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CRAZYWORLD XXVIII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY VII

“Al principio nadie les creyó, pensaron que estaban “fumaos”, que tenían alucinaciones, que la droga les había llevado por caminos inexplorados. Pero eso no podía durar mucho, y yo lo sabía, antes o después sufriría las consecuencias, incapaz de renunciar a lo que la vida me ofrecía, tal vez como compensación a tanto sufrimiento. A pesar de mi juventud los avatares de la vida me han hecho sabia, sé muy bien que todo el mundo piensa que ha sufrido más que los demás y se merece mayores premios y otorgados con mayor rapidez. El abandono de mi padre, la triste vida que llevaba mi madre y que me obligaba a compartir, lo quisiera o no, las frustraciones de una niña imaginativa y de una adolescente deseosa de agradar, me hacían pensar que yo me merecía mayores premios que los demás y aquella monstruosidad que volteaba mi vida, erizándola de dificultades, también me ofrecía una fantástica compensación a la que yo no podía ni quería renunciar.

“Los rumores se fueron extendiendo y agrandando, manifestándose en todo tipo de miraditas malvadas, risitas despreciativas, cuchicheos repugnantes y una marginación tan injusta como ostensible. A pesar de ellos los chicos, machitos por naturaleza, no cesaban de aproximarse cuando nadie podía verles. Entre risitas y balbuceos avergonzados se ofrecían para darme placer. Algunos, más machos que otros y más bestiales, auténticos psicópatas, me acechaban constantemente, buscando que estuviera sola en un lugar apropiado, entonces se acercaban, solos, o bien, con más frecuencia, en parejas o grupos, con una ridícula mirada asesina en los ojos y una sonrisita que pretendían malvada en la boca, pero que solo llegaba a estúpida y bobalicona. Pensaban que su poder de machos me convertía en presa fácil, lo que no podían ni imaginar es que yo tuviera un arma que acabaría con ellos en una noche y que lo que pretendían hacerme era precisamente la trampa de conejos en la que siempre caían los cazadores. Luego se debatían entre marcharse lo más lejos posible o dejarse atrapar en una adicción que acabaría con sus vidas antes o después.

Mi madre acabó tomando cartas en el asunto. Me puso en manos del pastor, éste en las de la comunidad y ésta me encerró en una finca vallada y electrificada, en un lugar desconocido, y que utilizaban como reformatorio para chicos malos. Por suerte no estuve allí mucho tiempo porque el pastor conocía a un doctor especializado en toda clase de perrerías médicas para convertir en buenos a los chicos malos por naturaleza. Fui traslada en una furgoneta con barrotes y vigilada a la clínica de aquel doctorcito, a muchos kilómetros de distancia. Allí tampoco duré mucho, porque el doctor y sus ayudantes fueron pan comido para mí y en menos de una semana ya comían en mi mano. Por desgracia el truco empleado para conseguirlo hizo que el doctor se pusiera en contacto con un viejo compañero de universidad, un tal John, a quien todos llamaban Cabezaprivilegiada, no sé si en tono de burla o de admiración. Éste sintió de inmediato una curiosidad demoniaca por conocer a aquel portento de la naturaleza que era yo. Me trasladaron de nuevo, esta vez aún más lejos y a una clínica supermoderna y con unas medidas de seguridad a prueba de portentos.

Al principio fui dócil como una corderita, esperanzada en que aquellas lumbreras embatadas y serias encontraran el remedio para aquel paraíso infernal o aquel infierno paradisiaco, para aquella manzana envenenada del Edén a la que estaba dispuesta a renunciar de mil amores. Durante semanas y semanas me llevaron de acá para allá, me subieron y bajaron, me encerraron dentro de toda clase de artilugios médicos conocidos y algunos inventados por aquella cabecita puritana, perversa y demoniaca a quien todos sus ayudantes llamaban John CP, por lo de Cabezaprivilegiada. No dejaron parte de mi cuerpo por estudiar, todos los órganos internos y cada poro de mi piel, pero no encontraron la piedra filosofal que había transmutado mi cuerpo en una poderosa máquina del placer, capaz de convertir a cualquier macho en un bóvido babeante, en una infernal máquina que podía matar entre gemiditos de placer al más peligroso asesino en serie.

Con el tiempo comprendí que ni Cabezaprivilegiada ni sus lumbreras llegarían nunca a encontrar el remedio, por lo que me dediqué a seducirles y atontarles prometiéndoles una experiencia inolvidable. No fue sencillo, John les había escogido buscando no solo sus conocimientos y cabecitas privilegiadas, sino también un puritanismo religioso que habría acabado trayendo el apocalipsis antes que una verbena de misiles intercontinentales. Cada seducción era un largo y fino encaje de bolillos. Lo que acabó perdiendo a todos fue su demoniaca curiosidad, superior incluso a su puritanismo. A todos menos a John, aquel larguirucho abuelete, se resistió como si yo fuera una Satanasa, limitándose a cambiar a sus ayudantes conforme eran descubiertos en pecado.

Incluso llegó a utilizarlos para hacer acopio de la sustancia que destilaba mi clítoris hinchado en plena excitación. No sé cómo lo hizo pero cantidades ingentes de esa sustancia pasaron a los sofisticados laboratorios de aquella institución y comenzaron una serie inagotable de experimentos. Me sorprendió que el puritanismo de John Cabezaprivilegiada no le impidiera aquellas añagazas propias de un malvado redomado sin la menor ética ni moral, pero luego comprendería que aquel puritano había caído en la tentación más sutil de Satanás, en el maquiavélico concepto de que el fin justifica los medios y todo se convierte en bueno si el fin lo es. Aceptaba los cuantiosos donativos de un millonario más loco que un cencerro en el cuello de una vaca loca y más lujurioso que si hubiera comido plátanos empapados en la sustancia de mi berenjena.

Con el tiempo descubriría que aquel millonario no solo estaba loco y se había entregado a la lujuria como la única meta de su vida, sino que además era un astuto malvado, un canalla sin escrúpulos que para deshacerse de un hijo o una hija, no lo sé muy bien, que le había salido rana, enfermo mental o loco o simplemente rebelde, había decidido convertir su finca de caza y refocile, tan extensa como un Estado, en una prisión de por vida para familiares de millonarios locos. Poco imaginaba yo entonces que acabaría también en Crazyworld, el mayor y más sofisticado complejo carcelario para millonarios locos, eso sí, una prisión de cinco estrellas, porque uno no se imagina a un millonario viviendo en otro sitio que no sea el non plus ultra del lujo y la sofisticación.

Aquello se convirtió en una cárcel insufrible para mí y decidí fugarme a cualquier precio, pero no iba a ser fácil. No querían soltarme, creyendo que yo era su gallina de los huevos de oro. No parecían poner mucho empeño en solucionar mi problema, que yo había tratado de hacerles ver como una enfermedad, de las raras, de las muy raras, pero enfermedad al fin y al cabo. En cambio tenían los laboratorios trabajando noche y día, aparcados los restantes experimentos que estaban llevando a cabo antes de que yo apareciera por allí, buscando la fórmula mágica de convertir mis fluidos en el mayor afrodisiaco de la historia, una auténtica revolución en el negocio del sexo… pero solo para hombres, claro, porque todos sus experimentos iban dirigidos a lograr comercializar el producto, haciéndolo estable en forma de pastillas, pomadas, lo que fuera, para transformar a los machos del país, del mundo, en auténticas máquinas de follar. Como pude apreciar, escuchando alguna de sus conversaciones a escondidas, ni siquiera se planteaban crear un producto igualitario, también para mujeres, que tenemos el mismo derecho que los hombres, o más, para disfrutar de la sexualidad que nos ha dado la naturaleza a todos. Creo que en esto tenía la mayor parte de culpa el millonario Arkadín, que se dejaba caer por allí con mucha frecuencia desde que mi adorable presencia “adornaba” aquellas frías instalaciones, tal como él le decía al profesor. El pensaba que lo prioritario era lograr un afrodisiaco, estable y potente, para hombres, con lo que tendrían un gran mercado, suficiente para que él y sus socios y todos los locos científicos de aquel laboratorio se hicieran más ricos que Midas. Luego verían si el afrodisiaco para mujeres lograba ser tan estable y potente, si les compensaba sacarlo al mercado, a la vista de los estudios que se harían sobre los posibles cambios en las relaciones entre hombres y mujeres y las consecuencias en la vida familiar, sopesando entonces si las ganancias de la apertura del mercado femenino para el afrodisiaco compensarían las posibles consecuencias nefastas en la histórica prepotencia del macho en las relaciones de pareja y familiares. No creo que esto hubiera llegado a influir decisivamente en su decisión si la distribución del fármaco entre mujeres hubiera aportado cuantiosas ganancias a sus cuentas corrientes. Por desgracia para ellos y por suerte para mí y todas las mujeres del mundo, ni siquiera la cabeza privilegiada de John lograba estabilizar aquel endiablado compuesto, tal como lo denominaba el profesor, que a pesar de sus esfuerzos no era más que agua con colorantes a la hora de excitar la libido de las cobayas humanas que se ofrecían voluntarias con una sonrisita de machos estúpidos en la comisura de sus asquerosas bocas. Pero mientras tanto el millonario Arkadín buscaba, para sí y sus perversos amigos, una experiencia sexual inimaginable por la que estaban dispuestos a pagar buena parte de su fortuna. Yo era su conejillo de laboratorio, su indefensa presa. Poco podían imaginar que la indefensa cervatilla, como me calificaba Arkadín, terminaría convirtiéndole en un esclavo babeante. Su venganza, que no mis supuestos trastornos mentales o el dinero de mi madre, que era muy poco, acabarían encerrándome en esta prisión, junto con todas estas pobres criaturitas de Dios que has conocido en tu primer día en el infierno, que no tienen otra culpa que padecer algún tipo de trastorno de la personalidad y haber nacido en familias millonarias que no dudaron a la hora de quitarse de encima el problema que para ellos suponían, encerrándoles en esta maldita jaula de oro, en la que tú también has caído, pobre amigo, cegado por el destino que a todos nos pierde, a unos mejor que a otros.

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CRAZYWORLD XXVII


MI PRIMERA NOCHE CON CATHY VI

Catwoman, con la toalla enroscada como la piel de una serpiente, se deslizó hacia la mesita de noche y tanteó en la lamparita, luego observó con detenimiento la lámpara del techo que yo había tapado siguiendo instrucciones de Jimmy El Pecas, lo mismo que había anulado también el micrófono que aquel me había señalado. Kathy parecía un tanto paranoica, aunque seguramente tendría muchos más motivos que yo, que apenas había superado las veinticuatro horas en aquel endemoniado lugar, un tiempo tan intenso que bien podría valer por un año, o casi.

Al fin pareció quedar satisfecha y tomando unos cojines de la silla de las visitas se colocó cómodamente en el extremo de la cama más cercano a la ventana por donde había irrumpido violentamente en mi vida onírica. Yo doblé la almohada y busqué la posición más relajante posible, lo más alejado posible de aquel cuerpo embrujado. No me apercibí de que si Kathy había tenido el detalle de cubrir su desnudez para que no me sintiera tentado a probar de nuevo la manzana del bien y del mal, yo en cambio permanecía en traje de Adán sin caer en la cuenta de que las mujeres no son de piedra y sufren tentaciones lo mismo que nosotros, otra cosa es que caigan en ellas o no, que ahí cada cual es libre de buscar el placer, de rebelarse contra las imposiciones de una sociedad ñoña o de permanecer alejado de lo único que tal vez pudiera hacer aceptable la vida si fuéramos menos estúpidos. Y me doy cuenta de que hablo como un viejo vividor, cuando en realidad soy muy joven y encima no me acuerdo de nada o de casi nada, pero es ley de vida el que todos se atrevan a hablar de aquello que precisamente más desconocen.

-La historia es muy larga, cariñito, por lo que voy a contarte lo esencial, ya rellenaremos los huecos en otras ocasiones, porque tú me vas a deber mucho cuando te cuente esta lacrimógena historia que ha sido mi vida.

Estuve tentando de preguntar como cuánto la debería, por si fuera conveniente pensármelo dos veces, pero me sentía tan intrigado por aquel extraño fenómeno que portaba entre sus piernas que decidí dejarla hablar todo lo que quisiera, sin intervenir, no fuera que se le olvidara algo importante.

-Todo comenzó con mi primera regla, de la que mamá no me había hablado y tampoco lo hizo después. Era una mujer muy hermosa, pero tan beata –pertenecía a los Adventistas del séptimo día- que nunca me habló de nada que pudiera interesarme. Mi papá nos había abandonado años antes, tantos que apenas conservaba recuerdo alguno que mereciera la pena de él. No debió ser tan malo porque me dejó un fideicomiso para ser administrado por mi madre hasta la mayoría de edad. De éste y de los perfumes y productos estéticos que fabricaba mi madre en el garaje y luego vendía por las casas vivíamos y no muy mal. Mi mamá era química, había estudiado en Harvard, pero renunció a una carrera prometedora para cuidar de la familia, conforme a las directrices religiosas que recibía del pastor de la iglesia que visitábamos mucho más de lo que yo podía soportar. Un error que cometen muchas mujeres que creen demasiado en los hombres, en la sociedad y en los pastores adventistas.

“Cuando comencé a sangrar me llevé tal susto que nunca fui capaz de perdonar a mamá el ocultarme los datos esenciales de la biología femenina. Fue una regla torrencial y tan dolorosa que tuve que permanecer un mes en cama, penando que me moría y sin acabar de hacerlo, algo que me hubiera aliviado mucho. Mamá se limitó a traerme cajas y cajas de compresas, de tampones, de toallitas absorbentes y algunos tubos de pastillas para calmar mis intensos dolores. Cuando al fin logré recuperarme me reintegré a los estudios intentando disimular el gran bulto que llevaba entre las piernas, así como los tampones y compresas de mi mochila. Busqué a la compañera con más fama de atrevida y locuela y así pude enterarme de que no me iba a morir de momento, que aquello se llamaba regla, que lo teníamos todas las mujeres al llegar a una determinada edad y que se agotaba en algún momento de nuestras vidas, demasiado tarde, pienso yo.

“La segunda regla fue igualmente torrencial y dolorosa, hasta el punto de que mi madre se asustó mucho, y tras consultar con el pastor decidió llevarme a su ginecólogo, un viejo gruñón, acostumbrado a no examinar a sus pacientes en la forma habitual y a deducir lo que les pasaba por lo que ellas le contaban entre balbuceos. Cuando mi madre, ruborizada hasta la insolencia, le habló de mi problema, el viejo gruñón se rascó la barba y por primera vez en su carrera profesional tuvo el valor de mandarla a la farmacia más cercana mientras él me examinaba a consciencia y sin miedo a palpar. Con el tiempo descubriría que había heredado la belleza de mamá, superándola con creces y tal vez el encanto de papá, un empresario emprendedor que se las sabía todas y así es difícil resistirse a intentar hacer pasar por tontos a los demás. Todos los hombres que conocería de allí en adelante se hacían pasar por ginecólogos e intentaban palparme y auscultar mis zonas íntimas como si se creyeran capaces de curarme de aquel castigo divino, como no cesaba de pregonar mi mamá.

“Por suerte aquel viejo gruñón era un gran profesional, aunque su pacata clientela no le hubiera permitido demostrarlo hasta entonces, y tras un cuidadoso examen a palpo, los correspondientes análisis y todas las pruebas que fueron necesarias, que fueron muchas, creyó descubrir una malformación genética en mis órganos sexuales, vagina, trompas de Falopio y adyacentes, así como toda una serie de problemas hormonales desconocidos. Le dijo a mi madre que aquello le superaba y le recomendó nuevas pruebas con otros grandes profesionales, amigos suyos. Como mi madre renunciara a ello, bien aconsejada por el pastor, el viejo gruñón solo se comprometió a intentar contener mis reglas hasta un punto aceptable y a disminuir mis dolores y tormentos hasta el extremo de permitirme sufrir solo una semana al mes. Algo que le agradecí de corazón, como quien solo puede comer puré porque su dentadura es una mierda.

“Así fui creciendo, entre tormento y tormento, hasta que para mi desgracia los chicos comenzaron a fijarse en mis pechos y las chicas, malvadas y envidiosas, no cesaron de susurrarme lo bien que lo pasaban con los chicos en lugares escondidos, y lo que me estaba perdiendo y que no iba a recuperar nunca. Debido a mi desgracia o al castigo divino, como decía el pastor, solo pensaba en esa zona de mi cuerpo para intentar olvidarla, antes de que la maldita regla me la recordara todos los meses. No encontraba nada interesante en ella y había procurado hacer como que esa parte de mi cuerpo, desde el ombligo a las rodillas, fuera invisible. Pero la curiosidad mató al gato y la manzana perdió a Eva, como decía el pastor.

“No pude resistirme cuando el guaperas de la clase me pidió que le acompañara al cine y de allí a un lugar boscoso y oculto, en su coche, donde me besó hasta atragantarme, lo que me gustó un poco, y luego metió mano abajo, lo que no me gustó nada, por lo que se vio precisado a explicármelo todo, de “pé a pá”, visto que yo parecía una pazguata. Debí de gustarle mucho para que no me dejara allí tirada, en medio del salvaje bosque, como una caperucita despreciada por el lobo. Todo me resultó repugnante, molesto, asqueroso y me faltan adjetivos, hasta que el chico perdió los nervios, se bajó los pantalones, enseñándome lo que los hombres tenían entre las piernas y que yo desconocía hasta ese momento, y sin más ni más me penetró como el bruto que era. No me dio tiempo a reflexionar sobre el órgano sexual masculino ni la suerte que tenían los malditos hombres de no tener regla y de todas sus ventajas, excepto la de tener que portar al exterior un saco con dos bolitas o bolazas y una manguera o manguerita, algo que me pareció en extremo molesto, aunque no tanto como para que pudiera compensarme del sufrimiento de aquella regla demoniaca diseñada por un machista asqueroso a quien hubiera castrado sin pensármelo dos veces.

“Y fue entonces cuando descubrí que el castigo divino era mucho mayor que el que yo había imaginado, a pesar de mis faltas y pecados, que no eran tantos como pensaba el pastor. Porque al dolor de una penetración tan brutal se añadió un fenómeno extraño que no supe entender y que me dejó tan avergonzada, como sorprendida y horrorizada. Un bultito, que yo no había percibido hasta entonces, comenzó a hincharse conforme aquel bruto entraba y salía y se restregaba contra mis labios. Lo que hasta entonces había sido puro sufrimiento se fue transformando en un placer desconocido y tan agradable que me olvidé de todo, incluso de la posibilidad de quedar embarazada, algo de lo que me habían prevenido mis amables compañeras. No pensé en mi mala suerte y en lo que podía depararme el futuro, me concentré en aquel gustito que iba creciendo al tiempo que lo hacía el bultito, que parecía rezumara alguna sustancia desconocida que estaba volviendo loco a un chico tan amable y simpático y encima el guaperas del cole. Había perdido por completo el control y no dejaba de jadear, de quejarse, de gritar, como si le dolieran los testículos tanto como si se los estuviera aplastando una apisonadora. Cuando lo que luego con el tiempo sabría que era mi clítoris, hubo crecido tanto que el amable chaval se las veía y deseaba para penetrarme, se dejó caer sobre mí y se desmayó, sin más. Yo había alcanzado un estado tan placentero que me quejaba como si sufriera mucho, pero en realidad estaba gozando como nunca pude imaginar que se pudiera gozar. Aquello por lo visto, luego me enteraría, era un orgasmo, pero no solo uno, sino múltiple, o varios entrelazados. Nunca perdonaría a mamá que me hubiera ocultado aquello, tal vez lo de la regla se lo hubiera podido perdonar con el tiempo, pero aquello no.

“No sabía muy bien qué hacer, así que dejé que el chaval se despertara por sí mismo, y mientras yo me relamía un poco, incapaz de asumir que el castigo de mi regla pudiera tener semejante compensación. Cuando lo hizo, al cabo de un rato, me miró con ojos desorbitados por el terror. Intentó sacar lo que había metido, pero conforme pugnaba por evitar el obstáculo, el roce contra mi hinchado clítoris, mi berenjenita mágica, como bien dices tú, lo volvió a excitar tanto que volvió a cabalgar sin el menor control. Con el tiempo sabría que la retención del semen, el líquido seminal, y toda ese apestoso líquido de que os dotó la naturaleza para fecundar, con olor a pescado podrido, es muy doloroso, ni punto de comparación con una regla dolorosa, pero bastante. El pobre chico no debía de ser capaz de explotar e inseminarme y la excitación era tan grande y tan dolorosa que para mi vergüenza y sorpresa, el pobre comenzó a llorar a moco tendido mientras no dejaba de penetrarme como si le fuera en ello la vida, como si estuviera enterrado y fuera la única forma de abrirse camino hacia la superficie.

“ Me dio tanta pena que yo misma ayudé con mis manos para desbloquear la entrada de la cueva, sin mucho éxito. El chico gritaba, pedía socorro, se movía espasmódicamente, y yo ayudaba en lo posible porque todo el placer se me estaba diluyendo a la vista de las circunstancias. En una de aquellas acometidas su trasero movió la palanca de la caja de cambios y debió también de quitar el seguro de mano, porque el coche comenzó a moverse por una pequeña cuesta y a tomar velocidad hasta que repentinamente chocó con el tronco de un árbol y mi cariñoso amante rompió el parabrisas y salió disparado hacia la oscuridad de la noche. Yo me quedé allí, sentada, meditando sobre la desgracia que había caído sobre mí sin merecerlo, cuando las otras chicas podían disfrutar de lo que yo había descubierto era un orgasmo, tan ricamente, sin tantas dificultades y tropiezos.

“No sé qué fue de aquel pobrecillo, mi primer amante, porque cuando logré calmarme y salir del coche a buscarlo no lo encontré por parte alguna. Tampoco quise llamar a la policía o a emergencias desde la gasolinera a la que llegué caminando tras un buen rato de mover las piernas, porque medaba mucha vergüenza tener que contar lo sucedido. No volví a verle nunca más, porque no volvió a pisar el cole, se decía que la policía había descubierto su coche en el bosque, tras un aparatoso golpe contra un árbol, pero ni rastro del pobre, ni de su cuerpo, ni de su alma. Se le dio por desaparecido y le buscaron, pero nunca fue encontrado. Aquello supuso mi despertar definitivo a la dura y dramática vida, descubrí demasiadas cosas como para no pasarme meses reflexionando sobre ello. Bendije la suerte de que él hubiera desaparecido sin contárselo a nadie. Al cabo de un largo periodo de reflexión reanudé mi actividad sexual con mucha discreción, prudencia, prevención y con juramentos previos de mis amantes de que no se lo contarían a nadie, pero se lo contaron y de esta manera se inició el largo y duro camino que me traería hasta Crazyworld.

CRAZYWORLD XXVI


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY V

Como soy amnésico no puedo recordar qué se siente al morir, pero sin duda debe ser algo parecido a lo que experimenté cuando el agotamiento brutal me hizo sufrir un fallo multiorgánico y perdí la consciencia de ser yo, de estar despierto y de percibir el latido del corazón, tan revolucionado como un fórmula uno en la recta final. Tampoco puedo saber el tiempo que permanecí en este estado catatónico porque si ya de por sí el tiempo es un misterio, cuando pierdes la consciencia y la recuperas lo mismo ha podido pasar un minuto, que un día, un año o un milenio, si el tiempo es el pensamiento en movimiento, si no piensas el tiempo no debería transcurrir, sin embargo esto no es así, porque en cuanto observas lo que ha cambiado en tu entorno te haces una idea cabal del tiempo transcurrido. Primero fue como una lluvia pertinaz sobre mi cara, luego un baño corporal refrigerante y espasmódico, y finalmente una ola de agua dulce que me golpeó el rostro como un tsunami, penetró por mi boca, bajó por mi tráquea e hizo que me sacudiera como un epiléptico, buscando un sorbo de aire con el ansia con que imagino que un zombi mordería la manzana de la vida, si esto existiera.

Abrí los ojos, cerré la boca y esperé a que el cuerpo dejara de sacudirse como una vara verde azotada por la tormenta. Entonces pude ver a una mujer enfundada en una toalla como en un preservativo, con una papelera entre sus pechos, con expresión preocupada que se fue aliviando hasta que su boca esbozó una sonrisa y luego estalló en carcajadas sincopadas. La sangre tardó en alcanzar mis neuronas, tras un largo viaje. Cuando al final las regó, como se riega un huerto en pleno desierto, con un chorro furioso e incontenible, pude recordar que aquella mujer era Kathy, o Catwoman sin su traje de superheroína, porque en el suelo, tras ella, aparecía desparramado su traje de gatita, de cuero, con costuras de goma, y unas prendas delicadas en color negro, que en un principio etiqueté de goma, aunque con posterioridad reflexioné que la ropa interior de goma no puede ser muy cómoda, en cambio sí lo serían si fueran de seda auténtica, transportada en camello por la ruta de la seda. Cuando mi memoria me representó la escena, la secuencia, la película pornográfica que habíamos vivido “in illo témpore” sentí un hormigueo por todo el cuerpo, una ola de calor impactante, una sensación como de sorpresa, como la que debió sentir Adán cuando Eva le propuso pecar y condenarse, probando el fruto oculto entre sus piernas, aunque luego fueran expulsados del paraíso y se sintieran desnudos por primera vez, aunque está claro que desnudos estaban y estuvieron desde el principio, porque no me imagino al propio dios confeccionando ropa sexista o encargándola a unos grandes almacenes.

Así me sentía yo, desnudo, agotado, porque por mucho tiempo que llevara inconsciente estaba claro que aún no me había recuperado. Las carcajadas de Kathy no contribuyeron a hacer que me sintiera mejor. ¿De qué se reía aquella tonta?

-Perdona, perdona, pero no he podido contenerme. Todos mis amantes quedan agotados la primera vez. Intentan que no se produzca una segunda, pero cuando sucede lo llevan mucho mejor, como cuando has entrenado concienzudamente para el maratón y no se te hace tan largo y agotador.

-¿Cuánto llevo así?

-Un buen rato. Me ha dado tiempo a ducharme con calma, a darme crema por todo el cuerpo, ha hacerme las uñas de manos y pies y luego he estado sentada un buen rato, observando tu tienda de campaña.

Me miré entre las piernas y casi me desmayo otra vez del susto. Porque mi pene-penito-pene seguía tan feliz, como si nada hubiera ocurrido.

-No te preocupes, esto no es como la via…, dentro de un rato todo volverá a ser como antes, los efectos no son permanentes, en cuanto se rompe el contacto con mi clítoris las sustancias dejan de absorberse por la piel y se agotan en el torrente sanguíneo.

-Hablas como una doctora. Me gustaría levantarme, si no te importa, pero preferiría mantener una discreta distancia entre nosotros, al menos de momento.

-Lo entiendo, a todos les sucede lo mismo, aunque tu caso ha sido un poco especial, por un momento creí que te había perdido para siempre, no conseguía despertarte, ni con una toalla empapada, ni salpicando agua desde la papelera, al final parece que cuando te arrojé toda el agua a la cara tuviste que despertar o te hubieras ahogado.

-Vaya, muchas gracias Kathy, por jugarte mi vida a cara o cruz.

-Jajá, serás tonto, solo un idiota como tú puede pensar que iba a meter el plátano en la batidora sin haberle sacado antes todo el partido.

-Pues anda, que tu berenjena mágica parece salida de las mil y una noches.

-¿Berenjena mágica? Jajá.

Había sido muy torpe al desvelar mis más ocultos pensamientos. Intenté ponerme en pie y rechacé su ayuda cuando hizo un gesto de aproximarse. Como pude me volteé, me puse a cuatro patas, flexioné brazos y piernas y me arrojé a la cama como un saltador de trampolín a la piscina. Ya en ella me sentí más recuperado y busqué el lado contrario.

-No tengas miedo, que no voy a poner a funcionar tan pronto mi berenjena mágica, como tú la llamas, necesitas reponerte, además la noche es larga y nos va a dar tiempo a todo.

Fue entonces cuando comprendí qué era lo que me estaba rechinando desde que recuperara la consciencia. El silencio absoluto, ominoso, en que parecía sumido Crazyworld.

-Oye, creo que me engañas, he debido de estar desmayado mucho más tiempo del que das a entender. ¿Cómo es posible que todo esté tan silencioso, cuando antes parecía el infierno de los monos aulladores?

-Esta vez han debido de actuar con mucha contundencia, empleando dardos narcóticos. La mayoría debe de estar encerrada en las celdas de aislamiento. Las paredes son acolchadas y están insonorizadas. Seguramente el doctor Sun les está visitando uno por uno, hipnotizándoles para que se calmen del todo, trabajará con ellos toda la noche, intentando encontrar su maldito subconsciente colectivo, y puede que mañana seamos muy pocos en el comedor.
-Es una suerte que ese loro, la señorita Ruth, me haya encerrado por fuera, no me gustaría estar ahora en las garras de Sun.

-¿Prefieres estar en las mías? Jajá.

-Sí, pero por favor, no te acerques mucho.

-No temas, hombre de poca fe, solo cuando tu miembro roza mi clítoris la berenjena se hincha, mientras tanto soy como una mujer perfectamente normal.

-Lo creo, pero por Dios, no te quites la toalla, espero poder contener mi libido un rato, hasta que me vaya recuperando. ¿Qué te parece si me cuentas un poco de tu vida? ¿Cómo descubriste que eras un fenómeno de la naturaleza?

CRAZYWORLD XVIII


EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD/ CONTINUACIÓN

-Eres un sinvergüenza de mucho cuidado, simpático, pero muy sinvergüenza.

-¡Si tú lo dices! En cuanto lleves aquí más tiempo comprenderás que la única forma de sobrevivir es pensando en ti, solo en ti y siempre en ti, antes, ahora y después.

-Eso es de un egoísmo atroz.

-Pues muéstrate generoso y no durarás dos días. Te lo digo yo.

-Bueno. Me estabas contando lo del millonario.

-Sí, gracias a los datos que he ido obteniendo aquí y allá podría reconstruir la historia de Crazyworld. Mr. Arkadin, el millonario, tenía un grave problema con una hija que le salió rebelde, díscola y peligrosa. Se dedicaba a espiar a sus amigos y no se le escapaba nada de lo que sucedía en su propia familia, hasta lo más íntimo. No existía motivo alguno para ello y menos para que luego se dejara entrevistar por los medios de comunicación o fuera a los reality shows, como Gran hermano, y allí se fuera de la lengua sin el menor control. Su padre, el gran Arkadín, le daba cuanto necesitaba, satisfacía sus menores caprichos y hasta le presentó a varios productores de Hollywood cuando a ella le dio por ser actriz. Era guapa y cada noche introducía en su cama a los guaperas más perseguidos por las chicas de su generación. Lo tenía todo…

-¿Y cómo se torció este camino de rosas?

-La muy idiota cometió el error de enamorarse. Hay pocos errores que no tienen remedio y ese es uno de ellos. Y como pasa siempre, él solo buscaba su fortuna. Aquel fue el revés más importante que había sufrido en su vida, en su camino de rosas, como dices. Caroline no lo superó. Ella creía hasta entonces que los dioses la habían elegido para una vida de cuento de hadas y la protegerían de todo. Se equivocó. En venganza contra su padre, su familia y todos los millonarios del mundo, que no habían sido capaces de protegerla, decidió hacerles todo el daño posible, atacándoles donde más duele a los millonarios, en su intimidad. Su padre la obligó a seguir todo tipo de terapias, puso a su disposición a los mejores psiquiatras y terapeutas del mundo, incluso pagó a conocidos actores para que la sedujeran y así hacerla olvidar su tragedia amorosa. Todo fue inútil. Y cuando agotó su paciencia con revelaciones en un reality show que ocuparon los titulares de los medios de comunicación durante un mes, decidió que había que actuar. Recluyó a su hija en una clínica privada y allí hubiera permanecido el resto de su vida de no ser porque ella intentó suicidarse y Arkadín descubrió el trato que allí recibían los enfermos. Comenzó a pensar en soluciones, incluso en construir él mismo una clínica. Cuando un millonario amigo suyo le habló de un problema con un hijo, al que necesitaba poner remedio de inmediato, él le habló de su idea. El caso de la hija de Arkadin era claro, había sido declarada incapaz por un tribunal, en el que testificaron un buen montón de psiquiatras, bien pagados por el millonario. En cambio su amigo no había tenido tanta suerte. Su caso llegó hasta el Tribunal Supremo, que dictaminó que esta perfectamente cuerdo y podía regir su persona. ¿Qué hacer?

“Cuando más amigos de Arkadín le plantearon problema semejantes, éste consultó a sus mejores asesores legales, a eminencias en el campo de la psiquiatría y a sus asesores económicos. Todos le vinieron a decir lo mismo. Por los cauces legales solo se podía llegar hasta un punto, más allá del cual ni un millonario como él podría librarse de la justicia. Entonces una idea delirante fue creciendo dentro de su cráneo. Convertiría su finca en una clínica privada para millonarios. Construiría todo lo que fuera necesario construir y adaptaría lo ya existente a sus nuevos planes. Por suerte la finca estaba muy alejada de la civilización, en medio de bosques densos, solo visitados por sus amigos para cazar. Nunca había permitido que los medios de comunicación entraran allí, de hecho ni siquiera sabían de su existencia, la que ocultó a efectos legales, fiscales y de todo tipo. Un entramado legal muy complejo la había convertido en invisible a los ojos del Estado. Así fue como empezó todo.

Un sonido extraño nos interrumpió. Me pareció el canto de un pájaro, pero de un pájaro muy raro.

Jimmy miró su reloj de pulsera y apagó la alarma. Porque eso y no otra cosa era lo que me pareció el canto de ave más extraño que había escuchado nunca. El Pecas me explicó que había puesto la alarma para poder estar de regreso antes de la cena. Ahora ya íbamos retrasados. Me enseñó su maravilloso reloj de pulsera, que hubiera podido servir al mismísimo James Bond, y me urgió a dejar de hacerle preguntas hasta llegar a la meta señalada. Hablar nos retrasaría aún más. Nos quedaba el peor trecho, el más tupido, y donde sería fácil perdernos si él no iba atento a las señales que había dejado para señalar el sendero. Me ordenó ponerme tras él, mantenerme en silencio y apresurar el paso. Y eso hice.

El bosque permanecía en un silencio intenso y abismal, solo roto por el canto de algún ave lejana o por el ruido de nuestros pasos. El espléndido sol del verano, que habíamos dejado tras nosotros al introducirnos en el bosque, era ahora solo un sueño. Árboles milenarios, altísimos y copudos, nos impedían el menor atisbo del cielo. A pesar de mi amnesia creí recordar que se llamaban sequoias. No se lo quise preguntar a Jimmy, que iba muy ocupado dando machetazos a diestro y siniestro y mirando de vez en cuando hacia atrás para ver si yo podía seguir su apresurado caminar. Por fin llegamos a un claro circular, cuyo centro estaba ocupado por un enorme tronco seco y hueco. Yo me sentía muy cansado y El Pecas debía de estarlo aún más que yo, porque me propuso pararnos allí y descansar un poco.

-¿Queda mucho para lo que quieres enseñarme?

-No mucho.

Me hizo trepar el tronco y allí nos sentamos. Permanecimos en silencio hasta recuperar el resuello. Luego Jimmy quiso proseguir su historia.

-¿Dónde nos habíamos quedado?

-Me estabas contando cómo el millonario Arkadín decidió transformar su finca en este frenopático infernal.

-Sí, como te decía se había cubierto bien las espaldas. Su mente rapaz y astuta lo planificó todo muy bien. Sus amigos millonarios colaboraron económicamente y juraron mantener el secreto, aún a costa de sus vidas. Arkadín contrató a los mejores profesionales de la construcción, uno a uno, como si se tratara de un casting para una película. Eligió a los que supuso le darían menos problemas y los puso a las órdenes de un hombre de confianza que había aceptado permanecer en Crazyworld como jefe de mantenimiento. Arkadín lo compró con un tratamiento experimental para su esposa, enferma de cáncer. No tenían hijos, así que cuando ella murió aceptó un sueldo elevadísimo que repartió, en parte, entre los familiares más cercanos y se recluyó aquí, como un anacoreta.

“La construcción se hizo en un tiempo record, había dinero más que suficiente, los mejores profesionales y el millonario Arkadín azuzándoles para que se dieran prisa. Cuando todo estuvo concluso los mejores profesionales del país repasaron los planos como si se tratara de un proyecto para una película. Dieron el visto bueno, y quien se interesó en algo tan sorprendente fue silenciado de una u otra manera, alguno terminó aquí, como asesor de la ciudad fantasma que Arkadín quería crear, ampliando Crazyworld, para que en ella cupieran todos los que le molestaban, que cada vez eran muchos. El hombre iba perdiendo la chaveta poco a poco y nadie se atrevía a internarlo a él.

“Yo fui de los primeros en llegar. Su hija, Caroline, fue la primera paciente…

-¿Aún sigue aquí?

-Pues sí. No la has visto porque Arkadín la mantiene apartada, no quiere que los demás pacientes la contagien. Aún no ha perdido la esperanza de recuperarla algún día. Ya te la presentaré en su momento. Seguro que los dos os caéis bien, uno que no recuerda y otra que no quiere recordar, jeje. Como te decía yo fui de los primeros, aunque cuando mi padre me encerró aquí, los amigos de Arkadín ya habían aprisionado a sus hijos y familiares conflictivos. Mi progenitor no era amigo personal de Arkadín, pero en cuanto le llegaron rumores de lo que estaba tramando le faltó tiempo para apuntarse.
-¿Ya estaba todo el personal preparado?

-No, apenas había suficiente para atendernos. Luego fueron llegando más pacientes, y más personal. El doctor Sun ya estaba aquí, lo mismo que el director y celadores y un nutrido grupo de agentes del cuerpo de seguridad.

-¿Ya sabíais que nunca os dejarían salir?

-En absoluto. Esta era para nosotros una clínica más. Eso sí, bastante rara. Nos hicimos conscientes de ello con el tiempo, cuando algún paciente pedía el alta porque ya creía encontrarse muy bien, o cuando alguien del personal solicitaba el finiquito para marcharse…Fue un duro golpe para todos… Pero creo que ya hemos recuperado el resuello. Será mejor que te de la sorpresa ahora.

-¿No decías que aún nos quedaba un poco?

-Te mentí. Todo este tiempo he estado pensando si descubrirte el secreto o no.

-Lo entiendo. Nos acabamos de conocer y no sabes nada de mí, ni siquiera yo se mucho de mí. Lo que no entiendo es de qué secreto puede tratarse para que seas capaz de mantener la boca cerrada. Perdona que te lo diga, amigo, pero lo tuyo no es precisamente el secretismo.

-Eso te dará una idea del secreto que voy a descubrirte. Me gustaría que juraras sobre este crucifijo que no se lo desvelarás a nadie más sin mi permiso.

Y Jimmy se abrió la camisa y me puso delante un crucifijo de oro, bastante grande, que llevaba colgado al cuello con una cadena.

-¿Eres religioso? Ese sí que era un secreto bien guardado.

-No seas idiota. No creo en nada ni en nadie, pero cuando lleves algún tiempo aquí descubrirás que es preciso buscar algo en lo que creer o te colgarás de uno de estos árboles. ¿Vas a jurar o no?

Lo hice, repitiendo sus palabras, y luego me obligó a besar el crucifijo. Entonces se puso en pie y señaló entre los árboles. Por un momento supuse que me iba a enseñar a un incrédulo colgando.

-Fíjate allí. Entre aquellos dos árboles. Sigue la dirección de mi dedo. ¿Ves algo?

-Nada de momento.

-Fíjate bien.

-¿Qué debería ver, Jimmy?

-¿No te parece aquello el tejado de una cabaña?

-Ahora que lo dices…

Jimmy miró su reloj.

-Vamos muy retrasados, pero no te he traído aquí para que regresemos sin que conozcas mi gran secreto.
El Pecas me hizo bajar del tronco y nos fuimos acercando al lugar que él había señalado. Aquel claro me gustaba. Se podía ver el cielo, el suelo estaba cubierto de hierba, musgos y hojas. Olía bien, a alguna plante desconocida –todas deberían serlo para mí- y una suave brisa acariciaba los pulmones al tiempo que provocaba el susurro de las hojas de los árboles. Era un buen lugar para meditar o para buscar refugio en los malos momentos. Me dije que, si como decía Jimmy, iba a permanecer allí el resto de mi vida, aquel sería un estupendo lugar para olvidarme de Crazyworld. Si además había una cabaña donde refugiarse y algún manantial cercano, aparte de plantas o setas para comer, pasaría largas temporadas allí, a no ser que me echaran de menos y las patrullas de seguridad conocieran aquel escondrijo. Decidí no preguntárselo a Jimmy, de momento, antes de conocer aquel tesoro del que parecía tan orgullo.

La cabaña estaba muy bien disimulada, árboles de tupidas copas lo ocultaban a miradas aéreas, si es que por allí pasaba algún helicóptero o avioneta. Una colina de mediana altura, repleta de vegetación salvaje, escondía la parte trasera de la cabaña de madera, que así, a simple vista, no parecía gran cosa, incluso me decepcionó un poco. Una cabañita para que un par de cazadores estuvieran a gusto, no más. Me dije que aquel no podía ser el secreto, dentro debería haber algo mucho más importante. Sentí curiosidad y no me pude contener.

-¿Qué hay dentro?

-Ahora lo verás.

La puerta estaba disimulada tras unas ramas que observé habían sido colocadas muy cuidadosamente. Jimmy excavó en el suelo, al lado de una vieja maceta medio podrida. Cuando se puso en pie y se volvió pude ver una sonrisa deslumbrante en su rostro. Nunca me imaginé que aquel hombre pudiera ser tan feliz. Me enseñó una llave que introdujo rápidamente en la cerradura de la puerta, que se abrió chirriando.

Entramos. La cabaña permanecía a oscuras. Jimmy tanteó cerca de la pared y sacando un mechero del bolsillo encendió un cabo de vela que al parecer había dejado sobre una repisa. Estaba colocado en una botella de cerveza cubierta por restos de cera. Creí escuchar ruido de agua, como una cascada lejana. No quise preguntarle nada al Pecas. La travesía por el bosque había excitado mi sensibilidad hasta límites dolorosos.

-Voy a poner en marcha el generador para que tengamos luz.

-¿Un generador? ¿Cómo te arreglas con el combustible?

-De vez en cuando consigo un bidón de gasolina. Los guardias de seguridad patrullan todo el perímetro de Crazyworld a diario. Guardan los “todoterreno” en un edificio que tiene surtidor de gasolina. Los coches llevan siempre un bidón de gasolina por lo que pudiera pasar. Disponen también de un helicóptero, aunque de nada serviría si se quedan sin gasolina en pleno bosque.

-¿Un helicóptero? ¿No sabrás pilotar? Sería la manera más sencilla de salir de aquí.

-No lo creas. Es la posibilidad de fuga más evidente. Todo está muy vigilado y controlado. Lo sé muy bien porque intenté fugarme aprovechando que lo utilizan para el suministro de alimentos desde la ciudad más cercana, pero me descubrieron y Sun me mantuvo casi un mes en las celdas de aislamiento. Estuve a punto de volverme loco. Pero es una historia que ya te contaré en otra ocasión. Lo primero es lo primero, voy a poner en marcha el generador y luego te enseñaré mi secreto.
Jimmy abrió una puerta, al fondo del pequeño salón en el que nos encontrábamos y esta vez sí que escuché con toda claridad lo que me pareció un salto de agua. Me apresuré a seguirle, curioso. Lo que observé me dejó con la boca abierta.
En un principio la cabaña me había parecido muy pequeña para una reunión de cazadores, casi diminuta, como la casa del bosque de Blancanieves y los siete enanitos. Los amigos del millonario deberían haber sido también enanos para sentirse allí a sus anchas. Ahora lo comprendí todo. En realidad la supuesta cabaña no era otra cosa que una especie de careta para ocultar una obra de ingeniería que me pareció portentosa. Vista desde el claro la cabaña de madera parecía apoyarse en un gran peñasco que se elevaba tras de ella. Había árboles gigantescos por todas partes, que ocultaban la visión de la cabaña a cualquier curioso que se acercara por allí. Solo sabiendo de su existencia uno podía descubrirla si miraba en la dirección correcta con la perspectiva adecuada.

Resultaba impresionante abrir aquella puerta de madera y encontrarse en un gran jardín circular. Miré hacia arriba y pude contemplar las copas de los árboles y a través de un pequeño hueco el cielo azul. La enorme peña en la que parecía apoyarse la cabaña mirando desde el claro no era sino la proa desgajada del gran peñasco que había detrás. En el hueco natural existente entre ambos se había diseñado un bonito jardín, de un tamaño más que aceptable. Del gran peñasco brotaba una cascada que caía desde varios metros de altura, produciendo un ruido ensordecedor. El agua rebotaba en un estanque artificial, creado al efecto, y salpicaba todo el círculo. En medio del estanque un excelente escultor había formado un grupo escultórico que me pareció muy bueno. Lo que me sorprendió fue la crudeza del tema. Se trataba de una orgía numerosa y variopinta. Hombres desnudos, con gorritos de cazador en la cabeza, perseguían o penetraban a mujeres de diferentes edades y con físicos de amplio espectro. Había jovencitas retozonas, maduritas de formas opulentas, parejas lésbicas y animales, perros y caballos, que hasta a un ingenuo amnésico como yo no le cabía la menor duda de sus propósitos al perseguir a las mujeres. Todo era de una crudeza que repugnaría a una naturaleza más sensible que la mía y no digamos que la de Jimmy, quien ya debía de estar más que curado de espanto si frecuentaba el lugar tanto como me yo imaginaba. Un cazador era especialmente llamativo, sin haber visto una sola foto del millonario, de quien me hablara Jimmy, yo hubiera jurado que no podía ser otro. En lo alto de una especie de plataforma floral y boscosa penetraba por detrás, con un enorme miembro a una jovencita, mientras las restantes figuras, en círculo, le contemplaban con rostros arrobados al tiempo que continuaban con sus placenteras faenas.

Lamenté no haber traído mi cámara fotográfica, aunque bien pensado yo no podía saber si poseía ese artilugio o no, puesto que era un amnésico. Aunque dado que el coche en el que me había estrellado era un deportivo último modelo, carísimo, resultaba lógico pensar que también obraba en mi poder una cámara fotográfica, entre otros numerosos artilugios que forman parte de los “objetos de bolsillo” que hoy día lleva todo el mundo encima. Al menos eso me estaba pasando por la cabeza, como un vago recuerdo del mundo exterior. Como me pasaba también la idea de saber qué había ocurrido con mi deportivo y si podría verlo.

Me hubiera gustado preguntarle a Jimmy si él tenía cámara o si existía alguna grabación en video de aquella obra maestra de la escultura erótico, pero no me atreví a hacerlo. Ya habría tiempo para satisfacer todas las curiosidades pendientes. El Pecas había atravesado la cascada y desaparecido de alguna manera, tal vez en una cueva. Aquello me sonaba a alguna película que había visto alguna vez en alguna parte, aunque no lograra recordar dónde ni por qué. ¿Era aquel un signo de que la amnesia postraumática, como la había llamado el doctor Sun, empezaba a remitir? Esperaba que sí, aunque prefería que el grueso de recuerdo viniera a mí más tarde, por la noche, o si pudiera elegir, al día siguiente.

Regresó con la ropa mojada, aunque eso no parecía importarle lo más mínimo.

-Ya encendí el generador. Aquí entra la luz del día, pero necesitaremos la corriente eléctrica para movernos por el interior. Me has visto desaparecer tras esa cascada, ahí detrás hay una cueva natural, adaptada como almacén, ahí está el generador. Pero hoy no tengo tiempo para enseñarte todo. Iremos a lo más importante. ¡Sígueme!

Y eso hice. Jimmy abrió otra puerta, disimulada tras la vegetación, con la misma llave que había empleado para abrir la primera y me hizo pasar, tras dar al interruptor de la luz. Nos recibió un enorme salón, muy acogedor, decorado a lo grande, con muebles caros y sillones y sofás muy cómodos, como comprobé enseguida. El Pecas, sin pedirme permiso, me sirvió una copa. Era un bourbon excelente, según pude comprobar. Aquel salón tenía de todo, incluido un mueble bar mejor surtido que el de muchos hoteles de cinco estrellas… Bueno, eso pensé de forma natural, sin darme cuenta de que yo era un amnésico y por lo tanto no podía saber si era así o no. Esta extraña dicotomía, por un lado el hombre sin recuerdos y por el otro el hombre normal al que le vienen a la cabeza sensaciones y presuntos recuerdos que deberían ser normales en cualquier otro, me estaba molestando un poco. Se lo consultaría al doctor Sun en la próxima sesión de terapia.

CRAZYWORLD XVII


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Por fin encontró lo que deduje había sido un sendero transitado en algún tiempo. Ahora las plantas y la maleza habían tenido tiempo sobrado de brotar y el supuesto camino permanecía oculto entre tanta vegetación y hojarasca. Caminamos en silencio un rato, apartado ramas y procurando poner el pie con cuidado, para evitar molestos tropiezos. Jimmy se acercó a un árbol extraordinariamente ancho y copudo, y muy viejo, tal vez milenario. Observé una marca en forma de aspa, hecha al parecer con un cuchillo o machete. El Pecas lo rodeó con cuidado, procurando evitar la planta espinosa que le cerraba el paso. Sentí curiosidad y decidí rodearlo en sentido contrario. Pude ver cómo se agachaba entre la maleza, hurgando en lo que parecía un agujero en el tronco del árbol. Por fin encontró lo que buscaba. Era un machete, grande y afilado. ¿De dónde demonios lo habría sacado? ¿Acaso no vigilaban en Crazyworld el uso de las armas por los pacientes? Por suerte Jimmy no parecía excesivamente violento, en otras manos aquel arma sería tan demoledora como un revolver en manos de un niño.

-¿Cómo has podido hacerte con algo así?

-Es mejor que no sepas ciertas cosas. A pesar de que suelo visitar el bosque cada cierto tiempo, es imposible mantener este sendero despejado. Un machete resulta imprescindible.

Jimmy continuó caminando, mientras daba machetazos a diestro y siniestro. Recé porque lo que fuera a enseñarme no estuviera muy lejos, o no podrías regresar en varios días. Por suerte el sendero se despejó un poco al cabo de diez minutos, lo que aprovechó para comenzar su consabida cháchara. Supuse que tanto tiempo sin darle a la sin hueso había sido un sacrificio demasiado grande para él. De pronto comenzó a contarme cosas del millonario que había tenido la genial idea de transformar su finca en Crazyworl, aquel manicomio tan surrealista. A pesar de que El Pecas intentaba volverse de vez en cuando, para que su voz llegara a mí con claridad, teníamos grandes dificultades para comunicarnos y al final acabamos los dos a grito pelado, algo muy propio del lugar en el que nos hallábamos.

-¿Y dices que el millonario utilizaba antes esta finca para cazar con los amigos? –grité a voz en cuello-.

-Sí, y también para sus orgías y francachelas con los amigotes. Ese cabrón debió de ser una buena pieza en su juventud, aunque con el tiempo es posible que le comenzara a fallar el ariete, porque dejó de venir por aquí, al menos con tanta frecuencia.

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No hubiera necesitado chillar tanto, porque el viento parecía soplar ahora a mi favor y me traía sus palabras con nitidez. En aquel silencio tan agradable, plagado de trinos de pájaros, aquellas voces me estaban poniendo nervioso.

-¿Quieres decir que utilizaba el edificio para sus orgías? Debió de invitar a medio condado.

-No me entiendes. El edificio principal no existía tal como lo has visto ahora.  Es todo nuevo y creado expresamente para nosotros, los locos. La mansión del millonario es ahora el edificio donde viven y trabajan las putas.

-Pues no lo conozco.

-Ya te lo enseñaré. No llevas ni un día aquí, no quieras conocerlo todo deprisa y corriendo. Hay mucho para ver y con calma.

Por suerte llegamos a un trecho donde el sendero se hizo más amplio y despejado. Pude situarme a su lado y de esta manera la conversación se hizo más civilizada.

-¿Sabes algo, Jimmy, sobre las razones que movieron al millonario a convertir esta maravillosa finca en un frenopático?

-Se bastante gracias a que no hay secreto en Crazyworld que puedan ocultarme. Tengo acceso a los archivos de Sun, a los del director e incluso he podido entrar en los archivos codificados del jefe de seguridad.

-¿Y eso?

-Gracias a una chica que es la mejor hacker que he conocido. La pobre tiene muchos complejos porque está un poco gordita. Me bastó hacerme su amante para que me concediera todos mis deseos, como un hada madrina. Me facilitó el acceso a todos los ordenadores de Crazyworld, me hizo con los códigos de todas las puertas e incluso pude acceder a Internet y dejar algunos mensajes de socorro, pero nadie me hizo caso.

-¿Y cómo no te fugaste si tienes los códigos de las puertas de salida?

-Verás. Esos los cambian todos los días y no puedes planear una fuga en veinticuatro horas. Eso es imposible. De todas formas sigo pensando en ello. La chica nos ayudará aunque se enfadó mucho conmigo cuando la dejé en cuanto obtuve de ella todo lo que quería.

 

CRAZYWORLD XIV


EL CENTRO DE SEGURIDAD DE CRAZYWORLD I

Centro de control tunel La Laja, Las Palmas de Gran Canarias_1

Por fin ambas miradas se despegaron. Jimmy fuese y allí no hubo nada… al menos de momento. Una vez en el hall, “El Pecas” recobró su buen humor.

-Creo que vamos a empezar por el Centro de seguridad de Crazyworld, el cerebro de esta locura. Nada sucede aquí sin que alguien lo sepa o quede grabado de alguna forma.

-¿Quieres decir que estamos siendo vigilados constantemente, como si esto fuera el país del Gran Hermano?

-Imagino que te refieres a la novela de Orwel. No soy tan tonto o inculto como te puedo parecer…

-No he dicho eso, Jimmy.

-No importa. Sí aquí hay una cámara escondida tras cada objeto, incluidos los más inesperados, sobre todo esos. También hay micrófonos por todas partes. Si quieres hacer algo sin que nadie lo sepa tienes que hacer como yo, trazar un mapa de todas las cámaras y micrófonos y anularlos por un tiempo, solo los imprescindibles y de forma que parezca casual. Si no lo haces así pronto te descubrirán y te llevarán a las celdas de aislamiento.

-¿Qué son las celdas de aislamiento, Jimmy?

-Ahora las verás. Están de camino hacia el centro de seguridad.

Nos habíamos quedado charlando tranquilamente en el hall. Tras el opíparo y accidentado almuerzo los pacientes se habían ido diluyendo, como un azucarillo en un vaso de agua. Imaginé que muchos subirían a sus cuartos para echarse la siesta o hacer cualquier cosa de las que son capaces de hacer los locos, porque si bien de los cuerdos esperas que hagan cualquier cosa, de los locos solo unas cuantas. Otros saldrían a los jardines. Hacía una tarde estupenda y apetecía sentarse en un banco a la sombra o tomar el sol cerca de la piscina, bajo una sombrilla, en bañador o en traje de calle. ¿A qué se dedicaría cada uno de los pacientes de Crazyworld tras el almuerzo? Seguro que si se lo preguntaba a Jimmy éste me lo contaría todo con pelos y señales, pero yo no quería que se enfangara una vez más en una charla estúpida que no nos llevaría a parte alguna. El hall estaba casi desierto, solo John Smith, el asesino en serie, dormitaba en su sofá favorito. No obstante supuse que el personal del comedor terminaría sus faenas pronto y no deseaba más problemas con El Pecas, el hombre-problema por excelencia.

-Me gustaría que me enseñaras las celdas de aislamiento y conocer ese famoso centro de seguridad. Lo que no entiendo es cómo demonios puedes acceder a él. ¿No se supone que los pacientes no deberíamos saber ni de su existencia, mucho menos poder entrar allí y ver el tinglado?

-Cierto, amigo, nadie debería entrar allí, ni siquiera el personal, salvo el autorizado, no obstante si tienes amigos hasta podrías entrar y salir del infierno como si tal cosa. Tengo una buena amiga en el Centro de Seguridad y no me preguntes nada más, pronto la vas a conocer.

No hice más preguntas. Jimmy me hizo bajar por unas escaleras, disimuladas tras frondosas plantas.

-¿Por qué no pillamos el ascensor?

-Porque tienen cámaras hasta en el suelo, para grabarnos las plantas de los pies. Esta es una escalera de servicio que casi nadie utiliza y por lo que observé la última vez que estuve mirando las pantallas en el Centro de seguridad no estaban pinchadas. Ni un solo plano. Nos conviene pasar lo más desapercibidos que nos sea posible.

-Si tú lo dices.

CRAZYWORLD XIII


PRIMER ALMUERZO EN CRAZYWORLD Y VII

-Esto es una gran ciudad. Acabas de llegar, no puedes saberlo. Ya te iré mostrando todo con calma.

Observé que Alice reía con otras camareras, al fondo del comedor. Parecían muy felices y de vez en cuando miraban hacia nuestra mesa. Seguramente lo estaban pasando en grande a nuestra costa. El almuerzo estaba terminando y los pacientes salían con paso cansino hacia sus cuartos o hacia cualquier otro lugar. Aquí la prisa estaba de más y las normas parecían ser las imprescindibles, sino alguna menos. Maldije para mis adentros a Jimmy que siempre se las arreglaba para hacer enfadar a alguien, especialmente a mujeres, y especialmente a Alice. Por su culpa yo estaba a medio comer. Se lo dije enfadado a Jimmy y este, ni corto ni perezoso, se levantó, entró en la cocina y al cabo de unos segundos regresó con una bandeja.

-¿Desea algo más el señor o tiene bastante con esto?

-Gracias, Jimmy. No es por ofenderte, pero te iría mejor en la vida si incordiaras menos al personal, especialmente a Alice.

-Tú come y calla. Alice es cosa mía.

Y mientras yo le daba al diente El Pecas continuó con su delirante historia sobre Crazyworld. De vez en cuando comía algo del plato que había tomado de la bandeja. No tenía mucha hambre, deduje que pocas veces la tenía, a juzgar por su delgadez, su hambre iba dirigido hacia otros bocados, más exquisitos. Me prometió una visita a la ciudad de las putas, aunque esperaba que yo no tuviera que necesitarlas nunca. Un joven alto y guapetón no debería tener problemas en Crazyworld. Había suficiente mujeres para todos. Y al decir esto me guiñó un ojo.

Terminé de almorzar con toda la rapidez que pude, sin arriesgarme a sufrir una indigestión o forzar el vómito. El comedor se había quedado desierto y Alice no dejaba de charlar con las otras camareras, alzando la voz un poco más a cada minuto que pasaba. No dejaban de mirarnos mientras yo trasegaba como un muerto de hambre y El Pecas hablaba como un anacoreta que acabara de encontrarse con otro ser humano tras años de soledad. Yo no dejaba de alzar la vista a cada bocado y eso me ponía más nervioso a cada instante y me avergonzaba tanto que terminé por cortar abruptamente el monólogo de Jimmy.

-Ya he terminado. Creo que deberíamos irnos.

-¿Lo dices por Alice? Puedes seguir comiendo todo lo que quieras. ¿Tienes más hambre? Puedo ir por otra bandeja…

-No, déjalo. He comido como un león hambriento. No quiero reventar. Si te parece vamos a dar un paseo y me enseñas todo lo que puedas de Crazyworld.

-Está bien. Pero si lo haces por esa “zorra” te juro que dejaremos de ser amigos.

Le juré que no era por ella, sino porque había llenado tanto el estómago que necesitaba caminar o explotaría. No sé si Jimmy me creyó o no, lo cierto es que se puso en pie y me empujó, cuando hice un amago de llevar la bandeja a la cocina. Salimos caminando por el pasillo central. El Pecas sacando pecho y sin la menor prisa, y yo tras él, como escondiéndome. No supe hasta un tiempo después lo que me estaba pasando. ¿Acaso sentía miedo de aquella preciosidad? No, no era miedo, creo que era angustia por enemistarme con ella y perder así la oportunidad de ser invitado a su lecho. Sin embargo en aquel instante no estaba preparado para admitir una debilidad semejante y preferí engañarme pensando que Alice era una mujer de armas tomar. Mejor pasar por un cobarde, un calzonazos, que admitir que iba a deprimirme mucho en aquel maldito frenopático si aquella hermosura me ponía mala cara.

Al pasar al lado de las mujeres Jimmy se rascó la garganta, como si tuviera algo en el conducto. Y a fe que lo tenía, y mucho, porque soltó un formidable un escupitajo o “japo” que se pegó al suelo como un enorme sapo, y allí se arrastró unos centímetros, hasta quedar justo a un dedo de la puntera del zapato de Alice. Sus compañeras soltaron un chillido histérico, luego escupieron un montón de sapos por la boca, que quedaron flotando en el aire tras de mí, y finalmente se echaron a reír con estruendosas carcajadas.

Yo me aparté un poco, tanto para no pisar el escupitajo verdoso como para ocultarme aún más tras la magra espalda de Jimmy. Hubiera deseado que la tierra me tragara y me dejara en medio del bosque de Crazyworld. Puede que allí me muriera de hambre, pero no de vergüenza. Cuando ya había concluido que aquel estúpido-zoquete me chafaría para siempre cualquier plan con Alice. Levanté la vista justo en el momento de notar una mirada clavada en mí. Era la camarerita linda, quien me observaba sonriente. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Cualquier mujer te enterraría vivo en una situación semejante. Pero ella no, ella me guiñó un ojo al pasar, como diciéndome que todo tendría arreglo y que muy pronto seríamos íntimos.

¿Íntimos? Si yo no estaba loco, algo que ahora dudaba, lo que era seguro, sin el menor atisbo de duda, y lo que me estaba diciendo mi mente, muy lúcida en aquel momento, es que todos en Crazyworld estaban locos, incluido el personal.
Jimmy se volvió, retó a Alice con la mirada, y allí se quedó un minuto, echando fuego por las rendijas que eran sus ojos. Yo aproveché para salir al hall y observar la escena escondido tras el quicio de la puerta.

Continuará.