Etiqueta: 11M

IN MEMORIAM 11M/2017


NOTA ACTUAL/ En este año 2017 he sentido el impulso de reanudar aquella serie de pequeños relatos que iniciara tras los atentados del año 2004. No sé la razón, tal vez el sufrimiento como enfermo mental a lo largo de toda mi vida me parece ahora muy poca cosa comparado con el sufrimiento infernal que generó aquel atentado brutal e inhumano. Aprovecho también para reiterar que aunque algunos de estos relatos están basados en alguna de las víctimas reales del 11-M buena parte de ellos son pura ficción, es decir, me he imaginado lo que pudo haber ocurrido, aunque no me consta que ocurriera. Los nombres, biografías y datos sobre las víctimas mortales están recogidos en las correspondientes y siniestras listas y los he podido encontrar sin dificultad en Internet, no así los de todos los heridos que no fallecieron ni tampoco el de todos los viajeros de aquellos trenes de la muerte, como tampoco el de todas aquellas personas que por un motivo u otro no subieron a aquellos trenes cuando era habitual que lo hicieran o pensaban hacerlo aquel día infernal pero el destino decidió que sus vidas no fueran segadas en aquel momento. Estoy convencido de que no todos los pasajeros de aquellos trenes contaron su experiencia o facilitaron sus nombres y biografías a los medios de comunicación. También imagino que no todos los que por un motivo u otro no subieron al tren aquella mañana se atrevieron a contarlo, bien porque están solos, no tienen familia o porque decidieron callar por respeto a las víctimas o por no preocupar a sus seres queridos. Con el relato sobre el enfermo mental, que añado a esta serie sobre las víctimas del 11-M, quiero acordarme de todos aquellas personas anónimas que viajaron en los trenes y salieron ilesas y nunca quisieron contar su historia, también de aquellos que fueron atendidos de lesiones leves y pasaron desapercibidos en medio de aquel apocalíptico caos, así como de aquellos que aunque tenían previsto subir a los trenes no lo hicieron por algún motivo y decidieron no hablar de ello.

Estoy convencido de que esta historia ficticia no puede ofender a nadie y tampoco hará olvidar a las verdaderas víctimas de aquella tragedia, sobre las que espero seguir escribiendo, esperando que el paso del tiempo no sea sinónimo de olvido. Aunque solo sea por mi condición de enfermo mental creo que siempre les seguiré debiendo a las víctimas, familiares y supervivientes de aquella tragedia mi fraternidad en el dolor, siendo muy consciente de que hay un matiz importante entre su dolor y el nuestro, el de los enfermos mentales, el suyo es el dolor causado por la violencia, el terror y la inhumanidad de sus semejantes, y el nuestro, el de los enfermos mentales, es producto de una enfermedad, que aunque nunca escogimos libremente, sí es cierto que no estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para superarla y con ello atenuar tanto nuestro sufrimiento como el de nuestros seres queridos. Pienso y seguiré pensando que debería haber una gran fraternidad entre todos los seres humanos que sufren, entre todas las víctimas de la violencia, el terrorismo, la enfermedad o la falta de fraternal y generosa empatía por parte de quienes no sufren hacia todos los que sufren, todas las víctimas, sobre este planeta de nuestros pecados. Una vez más mi fraternal abrazo espiritual y afectivo hacia las víctimas del 11-M y sus familiares.

IN MEMORIAM VÍCTIMAS 11-M-DESCANSEN EN PAZ

UN HOMBRE SIN SUERTE

Todos hemos confesado alguna vez, en tono de broma, eso de que no tenemos suerte, estamos “gafados”, mira que tengo mala suerte, tío. Todos hemos utilizado alguna vez esos viejos tópicos del habla popular: Si alguna vez se me ocurre poner un circo, me crecen los enanos; nunca me ha tocado nada, ni una muñeca pepona en una rifa, ni siquiera la “pedrea” en la lotería de Navidad, nada de nada.

Muchas gracias, hombre, por lo que a mí me toca, nos puede responder nuestra esposa, nuestra pareja, nuestra novia. Sonreímos y farfullamos: No es eso, hermosa, no quería decir eso. Y ella lo sabe y nosotros también. Me refería a que me han robado el coche tres veces. ¿Es eso normal? Parece como si fuera el mismo ladrón que ha decidido hacerme la puñeta porque le caigo mal, aunque no me conoce. Ha debido tomar la matrícula y cuando ve mi coche aparcado por ahí, ¡pues dale!, ¿para qué voy a buscar otro? Solo tienes que preguntar en tu entorno. ¿Cuántas veces te han robado a ti el coche? A mi ninguna. A mí una vez, pero es que vivo en un barrio muy problemático. Pues a mí tres veces, lo ponga donde lo ponga, y no es un coche llamativo, no es un coche de alta gama.

A todos nos pasa alguna vez, sobre todo cuando estamos bajos de ánimo, cuando atravesamos una mala racha. Hay días aciagos. Se va la corriente y no teníamos pilas en el radio-despertador, llegamos tarde al trabajo, el jefe nos echa la bronca; se me ocurre comer en una tasca y algo me hace daño, toda la tarde con diarrea; por si fuera poco me dan un golpe en el coche al salir del parking, y juro que yo no tuve la culpa, para rematar el día pierde mi equipo y por goleada. Es que soy gafe, te lo juro, si monto un circo me crecen los enanos.

Algunos llegamos a sugestionarnos con esas cosas y cuando un día la mala suerte nos da una bofetada nos preparamos para lo que sigue. Salta el diferencial con el frigorífico, voy a tener que comprar otro; al gatito se le ha ocurrido jugar con el móvil que había dejado encima de la mesa, y ¡zás!, cae al suelo y luego escucho a los que me llaman como si estuvieran en Siberia. Por si fuera poco…Algunos llegan a obsesionarse con su supuesta “gafería” y deciden no jugar a la lotería en el trabajo porque entonces no les va a tocar a los compañeros, o terminan creyendo en el mal de ojo, a escondidas, aquel me ha mirado mal, por eso hoy he tenido un día tan puñetero.

Él no era de esos. Lo del coche sí es mala suerte, pero sin duda se trata de algo puntual. Tengo una maravillosa mujer, dos hijos responsables y cariñosos, un carguito en un banco, económicamente vamos bien, no tendría sentido quejarme de cómo me va en la vida. Pero algo hay que decir cuando te toman el pelo con lo del coche. No, no me he obsesionado con ello, aunque la noche del tercer robo no pude dormir, dando vueltas y más vueltas en la cama, pensando en eso de la suerte y la mala suerte. Todo parece aleatorio, lo sé porque trabajo con números, un número es un número y si lo sumas o lo restas te da otro número, eso es todo. Cualquiera puede ir por la carretera y el conductor suicida te toca a ti y no a otro, es mala suerte, es aleatorio.

Tres meses antes de la tragedia había sido trasladado a una sucursal de Madrid desde una ciudad del extrarradio. De haber seguido allí seguramente no hubiera tenido que tomar aquel tren, aunque nunca se sabe cómo se las gasta el destino. Era un hombre sencillo y hogareño, le gustaba pasar algunas tardes disfrutando de una tortilla de patata y jugando a las cartas. Durante la semana iba al polideportivo a nadar un rato, le encantaba este deporte y le gustaba disfrutar de la piscina comunitaria en verano. Se le consideraba una buena persona y un buen compañero de trabajo. Todo parecía ir perfectamente encarrilado hasta que esa mañana alguien decidió que iba a matar, aleatoriamente a quienes iban en unos determinados trenes, a una determinada hora. Cuando un ser humano decide quitar la vida a otros seres humanos, por las sinrazones que sea, ha decidido quitarle a Dios sus prerrogativas, ocupar su lugar, y se transforma en una bestia sin entrañas, porque la divinidad es algo demasiado misterioso para interpretar su papel en la representación de la vida.

Una esposa destrozada, unos hijos sin padre, unos amigos y compañeros traumatizados. Nadie entiende nada. Por muy misteriosa e impredecible que sea la vida, todo ser humano tiene el sagrado derecho de lidiar con su propia suerte, fuere cual fuere. Una bomba colocada por el odio nada tiene que ver con la suerte, es un asesinato vil, perpetrado por quien se cree Dios cuando es solo una partícula infinintesimal en un universo infinito, como todos. Aunque la vida sea corta, frágil, inesperada y la mayoría de las veces injusta –o al menos así lo creemos- el derecho a la vida y a la libertad es sagrado y quienes lo pisotean sin la menor conciencia de culpa sufrirán la justicia kármica en la que algunos confiamos, aunque no pueda ser demostrada matemáticamente.

Nos podríamos preguntar qué es en realidad la suerte. Poseer algunas cosas no implica haber tenido suerte en la vida, cada uno tiene sus valores y lo que es buena suerte para unos es pésima suerte para otros. Aunque la caprichosa suerte nos concediera todo lo que deseamos, siempre sería algo fugaz. Tal vez a lo único a lo que se le podría llamar suerte es haber amado y sido amado, haber disfrutado del cariño de otras personas y haber sido capaz de entregarlo a todas las personas que pasan a nuestro lado en cualquier momento de nuestras vidas. Pero eso no es suerte, esa es una decisión libre de una voluntad firme plenamente consciente de que lo único que puede llenar nuestro infinito vacío es el amor.

QUIEN AMA A LOS NIÑOS AMA LA VIDA

De niño estudié el catecismo, como todos los niños de mi generación, luego, en un colegio religioso, llegaría a saber casi de memoria la Biblia. Las frases del evangelio que más me impactaron entonces tenían que ver con los niños. Si no os hiciereis como niños no entraréis en el reino de los cielos. Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos más le valdría que le ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al mar. Entonces no dejaba de preguntarme por qué los niños éramos tan valiosos y por qué los adultos eran tan distintos de nosotros, tanto que si no dejaban de ser adultos y se volvían de nuevo niños jamás llegarían a pisar el reino de los cielos.

Ahora, camino de la vejez y de la muerte, veo al niño que fui y lo comprendo todo. Como seguramente lo comprendió con la luz que se abría ante ella. Era una chica de veintiocho años y daba clases de español a chicos rumanos y chinos. Era una chica alegre que amaba la vida, como no podría ser de otra manera si amaba a los niños. Era dinámica, comprometida, tenía novio, una hermana pequeña, unos padres, pero sobre todo tenía a sus niños. Desde pequeña había tenido clara su vocación y había dado todos los pasos necesarios al respecto. Nada tuvo esto que ver con su destino, porque fueron otros los que decidieron segar su vida. No se muere porque alguien juega a los dados en alguna parte, o mueres porque la muerte te lleva cuando ella quiere, sin que se pueda hacer nada al respecto, o te mueres porque te matan quienes no respetan la vida, ni quieren a los niños, ni comprenden que Dios no puede aceptar sacrificios humanos, y menos de víctimas inocentes, ni siquiera su propio sacrificio, porque el único Dios posible no es un Dios vengativo y cruel, sino un Dios amoroso que sobre todo quiere a los niños.

Aquella chica debió comprender todo esto mientras ante ella se abría una puerta de luz, porque quien ama a los niños tiene asegurado el reino de los cielos.

ADVERTENCIA

Este relato es pura ficción, nunca ocurrió, y cualquier parecido con una persona concreta sería pura coincidencia no buscada, salvo que el personaje se parezca al autor. Las personas con enfermedad mental no somos egoístas, incapaces de actos generosos, no carecemos de empatía hacia el prójimo y podríamos entregar nuestra vida para salvar a otros, pero nuestra enfermedad nos lleva a donde no queremos ir, huyendo de la una vida que no somos capaces de afrontar. Me llama la atención que buscando documentación para esta serie de relatos no haya encontrado a una sola persona con enfermedad mental que viajara en aquellos trenes o que ayudara tras la espantosa tragedia. Los enfermos mentales parecemos no existir porque nunca salimos a la luz. ¿Es enfermedad mental el síndrome postraumático? Muchas personas que sufrieron en sus propias carnes aquella tragedia luego tuvieron que ser tratadas psicológicamente, conforme a unos protocolos que he encontrado en Internet, y algunas de ellas, por desgracia, se puede decir que ahora sufren de una enfermedad mental, creo que las podría llamar hermanos sin ofenderles. Hace unos días, por casualidad, pude ver un documental sobre el 11-S, que tenía con otros en una cinta grabada hace años. Estaba dedicado a los heroicos bomberos y policías que estuvieron en la zona cero tras la catástrofe. Muchos de ellos contrajeron enfermedades físicas debido a la inhalación del polvo de los edificios derribados. El documental no hablaba de enfermedades mentales, pero sí dejaba bien claro cómo aquellos increíbles seres humanos fueron abandonados a su suerte por los políticos que prometieron que se saltarían la burocracia para ayudarles. Los políticos siempre se lavan las manos en estos casos y siempre se arrojan las víctimas unos a otros. El personaje de este relato no existe y su historia nunca ocurrió, pero bien pudo ocurrir. Tal vez el enfermo mental que fui hace años se hubiera comportado como nuestro personaje de haber ido en uno de aquellos trenes, o tal vez hubiera dado su vida por salvar a otro, de haber podido, de haber surgido la ocasión, porque ciertamente si hay una persona a la que le costaría menos que a otras dar su vida por los demás es un enfermo mental que quiere morir y que ha intentado suicidarse unas cuantas veces. Este relato no es un homenaje a las personas con enfermedad mental, es simplemente la constatación de una realidad, todo el mundo sabe que existimos, pero no nos pueden encontrar porque una de nuestras obsesiones es pasar desapercibidos. Este relato sí es un homenaje a las personas con enfermedad mental que iban en aquellos trenes. Porque seguro que iba alguna, no puede ser que con unas estadísticas tan elevadas de enfermos mentales ninguno de ellos hubiera subido a alguno de aquellos trenes.

EL ENFERMO MENTAL

Su jefe le había dicho que no podía tomarse otra licencia por enfermedad, que no podía volver a quedarse de baja lo que restaba de año o se atendría a las consecuencias. Por eso había pedido las vacaciones para disfrutarlas durante aquel mes de marzo. Estaba mal, muy mal, vamos como casi siempre, necesitaba un tiempo para estar solo, tomarse la medicación y dormir sin el terrible esfuerzo que suponía levantarse todas las mañanas e intentar concentrarse en el trabajo.

Curiosamente había decidido madrugar aquel día porque así le daría tiempo a comprar una nueva tienda de campaña –la otra estaba muy vieja y con agujeros- y ha hacer otros recados y compras antes de tomar el autobús, que enlazando con otros, le llevaría a un lugar solitario de una montaña poco concurrida. Allí pasaría el supuesto mes de vacaciones, solo, durmiendo, comiendo si tenía hambre y tratando de llevar las cuentas para regresar a tiempo al trabajo. Tal vez –esto también se le había pasado por la cabeza la última noche- encontrara la forma de suicidarse sin llamar la atención y sin sufrir demasiado. Llevaba suficiente medicación para un mes –le había contado a su psiquiatra lo de las vacaciones- y sería suficiente para dormirse para siempre, en el caso de que así lo decidiera, algo que no podía descartar.

La noche anterior había reducido la medicación para no quedarse dormido y escuchar el radio-despertador, aún así no pudo evitar cerrar los ojos y dormitar en el tren. La explosión lo lanzó contra las paredes del vagón y quedó atrapado entre los hierros. Desde allí pudo escuchar los quejidos, las voces, los gritos horrísonos de otros viajeros. Forcejeó por librarse para poder ayudar, pero al hacerlo descubrió una gran mancha roja sobre el pecho de su camisa. Se sentía tan mal que no era capaz de pensar con claridad. Solo una idea daba vueltas en su cabeza. Me voy a morir, ya no necesitaré suicidarme. Espero al menos que el destino haya cambiado mi vida por la de otro que se merece vivir más que yo.

Fue en ese momento cuando comprendió que no podía ser encontrado allí y tratado como el resto de las víctimas. El no se lo merecía. Quería morir solo, esa era una de las obsesiones de su patología como enfermo mental. Que nadie supiera que había muerto, que nadie pudiera identificarle, que su cuerpo se pudriera en cualquier lugar solitario y reposar entre los arbustos, como un ser inanimado.

Tengo poco tiempo, pensó, y redobló los esfuerzos. Pudo salir de donde estaba atrapado y se movió como pudo hasta encontrar un hueco por el que salir de aquel amasijo de hierros. Nunca supo lo que hubiera hecho de haberse encontrado con alguna víctima que necesitara de su ayuda. Los cuerpos que encontró estaban desechos, eran auténticos despojos. Su mente recibió tal impacto que luego sería incapaz de recordar los detalles de aquel infierno. Seguramente debió de arrastrarse como pudo por las vías hasta alejarse lo suficiente del tren de la muerte. Se encontró en un descampado, escondido tras unos arbustos. Tenía el cuerpo tan magullado y dolorido y su mente estaba tan trastornada que cerró los ojos y se dejó ir, pensando que al fin la muerte le acogería en su seno. Antes de perder la consciencia sintió la viva necesidad de rezar e inició un padrenuestro que murió en sus labios secos antes de poder terminar la primera frase.

Cuando despertó era de noche. Tardó en recordar lo sucedido. Estaba vivo. No era posible. Se desabotonó la camisa y tanteó su pecho. No encontró herida alguna. Se palpó el resto del cuerpo, no parecía tener heridas graves, solo moratones, magulladuras, rasguños. La sangre lo había engañado. Una idea macabra acudió a su cabeza. ¿Y si se tomara ahora todas las pastillas? Había tenido la precaución de meter los dos tubos en el bolsillo del pantalón. Se conocía bien y sabía que la posibilidad de perder la bolsa de viaje con la ropa era algo más que probable. ¿Seguirían allí? Vació los bolsillos. En efecto, allí estaban las pastillas, la cartera, las llaves y una navaja multiusos a la que tenía mucho apego.

Lo estuvo pensando mientras contemplaba las luces a lo lejos. Por fin decidió que no les podía hacer semejante afrenta a las víctimas de aquel atentado, porque ahora no tenía la menor duda de que era un atentado, alguien había puesto una bomba en el tren, no existía otra explicación. Seguramente habría muchos muertos y heridos, muchas familias rotas para siempre. Se maldijo, maldijo su suerte, gritó de impotencia. Dios no le podía haber hecho aquello. A él no le importaba morir, al contrario no dejaba de suplicar porque la parca se lo llevara cuanto antes. Se habría cambiado por cualquiera sin dudarlo, por un niño, por una mujer, por cualquiera. Era una maldita jugarreta sin sentido. ¿Por qué Dios no aceptaba aquel intercambio? Aún estaba a tiempo. Alguien estaría en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Pues bien, Dios, llévame a mí y deja que él viva. Pero sabía muy bien que las cosas no funcionaban así. Si Dios existía no era humano y sus designios nada tenían que ver con nuestros pensamientos y deseos. Y si no existía y todo era aleatorio alguien estaba metiendo la mano en algún sitio para que él siguiera vivo cuando quería morir y otros morían cuando querían vivir. Seres queridos destrozados por la tragedia. A él no lo esperaba nadie, estaba solo. ¿Por qué Dios no iba a aceptar el intercambio?

Como en un sueño creyó recordar una parada en aquella huida hacia la muerte. Su obsesión era alejarse lo más posible y cuanto antes, mientras escuchaba las sirenas. Convencido de que iba a morir decidió librarse de la documentación, enterrándola en un agujero que cavó en el suelo terroso. Tampoco podían encontrarle con los tubos de pastillas,, nadie debería saber que era un enfermo mental. ¿Lo había hecho? Recordó que tenía los tubos en las manos. Miró en la cartera. La documentación continuaba allí. ¿Había sido un sueño? ¿Un delirio? No podía soportar aquella angustia. Respiró con fuerza, jadeó. No podría pasar la noche así. Abrió uno de los tubos y se tomó un par de tranquilizantes. Se lo pensó dos veces antes de poner la tapa. Sin agua no se podría tragar tanta pastilla. El cansancio, la angustia y el efecto de las pastillas le sumieron en un sueño profundo.

Nunca tuvo claro cómo regresó a la ciudad y cómo logró llegar a su piso. Encontró una camisa que no era suya en el cesto de la colada. Seguramente debió robarla de algún tendedero, al pasar. Nunca habló de aquella infernal experiencia. Nunca admitió haber estado en uno de los trenes de la muerte. Nadie supo de él. Se sentía culpable por haber sobrevivido. Cuando escuchaba hablar del tema se alejaba discretamente y en una ocasión que no pudo hacerlo sufrió un desmayo. Se preocupó por saber quiénes habían sido las víctimas y archivó toda la documentación que pudo encontrar sobre el tema. En sus delirios se imaginaba lanzándose sobre el terrorista, arrojándolo del tren, cayendo sobre él y explotando los dos juntos. Una muerte heroica para un cobarde como él. Seguramente sufrió el síndrome postraumático pero no lo comentó con su psiquiatra. Pasó las vacaciones encamado, tomando más medicación de lo que hubiera sido prudente. Apenas comió y adelgazó hasta tener dificultades en reconocerse cuando se miró al espejo antes de volver al trabajo. Su vida cambió, la discreción se hizo su norma, hablaba lo menos posible, nunca se quejaba de su enfermedad, nadie volvió a escucharle recitar el mantra del quiero morir. Se sentía tan avergonzado que a veces tenía pesadillas por las noches en las que un periodista le reconocía del tren del infierno y le amenazaba con sacar a relucir su historia. Sabía que muchas noches gritaba y pateaba temeroso de que su vergonzoso secreto saliera a la luz. Pidió el traslado y nunca pudo regresar a Madrid.

Anuncios

IN MEMORIAM 11M/SEGUNDA PARTE


VÍCTIMAS DEL 11-M SEGUNDA PARTE

LA NOVELISTA

A pesar de su juventud llevaba tiempo escribiendo una novela. La escondía en el fondo de un cajón, para que no lo supiera ni su novio, con el que convivía desde hacía unos meses. Tampoco sus padres estaban enterados de esta afición. Tal vez se avergonzara un poco de que otros supieran que pasaba tanto tiempo en el universo de la ficción. La realidad es lo único que cuenta, parecían decir las conductas de la gente de su entorno.

Dos días antes, al pasar frente al escaparate de una librería, le llamó la atención un libro. Lo estuvo contemplando un tiempo con una extraña aprensión en la boca del estómago. Era de Ernesto Sábato y se titulaba “Abbadón el exterminador”. Finalmente se decidió y entró para comprarlo.

Aquella mañana, en el tren, con el libro de Sábato en el regazo, recordó las delirantes ideas que no dejaban de acosarla constantemente desde que comprara el libro. Alguien la estaba avisando de la trama demoníaca que se entretejía alrededor de su vida. No encontró una respuesta lógica a aquella aprensión. Sin embargo ficción y realidad se fusionaron una décima de segundo después de oír la explosión. Supo, cuando ya era demasiado tarde, que su subconsciente había empleado el truco de la novela de Sábato para darle el último aviso de su vida. Desgraciadamente llevaba algún tiempo intentando no dejarse llevar por la imaginación, no perder pie en la sólida realidad. De otra manera hubiera encontrado la respuesta que necesitaba para salvarse. A veces el destino intenta avisarnos, pero estamos demasiado anclados en la realidad para decidirnos a escuchar su voz.

EL JOVEN ÁRABE

Había nacido en un país árabe. El nacimiento es una elección del destino en la que no tenemos parte. Habida cuenta de lo que iba a suceder, lo mismo hubiera podido nacer en Madrid, donde ahora estaba residiendo.

Sus padres emigraron buscando una salida, igual que hacemos todos, emigrantes en una tierra que no nos pertenece. Él se debatía entre la ancestral cultura de sus padres y la nueva sociedad que le ofrecía tantas cosas agradables. Sentía pasión por los coches deportivos, la velocidad le atraía como atrae a muchos jóvenes que aún no han comprendido que la gran ilusión de los adultos es ralentizar el tiempo.

Quien puso la bomba y él tenían la misma piel, pero no los mismos sentimientos. Por eso no se salvó aquel día, porque los sentimientos son los que unen y no las pieles. El odio no conoce fraternidad alguna, ni de pieles, ni de emociones. El odio terrorista no perdona porque al mirarse en el espejo es incapaz de aceptar la fragilidad de la condición humana. Solo quien se acepta como es, puede comprender debilidades ajenas.

Imagen

EL DROGADICTO

Quiso huir de una realidad que no le gustaba y cayó en la droga, la más dura de las realidades. De ahí a la delincuencia, a la cárcel, al desprecio de los otros y a la amargura de una vida sin esperanza solo había un paso.

A pesar de su juventud llegó un momento en el que abandonó toda esperanza o más bien fue ella quien le abandonó a él. Se lamentaba pensando que había tirado su vida a la basura. Dios aprieta, pero no ahoga. Una chica dulce y sin prejuicios le escogió para entregarle su corazón. Le ayudó a salir del infierno y comenzaron a trabajar juntos por un futuro mejor.

Ella, la buena samaritana, viajaba en uno de los trenes de la muerte. El recibió la noticia como el último golpe del destino y se hundió en el más profundo de los abismos. Ahora sí, ahora todo estaba perdido.

Puso la radio y oyó a los padres de su novia, en una entrevista: “Hemos perdido una hija pero ganamos un hijo”. Las lágrimas acudieron a sus ojos, secos como un desierto. Aún queda gente buena, pensó, aunque haya que buscarla durante toda una vida.

Imagen

LA MONTAÑERA

En el tiempo fue una jovencita adorable que apenas había cumplido los dieciocho años. Le gustaba mucho la montaña por lo que no se perdía ni uno solo de los programas de “Al Filo de lo imposible”, en los que montañeros españoles trepaban al Everest, al K-2 y al resto de los ocho-miles. Ahora es un ángel, un ser invisible, que nos contempla desde alguna cumbre.

Es posible que hubiera escalado alguna que otra vez hasta lo alto de una montaña, para ver la puesta de sol enrojeciendo la cordillera. Desde allí todo es hermoso y abajo, en el valle, los hombres semejan hormiguitas hacendosas, ocupados en mil niñerías.

Allí, en la cima, el cielo parece muy cercano, casi se podría tocar con los dedos. La paz te inunda y la vida es muy hermosa. A veces surge un cántico de alegre acción de gracias de la garganta del montañero.

El paso de ser una jovencita adorable a ser un ángel atraviesa un abismo de odio donde explotan bombas en trenes. No se está mal contemplando desde todas las cumbres a los que se quedan. Pero ella también deseaba quedarse. Aún era muy joven y la vida le ofrecía mucho, sobre todo a sus seres queridos. Aunque el sufrimiento sea cosa del pasado, no puede olvidar a los que amó y por los que fue amada. Tampoco olvida a los hermanos que siguen su camino, en medio de la noche.

Sonríe mientras sus padres le cuentan al entrevistador radiofónico sus aficiones. Algún día los montes elevarán sus picos hasta las estrellas y los más aguerridos de entre los hombres treparán por ellos hasta tocar su mano tendida desde una estrella.

Los hermanos invisibles están ahí, alargándonos la mano. Ellos nos elevarán hasta las estrellas que parpadean en las noches solitarias, haciéndonos una mueca de esperanza. Nada es para siempre, pero el siempre no es la nada.

Queda pendiente una ascensión al k-2. No nos costará mucho, con nuestros cuerpos de aire. Será un placer conocerte, adorable jovencita.

IN MEMORIAM VICTIMAS 11-M.

Imagen

LOS QUE SE QUEDAN

Pude verlo en la pequeña pantalla, en un programa televisivo rememorando el 11-M a los seis meses de la tragedia. Las imágenes lo mostraban en el salón de su casa, un hogar de clase media que desprendía calidez. A su lado sus padres pugnando por mantenerse serenos.

Se encontraba en una silla de ruedas, delgaducho y con la cabeza vendada. Aguardaba el injerto de medio cráneo, que le había volado un terrorista con nombre y apellidos. No costaba imaginarse su viacrucis.

En contraposición a los familiares que clamaban un minuto antes por el olvido, como la única forma de poder seguir viviendo, él, no puedo recordar su nombre, lamentaba el olvido en que estaban sumidas las víctimas unos meses después. Era estudiante y esperaba continuar su carrera en cuanto le taparan ese enorme agujero que le habían dejado en la cabeza.

Intenté ponerme en su lugar. Imaginé el sofá, donde estaba sentado, como una silla de ruedas y toqué mi cráneo, duro, con mis dedos, como si la mitad de mi cabeza estuviera al aire. Los sesos, donde se refugian nuestros pensamientos y emociones, bajo la venda, tan frágiles que el filo de una uña los hubiera perforado. Me sentí mal, con ganas de vomitar, pero continué la visualización. ¿Qué puede esperar de la vida un joven cuando te han arrebatado el futuro de entre tus manos? Puede que éste hubiera sido bueno, regular, malo, muy bueno y hasta muy malo. Pero era su futuro y se lo arrebataron con la facilidad con la que se corta el tallo de una planta.

Somos tan frágiles que damos pena, pero aún así estamos vivos y tenemos derecho a caminar hasta el fin, sea este el que sea. Se puede amar a cualquier persona, pero un hombre con medio cráneo tiene menos posibilidades de ser amado. Somos así de materialistas. Su alma es hermosa pero el futuro que le espera clavado en una silla y con los sesos al aire no es muy atractivo. Tal vez pueda recuperarse y llevar una vida relativamente normal. Sin embargo algo quedará podrido en su alma para siempre. No será fácil confiar en el hermano.

Lo peor del terrorista no es que nos arrebate la vida, sino que hace desaparecer la confianza que tenemos en el otro, en el desconocido. Sin ella la soledad se transforma en un rostro horrible, que nos mira con los dientes afilados.

Va por ti, querido amigo, y por todos los que se quedan, después de la explosión de ese odio infinito, que ni siquiera el terrorista será capaz de comprender si algún día es capaz de plantearse la pregunta.

Imagen

EL MEDICO ILEGAL

Un hombre sin papeles está en los sitios porque así lo quiere el destino. Su libertad solo tiene una dirección: la huida. No importa su nacionalidad ni lo que hacía en la estación de Atocha. Oyó la explosión y supo que su presencia era necesaria. Años antes había hecho el juramento hipocrático de intentar salvar vidas humanas allí donde estuviera. Por un segundo dudó si acudir o no. Pronto aquello estaría lleno de policías y un hombre sin papeles sabe que debe de estar siempre muy lejos de cualquier uniforme.

La duda apenas duró un microsegundo. Se lanzó hacia los andenes buscando dónde era más necesario. El espectáculo dantesco le revolvió el alma. Apestaba a pólvora quemada, a sangre vertida y los gritos y gemidos hacían pensar que el tiempo era más que oro, era vida. Apoyado en una columna encontró un guardia de seguridad, se estaba desangrando, su rostro estaba lívido como el de un cadáver, pero mantenía la serenidad a pesar de todo.

Se inclinó sobre él y como médico acostumbrado al diagnóstico rápido supo encontrar la herida y taponarla con lo que tenía a mano. Nunca olvidaría la mirada de agradecimiento de aquel hombre. Pronto llegó el Samur y se hizo cargo del herido. El médico ilegal, al que nadie le preguntó por sus papeles, continuó atendiendo heridos en los andenes. Cuando todo acabó regresó a la estación, recuperó su mochila y en los servicios se lavó y se cambió la ropa manchada de sangre.

Tiempo después, cuando todo el mundo parecía haber recuperado la calma, intentó encontrar al guardia de seguridad que le había dirigido aquella mirada que aún tenía clavada en el alma. Le costó pero pudo dar con él. Se abrazaron como dos almas gemelas e hicieron un tácito pacto de sangre. Serían amigos de por vida.

No sabemos si el médico ilegal obtuvo los papeles. No era familiar de los fallecidos, no entraba en las condiciones legales que se pusieron para que los sin papeles pudieran obtenerlos. Los que ayudaron en aquella tragedia son héroes, menos los sin papeles que siguen siendo anónimos a la busca de un documento que certifique que son personas. Ayuda pensar que tal vez hicieran una excepción con el médico ilegal o que el guardia de seguridad, que le debía la vida, pudiera obtener documentos para su amigo insistiendo aquí y allá. La tragedia de los sin papeles es que no pueden traspasar fronteras con lo puesto, su cuerpo; necesitan papeles que certifiquen que son personas, que comen y beben, que piensan y sienten, sin ellos la economía no puede funcionar, sin ellos el primer mundo perdería sus privilegios económicos y el tercer mundo entraría hasta las puertas de nuestras casas. Por suerte para nosotros siguen siendo personas y los médicos ilegales nos pueden tender una mano cuando nos estamos desangrando.

Imagen

LOS PADRES

Estaban desayunando cuando por la radio oyeron la noticia. Al principio no la dieron demasiada importancia. Tal vez se trate de otra de esas bombas fallidas que dejan algún herido y poco más. Pero conforme los datos fueron llegando comprendieron la magnitud de la tragedia y lo que era peor, su único hijo podía estar en uno de esos trenes.

No pudieron terminar el desayuno. Intentaron llamar por teléfono para confirmar si el tren de su hijo estaba implicado. Las líneas telefónicas estaban bloqueadas y todo era un gigantesco caos. Decidieron utilizar su propio coche a pesar del bloqueo en que estaría sumida la ciudad. Se pasaron media mañana de acá para allá intentando encontrar alguien que pudiera informarles. La angustia se hizo irrespirable. Solo les mantenía en pie la esperanza de que su hijo estuviera vivo.

Por la radio oyeron que en los hospitales empezaban a sacar listas de heridos y de fallecidos. Se dirigieron al más cercano. Allí fueron recibidos por una psicóloga, una jovencita que seguramente haría muy poco que habría terminado la carrera. En una sala de espera se derrumbaron y la psicóloga no pudo hacer otra cosa que pasarles el brazo por los hombros y compartir su dolor. Al cabo de un rato les trajo un vaso de agua y un tranquilizante. Les dijo que pidieran todo lo que necesitaran. Ellos respondieron que solo necesitaban una: saber si su hijo estaba vivo.

La jovencita salió a buscar una lista y cuando volvió tenía el rostro pálido y temblaba. Los padres habían facilitado su nombre y apellidos al entrar al hospital, por eso la psicóloga sabía que el nombre de uno de los fallecidos bien podría ser su hijo. No sabía cómo darles la noticia. La madre la intuyó cuando vio lágrimas en sus ojos. Con mano temblorosa puso la lista en una mano firme. Y entonces presenció una escena que no olvidaría el resto de su vida. La madre no tuvo dudas que se trataba de su hijo y compartió su seguridad con su marido. Los padres, en vez de ponerse a llorar o a gritar histéricamente, entraron en un estado catatónico del que tardaron en sacarles varios días.

La jovencita acostumbra a visitarles con frecuencia. Los padres la reciben con cariño, preparan un café y charlan de cosas intrascendentes. La psicóloga cree que acabarán por superar la tragedia, lo que no sabe es que el estado catatónico de su cuerpo se ha trasladado a su alma. Ahora apenas son algo más que robots que siguen haciendo las mismas cosas que hacían antes. La vida no es hacer cosas, sino sentirlas. Por eso aquellos padres no están vivos por mucho que se empeñe la jovencita, que les ha tomado un cariño muy especial.

Imagen

UNA MADRE DEL 11-M

La mujer enlutada se sentó, acercó el micrófono y colocó los folios escritos tras la plaquita de invitada en la Comisión investigadora del 11-M. Tomó un sorbo de agua del vaso que tenía a su derecha y se dispuso a leer un texto que había escrito con su corazón de madre. Las frases políticamente correctas se las había llevado la descarnada muerte, en una carpeta negra que sostenía con su deshuesada mano izquierda, mientras que con la derecha empujaba cariñosamente a su hijo hacia el más allá, de donde nadie vuelve.

La mujer enlutada se llama Pilar Manjón y se ha jurado no desmoronarse hasta que de nuevo se encuentre tras la puerta de su casa, donde no hay cámaras de televisión y el dolor es íntimo, no manipulable por unos o por otros.

Yo soy un espectador que está viendo las imágenes en el telediario nocturno y que luego leerá en la prensa un resumen de su intervención. A lo largo del día escucharé su voz en los boletines horarios de las diferentes emisoras de radio. Puedo intentar comprender su dolor, pero no he perdido a ningún ser querido en la tragedia del 11-M. La diferencia ser un espectador del dolor ajeno y sentir el corazón en la boca es el abismo que me separa de Pilar Manjón.

Su voz se le quiebra en varios momentos de su intervención. El espectáculo de algunos políticos que se arrojan los muertos a la cabeza, que jalean, protestan o aplauden, según el muerto esté en boca de estos o de aquellos, es un espectáculo tan poco edificante que puedo notar la santa cólera de esta mujer entre las astillas de su voz.

Los medios que utilizan las imágenes más morbosas para subir su imprescindible cuota de pantalla, también reciben su amargo merecido. Nadie podrá devolverles a sus seres queridos, pero ellos necesitan saber, saber que se ha hecho todo lo posible para que algo así no vuelva a suceder nunca.

Pilar Manjón termina su intervención y todos tenemos un nudo en la garganta. El tiempo transcurre inexorable y hoy, primer aniversario del 11-M, la sensación de que la sangre de las víctimas ha sido derramada en vano, es más fuerte que nunca. Sí, porque lo queramos o no, están condenadas al olvido, como les ha sucedido a todos los muertos a lo largo de la historia. Si ellos nos están contemplando, desde la imperturbable certeza que da estar del otro lado, donde ya no se puede volver a morir, ya saben que la injusticia de una salvaje muerte temprana está a punto de ser tapada por el velo de la fría estadística. Los millones de muertos del holocausto nazi se les unen, con el rostro inhumanamente matemático del número.

Es la ley de los vivos, que discuten sobre si algunas víctimas han merecido más atención que otras o sobre si los errores de estos fueron mayores que los de los otros. Las voces de los muertos no pueden zumbar en nuestros oídos su lamento, ni consolar, con caricias, a quienes alguna vez les quisieron. No pueden votar en unas elecciones ni contribuir a la economía globalizada. Los muertos del presente son lo mismo que seremos todos mañana: la certeza de que la condición humana no puede llegar más allá de un corto viaje en el tiempo. En el que cada cual ha cumplido su papel: unos de víctimas y otros de verdugos.

Imagino a Pilar Manjón llorando, este primer aniversario, sobre la foto de su hijo. Imagino a todos los seres queridos de las víctimas del 11-M llorando sobre las fotos de sus seres queridos. Imagino a todos los seres queridos de las víctimas de la violencia llorando sobre las tumbas de sus muertos. Imagino cómo sería la humanidad si los verdugos aceptaran que una vida, segada por sus manos, no puede servir de moneda de cambio para comprar otra cosa que no sea el demoniaco rostro del odio.

Imagino que algún día las voces de los muertos nos hablarán y entonces todos sabremos que, aunque el dolor estará siempre agazapado en algún recoveco de la memoria, la esperanza de una evolución espiritual de la especie humana confortará nuestros corazones. Imagino que habrá que instituir un Portavoz de los muertos, como ahora hay un defensor del pueblo o del menor. El Portavoz de los muertos sería una especie de sacerdote que uniría el abismo que separa el más allá del más acá. Un puente que nos elevaría hacia una nueva consciencia planetaria.

Mientras esto llega las voces de los muertos solo pueden ser oídas por almas sensibles que esconden la antorcha del amor en sus corazones, para que todos, vivos y muertos, tengamos un poco de luz en nuestro camino a través de la noche, donde las huellas de nuestros pasos solo pueden ser vistas por quien todo lo ve.

IN MEMORIAM VICTIMAS 11-M. PRIMER ANIVERSARIO.
QUE VUESTRA SANGRE NO HAYA SIDO DERRAMADA EN VANO.

Imagen

11-M, DÉCIMO ANIVERSARIO

Todo lo que he subido hasta ahora está escrito hace ya muchos años, por eso quisiera escribir algo actual y retomar, si me es posible, aquella serie de relatos que me vi obligado a dejar porque el dolor era demasiado intenso.

Nada me gustaría más que poder volver atrás y convertir aquella tragedia en una simple pesadilla de la que podría despertarme en cualquier momento, o en una repugnante película violenta que olvidas al salir del cine o en una ficción creada para conmover al lector sensible y que ambos, autor y lector, olvidan después de haberla escrito o leído. Nada me gustaría más que subir ahora al desván, poner música y hacer los ejercicios de energetización de Yogananda y olvidarme de todo, pero no es posible.

He subido al desván y he buscado la carpeta donde hace diez años guardé los recortes de los periódicos con los datos del 11-M, especialmente los referentes a fallecidos, heridos y familiares. La enorme conmoción de aquella brutalidad demoniaca despertó la chispa divina que reside en mi interior, como en todos, en palabras de Milarepa, se agitó muy dentro, como las hojas de un árbol bajo el huracán, y me impulsó a hacer una promesa, casi un juramento, de escribir tantos relatos como personas brutalmente asesinadas.

Me puse a ello llorando, e intentando intensificar mi empatía, hasta conseguir ponerme en su piel y sufrir lo que ellos sufrieron. Al cabo de un tiempo lo dejé porque el sufrimiento era tan intenso que decidí darme un respiro. En el primer aniversario escribí el último relato y desde entonces he dejado pasar el tiempo, consciente de que el tiempo es solo el velo de Maya que nos oculta la Totalidad, porque somos incapaces de percibir y sentir la infinitud. El tiempo es un don concedido a los mortales para que puedan ir ampliando y extendiendo su consciencia poco a poco. Somos tan finitos y limitados que la infinitud, entrando abruptamente en nuestras frágiles vasijas de barro, a nuestra personalidad e individualidad nos rompería en infinitos pedazos. Por eso no podemos percibir y sentir a Dios, porque nuestras limitadas vasijas no contendrían tanta infinitud y bondad, y como consecuencia la desesperación nos llevaría a desear el regreso a la nada, de la que nos sacó la Infinita Bondad.

Se nos ha concedido el tiempo, se nos ha transformado en viajeros del tiempo, para que podamos ir asimilando toda la infinitud de la existencia, poco a poco, porque de otra forma la visión personal y física de Dios nos llevaría al suicidio y al deseo de la nada. La divinidad no se nos oculta porque no nos ame o porque quiera hacernos sufrir inútilmente, lo hace porque no puede mostrarnos su rostro sin hundirnos en la nada.

El mal, su existencia en un universo bello, hermoso, maravilloso, creado por el amor, es uno de los misterios más profundos e inextricables de la existencia. Nuestras mentes y corazones finitos no pueden comprenderlo. Tal vez sea la causa más clara y poderosa para que personas buenas, bondadosas, espirituales, no sean capaces de aceptar la posibilidad de la existencia de Dios, de un ser infinito y bondadoso. Si Dios existe, y es infinitamente bondadoso, amoroso y poderoso, ¿Por qué no acaba con el mal, por qué nos hace sufrir tanto? Es una pregunta que no he dejado de hacerme desde que adquirí el uso de la razón en la infancia, desde que la chispa divina se uniera al cuerpo animal que se me concedió. No he encontrado la respuesta, pero sí un atisbo de la verdad.

Si el tiempo es imprescindible para que nuestra consciencia pueda ir expandiéndose hasta la fusión con la divinidad, con el Todo, también parece imprescindible que de él brote el mal, como de una fruta podrida. Al fin y al cabo el tiempo es el límite y todo límite nos priva de disfrutar de toda la bondad y felicidad a la que hemos sido destinados. Sin límites no existiría el tiempo y con los límites nace la mortalidad, la ignorancia, el odio, el apego al yo, y de alguna forma misteriosa también nace la libertad. De alguna manera no podríamos ser libres con una consciencia infinita, con un conocimiento absoluto y total. De alguna manera Dios tuvo que hacernos limitados y situarnos en el tiempo, con todo el dolor que eso supone, para que fuéramos libres y pudiéramos libremente elegir fusionarnos con Él.

Esto no explica el misterio del mal, pero de alguna manera nos facilita una razón, una lógica, para que podamos mirar el misterio y no rebelarnos en un grito de absoluta desesperación.

Imagen

No somos capaces de contener la bondad infinita y tampoco el dolor y el mal absolutos, por eso se nos permite disfrutar a pequeños sorbos de la felicidad y sufrir a traguitos amargos el dolor.

Por eso renuncié a seguir escribiendo sobre el 11-M y por eso retomo mi promesa donde la dejé. Mirando en los recortes de periódicos los rostros vivos de los que luego serían vilmente asesinados, mi fantasía, la imaginación, que es el otro rostro de la empatía y la solidaridad, me permite “ver” a esas personas, contemplándome desde la otra orilla, desde el más allá, como diciéndome:

“César, tienes que sufrir un poco más por nosotros, no porque nuestra limitada personalidad merezca más lágrimas, sino porque la chispa divina que sigue habitando en nosotros, lo exige. Como personas con defectos tal vez no merezcamos tu atención y tu sufrimiento, no formamos en su día parte de tu primer círculo de seres queridos, no estuvimos vinculados, ni siquiera nos llegamos a conocer, pero la chispa divina que habita en nuestro interior, gemela de la chispa divina que habita en tu interior, exige un esfuerzo más.

“Antes o después, en el momento de la fusión con la divinidad, que tanto anhelas, también tendrás que fusionarte con nuestras chispas divinas y entonces seremos tus padres, tus hijos, tus hermanos, tus amantes, esas personas que tú más quieres. Antes o después, al fusionarte con nosotros, en la gran fusión, nos conocerás íntegramente, tal como somos y tendrás que vivir nuestra muerte como parte que fue de nuestras vidas. Dios te lo va a exigir antes de fusionarte para siempre con Él. Por eso te pedimos un esfuerzo más. Tus lágrimas nos lavarán como nos lavó la sangre del cordero. Sabes que el olvido es solo un instinto de supervivencia, pero nosotros necesitamos que se nos recuerde, para que nuestra sangre no haya sido derramada en vano.

“Comprendemos tu miedo al dolor y a tus más bajos instinto animales. Sabemos que el apego a tu ego te pondrá delante fantasías mezquinas y miserables. Sabemos que no deseas utilizarnos para alcanzar metas materiales, tristes y paupérrimas. Siempre has querido ser un escritor, conocido, profesional, consagrado, y no quieres que algo así pudiera ser alcanzado comerciando con nuestra sangre. Pero recuerda que tus errores y debilidades también forma parte de tu naturaleza, de tu existencia. Que el reconocerlos no significa que seas malo, que claudiques ante el mal, no puede controlar tu mente ni tus sentimientos pero sigues siendo libre para decidir y nunca decidirás comerciar con la sangre de los corderos.

“Solo tienes que dejar que la chispa divina que habita en tu interior se muestre y guíe tu vida. Tal vez no puedas vernos a todos sin sufrir en exceso, tampoco te pedimos que escribas sobre todas las víctimas, las del 11-S, las de los atentados de Londres, las víctimas de ETA, las víctimas de todos los atentados terroristas, las víctimas del genocidio nazi, las víctimas del hambre y la insolidaridad humana, las víctimas de las pateras y las alambradas, las víctimas que han regado de sangre el planeta Tierra desde su primer alba. Pero nosotros estamos ahora ante ti, fuimos españoles como tú, residíamos cerca de ti, estuvimos más cerca que otros y como bien sabes el mandato de amar al prójimo es en realidad el mandato de amar al próximo. Tú también pudiste haber subido a aquellos trenes el 11-M. Hubiera bastado una circunstancia nimia que te hubiera llevado a Madrid en aquel momento. Nosotros fuimos elegidos como corderos para que nuestra sangre fuera derramada para abrir vuestros corazones a la luz, pero pudieron haber sido otros. Hubiera bastando con que los terroristas cambiaran el día o la hora o la ciudad, con que hubieran elegido aviones en lugar de trenes o la terminal de un aeropuerto, o un estadio de fútbol. En realidad hubiera bastado el movimiento de una hoja, porque lo mismo que no hay hoja que caiga al suelo sin que nuestro Padre lo permita, también pudo haber permitido tu muerte o la de tus seres queridos. No es que Dios elija degollar a unos para que otros vean la luz, simplemente unos eligen el mal y su elección genera consecuencias.

“Los terroristas no juzgan y ejecutan, los terroristas dejan caer su odio demoniaco sobre cualquier cabeza que esté a su alcance, el 11-M fuimos nosotros, el 11-S nuestros hermanos y mañana podrías ser tú o tus seres queridos, no hay límites para la maldad y el odio. No puedes olvidar y pensar que aquel día no te tocó y ya no te va a tocar nunca, porque la lotería solo toca una vez. Olvidar y callar es comprar boletos para el sorteo, puede que hoy no te toque, pero mañana está en el aire y quien mira para otro lado cuando la sangre de su hermano le salpica ha comprado ya demasiados boletos para el sorteo. Nosotros dimos nuestra sangre, a ti solo te pedimos unas palabras”

Puedo “ver” sus rostros sonrientes, en esos cuerpos de luz, flotando por encima de mi, contemplándome desde otra dimensión, puedo escuchar sus palabras, y soy consciente de que les hice una promesa, un juramento. Tengo una deuda con ellos y con sus seres queridos.

Mientras las lágrimas brotan de mis ojos, mirando esos rostros en el papel soy consciente de que el dolor se intensifica, de que el olvido sería un buen calmante para la angustia, de que escribir una historia divertida, erótica, un thriller, cualquiera de mis historias sería mucho más fácil y divertido, pero a veces hay que hacer lo más difícil para que el olvido no entierre otra vez a las víctimas, para que la humanidad por fin de un pasito hacia adelante en su evolución espiritual, en el reconocimiento de esa fraternidad espiritual que nos vincula a todos. Si nadie recuerda, si nadie da un paso al frente, no podremos esperar que estas tragedias se sigan repitiendo, habrá nuevas bombas, nuevas guerras, seguirán las muertes por hambre e insolidaridad. El mundo no puede ser mejor si todos no somos mejores, si alguien no da el primer paso y dice lo que tiene que decir, aunque eso le haga sufrir. El maestro Jesús se dejó clavar en la cruz, nosotros no estamos preparados para dar ese paso, para la redención y la expiación, pero sí lo estamos para decir una palabra, que es el primer paso, decir dos es el segundo, luego vendrá hacer algo, aunque sea poco, y luego habrá que hacer más, mucho más, porque el camino es largo y doloroso.

El planeta Tierra no puede ser establecido en la luz, en la bondad y el amor si alguien, uno, el primero, no dice la primera palabras. Mientras observo esos rostros en el papel me digo que ellos dieron su sangre, el que yo entregue una palabra no es tanto, es solo una palabra, ellos dieron sus vidas, su sangre su infinito sufrimiento, que gracias a Dios solo duró un instante en el tiempo. Por eso se estableció el tiempo, para que si no podemos disfrutar de la felicidad infinita y absoluta al menos tampoco tengamos que sufrir infinita y absolutamente.

Si no hablas, si nos callas, si nos olvidas, los demonios se harán fuertes y el mal, la oscuridad avanzará unos centímetros, los suficientes para que otros vuelvan a sufrir, tal vez no hoy, pero mañana puede tocarnos a nosotros y a nuestros seres queridos. Los demonios no cejan de tramar sus laberínticas maldades. Siguen en la sombra, acechantes. Todos los ejércitos del mundo no serán suficientes para sacarlos de sus cubiles, ni los programas espías más sofisticados serán útiles para descubrir la maldad oculta que late en sus corazones. No podemos dejar que e instaure el Gran Hermano entre nosotros, no podemos dejar que nos arrebaten la libertad y la dignidad en nombre de las víctimas, de su sangre derramada. Porque ellas no quieren eso. Al menos no es eso lo que me han dicho a mí.

Todos podemos hablar, podemos decirles a estos demonios que su tiempo acabará, antes o después, que ya no pueden esconderse tras disculpas políticas, ideológicas, tras supuestas metas aparentemente muy aceptables, que el tiempo de que el fin justifica los medios ha terminado para siempre. No hay disculpa para la violencia y el terror, para la maldad, no haremos un mundo mejor destrozando cuerpos, angustiando almas, privando del pan cotidiano a nuestros semejantes, refugiándonos en la idea cobarde de que un mundo mejor es imposible, porque solo es imposible lo que no queremos o no nos atrevemos a hacer.

No existe un camino visible ante nuestros ojos, que nos lleve a un mañana mejor, no existe una receta mágica, somos ciegos tanteando en el tiempo. No hay recetas mágicas para evitar las crisis económicas, la desigualdad, la injusticia, para conseguir la felicidad para todos, la solidaridad humana, el amor espiritual, la luz infinita que aleje para siempre la oscuridad. De existir una fórmula esta sería la del amor, pero el amor se manifiesta de mil formas, a veces contradictorias, a veces el amor hace sufrir y se tambalea como un ciego en la oscuridad, como un beodo.

No existe un único camino, ni un camino fácil, no existe el pase mágico que eleve por encima de la maldad y nos haga salir del túnel de la oscuridad. Pero algo hay que hacer, hay que dar un paso al frente, hay que amar ahora, aquí, o mañana explotará otra bomba en un tren o en un avión, o alguien se pondrá a nuestro lado, nos mirará con odio y hará explotar la bomba que llega pegada a su piel.

Mientras escribo estas palabras y miro los rostros den el papel soy consciente de que no soy yo quien las ha escrito, yo no podría escribir algo así. Milarepa ha guiado mi mano y me sonríe mientras trazo los últimos rasgos.

Soy el último entre los últimos, pero hasta el último puede dar el primer paso al frente.

QUE LA PAZ PROFUNDA ESTÉ CON TODOS NOSOTROS

QUE VUESTRA SANGRE NO HAYA SIDO DERRAMADA EN VANO.