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LA PRINCESITA SARA II


LA PRINCESITA SARA

“Erase una vez un mundo imaginario donde la realidad no tenía otra función que servir de decorado de bambalinas a la vida de sus habitantes. Como toda realidad que se precie aquel mundo también estaba sometido a inmutables leyes físicas, así por ejemplo se podía pisar el suelo sin miedo a hundirse salvo que los ayuntamientos en un despiste disculpable hubieran dejado algún socavón sin señalizar. Las paredes así mismo eran impenetrables aún cuando algunos de sus habitantes más imaginativos chocaban con ellas al intentar atravesarlas en un momento de desbordantes fantasía percibiendo espacios abiertos allí donde los demás solo ven un espacio bien delimitado por piedras y ladrillos. Aparte de estas y algunas otras leyes físicas inmutables, este mundo se plegaba con dulzura a la imaginación de sus habitantes.

La princesita Sara nació en este mundo donde el sol pedía permiso para despertar a sus dormilones habitantes, donde la luna enseñaba su redonda carita a cualquier hora del día para que cada habitante pudiera tener su noche cuando él quisiera sin necesidad de utilizar trucos tales como encender las luces de neón en pleno día. Nació en un mundo donde los árboles crecían en cualquier sitio con la condición de que alguien invocase su presencia, surgían en medio de las habitaciones, rompían techos y permanecían en el centro de las casas con sus ramas repletas de pequeños y hermosísimos pajarillos cantores; horadaban el asfalto de las calles y los coches rodeaban sus troncos saludándoles alegremente con sus cláxones. En este mundo los niños se dedicaban a la política y los adultos jugaban en los parques, subiéndose a los columpios y peleándose por un quítame allá esa paja. Las miradas eran tan limpias que las niñas podían hacer pis en las esquinas con las faldas levantadas mientras seguían cantando el corro de la patata, ningún niño se acercaba para reírse de ellas, despreocupados seguían jugando como si tal cosa.

Nació en un mundo donde a lo largo de su historia la sangre siempre circuló mansamente por las venas de sus habitantes sin que en momento alguno hubiera empapado la tierra ni derramada por las calles. Era un mundo bello donde todos reían por las calles sin avergonzarse por ello ni mirar de reojo por si molestaban a alguien y cuando alguno de sus habitantes sentía ganas de llorar no se escondía en esquinas solitarias para hacerlo, se limitaba a interrumpir su risa para llorar mientras los demás que le veían seguían riéndose hasta que conseguían contagiarle de nuevo. El cielo era azul los días alegres y gris los días tristes. Si alguien necesitaba contemplar el azul del cielo utilizaba sus ojos límpidos para taladrar las nubes y empaparse de azul, si deseaba el color gris de la melancolía pintaba nubes en el cielo hasta oscurecer el sol. Nadie se ocultaba de nadie y todos caminaban por las calles dejando que sus ojos miraran a donde quisieran sin miedo a tropezarse con una persona no deseada. Los que se caían mal procuraban encontrarse de vez en cuando para invitarse a comer. Se compartían los alimentos sin miedo a que los huéspedes pudieran pasar hambre al día siguiente porque seguro que recibirían alguna invitación solo con salir de casa. Los acreedores procuraban no utilizar la usura ni la amenaza con sus deudores por miedo a la sentencia implacable de sus propios hijos.

Los niños un día habían hecho la revolución y ahora ocupaban los estamentos del poder, el parlamento, las judicaturas, el ejército, etc., mientras los papás se dedicaban a sus extrañas y divertidas actividades. Todos los niños procuraba ser buenos porque a las primeras de cambio recibían unos azotitos en el culo. Las campañas electorales eran ruidosas, llenas de risas y juegos donde todos los niños procuraban ir bien vestidos con sus mejores trajecitos, peinados con mimo por sus mamás y lavados y restregados hasta la extenuación para que sus caritas relucieran al sol. Al encontrarse por las calles se miraban unos a otros y se encontraban guapísimos, se estrechaban las manos y caminaban juntos a la busca de mítines. En una esquina un candidato a Presidente intentaba en vano hacer un juego de magia, los espectadores se burlaban del candidato que acababa llorando y suplicando le votaran porque el mando de un país es mucho más fácil, con seguridad lo haría mejor que el juego de manos que intentaba una y otra vez sin éxito.

Como todos los bebés la Sara nació a la vida llorando pero pronto fue calmada con un chupete que quitó de su boca al ver tanta gente a su alrededor y saludó a la vida diciendo: Gu…Gu… Saludar a todo el mundo era lo que más le gustaba, al levantarse nunca se olvidaba de una palabra cariñosa para cada una de sus cincuenta muñequitos de peluche. Conforme fue creciendo y comenzó a salir a la calle –se escapaba cuantas veces podía, en una ocasión salió con el orinal de plástico en la cabeza como un sombrero- recogía cuantos animalitos encontraba, se empeñaba en llevárselos a casa para cuidarlos y si se le negaba este deseo lloraba desconsoladamente sobre la dulce cabecita del animalillo.

Un día que se cortó con un cuchillo comprobó que su sangre era roja como la de todo el mundo pero como había oído hablar de la sangre azul de las princesitas decidió pintársela y a punto estuvo de desangrarse para cambiar su color con la pintura que su madre compró para pintar su habitación.

Amaba la música porque podía cantar lindas canciones con su hermosa vocecita que encandilaba a los gorriones. Pero más que nada amaba la vida en sí misma, nunca se detenía a mirar las cosas malas, su rostro estaba siempre alegre y sonriente.
Aprender a gatear fue una hermosa experiencia, descubrió mundos que los adultos jamas imaginaron. Imitar sonidos atrajo sobre ella el amor de todos que la colmaron de mimos y caricias. En su casa era la princesita y pronto sería conocida por tal en todas partes in que a nadie le pareciese mal. Era tan alegre, simpática y dicharachera que todo el mundo la quería; caminaba por las calles saludando a perritos, gatitos y toda clase de animales que encontraba a su paso.

Amaba la belleza porque ésta hacía cosquillas a su alma y amaba la fealdad porque todo tenía siempre sentido. Amaba la risa y la sonrisa pero no le avergonzaba el llanto cuando se pinchaba con las espinas al intentar recoger las rosas de su jardín. Nunca despreciaría la vida porque era el mejor regalo que nunca recibiera.

Creció como una sólida planta, se hizo arbolito, árbol gigantesco de cuya copa brotaban hermosas rosas multicolores. Su mirada se clavaba en el cielo aguardando la lluvia, esperando el sol, contemplando la nube, jugando con la nieve, contando las estrellas, taladrando el horizonte.

Nació en un mundo donde la envidia servía para abonar los campos. Las cosechas siempre llegaban a todas las bocas y las hambres del alma nunca se satisfacían. Como princesita tenía el privilegio de amar a todo el mundo sin que nadie se sintiera ofendido. Nunca llegó a reina porque odiaba la corona sobre su cabecita, pero dejó que su sangre pintada de azul inundara los ríos y los mares para que todos la bebieran y se transformaran en príncipes azules si no estaban conformes con el color de su sangre..

Antes de que el fin de los tiempos llegara decidió que su mente almacenara todas las bellezas de su mundo. Se hizo pintora y cada día se la veía en un sitio distinto con su pequeño caballete de madera y su hermoso estuche repleto de pinturas y pinceles, un regalo de los Reyes Magos en una desapacible noche del invierno pasado. En el parque pintaba los columpios de madera o los caballitos o a un niño riendo al bajar por un tobogán. Todos sus personajes exhibían una gran sonrisa de oreja a oreja tenían los ojos grandes y alegres y vestían ropas de gran colorido.

En cualquier rinconcito de la alegre ciudad podía contemplarse a una preciosa niña de largas coletas recogidas con una cintita azul de terciopelo que observaba con seria atención todo su entorno para inclinarse seguidamente sobre la lámina bien sujeta al caballete. Cada noche reunía las láminas, las numeraba, fechaba y guardaba en una hermosa carpeta de cuero, en cuya tapa se apreciaba un gran escudo nobiliario. Era también un regalo de Reyes Magos aunque éstos nunca le dijeron que lo habían conseguido en unos grandes almacenes de todo a sonrisa la pieza.

-Bueno, bueno, con esto tenemos bastante –interrumpió empollón ansioso por despachar el cargo de princesita y centrarse de una vez en el de presidente que era lo que más le interesaba.

-Es el cuento más bonito que he oído nunca –dijo la amiga de Sara- ya quisiera que mi papá me escribiera algo tan bonito.

-Bueno, si su papá escribe tan bien, nos podría escribir el himno de este país. ¿Se lo pedirás?

Sara inclinó la cabecita asintiendo, estaba muy orgullosa de su papá pero le costaba hablar de ello, su timidez la convertía en una niña silenciosa pero si hubiera sido capaz de expresar todo lo que tenía dentro de su cabecita les hubiera dejado asombrados a todos.

-Ahora –dijo empollón- comencemos con las votaciones para presidente. Propongo mi candidatura. ¿Alguno mas?

Dijo esto con voz tan poderosa y retumbante que nadie se atrevió a oponerse, tal vez el hecho de que no supieran qué era aquella palabra tan rara influyera en ello. Se produjo la votación a mano alzada, las manos se fueron elevando poco a poco, unas por inercia y otras deseosas de terminar las prolegómenos y comenzar el juego.

-Ahora propongo que juguemos a la guerra- dijo un niño muy conocido por su afición a la batalla con piedras, su cara llena de moretones así lo atestiguaba.

-De acuerdo –empollón que ya había conseguido lo que se había propuesto desde el principio pensó que una distracción no le vendría mal, no fuera que alguien empezara a cuestionar su liderato.-

-Pero es el jefe quien declara la guerra –propuso el niño de la guerra- así que la Princesita Sara debe decirnos que estamos en guerra.

-Eso está bien, pero contra quién se hace la guerra, no puede existir si no tenemos enemigos- dijo el niño melenas con recochineo y todos se echaron a reír.

-Está bien –pidió calma empollón- primero que la Princesita Sara se ponga aquí de pie delante de todos y declare la guerra. Necesitamos voluntarios para ser el enemigo.

Princesita Sara fue empujada hasta donde se encontraba empollón que se había subido sobre una caja vacía que se había utilizado para almacenar fruta. Mientras tanto el melenas se pone de pie y dice:

-Yo seré el general enemigo. Quien no sea un cobardica que me siga.

Sale del grupo portando un pañuelo blanco clavado en un palo y se va alejando de la reunión en dirección hacia un grupo de mustios árboles. Mueve la bandera en el aire reclamando voluntarios. Algunos niños se han levantado dubitativos y le siguen mirando hacia atrás meditando si su decisión habrá sido la buena. Una niña cuya simpatía hacia melenas nunca ha confesado ni siquiera a sí misma se levanta y empieza a caminar pero al ser consciente de que va a exhibir públicamente sus sentimientos más íntimos se vuelve a sentar.

La princesita se encoge tímidamente incapaz de dar ninguna orden pero ante el resentido empujón de empollón se revuelve con los morritos muy juntos como si fuera a echarse a llorar y grita:

-No me gusta la guerra. No quiero declarar ninguna guerra. Me voy.

Se aleja corriendo y todos se quedan mirando interrogativos a empollón.

-Está bien, a falta de princesita, el presidente es el que manda. Declaro la guerra al país enemigo. No le hemos puesto nombre así que le llamaremos el país de la bandera blanca. Todos en pie y a prepararse, coged piedras y llenaos los bolsillos.
-¿Y las niñas? –pregunta la niña repipi que perdido todo protagonismo no quiere que se olviden de ella.

-Las niñas que se remanguen las faldas y las llenen de piedras, serán nuestro transporte de municiones. Te nombro sargento de transportes- dice empollón y toca en un hombro a la niña con un palito del que se ha provisto como bastón de mando.

-Gracias, gracias – la niña no puede resistir su alegría y besa a empollón en la boca. Este escupe con repugnancia y todos se ríen alborozados.

La guerra comenzó de la misma forma que se inician todas, una piedra perdida que golpea a alguien, o tal vez un insulto o un reto no desoído. El caso es que pronto una lluvia de piedras, pequeñas, grandes, de todos los tamaños, vuelan en una y otra dirección. Ambos bandos se refugian donde pueden y ocupados en esconderse abandonan por un momento el ataque. La algarabía disminuye lo suficiente para que comience a oírse el llanto desconsolado de un niño, que tumbado sobre la hierba tiene las manos en la cabeza de donde sangra como un cerdito. Empollón ordena el cese de las hostilidades y se acerca a examinar al herido. La herida es tan aparatosa y el aspecto de las ropas, empapadas en sangre, tan lastimoso que asustado por las consecuencias sale corriendo sin esperar a nadie, ni siquiera a la niñita repipi que corre detrás de él sin poder alcanzarle llamándole a grandes voces para que le espere.

El resto se va acercando y la mayoría sigue el ejemplo de Empollón. , solo el hippie y otro tienen la sangre fría de colocarle un pañuelo sucio sobre la herida y ayudarle a ponerse en pie. El herido es conducido a su casa y la reunión termina por aquella tarde.

El solar queda silencioso. La ciudad, allá al fondo sigue su ajetreado ritmo, en el que cada habitante participa según su propio humor, hay quienes pierden el culo por conseguir más y más dinero, otros prefieren sentarse en una terraza y contemplar cómo la gente se afana como hormiguitas individuales trabajando cada una para su casita de papel; los niños prefieren perder el tiempo viendo la televisión y si no les dejan sollozan clamando que se aburren hasta que aburren a sus padres. En las casas de nuestros amigos todo ha vuelto a su ritmo normal, cada uno de ellos se ha metido la imaginación en el bolsillo y se comportan como un niño de este tiempo debe comportarse. Mañana volverán al solar el único lugar del mundo en el que pueden sacar la imaginación del bolsillo y dejarla que corretee entre los escombros. No todos podrán asistir a esa cita tácita, habrá quienes tengan que quedarse en casa, castigados, quejándose de que se aburren hasta que les dejen ver la televisión.

FIN

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LA PRINCESITA SARA I


 

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NOTA/ De vez en cuando encuentro algún relato o serie de relatos que tengo perdido por ahí, en alguna parte del ordenador. En este caso se trata de una serie iniciada hace ya muchos años y en la que convertí en personaje a mi hija Sara, entonces una niña. Casualidades de la vida, el primer juego con el que decide entretenerse esta simpática pandilla de niños es el de la independencia, ahora tan de moda. Creo que será muy interesante ver qué piensan los niños de los juegos de adultos.

NARRATIVA.- Relato con niños aunque no creo que sea estrictamente infantil. Ni el estilo ni el tema es muy propio de un cuento para niños. Relato independiente de una serie en la que utilizo como personaje a mi hija Sara que es simplemente el catalizador de situaciones que permiten al autor analizar desde el punto de vista de un niño todos los temas y situaciones conflictivos en nuestra sociedad.

LA PRINCESITA SARA

El día que da comienzo a esta historia, elegido al azar en un tiempo y un espacio ficticios, encontramos a nuestros pequeños protagonistas en un campo pelado, salpicado con matojos de hierba seca, sucio de escombros y montones de basura donde acostumbran a reunirse todas las tardes al salir del colegio, los que van, los otros, los más, suelen estar esperándoles cansados de dar vueltas por el barrio a la busca de alguna nueva sensación. El narrador es consciente de lo extraño que resulta situar a unos niños en otro lugar que no sea pegados a la televisión como mejillones adheridos a las rocas de la costa, pero esto no les sorprendería si supieran lo mucho que el narrador odia esa realidad cotidiana manipulada por las grandes empresas del ocio infantil y lo mucho que ama esa facultad perdida en estos duros tiempos y que tan feliz le hizo en su infancia: la imaginación.

A la caída de la tarde, cuando el calor va declinando, se reúnen en ese lugar solitario descrito con tan solo dos pinceladas, no se necesitan más en la paleta para pintar un entorno tan sucio y gris. Ciertamente sería inútil buscar el lugar elegido en cualquier mapa que no esté dibujado en la imaginación del lector. Los protagonistas de esta modesta historia son los niños de un barrio suburbial de cualquiera de nuestras ciudades, niños un tanto especiales a los que gusta inventar juegos en los que la violencia no tenga mucha razón de ser a pesar de que cualquiera que se acerque un momento por allí podrá mascarla en el ambiente, de hecho alguna vez se dejan contaminar por ella. Puede que el narrador sea un ingenuo al pensar que semejante historia pueda estar sucediendo en alguna de nuestras ciudades pero en su condición de niño grande le gustaría que fuera disculpado por este alarde de imaginación.

* * *

Entre los habituales a estas reuniones destaca un niño gordito, de cara llena como una hogaza de pan blanco, piernas cortas, flequillo abundante sempiternamente caído sobre sus redondas gafitas metálicas. Todos le llamaban “Empollón” porque las cosas no le van mal en el cole, algo tan infrecuente que sus colegas no saben si asombrarse o echarse a llorar por su mala suerte. Suele vérsele siempre en compañía de una niña repipi, delgadita, muy aseada y con expresión casi amorosa en unos ojitos medio bizcos que intentan tener siempre a “Empollón” en su campo de visión.

Cuando “Empollón” llega seguido muy de cerca por “Niña Repipi” se les acerca un grupo de niños de diversas edades y caras aburridas que se saludan con simpatía. Enseguida interrogan a gafitas por el juego que se le había ocurrido para hoy. Este, ante la sorpresa de todos, dice que está cansado de ver todos los días en la televisión las mismas historias de países, fronteras, guerras por la independencia y todas esas tonterías incomprensibles que le ponen de mal humor. Así que ha decidido inventarse un juego al que llamarán el juego de la independencia, de esta forma espera que todos lo pasen bien mientras intenta comprender los extraños comportamientos de los adultos.

PRINCESITASARA

EL JUEGO DE LA INDEPENDENCIA

Uno de los niños presentes pregunta ingenuamente por qué los países se declaran independientes. Entonces todos ponen caras serias, de pensar, alguno hasta se chupa disimuladamente un dedo y finalmente una niña que tiene fama de lista porque sabe muchas cosas raras, levanta la mano y dice:

-Creo que es porque hablan lenguas distintas.

-Claro, dice otro, si no hablan la misma lengua no se pueden entender y es mejor que formen un nuevo país.

-Cierto, dice un tercero, pero nosotros hablamos igual y nos entendemos de maravilla. No sé cómo vamos a jugar a ese juego.

Se hizo un gran silencio y todos comenzaron a discurrir cómo harían para comenzar el juego. “Empollón” toma la palabra y propone la creación de una nueva lengua, se modificará ligeramente la vocal “a” que se pronunciaría ligeramente oscurecida como intentando parecerse a una “o” y lo mismo con otras vocales y consonantes; claro que sin abusar porque a algunos niños les resulta muy difícil pronunciar esas modificaciones y ponen caras muy raras que dan risa, de esta manera descartan las modificaciones más peliagudas de pronunciar y se aprueba la nueva lengua por unanimidad batiendo palmas de contento.

El jolgorio dura un buen rato pero va decayendo hasta que todos quedan silenciosos como preguntándose ” y ahora qué”. “Empollón” toma la palabra de nuevo y dice que siente aguarles la fiesta pero pensando en ello se acaba de dar cuenta de que algunos países tienen la misma lengua y sin embargo son independientes unos de otros. La “Niña Repipi” que no se ha despegado de él en todo el rato intenta ayudarle con una frase que ha oído no sabe dónde.

-A veces los países se declaran independientes por motivos económicos.

-¿Qué es eso?- preguntan a coro un numeroso grupo de oyentes.

-Quiere decir que si tú por ejemplo, Luisito, tuvieras el bolso lleno de canicas –que no lo tienes porque ayer te las gané casi todas- y te vieras obligado a repartirlas con Juanito, que nunca tiene ninguna, por la tonta razón de que formáis un solo país, supongo que a ti te interesaría declararte independiente- “Empollón” se había visto obligado a intervenir para sacar del apuro a su amiga que hubiera sido incapaz de explicar la frase que acababa de repetir como un lorito.

-Ya lo creo –dijo Luisito que dio la vuelta a sus bolsillos para contar las canicas que le quedaban. Todos se rieron alborotando alegres, deseosos de que el juego tuviera más momentos de humor y alegría que de desconcierto y bronca.

-Pero ¿qué tenemos nosotros? –dijo un niño modosito que casi nunca decía nada pero a quien este juego empezaba a interesar tanto que se vio obligado a cerrar la boca, abierta durante toda la charla, para poder hablar una vez que se apercibió que con ella abierta no salen las palabras. ¡Qué curioso!, pensó, nunca lo hubiera creído.

-Nosotros podemos tener lo que queramos –dijo un niño fuertote con fama de matoncito y perdonavidas- por ejemplo aquella colina que veis allí donde dicen que hay mucho wilfrimio.

-¿Qué es eso?- preguntaron todos a coro.

-No lo sé –contestó matón- pero eso he oído comentar a unos amigos. Con el mineral que hay debajo de ella se podría comprar el mundo.

-No te creo –dijo un niño al que todos apodaban “El amargado” – si fuera así los adultos ya habrían destripado la colina hace tiempo, lo hacen con todo lo que puede darles dinero, pronto acabaran con los animales, los bosques, la naturaleza, con todo- no pudo contener la emoción y se echo a llorar amargamente, algunos niños cercanos tuvieron que consolarle-.

Cuando se hizo la calma “Empollón” quiso hacerse con las riendas del juego que parecía a punto de terminar de mala manera. Quiso dejar fuera de combate a “Amargado” por el que sentía una gran antipatía, la palabra odio no entraba en su vocabulario, sino la habría empleado.

-Ya, pero da la casualidad que ahora todos los adultos están muy ocupados con un juego que llaman “sexo”, listillo.

Se produjo un silencio embarazoso porque todos tenían un mal concepto de ese “sexo” del que antes oían hablar muy poco pero desde que en la televisión salía un programa en el que los adultos salían desnudos, todo había cambiado, ahora se pasaban el día riéndose en voz alta de cosas que nadie entendía y esperando el programa que echaban muy tarde, a las dos de la noche les habían dicho sus papás al llevarles a la cama a las nueve. El silencio se rompió cuando una niña que se las daba de sabirilonda a pesar de que lo ignoraba casi todo decidió intervenir para que se fijaran en ella.

-Yo sé qué es eso –dijo entusiasmada- sirve para traer niños al mundo. Me lo dijo una vez mi papá que estaba despistado pensando en sus cosas y no debió darse cuenta de lo que preguntaba.

“Empollón” estaba cogiendo miedo a que el protagonismo se le fuera de entre las manos como el puñado de sucia arena con el que estaba jugando desde hacía un rato.

-Si seguimos así no acabaremos nunca. Ya tenemos lengua, si nos apoderamos de la colina tendremos economía.

-¿Cómo lo hacemos?- dijo “Modosito”.

-¿Hacer qué?- contestó “Empollón” que no había entendido la pregunta reflexionando sobre manera de ponerles a todos en marcha.

-Apoderarnos de la colina – “Modosito” estaba de pie deseoso de acción, los demás llevaban un rato sentados, un tanto aburridos del nuevo juego.

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-Muy bien, chaval, ya que estás de pie, haz una bandera y plántala encima de la colina. Ahora ya tenemos bandera, otra cosa que se nos olvidaba- dijo “Empollón” dispuesto a empezar de una vez el juego.

-¿Cómo lo hago?- preguntó modosito.

-Muy fácil, pareces tonto, coge un palo, busca un trapo viejo por ahí, lo atas al palo con una cuerda y ya está.

-¿Puedo acompañarle? –preguntó una niña bajita que estaba por los huesos de “Modosito” pero a la que éste no hacía ningún caso, ella no estaba segura si por despiste o porque era más tímido que una patata, siempre parecía estar escondido bajo tierra.

-Claro – contestó “Empollón” hinchado como un globo ahora que nadie parecía contradecir su liderazgo -¿qué más nos falta? – preguntó dirigiéndose a los demás mientras “Modosito” y su novia corrían por el campo en busca de la bandera.

-Nos falta la cultura, colegas –era un niño sentado en la última fila del corro que se había formado alrededor de “Empollón”, tenía fama de estrambótico por su vestimenta y por haberse puesto un pendiente en la oreja izquierda.

-¿Y qué es eso, si puede saberse?, payaso – respondió “Empollón” encolerizado y muy herido en su orgullo.

-Colegas, la cultura es algo muy raro que sirve para que todos los países puedan decir: “Tenemos una cultura de siglos que mola mogollón, así nadie nos puede llamar advenedizos”. Colegas, si tenemos cultura tendremos prestigio internacional y las diplomacias nos reconocerán en menos que me pongo este tatuaje –había sacado una pegatina y la estaba humedeciendo con saliva, luego se la puso en el brazo izquierdo y la alisó con la palma de la mano.

Nadie conocía palabras como “advenedizo”, “prestigio”, “diplomacia” y suponían que tampoco él, aunque como era un niño tan raro y estrambótico se podía esperar cualquier cosa, hasta que fuera listo. Algunos niños asombrados por el lenguaje utilizado por “Estrambótico” empezaron a repetir en voz alta mientras daban un codazo al que tenían a su lado: “Colega, mola mogollón”. Todos terminaron riéndose a carcajadas hasta que “Empollón” consiguió imponer de nuevo el orden.

-Muy bien, necesitamos cultura –dijo cansinamente- pero ¿cómo la hacemos?

La “Niña Repipi” que sentada al lado de “Empollón”, el único que permanecía de pie, se comportaba ya como si fuera su pareja oficial, título que había adquirido tan subrepticiamente que nadie se había dado cuenta, intervino par sugerir:

-¿No será eso de los libros, la música y todas esas cosas aburridas? Mis papás a veces me dicen, cuando salen de casa con su mejor ropa y bostezando: “niña, vamos a un concierto, hoy día si no tienes un poco de cultura no eres nadie; cuando seas adulta te verás obligada a culturizarte, ahora puedes seguir viendo la televisión un ratito antes de irte a la cama”.

-Eso, eso –dijo un niño que estaba ojeando un cómic como con miedo a que se lo vieran- un día mi mamá me dijo: “Niño, deja ya de adquirir cultura y vete a jugar, ya tendrás tiempo de mayor cuando tengas que buscar trabajo y necesites rellanar impresos”. Creo que cultura es escribir libros o ir a conciertos, cosas así.

-Bien –dijo “Empollón”- veo que a ti te gustan los libros, aprovechando eso te vas a tu casa, coges un cuaderno y escribes un cuento. Serás nuestro primer escritor, y procura utilizar la nueva lengua que hemos inventado, sino no vale.

-¿Cómo lo hago? –preguntó el niño exhibiendo ahora su cómic a los cuatro puntos cardinales sin ningún temor.

-Pues muy fácil, cuando vayas a escribir la “A”, escribes “ao” que es como se pronuncia ahora, y así con todas las letras.

Daba gusto verle caminando hacia su casa por el pasillo que, respetuosos y admirados, le hicieron los otros niños, iba exhibiendo su cómic con un orgullo que hinchaba sus carrillos.

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-Colegas –dijo el niño estrambótico cuando la audiencia recuperó la atención luego que el niño-comic se perdiera en el horizonte camino de su casa –tengo una guitarra con la que podría hacer un par de canciones.

-Claro –exclamaron todos- sin himno no hay país.

-Quedas nombrado músico –dijo “Empollón”- y vas a componer el himno oficial de este país. Por cierto, tanto hablar de independencia y aún no le hemos puesto nombre al nuevo país.

Todos sugirieron alguno, desde los más pomposos a los más prácticos, pasando por los humorísticos, los onomatopéyicos y personales tales como país de Luis, etc.

-¿Qué os parece “El país sin fronteras”? –dijo entusiasmada una niña a la que nadie hacía caso porque tenía fama de tonta.

-Calla tonta –respondió inmediatamente la “Niña Repipi”- si no tiene fronteras ¿cómo va a ser un país?, no podemos declararnos independientes sin trazar unas fronteras.

Finalmente después de muchas discusiones lo terminaron llamando el país de “Nunca Jamás”, expresión que todos recordaban haber oído en algún cuento infantil. Ninguno era consciente de su significativa rotundidad, pero sonaba tan bien que fue adoptado sin oposición. Entonces vieron volver a “Modosito” y su novia que traían un largo palo seco del que colgaba un trapo sucio y roto, de un color indefinido. Fueron recibidos con vítores que duraron largo tiempo, éstos amainaron y “Empollón” comentó que un país con bandera necesita un jefe, un rey o algo por el estilo y un Presidente que es el que más manda. Recalcaba esto pensando que nadie se opondría a su elección como Presidente, si salía otro competidor se le podría nombrar jefe o lo que fuera.

Propuso una votación para elegir al jefe que no manda, dando a entender que a él no le interesaba para nada que le nombraran para el cargo, si alguien lo hacía se enfadaría mucho. Todos permanecieron en silencio, pensativos, hasta que una niña se levantó y propuso a Sara como princesita del país de “Nunca Jamás”. En el cole todos la llamaban así porque su papá la había escrito un cuento titulado “La princesita Sara” que ella llevaba siempre sobre su pecho debajo de su vestidito. Sara era una niña tímida, poco habladora y tan dulce que en el cole todos querían jugar con ella, aunque cuando proponía sus juegos, tan imaginativos, acababan por abandonarla porque preferían los viejos juegos que todos conocían. La imaginación de Sara generaba en ellos un sentimiento extraño, algo así como un miedo ancestral a la noche existente más allá del fuego prendido en la cueva. En sus cabecitas la palabra imaginación iba unida a monstruos innombrables y pesadillas nocturnas.

“Empollón” preguntó a la niña qué razones tenía para proponer este nombramiento y qué méritos alegaba para que los demás votaran a aquella niña que pocos conocían, no hacía mucho que se había instalado en el barrio. La niña dijo que las princesitas eran jefas de países y sin embargo no mandaban nada, era una buena razón, en cuanto a los méritos Sara, podía leer el cuento que le había escrito su papá y de esta manera cada uno juzgaría de sus méritos.

La niña llamada Sara se puso muy colorada, se sentía avergonzada del rumbo que iban tomando las cosas pero no le quedó otro remedio que desabrocharse un botón del vestido y sacar un papel muy doblado, viejo y arrugado que alisó con mucho miramiento y se dispuso a leerlo con la cabecita muy baja, la barbilla pegada al pecho. “Empollón” la autorizó a que comenzara la lectura y la niña que la había propuesto como princesita la dio un empollón cariñoso y volvió a sentarse en su sitio.

Sara comenzó a leer el cuento, balbuciente de timidez, aunque poco a poco se fue reponiendo y aunque a veces se cortaba por haberse pasado de línea acabo por leerlo con gran seguridad y emoción. El cuento decía así: