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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS II


diario personal 4

DIARIO DEL AUTOR

Me parece increíble que yo pudiera escribir algo tan ñoño. No encaja con mi forma de ser ni tampoco con mi habitual manera de hilvanar palabras. ¿Cuándo lo hice? Ni idea. Nunca he fechado mis escritos, creo que por miedo a sentir el paso del tiempo. Ese ritual supersticioso no me sirvió de nada, porque aquí estoy. Han pasado tantos años que el niño que fui bien pudo ser mi abuelo o un personaje de novela.

PRESENTE

Estoy sentado otra vez en el mismo banco. Lo he elegido como “mi banco”, y parece que el resto de huéspedes lo respetan de manera inconsciente o tal vez por miedo. Creo que tengo fama de “peligroso” porque mis estallidos de cólera son cada vez más frecuentes e impredecibles. Bien pudiera tratarse de mi “lugar de poder” como leí alguna vez en los libros de Castaneda. Si mañana estoy de humor, repasaré mis notas sobre el tema. Un lugar o sitio de poder era, según don Juan, el chamán que enseñaba a Castaneda, un lugar a nosotros reservado, que el poder había reservado para nosotros y donde nuestras energías armonizaban con las del entorno.

¿He hablado ya de mi diagnóstico como enfermo de Alzheimer? Creo que sí, aunque no me apetece volver al principio y releer lo escrito.  Aparte de estos pequeños “lapsus” de memoria, sin la menor importancia, no me siento distinto.

¿Fue ayer cuando una abuelita sarmentosa se sentó conmigo en este banco y me propuso relaciones sexuales? Tal vez ocurriera hace unos meses. Mi memoria a corto plazo no es lo que era y eso sí lo llevo notando de un año a esta parte. No recuerdo su nombre, tampoco tiene la menor importancia. No me he parado a calcular el tanto por ciento de huéspedes para quienes el sexo sigue teniendo alguna importancia, a quienes aún hace cosquillas en alguna parte, no sabría decir en cuál. Perder el tiempo en esas tonterías me haría sentir muy mal, ahora que dispongo de tan poco. Lo cierto es que si me dejara llevar por ciertas impresiones, en determinados días, yo diría que hay un tanto por ciento elevado de residentes  que siguen manteniendo relaciones sexuales o al menos hablan de sexo, que no es lo mismo, aunque a estas edades no creo que la diferencia sea mucha. En otros tiempos me hubiera parecido impensable que viejos decrépitos como nosotros podamos encontrar aún algún aliciente en lo que yo mismo llegué a considerar el placer número uno de la vida.

La conducta de estos residentes me resultaría hasta divertida si no fuera por su estridencia caótica y desagradable. Se comportan como jovenzuelos salidos, siempre a la búsqueda de una ocasión para “ligar” o seducir. Hablan de follar como adolescentes reprimidos y su lenguaje es tan grosero, tan chabacano, que a veces siento el impulso irresistible de ponerme colorado. No siempre lo consigo, a veces me puede una risita cínica y desagradable.

Creo recordar que estaba escribiendo algo, cualquier cosa, sugestionándome de esta avanzando en esta obra inacabable. La abuelita puso su mano sobre mi muslo y con voz de corneja desplumada me preguntó, con un candor tan ficticio que estuve a punto de carcajearme, si mi “pajarito” aún funcionaba. Debí responderle algo desagradable, pero ella no se inmutó. Quería saber si esta noche estaba disponible para “echar un buen polvo”, tal vez dos o más si “mi arrugada polla” daba para tanto. Hasta había logrado que su compañera de cuarto aceptara dormir en mi cama, al lado de una especie de zombi roncador que me han puesto como compañero. Solo esperaba de mí que dijera sí, o que asintiera con la cabeza, si era tan idiota como para no poder articular una palabra tan sencilla. Esa noche buscaría el orgasmo entre sus muslos sarmentosos. ¿Podía existir un plan mejor?

Un “polvo” siempre es un “polvo”, aquí y en Katmandú, y si no tienes una chica joven y dispuesta, mejor una abuela libidinosa y promiscua que nada. No obstante no pude con la imaginación que se empeñó en representar para mí toda clase de escenas, más propias de un infierno de Dante para viejos, que de un coito más o menos desagradable, y con toda la sensibilidad y discreción de que fui capaz respondí que no, que gracias, pero no. Ella se lo tomó muy mal. Me puso a caer de un burro en unos insufribles y angustiosos minutos. Puede que mi control emocional no funcionara tan bien como yo creí. Tal vez me pasara en mi respuesta, que no fuera tan sensible y discreta como yo recordara. La pobre mujer tiene fama de estar como un cencerro. Aún así se pasó varios pueblos conmigo. Hasta llegó a decirme que si hubiera sido Bea quien me lo propusiera, no habría dudado en afilar mi lapicerito en su carne juvenil, en dejarlo entrar en aquel “afilalápices” con dientes y garras. Supongo que esto lo dijo porque la pobre chica tiene fama de estrecha, de gazmoña, de reprimida y de “espanta-hombres”. Yo no me haría el estrecho con ella, no, todo el mundo sabía que yo me pasaba las horas muertas persiguiendo a la jovencita, diciéndole toda clase de barbaridades y grosería.

No dejé de admitir que al menos aquello que me estaba diciendo la sarmentosa abuelita, era cierto. No recuerdo bien, es posible que fuera hace unos meses cuando Bea se sentó una tarde a mi lado, en este banco, y se puso a charlar conmigo con su sonrisita agradable enmarcada en aquel precioso rostro. Deseaba saber qué era lo que estaba escribiendo y si aún podía manejarme con el portátil y por qué no estaba con el resto, viendo la película y cómo era que un hombre tan culto había terminado allí. Si no tenía familia, porque desde que ella comenzara a trabajar en la residencia nunca me había visto con visita alguna. Era como una metralleta disparando, solo que en lugar de balas disparaba preguntas amables. De haber sido otra la habría mandado a la mierda. No sería la primera vez. Sin embargo aquella chica me gustaba. Me gustaba su rostro de dulce virgen, de doncella ingenua y romántica. Me gustaba su amabilidad conmigo, su sensibilidad para con un viejo decrépito… y sobre todo me gustaba su cuerpo, bien formado, joven, sensual, con las curvas en su punto, como a mí me han gustado siempre. Imaginarla desnuda y entre mis brazos alegraba mis días. Esa era la verdad y no podía negarla  ni siquiera a aquella viejecita. Por eso me limité a permanecer en silencio.

Después de aquella primera conversación hubo otras muchas. Parecía sentirse a gusto conmigo. Tal vez fuera porque sus compañeras, verdaderas arpías, no dejaban de tomarle el pelo o de aprovecharse cuanto podían, obligándola a hacer parte de sus trabajos o a cambiarles el turno cuando les venía bien. Bea era una contratada temporal y no estaban los tiempos para hacerse la digna. Tal vez fuera esta la razón de su conducta sumisa e indigna, o quizás fuera algo propio de su carácter tímido y apocado. También huía de sus compañeros, porque se creían con todo el derecho del mundo a buscar en ella el “polvo” que otras les negaban. Los residentes masculinos no se cortaban a la hora de piropearla con toda clase de obscenidades. Los que no lo hacían era porque ya estaban gagás. Las residentes la insultaban, tal vez porque era la única que les aguantaba aquel comportamiento. Puede que yo fuera el único con el que ella encontraba un poco de paz a lo largo de la jornada… Puede, porque si bien al principio me mantuve discreto, temiendo que su acercamiento fuera un error que rectificaría con el tiempo, en cuanto se estableció alguna confianza entre nosotros, no me recaté en expresarle mi admiración por su cuerpo y cómo el mío, a pesar de su decrepitud, se mostraba a veces muy juvenil, lo que a mí me agradaba mucho y esperaba que con el tiempo a ella también le agradara.

La pobre se limitaba a sonreír, a echar unas risitas avergonzadas cuando me pasaba de la raya y a chantajearme con no volver a dirigirme la palabra si no me controlaba. Nunca lo hizo. Nuestras conversaciones a veces eran francas y amistosas, lo que me permitió ponerle al tanto de lo que estaba escribiendo, mi  supuesta biografía de un gilipollas, como dijera la abuelita sarmentosa. Le hablé de mi afición a escribir, de mi deseo de rematar aquella obra antes de mi muerte y del inmenso favor que me haría si en cuanto estirara la pata, ella, Bea, se apoderara de mis manuscritos, especialmente de ese, que guardaba en una carpeta azul, con el rótulo de “Los pequeños humillados, manuscrito definitivo”, y llevárselo a un editor al que yo llevaba dando la lata un par de años, a través del correo electrónico. El pobre hombre finalmente aceptó leer mi manuscrito cuando estuviera rematado para librarse de mi cansino asedio.

Con el tiempo Bea y yo llegamos a establecer una especie de protocolo. Yo le hacía repetir dónde estaban mis manuscritos y cómo escondía “el bueno” bajo mi cama, en un hueco que había descubierto al mover dos tablas del parqué. Cómo tan pronto se enterara de que las había “espichado”, estuviera donde estuviera, vendría corriendo y se apoderaría de mis cosas. Enseñaría la nota manuscrita que yo le había dado. Se lo llevaría todo a casa. Podría leerlo y luego iría en persona, nada de utilizar el correo al domicilio del editor que también le había facilitado. Los derechos de autor serían para ella, si se publicaba, y puede que la estableciera como mi única heredera en mi testamento, con la condición de cumplir ese encargo.

Estoy convencido de que ella soportaba mi manía como un pago por mi compañía que le evitaba pasar más tiempo con sus compañeros y el resto de residentes. Este protocolo era de obligado cumplimiento tras el primer saludo. Luego podíamos charlar de otras cosas. Con el tiempo llegué a leerle algunos párrafos de mi novela y creo que a ella le gustaron, aparte de las consabidas frases de halago que se dicen en estos casos. Confiaba en ella y creo que ella se iba sintiendo más próxima a mí, por lo menos se atrevía a contarme las intimidades de su trabajo y hasta su vida fuera de allí, las dificultades para relacionarse con su madre y su dificultad con los hombres. Huía de los jóvenes que la asediaban porque era muy consciente de lo que buscaban.

Mi confianza en que cumpliera su promesa no era total, pero al menos sabía que existía alguna posibilidad y eso me alegraba la vida. Los viejos nos conformamos con muy poco.

Creo que por hoy es suficiente. A continuación podría venir el primer capítulo de mi novela, “Los pequeños humillados”. No encuentro la versión en tercera persona, así que utilizaré el manuscrito en primera persona, aunque contado desde el futuro, desde el presente para mí. ¿Dónde he metido los archivos? Creo recordar que abrí una carpeta de documentación. Es posible que mañana lo recuerde.

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

Durante años me he balanceado entre la historia ñoña del pequeño Celemín y la historia verdadera y terrible de “Los pequeños humillados”.  A veces he logrado una especie de acuerdo que me ha permitido contar la historia “a medias”, es decir si no toda la verdad, al menos una parte, y enmascarada en el reflejo deformante de un espejo de feria.

Incluso llegué a pensar en presentar esta historia, como novela, a un famoso premio literario. Así comenzaba, hace algunos años, esta historia ficticia.

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A MODO DE PROLOGO

Dicen que los ancianos recuerdan mejor sus años infantiles que lo sucedido ayer. Tal vez sea cierto o puede que no, en mi caso el regreso al pasado es una obligación moral para conmigo mismo, puesto que mirar hacia el futuro es un suicidio volver la vista hacia atrás es pura lógica de supervivencia.

Con lo visto tan cansada que hasta mirarme en el espejo me obliga a lagrimear, he tenido que renunciar a la lectura, la gran pasión de mi vida. Aburrido hasta el hastío, en una cutre residencia de ancianos, solo me queda la mente y sus milagrosas cualidades, como los deseos cumplidos por un genio liberado de la lámpara maravillosa.

Con mi memoria, ayudada a veces por sus pizpiretas damas de compañía –la fantasía o imaginación y la caprichosa lógica de un -he decidido trasladarme a mi infancia, de la misma forma que lo haría un viajero en el tiempo en cuerpo mortal, solo que invisible para su entorno, no del todo para el niño que fui siempre, convencido de tener a su alrededor una presencia invisible que identificaba con el ángel de la guarda, ignorante de la prodigiosa capacidad que tienen a veces las mentes de los ancianos.

Me he abrigado bien para el viaje, en el tiempo y luego de mucho pensarlo he decidido caer en el tranvía traqueteante que me llevaba por primera vez al colegio aparecer en el pasillo de un vagón no como caído del cielo sino más bien del futuro.

Hale-Hop, comienza la función.

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LIBRO I

EL FIN DE LA INFANCIA

CAPITULO I

LLEGADA AL COLEGIO

Puedo ver a un niño sentado junto al gran cristal de la ventanilla de un tren mirando hacia el exterior en dirección a su marcha. El tren es un tranvía traqueteante y el niño soy yo, tengo diez años, he nacido un 23 de abril -precisamente el día del libro, también el día en que se recuerda al gran genio, a Cervantes, un excelente presagio que no se ha cumplido- de un año que no voy a mencionar por coquetería de anciano o más bien por cabezonería. Estamos en plena época franquista, una etapa de castigo para este país de nuestros dolores que ha recibido muchos castigos y los seguirá sufriendo por sus muchos pecados sin purgar.

Bajito, como todos en aquellos tiempos de hambre y miseria, puedo verme las patitas de alambre asomando debajo de mis pantaloncitos cortos. Es otoño o más bien quedan unos días para que empiece. Tal vez estamos en la primera quincena de septiembre. Torso de muñeco y cabeza grande –siempre la he tenido muy grande- siempre la he tenido demasiado grande- pero bien proporcionada, cabello ligeramente rubio (un engaño de la naturaleza puesto que en mi juventud tuve el pelo negro, y estropajoso y más tarde calvo y grisáceo) y una expresión angelical en el rostro, de la que entonces no era consciente. Ahora que puedo verme a gusto, contemplarme desde fuera, como si estuviera presenciando el rebullir de una vida que me es completamente ajena, debo confesar que comería  a besos a aquel niño. Casi todos los niños están dotados por la naturaleza de esas cualidades físicas que atraen inmediatamente la simpatía de los adultos; aún más, diría que los niños están hechos por la naturaleza para ser amados por los adultos y quien sea incapaz de amar a un niño debe buscar algún defecto en sus genes o en su corazón. En algunos casos excitan el canibalismo, a mí me pasa con frecuencia en presencia de un niño, no podía ser menos ante la imagen del niño que fui.

Mi nariz, o más bien la pequeña y chata nariz del niño que un día fui, permanecía pegada con fuerza al cristal de la inmensa ventanilla del tranvía que nos llevaba, adentrándose en la árida meseta castellana, hacia un destino que deseaba y temía al mismo tiempo; en él esperaba llegar a convertirme en adulto, un paso decisivo que impedía retroceder en el camino de la vida y que me daría las riendas de mi destino. Ser adulto era una posibilidad que ocupaba casi constantemente mi mente infantil, esta posibilidad la utilizaba como amuleto contra todas las desgracias que caían o imaginaban acabarían cayendo sobre mi cabeza y que eran tantas que huía de pensar en ello.

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Era consciente de que a los adultos también les ocurrían cosas malas, pero pensaba que al menos ellos tenían el poder de decidir por sí mismos aunque estuvieran equivocados –los niños siempre estábamos equivocados- y a su alrededor muchas personas tuviéramos que sufrir las consecuencias de sus errores. Por otro lado tenía miedo de abandonar para siempre el caparazón de tortuga que era mi imaginación infantil, la desbordante fantasía donde me refugiaba cuando la vida se convertía en un animal especialmente carnívoro; entonces ese duro caparazón era muy efectivo contra las afiladas garras y los temibles dientes de ese animal multiforme que siempre me estaba acechando para atacar al menor descuido.

Dejar el caparazón y enfrentarme sólo, con mis propias fuerzas, a esa sociedad de carnívoros  que era la vida –al menos así lo sentía yo entonces- me producía tal angustia que estoy convencido de no haberlo abandonado nunca completamente,  para mí era algo poderoso, mágico, capaz de ayudarme a sobrevivir a las circunstancias más terribles.

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Llevaba así largo rato, seguramente tenía la nariz enrojecida y dolorida, pero no era consciente de ello o no me importaba, estaba demasiado interesado en contar los postes de madera que con sus brazos en cruz me hacían pensar en una inmensa fila de crucificados paralelos a la vía del tren solicitando una oración o un compasivo sentimiento de aquel niño que les miraba y comprendía lo que realmente eran. Lo que ningún ser humano, estaba seguro de ello, era capaz de sentir.
El abuelo que soy está allí, en el pasillo central, apoyado en su nudosa cachaba, fibroso y encogido, la cara arrugada, la expresión hosca, contemplando al delicioso niño que fui con la nariz pegada al cristal. De hecho así me estoy viendo desde la cima de la montaña del tiempo. ¿Cómo puede uno recordar estas cosas? Tal vez no fuera así pero está claro que una nariz pegada demasiado tiempo a un cristal se acaba poniendo roja. ¿Cuánto hay de deducción en ello y cuánto de matices inescrutables de la memoria? A pesar de estar de pie en el pasillo me resulta difícil visualizar aquel vagón. Los olores han desaparecido, por supuesto, ¿qué puede oler un anciano a 60, 70, tal vez 80 años vista –no  crean que voy a decirles mi edad? ¿Cuántos pasajeros iban en el vagón? Creo recordar que muchos, no se encontraba un asiento libre aunque los pasillos y el cubículo de entrada estaban vacíos. ¿Es así o se trata de una reconstrucción de la memoria? ¿Por qué soy incapaz de recordar con viveza esos detalles y en cambio puedo volver a sentir con intensidad la angustia ante un futuro incierto, el miedo a un entorno nuevo donde no controlará nada, que vivió mi sosias, aquel niño delgaducho con la nariz pegada al cristal? La memoria emocional siempre podrá más que el frío recuerdo del color de los asientos de un tranvía. Aún así me pregunto si no sería capaz de recordar con la misma viveza que la emoción esos fríos detalles del tranvía que se me escapan una y otra vez como un puñado de agua entre los dedos. Tal vez esos científicos chalados que todo lo cambian con sus experimentos logren alcanzar el tic adecuado en la neurona precisa y las nuevas generaciones sean capaces de recordar el olor de la comida que les sirvieron en el tren rápido hace ahora veinte años, o de visualizar con absoluta exactitud la decoración del hotel donde pernoctaron en su viaje de novios. Me pregunto si podríamos vivir con un recuerdo exhaustivo del entorno, ya nos cuesta hacerlo al rememorar las emociones, imaginemos qué sería de nosotros si encima oliéramos, palpáramos, oyéramos e incluso viéramos el pasado. El tiempo que nos obliga a caminar hacia delante se detendría y nuestros cuerpos serían incapaces de continuar caminando. Si no existe el tiempo no se puede caminar hacia el mañana.

Llevaba así largo rato contemplando la vacía y amarillenta llanura sembrada de cereales y postes telefónicos que pasaban ante la ventanilla, ahora eran soldaditos de un ejército que avanzaba con su rostro de madera vuelto hacia algún punto incierto, tal vez perteneciente al país de los sueños. Me senté otra vez en el rígido e incómodo asiento procurando no mirar hacia el otro lado del pasillo, no quería que Antonio me enredara en otro de sus juegos ruidosos e inciertos.
Algunos creen que el niño es un proyecto de hombre, por el contrario yo creo que es el hombre el que es un proyecto de niño. La desaparición de la imaginación infantil es sustituida por el frío pragmatismo del adulto, no me parece ningún avance, al contrario la pérdida de la fantasía nos catapulta al calabozo de la neurosis. Tampoco creo que el asesinato de la ingenua espontaneidad del niño por el miedo a las represalias del adulto, sea un progreso del que nadie pueda sentirse orgulloso. El qué dirán son las esposas con las que nos llevan a la cárcel de la neurosis.

Durante todo mi vida de adulto serio y responsable he echado de menos la prodigiosa fantasía infantil creadora de universos –si Dios existe tiene que ser necesariamente un niño- y ahora intento encontrarla en el bolsillo interior de mi cerebro, donde he guardado durante años los objetos inútiles que me he negado a arrojar a la basura. De niño no necesitaba nada más que una chispa para que se encendiera el horno de la fantasía, la chispa podía ser un palo en el suelo, la chapa de una botella de cerveza, un montoncito de tierra, el reflejo de un rayo de luz en el cristal de la ventana… Entonces cuando se calentaba el horno, cerraba la puerta por dentro, dejándome asar a fuego lento. De adulto por el contrario me dio por el frío de la realidad y abriendo la puerta del refrigerador, me introduje entre los alimentos perecederos, cerré la puerta y dejé que la brisa gélida de los objetos reales me congelara el alma. ¡Cuánto echo de menos aquel dulce calor del horno donde me acurrucaba horas y horas!

El tren sufrió una avería a mitad del recorrido, algo frecuente en aquellos tiempos en que para describir la lentitud de una persona en llegar a sus citas se empleaban expresiones tales como “eres más lento que un tren expreso” o “traes más retraso que el tren”. Espero que hayan desaparecido por fin del vocabulario. En este lugar fuera del tiempo donde reposan mis huesos ni siquiera se emplea la expresión “tortugo”. Aquí nadie tiene prisa por llegar a ningún destino. El niño que yo era, sabía por aquel entonces muy poco de trenes –por su pueblo no pasaba ninguno- pero aprendería muchas cosas de sus compañeros, entre ellas a utilizar esas expresiones.

Sentado aquí al sol de una tarde de verano se me ocurre una loca fantasía. Cualquier día inventaran algo para que el anciano y el niño que fuimos puedan comunicarse. No me parece tan disparatado si lo pienso un poco. Si en la dimensión espacial dos cuencas fluviales pueden comunicarse a través de un canal ¿porqué en la dimensión temporal no podría hacerse? Solo sería necesario encontrar eso que los científicos denominan con palabras muy rimbontantes, pero que en el fondo no es otra cosa que “descubrir el intríngulis”.

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No me preocupaba la avería, no tenía prisa por llegar al colegio, un lugar que al menos al principio no sería muy agradable para mí. Hubiera deseado seguir en la cuna de la fantasía donde manos invisible me estaban acunando hasta quedarme dormido, los sueños eran casi siempre mágicos y maravillosos por eso adoraba tanto la ensoñación. De vez en vez sufría alguna pesadilla, sobre todo una en que una o varias serpientes me perseguían siempre a punto de pillarme, pero con el tiempo aprendí a volar, sí, a volar, en lugar de correr como un desesperado hacia ninguna parte decidí subir y bajar los brazos como alas de un águila gigantesca y para mi sorpresa me elevé en el aire y me alejé volando de la asquerosa serpiente que no dejaba de perseguirme hasta en los sueños más felices y divertidos. Aquellas alas oníricas me permitirían escapar muchas veces de las serpientes que la vida manda contra nosotros una y otra vez como un dios vengativo que no se compadece de nada ni de nadie. Pero como toda realidad que siempre tiene la cruz al otro lado de la cara las alas oníricas de águila acabaron por formar parte de mi biología y me permitieron ir tan lejos que a veces perdí completamente el rumbo.

El mundo de los sueños es siempre más atractivo que el sórdido mundo real, si no se tiene cuidado uno termina por alejarse tanto de la vida y de la realidad cotidiana que se transforma en eso que “los normales” llaman un loco, desde ese lugar solo queda por dar un paso más y atravesar la puerta del infierno. Puede que algunos hayan llegado al paraíso pero a pesar de mis sueños utópicos sigo sin creer en ningún paraíso, desde que el hombre es hombre alguno ya lo hubiera alcanzado y no conozco a nadie.

Antonio cortó mi ensoñación, pretendía que intentara abrir las puertas para bajarnos y comer al lado de la vía por la inmensa llanura de cereal que se perdía en el horizonte, pero los botones verdes y rojos que manipulamos y golpeamos una y otra vez no se abrieron; permanecimos un rato sobre la plataforma jugando a indios y vaqueros, yo tuve que ser el indio por supuesto. Al cabo de un tiempo se me ocurrió pulsar el botón verde y la puerta se abrió, tal vez alguien lo había solicitado del revisor para poder estirar las piernas cuando se enteraron de que la avería iba para rato –estuvimos allí parados en medio de ninguna parte durante varias horas- y de esta manera pudimos bajar y correr por los rastrojos. Nuestros padres acabaron por echarnos de menos y nos llamaron a gritos, pudimos convencerles de que nos dejaran desfogarnos con la condición de que no nos alejáramos mucho y estuviéramos atentos por si el tren se movía.

Gracias a ello la espera no se hizo tan agobiante. Finalmente muchos bajaron del tren por el lado despejado, al otro lado corría paralela otra vía, y de esta forma se convirtió, la ladera terrosa, en un patio de vecinos provisional en el que la gente empezó a sentarse y charlar entre sí, más por aburrimiento que por deseo de conocer a gentes a las que nunca volverían a ver. Años más tarde, un apasionado ya de la literatura, descubriría con enorme sorpresa que la mayoría de la gente se aburre mucho, hasta el hastío en algunos casos, y habla y habla como un juego que les permite divertirse un rato, como a veces hacíamos en el pueblo la pandilla, cuando no se nos ocurría ningún juego nuevo. Tardé en aceptar que yo era de los pocos privilegiados que nunca se aburren, siempre están en la agradable y amena compañía de los personajes de las novelas o escuchando música o viendo una película o escribiendo un balbuceo de relato o simplemente fantaseando ensoñadoramente. Muchos no pueden hacerlo porque no se les ha facilitado la entrada a la gran mansión de la cultura, se les ha cerrado la puerta en las narices y ni siquiera pueden imaginar los tesoros que encierra esa casa, donde algún prójimo se introduce un rato como un ladrón y sale hablando maravillas. No será para tanto piensan ellos… pero sí lo es. Pronto lo descubriría; sin embargo,  pasadas unas horas, cuando el tren terminó por ponerse en marcha lo que más deseaba era llegar cuanto antes, estaba cansado, agotado.

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS I (VERSIÓN DEFINITIVA)


 

AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL PEQUEÑO CELEMÍN

Pequeños humillados1

DIARIO DEL AUTOR

Pequeños humillados2

Dicen de los viejos que recuerdan mejor su infancia que lo que han hecho el día anterior. Espero que al menos en mi caso sea cierto, porque me gustaría rematar la única de mis novelas que me haría sufrir si desapareciera en el olvido, en ese lugar aún peor que la nada, donde están todas las cosas que un día ocurrieron y que nadie recuerda. Debo darme prisa, porque el doctor no quiso decirme el tiempo que aún me queda mientras esa terrible enfermedad que llaman Alzheimer acaba su desarrollo, como el huevo de un gusano que acaba de ser sembrado por la mosca en el cadáver.

No he dejado de rezar para que la muerte me alcance antes de comenzar a perder la personalidad, lo único que siempre me ha interesado de mí, antes de que la enfermedad cruce lo que para mí es la línea roja: los recuerdos de mi infancia.

No voy a dejarles nada a mis herederos, por dos razones: la primera y fundamental es que no existen tales herederos, puesto que no me casé ni sembré fuera del matrimonio semilla alguna que pudiera fructificar en vientre femenino y si algún familiar lejano siguiera vivo por ahí fuera, ni sabe de mi, ni yo sé de él; la segunda tiene mucho que ver con la infernal crisis económica que asoló Europa en la segunda década de este maldito siglo XXI, puesto que con sus famosos recortes dejó mi pensión –alcanzada con gran dificultad al cumplir la edad reglamentaria, retrasada una y otra vez, justo cuando yo la acariciaba con mis manos temblorosas- por los suelos, lo que impediría a un heredero disfrutar de la vida tras mi muerte.

Con la magra pensión que me permitieron disfrutar como jubilado de postín, y gracias a la ayuda inestimable de un plan de pensiones privado que inicié mucho antes de que la crisis lo transformara en un lujo surrealista y muy poco rentable, y con la pequeña cantidad que recibo por el alquiler de mi antiguo y viejo pisito, hoy puedo costearme una cama en esta residencia privada, casi un lujo asiático, de aquellos que disfrutaron los sátrapas en los tiempos del imperio babilónico, si mi memoria no me falla, que pudiera ser que sí.

Aguanté en el piso todo lo que pude y un poco más. Cuando ya no pude valerme por mí mismo decidí buscarme un lugar al alcance de mis posibilidades. En la residencia miraron con lupa mis ingresos y me hicieron un exhaustivo chequeo médico. Por fin se decidieron a admitirme como si me hicieran un gran favor. Desde entonces no han dejado de subirnos las mensualidades cada cierto tiempo o en cuanto la prima de riesgo se desmanda un poco.

Puse en manos de una inmobiliaria la venta del piso, fijé un precio mínimo y esperé… hasta que me aconsejaron que les dejara alquilarlo mientras surgía un comprador. Es posible que nadie compre el piso y que los inquilinos lo destrocen, pero mientras tanto puedo disponer un extra del que tirar cada vez que nos suben la mensualidad.

Durante todo este tiempo me he dedicado a mis novelas de infancia. Cuando arribé a este cementerio de elefantes, a pesar de mis dificultades de movimiento, todavía era capaz de manejarme con el portátil. Como escritor no he llegado a nada y dudo mucho que el destino quiera convertirme en un escritor post-mortem. Me olvidaré de los años perdidos escribiendo, una tras otra, historias delirantes y sin sentido. Me olvidaré de haber sembrado Internet con mis textos, que no leía nadie y que ahora no podría encontrar ni yo mismo, incapaz de recordar todos los alias o nicks que llegué a utilizar.

Alguna de aquellas historias me gustaba; me divertía mucho escribiéndolas e imaginando a los personajes haciendo todo lo que yo deseaba hacer y nunca me atreví. Ahora sé que eran una mierda, sí una mierda con todas las letras, y que el tiempo que les dediqué lo podía haber empleado en algo mucho mejor…Aunque no se me ocurre en qué, con toda sinceridad. ¿En trabajar más? ¿Para que luego te recorten, alarguen la edad de jubilación y lo poco que has ahorrado no te sirva de nada? ¿En viajar por el mundo? Vale. Eso está mejor, aunque sin idiomas hubiera sido como perderse en la Torre de Babel, intentando encontrar un compatriota entre la multitud. Debería haber buscado una pareja, y que supiera idiomas, para viajar los dos por el amplio mundo y disfrutar del sexo aquí y allá, en todas partes. ¿En serio? Dicen que no hay mejor forma de castrarse que casarse. Bueno, eso dicen, porque yo nunca lo hice. Pude haberlo hecho, eso sí, sin embargo las cosas se torcieron y lo que pudo ser, no fue, como casi todo en la vida. No me hubiera importado de haber tenido mucho éxito con las mujeres, una para cada noche y varias noches para una… solo en el caso de que me gustara mucho. Por desgracia no ocurrió así. Llegué a sentirme solo, muy solo, terriblemente solo. Deseé morirme y acabar de una vez. Ahora estoy muy solo, aunque no me parece mal, hasta lo llevo con humor. Tampoco deseo morirme, al menos no demasiado pronto, que me dejen un par de años más, al menos.

Quería hablar de Bea, de Beatriz, una empleada, enfermera o lo que sea, joven y atractiva, tímida y un poco, bastante, inculta, pero no me apetece continuar, lo dejaremos por hoy. Creo que voy a introducir aquí un parrafito que tenía ya preparado, aunque no me gusta mucho. Luego comenzaré la historia, tal vez con el pequeño Celemín o con Los pequeños humillados, en primera o tercera persona. Ya veremos. Lo importante es acabar este manuscrito a cualquier precio. Cuando lo haga me podré morir o perder la memoria o lo que tenga destinado desde el principio de los tiempos. ¡Quién me iba a decir a mí, al pequeño Celemín, que la vida sería como fue y que yo, en el fondo, era como era!

Los pequeños humillados3

EL PRESENTE

Estoy sentado en un banco de madera, en un pequeño parque de la residencia de ancianos. Soy un viejo. Creí que nunca iba a llegar este momento. Todos sabemos que nada es para siempre, que somos mortales, que el tiempo pasa y no vuelve… Son lugares comunes que utilizamos con frecuencia, sin ser muy conscientes de lo que estamos diciendo.

De joven también creía, como todo el mundo, que algún día sería viejo y moriría, si es que la muerte no me segaba antes con la guadaña. Pero era algo tan lejano que solo me apetecía hablar de ello o comentarlo cuando estaba de buen humor, como un chiste de humor negro que uno se puede permitir bebiendo con “los colegas” y diciendo cualquier “burrada” que nos hiciera reír a todos o creernos más “machos”, más “hombres”. La escasa empatía es uno de los defectos de la juventud, aunque algunos podrán pensar que se trata más bien de una cualidad, al fin y al cabo ponerse en la piel del prójimo solo serviría para sufrir aún más, cuando la vida es ya de por sí bastante terrible, como para echarnos a la espalda sufrimientos ajenos. Por eso los jóvenes son capaces de burlarse de un anciano que resbala y se da una buena nalgada, o permanecer fríos, absolutamente indiferentes, ante alguien que narra su enfermedad o su desgracia. Eso nunca me ocurrirá a mí, piensan, eso solo les sucede a ellos.

Como todos los jóvenes, yo también me dejé llevar en algún momento por estas actitudes tan estúpidas como irracionales. Puede que uno se acabe librando de un cáncer o de un accidente de tráfico, o de cualquier otra desgracia que acecha a los mortales, pero de lo que jamás se librará es de la muerte. El tiempo irá transcurriendo con esa lentitud tan engañosa que a veces hasta nos parece que se ha parado y que nosotros seguimos siendo los mismos año tras año.

EL PASADO

 Los pequeños humillados4

PROLOGUITO

Hola a todos. Me llamo Julito Celemín Rodriguez y he decidido comenzar este diario porque me siento muy solito. Fue una muy buena idea comprar unos cuantos cuadernos en el quiosco de la “señá” Adela, en el pueblo, unos días antes de venir al cole. Un diario es como un amigo al que puedes contarle todas tus penas. Creo que van a ser muchas aquí, en el cole del Sagrado Corazón de los padres Recoletos del Corazón de Jesús. 

Antes que a nadie quiero saludar a mi personaje favorito de los dibujos animados, al oso Yogui. Bueno, bueno, en

realidad quien realmente me gusta es Bubú, el dulce Bubú, con su graciosa y acaramelada vocecita. 

Saludo a todos porque con el tiempo todo el mundo acabará leyendo este diario. Me dará mucha vergüenza que lo lean mis papás y hermanitos, por eso esperaré a ser grande. A los grandes no les da vergüenza nada, no se ponen coloraos aunque estén mintiendo y no les asustan los monstruos que aparecen por las noches. Puede que se lo deje leer antes a Luisito, mi amigo del pueblo, y puede que alguno más. Aunque me da mucha vergúenza que puedan saber lo que pienso y lo que siento muy dentro de mi. No he visto a ningún adulto contar todo lo que piensan. Nadie me ha dicho que esté prohibido, pero hay muchas cosas que están prohibidas y no se dicen.

Esta es la primera vez que voy a estar solito, fuera de casa. Siento mucho miedo de enfrentarme con los padres Recoletos y con un montón de niños desconocidos y casi seguro malvados, que se van a reír de un niño tímido como yo y me van a gastar bromas pesadas y tal vez me hagan llorar tanto que no pueda aguantar ni siquiera un mes en el cole.

Anoche llegamos en el tren, muy tarde porque se averió, y ya era de noche y el colegio estaba cerrado. Tuvimos que dormir en el suelo, frente a la puerta principal, que ya nos habían avisado que estaría cerrada a partir de las diez de la noche. Ahora vuelve a ser de noche otra vez y me he refugiado en uno de los retretes para decirle a Bubú que estoy bien y que no se preocupe por mí, aunque me siento muy solo, muy solito… 

Me gustaría llorar, echar la lagrimita, pero mi papá me dijo que los hombres no lloran y yo ya soy un hombrecito. Tengo diez añitos y eso es casi ser un hombre. Mi papá me contó que a los catorce años comenzó a trabajar en la mina de carbón, para ayudar a los abuelos, que en paz estén, porque entonces acababa de pasar la guerra civil, esa tan mala entre rojos y azules. Mi papá decía en voz bajita que los buenos eran los rojos, aunque ganaran los azules. La verdad es que a los abuelos lo único que les importaba era poder comer todos los días y eso no era fácil porque los azules les robaban todas las patatas y todo lo que encontraban. Robaban y a eso lo llamaban requisar.

Tengo miedo a que venga el padre prefecto y me encuentre aquí. Si mira por debajo de la puerta podrá verme, porque han dejado un hueco muy grande entre el suelo y la puerta. Puede que lo hayan hecho por si se cierra un niño por dentro y no quiere salir. Creo que al padre Lorenzo, al prefecto, lo llaman “el fantasma”. Al menos así le apodaba uno de los mayorones. Se reía mucho mirándome mientras lo decía y luego me llamó chivina. Que nos íbamos a enterar los chivinas de lo que vale un peine con “el fantasma”.

Creo que el padre fantasma es muy malo. Es bajito y tiene una cara de mala leche que no puede con ella. Dicen que pega mucho y siempre hay que estar alerta porque no se le oye al andar y en cuanto te descuidas un poco, ¡zás!, te da un par de tortazos y te quedas con ellos.

Pero voy a terminar, querido Bubú. Oigo una puerta al otro lado del dormitorio y puede que sea el fantasma, que viene a ver si estamos todos dormidos. Mañana te contaré la llegada al cole. No tengas miedo. Duerme muy agustito, que yo voy a abrazarme a la almohada, como si fueses tú. Un abracito muy fuerte de Celemín.

CAPÍTULO 1
LA LLEGADA AL COLE

Querido Bubú: Como no empezaremos las clases hasta dentro de tres días tenemos mucho tiempo para divertirnos y leer tebeos. Nos han levantado a las ocho de la mañana y hemos desayunado un tazón de leche con una rebanada de pan untada de mantequilla. Es un decir porque el trozo que nos dieron, sobre un plato de duraléx, estaba tan duro que resbalaba sobre el pan, no había manera de untarlo, y encima sabía a yeso. 

Hemos oído misa en la capilla en lugar de la iglesia y luego nos han dejado libres para ir al patio a jugar a lo que quisiéramos o venir a este aula a leer los tebeos que nos apetezca. En la mesa del profesor está sentado un mayorón, vigilándonos, y en una esquina han puesto dos montones enormes con toda clase de tebeos. Yo he elegido un tebeo del Gordito relleno, Carpanta y la familia Cebolleta y otros dos de Spiderman y Batman. Estos no los conocía aunque sí había oído hablar de los comics americanos, que eran muy divertidos pero también muy, muy caros.

He colocado un tebeo abierto sobre el pupitre y me dispongo a escribir este diario en un cuaderno. Me da miedo que me descubran redactando un diario, y más si me dirijo a ti, querido Bubú. Sentiría mucha vergüenza si creyeran que hablo contigo o con cualquier otro de mis personajes favoritos. Ellos no piensan que pueda existir otra cosa que lo que vemos y tocamos. Entonces, me pregunto yo, querido Bubú, cómo pueden decirnos que existe Dios, si no le podemos ver ni tocar. Son cosas de los mayores, que se creen muy listos, pero luego te das cuenta que en realidad son bastante tontos.

Voy a aprovechar para contarte la llegada al cole que no pude hacer ayer, sentado en el retrete, porque llegó el fantasma y me tuve que ir a la camita. Hoy tenemos otro padre prefecto, creo que es el padre Gonzalez, aunque le llaman “La vaca”. Aquí todos tienen motes y más los frailes o padres como quieren que les llamemos. Pero antes de iniciar la narración de la accidentada llegada al cole quiero comentarte que anoche muchos de los chivinas, como nos llaman los mayorones a los nuevos, lloraron como magdalenas, como dice mamá. Los sollozos se oían por todo el dormitorio. 

Los de segundo y tercero se cansaron del concierto y les dijeron a voces que o se callaban o les iban a cortar el pito. Luego se reían, sin ninguna compasión por los nuevos, que queremos mucho a nuestros papás y les echamos de menos. Yo también tenía ganas de llorar, pero me contuve para que no se rieran de mí, o me cortarían el pito. Me da mucho miedo, Bubú, quedarme sin pito. Luego no podré hacer pis y debe doler mucho.

Para no llorar me puse boca abajo y mordí la almohada con todas mis fuerzas. Me salían las lagrimitas pero no se oían los sollozos. Y es que, Bubú, echo mucho de menos la casita, los papás, el pueblo… El pecho me subía y me bajaba y dejé la almohada empapada, pero nadie pudo oírme llorar. Ya soy un hombrecito y aunque hubiera tenido que morder los barrotes de metal de la cama no consentiré nunca que los mayorones se rían de mi por verme llorar. Con mi cabecita hundida en la cama estuve largo rato hasta que me fui calmando. 

Luego me puse boca arriba y escuché cómo los otros chivinas continuaban llorando como bebés. Me hacían tanta gracias que hasta estuve a punto de reírme yo también de ellos. Tuve que volver a morder la almohada. No quiero ser como los mayorones, que son malos, muy malos y deseo que Dios castigue muy duramente sus almas.

Estaba tan agotado que me dormí profundamente. No recuerdo si soñé o no, aunque me suele pasar que tengo pesadillas cuando las cosas no van bien. Sueño mucho con serpientes que me persiguen para morderme y envenenarme. No me importa tanto morir como que sus cuerpos repugnantes se enrosquen sobre el mío, pequeñito y tembloroso. No dejo de correr pero no me muevo del sitio.

Entonces imagino que mis brazos son alas y con toda la fuerza de mis bracitos comienzo a moverlos hacia arriba y hacia abajo. No puedo creerlo, pero estoy ascendiendo por el aire. Abajo quedan las serpientes, mirándome con cara de sorpresa. Ahora puedo volar en los sueños como un pájaro. Me basta con mover un poco los brazos para mantenerme en el aire como un águila. Voy mirando lo que sucede abajo y me lo paso muy bien. Veo a los adultos, son como hormiguitas, muy ocupados en sus cosas, mientras yo vuelo y vuelo…

Y me disculparás pero ha llegado La vaca a preguntarnos si lo pasamos bien. Dejo de escribir, pero seguiré en cuanto pueda. Un abrazo Bubú.