

-Quiere decir que si tú por ejemplo, Luisito, tuvieras el bolso lleno de canicas –que no lo tienes porque ayer te las gané casi todas- y te vieras obligado a repartirlas con Juanito, que nunca tiene ninguna, por la tonta razón de que formáis un solo país, supongo que a ti te interesaría declararte independiente- “Empollón” se había visto obligado a intervenir para sacar del apuro a su amiga que hubiera sido incapaz de explicar la frase que acababa de repetir como un lorito.

-Ya lo creo –dijo Luisito que dio la vuelta a sus bolsillos para contar las canicas que le quedaban. Todos se rieron alborotando alegres, deseosos de que el juego tuviera más momentos de humor y alegría que de desconcierto y bronca.

-Pero ¿qué tenemos nosotros? –dijo un niño modosito que casi nunca decía nada pero a quien este juego empezaba a interesar tanto que se vio obligado a cerrar la boca, abierta durante toda la charla, para poder hablar una vez que se apercibió que con ella abierta no salen las palabras. ¡Qué curioso!, pensó, nunca lo hubiera creído.

-Nosotros podemos tener lo que queramos –dijo un niño fuertote con fama de matoncito y perdonavidas- por ejemplo aquella colina que veis allí donde dicen que hay mucho wilfrimio.

-¿Qué es eso?- preguntaron todos a coro.

-No lo sé –contestó matón- pero eso he oído comentar a unos amigos. Con el mineral que hay debajo de ella se podría comprar el mundo.

-No te creo –dijo un niño al que todos apodaban “El amargado” – si fuera así los adultos ya habrían destripado la colina hace tiempo, lo hacen con todo lo que puede darles dinero, pronto acabaran con los animales, los bosques, la naturaleza, con todo- no pudo contener la emoción y se echo a llorar amargamente, algunos niños cercanos tuvieron que consolarle-.

Cuando se hizo la calma “Empollón” quiso hacerse con las riendas del juego que parecía a punto de terminar de mala manera. Quiso dejar fuera de combate a “Amargado” por el que sentía una gran antipatía, la palabra odio no entraba en su vocabulario, sino la habría empleado.

-Ya, pero da la casualidad que ahora todos los adultos están muy ocupados con un juego que llaman “sexo”, listillo.

Se produjo un silencio embarazoso porque todos tenían un mal concepto de ese “sexo” del que antes oían hablar muy poco pero desde que en la televisión salía un programa en el que los adultos salían desnudos, todo había cambiado, ahora se pasaban el día riéndose en voz alta de cosas que nadie entendía y esperando el programa que echaban muy tarde, a las dos de la noche les habían dicho sus papás al llevarles a la cama a las nueve. El silencio se rompió cuando una niña que se las daba de sabirilonda a pesar de que lo ignoraba casi todo decidió intervenir para que se fijaran en ella.

-Yo sé qué es eso –dijo entusiasmada- sirve para traer niños al mundo. Me lo dijo una vez mi papá que estaba despistado pensando en sus cosas y no debió darse cuenta de lo que preguntaba.

“Empollón” estaba cogiendo miedo a que el protagonismo se le fuera de entre las manos como el puñado de sucia arena con el que estaba jugando desde hacía un rato.

-Si seguimos así no acabaremos nunca. Ya tenemos lengua, si nos apoderamos de la colina tendremos economía.

-¿Cómo lo hacemos?- dijo “Modosito”.

-¿Hacer qué?- contestó “Empollón” que no había entendido la pregunta reflexionando sobre manera de ponerles a todos en marcha.

-Apoderarnos de la colina – “Modosito” estaba de pie deseoso de acción, los demás llevaban un rato sentados, un tanto aburridos del nuevo juego.

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-Muy bien, chaval, ya que estás de pie, haz una bandera y plántala encima de la colina. Ahora ya tenemos bandera, otra cosa que se nos olvidaba- dijo “Empollón” dispuesto a empezar de una vez el juego.

-¿Cómo lo hago?- preguntó modosito.

-Muy fácil, pareces tonto, coge un palo, busca un trapo viejo por ahí, lo atas al palo con una cuerda y ya está.

-¿Puedo acompañarle? –preguntó una niña bajita que estaba por los huesos de “Modosito” pero a la que éste no hacía ningún caso, ella no estaba segura si por despiste o porque era más tímido que una patata, siempre parecía estar escondido bajo tierra.

-Claro – contestó “Empollón” hinchado como un globo ahora que nadie parecía contradecir su liderazgo -¿qué más nos falta? – preguntó dirigiéndose a los demás mientras “Modosito” y su novia corrían por el campo en busca de la bandera.

-Nos falta la cultura, colegas –era un niño sentado en la última fila del corro que se había formado alrededor de “Empollón”, tenía fama de estrambótico por su vestimenta y por haberse puesto un pendiente en la oreja izquierda.

-¿Y qué es eso, si puede saberse?, payaso – respondió “Empollón” encolerizado y muy herido en su orgullo.

-Colegas, la cultura es algo muy raro que sirve para que todos los países puedan decir: “Tenemos una cultura de siglos que mola mogollón, así nadie nos puede llamar advenedizos”. Colegas, si tenemos cultura tendremos prestigio internacional y las diplomacias nos reconocerán en menos que me pongo este tatuaje –había sacado una pegatina y la estaba humedeciendo con saliva, luego se la puso en el brazo izquierdo y la alisó con la palma de la mano.

Nadie conocía palabras como “advenedizo”, “prestigio”, “diplomacia” y suponían que tampoco él, aunque como era un niño tan raro y estrambótico se podía esperar cualquier cosa, hasta que fuera listo. Algunos niños asombrados por el lenguaje utilizado por “Estrambótico” empezaron a repetir en voz alta mientras daban un codazo al que tenían a su lado: “Colega, mola mogollón”. Todos terminaron riéndose a carcajadas hasta que “Empollón” consiguió imponer de nuevo el orden.

-Muy bien, necesitamos cultura –dijo cansinamente- pero ¿cómo la hacemos?

La “Niña Repipi” que sentada al lado de “Empollón”, el único que permanecía de pie, se comportaba ya como si fuera su pareja oficial, título que había adquirido tan subrepticiamente que nadie se había dado cuenta, intervino par sugerir:

-¿No será eso de los libros, la música y todas esas cosas aburridas? Mis papás a veces me dicen, cuando salen de casa con su mejor ropa y bostezando: “niña, vamos a un concierto, hoy día si no tienes un poco de cultura no eres nadie; cuando seas adulta te verás obligada a culturizarte, ahora puedes seguir viendo la televisión un ratito antes de irte a la cama”.

-Eso, eso –dijo un niño que estaba ojeando un cómic como con miedo a que se lo vieran- un día mi mamá me dijo: “Niño, deja ya de adquirir cultura y vete a jugar, ya tendrás tiempo de mayor cuando tengas que buscar trabajo y necesites rellanar impresos”. Creo que cultura es escribir libros o ir a conciertos, cosas así.

-Bien –dijo “Empollón”- veo que a ti te gustan los libros, aprovechando eso te vas a tu casa, coges un cuaderno y escribes un cuento. Serás nuestro primer escritor, y procura utilizar la nueva lengua que hemos inventado, sino no vale.

-¿Cómo lo hago? –preguntó el niño exhibiendo ahora su cómic a los cuatro puntos cardinales sin ningún temor.

-Pues muy fácil, cuando vayas a escribir la “A”, escribes “ao” que es como se pronuncia ahora, y así con todas las letras.

Daba gusto verle caminando hacia su casa por el pasillo que, respetuosos y admirados, le hicieron los otros niños, iba exhibiendo su cómic con un orgullo que hinchaba sus carrillos.

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-Colegas –dijo el niño estrambótico cuando la audiencia recuperó la atención luego que el niño-comic se perdiera en el horizonte camino de su casa –tengo una guitarra con la que podría hacer un par de canciones.

-Claro –exclamaron todos- sin himno no hay país.

-Quedas nombrado músico –dijo “Empollón”- y vas a componer el himno oficial de este país. Por cierto, tanto hablar de independencia y aún no le hemos puesto nombre al nuevo país.

Todos sugirieron alguno, desde los más pomposos a los más prácticos, pasando por los humorísticos, los onomatopéyicos y personales tales como país de Luis, etc.

-¿Qué os parece “El país sin fronteras”? –dijo entusiasmada una niña a la que nadie hacía caso porque tenía fama de tonta.

-Calla tonta –respondió inmediatamente la “Niña Repipi”- si no tiene fronteras ¿cómo va a ser un país?, no podemos declararnos independientes sin trazar unas fronteras.

Finalmente después de muchas discusiones lo terminaron llamando el país de “Nunca Jamás”, expresión que todos recordaban haber oído en algún cuento infantil. Ninguno era consciente de su significativa rotundidad, pero sonaba tan bien que fue adoptado sin oposición. Entonces vieron volver a “Modosito” y su novia que traían un largo palo seco del que colgaba un trapo sucio y roto, de un color indefinido. Fueron recibidos con vítores que duraron largo tiempo, éstos amainaron y “Empollón” comentó que un país con bandera necesita un jefe, un rey o algo por el estilo y un Presidente que es el que más manda. Recalcaba esto pensando que nadie se opondría a su elección como Presidente, si salía otro competidor se le podría nombrar jefe o lo que fuera.

Propuso una votación para elegir al jefe que no manda, dando a entender que a él no le interesaba para nada que le nombraran para el cargo, si alguien lo hacía se enfadaría mucho. Todos permanecieron en silencio, pensativos, hasta que una niña se levantó y propuso a Sara como princesita del país de “Nunca Jamás”. En el cole todos la llamaban así porque su papá la había escrito un cuento titulado “La princesita Sara” que ella llevaba siempre sobre su pecho debajo de su vestidito. Sara era una niña tímida, poco habladora y tan dulce que en el cole todos querían jugar con ella, aunque cuando proponía sus juegos, tan imaginativos, acababan por abandonarla porque preferían los viejos juegos que todos conocían. La imaginación de Sara generaba en ellos un sentimiento extraño, algo así como un miedo ancestral a la noche existente más allá del fuego prendido en la cueva. En sus cabecitas la palabra imaginación iba unida a monstruos innombrables y pesadillas nocturnas.

“Empollón” preguntó a la niña qué razones tenía para proponer este nombramiento y qué méritos alegaba para que los demás votaran a aquella niña que pocos conocían, no hacía mucho que se había instalado en el barrio. La niña dijo que las princesitas eran jefas de países y sin embargo no mandaban nada, era una buena razón, en cuanto a los méritos Sara, podía leer el cuento que le había escrito su papá y de esta manera cada uno juzgaría de sus méritos.

La niña llamada Sara se puso muy colorada, se sentía avergonzada del rumbo que iban tomando las cosas pero no le quedó otro remedio que desabrocharse un botón del vestido y sacar un papel muy doblado, viejo y arrugado que alisó con mucho miramiento y se dispuso a leerlo con la cabecita muy baja, la barbilla pegada al pecho. “Empollón” la autorizó a que comenzara la lectura y la niña que la había propuesto como princesita la dio un empollón cariñoso y volvió a sentarse en su sitio.

Sara comenzó a leer el cuento, balbuciente de timidez, aunque poco a poco se fue reponiendo y aunque a veces se cortaba por haberse pasado de línea acabo por leerlo con gran seguridad y emoción. El cuento decía así:

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CUENTO PARA UNA PRINCESITA


DEDICADO A MI HIJA SARA, CUYO CUMPLEAÑOS FUE HACE UNOS DÍAS

CUENTO PARA UNA PRINCESITA

Despertó a la consciencia sintiendo un intenso placer. Sus deditos, en un acto reflejo, se aferraron a algo indefinible. Flotaba en un pequeño mar, balanceándose dulcemente, como una barca arrullada por un oleaje rítmico y acariciador. En su cabecita algo vibraba por primera vez. Un sonido lleno de ternura pronunció su nombre. Desde siempre supo que era una princesita de cuento de hadas, al menos eso le dijeron antes de pasar por aquella extraña puerta de luz. Pero solo entonces, al oír silabear aquella palabra, recordó a los extraños seres luminosos. Le habían suplicado dejar su mundo feliz para ser la princesita de un cuento de hadas que estaban escribiendo para ella. Alguien que no conocía la llamó y ella no pudo resistirse al amor que vibraba en aquella voz. Aceptó ser princesita en un reino desconocido donde elegiría entre infinitas variantes que estaba manejando febrilmente en su cabeza aquel cuentista desconocido y un poco absurdo. ¿Por qué dejar aquel mundo feliz para formar parte de un incierto relato en el que ni siquiera se había pensado un final?

No podía recordar nada más. Ahora estaba allí, en aquel diminuto mar, dentro de un ignoto castillo, y ese era todo su mundo, toda su vida. Quizá eran sus paredes esa dureza que tocara por primera vez con sus deditos. Ni siquiera ahora podía recordar aquel nombre. Deseó que la vibración se repitiera para que el placer pudiera extenderse, atravesándola, inundando el acogedor elemento en cuyo interior flotaba moviéndose en todas las direcciones.

Se revolvió inquieta, algo se infiltraba en su cuerpecito, una nueva energía la impelía a mover brazos y piernas, agitando el líquido envolvente. Abrió los ojos unos instantes para percibir una rosácea oscuridad, teñida acá y allá por diminutos puntos de luz. Era agradable vivir en aquel mundo, lleno de paz, donde los sueños eran un arrullo constante.

Pronto sintió un dulce sopor, al que no quiso resistirse. Se quedó dormida, extraviada en singulares sueños. A sus oídos llegaba el rumor de una catarata. Sin poder evitarlo cayó desde una enorme altura, mientras el vértigo se apoderaba de su cabecita. Un ruido ensordecedor la fue engullendo sin compasión, mientras una luz vivísima golpeó sus ojos que se abrieron estremecidos de miedo.

Recorría un túnel estrecho, casi infinito, hacia un punto de luz que se iba aproximando con extremada lentitud. Extrañas voces la animaban a caer sobre aquel mundo que intuía ruidoso, agresivo, doloroso.

Movía sus manitas nerviosamente, parpadeaba excitada y temerosa, abría su boca respirando ansiosamente. Dulces gemidos se arrancaban de su tierna garganta. No le gustaba aquella aventura, era una inconsciente al aceptar la sugerencia de los seres luminosos. No entendía los manejos del cuentista al que habían sometido su destino.

Se lo imaginaba sentado en un oscuro y tétrico desván con telarañas en techos y paredes, repleto de objetos curiosos y extravagantes. No sabía muy bien porqué, pero siempre lo veía como a un anciano de cabellos canosos, vestido con hábito de monje, encorvado sobre tomos viejos mientras escribía misteriosos signos en las innumerables páginas en blanco del libro. Sabía que si era capaz de descifrarlos podría conocer cada detalla de la vida de la princesita, e incluso modificar la historia si convencía al cuentista- esta era su máxima ilusión -.

El movimiento se fue haciendo cada vez más rápido y violento. De pronto despertó de su sueño. Un virulento terremoto se estaba produciendo en su mundo, notaba las paredes estiradas hasta el límite, sacudidas a intervalos regulares por rígidos y terribles espasmos. Sintió el miedo como nunca lo había sentido antes, su reino iba a desaparecer en el caos. La angustia sacudió su cuerpecito y sollozó mientras era absorbida por un pequeño túnel que oprimió su cabeza con suavidad. Cerró los ojos dejándose conducir sumisamente.

Al finalizar el túnel aterrizó en un hermoso y curioso mundo luminoso. Su amplitud desenfocaba los ojos, la intensidad y solidez de su luz producían el efecto de un golpe en los ojos, como chocar con una pared de finísimo cristal. Se movió temerosa, manos y pies apenas eran capaces de sostener su cuerpecito y obedecer las órdenes dictadas por sus más vivos deseos. Se sentía prisionera en una jaula de cristal.

De repente aparecieron varios rostros sonrientes a su alrededor. En un principio sintió miedo, no podía diferenciar los sentimientos que se agitaban a su alrededor; tan solo era capaz de percibir movimientos en las caras, lo que la inquietaba extremadamente. Oyó un sonido estridente: los rostros se acercaron y abrieron sus bocas rítmicamente. El sonido musical ahogó la estridencia. Se sintió mas calmada, pudo sonreír levemente emitiendo un ligero gritito de alegría.

A su alrededor las caras se animaban convulsivamente, la zarabanda de sonidos la asustó, no podía evitar ponerse seria. Sin embargo poco a poco fue aprendiendo a diferenciar gestos y sonidos, intuitivamente sabia la diferencia entre unos y otros. Algunos la calmaban, otros la excitaban o asustaban, mientras la mayoría de ellos formaban un fondo de oscura e informe realidad.

Era un mundo extraño, hermoso y terrible a la vez. Lleno de secretos, de escondidos mecanismos, de seres incomprensibles. La princesita iba comprendiendo que aquel reino no podía ser el suyo: era desmesuradamente amplio y demasiado enigmático. Sentía una insaciable curiosidad por todo; deseaba ver, oír, sentir cada elemento que lo componía, pero sus sentidos no llegaban tan lejos como su deseo. La cansaba el esfuerzo que suponía acercarse a aquella multiforme realidad, por eso se refugiaba constantemente en el sueño; en él podía rememorar los vastos horizontes de su universo de luz, donde no era princesita, tan solo una más entre las multitudes que lo habitaban, pero merecía la pena disfrutar de forma anónima de aquellos hermosos jardines, de la música dulce y penetrante de las esferas.

Nunca olvidaría el encuentro con el cuentista. Gateaba por las escaleras del desván cuando percibió una puerta que llamó su atención, la abrió y allí estaba el anciano, sentado frente a su polvorienta mesa de madera, encorvado sobre sus libros, con la blanca barba rozando cada página que sus rugosos dedos no dejaban de acariciar al pasar.

Princesita gateó por el carcomido suelo y llegando junto al anciano tiró de su negro hábito con su diminuta manita. El anciano volvió su cara serena, pero antigua como el mundo y al ver el rostro sonrosado que le miraba con intensa curiosidad, sin el menor rastro de miedo, sonrió paternalmente.

La levantó del suelo y poniéndola en su regazo la acarició el pelo ensortijado, el rostro mofletudo, el cuerpecito regordete. La niña sonrió contenta y recordando sus sueños le preguntó sobre aquel cuento que estaba escribiendo. El anciano la acarició con mayor ternura mientras le contaba la historia, cómo le habían encargado escribir el cuento de su vida. Ella quiso saber quiénes se habían atrevido a pedirle tal cosa, pero el anciano se mostró remiso a desvelar su secreto, sólo cuando princesita acarició su hirsuta barba con sus manecitas, besándole el arrugado rostro, se ablandó su corazón y meciéndola en sus rodillas trató de disuadirla, anunciándola grandes dolores si le desvelaba el único misterio que ningún humano debería conocer.

Despertó al sentir golpear su cuerpo. Abrió los ojos, la extrema claridad la deslumbró, nuevamente, los sollozos sacudieron su cuerpo. Su cuerpecito necesitaba sentir el calor, la suave penumbra, la ternura de las vibraciones de su reino. Se sentía desvalida, perdida en aquel caos de impresiones. Solo cuando se atenuó aquella deslumbrante claridad y fue recogida en el seno cálido y tierno de un curioso ser que la sonreía pudo recuperar la calma, quedándose poco a poco dormida dulcemente.

Sus sueños habían cambiado, junto a los dulces y reposados recuerdos de su pequeño reino tenía extrañas pesadillas, pobladas de misteriosos y estrambóticos monstruos con los rostros distorsionados que rodeaban con frecuencia su cuna. Descubrió el lenguaje del llanto y lo utilizaba a menudo; ahora sabia que los seres que la acogieran en aquel nuevo reino acudían a su llamada y la consolaban de su miedo y desamparo.

Al despertar el pequeño alcance de su mirada- acostumbrada a dimensiones mas reducidas- se extraviaba con los enormes horizontes que se abrían a su visión. Era poco lo que podía explorar con su mirada, pero su fino oído percibía variados sonidos que se entretenía en analizar, disfrutando de una diversión que hacía dudar de las cosas y olvidar sus temores.

El llanto era un instrumento maravilloso para que se cumplieran su reducido número de deseos; pero pronto descubrió sus límites, ya no era la princesita a quien todos obedecían en su diminuto reino, ahora los seres que la acompañaban tenían extraños caprichos: lo mismo podían festejarla hasta la saciedad y rendirse a sus pies que la dejaban a solas con sus temores hasta que conseguía quedarse dormida.

Los sueños formaban un mundo más absorbente que el reducido abanico de posibilidades que le ofrecía la luz y el sonido. Casi había olvidado al anciano cuentista cuando volvió a verle en un sueño estremecedor. De nuevo se acercó gateando hasta sus pies y allí se quedó hasta que el anciano la alzó a sus rodillas. Con su lenguaje balbuceante volvió a pedirle le desvelara el misterio del cuento de su vida. Esta vez el anciano no dijo nada, la elevó hasta el gran libro abierto sobre su mesa y fue pasando las páginas una a una. Las letras cobraban vida y se acercaban en forma de imágenes hasta los bizqueantes ojos de princesita. Esta pudo ver como crecía, se ampliaba su mundo con nuevos objetos y personajes, y discurrían los días uno a uno hasta que su carita de princesa se convirtió en una máscara arrugada. El sufrimiento era tan intenso que con sollozantes grititos le pidió al cuentista que cerrara el libro. Este sonrió compasivamente y de un golpe seco apagó las imágenes, quedando el libro sellado con un pequeño candado metálico, luminoso y descorazonador. El anciano colgó la llave de su cuello y acariciando con sus dedos fríos los azules ojos de princesita espantó todos los recuerdos que revoloteaban alrededor de su cabecita. El último y más terrible lo disolvió con un soplo de luz de su boca.

Princesita durmió y durmió, tan intensamente que los días fueron pasando como suspiros. Pronto se encontró gateando por aquella enorme estancia entre las carcajadas de aquellos seres, tan familiares ya para ella que hasta sabía sus nombres, papá, mamá, hermanito. Con el tiempo pudo llegar hasta el límite del nuevo reino, aún ignoraba los numerosos mundos que iría descubriendo con el tiempo fuera de aquel hogar acogedor.

Olvidó al cuentista y el terrible sueño, cada día era un nuevo descubrimiento, una hermosa aventura. Pronto ya no fue capaz ni de rememorar los recuerdos de los seres luminosos, ni el cataclismo que la había expulsado de su maravilloso y diminuto reino.

Princesita llegaría a descubrir que el misterio de la vida, algo sobre lo que siempre se estaría preguntando y buscaría con tesón, estaba oculto en aquellos sueños olvidados para siempre. Quizás era mucho mejor así, los misterios siempre llevan oculta una dosis de sufrimiento que pocos humanos pueden soportar.

Un día, no muy lejano, perdió su condición de princesita y se convirtió en otra ciudadana mas de aquel nuevo reino donde los reyes no llevan corona sino tarjetas de crédito en sus repletas carteras y las princesitas no existen sino para aparecer en portadas de revistas que ella ojea alguna vez con cierta repugnancia. A pesar del tiempo transcurrido nunca olvida que un día fue la más hermosa princesita de cualquier reino conocido o por conocer y que allí en el fondo de su ser podrá volver a transformarse en aquel ser aquel diminuto y maravilloso, un ente de luz, que alguna vez fue en un sueño extraño. No importaba nada, no importaba que nadie fuera capaz de ver mas allá de sus narices, en el fondo de su ser era la princesita que el cuentista había trazado con amor en las páginas de aquel libro.

El anciano, rodeado de libros, seguía escribiendo en su desván, particularmente en uno cerrado con un candado metálico luminoso y descorazonador. Por un momento dejó la pluma y de sus ojos fueron cayendo dulces lágrimas que secó con el extremo de la manga de su hábito, después sonrió y su rostro se iluminó como si fuera un nuevo sol nacido en una galaxia recién creada, un sol en plenitud de fuerza y energía.
FIN

Para mi hija Sara, princesita Sara, que estaba en la barriguita de su mamá el día en que el autor, que entonces aún no era Slictik (¡hay que ver cómo le degenera a uno la vida!) escribió este cuento. Entonces aún no sabía si sería princesita o principito pero alguien le decía a la oreja que no se iba a equivocar… y no se equivocó.

Slictik