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PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO V


CIÑERA

La carta que escribí aquellas vacaciones marcó una ruptura abisal en mi vida. No era muy larga. Me limitaba a decir que no volvería. Que después de haberlo pensado mucho, estaba convencido de que no tenía vocación y esperaba llevar una vida más cristiana fuera que dentro. Agradecía sus desvelos y me despedía de todos ellos. Me contestaron muy solícitos, explicándome que aquella era una de esas crisis vocacionales que todos padecemos en el camino del Señor. 

“No cedí. Salí al mundo, al demonio y a la carne –como calificaban ellos la vida profana-  para descubrir que era un auténtico bobo indefenso, un corderito balador al que los lobos depredarían en un santiamén. 

El loco se levantó. Tomó el cenicero y lo colocó sobre sus rodillas. Encendió un pitillo y lo chupó como si fuera una teta. Sus rodillas estaban temblando. El temblor se fue acentuando hasta resultar llamativo. Mi madre hubiera observado que tenía el baile de San Vito. Imagino que se trataba de una enfermedad de posguerra, caracterizada por  temblores. Cerró los ojos, procurando que el cenicero no se fuera al suelo. Bueno, pensé, ahora me contará lo que le produce ese miedo, sea lo que sea. 

“Fue un choque del que nunca me recuperé. Mis padres se trasladaron del pueblo a la ciudad. Me puse a buscar trabajo, desesperadamente. Mi padre estaba de baja por enfermedad (le descontaban un 25% del sueldo y éste era muy bajo) y yo no deseaba ser una carga. Lo pasábamos mal. Mi propina consistía en cinco duros al mes. Con ellos podía comprarme un libro de bolsillo de bruguera o ir al cine.  La necesidad de un nuevo sueldo era imperiosa. 

“A pesar de mi bachillerato superior me resultaba imposible encontrar trabajo. Ni siquiera de peón de albañil o camarero encontraba nada. Miraba los periódicos, pateaba las calles, todo era inútil. Mi desesperación subía un grado más cada día que pasaba. Me levantaba tarde. Las noches en claro oyendo la radio, al loco de la colina (yo me sentía un auténtico loco de la colina) o leyendo, o intentando escribir algo, cualquier cosa.  “Recuerdo que fue un verano. Nunca soporté el calor. Permanecía en la cama, oyendo al loco, leyendo una novela de Julien Green, creo que era “Cada hombre en su noche. Me sentía deprimido, hundido, desesperado. Para mí el futuro no existía. No encontraba trabajo, no tenía amigos, no lograba ni mirar a una mujer sin echarme a temblar. A pesar de que había logrado arrancar de mi mente el infierno y la religión, no podía dejar de pensar que el abandono del camino hacia el sacerdocio estaba siendo mi perdición. Dios me estaba castigando por ello. 

“Los nervios estaban rotos, la desesperación crecía y crecía y la vida no tenía para mí el menor sentido. Prefería enfrentarme a Dios y aceptar las consecuencias que enfrentarme a la vida, solo e indefenso. Me levanté de la cama, pasee por la pequeña habitación como un lobo enjaulado. Me asomé a la ventana. Una idea satánica pasó por mi mente. Me alcé hasta el alfeizar. Estaba en calzoncillos. Allí, de pie, me planteé durante unos segundos si sería capaz de arrojarme al vacío. 

LEON

“Nunca entenderé de dónde saqué la resolución para doblar las rodillas y saltar. Vivíamos en un tercer piso. Una altura no demasiado alta, sino fuera porque los pisos eran bastante altos. Dicen que antes de morir pasa tu vida en la pantalla de tu mente y esos segundos previos al final son eternos. Debo decir que por mi experiencia eso no es cierto. Ni siquiera me dio tiempo formar una sola idea en la cabeza.  

 “De pronto estuve tumbado en el suelo. Ni siquiera sentía dolor. Solo la sensación de un golpe espantoso y de que los nervios debían haberse cortado, porque no sentía nada.  Mi cuerpo estaba paralizado, mi mente sufría un shock que me impedía pensar con claridad. Tenía los ojos abiertos, porque podía ver el color de la noche.  

“De pronto se abrió una ventana y un grito desgarrador taladró mi alma. Pude reconocer la voz de mi madre. Nunca olvidaré aquel grito inhumano que me partió en dos. El resto lo viví como una pesadilla. Una ambulancia debió llevarme al hospital, mientras en mi cabeza continuaba oyendo la voz de mi madre que me consideraba muerto.  

 “Supongo que perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba sobre una cama de hospital, sábanas blancas, paredes blancas… mente en blanco. Algún médico me explicó con la frialdad que los caracteriza cómo estaba mi cuerpo. Me había roto varias vértebras, puede que lumbares, me había roto el tobillo derecho; pensaban que no podrían salvarme el riñón izquierdo; desconocían los daños internos; temían que el trauma craneal pudiera tener consecuencias serias. Permanecería en observación una temporada. Tal vez tuvieran que operarme. Tal vez quedara paralítico. No podían saber cómo evolucionaría. 

 

VISTA GENERAL DEL HOSPITAL VIRGEN BLANCA
HOSPITAL VIRGEN BLANCA

 “No recuerdo las visitas de mis padres, aunque me las imagino. Curiosamente evolucioné bien y deprisa. Los médicos, como me ocurriría a lo largo de mi vida, no salían de su asombro. Poseía una naturaleza digna de estudio. El riñón curó sin operar. Solo utilizaron antiinflamatorios y otra clase de medicación que me introdujeron a través de un gotero, como lo llamaba mi padre. 

 “No me operaron la columna. Me pusieron una faja ortopédica, me escayolaron el tobillo. Me colocaron un collarín en el cuello. No podía moverme. Las enfermeras me daban cambios posturales cada cierto tiempo. Creo que podía mover las manos, porque me recuerdo leyendo un libro y moviendo el dial de un transistor. 

-¡Dios mío!  La voz era mía. Creí haberlo pensado, pero solo cuando oí la grabación comprendí que no pude retenerla dentro de mi cráneo. Me sentía muy afectado, a pesar de la borrachera. El loco lo había narrado con los ojos cerrados y el cenicero temblando en sus rodillas. Ahora se levantó y bebió de un trago el licor que restaba en su copa. Se sirvió otra, doble, echó unos cubitos de hielo, que aún no se habían deshecho, y se la bebió sin respirar. Luego volvió a llenar la copa y la dejó reposar sobre la mesa. Retrocedió hasta el sofá y se sentó. Los ojos cerrados. En silencio.  Nunca he podido entender el suicidio. Puedo comprender a un asesino en serie que mata por impulso, por venganza o por pura bestialidad. Puedo comprender la violencia. Puedo comprenderlo casi todo. Pero no puedo con el suicidio. Se me atraganta. Haga uno lo que haga siempre estará vivo. Excepto en el caso del suicidio.  Desarrollas una violencia bestial contra ti mismo y luego mueres. Desapareces. No queda nada de ti. Nada. Nothing.  No es una cuestión religiosa. No creo que exista Dios, por lo tanto no puedo castigarte. No es una cuestión moral. Nadie tiene derecho a disponer de su propia vida y bla, bla y blá. Ni siquiera es una cuestión humanitaria: los que se quedan, los que te han querido.

 No, nada de eso me conmueve. Es otra cosa. Es decir, ahora existo, ahora no existo. Si la muerte te atrapa,  te resignas, todos somos mortales. Pero si tú mismo alzas tu mano contra tu cuerpo y violentamente lo destruyes. Entonces…Entonces no comprendo nada.  En la grabación se mascaba el silencio. Cuando la escuché, en mi despacho, pude oír mis gemidos y hasta me atrevería a decir que mis sollozos. En cambio del loco no oí nada. Su silencio era absoluto. Un cadáver hubiera hecho menos ruido. Me serví una copa hasta el borde y me la bebí sin respirar. Sentí el licor quemándome la garganta las entrañas. Posé mi cabeza en el sofá y respiré hondo. Una y otra vez… Una y otra vez…

No sé cuánto duró el silencio. Podría saberlo si dejara correr la cassette con un cronómetro en la mano. Pero vomitaría si me atreviera a hacerlo. Finalmente hablé, para que el silencio no nos devorase a los dos.

  -¿Cuánto tiempo estuvo en el hospital?

  -Creo que más de seis meses. Lo peor fue la columna. No se atrevían a operar por miedo a dejarme paralítico de por vida. Incluso hasta un mes antes pensaron que tal vez no pudiera andar. Dejaron que las vértebras se soldaran solas. 

FAJA

 “Cuando salí de allí llevaba una faja ortopédica, una muleta en cada mano y el alma destrozada. Permanecí en casa. En la cama. Leyendo, escuchando al loco de la colina. No podía asimilar que estuviera vivo. No podía aceptar que hubiera intentado matarme. 

 -¿Cómo reaccionaron sus padres?

-Mal . Nunca me lo perdonaron. Mi madre me cuidaba y mi padre hablaba poco. A veces les oía hablar desde la cama. Mi madre pensaba que yo no tenía remedio y se quejaba a Dios de haberle dado un hijo así. Creo que sí es cierto que intenté matarme con el cordón umbilical en su vientre, debió de ser previendo esta escena. 

-¿Cómo se recuperó? 

 -Físicamente solo fue cuestión de tiempo. Pero psicológicamente nunca me recuperé. 

 “Estaba tan mal de los nervios que mis padres gestionaron mi ingreso en una clínica psiquiátrica. Yo era entonces menor de edad. Recuerde que durante el franquismo la mayoría de edad no se alcanzaba hasta los veintiuno. Allí tuve que aceptar que hicieran conmigo lo que quisieran. 

electroshock

“Los psiquiatras estaban convencidos de que una patología tan seria solo desaparecería con electroshocks. Ya sabe… Te ponen unos cables en la cabeza, te colocan un aparato de goma en la boca, para que no te rompas los dientes y… Te dan corriente como si fueras un horno eléctrico. 

 -¿Qué efectos le produjo ese tratamiento? 

 -No sentía dolor. Creo que al principio un poco. Lo peor era despertarse y no recordar quién eras. 

-¿Ni siquiera recordaba su nombre? 

 -Ni siquiera. Tardaba horas en recuperar algo de memoria. Durante ellas no cesaba de preguntarme quién era y qué hacía allí. A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No

A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No querían responderme. Pronto recuperará la memoria, decían sin el menor esfuerzo para no resultar secas.  Yo insistía, porque una entidad consciente no puede vivir sin memoria. En cierta ocasión leí algo sobre un científico que pensaba que el ser humano era un 99% de memoria y el resto… Pues bien. A mí me faltaba el 99% de mi personalidad. 

 “Me pasaba las horas formulando hipótesis. Yo era un asesino en serie al que habían lobotomizado para que no recordara su pasado… 

-¿En serio que llegó a pensar eso? 

 -Entre otras muchas cosas. No se puede vivir sin memoria. La personalidad no existe si no recuerdas. Yo intentaba llenar ese vacío. Hasta llegué a plantearme si no estaría muerto y viviendo la confusión que sufren los muertos, antes de darse cuenta de que lo están. 

 “Me dieron diez sesiones, más o menos. Eso que recuerde. O puede que me dieran aún otra tanda. Cada vez que me llevaban en la camilla, camino del sótano, pataleaba y gritaba. Me rebelaba y les amenazaba con matarles en cuanto pudiera librarme de las correas. Ellos se reían y yo les maldecía. Pedía a Dios que acabara con ellos, que les castigara como ellos me castigaban a mí. 

 -¿Cómo salió de allí? 

-Gracias a Dios la clínica era de pago y mis padres no podían mantenerme allí más tiempo. No les llegaba el dinero. Gestionaron mi traslado a otra clínica de otra ciudad, regentada por una orden religiosa. La Diputación se hacía cargo. O fue otro organismo. No lo recuerdo. Me llevaron en una ambulancia y me ingresaron en una habitación con otros tres enfermos. Imagino que no debieron pensar que era un loco peligroso, porque sí recuerdo que uno de ellos era un alcohólico. 

“No podía comprender lo que estaban haciendo conmigo. Porque yo no mejoraba. Cada día estaba peor, más deprimido, más hundido, con más ganas de quitarme la vida. Cuando mis padres me visitaban les suplicaba llorando que me sacaran de allí. Pero ellos hacían caso de un médico, joven, con gafas, y más tieso que un palo. Él creía que era preciso tenerme allí el tiempo que fuera necesario hasta conseguir mi curación.

 “¿Cómo pensaban curarme? ¿Con electroshocks? ¿Teniendo que ver todos los días a dementes y otros enfermos con patologías severas? ¿Privándome de cariño y tratándome como a una silla? Decidí ponerme en huelga de hambre.

  -¿Fue capaz de hacerlo?

  -Mire. Si hay algo difícil en la vida para mí, es dejar de comer. Me quedo un día sin ingerir alimento y mi vida se convierte en un infierno. Sin embargo lo hice. 

 -¿Cuánto persistió en la huelga de hambre? 

EMBUDO

 -Hubiera aguantado hasta morirme. La decisión estaba tomada y cuando yo tomo una decisión ni Dios puede conmigo. Sin embargo no me dejaron. Me alimentaban a la fuerza. Y no con suero. Me ataban fuertemente, me ponían un embudo de plástico en la boca y por allí echaban el alimento en puré, desde una gran perola. Me obligaban a tragar. Me golpeaban. Yo me atragantaba y vomitaba. Y ellos insistían una y otra vez… una y otra vez…  El loco estaba a punto de sollozar. Se levantó y apuró de nuevo la copa. Apenas era capaz de hablar sin balbuceos e incoherencias. Su borrachera era ya muy acusada. A pesar de ello se esforzaba en seguir narrando su historia.  Lo hacía como si estuviera viendo lo sucedido. Como si delirara y aquellas escenas estuvieran delante de sus ojos.  Decidí parar un poco semejante desatino. Le ofrecí un pitillo del paquete que él mismo había colocado sobre la mesa. Se lo encendí y casi a empujones lo llevé hasta la ventana. La abrí y el ruido de la ciudad penetró hasta aquel salón, que muy bien hubiera podido ser la mazmorra de un castillo de la Edad Media, a juzgar por lo que él loco estaba contando. Un aire fresco penetró en una gran oleada. Respiramos. La boca muy abierta, sin decir nada. 

 

 

 

 

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO IV


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Me quedé con el tenedor en el que había pinchado un trozo de tortilla, a mitad de camino de mi boca. ¿Cómo alguien puede “ver” lo que aún no ha sucedido? No tenía sentido, a no ser que estuviera hablando del ojo del culo, nuestro tercer ojo, sin duda. Fue una imagen fugaz, nacida de la parte más oscura de mí mismo. Al fin y al cabo yo era el que había llegado hasta el loco, con una petición, no él quien se había acercado hasta mí para hablarme del tercer ojo. Si bien hasta aquel momento había relativizado su locura –como simples manías llevadas al extremo de la patología fóbica, debido a la soledad en que llevaba años viviendo – ahora me planteo que tal vez me equivocara y su locura esté más soterrada de lo que yo pensaba.

 

Me repuse, continué el movimiento de mi brazo hasta mi boca y mastiqué con calma el trozo de tortilla. Luego me serví otra copa de vino y la apuré de un trago. Iba a necesitar la euforia del alcohol. Decidí cambiar de tema, sin profundizar más en sus palabras.

La cena fue un agradable momento gastronómico, salpimentado con una conversación inteligente y culta. Quise saber cómo se las arreglaba para llevar sus días solitarios. Me habló de su pasión por la lectura. Sus autores favoritos eran Dostoievski y tres novelistas católicos que yo no conocía muy bien. Graham Greene, Julien Greene y Bernanos. Me habló de música, de cine, de arte, de filosofía… Sin dura era un hombre culto, que había asimilado muy bien sus lecturas.

Al terminar el loco salió del salón, regresando con luna cajetilla de tabaco. Encendió un pitillo y me ofreció. Fumo muy poco, pero me apetecía un cigarrillo. Acepté el ofrecimiento. Entonces decidí que era el momento de comenzar la entrevista. Nuestros estados anímicos no podían ser mejores tras una sustanciosa cena, muy bien regada.

-¿Puedo encender la grabadora?

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El loco se levantó para buscar mi cazadora, que había colgado de una percha en el pasillo. Me la tendió. Extraje la grabadora, colocándola sobre la mesa, después de hacer un poco de sitio. Mi experiencia me decía que ni un solo carraspeo del loco se perdería desde aquella distancia.

-¿Cómo empezó todo esto? –le solté a bocajarro.

-¿Mi locura? Claro, no podría tratarse de otra cosa… Pues verá… Estoy convencido de que el loco se hace, no nace. ¿Acaso ha visto usted un bebé diagnosticado de una grave patología mental? ¿ Y un niño? Un adolescente es más fácil. La adolescencia es una etapa complicada. Se puede caer en una depresión o incluso llegar a un intento de suicidio. Y en cuanto a patologías severas… Hay adolescentes acosadores, incluso asesinos.

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-¿Su locura comenzó también en la adolescencia?

-Tal vez, aunque fui un niño muy rarito. Muchos confunden la “rareza” con la locura. Te califican de loso solo porque eres distinto a ellos. Alguna vez he llegado a pensar que tal vez la locura no sea otra cosa que hacer en público lo que los demás creen que debe hacerse en privado. Si yo me hubiera desahogado en la intimidad nada de esto habría ocurrido. Pero es mejor comenzar por el principio… No tendría ni seis años cuando me escapé de casa –entonces vivíamos en un pueblecito de montaña- y me dirigí al cementerio. Necesitaba saber cómo era posible que personas vivas, a las que uno se acostumbra de ver todos los días, podían terminar como simples huesos, enterrados bajo tierra.

“El cementerio estaba cerrado, como es natural. Me senté en el suelo, frente a la cancela, y la verdad apabullante de que la muerte era un hecho real y no una hipótesis de futuro, me invadió hasta la médula. ¿Cómo podía un niño de esa edad plantearse una cuestión tan filosófica, tan madura? Al niño que permanecía en silencio, mediante sobre las postrimerías, no le importaba cómo había surgido la vida, ni qué explicación tenían para ello los científicos, solo necesitaba una respuesta: ¿existía un más allá, seguiríamos viviendo, aunque fuera de otra forma, una vez que el cuerpo hubiera sido devorado por los gusanos? Nada tenía el menor interés. Uno podía vivir años y años y tener todo lo que quisiera, hasta los mejores juguetes, pero si un día iba a morir, nada importaba un comino. Tardaría algunos años en saber que no era el único que pensaba así. En unos ejercicios espirituales, en Semana Santa y en el colegio religioso donde estudiaría el bachillerato, un fraile nos habló de San Ignacio de Loyola y sus ejercicios espirituales. Por lo visto se había convertido al contemplar el cadáver de una joven, puede que fuera su novia o no, mi memoria no llega a tanto,  fallecida en la plenitud de la vida. El también se había planteado para qué servía la vida si uno tendría que morir, antes o después.

-¿Fue entonces cuando comenzó a pensar en la telepatía como una forma de no sentirse solo, de imaginar que si todos podíamos hablarnos con la mente, tal vez se pudiera probar la existencia del más allá?

-Veo que no le han ahorrado detalles sobre mi locura. Sí, reconozco que durante un tiempo me comporté como si fuera un telépata. No es que estuviera absolutamente convencido de percibir pensamientos ajenos, no, mi locura no llegó al extremo. Simplemente ocurrieron cosas que superaban mi capacidad de asimilación. Mi fantasía pudo a la lógica.

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-¿Qué importancia tuvo para usted aquella visita al cementerio a tan temprana edad?

-Aunque resulte difícil de creer en un niño tan pequeño, fui muy consciente de la gran revelación que acababa de vivir y tomé una decisión que ha marcado mi vida. Decidí que el más allá existía y nada ni nadie me ha podido arrebatar esa creencia a lo largo de mi vida? Permítame que deje de momento el tema de la telepatía. Antes de narrarle cómo llegué al borde de la locura y aventuré un paso más allá, antes de retroceder, me gustaría mostrarle, aunque solo sea muy por encima, los hitos fundamentales en mi camino hacia la demencia.

“Me he olvidado de mencionar dos acontecimientos que marcaron mi niñez. El primero debió de ocurrir teniendo yo unos tres años. Me regalaron una perrita muy cariñosa, la llamé Tula y me encapriché de tal manera con ella que me pasaba el día en la calle, jugando y acariciándola constantemente. Por desgracia un día se escapó de mi lado e intentó cruzar la carretera? La atropelló un camión. Fue un trauma tan espantoso que solo años más tarde llegaría a recordarlo, cuando mi madre lo mencionó una vez, como de pasada.

“El otro acontecimiento también tuvo que ver con la muerte. Mi padre era minero, un trabajo muy duro. Ganaba poco y comíamos lo que podíamos. Había salido de Asturias tras una huelga salvaje, duramente reprimida. Una tarde, al volver del trabajo, se desmayó al bajar del autobús. Mi madre recibió la visita de una vecina del pueblo. Cuchichearon en voz baja, pero yo pude entender que mi padre había sufrido un ataque fulminante y estaba muerto.

“Para un niño no existen medias tintas. Si alguien te dice que tu padre está muerto crees a pies juntillas que lo está. No te planteas si la otra persona está equivocada o si tal vez solo sea el susto del momento. Si un adulto te dice algo, lo crees y basta. Así pues debí enfrentarme a la muerte de mi padre con seis años. Quise acompañar a mamá, pero ésta me dejó a cargo de la vecina y salió corriendo? Luego resultó que si bien la muerte estuvo mirando largo rato a los ojos de mi papá, éste logró salir a flote. En realidad se trataba de una úlcera de duodeno. Había estado perdiendo sangra durante un tiempo, pero no quiso darse cuenta o si lo observó prefirió callarse, puesto que una baja por enfermedad nos dejaría con serias dificultades para comer.

 

TRABAJADORES EN LA HULLERA VASCO LEONESA

“Lo ingresaron, lo operaron y regresó a casa. La muerte había pasado de largo esta vez. Pero no por eso la impresión dejó de ser algo indeleble en el corazón de aquel niño sensible. A los diez años me reclutó un fraile que iba por los pueblos, como un pescador, intentando que ingenuos infantes picaran el cebo. Nunca olvidaré el sacrificio que supuso para mi familia el dejarme marchar a un colegio religioso, donde estuve interno ocho años.

-¿Ha sido su obsesión por la muerte la causa del miedo que dice tener a sus semejantes?. Si es así permítame decirle que no encuentro mucho sentido en esta relación causa-efecto.

-Y no lo tiene…al menos aparentemente. Si uno profundiza lo suficiente acaba por encontrar razones y sentido a todo; lo mismo que si una perforadora abre un agujero hasta la profundidad adecuada, termina por rebosar el magma del centro de la Tierra.

“En mi juventud, en cierta ocasión, pasé varios días en coma, a causa de un intento de suicidio. Pues bien, al despertar recordaba con todo detalle una terrible pesadilla. Desde una torre, en unamezquita, me dirigía a una gran multitud. No sabía ni en qué tiempo ni en qué lugar me encontraba, pero el jefe religioso árabe, vestido con túnica negra y turbante, que arengaba a la masa, era yo. Con otro cuerpo, pero era mi consciencia quien lo habitaba.

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“En un momento determinado tomé la decisión de que estaba harto de mentiras e hipocresías. Entonces dije a los fieles, que acudían a la oración de la tarde, todo lo que pensaba de ellos y del mundo en el que habitábamos. Conforme me iba calentando, la masa comenzó a rebullir, a moverse, a gritar. Me increpaban con las frases más soeces, amenazándome de muerte. Llegado el punto crítico de mi exposición un grupo de gente, en las primeras filas, alzó la voz para pedir mi ejecución. Muchos se precipitaron a mi encuentro, por las escaleras de caracol, buscándome con odio feroz. Yo les esperaba, muy consciente de que mi muerte era segura. No me importó lo más mínimo. Antes de seguir engañándome y engañando a los demás, llevando una vida sin sentido, prefería la muerte.

“Pero una cosa es aceptar la transición y otra afrontar un sufrimiento prolongado en el tiempo y que llega a la máxima intensidad que es capaz de soportar un ser humano. Se arrojaron sobre mí, empujándome sin consideración por las escaleras. Caí rebotando de escalón en escalón, hasta llegar a la plaza donde estaba situada la mezquita. Allí habían preparado cuatro camellos y unas cuerdas. Me ataron de manos y pies, engancharon las sogas a los respectivos camellos y la multitud comenzó a gritar, con aullidos demoniacos. Las mujeres ululaban a la manera árabe que vemos en las películas.

“Los jefes de la rebelión tomaron de las riendas a los camellos, obligándoles a caminar hacia adelante. Un espantoso dolor me recorrió desde la punta de los pies a la coronilla. Los músculos se tensaron, apreté los dientes y juré por mi salvación eterna que nunca cedería ante una masa de canallas satánicos, que solo pensaban en sus intereses y que no sentían el menor reparo en asesinar, torturar, violar, masacrar a sus hermanos, para lograr riqueza y poder.

“Durante el tiempo que transcurrió, atormentado hasta el límite de la resistencia humana, sentí en repetidas ocasiones la tentación de arrepentirme, de chillar que me soltaran, les pediría perdón y sería su esclavo para siempre. Pero no lo hice, no fui capaz. Descoyuntaron mis miembros, me los arrancaron y expiré con un infinito odio en mi corazón y un deseo de venganza que no atenuarían los siglos ni las vidas.

“Al recobrar la consciencia me encontraba sobre una cama de hospital. Por la ventana creí escuchar el ulular de la multitud y la voz, llamando a la oración de un personaje religioso que hace esto en las películas?ahora no recuerdo como lo llaman?

“Tardé en darme cuenta de que en realidad lo que estaba oyendo era una taladradora, abajo en la acera y el tráfico y ajetreo normal en una ciudad. Tardé mucho tiempo en quitarme aquellas imágenes de la cabeza. Cuando entró una enfermera y me encontró despierto llamó a los doctores. Yo sudaba copiosamente ?un sudor frío- y la angustia me impedía articular palabra? Nunca he podido olvidar aquella pesadilla?

-Es terrible. Lo lamento. Pero pudo deberse sencillamente a las consecuencias del largo coma. Esto explicaría su miedo a la gente?si en realidad hubiera ocurrido, claro. Pero como usted imagina, no creo en otras vidas, ni en la posibilidad de la reencarnación.

-Sí, yo tampoco creía en la reencarnación entonces. Esta pesadilla y muchos otros sueños, me fueron haciendo cambiar de opinión. Nada es definitivo en esta vida, pero le aseguro que antes podría hacerme dudar de la existencia de esta pared que convencerme de que la reencarnación sea un cuento chino.

El loco tocó con la palma de la mano la pared, para a continuación golpearla con el puño una y otra vez. Me sentí molesto, deseoso de que la conversación tomara otro rumbo.

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-¿De niño sentía el mismo miedo hacia la gente de su entorno?

-Eso es algo muy curioso. Es normal que un niño tema a los adultos que pueden castigarlo o que los vea como a monstruos, debo a que son mentirosos y mezquinos, pero llegar a sentir pánico en su presencia indica una patología muy severa y muy extraña. Desde que sufrí aquella pesadilla yo lo achaco a las consecuencias de una vida pasada en la que fui descuartizado por la furiosa multitud.

-No logrará convencerme. Tal vez se debiera sencillamente a que usted era un niño muy tímido, muy sensible, al que tomaban el pelo más de la cuenta. Los niños sensibles pueden reaccionar así.

-Pudiera ser una buena explicación cuando no hay otra, aunque a mí no me convence. ¡Qué quiere que le diga! Cuando uno toma un determinado camino siempre tiene alguna explicación a mano para razonar por qué lo ha hecho. Solo cuando se llega al final  se sabe sin lugar a dudas se uno se ha equivocado o no… Mire, de niño me recuerdo ya mirando el suelo y la punta de mis zapatos, cuando caminaba por el pueblo, camino de la iglesia, para aprender el catecismo. Si me encontraba con alguien cambiaba de acera o me introducía en calles adyacentes y daba rodeo sin cuentos para evitar a una sola persona.

“En una sesión hipnótica- he pasado por todas o casi todas las terapias que conozco- el terapeuta me hizo retroceder al vientre materno. Descubrí con sorpresa –nunca fui consciente de haber pensado en ello alguna vez- que aquel bebé se movió conscientemente buscando enredarse al cuello el cordón umbilical. Estuve a punto de asfixiarme. Aunque le parezca increíble no deseaba nacer.  Mi madre contó en alguna ocasión lo mucho que sufrió con mi parto. Al parecer me negaba a sacar la cabeza…

 

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-¿También sabe lo que es la hipnosis?

-Sí. Fue una experiencia muy interesante y aleccionadora, aunque también muy dura. Pero si me permite seguiré con mi historia.

Me interesaban sus experiencias hipnóticas, pero decidí que lo mejor era dejar que el loco hablara libremente. Adopté la postura del terapeuta, que deja que el paciente charle por los codos y toma nota de lo que le parece interesante, haciendo como quien oye llover en las parrafadas que ya se sabe de memoria. No me sentía precisamente como un terapeuta con el loco. Sus problemas eran suyos y era él quien debería afrontarlos. Tampoco como un periodista que con sus preguntas encarrila la entrevista por el camino que a él le interesa. Se trataba de obtener todo el material posible de la vida de aquel hombre. Después decidiría qué hacer con él.

 

Tomé otro sorbo de mi copa y me recosté tranquilamente en el sofá. El loco hizo lo mismo y cerró los ojos, como si yo no existiera, como si no estuviera presente. Parecía hablar solo, dejando que las palabras flotaran en el aire. Supuse que estaba muy acostumbrado a hablar en voz alta consigo mismo. Todos los locos hacen lo mismo. Me pregunté cómo era posible que una persona ignorara de aquella manera a otra con la que supuestamente estaba hablando. No me di por ofendido, aceptando que los locos tienen sus propias normas de comportamiento social.

 

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“Nos habíamos quedado en mi infancia. ¿Le he contado lo de mi perrita? Creo que no. Yo era un niño extraño… Sensible, decían los hipócritas de mi entorno. A los tres años perdí a mi perrita Tula, a la que amaba como si fuera mi hermanita.  La atropelló un camión. Viví una tragedia sespiriana. Hasta el punto el punto que llegué a olvidarme por completo de haber tenido alguna vez una perrita. Solo años más tarde mi madre me recordaría un acontecimiento crucial en mi vida, que había bloqueado totalmente en mi memoria.A los dieciséis años me paseaba, de noche, antes de que nos recogiéramos para ir a dormir, por el patio del colegio. Entonces estudiaba sexto de bachillerato, o tal vez ya hubiera iniciado los dos años de estudios libres, fuera del esquema de estudios oficial, antes de entrar oficialmente en lo que ellos llamaban noviciado. Se pronunciaban los votos simples de pobreza, castidad y obediencia y se estudiaba teología.

 

Aquellos dos años preliminares nos daban un poco de todo y un mucho de nada. Filosofía, sociología, psicología y alguna cosilla más. Fue la filosofía la que más me afectó. Era tomista, por supuesto, aunque un cura “progre” nos enseñaba filosofía kantiana, y algo de Hegel, de Husserl y de Merlau Ponty, un filósofo contemporáneo por el que sentía pasión (creo que había estudiado en la universidad de Lieja, en Bélgica, me refiero al fraile). “Los silogismos tomistas me abrieron la mente a nuevos horizontes. Me permitieron poner en entredicho todo lo que me habían enseñado sobre la religión católica. Descubrí terribles contradicciones. Pero no fueron solo ellas las que me llevaron a plantearme el abandono. No entendía una vida de absoluta castidad. Me gustaban demasiado las mujeres para creer que podría ser casto el resto de mi vida. Y una vida hipócrita, intentando salvar almas, no me convencía.

“ Por entonces el balompié era mi pasión. Yo era seguidor incondicional del Real Madrid de su mejor época. Aún recuerdo la cancioncilla que cantábamos los niños del pueblo: Zoco tira a Pirri, Pirri tira a Muñoz, Muñoz se tira un pedo y atufa al portero… O algo así. No puedo recordarlo con exactitud. Mi meta en la vida era ser algún día jugador del Real Madrid, por lo que cuando el frailuco pidió voluntarios no pude resistirme y levanté el brazo. Aquel gesto cambió mi vida…

“La estancia en aquel colegio religioso me permitió tomar contacto con la cultura, pero también me convirtió en un adolescente angustiado, temiendo siempre que el pecado mortal de la masturbación me llevara irremisiblemente al infierno. Me lavaron el cerebro y durante el resto de mi vida no he hecho otra cosa que intentar llegar a las raíces de aquella planta y arrancarla entrenar la mente y adquirir una base lógica, con la que desmenucé y destruí todos los dogmas que habían introducido sibilinamente en el tierno subconsciente de aquel adolescente sensible. Tardé dos años en de cuajo.

“Como le decía,  caminaba todas las noches por el patio, siguiendo las líneas marcadas con yeso en el campo de futbol. Sufría una crisis vocacional, en la terminología de los curas. Estaba pensando en abandonar mi carrera hacia el sacerdocio y salir al mundo, al demonio y a la carne. El estudio de la filosofía me permitió decidirme. Fue allí, paseando a la luz de las farolas, hasta que la llamada del timbre nos obligaba a recogernos, cuando mi creencia en el infierno se hundió para siempre. También se hundieron con ella el resto de mis creencias y especialmente mi confianza en los adultos y en el ser humano en general.

“Ahora estoy convencido de haber sufrido allí mi primer ataque de locura. No pensaba en otra cosa. Le daba vueltas y más vueltas a la idea de abandonar. Estuviera donde estuviera, en clase, comiendo, en la capilla, en el patio, mi obsesión era decidirme de una vez por todas. Creía estarme jugando no solo mi vida, sino incluso mi destino espiritual, mi futuro y la posibilidad de salvación. No creía en el infierno, pero de alguna manera pensaba que Dios me castigaría si abandonaba.

El loco se levantó, bebió de un trago el güisqui de su copa y se sirvió una buena ración. Sin decirme nada fue a buscar más hielo. Colocó algunos cubitos en mi vaso, sin pedirme permiso y escanció un buen trago. Llenó su copa de cubitos de hielo y se bebió el contenido sin parpadear. Con nerviosismo se sirvió una tercera copa. Pensé que estaba a punto de contarme algo muy doloroso y dramático. Su nerviosismo rayaba la paranoia.

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO III


 

 

Llamé al timbre del telefonillo una sola vez. Mientras caminaba los últimos metros había tomado la decisión: si no contestaba a la primera me largaría. Luego podría decirle a mi esposa que el loco se echó atrás… por miedo. Era una actitud muy mezquina por mi parte, lo reconozco. Sin embargo en ella existía un componente intuitivo que no fui capaz de apreciar en aquel momento.

Hasta que conocí al loco nunca me planteé la importancia de la intuición, esa milagrosa facultad que posee el ser humano de conocer la verdad de un solo vistazo, sin análisis ni razonamiento. Entonces no lo sabía, claro está, pero el tiempo me daría serios motivos para pensar que aquella fue en realidad mi última resistencia frente al destino, que acabaría echándoseme encima, como lobo hambriento.

El lector desocupado no entenderá esta obsesión mía por recalcar una y otra vez una circunstancia ya conocida, que tan solo sirve para ralentizar el ritmo narrativo. El lector desea saber cómo era en realidad el loco y qué circunstancias tan extraordinarias pudieron ocurrir para que pudiera llegar a lamentar el resto de mi vida haberle conocido. Todo llegará en su momento. Permítanme este regodeo morboso. Dejen que me detenga en esta encrucijada de mi vida y mire con nostalgia los restantes caminos, que pude haber elegido y no escogí. Porque una vez se toman decisiones de este calibre en la vida ya no hay marcha atrás.

Hubiera jurado que el loco estuvo todo el tiempo al lado del telefonillo, aguardando mi llamada. De otra manera no habría respondido con tal celeridad. Con el tiempo llegué a convencerme de que era capaz de intuir cada uno de mis pasos y adelantarse a ellos.

Me identifiqué y la puerta se abrió con un ligero chasquido. El edificio en el que habitaba el loco era antiguo, más bien diría viejo, y muy poco cuidado. Por suerte el ascensor aparecía reluciente, como recién instalado. Me sentía tan nervioso que me asustó un ruidito percutiente… hasta que descubrí que mi brazo derecho estaba temblando y golpeaba el botellero contra la pared.

El loco me esperaba con la puerta abierta. Vestía un chandal muy gastado, yo diría que sucio, y calzaba unas deportivas tan deterioradas por el uso que daba grima mirarlas. Sin duda estaba tan nervioso como yo. Su postura era todo lo rígida que le permitía su físico obeso y su barriga. Llevaba la chaqueta desabrochada, tal vez porque le quedaba pequeña y no podía subir la cremallera. Parte de su barriga, a la altura del ombligo, tomaba el aire, debido a que la sudadera no podía contenerla. Me echó una mirada de arriba abajo, tan extraña, que por un momento pensé que le molestaba verme con un regalo, como un huésped cualquiera. De pronto comprendí que en realidad intentaba no fijar su mirada en la bragueta de mi pantalón.

Recordé la advertencia de mi mujer. No solo miraba los pechos a las mujeres, cuando estaba nervioso o asustando, también los hombres eran objeto de su ira contenida. Clavaba su mirada en esa zona tan morbosa de la anatomía masculina. En una de las posteriores entrevistas, cuando ya existía entre nosotros una cierta confianza, me atreví a preguntarle por aquella curiosa manía.

-Verá –me respondió- con los hombres no puedo utilizar mi “técnica” de compensación erótica, porque por gracia o por desgracia, mis gustos sexuales son muy claros: me gustan las mujeres, solo las mujeres, y cuanto más atractivas más me gustan. Con los hombres utilizo otra “técnica” que no es precisamente de “compensación erótica” y que tiene mucho de venganza.

-¿En qué consiste?

-Imagino que a los cabrones que me llaman loco les corto los c… y los dejo castrados de por vida.

-¿También a mí?

-Lo dice por la mirada que le eché la primera vez que vino a casa? No, usted no es mi “enemigo”… al menos de momento. Lo que ocurre con las manías –no le resultará difícil entenderlo- es que no se pueden controlar, de otra manera ya no serían manías, como es lógico. Cuando me pongo muy nervioso o fóbico, me da por ahí. Algunos disfrutarían mucho si me hubiera dado por comer piedras. Por suerte esta manía es más inocua para mi estómago, aunque le aseguro que en ciertos momentos de mi vida habría preferido una buena indigestión de piedras.

-¿Qué le ocurrió?

-Poca cosa… Que a uno le llamen maricón, tan solo porque es víctima de una estúpida manía no es agradable. He procurado ponerme en la piel de los homosexuales y pensar que mi sufrimiento puede servirles de expiación por los pecados de tanto “machito” de mierda, como anda suelto por ahí. Pero no me consuela, no.

-¿Respondió con violencia?

-¡Oh, no! Tan solo recuerdo haberme peleado una vez en mi vida… Tendría unos seis años. Fue en la escuela. Unos matoncitos de mierda querían que les diera mis canicas. Me defendí a puñetazos y patadas. Pero eran muchos y muy cobardes. No vinieron de uno en uno, sino todos a la vez. Terminé en el suelo, pateado como un perro y con un ataque de nervios que me impedía respirar. La maestra se asustó mucho. Creyó que me moría. Fue la única vez que habló con mis padres… para decirles que era un niño demasiado sensible… En cuanto a los cabrones que me llamaron maricón, me hubiera gustado responderles que me presentaran a sus esposas, madres o hermanas, tal vez ellas luego pudieran corroborar su apreciación y si yo en la cama era tan maricón como les parecía a ellos.

-Pero no lo hizo…

-No. Me detuvo pensar que a lo mejor sus esposas o hermanas eran unos auténticos monstruitos y no se me hubiera levantado.

-Jaja. Veo que al menos conserva el sentido del humor… Pero ellas, las pobres, no tenían culpa de nada.

-Cierto, aunque eso nunca se sabe…La culpa es una cadena infinita de eslabones y el último no puede quejarse de sufrir las consecuencias cuando los demás son golpeados. Cuando golpean a los eslabones a los que estás unido terminas por sufrir tú también el golpe, aunque no tengas la menor culpa.

Así me explicó el loco su extraña conducta. Entonces me hice una idea aproximada de la génesis de su patología. Pero justo en aquel momento, allí, de pie, en el pasillo, observando cómo el loco procuraba apartar su mirada de mi bragueta también yo me pregunté si sus gustos sexuales no acabarían por traerme problemas. Con el tiempo -¡las sorpresas que nos da el tiempo!- descubriría que los problemas más bien podrían venirme por el lado de mi esposa. Pero no adelantemos acontecimientos…

Me invitó a pasar y se hizo a un lado. Atravesé el umbral con miedo, procurando dejar a salvo mi culo. Me indicó que dejara el botellero en la cocina, la primera puerta a la izquierda.

Como la mayoría de nuestras modernas cocinas era un espacio muy reducido. Solo los campesinos o los ricos parecen poder permitirse el lujo de poseer una cocina amplia, de “gourmet”. Observé que el fregadero estaba hasta arriba de platos y cazuelas sin fregar. Hasta olía mal. El loco se disculpó mientras yo dejaba el botellero en la encimera.

-Disculpe usted esta mierda (una palabra que utilizaba con frecuencia, como pude comprobar). Los que vivimos solos no nos preocupamos demasiado de la higiene o la limpieza. No suelo fregar hasta que necesito platos. Pensaba hacerlo para recibirle, aunque no entraba en mis planes enseñarle la casa, y menos la cocina, pero no voy a andarme con remilgos. Ha traído vino y hay que abrir las botellas.

No me ofrecí a echarle una mano con los platos. Eso sí, observé que en la mesa había varias fuentes y platos, entremeses, tortilla, aceitunas, patatas fritas y una gran variedad de cositas para picar… en platos limpios, por supuesto. Me pidió que le ayudara a llevarlo todo al salón.

Sobre la mesita de cristal había puesto un hule nuevo. Debió de leer mis pensamientos porque dijo:

-He pasado el aspirador y puesto un hule nuevo. De no haberme dormido habría limpiado el resto de la casa y fregado los cacharros, pero nunca controlo mis siestas. Debí haber puesto el despertador.

-No se preocupe. Lo entiendo perfectamente. Yo también viví solo un tiempo en un piso, durante mi época universitaria. Hacía lo mismo que usted. Los hombres somos unos auténticos “adanes” para estas cosas.

Me alegro que lo entienda, porque no estoy dispuesto a cambiar mi forma de vivir. Ni por usted, ni por nadie.

-¿Ni por una bella mujer?

-Esa es otra canción. Las mujeres pueden lograr de los hombres hasta esos milagros.

-¡Dígamelo a mí!

Regresamos a la cocina en busca de copias, cubiertos y servilletas.

-¿Vive usted solo?

-Las cucarachas me hacen mucha compañía…No, no ponga esa cara. Es una broma. Aunque con la falta de limpieza que hay aquí y la vetustez del piso no me extrañaría que una fila de lindas cucarachitas acabaran bailando cancán para mí.
-¿Por qué no contrata una asistenta, al menos para que le haga lo mayor una vez por semana? Incluso, se me ocurre, que podría escoger. Una chica joven y soltera podría acabar siendo el milagroso remedio a sus males.

-Supongo que bromea, aunque le voy a confesar que lo he pensado más de una y de dos veces. Poner un anuncio en el periódico y entrevistar a las candidatas hasta dar con una que me gustara. La pagaría bien, no tengo problemas económicos. Con el tiempo nadie sabe lo que puede pasar. Aunque yo estoy ya muy viejo y muy gordo.

-Como usted dice “nunca se sabe”. Conocerá el refrán: “nunca falta un roto para un descosido”.

-Sí he fantaseado con esa posibilidad. Siempre fantaseo con esas posibilidades. Pero mi fobia me hace recular ante la posibilidad de conocer a alguien.

-¿Siempre ha vivido solo? ¿No estuvo casado? Perdone mi indiscreción, pero usted me dijo que nada de secretos entre nosotros. ¿Ni siquiera vivió en pareja en su juventud?

-Esa es una historia muy dolorosa para mí. Permítame que me la reserve para otro día. Tengo que prepararme.

El loco tenía que prepararse para contarme las historias más dolorosas de su vida. Con el tiempo me explicaría que era una persona en extremo emocional. Necesitaba tiempo para “entrenarse”, como un atleta antes de la prueba.

Para ocultar su turbación buscó un sacacorchos por toda la cocina. Tal vez debido a su nerviosismo o quizás a que todo estaba manga por hombro, tardó mucho en encontrarlo. Antes tuvo que revolver cajones y armarios. Finalmente me lo tendió.

-El alcohol me excita y a veces me pone agresivo. Pero hoy lo necesito. No es fácil, ni siquiera para un loco, contar ciertas historias.

El loco me invitó a hacer honor a las viandas. La tortilla estaba buena, con cebolla, pimiento y trozos de chorizo y jamón. El loco traga más que come. Intenta controlar su ansia poniendo los platos y las fuentes bajo mis narices, para que me sirva. Así quiere ralentizar su ritmo de tragón inconfeso.

El jamón, el chorizo y la cecina son excelentes. Se lo hago notar.

-Sí, lo compré expresamente para esta cena.

¿-No había dormido toda la tarde? ¿Cuándo decidió hacer la compra?

-Lo compré todo ayer por la tarde. Me conozco y sabía que no podía permitirme el lujo de dejarlo todo al azar.

-¿Pero cómo sabía que iba a venir? No se lo confirmé hasta esta tarde, después de la comida.

-Era probable, pero no lo hice solo pensando en la probabilidad. En realidad llegué a verlo, aquí, comiendo y supuse que sería hoy.

-¿Cómo que me vio?

Sí, por el tercer ojo. Ya le hablaré de ello en otra ocasión.

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO II


EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA-PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO II

Dos días más tarde, acuciado por los comentarios sarcásticos de mi señora (la mayoría de las mujeres poseen una vena maternal que les hace preocuparse hasta de los locos) pensé que había llegado el momento de ponerse en marcha o de olvidar definitivamente la historia del loco.

De un humor de perro hambriento descolgué el teléfono y marqué su número. Tardó en responder. Con voz soñolienta dijo:

-¿Siii?

Me identifiqué. Me pidió disculpas, lo había despertado de la siesta. A mi vez solicité disculpas por mi atrevimiento y disculpados los dos le espeté a bocajarro que deseaba hablar con él esa misma tarde, si era posible, claro.

Accedió de inmediato, con la condición de que no fuera antes de las ocho.

-¿Le gusta la tortilla de patata y el embutido?

-Naturalmente.

-Pues no venga cenado. Le prepararé una cena modesta, aunque nutritiva. ¿Prefiere alguna marca de vino en especial?

-No se moleste, por favor.

-No es molestia. Si preparo la cena para usted cenaré mejor que si lo hago solo para mí. Además tengo cierta prevención contra los que no suelen disfrutar de la comida y del buen vino.

-Entonces no tendrá problemas conmigo. No se preocupe.

Y en esas quedamos. Me pareció de buen gusto llevarme un par de botellas de excelente tinto de mi bodega en un botellero de madera, una especie de maletín, regalo de mi señora. En cuanto terminé de hablar quiso saber si el loco se había vuelto atrás.

-¡Oh no! Pero duerme también la siesta. Hemos quedado a partir de las ocho.

-¡Otro que tal!

Ella odia el reposo, como si éste fuera una viva imagen de la muerte, lo que no deja de ser cierto. El gran abismo existente entre los seres humanos consiste en la diferencia de perspectivas que hay entre cada individuo sobre la misma realidad. Que será una e indivisible, no lo niego, aunque podría hacerlo dada la abismal diferencia de visiones que existen sobre cada tema. Cada uno percibe los estímulos, lo que se ve, se oye, se huela y se palpa, de forma muy diferente. ¡Y no digamos a la hora de pensar, sentir o incluso soñar!

Dicen que entre chimpancés y humanos apenas hay unos genes distintos. Si eso fuera cierto no se entendería muy bien cómo las personas somos capaces de sentir y pensar de formas tan distintas. A no ser que la consciencia sea un universo mucho más amable de lo que piensan los materialistas, para quienes todo es producto del cóctel celular, dentro de un saco de piel y de huesos, que es el ser humano.

Algunos piensan que las diferencias de carácter nacen de una combinación aleatoria de genes. Otros creen que la capacidad de aprendizaje del ser humano permite pensar que el entorno o la educación moldean el carácter. Hay pocos, entre los que luego descubriría que se encuentra mi loco, que por el contrario creen que el carácter nace de la personalidad que trae consigo el alma o el ser de luz al reencarnarse; carácter que se adapta al vehículo que a cada cual toca en suerte –utilitario o deportivo- y que evoluciona según el entorno, la educación y la cultura del ambiente, en el que nace y se desarrolla su vida.

Por mi parte no me inclino ni por lo uno ni por lo otro, ni por lo demás allá. Me limito a constar hechos…Hechos tales como la distinta perspectiva sobre la realidad que tiene cada quisque y que se refleja muy bien en la pareja. Así por ejemplo mi esposa posee un olfato privilegiado, sería capaz de seguir mi rastro desde que me levanto hasta que me acuesto, detallando cada uno de mis actos… Nunca le he propuesto llevar a cabo este experimento -¡gracias a Dios!- pero mi seguridad sobre el resultado del mismo es absoluta. También somos diferentes en cuanto a capacidad de movimiento. Mientras ella parece una peonza que no deja de dar vueltas y más vueltas, desde que se levanta hasta que se acuesta, yo suelo tomarme todo con mucha calma y procuro descansar cada diez minutos, para recapitular y recobrar fuerzas.

Ya no recuerdo a qué venía esta digresión. Doy gracias a que este parrafito no lo leerá nunca mi editora, porque lo tacharía con tinta roja y pondría una notita: “No viene a cuento y corta el ritmo de la narración”. Cierto, pero esta es solo una copia de trabajo. Luego ya veré qué hago con ella.

Hacia las siete de la tarde me puse en marcha. Coloqué la grabadora en un bolsillo interior de la cazadora; llené de cintas vírgenes otro; introduje en el bolsillo de la camisa una libretita y la pluma estilográfica y me hice con el botellero. Una vez convenientemente revisado por mi señora, la besé como si me despidiera para ir a la guerra y salí de casa… no sin que antes me llamara la atención sobre un cordón suelto en el zapato derecho. Una vez en el ascensor me miré la bragueta… por si las moscas (es algo que nunca olvido desde que en un cóctel mi esposa me llevó al servicio a toda prisa para que me subiera la cremallera).

Caminé por la acera con la naturalidad que le da a uno ser normal y cuerdo, observando con ojos de escritor las escenas que acostumbran a desarrollarse en cualquiera de nuestras ciudades, por muy pequeñas que sean.

Pronto me dejaría llevar por la imagen del loco mirando los pechos de las señoras… Y cometí un error, un inmenso error. Solo puedo decir en mi descargo que los escritores acostumbrados a desarrollar una buena capacidad de empatía. De otra forma nuestros personajes serían títeres. O te pones en la piel de tu personaje e imaginas qué sentirías tú cuando él hace o dice algo, o nunca lograrás que el lector se lo crea. Un personaje sólido solo se logra de esta manera.

¿Qué se siente al mirarle los pechos a una mujer atractiva que camina a nuestro encuentro? Eso mismo me lo planteé mientras caminaba por la avenida que orilla nuestro río, buscando el puente que cruza al otro lado. La pregunta no surgió de la nada. Sencillamente fue un impulso irresistible que se apoderó de mí cuando vislumbré a una poderosa Afrodita caminando a mi encuentro.

Los escritores padecemos con cierta frecuencia de tics o manías que no tienen la menor lógica, de un surrealismo divertido o atroz, según se mire. Es el caso de describir las piernas y el cuerpo de una mujer a la que un personaje está echando un rápido vistazo (aunque le gustaría echárselo más largo la educación más elemental se lo impide). ¿Han probado alguna vez a memorizar y luego describir unas atractivas piernas de mujer que apenas han entrevisto al caminar por la acera.? Prueben. Verán que sí, que les gustaron mucho, que no eran precisamente como un tronco de árbol, que tenían esa forma, esa silueta que les pone cachondos al verlas en la caja tonta. Pero, en realidad, cómo la pintarían si fueran pintores y estuvieran pintando un cuadro. ¿Largas, cortas, ligeramente gordezuelas, muy delgaditas? Lo que permanece es la impresión erótica, esa especie de ahogo que les recorre el cuerpo. Lo demás se archiva en el subconsciente y a otra cosa…buscando otra linda mariposa.

De aquella mujer puedo describir el ahogo que me produjo la visión de sus piernas hasta mitad de los muslos –llevaba una faldita corta- su pelo rubio teñido, su rostro agradable, sensual -¡qué diablos me importa si era ovalado o redondo como la esfera de un reloj! – y sobre todo sus pechos, poderosos, potentes, llamativos, extraordinarios. Fueron sus pechos los que me llevaron a imitar al loco.

Clavé mi mirada en sus pechos, imaginando que la ropa se volatilizaba y sus pezones asomaban, erguidos, valientes. Imaginé la redondez de aquellas dunas y la tersura de su piel… y confieso que me puse cachondo. Ella observó mi mirada y ralentizó el paso, ampliando su sonrisa.

Al pasar a mi lado me echó un buen vistazo, nada tímido, de arriba abajo. Su sonrisa era ahora aprobatoria, invitadora…Al menos eso pensé mientras notaba como un calor extraño tostaba mis mofletes, tal como si mi esposa me hubiera cortado la cabeza, introduciéndola en el horno, con una manzana en la boca, y lo hubiera puesto a 500 grados… Esa fue la imagen que pasó por mi cabeza real, no la metafórica, que continuaba sobre mis hombros, aunque me preguntara retóricamente durante cuánto tiempo, si mi esposa se enteraba de la estupidez que acababa de cometer.

A pesar de ello no pude evitar volver la cabeza. El trasero de la rubia teñida se bamboleaba al viento, como llamando a todo el oleaje del mar. Antes de que pudiera recuperarme ella se volvió, con tal brusquedad, que me pilló “in fraganti”, mis ojos clavados en sus nalgas, como dos garfios. Se detuvo como si meditara en algo, dio la vuelta y se puso a caminar en mi dirección… La sonrisa encantadora, la expresión risueña, los labios humedecidos por la lengua y los ojos sugerentes, la mirada descubriendo un espantoso mundo de lujuria…

Entonces hice algo que me daría serios motivos para reflexionar durante mucho tiempo y que me ayudaría a comprender algunas confesiones surrealistas del loco…Salí corriendo, como alma que a a llevarse una rubia teñida, hacia un infierno de lujuria desatada, donde podría perder a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos, y tondo todo ”yo”, al menos todo el “yo” que había sido a lo largo de mi vida, se perdería para siempre.

Corrí como si me persiguera una jauría de feroces oerros o como si pretendiera batir alguna marca attelética. Fue un milegro que las botellas de tinto no se me deslizaran de las manos, estrellándose contra el suelo.

Al llegar cerca de la plaza de toros, me detuve, jadeante, las manos apoyadas en las rodillas y la boca abierta, buscando unas gotas de oxígeno en alguna parte. Cuando me recuperé lo suficiente, miré hacia atrás… allá, a lo lejos, la rubia había emprendido de nuevo su camino, sus hombros de movían como si se estuviera riendo a carcajadas. Estaba demasiado lejos para oír nada, pero hubiera jurado que así era.

Me había librado por los pelos, aunque no me libraría de que el incidente se fuera transmitiendo, vía cotilleo, hasta Dios sabe dónde. Comprendí la magnitud de la estupidez que había hecho…¿Y todo por imitar al loco, por intentar ponerme en su piel!

Al cabo de muchas entrevistas la confianza adquirida me permitió comentarle el incidente, el loco ni siquiera sonrió, se limitó a decirme:

-El poder de la sugestión es tan fuerte, que si algún día supiéramos del abismo a donde puede conducirnos, hasta las sugestiones más inocentes, el horror se apoderaría de nosotros y nos tragaría.

Me senté en un banco. Me fui calmando y al cabo de un tiempo me carcajeaba sin control, con lágrimas en los ojos. Lo chusco de la escena pudo con cualquier otra consideración sobre sus consecuencias. Sin darme cuenta estaba hablando en voz alta.

-¡Y pensar que tal vez podría haber acostado con la rubia, simplemente por mirar sus pechos como hace el loco! Ja, ja.

La risa balanceaba mi cuerpo histéricamente, incapaz de controlarme. Un grupito de chicos y chicas, apenas recién salidos de la adolescencia, pasaron a mi lado. Se quedaron mirándome asombrados unos segundos. Luego siguieron su camino. Uno de ellos golpeó con el codo al otro, comentando en voz suficientemente alta, para que yo pudiera oírlo:

-¿Has visto? Está completamente majara.

-Majarón perdido –respondió el otro-.

Pronto todo el grupo reía y comentaba sobre aquel loco que se reía solo y hablaba en voz alta. Las chicas volvieron la cabeza, tal vez para quedarse con mi cara, y luego cuchichearon en voz baja.

Me levanté. Caminé rápido. ¡Lo único que me faltaba ahora era que unas jovencitas siguieran, curiosas, mis pasos! El resto del camino, hasta llegar a la casa del loco, lo hice con la cara tan seria como la de Buster Keaton, cara de palo. Ni se me ocurrió volver a hacer ninguna otra tontería. Solo por experimentar lo que sentía el loco.

¿Le habría pasado algo parecido a aquel sujeto? Era una pregunta que pensaba hacerle en cuanto encontrara el momento oportuno… así como muchas otras.

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO I


L LOCO DE CIUDAD-FRÍA/MI PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO I

Cuando llegué a casa mi esposa estaba haciendo la comida. Volvió la cabeza al oír que se abría la puerta… Y allí estaba yo, apoyado en el quicio de la cocina. Le bastó un vistazo para saber: que no me había olvidado del pan; que había contactado con el loco, aunque no me sentía muy satisfecho del encuentro; que estaba dudando entre seguir adelante con la historia o no…y que me había zampado una palmera rellena con crema –esto último lo supo a través del olfato, en cuanto me puse a su espalda, la abracé y la besé en el cuello- seguramente descubrió más cosas, pero no me las dijo y yo no fui capaz de intuirlas.

Comimos en el salón toda la familia, matrimonio e hijos, viendo el telediario, lo que me libró de contestar a más preguntas de mi inquisidora particular respecto al loco. Después me eché la siesta en el sofá y durante toda la tarde tuve que soportar las indirectas de mi mujer sobre el motivo de no aprovechar la tarde para la primera entrevista con mi loco particular.

Tres días aguanté, defendiéndome de las insinuaciones de mi “partenaire” y al tercero, durante la siesta, soñé con el loco, y eso me decidió.

Fue la primera cosa rara (empleando el lenguaje coloquial del loco, que acabaría conociendo muy bien, quien no gustaba de palabras técnicas, ni de términos cultos, a pesar de que sabía utilizarlos muy bien, como pude comprobar) que me sucediera tras mi encuentro con aquel hombre. Luego comenzarían a sucederme extraños acontecimientos, para los que no tengo, de momento, explicación lógica o científica alguna.

EL PRIMER SUEÑO

“El loco me estaba viendo a través de una pantalla de televisión… Oía su voz, que parecía hablarme desde un micrófono situado en alguna parte, fuera de mi vista. Más que hablarme me estaba reprochando algo, tal vez lo que estuviera haciendo en ese momento… Seguidamente me echó una bronca por lo que estaba pensando. No recuerdo de qué se trataba, solo que me sentía muy molesto. Busqué la cámara desde la que el loco me estaba vigilando…La localicé en el techo del salón, en una esquina. Apareció una escalera, por arte de bibirloque… Me subí a ella. Golpeé la cámara con el puño cerrado, una y otra vez…hasta darme cuenta de que en realidad no podía hacer lo que estaba haciendo… porque no tenía manos. Bueno, en realidad sí las tenía… pero no las podía mover, porque alguien me había sujetado los brazos con cables.

Me estaban sometiendo al tercer grado en el polígrafo. No supe cómo había llegado hasta allí. Estaba en un programa de televisión. Me preguntaban si yo apreciaba realmente al loco… Sí, claro, naturalmente… Y el polígrafo dice…que…miente”.

Me desperté sobresaltado. El televisor permanecía encendido, con el volumen muy alto y sintonizado precisamente a un canal generalista. En la pantalla un personajillo de tres al cuarto era sometido al tercer grado del…polígrafo. “Y el polígrafo dice…que miente…y el polígrafo dice…que miente… y…” Aquel hombre mentía más que un sacamuelas vendiendo un crecepelo.

Apagué el televisor y llamé malhumorado a mi esposa. ¡Muy típico de ella amenizarme la siesta de esta manera!, como si tuviera celos de mi facilidad para quedarme dormido hasta de pie.

No me contestó nadie. La casa estaba silenciosa. Habrá ido a la compra, pensé, mientras empezaba a notar un fuerte dolor de cabeza. Miré en las habitaciones de los niños. Estaban vacías. Habrán ido a estudiar a casa de algún amigo. Me dije sin ganas de elucubrar sobre una supuesta tragedia acaecida en el mundo mientras yo soñaba con el loco.

Decidí encerrarme en mi despacho y poner por escrito todos los detalles que recordaba de mi encuentro con el loco. Al acabar cerré mi libreta de notas, guardándola en un cajón del escritorio. Aún seguía sin decidirme a utilizar la historia para mis relatos urbanitas. El personaje es real –reflexioné- lo he visto con mis propios ojos, pero más parece sacado de una narración de un Poe devaluado, que de una calle de nuestra amable ciudad.

Permanecí un rato meditando. Finalmente encendí el portatil, abrí la carpeta de esbozos y eché un vistazo a todo lo que tengo pendiente. En la editorial me han pedido que resucite al detective, protagonista de mi primera novela; publicada por una pequeña editorial y que pasó completamente desapercibida. Una sugerencia de una gran editorial es una orden para un escritor profesional. Aprovechando el tirón del último y prestigioso premio que había caído en mis manos (¡el destino sabe por qué!) querían lanzar una edición popular de toda mi obra. Se distribuiría en quioscos, a un precio muy asequible, y estaría precedida de una campaña publicitaria a bombo y platillo.

Leo asombrado el esbozo que redactara en un momento de extraña debilidad mental. Un depresivo mata con un hacha a su mujer, a sus hijos, a su suegra… y a la vecina del quinto que pasaba por allí. Surrealismo puro y tenebroso. Sin embargo hay una nota remitiéndome a la carpeta de recortes de prensa. Por lo visto esto sucedió realmente…Casi prefiero la historia del loco.

Repaso el esbozo de una saga que estoy terminando de esbozar. La historia de una familia española, desde la guerra civil hasta el 11-M. Un fresco realista, con personajes novelescos, que llegué a conocer o de los que me hablaron mis padres. Me digo que la historia del loco es más divertida. Verlo sumergido en esa estúpida tragedia de las miraditas, en esos gestos de seminarista represivo, es mucho más refrescante que sumergirme en el cainismo más atroz, por muy documentado hasta la extenuación que esté.

Tomo una decisión repentina. Busco en las estanterías, entre libros, discos de vinilo, cedés, cintas de música, de vídeo, cuadernos de notas y un montón de regalos –de la mujer, de los hijos, de los amigos… Hay estatuillas, barcos de vela, ceniceros y cuadritos con frases hirientes para los fumadores.

Al fin doy con la grabadora japonesa, de alta sensibilidad, que me trajo un amigo escritor, tras un viaje alrededor del mundo, América, Oceanía y sudeste asiático. Un día la probé en un parque, comprobando cómo grababa desde el cua-cua de los patos, al otro extremo, hasta las confidencias de dos señoras, que a una distancia más que prudencial, se contaban a la oreja las aventuras y desventuras de sus respectivos en la cama. Tras esta primera prueba la escondí en algún lugar de mi despacho, imaginando que acabaría por olvidarme de ella… y casi lo consigo.

Busqué una cinta en el cajón de las cintas vírgenes, comprobé la batería y la enchufé…Seguía funcionando perfectamente. Hasta se podía oír el raca-raca de mis uñas sobre la pernera del pantalón. Coloqué la grabadora a mano. Me hice con una libretita virgen e inicié una serie de anotaciones sobre las preguntas a las que me interesaba especialmente que respondiera el loco; así como los temas que no debería olvidar mencionar en la primera entrevista.

Cuando terminé los preparativos comprendí que mi subconsciente ya había tomado la decisión hacía mucho tiempo. El consciente ni siquiera se lo había planteado. Me encogí de hombros, aceptando lo irremediable de la situación. Había llegado el momento, para mí muy desagradable, de enfrentarme por primera vez, cara a cara, con el loco. Desde luego no sería aquella tarde. El sueño del polígrafo me había puesto de muy mal humor. Y tal vez tampoco sería mañana. ¡Ya veríamos! Aunque el hecho era que la decisión estaba tomada.