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EL HOMBRE SUEÑO II


CAPÍTULO II

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Mis padres vivían en un tiempo olvidado y yo trataba de olvidar un tiempo vivido.

Alguien –tuvo que serlo- gestionó la herencia de mis padres, el piso y unos ahorrillos sin importancia. Me acompañó a donde tuviera que ir -–no sé a donde- y guió mi mano para que echara unas firmitas –la esencia de la individualidad en nuestra burocratizada sociedad- . Seguro que hizo más que guiar mi mano porque sumergido en la ensoñación no es fácil mover la mano, ni siquiera coger un bolígrafo entre los dedos.

Alguien –puede que fuera el mismo- gestionó mi licencia por enfermedad en el trabajo y debió preocuparse de que comiera algo, de otra forma hubiera terminado por ensoñar sin cuerpo, algo que por otro lado sin duda sería mucho más fácil y divertido.

No recuerdo mucho de aquel tiempo, puede que exagere si digo que no recuerdo nada, pero lo cierto es que entre lo poco que recuerdo y nada no debe ni siquiera haber la distancia de una pulgada- de lo que sí estoy seguro –por las consecuencias posteriores- es de que debí aprender a ensoñar hasta adquirir una  pericia digna de un gran profesional.

Creo que un día desperté un momento y miré a mi alrededor con ojos asombrados. Todo en el piso parecía ordenado y tan limpio que ni siquiera una ensoñación mágica podría haberlo logrado. Estaba solo, acostado sobre una cama bien hecha, aunque alguien había quitado la colcha para que no la manchara, el resto era sin duda una obra de arte que solo una mujer hacendosa puede lograr y tan solo después de mucha práctica.

Me toqué el cuerpo para cerciorarme de que no era un sueño, y advertí que estaba en pijama, un pijama nuevecito y a medida. Puse los pies en la alfombra y me calcé unas babuchas. Recorrí la casa como si fuera la primera vez que la veía desde la muerte de mis padres. Me gustó lo que mis ojos miraron y mis manos palparon. No era muy grande pero sí lo bastante para que un ser humano se sintiera solo, incluso alguien como yo.

Alguien me visitó a la mañana siguiente. Ni siquiera me dí cuenta al despertar de que era de noche. Debí quedarme dormido otra vez o tal vez ensoñando. Dijo  ser una tía lejana que había estado cuidándome durante todo aquel tiempo –no quise preguntar cuánto- pero debía volver con su familia a una ciudad lejana –no recuerdo su nombre. Me dio un beso en la mejilla y me dijo que ahora ya estaba bien –nunca me sentí mal- pero no obstante una enfermera me echaría un vistazo de vez en cuando y una mujer vendría a limpiar la casa cada quince días. No tenía que olvidarme de firmar uno de los cheques del talonario que estaba sobre mi mesita ya relleno. Solo era preciso firmar y poner la fecha. Le daría uno de aquellos papeles una vez al mes a cada una de ellas. Solo una vez al mes, que no me engañaran. Se despidió y cerró la puerta tras de si. Nunca volví a verla.

Tardé unos días en recordar lo esencial. Creo que comí algo un par de veces. Mi tía me había dejado una larga carta en un sobre abierto, también sobre la mesita. La leí y pude hacerme una vaga idea de lo ocurrido y de lo que tenía que hacer –lo más urgente-. Mi baja por enfermedad terminaría dentro de siete días. La fecha estaba subrayada con bolígrafo rojo. Si no  me sentía aún con fuerzas debería gestionar otra baja. Si quería volver al trabajo allí tenía la dirección exacta por si no me acordaba. Me tendría que poner la mejor ropa, ya apartada en el armario, y a las ocho en punto de la mañana entraría por la puerta de la oficina y hablaría con mi jefe, el señor…

 

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EL GNOMITO CABRÓN

Sí, ese soy yo. ¿Qué quién soy? Satisfaremos su curiosidad, querido amigo. Soy un diminuto humúnculo, un gnomito, si ustedes lo prefieren, encerrado en el interior del cráneo de este ceporro. Podríamos decir que soy su “alter ego”. Pero si ustedes no saben latín me pueden llamar Subconsciente. Sí, efectivamente, ese soy yo. Pero no vayan a creer que el famoso subconsciente es un cuarto trastero donde todos guardan lo que no quieren ver. Es mucho más que eso. Se trata de un gigantesco ordenador creado por el cerebro, la mente o el consciente como ustedes quieran denominarlo para que la información subversiva no salga a la luz y se arme la de Dios es Cristo.

Claro que lo que ustedes no saben es que yo estoy a cargo de todo, yo el Gnomito cabrón. Que porqué este adjetivo tan excentríco y grosero. Pues porque así es como ustedes, vosotros, pensais de mi. Soy el cabroncete que os hago la Pascua cuando menos lo esperais. Os digo las verdades del barquero, os pongo ese video que os deja en un espantoso ridículo… Soy el Freddy de vuestras pesadillas. Creo que son motivos suficientes para que quede completamente explicado el calificativo.

Estoy aquí encerrado entre cuatro paredes de hueso, pasando el rato como puedo. A veces me asomo a las dos ventanitas de mi escueto cuarto y me entero de qué va la fiesta. Si no me agrada toco una campanita que os pone muy nerviosos y empezais a dar vueltas como peonzas para olvidarme

He salido un momento de mi retiro monacal para poner los puntos sobre las “ies”. Mi alter ego se ha puesto muy dramático casi trágico y eso no me gusta. La vida es una fiesta queridos amigos y no voy a permitir que este ceporro la estropee.

Lo que ha dicho de la muerte de sus padres es cierto. Yo estaba allí, asomándome a la ventana cuanto recibió la llamada de un guardia civil de tráfico. De la cartera de su progenitor, lo único un tanto entero que quedó del amasijo formado por sus progenitores y el vehículo que les llevaba de vacaciones a la costa, consiguió su teléfono y dirección. El trío quedó echo fosfatina, el progenitor, la progenitora y el bonito ejemplar de carro con ruedas. De la sangrante cartera sacaron su dirección y teléfono y muy amables le llamaron para darle la noticia. Lo que no le dijeron, porque no lo sabían, era que su progenitor andaba elucubrando una salida airosa para la quiebra de su empresa. No, no fue un fraude para quedarse con el efectivo en perjuicio de tontos acreedores. El progenitor de mi alter ego era un ludópata aunque nunca se atreviera a confesarlo ni a su familia ni siquiera a sí mismo. Jugaba a la bolsa como otros juegan a la ruleta o al pocker. Antes o después tenía que suceder y sucedió. Se quedó en bragas, al menos pudo salvar el piso y unos ahorrillos. El accidente pudo ser perfectamente un suicidio. Tengo serias sospechas de que así fue puesto que la ultima vez que vi a su Gnomito cabrón se despidió muy lacrimoso de mí, estaba convencido de que no nos volveríamos a ver.

La noticia le produjo un shock –bonita palabra para definir una nueva situación en la que el Gnomito cabrón tira de las riendas- pero fue más bien su debilidad congénita la que le sumió en un letargo cercano a la locura. Mientras él era ingresado y sedado como un oso en hibernación yo seguía los acontecimientos con preocupación. Si mi alter ego se va yo me voy con él. Puede que me reencarne en otro ceporro de alter ego pero es tan solo una sospecha, ningún Gnomito cabrón recuerda sus vidas pasadas.

 

 

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EL HOMBRE SUEÑO I


EL HOMBRE-SUEÑO

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EL HOMBRE-SUEÑO- INTRODUCCIÓN

Creo que se trata de una de mis novelas más interesantes sobre la locura (no es la única, “Una temporada en el infierno” es mejor, más dura y más profunda). Entronca con un relato breve “En el centro de la oscuridad”, que escribí hace algunos años como un grito desgarrador, nacido del abismo de la soledad y de la locura. No obstante “El hombre-sueño” toma caminos más divertidos, si es que el cinismo puede considerarse algo divertido. El protagonista, incapaz de asumir la muerte de sus padres en un accidente de automovil, decide introducirse en el interior de su cráneo y permanecer allí para siempre. Pronto descubrirá que no es tan dificil como parece. La realidad se irá diluyendo a su alrededor y su lugar será ocupado por el sueño, un sueño creado constantemente por él mismo, por su mente consciente que paso a paso se irá volviendo subconsciente del todo.

Allí descubrirá al “Gnomito cabrón”, un divertido personaje que le canta las verdades del barquero y con el que tendrá terribles trifulcas hasta descubrir que en realidad es él mismo, transformado en un “daimon”, un demonio insoportable que le tomará el pelo, se burlará de él hasta hacer sangre y sobre todo no le dejará soñar a gusto. Le obligará a ver la realidad, a palparla, a sentirla bajo sus pies. Y entonces comenzará su odisea psiquiátrica. El mundo onírico que ha construido y en el que es tan feliz, ese planeta propio donde una mujer irá desnuda si él lo quiere, aunque en la verdadera realidad vaya vestida, o donde los insultos de los demás se transforman en agradable reconocimiento de su genialidad, o donde todo puede ser transformado por la magia de su poder onírico, una especie de Alicia en el país de las maravillas aunque los demás se emperren en ver las cosas de distinta manera y hacérselas ver a él, con pastillas, con terapias de choque o con lo que sea.

El protagonista no tiene nombre, lo ha perdido en el camino, y su historia no es una historia real, porque él ha decidido que no lo sea, contra viento y marea, contra todo y contra todos. Solo el “Gnomito cabrón” podría rescatarle algún día lejano de su locura. La lucha será titánica, porque  nadie puede huir de la realidad sin pagar un alto precio, en sangre o vendiendo su alma. El “Gnomito cabrón” no es en realidad un demonio, sino su ángel bueno, su ángel de la guarda. A pesar de su lenguaje, propio del carretero más soez, a pesar de su cinismo tan terrible como auténtico, a pesar de su aparente papel de verdugo, en realidad es lo mejor de sí mismo, la única parte de sí mismo que le podría salvar.

Espero que les guste y les disguste con igual intensidad. Si no es así habré fallado estrepitosamente.

 

                                                 EL HOMBRE SUEÑO

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I

                                     VIAJE ALREDEDOR DE MI CRANEO

La muerte de mis padres fue como el clic de un interruptor que controlara todas las bombillas del Cosmos. Algún bromista apagó la luz y de repente me sumergí en la más negra de las noches. A veces, encerrado en el piso, chocaba con una silla o golpeaba la cabeza contra una pared, y eso me hacía consciente por un segundo de que la realidad aún seguía allí; la misma realidad que la luz hacía inmutable, como una gruesa pared de hormigón con la que la mirada se estrella una y otra vez;una pared tan inmutable como el mundo que nos rodea.

El cósmico clic me hizo ver con clarividencia casi divina la frágil línea que nos separa de la locura. Basta oprimir un botón en algún lugar escondido de la mente y la realidad desaparece con la facilidad de un sueño al despertar.

A veces permanecía horas y horas, puede que días (el tiempo es un a priori Kantiano) sentado en el sofá del salón mirando la pared de enfrente. Pronto hasta la solidez del ladrillo desaparecía y mi mirada se perdía más allá, en un punto lejano. Creo que pensaba en algo, que imaginaba algo, pero si alguien me hubiera preguntado no hubiera sabido decirle en qué. Mi mente era una oscura nube que se movía en alguna dirección, pero nunca supe dónde  descargó la tormenta.

La locura se apoderó de mi consciencia, dejé de comer, dejé de moverme, dejé hasta de ser. Sumergido en la noche, el tiempo debió de transcurrir en un vacío sin espacio a su alrededor. Fue entonces cuando comprendí que el universo, la realidad, es una creación de nuestra mente. Basta que ella se retire de la ventana desde donde la contempla para que aquella desaparezca, como un cuadro cuya pintura se borrara repentinamente dejando el marco vacío de contenido.

Eso es la locura: un cuadro vacío del que la mente se ha retirado, ha retirado su atención. No es el dolor inundándolo todo, el desgarramiento definitivo del alma. Simplemente se trata del vacío que deja la mente al replegarse sobre sí misma.

Asumí la locura como la ausencia de ese dolor infinito y persistente que nos deja en un momento dado sin ni siquiera un adiós cortés. No era el fin, ni tampoco el principio de algo. Simplemente un agradable vacío en el que uno puede flotar, como un bebé lo hace en el líquido amniótico del vientre materno.

Cuando acepté la facilidad de la locura, la felicidad de la locura, un mundo nuevo se abrió a mi mirada y pasado un tiempo de inmovilidad decidí explorarlo.

Los psiquiatras lo llamarían síndrome post-traumático o utilizaran cualquier otro nombre. Ellos tienen nombres para todo, pero no tienen soluciones para nada, por eso permanecerán para siempre, en sus despachitos de “pitiminí”, cobrando por las consultas, mientras exista el hombre. Iluminan un pequeño trozo del camino, solo para que sepas que más allá está la oscuridad.

Alguien –supongo que fue alguien porque no creo en los fantasmas, debió entrar en mi cubil—no sé cómo lo hizo- y conducirme de alguna manera al despacho de un psiquiatra. Estoy seguro de que él me dijo algo, pero no tengo tan claro que yo le contestara.

A mi vacío le recetó unas pildoritas y a mi cuerpo puede que una nueva cama, porque durante un tiempo se sintió a disgusto. ¿Se trataba de un nuevo espacio? ¿Un hospital? Puede que fuera un espacio nuevo, sin embargo el tiempo era el mismo. Nunca cambia. Parece ir hacia adelante, aunque en realidad esté dando vueltas sobre sí mismo durante toda la eternidad.

Tal vez allí aprendiera a ensoñar o tal vez lo hiciera antes o quizás después. Lo cierto es que la luz se hizo de nuevo aunque puede que sobre un mundo nuevo.

La muerte dejó de contemplar desde lejos la vana lucha y me miró muy de cerca al fondo de los ojos. Entonces pude ver el pleno sentido de la vida. Una mente que se mueve en una línea temporal que parece ir hacia delante. Aunque puede que sea tan solo una ilusión. El pasado es un olvido, no lo que dejamos atrás al dar un paso al frente.