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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VII


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Lo cierto fue que ocurriera lo que ocurriera aquel fue el verano más decisivo de mi vida y uno de los más angustiosos. La visita del cura coincidió con el fin del curso, si no terminó aquel día no pasaría más de una semana para que saliéramos por la puerta de la escuela dando gritos con una alegría salvaje. Las vacaciones de verano, que duraban tanto como la estación, era el periodo más feliz en la vida de un niño. Tres meses sin estudiar, sin pisar la escuela, sin deberes, jugando todos los días, sin pensar en nada que no fuera divertirse. El paraíso de los niños deber ser algo muy parecido a unas vacaciones escolares.

Llegaba a casa de jugar a las chapas o a las canicas o de darme una vuelta por las montañas cercanas y siempre encontraba a mi madre en la cocina, bordando en la ropa mis iniciales. Eran solo dos letras pero aquella mujer debió pensar que me iba al Vaticano, con el Papa, porque cada prenda llevaba en una esquina o en el cuello una verdadera obra de arte. Las iniciales eran muy bonitas. Yo me quedaba embobado mirándolas. Pronto el remordimiento de exigir un sacrificio tan grande a mis padres me llevaba a refugiarme en mi habitación. Allí no podía evitar que mi mente me representara todo lo que me esperaba en aquel colegio. Los campos de futbol eran el pastel y la convivencia con los curas y con los demás niños el plato de comida podrida que no podría tirar por el retrete.

Ya me veía fichado por el equipo de mis amores, el Real Madrid. Miraba el album de cromos de futbol que tanto me había costado completar y la fantasía me ponía delante de los ojos lo que yo sería dentro de unos años. El más famoso y el más adorado de los futbolistas. Me tumbaba en la cama dejando que la mente volara y volara. De pronto, en lo mejor de la aventura, algo oscuro despertaba en mí. Yo era un niño muy tímido, muy sensible, todo me hacía daño, todo me entristecía, ¿cómo iba a pasarme un año entero en aquel enorme colegio, lejos de mis padres y hermanos, soportando las bromas crueles de los compañeros?

La angustia se apoderaba de mí. Incapaz de permanecer más tiempo en la cama, con aquel dolor de tripa que me producían los nervios, salía otra vez de casa y me iba a dar un paseo por la montaña. Al menos el movimiento me calmaba un poco. No mucho, porque enseguida pensaba en mi padre en el fondo de la mina y en mi madre, bordando y bordando todo el día, y casi deseaba morir para no enfrentarme a la vergüenza de haber levantado la mano un día mientras pensaba en los campos de futbol.

Mi madre sonreía orgullosa cuando me enseñaba las iniciales en la ropa. Lo hacía cada vez que llegaba a casa. No entendía que yo pusiera mala cara y me encerrara en la habitación. Aquel era un vestuario más adecuado al hijo de un rico que al de un minero. Cuadro juegos de ropa de cama, de quita y pon, como decían. Pantalones cortos, pantalones largos, pantalón de deporte, albornoz, toallas de baño y toallas normales. Un trajecito preciso con chaqueta y pantalón corto que me hizo el sastre del pueblo. Zapatitos de charol, brillantes. Camisas blancas para las fiestas, corbata… Ni un ministro tenía tanta ropa, como decía mi padre.

La empatía que sentía hacia aquel enorme sacrificio económico que suponía comprarme tanta ropa me angustiaba hasta límites insufribles. Mis padres debieron notarlo en mi cara porque no cesaban de recriminarme la ingratitud que demostraba. En vez de estar alegre y agradecido por lo que estaban haciendo por mí, yo ponía cara de sepulturero. Este niño no tiene remedio, decían, no merece lo que estamos haciendo por él. Incapaces de comprender la terrible lucha que libraba en mi interior lo achacaban todo a mi insensibilidad. Aquello recrudecía aún más mi angustia, hasta el punto de que cuando los compañeros de juegos golpeaban la ventana de la cocina mientras comíamos para preguntarme si saldría luego a jugar yo buscaba mil escusas para no hacerlo. En lugar de ello salía a escondidas de casa y me iba al monte. Allí trepaba y trepaba hasta agotarme. Me sentaba en una piedra y le daba mil vueltas al mismo problema. Era un niño idiota que había levantado la mano en un gesto compulsivo, sin saber lo que hacía, y eso había puesto a mis padres en una situación insostenible. Les diría que no, que no quería ir al colegio. Pero luego me imaginaba unos años más tarde, saliendo de la mina con la cara ennegrecida por el polvo del carbón, como un auténtico negro, y recordaba los reniegos de mi padre, quejándose de la humedad, de aquellos chorros de agua fría que caían del techo de la galería y que le obligaban a permanecer con la ropa empapada toda la jornada mientras ponía las vías para las vagonetas, y aquel futuro me parecía tan espantoso que casi prefería sufrir el tormento de la vergüenza.

Yo era un niño debilucho, enclenque, pequeñajo y con las patas de alambre, tan tímido, tan sensible, que nunca podría soportar aquel tipo de vida. No existía una alternativa aceptable a la decisión que tomaba a cada minuto de abandonar aquella estùpida aventura. Y los días pasaban con lentitud. A veces, incapaz de soportar la soledad, aceptaba salir a jugar a las canicas y me dejaba ganar las mejores, las de acero que me traía mi padre de los rodamientos de las máquinas o las de cristal de colores que compraba en el quiosco de las pipas, solo para que los niños dejaran de molestarme con aquellas expresiones de que yo creía ser un rico  y más listo que nadie porque ya no quería jugar con ellos. Eran crueles. Tampoco ellos comprendían que era la vergüenza y la angustia las que me obligaban a huir de ellos. Hasta Luisito, mi mejor amigo, se enfadaba muchísimo cuando yo me negaba a ir a su casa, los sábados por la tarde para ver en su „tele“ una de las pocas que había en el pueblo, la serie de Viaje al fondo del mar, que tanto me gustaba, o los dibujos de los Picapiedra o del oso Yogui.

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Para mí era un gran sacrificio privarme de aquellas aventuras con el pulpo gigante y el submarino en Viaje al fondo del mar o del oso Yogui. Sentía una gran simpatía por Bubú, aquel pobre niño que era tan bueno y que no soportaba que Yogui hiciera las trastadas que hacía. Me gustaba hablar con él. Era uno de mis „amiguitos“ preferidos. Hablar con mis amigos invisibles era uno de mis grandes placeres que iba perdiendo porque de ahora en adelante yo tendría que ser un „hombrecito“ antes de tiempo.

Pero por fin, después de tanto sufrimiento, llegó el gran día. Todo estaba preparado. Las dos maletas gigantes que mis padres habían tenido también que comprar, a plazos, de fiado, como seguramente hicieron con todo el resto. Toda la ropa bordada con mis iniciales y colocada en su interior. El trajecito que llevaría en el viaje colocado en la silla de la cocina para que no se arrugara. Mi madre no cesaba de recordarme que escribiera, al menos una vez a la semana, que cuidara de que no me robaran la ropa, de que estudiara mucho porque si no sacaba beca no podría continuar los estudios. A pesar del enorme esfuerzo que hacía para controlarme, a veces explotaba y gritaba que me dejara en paz.

Aquella noche dormí muy mal y cuando me levanté me sentí tan cansado que no salí de casa por la mañana. Comimos deprisa y nos fuimos al autobús que nos llevaría a la capital, donde subiríamos al tren que nos llevaría al colegio. Mi madre lloró a moco tendido y no quería dejarme marchar. A mi padre se le humedecieron los ojos, y yo, incapaz de llorar, puse cara de funeral. De esta triste manera se inició mi aventura.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VI


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Caminamos fuera del patio y entonces veo algo que hace que mis ojos brillen de alegría. Hay una enorme planicie con el suelo de cemento. Allí hay muchas canchas de baloncesto y campos de balonmano. Siento del deseo de gritar y de saltar, pero me contengo. El cura ha visto mi alegría y me pregunta. ¿Te gusta el deporte? Asiento con la cabeza, incapaz de hablar. ¿Qué deporte te gusta más. El futbol. Sonríe. ¿De qué equipo eres? Del Real Madrid. Nueva sonrisa. ¿ Y quién te gusta más Gento o Amancio? Digo que Gento porque corre más. Nos dice que los fines de semana por la tarde podremos escuchar carrusel deportivo de la Cadena Ser, a través de los altavoces. Y nos los señala.

Me gustaría tener un balón, de reglamento, de cuero, si pudiera ser y ponerme ya mismo a jugar. He visto que donde acaba el patio de deportes hay un talud pronunciado y al fondo están los campos de futbol. Aunque voy vestido conmi trajecito de las fiestas, chaqueta y pantalón corto y zapatos de charol, conforme a las instrucciones que les dejaron a mis papis, no me importaría ponerme a jugar, tal como estoy.

Entonces recuerdo cómo supe que tenía vocación. Estábamos en la escuela del pueblo. Era un día como cualquier otro. Entonces llamaron a la puerta y el maestro fue a abrir. Volvimos la cabeza y allí estaba un cura raro. En vez de sonata llevaba un hábito negro con capucha que le caía sobre la espalda. El maestro le saludó y ambos caminaron hacia el encerado. Allí se volvieron y todos miramos al cura raro  con ojos como platos. Nos lo presentó. No recuerdo el nombre. Era un fraile de la orden de los agustinos y venía a hablarnos de la vocación. El hombre de negro se persignó y comenzó a decirnos qué era la vocación. Nos comentó el pasaje del evangelio en el que Jesús llega a donde están pescando unos hombres y les dice que dejen todo, que les hará pescadores de hombres. Y comienza a decirnos qué grande es la vocación de seguir a Cristo y cómo no hay tarea mejor que salvar almas. Habla muy bien. Todos nos quedamos embobados. Hay un gran silencio, nadie se mueve, ni siquiera los mayores que siempre están armando jaleo. Me siento raro, nunca había pensado en eso, aunque desde la primera comunión rezo todos los días y voy a comultar los domingos, después de confesarme con el cura del pueblo. He pensado muchas veces en ir a Africa a salvar „negritos“ , pero nunca imaginé que eso se pudiera hacer de verdad. Pero lo que me deja fuera de mí es lo que dice del colegio. Parece como un cuento de hadas. Sobre todo me gusta que haya tantos campos de futbol y de baloncesto y de balonmano. Quiero ir. ¡Cómo me gustaría ir!

Me abstraigo en mis fantasías, por eso no entiendo muy bien lo que dice. Solo sé que he alzado la mano. Yo quiero ir allí a jugar al futbol. ¿Es por eso que he subido el brazo? El fraile se me acerca. El maestro le dice al cura que yo soy el mejor alumno, que tengo muy buena cabeza. Que sería una pena que se desaprovecharan mis posibilidades. Ambos se acercan a los ventanales y hablan en voz baja. El maestro dice que se ha terminado la clase por hoy. Cuando voy a salir, me retiene. ¿Te gustaría que fuéramos a hablar con tus padres? Asiento con la cabeza sin saber muy bien lo que estoy haciendo.

Veo como en un sueño cómo ellos me acompañan hasta mi casa. Aquel día está también mi padre porque ha trabajado en el turno de noche. Su sorpresa no tiene límites. Mi madre está muy nerviosa. No sabe dónde meterse. Pide disculpas, podían haber avisado. No ha tenido tiempo de limpiar. Le dicen que no importa. Ella les hace pasar a la cocina y ni siquiera se le ocurre invitarles a nada. Ellos no parecen darse cuenta. Hablan de mi como si yo no estuviera presente.El maestro dice que soy un genio, que sería una pena desaprovechar mi cabeza. El cura dice que Dios no les perdonaría si torcieran mi vocación.

Mi madre está tan nerviosa que no sabe dónde mirar. Mi padre también está nervioso aunque se le nota el orgullo de tener un hijo tan listo. El cura les explica lo del colegio, los estudios, los campos de futbol. Mi madre dice que nada le gustaría más, pero son muy pobres, el suelo no llega a final de mes. Interviene el maestro. Les dice que hay becas y que yo con mi cabeza sacaría beca todos los años. Solo tendrían que pagar la ropa necesaria y algunos gastos extra. Mi padre pregunta cuánto. Se le nota que le gustaría poder hacerlo, pero es excéptico, aunque fuera una cantidad mínima no podrían hacer frente.

El cura les entrega unas hojas mecanografiadas. Allí está toda la ropa necesaria y los gastos imprescindibles. Mi madre la lee y casi se desmaya del susto. Recupera su valor y pregunta. ¿Y el albornoz? Es necesario para salir de la ducha, hay que guardar el recato, y para ir a la piscina. ¿Hay piscina? Pregunta mi padre. El cura le explica cómo es la piscina. Mi madre ya se ha recuperado. No la convencerán fácilmente. Esto parece el ajuar de una novia. El cura toma la ocasión por los pelos. Sí, en efecto, la vocación es como el matrimonio del alma con Dios.

Hablan y hablan. Parece imposible que les convenzan. Entonces el maestro utiliza el argumento definitivo. Se dirige a mi padre. ¿Te gustaría que tu hijo fuera minero? Mi padre se derrumba. Siempre me ha dicho que la mina es lo último. Admite que sería fantástico que yo fuera al colegio, pero no podrán pagarlo. Es imposible. Mi madre hace cuentas por encima. El cura les dice que pueden pedir fiado, que podrían pagarlo en varios meses. Luego, el curso siguiente, todo sería gratis porque yo sacaría beca. Mis padres dicen que se lo pensarán, que no pueden dar una respuesta definitiva. El maestro queda en volver a visitarles. Cura y maestro se van y en casa queda una espada sobre nuestras cabezas. Mi madre me pregunta qué he hecho. Les digo que nada, solo les dije que quería ser cura. Mi madre es muy religiosa y eso la enorgullece. Mi padre está muy alegre y nervioso. Ya te dije que tu hijo es muy listo. Le dice a mi madre, que asiente pero enseguida contraataca. ¿Cómo vamos a pagar todo eso? Ni que fuéramos ricos. Y suelta una carcajada nerviosa. Todo queda en el aire. Aquel día comemos con angustia, como si en lugar de irme al colegio me fuera a la guerra.

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No recuerdo qué fue lo que realmente ocurrió para que mis padres se embarcaran en aquel bote lleno de agujeros. Solo un milagro pudo lograr lo imposible. Tal vez cuando el cura se marchó volvió a pasar por casa para intentar convencerles de que mi mente era demasiado genial para dejar que se pudriera en el fondo de una mina. Si eso fue lo que hizo yo no estaba en casa y mis padres no me comentaron nada.

El cura les había dejado la lista de todo lo que yo iba a necesitar y las instrucciones correspondientes. Con seguridad debió mantenerse en contacto con el maestro para saber la decisión definitiva. Debió haber visitado muchos pueblos, aunque no en todos encontrara un tonto como yo, más bien creo lo contrario, que en muy pocos la semilla fructificó, aún así aquel verano estuvo muy ocupado, o estuvieron muy ocupados aquellos pescadores de hombres que visitaron la provincia, las provincias, para conseguir recolectar más de cien chavales en las escuelas de media España. Era la época de las vocaciones, el florecimiento de las sotanas negras.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS V


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El fraile nos sugirió que tal vez lo mejor sería subir las maletas a los dormitorios, de esta forma estaríamos más libres para visitar el resto del colegio. Nos precedió, abrió la puerta acristalada y por el pasillo nos llevó hacia unas escaleras, por las que trepamos como pudimos con las maletas. Yo intenté hacerme con una pero mi padre no me lo permitió. Los dormitorios estaban en el tercer piso. Bueno creo que había otros dormitorios en el segundo, pero nosotros, los nuevos ocuparíamos uno de los dormitorios del tercero, a la izquierda de la puerta de entrada.

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El fraile no paraba de hablar. Se le notaba que estaba muy orgulloso de aquel colegio inmenso. Había costado más de mil millones de pesetas. Aquella cifra me mareó. Por mucho que lo intentara no lograria nunca imaginarme lo que ocuparía ese dinero ni cuántas barras de pan se podrían comprar. Los dormitorios tenían cabida para más de cien alumnos, y eran cuatro. El nuestro estaría ocupado por los nuevos, los que entrábamos aquel año, junto con algunos de segundo curso.

A mí me tocó una cama en una fila que miraba hacia los ventanales que se veían al fondo. Cada fila de cama estaba separada de la otra por un muro de ladrillo en el que estaban empotrados pequeños armarios de madera.  A cada lado del muro había camas cuya cabecera entraba en un pequeño hueco y al lado de la cama el correspondiente armarito. Era curioso ver cómo encajaban por ambos lados. El hueco de una fila era ocupado por un armario al otro lado y al otro lado del armario estaba el hueco de la cama del otro pasillo. Muy ingenioso. Las filas eran enormes, mirabas desde la primera y te costaba ver la última.

El fraile pidió a mi padre que dejara las maletas sobre la cama sin hacer. Ya las desharía yo más tarde. Lo que más me gustó fue un pequeño truco que nos enseñó aquel religioso. Incluso a los niños les gusta un poco de intimidad, me dijo. Pues nada más sencillo. Se abre la puerta del armario y hace como de cortina para que no nos pueda ver el de al lado y como éste también abre la puerta, cada alumno está encajonado entre dos puertas, de esta manera le produce la sensación de tener su pequeña habitación.

Luego nos llevó a los servicios. Estaban al fondo del dormitorio. Me hizo gracia la puerta, era de vaivén, como aquellas de los salones del oeste que había visto en las películas del pueblo. Eran enormes y casi como nuevecitos. Estaban tan limpios que se hubiera notado una mosca muerta en los lavabos. Nos enseñó las duchas y los retretes. Me gustó que se pudieran cerrar por dentro con un pequeño pasador. La posibilidad de que alguien pudieran entrar mientras yo estaba haciendo mis necesidades me puso los pelos de punta.  Lo que me disgustó fue que la puerta no llegara hasta el suelo. Quedaba un espacio como de dos cuartas. Un compañero con ganas de bromas podría tumbarse en el suelo y mirar a través de aquel agujero. Era un poco rebuscado, pero los niños solemos hacemos cosas tan raras como esas.

Mi padre se quedó con la boca abierta al ver el dormitorio y aún se le abrió más en los servicios. Tenían que ser enormes para que más de cien niños pudieran asearse todas las mañanas sin necesidad de hacer cola durante horas.El fraile explicó lo de las puertas, que había llamado la atención de mi padre, que se atrevió a preguntar. Algunos niños enrabietados se encierran por dentro y es necesario saber si están bien. Ya sabe usted cómo son los niños.

El hombre con el hábito negro, como ala de cuervo, procuraba ser amable, yo diría que incluso se pasaba de obsequiso o pelota. Nos invitó a acercarnos a los ventanales. Estaban muy lejos de la cama que me había tocado. Me consolé pensando que el próximo curso yo estaría allí. Las ventanas eran enormes, eso permitía que el sol iluminara el dormitorio y hubiera luz suficiente para todos los niños. Desde allí podía verse el jardín o parque, como lo llamó el cura. Estaba muy cuidado. Me pregunté si tendrían jardineros. No abrí la boca porque estaba tan asustado de que algo saliera mal y me tuviera que volver a casa que casi intentaba ser invisible.

Salimos del dormitorio y bajamos las escaleras. En el primer piso se detuvo para enseñarnos nuestra aula. Por lo visto los nuevos estaríamos en el primer piso. Al parecer allí cuanto más alto estabas más mayor eras y más categoría tenías. Del cuerpo principal  del edificio salían tres o cuatro pabellones. Allí estaban las clases. Nuestro pabellón era el más alejado del comedor y el más cercano a la capilla. En el primer piso había dos clases y al fondo un servicio muy amplio, que el cura nos enseñó casi con delectación. Estaba muy interesado en que apreciáramos la limpieza. Luego entramos en la clase más cercana a la escalera que al parecer sería la nuestra. Lo deduje porque nos preguntó los apellidos.

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No podía ser más bonita. Los pupitres eran modernos e individuales. Me gustaba estar solo. Una enorme pizarra ocupaba la pared más cercana a la puerta. Había una tarima de madera con una papelera y la mesa del profesor al final, cerca de la ventana. Todas las ventanas eran muy grandes y tenían unas persianas muy modernas que yo no había visto nunca. El fraile nos enseñó cómo se bajaban y subían y cómo se podían entornar, más o menos, según la luz que se quisiera pasar y los días, si eran más o menos soleados.

Hizo que nos sentáramos a un pupitre. Yo procuraba no mirar a Antonio para no reírme y tampoco miraba a su padre porque no me caía bien, no sabía por qué. En cuanto a mi padre, procuraba mirarle lo menos posible, no fuera que se pusiera nervioso y montara una escena, como decía mi madre cuando veía que se acercaba una tormenta. Me gustó mucho el pupitre. Era de color verde, el color que más me gustaba y además tenía un gran cajón para meter los libros. Yo había descubierto que se levantaba la tapa. El fraile esperó a que los dos niños examináramos todo, luego se acercó a la tarima y explicó que alli se sentaba el profesor. Aprovechó la ocasión para ensalzar a los profesores. La mayoría eran frailes de la orden, aunque había algún seglar, concretamente el profesor de matemáticas, don Matías, que había sido coronel en el ejército de Franco, y que era de lo mejorcito. También el profesor de dibujo, un gran artista.

Como yo me quedara mirando con reverencia el crucifijo y una ilustración muy bonita de la Inmaculada Concepción, el cura me preguntó si sabía quien era. Lo dije balbuceando. Muy bien, respondió. En efecto es nuestra madre santísima. Espero que seas muy devoto de ella. Asentí con la cabeza. Mi timidez y reverencia ante la imagen de Cristo y de su madre le conmovió un poco. Me colocó la mano sobre la cabeza y revolvió mi pelo con cariño. Eso hizo que me sintiera importante y devoto, aunque me avergonzara aquella muestra de cariño. No dijo nada de la foto de franco, muy grande, en la que se veía al generalísimo en traje militar, posando en su despacho. También estaba Jose-Antonio, un hombre vestido con el uniforme de Falange y cuya mirada me pareció muy triste. No me gustaba aquel hombre, aunque parecía guapo. Tampoco me gustaba Franco, le tenía demasiado miedo y me pareció un hombre pequeñajo y con muy poca presencia.

Salimos de la clase mientras el cura nos explicaba que al acabar la asignatura sonaría un timbre que estaba encima de la puerta y que nos enseñó. Era redondo, metálico, muy moderno. Yo no había visto nada parecido. En la escuela era el maestro quien daba dos palmadas cuando llegaba la hora de ir al recreo. Bajamos las escaleras y llegamos al sótano. Allí estaban los vestuarios. Nos los enseñó con mucho entusiasmo. El cura no dejaba de frotarse las manos. Parecía tan nervioso como nosotros, aunque no demostraba para nada tener prisa por acabar de enseñarnos el colegio. Aprovechaba cualquier cosa para decirnos lo bien que estaba todo. Los vestuarios eran muy grandes, como todo. Había unos bancos de listones en el centro, para sentarse y vestirse. También había muchas duchas, retretes y unos armarios metálicos que ocupaban todas las paredes. Cada uno tendría su propio armario que se cerraba con llave. Abrió uno. Allí se tenían que dejar las playeras y la ropa de deporte. No se permitía guardarla en el dormitorio. Aunque se cuidaba mucho que nadie robara nada y se vigilaba de cerca y se expulsaba a quien se le encontrara robando, él aconsejaba que cada alumno cerrara con llave y se quedara con ella. Para evitar tentaciones, dijo.

También dijo una frase en latín, mens sana in córpore sano, y tradujo. Mente sana en cuerpo sano. El deporte era muy importante para que los estudiantes pudieran explayar su energía y concentrarse en los estudios. También dijo que eso evitaba las tentaciones. No sé a qué se refería. Salimos de los vestuarios y por una puerta entramos en una gran sala. Allí había de todo. Mesas de ping-pong, futbolines, tableros de ajedrez y de parchís en las mesas. Hasta una mesa de billar. Era el salón de ocio, indicado especialmente en los inviernos, cuando hacía frío y no era aconsejable que los alumnos salieran al patio. Me llamó la atención las enormes tuberías que recorrían todo el techo. Todo era enorme en aquel colegio.

Mi padre estaba tan asombrado que no decía nada y el padre de Antonio no se atrevía a rechistar, era mucho más silencioso y yo creo que estaba aún más asustado que nosotros. Subimos de nuevo las escaleras y salimos a un patio, formado por dos pabellones que salían del cuerpo principal del edificio. Me llamó la atención que el patio estuviera empedrado con pequeños guijarros puntiagudos, lo mismo que la escalera donde habíamos dormido. Eso no me pareció bien. Tenían que hacer daño al caminar y si nos caíamos nos abriríamos brechas en las rodillas. Allí nos dijo el cura que se formaba en fila antes de regresar a las clases del recreo o para ir al comedor.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS IV



DIARIO DEL AUTOR
Esta mañana me llevé un buen susto. Me desperté sin saber quién era ni dónde estaba. Sentado en la cama, miré hacia la ventana por donde entraban los primeros rayos de sol del nuevo día, como si me hubiera vuelto tonto. Mi mente se quedó en blanco por completo. Mis piernas no me respondieron cuando quise levantarme, tampoco hubiera sabido a dónde ir. Me miré las manos y me parecieron viejas y sarmentosas. ¿Era yo un viejo? Necesitaba una respuesta a esa pregunta, esa fue la razón que me llevó hasta el servicio. Cuando me miré en el espejo supe que, en efecto, no solo era viejo, sino mucho más de lo que imaginara.

 

Fue entonces cuando fui consciente de una necesidad imperiosa: me estaba meando. Me costó orinar, sentí dolor,era como intentar hacer pasar una pequeña corriente de agua repleta de arena por un muro de ladrillo. Un hilillo atravesaba la pared por alguna rendija, luego se paraba y tenía que volver a buscar otra rendija. Decidí dejar que todo ocurriera sin hacer el menor esfuerzo, ni en un sentido ni en otro. Mientras miraba los azulejos frente a mí una intensa angustia se apoderó de mi cuerpo y solo de él, puesto que la mente en realidad ya no era mía. Era preciso recordar mi nombre, el primer paso hacia la recuperación de la memoria. ¿Cómo me llamaba? Me costó pronunciar algún nombre, cualquiera, los primeros que acudieron a mi cabeza. ¿Me llamaba Luis, Pepe, Paco…?

Podía ser cualquiera de ellos y ninguno. Una intensa tristeza se apoderó de mi. Cuando pasé mi mano por la cara la noté húmeda. Estaba llorando y ni siquiera me había dado cuenta. La puerta del servicio se abrió y un abuelo delgaducho, con los ojos perdidos, completamente desnudo, se plantó ante mí, sin verme. ¿Quién era aquel hombre? Por un momento me olvidé de mi problema y a punto estuve de carcajearme. Solo me lo impidió la sensación sufrida al mirarme al espejo. Yo era también un abuelo y puede que aún estuviera peor, puesto que ni siquiera recordaba mi nombre.

Se quedó plantado en el dintel de la puerta, como un espantapájaros, mirando sin verme. No supe qué hacer. En realidad no tuve que hacer nada, de pronto se dio la vuelta, como a cámara lenta, y arrastrando los pies regresó a la habitación. Entonces me asaltó una imagen, como un dejá vu, aquella era una residencia de ancianos y aquel hombre era mi compañero de cuarto. No estaba seguro, pero lo habría jurado sobre la Biblia.

Escuché una voz de mujer preguntando por un nombre. Parecía la voz de una chica joven. Quienquiera que fuera no se preocupaba lo más mínimo por el ruido. Entró a la habitación alborotando como una adolescente un día de excursión. Sentí vergüenza de que me viera así y levantándome de la taza cerré la puerta de golpe. No me sirvió de nada. Una mano firme la abrió sin contemplaciones.

-Hola Cosme. ¿Dónde se había metido?

Me quedé paralizado, incapaz de emitir el menor sonido. La chica me parecía conocida, ¿tal vez mi hija?, imposible, su uniforme la delataba. ¿Me encontraba en un hospital? Debió ver algo raro en la expresión de mi rostro.

-¿Se encuentra bien?

No contesté. Era como si mi boca no pudiera pronunciar las palabras que se iban formando en mi mente.

-Siéntese en la taza. Así. Ahora dígame cómo me llamo yo.

Hice un esfuerzo. Si era mi hija tenía necesariamente que saber su nombre… No, ya lo había descartado. Bueno, si era una enfermera parecía conocerme bien, yo también tendría que conocerla. Nada. Mi mente estaba en blanco.

-Tranquilícese, Cosme, voy a pedir ayuda. Si puede oirme mueva la cabeza.

Lo hice de forma automática.

-Si no puede hablar haga lo mismo.

Se marchó, dejándome allí solo y muy angustiado. Regresó con un hombre en bata blanca, calvo y regordete. Me examinó el pulso y comenzó un interrogatorio que me hizo sentirme muy mal. Cómo me llamaba, cómo se llamaba él, cómo se llamaba la chica, dónde me encontraba… No supe contestar a nada.

-Lo esperaba, pero no tan pronto. Beatriz, prepárele para llevarlo al hospital. Voy a llamar a una ambulancia. ¿Puede ir con él?

-Tendré que decírselo a mis compañeras.

-Hágalo. Quédese allí con él, todo el tiempo necesario, hasta que le hagan todas las pruebas. Habléle, sin agobiarle y esté atenta a sus reacciones.

-Sí doctor.

El se marchó y ella me preguntó si había terminado. ¿De qué? Me aseó un poco en el lavabo, secándome con una toalla. Luego me condujo con cuidado hasta mi cama. Me obligó a sentarme y se ocupó de buscar mi ropa y de vestirme.
-¿No me recuerda Cósme?

Hice un esfuerzo por contestar, pero solo me salió un gruñido. Moví la cabeza de izquierda a derecha.

-No te preocupes, ya te acordarás. Soy Beatriz, Bea, y hemos hablado mucho, somos buenos amigos…Imagino que quieres saber dónde estás. Esto es una residencia de ancianos. Te han diagnosticado Alzheimer. Lo recordarás todo. No te preocupes. Ahora tranquilízate y no te esfuerces.

Llegó otro hombre con uniforme blanco y una silla de ruedas. Me colocaron en ella con cuidado y me bajaron en el ascensor. Cerré los ojos y esperé. Me sentía muy raro, cada vez más, y eso me angustiaba mucho sin saber por qué.Me llevaron al hospital, me hicieron pruebas. Pasamos allí varias horas. En cuanto llegamos comencé a recordar, solo un poco, lo suficiente para hacerme consciente de lo mal que estaba. Bea no dejaba de hablarme. Me tomaba la mano y me hablaba de mi novela, El pequeño Celemín, o algo así. Decía que yo se la estaba contando. Que la escribía en mi ordenador portatil todos los días. Aquello me angustió. ¿Dónde estaba mi portatil? Lo dije en voz alta.

-Vaya, Cosme, ya has recobrado el habla. Ahora te irás acordando poco a poco de todo. No te preocupes, el portatil está bajo llave en un armario, te lo damos después de desayunar. ¿No lo recuerdas?

Llegamos a tiempo para comer en la residencia. Los recuerdos habían estado goteando de mis neuronas toda la mañana. Para entonces ya sabía quién era y la relación que me unía con Beatriz. Me puse colorado al recordar cómo la trataba. Sin poder controlarme se lo dije, rogándole que me perdonara. Ella se echó a reír.

-Vaya con el viejo verde, quién iba a pensar que me pediría disculpas. Jaja.

Viendo mi expresión compungida me tomó la mano y me dijo al oído.

-Puedes decirme todo lo que quieras, lo buena que estoy, lo que te gustaría hacer conmigo. No me molesta. Me alegro de que vuelvas a ser tú mismo.

Fue un tremendo choque el que recibí aquella mañana. Me sentí como un niño indefenso, como un recién nacido. Aquello me convenció de que mi tiempo era ya muy limitado. Tenía que terminar la novela, como fuera. Tras la comida Bea me dijo que terminaba el turno pero que comería y regresaría para estar conmigo. Me negué, le dije que no, que estaba bien. Me puse cerril. Al fin cedió. Me pasé toda la tarde trabajando en la novela.No me centraba, no sabía muy bien cómo encajar los párrafos. No me rendí, lo importante es que la historia tuviera sentido, que no diera excesivos saltos en el tiempo. Fui copiando en el archivo principal los párrafos que me parecieron sincronizados cronológicamente, aunque procedieran de distintas versiones. No quise buscar otras anotaciones ni enredarme con la segunda versión, la ñoña, como la llamo, las aventuras y desventuras del pequeño Celemín. Debía darme prisa antes de que me olvidara para siempre de quién era yo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

CAPÍTULO I

LLEGADA AL COLEGIO-CONTINUACIÓN

El tren llegó a la estación con varias horas de retraso. Yo sentía mucho miedo. Un niño puede dejarse llevar por las más delirantes y terroríficas fantasias e incluso disfrutar con ello, pero cuando es la realidad la que te produce terror no hay criatura más indefensa que un niño.

Los niños viven en el presente, no conocen otro tiempo. Recuerdo muy bien la dificultad que tuve durante toda la infancia para considerar como real el pasado. No podía recordarlo, y cuando lo hacía los recuerdos comenzaban a formar parte de mis fantasías. Era capaz de corregirlas, incluso manipularlas sin el menor sentimiento de estar haciendo algo malo, mintiendo. Lo único real era lo que me estaba sucediendo en el preciso momento. Si alguien me daba una bofetada me dolía porque estaba ocurriendo, las bofetadas recibidas en el pasado ya no podían dolerme, razón por la cual no eran reales. Solo con los años llegaría a sentir el sufrimiento de las bofetadas pasadas como si fueran presentes. Ese fue un largo y duro aprendizaje.

Los niños también tienen dificultades para imaginarse el futuro, incluso lo que podría ocurrirles mañana. La bofetada que pueden darte mañana aún no la sientes en tu mejilla, razón por la cual eso también forma parte del mundo imaginario.
Llegar a la estación tarde era el presente. Llegar al colegio y que no nos abrieran la puerta también era presente. Sabía muy bien de las dificultades económicas de mis padres y no podía imaginarme yendo a pasar la noche a una pensión. ¿Qué iba a ocurrir si no nos abrían la puerta? El miedo se agazapó en mi barriguita, a la altura del ombligo, donde siempre se agazapaban mis miedos.

No encontramos taxi en la estación, tal vez porque ya fuera muy tarde. Mi padre decidió esperar a que llegara alguno, pero el tiempo pasaba y la estación continuaba desierta. Me cuesta imaginarme que en aquel tiempo los trenes no funcionaran de noche, es posible que fuera así, o que a partir de cierta hora solo llegara un tren cada mucho tiempo. MI padre se cansó, se enfadó, decidió que iríamos andando y aunque el padre del otro niño no estaba por la labor y Antonio protestó y yo me atreví a alzar mi vocecita para decir que estaba muy cansado, cuando a mi papi se le metía algo en la mollera nadie podía sacárselo. Cogió mis dos maletas y se puso a caminar sin volver la vista atrás. El padre de Antonio se lo debió pensar mejor y vino tras nosotros.

No puedo recordar a aquel hombre, en mi memoria es como el hombre invisible, que puedes saber que está a tu lado porque respira, pero no puedes verlo. Yo era muy consciente del sacrificio que habían hecho mis padres para que yo fuera al colegio, como lo era ahora de lo inoportuno de aquel contratiempo y de la dificultad que tenía mi padre para desenvolverse en una gran ciudad. Quise llevar una de las maletas, tan grandes y pesadas que tuve que pensármelo unos minutos. El se rió. Insistí como un niño malcriado hasta lograr enfadarlo. Dio un par de voces y supe que lo mejor sería estar calladito.

Fue una larga y penosa caminata, como un viacrucis. Ni siquiera sabíamos dónde se encontraba el colegio y mi padre tuvo que preguntar. Por suerte la estación estaba casi en las afueras, lo mismo que el colegio, situado en unos descampados en la carretera a Madrid.

Me caía de agotamiento y de sueño, aún así apreté los dientes y decidí que ya era un hombrecito. No me quejaría hasta que cayera al suelo redondo. Cuando llegamos ya era noche cerrada. Teniendo en cuenta que estábamos en el mes de septiembre, debió de ser muy tarde. Pudimos entrar hasta el patio, con árboles, bancos y columpios. Por suerte la verja metálica no estaba cerrada con llave. Solo hubo que empujarla. Ascendimos aquella extraña escalera, hecha con enormes bloques de piedra en la que habían empotrado pequeños guijarros como un adorno. El arquitecto que lo construyó no debió pensar en los pies de los niños, resecos tras una larga caminata. Se me clavaron en la planta de los pies, atravesando la suela de los zapatos y aquello me dio muy mala espina.

Pudimos leer un letrero de que no se abría la puerta a partir de las díez de la noche. Mi padre decidió llamar. Ni se le pasó por la cabeza que aquellos curas que seguían la doctrina cristiana a rajatabla pudieran dejar en la calle a unos niños, fuera la hora que fuera. Como no le contestaran, insistió e insistió. Tenían que escuchar aquel timbre por fuerza y nadie podía tener un corazón tan duro como para no acercarse a ver quién estaba llamando.

Solo respondió el silencio. Me atreví a mirar el rostro de mi padre en la penumbra. Solo algún que otro foco del techo estaba encendido, los suficientes para que un visitante no permaneciera completamente a oscuras. En el patio un par de farolas daban una luz mortecina que dejaba casi todo el jardin en sombras. La imaginación de un niño trabaja muy bien en estos entornos. Por un momento fantaseé con la posibilidad de que extraños monstruos salieran de la oscuridad y se arrojaran sobre nosotros. No los hubiera temido tanto como la reacción de mi padre. Esta no se hizo esperar. Una vez agotada la paciencia y perdido el control comenzó a maldecir de aquellos curas de corazón de piedra. Se le escapó alguna que otra blasfemia. Su tono de voz era tan elevado que temí le pudieran escuchar en alguna parte de aquel enorme edificio. De nuevo mi fantasía se disparó. ¿Y si algún cura le oía y bajaba a ver qué pasaba? Despues de tantos sacrificios, la posibilidad de que pudieran mandarme para casa me hundió enel abismo de la desesperación. No hay mayor desesperación que la de un niño, porque lo mismo que puede confiar en todo y en todos desconfía más que cualquiera cuando su esperanza naufraga.

Conocía bien aquellos arrebatos de mi padre. Sus estallidos de cólera eran como bombas que arrasaban todo a su alrededor, se transformaba en un toro capaz de embestir a todo aquel que se encontrara cerca. Sentía verdadero terror ante lo que pudiera suceder. En realidad era un hombre bonachón y bastante paciente, con un sentido del humor un poco chabacano para un niño sensible, pero alegre y hasta divertido. Su talón de Aquiles eran aquellos incontrolables estallidos de cólera. A veces comprendía sus razones para perder la paciencia, pero la desmesura de sus arrebatos hacían irracional cualquier razón. Yo era un niño asustado.

Creo que también lo estaban Antonio y su padre, porque permanecían silenciosos, mirándolo como si fuera un peligroso extraño. Yo rezaba desde lo más profundo de mi ser. Por favor, Dios mío, que no ocurra nada. No confié mucho en mi plegaria, no había tenido el menor efecto después de rezar un padrenuestro y un avemaría para que algún cura estuviera despierto. Sin embargo esta vez Dios sí pareció haberme escuchado, porque milagrosamente mi padre se calmó tras unos minutos de voces destempladas y paseos de fiera enjaulada.

Se agachó, abrió una de las maletas y rebuscó sin contemplaciones. Sacó unas mantas y las colocó sobre el suelo empedrado de guijarros. Nos dijo que él no pensaba gastarse ni un céntimo en una pensión. Ya había hecho bastantes sacrificios para comprar toda la ropa, traerme hasta aquí y pagar el colegio. Dormiríamos allí.

En la meseta castellana una noche de septiembre puede llegar a ser bastante fría, pero no lo suficiente para congelarse. Mi padre puso una prenda de ropa doblada sobre mi manta y me dijo que me acostara. Me echó por encima el albornoz blanco, obligatorio en la vestimenta de todo colegial, e intentó mostrarse cariñoso. Mañana será otro día, dijo.
El padre de Antonio tardó un tiempo en reaccionar, al fín hizo lo mismo, tal vez por miedo, aunque más probablemente por ahorrarse unas pesetas. Ellos tampoco podían permitirse el lujo de un gasto extradordinario. Nos dispusimos a pasar la noche. Me costó mucho quedarme dormido. Tiritaba de nervios y de miedo. Todo lo malo, lo peor, me parecía posible en aquel momento, hasta que verdaderos monstruos brotaran del jardin. El cansancio, el agotamiento, acabó por vencerme.

Me desperté sobresaltado. No recordaba muy bien la pesadilla, pero sí la angustia que me produjera. Tenía la espalda molida por aquellos malditos guijarros puntiagudos que algún idiota pusiera allí como adorno. No encontraba una buena postura, me pusiera como me pusiera algún guijarro se clavaba en mi cuerpecito menudo. Recé para que Dios me concediera el sueño. A la mañana siguiente quería estar fresco, al menos lo suficiente para causar una buena impresión a los curas. Pensaba que de ello dependería la posibilidad de seguir estudiando. Me aterrorizaba la posibilidad de tener que convertirme en minero, como mi padre, y bajar al fondo de la mina. No podría soportarlo.

Aquella noche me desperté tantas veces que a punto estuve de bajar los brazos y entregarme. Bien hubiera podido permanecer allí horas y horas, en aquel silencio mágico. El agua de las fuentes del parque producía un ruido relajante, muy agradable. Por otro lado tenía suficientes temas para fantasear. ¿Cómo sería el colegio? ¿Sería verdad que había tantos campos de futbol? Echaba de menos mi cama, la posibilidad de cerrar la puerta de la habitación y leer algún tebeo a la luz de la linterna, para que mis padres no vieran luz bajo la puerta y vinieran a ver por qué no me dormía.
No hay noche tan larga que no termine con la alborada. Cuando abrí los ojos mi padre ya estaba en pie. Había ido a mojarse la cara a la fuente más cercana y se estaba secando con una toalla. Me pidió que me levantara y me lavara también un poco. Luego recogió las mantas, las metió de cualquier manera en la maleta e intentó cerrarla. Tuvo que sentarse encima y maldecir durante varios minutos hasta conseguir que los cierres encajaran. Mientras tanto Antonio y su padre se levantaron en silencio, disponiéndose a esperar hasta que se abriera la puerta.

Mi padre no pudo esperar. Volvió a llamar y a insistir, muy nervioso. Al cabo de unos minutos se encendieron luces en el interior y se oyeron pasos. Mi padre miró su reloj de pulsera. No me atreví a preguntarle la hora, no me atreví ni siquiera a moverme. Permanecí paralizado, casi sin respirar. Había llegado el momento.

Y el momento llegó. Un fraile, con hábito negro, como ala de cuervo, capucha a la espalda, un cinturón de cuero rodeando su cintura y unas sandalias en los pies descalzos apareció en el umbral. De un vistazo se hizo cargo de la situación. Se dirigió a mi padre. Quería saber si habíamos dormido allí. ¿Cómo podía saberlo? Entonces vi la toalla sobre el murete de piedra. No se le escapaba una al frailecito.

Antes de que mi padre pudiera contestar ya se estaba lamentando el cura. Lo sentía mucho, pero eran las normas, a las diez se cerraban las puertas y no se abría a nadie.¿Qué había pasado? Mi padre pudo por fin explicar la situación. Balbuceaba un poco. Estaba asustado. No tanto como yo, pero sí bastante.

El fraile nos invitó a pasar y todos accedimos al vestíbulo. Era enorme. Yo no había visto nada parecido, claro que había visto muy pocas cosas. El techo era muy alto y en aquel vestíbulo bien podían coger más de cincuenta personas y creo que sin muchas apreturas. En un rincón un mostrador que al parecer se utilizaba como recepción. Al fondo unas cristaleras enrejadas separaban el lugar de un amplio pasillo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS III


DIARIO DEL AUTOR

DIARIO

Me he quedado solo en el comedor, mientras recogen los platos de la cena. Todo el mundo se ha ido de excursión. No sé dónde ni sé a qué. Se quedan a dormir en otra residencia o en un colegio o no sé dónde.  Esta mañana lo celebraban con palmas y canciones. El autobús ha salido muy pronto y con tanto ruido era imposible seguir luchando por unos minutos más de sueño. En mi juventud dormía como un lirón, así cayeran rayos y truenos sobre mi cabeza. También me jactaba de poder comer hasta piedras sin que mi estómago se resintiera lo más mínimo. Fueron fanfarronadas estúpidas de juventud, cuando uno se siente tan vital que cree que la batería nunca se descargará y que el cuerpo y la mente funcionarán siempre con esa facilidad que la naturaleza concede a la gran mayoría al nacer, como una oportunidad maravillosa, como un don que pensamos nos es debido por el mero hecho de existir.

¡Qué equivocado estaba! La juventud es un soplo, el cuerpo un vehículo que no se deteriora día tras día. Quien pensaba iba a poder comer piedras el resto de su vida, ahora tiene que limitarse a comer purés y papillas y rezar para que la úlcera no te castigue. Quien creía iba a conservar la lucidez mental hasta el último momento, ahora se despierta temiendo no recordar quién es.

Hubo un tiempo en el que yo fui joven, ingenuo y romántico. Entonces imaginaba que con tan solo una pizca de suerte, la vida lamería mi mano. Las más hermosas mujeres harían cola ante mi lecho, lograría la fama y el laurel de los grandes escritores y el dinero me permitiría realizar los míseros sueños que solo pueden alcanzarse con el vil metal. Hoy casi lamento haberme pasado años y años escribiendo novelas que nadie leerá cuando me muera, que muy pocos han leído cuando las subí a Internet. Ahí permanecen, en algún rincón virtual, criando polvo, como un monumento a la estupidez. Algo falló. No era tan buen escritor como pensaba o no basta con escribir bien, también es preciso poseer buena estrella.

Haciendo de tripas corazón decidí leer estos primeros compases de la historia a “Bea”. Me temo que escuchó con paciencia solo porque ha decidido tener mucha paciencia conmigo, por alguna razón que se me escapa. Cuando le pregunté qué le parecía el tonto del pequeño Celemín, se limitó a sonreír sin saber qué decirme. ¿No te parece demasiado ñoño? No sabía quién era Bubú. Tuve que armarme de paciencia y hablarle del oso Yogui y de otros dibujos animados de mi infancia. De los cromos que compraba en el puesto de pipas y de los álbumes que iba rellenando poco a poco y con gran sacrificio. Hoy los niños prefieren las videoconsolas y jugar a la guerra. Ella misma le acababa de regalar una a un sobrinito por su cumpleaños.

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Aún no tengo claro si merece la pena continuar con la historia del Pequeño Celemín. Estoy comenzando a odiar a ese niño repelente, incapaz de asumir que Bubú nunca existió y que la vida no es un cuento de hadas o una historia de dibujos animados. Mientras tecleo en el portátil, esperando que se me cierre un ojo para irme a la cama o dar un paseo por el jardín, esta noche en la que nadie me molestará, me pregunto por qué se me habrá metido entre ceja y ceja rematar esta novela, precisamente, como una especie de legado para la humanidad. Mi infancia no interesa a nadie, creo que ni siquiera a mí mismo. Tan solo se trata de intentar recuperar al niño que fui, antes el viejo y decrépito abuelo estire la pata pensando que su vida fue inútil y nada mereció realmente la pena.

AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL PEQUEÑO CELEMÍN II

EL COLEGIO

Durante estos días todos aprovechan para divertirse antes de que empiece el curso. Lo que más me gusta es leer tebeos, son inagotables, la mesa del profesor está llena de montones de elos. Uno puede ir cogiendo de uno en uno y nunca termina de leerlos todos. Los que más me gustan son los tebeos de la marca Marvel, que tiene personajes tan divertidos como Spiderman (el hombre araña) o Batman (el hombre murciélago) o tantos otros que  hacen cosas increibles porque tienen superpoderes y son superhéroes. Nadie puede con ellos. Me paso las horas muertas con la cabeza metida en el tebeo y nada me distrae de los vuelos de Batman, y Spiderman para combatir el mal.

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Parece que los chivinas hemos venido antes porque tenemos que adaptarnos. Los mayores vienen justo el día anterior de que empiecen las clases. Ya no hace el calor del verano y es una pena porque así no podemos darnos un baño en la piscina que tiene una pinta estupenda. Yo creo que era olímpica, pero no me han dicho los compañeros que las olímpicas son enormes, como un campo de futbol, así que esto es al parecere la mitad, unos veinticino metros de largo. Tiene cespdes alrededor y unos arbolitos para dar sombra Está rodeado por un seto muy alto y hasta tiene trampolín y todo. Lo he visto por la tarde, después de la merienda, porque cierran las clases y ya no puedo quedarme leyendo tebeos. Así que salimos al patio y como no hay balones porque están cerrados bajo llave en los armarios del sótano, nos dedicamos a pasear por los campos de futbol y a explorar los alrededores. Al final de los campos está la piscina y más allá está la huerta, , pasada una chopera y ya cerca del colegio de los dominicos con quienes según me han dicho, nos llevamos muy mal porque somos grandes enemigos en las competiciones deportivas y porque eson esto y lo otro y lo demás allá, aunque a mí me parece que pasa como con los vecinos que por muy majos que sean siemre hay que hablar  mal de ellos y llevarse mal porque de otra forma no serían vecinos.

La huerta es muy grande y al pareer tiene casi de todo, patatas, lechugas, tomates, zanahorias y todo lo que se puede cultivar en una huerta hasta espárragos. No creo que necesiten comprar nada de verdura para darnos de comer, con lo que hay en la huerta y un poco de carne y pescado y algo de legumbre tienen para  alimentar a un regimiento durante todo un año.

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FASA RENAULT – FACTORÍA DE MOTORES Nº 1 Y DE PARTES MECÁNICAS (VALLADOLID, EN TORNO A 1970)

Al lado izquierdo de los campos defutbol está la fábrica de Fasa Renault, unas naves enormes donde se hacen muchos muchísimos coches. Esta separada del colegio por una valla metálica muy alta y larga que rodea toda la fábrica. Cada vez que tienen que entrar o salir los obreros suena una sirena durante mucho rato y  muy alto, por lo que acaban con los oídos machacados. Pero eso no ayuda a saber la hora que es. He observado que nadie tiene reloj de pulsera y nos tenemos que guiar por el sol, los que sabemos y or otros indicios como la sirena de Fasa-Renault que suena a la una para que salga un turno y entre otro.O por la hora del desayuno y la comida que son a las nueve y a la una y media. Cuando empiecen las clases sabremos siempre la hora que es por la clase en que estamos, las horas de comer y los recreoos, las horas de estudio, la misa, el rosario, el ángelus. Todo el día está reglamentado, desde que te levantas hasta que te acuestas.

El primer día ha sido muy cómodo. Esta mañana hemos oído misa enla capilla en lugar de la iglesia que es muy grande. La capilla tiene tres filas de bancos y es muy moderna, a los lados tieen las estaciones del viacrucis, hechas por un artista moderno porque hay que mirar bien los pasos para saber que es la que se retrata en ellos. El altar es de piedra y está separado de la pared, no como sucede enel pueblo que los altares están pegados a la pared, debe ser por eso del Concilio Vaticano II que ahora está tan de moda. En la pared hay una especie de escultura pero hay que mirarla bien para saber de qué se trata. Yo pienso que es una virgen con un niño, pero es muy rara, no se ve bien que sea una mujer y lo del niño uno lo piensa por lo que parecen manos y que sostienen algo.

A los lados de la virgen hay dos entradas ocultas a la sacristía por donde solió el fantasma, aún más pequeñito, revestido para decir la misa. Resultaba un tanto ridículo pero su cara era tan seria que desprendía mala leche que no se oye ninguna risita, a pesar de que a casi todos les debe pasar como a mí, que me entró la flojera y a punto estuve de soltar la risa que tenía.

COLEGIO VA2

Dijo la misa tan deprisa que más parecía un farfullar en voz baja, como si estuviera cabreado, que un cura diciendo la misa. Apenas éramos capaces de contestar “amén” de vez en cuando. Lo que sí dijimos bien alto fue lo de “Deo gratias” para responder al “Ite misa est”.

No me cae nada simpático este Fantasma y mucho me  estoy temiendo que nos las hará pasar canutas este curso. Da miedo, solo verle con su cara agria, como si lo estuvieran insultando todo el día. Lo del amor al prójimo no le va nada. A mi seme ha desatado la fantasía, como me sucede con casi cualquier motivo y he comenzado a pensar que tal vez sea el hijo menor de una familia muy numerosa. He oído que el hijo mayor se queda con la herencia, por eso está aquí, porque es la forma más cómoda de ganarse la vida. ¿Tú  que crees?

DIARIO DEL AUTOR

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Esta mañana me llevé un buen susto. Me desperté sin saber quién era ni dónde estaba. Sentado en la cama, miré hacia la ventana por donde entraban los primeros rayos de sol del nuevo día, como si me hubiera vuelto tonto. Mi mente se quedó en blanco por completo. Mis piernas no me respondieron cuando quise levantarme, tampoco hubiera sabido a dónde ir. Me miré las manos y me parecieron viejas y sarmentosas. ¿Era yo un viejo? Necesitaba una respuesta a esa pregunta, esa fue la razón que me llevó hasta el servicio. Cuando me miré en el espejo supe que, en efecto, no solo era viejo, sino mucho más de lo que imaginara.

Fue entonces cuando fui consciente de una necesidad imperiosa: me estaba meando. Me costó orinar, sentí dolor,era como intentar hacer pasar una pequeña corriente de agua repleta de arena por un muro de ladrillo. Un hilillo atravesaba la pared por alguna rendija, luego se paraba y tenía que volver a buscar otra rendija. Decidí dejar que todo ocurriera sin hacer el menor esfuerzo, ni en un sentido ni en otro. Mientras miraba los azulejos frente a mí una intensa angustia se apoderó de mi cuerpo y solo de él, puesto que la mente en realidad ya no era mía. Era preciso recordar mi nombre, el primer paso hacia la recuperación de la memoria. ¿Cómo me llamaba? Me costó pronunciar algún nombre, cualquiera, los primeros que acudieron a mi cabeza. ¿Me llamaba Luis, Pepe, Paco…?

Podía ser cualquiera de ellos y ninguno. Una intensa tristeza se apoderó de mi. Cuando pasé mi mano por la cara la noté húmeda. Estaba llorando y ni siquiera me había dado cuenta. La puerta del servicio se abrió y un abuelo delgaducho, con los ojos perdidos, completamente desnudo, se plantó ante mí, sin verme. ¿Quién era aquel hombre? Por un momento me olvidé de mi problema y a punto estuve de carcajearme. Solo me lo impidió la sensación sufrida al mirarme al espejo. Yo era también un abuelo y puede que aún estuviera peor, puesto que ni siquiera recordaba mi nombre.

Se quedó plantado en el dintel de la puerta, como un espantapájaros, mirando sin verme. No supe qué hacer. En realidad no tuve que hacer nada, de pronto se dio la vuelta, como a cámara lenta, y arrastrando los pies regresó a la habitación. Entonces me asaltó una imagen, como un dejá vu, aquella era una residencia de ancianos y aquel hombre era mi compañero de cuarto. No estaba seguro, pero lo habría jurado sobre la Biblia.

Escuché una voz de mujer preguntando por un nombre. Parecía la voz de una chica joven. Quienquiera que fuera no se preocupaba lo más mínimo por el ruído. Entró a la habitación alborotando como una adolescente un día de excursión. Sentí vergüenza de que me viera así y levantándome de la taza cerré la puerta de golpe. No me sirvió de nada. Una mano firme la abrió sin contemplaciones.

-Hola Cosme. ¿Dónde se había metido?

Me quedé paralizado, incapaz de emitir el menor sonido. La chica me parecía conocida, ¿tal vez mi hija?, imposible, su uniforme la delataba. ¿Me encontraba en un hospital? Debió ver algo raro en la expresión de mi rostro.

-¿Se encuentra bien?

No contesté. Era como si mi boca no pudiera pronunciar las palabras que se iban formando en mi mente.

-Siéntese en la taza. Así. Ahora dígame cómo me llamo yo.

Hice un esfuerzo. Si era mi hija tenía necesariamente que saber su nombre… No, ya lo había descartado. Bueno, si era una enfermera parecía conocerme bien, yo también tendría que conocerla. Nada. Mi mente estaba en blanco.

-Tranquilícese, Cosme, voy a pedir ayuda. Si puede oirme mueva la cabeza.

Lo hice de forma automática.

-Si no puede hablar haga lo mismo.

Se marchó, dejándome allí solo y muy angustiado. Regresó con un hombre en bata blanca, calvo y regordete. Me examinó el pulso y comenzó un interrogatorio  que me hizo sentirme muy mal. Cómo me llamaba, cómo se llamaba él, cómo se llamaba la chica, dónde me encontraba… No supe contestar a nada.

-Lo esperaba, pero no tan pronto. Beatriz, prepárele para llevarlo al hospital. Voy a llamar a una ambulancia. ¿Puede ir con él?

-Tendré que decírselo a mis compañeras.

-Hágalo. Quédese allí con él, todo el tiempo necesario, hasta que le hagan todas las pruebas. Hablele, sin agobiarle y esté atenta a sus reacciones.

-Sí doctor.

El se marchó y ella me preguntó si había terminado. ¿De qué? Me aseó un poco en el lavabo, secándome con una toalla. Luego me condujo con cuidado hasta mi cama. Me obligó a sentarme y se ocupó de buscar mi ropa y de vestirme.

-¿No me recuerda Cósme?

Hice un esfuerzo por contestar, pero solo me salió un gruñido. Moví la cabeza de izquierda a derecha.

-No te preocupes, ya te acordarás. Soy Beatriz, Bea, y hemos hablado mucho, somos buenos amigos…Imagino que quieres saber dónde estás. Esto es una residencia de ancianos. Te han diagnosticado Alzheimer. Lo recordarás todo. No te preocupes. Ahora tranquilízate y no te esfuerces.

Llegó otro hombre con uniforme blanco y una silla de ruedas. Me colocaron en ella con cuidado y me bajaron en el ascensor. Cerré los ojos y esperé. Me sentía muy raro, cada vez más, y eso me angustiaba mucho sin saber por qué.

Me llevaron al hospital, me hicieron pruebas. Pasamos allí varias horas. En cuanto llegamos comencé a recordar, solo un poco, lo suficiente para hacerme consciente de lo mal que estaba. Bea no dejaba de hablarme. Me tomaba la mano y me hablaba de mi novela, El pequeño Celemín, o algo así. Decía que yo se la estaba contando. Que la escribía en mi ordenador portatil todos los días. Aquello me angustió. ¿Dónde estaba mi portatil? Lo dije en voz alta.

-Vaya, Cosme, ya has recobrado el habla. Ahora te irás acordando poco a poco de todo. No te preocupes, el portatil está bajo llave en un armario, te lo damos después de desayunar. ¿No lo recuerdas?

Llegamos a tiempo para comer en la residencia. Los recuerdos habían estado goteando de mis neuronas toda la mañana. Para entonces ya sabía quién era y la relación que me unía con Beatriz. Me puse colorado al recordar cómo la trataba. Sin poder controlarme se lo dije, rogándole que me perdonara. Ella se echó a reír.

-Vaya con el viejo verde, quién iba a pensar que me pediría disculpas. Jaja.

Viendo mi expresión compungida me tomó la mano y me dijo al oído.

-Puedes decirme todo lo que quieras, lo buena que estoy, lo que te gustaría hacer conmigo. No me molesta. Me alegro de que vuelvas a ser tú mismo.

Fue un tremendo choque el que recibí aquella mañana. Me sentí como un niño indefenso, como un recién nacido. Aquello me convenció de que mi tiempo era ya muy limitado. Tenía que terminar la novela, como fuera. Tras la comida Bea me dijo que terminaba el turno pero que comería y regresaría para estar conmigo. Me negué, le dije que no, que estaba bien. Me puse cerril. Al fin cedió. Me pasé toda la tarde trabajando en la novela.No me centraba, no sabía muy bien cómo encajar los párrafos. No me rendí, lo importante es que la historia tuviera sentido, que no diera excesivos saltos en el tiempo. Fui copiando en el archivo principal los párrafos que me parecieron sincronizados cronológicamente, aunque procedieran de distintas versiones. No quise buscar  otras anotaciones ni enredarme con la segunda versión, la ñoña, como la llamo, las aventuras y desventuras del pequeño Celemín. Debía darme prisa antes de que me olvidara para siempre de quién era yo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

CAPÍTULO I

LLEGADA AL COLEGIO-CONTINUACIÓN

El tren llegó a la estación con varias horas de retraso. Yo sentía mucho miedo. Un niño puede dejarse llevar por las más delirantes y terroríficas fantasías e incluso disfrutar con ello, pero cuando es la realidad la que te produce terror no hay criatura más indefensa que un niño.

Los niños viven en el presente, no conocen otro tiempo. Recuerdo muy bien la dificultad que tuve durante toda la infancia para considerar como real el pasado. No podía recordarlo, y cuando lo hacía los recuerdos comenzaban a formar parte de mis fantasías. Era capaz de corregirlas, incluso manipularlas sin el menor sentimiento de estar haciendo algo malo, mintiendo. Lo único real era lo que me estaba sucediendo en el preciso momento. Si alguien me daba una bofetada me dolía porque estaba ocurriendo, las bofetadas recibidas en el pasado ya no podían dolerme, razón por la cual no eran reales. Solo con los años llegaría a sentir el sufrimiento de las bofetadas pasadas como si fueran presentes. Ese fue un largo y duro aprendizaje.

Los niños también tienen dificultades para imaginarse el futuro, incluso lo que podría ocurrirles mañana. La bofetada que pueden darte mañana aún no la sientes en tu mejilla, razón por la cual eso también forma parte del mundo imaginario.
Llegar a la estación tarde era el presente. Llegar al colegio y que no nos abrieran la puerta también era presente. Sabía muy bien de las dificultades económicas de mis padres y no podía imaginarme yendo a pasar la noche a una pensión. ¿Qué iba a ocurrir si no nos abrían la puerta? El miedo se agazapó en mi barriguita, a la altura del ombligo, donde siempre se agazapaban mis miedos.

No encontramos taxi en la estación, tal vez porque ya fuera muy tarde. Mi padre decidió esperar a que llegara alguno, pero el tiempo pasaba y la estación continuaba desierta. Me cuesta imaginarme que en aquel tiempo los trenes no funcionaran de noche, es posible que fuera así, o que a partir de cierta hora solo llegara un tren cada mucho tiempo. Mi padre se cansó, se enfadó, decidió que iríamos andando y aunque el padre del otro niño no estaba por la labor y Antonio protestó y yo me atreví a alzar mi vocecita para decir que estaba muy cansado, cuando a mi papi se le metía algo en la mollera nadie podía sacárselo. Cogió mis dos maletas y se puso a caminar sin volver la vista atrás. El padre de Antonio se lo debió pensar mejor y vino tras nosotros.

No puedo recordar a aquel hombre, en mi memoria es como el hombre invisible, que puedes saber que está a tu lado porque respira, pero no puedes verlo. Yo era muy consciente del sacrificio que habían hecho mis padres para que yo fuera al colegio, como lo era ahora de lo inoportuno de aquel contratiempo y de la dificultad que tenía mi padre para desenvolverse en una gran ciudad. Quise llevar una de las maletas, tan grandes y pesadas que tuve que pensármelo unos minutos. El se rió. Insistí como un niño malcriado hasta lograr enfadarlo. Dio un par de voces y supe que lo mejor sería estar calladito.

Fue una larga y penosa caminata, como un viacrucis. Ni siquiera sabíamos dónde se encontraba el colegio y mi padre tuvo que preguntar. Por suerte la estación estaba casi en las afueras, lo mismo que el colegio, situado en unos descampados en la carretera a Madrid.

Me caía de agotamiento y de sueño, aún así apreté los dientes y decidí que ya era un hombrecito. No me quejaría hasta que cayera al suelo redondo. Cuando llegamos ya era noche cerrada. Teniendo en cuenta que estábamos en el mes de septiembre, debió de ser muy tarde. Pudimos entrar hasta el patio, con árboles, bancos y columpios. Por suerte la verja metálica no estaba cerrada con llave. Solo hubo que empujarla. Ascendimos aquella extraña escalera, hecha con enormes bloques de piedra en la que habían empotrado pequeños guijarros como un adorno. El arquitecto que lo construyó no debió pensar en los pies de los niños, resecos tras una larga caminata. Se me clavaron en la planta de los pies, atravesando la suela de los zapatos y aquello me dio muy mala espina.

Pudimos leer un letrero de que no se abría la puerta a partir de las diez de la noche. Mi padre decidió llamar. Ni se le pasó por la cabeza que aquellos curas que seguían la doctrina cristiana a rajatabla pudieran dejar en la calle a unos niños, fuera la hora que fuera. Como no le contestaran, insistió e insistió. Tenían que escuchar aquel timbre por fuerza y nadie podía tener un corazón tan duro como para no acercarse a ver quién estaba llamando.

Solo respondió el silencio. Me atreví a mirar el rostro de mi padre en la penumbra. Solo algún que otro foco del techo estaba encendido, los suficientes para que un visitante no permaneciera completamente a oscuras. En el patio un par de farolas daban una luz mortecina que dejaba casi todo el jardín en sombras. La imaginación de un niño trabaja muy bien en estos entornos. Por un momento fantaseé con la posibilidad de que extraños monstruos salieran de la oscuridad y se arrojaran sobre nosotros. No los hubiera temido tanto como la reacción de mi padre. Esta no se hizo esperar. Una vez agotada la paciencia y perdido el control comenzó a maldecir de aquellos curas de corazón de piedra. Se le escapó alguna que otra blasfemia. Su tono de voz era tan elevado que temí le pudieran escuchar en alguna parte de aquel enorme edificio. De nuevo mi fantasía se disparó. ¿Y si algún cura le oía y bajaba a ver qué pasaba? Después de tantos sacrificios, la posibilidad de que pudieran mandarme para casa me hundió en el abismo de la desesperación. No hay mayor desesperación que la de un niño, porque lo mismo que puede confiar en todo y en todos desconfía más que cualquiera cuando su esperanza naufraga.

Conocía bien aquellos arrebatos de mi padre. Sus estallidos de cólera eran como bombas que arrasaban todo a su alrededor, se transformaba en un toro capaz de embestir a todo aquel que se encontrara cerca. Sentía verdadero terror ante lo que pudiera suceder. En realidad era un hombre bonachón y bastante paciente, con un sentido del humor un poco chabacano para un niño sensible, pero alegre y hasta divertido. Su talón de Aquiles eran aquellos incontrolables estallidos de cólera. A veces comprendía sus razones para perder la paciencia, pero la desmesura de sus arrebatos hacían irracional cualquier razón. Yo era un niño asustado.

Creo que también lo estaban Antonio y su padre, porque permanecían silenciosos, mirándolo como si fuera un peligroso extraño. Yo rezaba desde lo más profundo de mi ser. Por favor, Dios mío, que no ocurra nada. No confié mucho en mi plegaria, no había tenido el menor efecto después de rezar un padrenuestro y un avemaría para que algún cura estuviera despierto. Sin embargo esta vez Dios sí pareció haberme escuchado, porque milagrosamente mi padre se calmó tras unos minutos de voces destempladas y paseos de fiera enjaulada.

Se agachó, abrió una de las maletas y rebuscó sin contemplaciones. Sacó unas mantas y las colocó sobre el suelo empedrado de guijarros. Nos dijo que él no pensaba gastarse ni un céntimo en una pensión. Ya había hecho bastantes sacrificios para comprar toda la ropa, traerme hasta aquí y pagar el colegio. Dormiríamos allí.

En la meseta castellana una noche de septiembre puede llegar a ser bastante fría, pero no lo suficiente para congelarse. Mi padre puso una prenda de ropa doblada sobre mi manta y me dijo que me acostara. Me echó por encima el albornoz blanco, obligatorio en la vestimenta de todo colegial, e intentó mostrarse cariñoso. Mañana será otro día, dijo.
El padre de Antonio tardó un tiempo en reaccionar, al fin hizo lo mismo, tal vez por miedo, aunque más probablemente por ahorrarse unas pesetas. Ellos tampoco podían permitirse el lujo de un gasto extraordinario. Nos dispusimos a pasar la noche. Me costó mucho quedarme dormido. Tiritaba de nervios y de miedo. Todo lo malo, lo peor, me parecía posible en aquel momento, hasta que verdaderos monstruos brotaran del jardín. El cansancio, el agotamiento, acabó por vencerme.

Me desperté sobresaltado. No recordaba muy bien la pesadilla, pero sí la angustia que me produjera. Tenía la espalda molida por aquellos malditos guijarros puntiagudos que algún idiota pusiera allí como adorno. No encontraba una buena postura, me pusiera como me pusiera algún guijarro se clavaba en mi cuerpecito menudo. Recé para que Dios me concediera el sueño. A la mañana siguiente quería estar fresco, al menos lo suficiente para causar una buena impresión a los curas. Pensaba que de ello dependería la posibilidad de seguir estudiando. Me aterrorizaba la posibilidad de tener que convertirme en minero, como mi padre, y bajar al fondo de la mina. No podría soportarlo.

Aquella noche me desperté tantas veces que a punto estuve de bajar los brazos y entregarme. Bien hubiera podido permanecer allí horas y horas, en aquel silencio mágico. El agua de las fuentes del parque producía un ruido relajante, muy agradable. Por otro lado tenía suficientes temas para fantasear. ¿Cómo sería el colegio? ¿Sería verdad que había tantos campos de futbol? Echaba de menos mi cama, la posibilidad de cerrar la puerta de la habitación y leer algún tebeo a la luz de la linterna, para que mis padres no vieran luz bajo la puerta y vinieran a ver por qué no me dormía.
No hay noche tan larga que no termine con la alborada. Cuando abrí los ojos mi padre ya estaba en pie. Había ido a mojarse la cara a la fuente más cercana y se estaba secando con una toalla. Me pidió que me levantara y me lavara también un poco. Luego recogió las mantas, las metió de cualquier manera en la maleta e intentó cerrarla. Tuvo que sentarse encima y maldecir durante varios minutos hasta conseguir que los cierres encajaran. Mientras tanto Antonio y su padre se levantaron en silencio, disponiéndose a esperar hasta que se abriera la puerta.

Mi padre no pudo esperar. Volvió a llamar y a insistir, muy nervioso. Al cabo de unos minutos se encendieron luces en el interior y se oyeron pasos. Mi padre miró su reloj de pulsera. No me atreví a preguntarle la hora, no me atreví ni siquiera a moverme. Permanecí paralizado, casi sin respirar. Había llegado el momento.

Y el momento llegó. Un fraile, con hábito negro, como ala de cuervo, capucha a la espalda, un cinturón de cuero rodeando su cintura y unas sandalias en los pies descalzos apareció en el umbral. De un vistazo se hizo cargo de la situación. Se dirigió a mi padre. Quería saber si habíamos dormido allí. ¿Cómo podía saberlo? Entonces vi la toalla sobre el murete de piedra. No se le escapaba una al frailecito.

Antes de que mi padre pudiera contestar ya se estaba lamentando el cura. Lo sentía mucho, pero eran las normas, a las diez se cerraban las puertas y no se abría a nadie.¿Qué había pasado? Mi padre pudo por fin explicar la situación. Balbuceaba un poco. Estaba asustado. No tanto como yo, pero sí bastante.

El fraile nos invitó a pasar y todos accedimos al vestíbulo. Era enorme. Yo no había visto nada parecido, claro que había visto muy pocas cosas. El techo era muy alto y en aquel vestíbulo bien podían coger más de cincuenta personas y creo que sin muchas apreturas. En un rincón un mostrador que al parecer se utilizaba como recepción. Al fondo unas cristaleras enrejadas separaban el lugar de un amplio pasillo.